sábado, 25 de julio de 2015

LA LLAMADA 2ª Parte

Foto: Diário do Grande ABC

Si no habéis leído la primera parte, pinchad aquí.

LA LLAMADA 2ª Parte

Así que John McGee se convirtió en un fenómeno de ventas sin precedentes en la historia de la literatura. Y subrayo lo de “sin precedentes” ya que, hasta el momento, Léelo de John McGee había alcanzado la escandalosa cifra de dieciocho millones de ejemplares vendidos sin apenas publicidad. Sólo con el boca a boca. O el boca a oreja. O el boca a oreja y boca. O una oreja y dos bocas.
En fin, que las ventas se habían disparado. Si bien, para ser justos, su puntería era tan pésima que no había conseguido matar a nadie. Por fortuna sólo había causado un par de rasguños en el hombro a un tipo de Wisconsin. Nada grave. Un par de puntos de sutura y listo.

Una mañana, John recibió una nueva llamada de la literatura.
Y ahora, ¿qué quieres? —dijo John de muy malos modos—. ¿Es que no has tenido suficiente?
No. Aún no —dijo la literatura.
¿Cómo que “aún no”? Yo ya he cumplido mi parte del trato. Escribí tu dichoso libro, el cual se ha convertido en un éxito de ventas. Tal y como predijiste. ¿Qué más quieres de mí?
Necesito que acudas al programa radiofónico literario de Arthur Samuelson.
¿Quién?
Arthur Samuelson —repitió la literatura—. Su programa radiofónico sobre libros es el líder en horario de máxima audiencia. Sus seguidores se cuentan por millones.
No jodas. ¿De veras existe un programa radiofónico literario en horario de máxima audiencia?



(El resto de la entrada estará próximamente disponible a la venta en un nuevo libro de la colección ABSURDAMENTE).


jueves, 23 de julio de 2015

MENCIÓN ESPECIAL COMUNIDAD EDUPSIQUE

Logo Comunidad EDUPSIQUE


Amigos, amigas, enemigos, enemigas, lectores, lectoras, gente, genta —la madre que parió a la Bibiana Aído y su dichosa paridad de los coj...—
¿Por donde iba?
Ah, sí. Ejem.
Hoy, 23 de julio de 2015, el Equipo de Moderadores de la Comunidad EDUPSIQUE: Narrativas Multiformes, encabezado por juantobe1, Alicia González, Marijose Luque Fernández y Eva Mercader —imaginaos el pedazo de cabeza que se gasta la comunidad, para que luego digan que dos cabezas piensan más que una. ¿Y qué me decís de cuatro? Haced la cuenta y ya me diréis. Vale. Ya lo dejo—.

Como os iba diciendo, la Comunidad EDUPSIQUE, ha tenido a bien distinguir a este humilde servidor...
De humilde nada.
¿Cómo que no? Oye, yo sigo siendo un tío humilde.
Tú sí. Pero yo no. Así que habla por ti, que yo lo haré por mí.
Ah, vale. ¿Me dejas continuar?
Adelante.
A lo que iba. La Comunidad EDUPSIQUE ha tenido a bien distinguirnos a mi blog y a mí con el anclado a su página de inicio durante el día de hoy. Las razones expuestas para tal disntinción son —y cito sus palabras textuales—: «Por la calidad del trabajo y creatividad expuesto en tu blog».
Realmente me llena de orgullo y satisfacción...
Eso. Tú plagia al rey, para que luego vayas presumiendo de humildad. No te jode...
Yo no plagio a nadie. Además, ¿de verdad tú te piensas que el rey se escribe sus propios discursos?
¿Ah no?
Pues no, listo. ¿Acaso no has visto las pelis de reyes? Esa gente tienen en las habitaciones de su palacio un montón de cuerdas que penden del techo y cuando necesitan algo tiran de una de las cuerdas dependiendo de lo que necesiten. Luego, una vez tirado de la cuerda, aparece un ujier o un secretario para satisfacer los deseos del monarca.
No jodas. ¿Me estás diciendo que el rey tiene una cuerda y que al tirar de ella aparece un tío con una máquina de escribir bajo el brazo dispuesto a escribirle los discursos?
Pues sí. Eso mismo he dicho.
La hostia. Pues qué buen invento ese. ¿Y por qué no instalas tú el mismo sistema aquí, en el blog? Así yo podría tirar de una cuerda cuando necesite que...
No sigas.
¿Qué?
No sigas, que te conozco. Mejor déjalo estar.
Eres un cortarrollos que no veas. Si la gente supiera lo triste que eres en realidad.
Oye, ¿me quieres dejar en paz? Estaba dando las gracias a la Comunidad EDUPSIQUE por la distinción de hoy.
Vale. Te dejo. Pero que sepas que lo del sistema de cuerdas me ha molado. Lo apunto.
Haz lo que quieras.

Perdón.
Pues eso. Que estoy muy agradecido a la Comunidad EDUPSIQUE por este bonito detalle que habéis tenido conmigo...
Y con tu blog.
Conmigo y con mi blog... —Dios, dame paciencia—.

Muchas gracias a todos y a todas. Recibid un fuerte abrazo de mi parte.
Y otro del mío. Y a las chicas un beso.
Serás capullo...
Tú calla. Sieso, que eres un sieso... Para vestir monjes te vas a quedar como sigas así. Solterón. Que eres un solterón.


sábado, 18 de julio de 2015

LA LLAMADA

"Libro abierto", foto donada a Flickr por Reset Reboot

Desde muy joven, John McGee sintió la llamada de la literatura. Ocurrió cuando John tenía veintiuno o veintidós años.
Desde ese día, la literatura no dejó de llamarle día sí y día también. A todas horas. En cualquier momento y circunstancia. A su casa, al trabajo, a casa de sus padres, al gimnasio. Incluso se las ingenió para conseguir el número de teléfono del psicólogo al que John acudía una vez por semana para tratarse su problema de desafección, y llamarlo también ahí. Y cuando la literatura no conseguía pillarle en ninguno de esos sitios, optaba por dejarle mensajes en el contestador automático; mensajes del tipo: «Hola, John. Soy yo. La literatura. Tenemos que hablar. Llámame. Mi número es el 555-1235. Espero tu llamada. Cuídate. Ciao».

Durante un tiempo, John obvió esas llamadas. Y lo hizo principalmente por dos motivos: porque nunca, jamás, devolvía las llamadas —era un tacaño recalcitrante y gustaba de guardárselo todo para él—, y porque en el fondo no se consideraba a sí mismo un gran aficionado a la lectura. De hecho, leía más bien poco y lo poco que leía se circunscribía a su muro de Facebook y poco más.
Aún así, la literatura, confiada en acabar ganando la partida, prosiguió con su persistente campaña de llamadas a todas las horas del día y de la noche. Hasta que John, al fin, acabó por coger el teléfono.
¿Se puede saber qué quieres de mí? —dijo John al borde del desquicie.
Quiero que escribas un libro —respondió la literatura.
¿Un libro? ¿Qué clase de libro?
Uno con cubierta exterior fabricado en un material rígido, como cartón plastificado por ejemplo. Con lomo, solapa y un montón de hojas en su interior. Y en esas hojas a su vez habrá un montón de palabras, frases y, en fin, toda esa mierda.
Pero yo nunca he escrito un libro —argumentó John—. Ni siquiera sé cómo se hace.
Tú limítate a escribirlo. Del resto me encargo yo —dijo la literatura.




(El resto de la entrada estará próximamente disponible a la venta en un nuevo libro de la colección ABSURDAMENTE).



lunes, 13 de julio de 2015

GAZPACHO, EL ALIMENTO DE LOS DIOSES

"El triunfo de la civilización", óleo de Jacques Réattu (1793)

MONTE OLIMPO (Verano del 398 a.C.)
Se cumplía un año de la muerte de Sócrates, considerado por muchos como uno de los más grandes filósofos de la historia.
Desde el momento de su óbito, en el 399 a.C., Sócrates residía en el Olimpo por una mínima cuota de alquiler que sufragaba haciendo labores de mayordomo y secretario. Resulta que una vez muerto acabó habitando entre los dioses a los que negó en vida y por lo que fue condenado a morir con cicuta. Irónico, ¿no?
Sócrates, bañado en sudor, intentaba refrescarse con un abanico de plumas de ganso.
¡Por todos los dioses, qué calor! —proclamó al borde de la insolación—. Y digo yo, ¿no tenéis algún remedio que ayude a paliar este sofocante calor?
Yo estoy con Sócrates —dijo Eolo, dios del viento—. La verdad es que estoy cansado de resoplar.
¿Tú no podrías hacer algo? —propuso Artemisa a su hermano Apolo—. Al fin y al cabo tú eres el dios del sol.
¿Y qué te piensas, que tengo un interruptor con el que puedo encender y apagar el sol a voluntad? —respondió Apolo de muy malos modos.
En esto que llegó Hermes, el mensajero de los dioses.
Escuchad chicos, tengo una importante noticia que daros.
Los dioses miraron a Hermes con sudorosa indiferencia.
Vengo de la Tierra. Resulta que una cocinera de Hispania acaba de crear una receta que, según cuentan quienes la han probado, es capaz de combatir los rigores del verano.
Sí, ya —dijo Poseidón.
Lo digo en serio —prosiguió Hermes—. Esta buena mujer se llama Macarena, y os aseguro que su receta dará mucho que hablar.
¿Y cómo dices que se llama la receta? —dijo Sócrates.
Gazpacho —confirmó Hermes.
¿Gazpacho? —dijo Sócrates.
¿Y en qué consiste esa receta? —intervino Atenea mostrando un repentino interés.
Ésa es la cuestión. Que nadie lo sabe con certeza. La muy pilla quiere mantener en secreto su descubrimiento y hacerse rica a su costa —dijo Hermes.
¡Nadie está por encima de los dioses! —bramó Zeus provocando que un poderoso trueno saliese de su cetro y rasgase los cielos.
¿Y qué podemos hacer para robarle la receta? —dijo Eolo.
Se me ocurre que podríamos matarla y luego hacerla venir aquí, al Olimpo —propuso Hera, esposa de Zeus, la cual, debido a las constantes infidelidades de su donjuanesco marido, odiaba por definición a todas las mujeres.
No seamos drásticos. Mejor que vaya Hades a negociar con esa mujer —ordenó Zeus.

Y así fue como Hades, dios del inframundo, adoptó apariencia humana y bajó a la Tierra, concretamente a un pequeño pueblo situado al sur de Hispania.
Siguiendo las indicaciones de Hermes, el dios Hades no tuvo problemas en dar con la casa de Macarena, la cocinera inventora del gazpacho.
Hades golpeó la puerta con los nudillos.
¿Quién es? —se oyó decir a una mujer desde el interior de la casa.
Vengo en busca de Macarena.
¡Eeeeh, Macarena...aaahe! —apuntaron un par de tipos apostados a la sombra de un toldo situado justo en la acera de enfrente.
Hades se dio la vuelta.
Y vosotros, ¿quiénes sois?
Yo soy Antonio. Y éste es mi compadre Rafael. Somos Los del Río. Y se nos ha ocurrido que podríamos hacer una canción con ese estribillo tan pegadizo. Luego inventaremos un bailecito chorra y, ¡hala!, a ganar dinerito. ¡Eeeeh, Macarena...aaahe!
Pues vale —dijo Hades con indiferencia.
En esto que Hades notó que la puerta de la casa se abría a sus espaldas. Ante él emergió aquella mujer, de edad intermedia. La mujer llevaba puesto un vestido cubierto por un delantal de cocinera. En el delantal tenía bordada la siguiente leyenda: «I love gazpacho».
¿Es usted Mararena? —dijo Hades.
Digo. ¿Y usted quién es? —dijo la mujer.
Mi nombre es Hades. Y vengo del Olimpo.
Pues hay que ver lo pálido que estás, hijo.
Sí, bueno. Un poco.
¿Un poco? Chiquillo, ¡pero si pareces un miembro del reparto de The Walking Dead!
Verá, hasta mis oídos ha llegado que es usted la mejor cocinera de toda Hispania, y he venido hasta aquí atraído por sus guisos. Concretamente por su famoso gazpacho.
No serás jurado de Masterchef, ¿no? —dijo Macarena con desconfianza.
¿Quién? ¿yo? ¡No, por los dioses! —se defendió Hades.
Pues entonces vale. Pase. Le vendrá bien un tazón de gazpacho para cojer color; que parece usted la baronesa Thyssen imitando al payaso de It.
Hades entró en la casa y siguió a Macarena hasta el comedor.
Aguarde aquí. Enseguida vuelvo —dijo Macarena.
Hades se sentó a la mesa. Al cabo, la mujer regresó al comedor con un tazón de gazpacho y una cuchara.
Aquí tiene, miarma. Pruebe usted.
Los ojos de Hades se volvieron del revés al probar aquella deliciosa receta. Nunca, en sus millones de vidas anteriores, había degustado algo ni remotamente parecido. El sabor, la textura, el aroma de aquel delicioso manjar le hizo ver lo extraordinario de aquella receta.
¡Por todos los dioses del Olimpo, esto está divino de la muerte! —dijo Hades—. Y mire que yo de muerte sé un rato.
Gracias, miarma —dijo Macarena con orgullo.
¡Quiero la receta del gazpacho! —dijo Hades—. Le daré lo que me pida por ella.
De eso nada —fue la respuesta de Macarena.
¿Por qué no?
Porque si le diese a usted mi receta, adiós negocio. Lo que sí puedo hacer es venderle cuanta cantidad de gazpacho esté dispuesto a pagar.
De acuerdo —pensó Hades con rapidez. Mejor eso que nada.
Pero antes, una cosita —dijo Macarena. Nada de dinero griego. Que la cosa está bastante jodía ahora mismo en Grecia. Yo quiero oro, que eso siempre se revaloriza.
Hecho.
Macarena llenó como doce ánforas de gazpacho. Hades pagó en monedas de oro el precio convenido y se volvió al monte Olimpo, junto al resto de divinidades.
Chicos, ya estoy de vuelta —saludó Hades.
¿Has traído la receta del gazpacho? —preguntó Zeus.
No. Esa mujer es un hueso duro de roer. Lo que sí he traído es cantidad suficiente de gazpacho para degustar. A partir de aquí debemos hacer un esfuerzo entre todos para averiguar uno a uno los ingredientes gracias a nuestro privilegiado paladar.
Dicho y hecho. Hades sirvió suficientes platos de gazpacho para todos. Y cada uno fue diciendo en voz alta lo que su paladar le dictaba.
¡Tomate! —gritó Hera.
¡Pimiento verde! —gritó Eolo.
¡Vinagre! —gritó Poseidón.
¡Ajo! —gritó Afrofita.
¡Sal! —gritó Atenea.
¡Pepino! —gritó Apolo.
¡Aceite de oliva! —gritó Zeus.
Y mientras los dioses desgranaban uno a uno los ingredientes del gazpacho, el bueno de Sócrates iba anotándolo todo en unas tablillas de piedra, al tiempo que refunfuñaba para sus adentros:
¡Hay que joderse! En vida no llegué a escribir ni una sola línea de mis pensamientos filosóficos y ahora, después de muerto, aquí me tienes, anotando la receta del gazpacho como un cocinillas cualquiera.

Y después de aquel día los dioses del Olimpo fueron felices, pero no comieron perdices. En vez de eso bebieron litros y litros de gazpacho por los siglos de los siglos. ¡Eureka!

Nota del autor:
Este cuento está especialmente dedicado al DÍA MUNDIAL DEL GAZPACHO, el cual se conmemora el 21 de Julio. Más información:
#DIAMUNDIALDELGAZPACHO






sábado, 4 de julio de 2015

GRACIAS, JOSEP Mª



          Si de algo podemos presumir los escritores, sin mostrar rubor en ello, es de nuestros lectores. Y hoy me vais a permitir que presuma de un lector que, además, es amigo. Y blogger.
Su nombre es Josep Mª Panadés, y podéis encontrarle en los siguientes blogs que él administra:


Josep y yo nos conocimos hace unos pocos meses, y desde el principio se estableció entre nosotros una relación de aprecio mutuo y camaradería. Si yo necesitaba algo, él estaba ahí. Y viceversa. Y todo ello sin pedirnos nada a cambio, tal y como yo siempre he entendido la amistad sincera y desinteresada.

Cuando hace unos meses puse en conocimiento de todos vosotros mi intención de publicar mi primer libro con una selección de cuentos extraídos de este mismo blog, Josep fue de los primeros en decirme: «Pedro, desde ya puedes contar con una venta segura: la mía».
Y pasaron las semanas, los meses incluso, pues el proceso se fue alargando en el tiempo por las causas de sobras conocidas.
Y llegó el día. Al fin.
Ese día subí un post a mi blog anunciando el acontecimiento. Y ahí estaba Josep, con los dedos sobre el teclado de su ordenador dispuesto a cumplir todos los trámites necesarios para hacer el pedido. Y lo hizo.
En aquel mismo post lancé una proposición. Sugerí que, si os apetecía, aquellos de vosotros que compraseis mi libro y os hicieseis una foto con él yo me comprometía a subirla al blog a medida que me fuesen llegando.
Este lunes me llegó un correo a mi bandeja. Era de Josep Mª. En él me informaba que acababa de recibir su ejemplar en papel de mi libro, y me adjuntaba una foto.
Hoy me siento orgulloso de poder mostraros, con su beneplácito, el rostro de mi amigo Josep Mª posando feliz con su ejemplar de ABSURDAMENTE. Antología del absurdo Vol. I.


Como favor personal, le pedí a Josep Mª que me escribiese unas líneas contándome sus impresiones acerca del libro. Y ésto fue lo que me escribió:

«La lectura de Absurdamente. Antología del absurdo. Vol. 1 ha sido una experiencia de lo más agradable. Jugaba con ventaja, pues ya había tenido, y sigo teniendo, la ocasión de disfrutar del blog de Pedro Fabelo, y ya sabía lo que me iba a encontrar. Aun así, ha merecido la pena la pequeñísima inversión económica que me ha supuesto la adquisición de este libro, pues desde que empiezas a leerlo hasta que llegas a la última página no se le borra a uno la sonrisa.
Es una obra que resulta difícil dejar de leer. Acabas un relato y el cuerpo te pide seguir adelante, pues, al tratarse de relatos muy breves, piensas “uno más”, y sin darte cuenta te has leído el libro de cabo a rabo, que es lo que a mí me ha ocurrido.
Es un libro ameno, divertido, una perfecta lectura para cualquier persona que tenga un mínimo de sentido del humor. Su lectura te deja con un agradable sabor de boca y una sonrisa en los labios. Y es que Pedro sabe sacarle punta a cualquier cosa cotidiana y hacerla divertida.
Son historias que hay que leer también entre líneas, que es donde se dice lo que no se lee. Si el humor es sano, la lectura de este libro seguro que nos alarga la vida a los que hemos tenido ocasión de leerlo. Por lo menos, el tiempo se te pasa volando».

Juro por Groucho Marx que no he pagado a Josep Mª para que dijese esas cosas tan bonitas que dice a propósito del libro. Tampoco he añadido ni eliminado nada. Lo que habéis leído son sus palabras. Tal cual.

Muchas veces, a lo largo de estos casi veinte años que llevaba intentando sin éxito meter la cabeza en el mundo editorial, me preguntaba si realmente merecía la pena tanto esfuerzo, tanta dedicación y tantas horas de duro trabajo en la soledad de mi estudio. Hoy, después de leer algo como lo que Josep ha escrito, no tengo dudas al respecto: sí merece la pena luchar por hacer realidad tus sueños.

Gracias, Josep Mª.