sábado, 14 de mayo de 2016

EL CONSEJO


Especialmente dedicado a la memoria de mi abuelo (1922-2016)

EL CONSEJO

Agneta Hallström y su hijo Erik viven en un modesto piso situado en una de las barriadas más populares de Estocolmo. Agneta es madre soltera. Con ellos vive Bernt, padre de Agneta y abuelo de Erik.
Cuando Bernt enviudó su hija Agneta no dudó en acogerle en su casa, a pesar de que entre ella y su padre siempre hubo una cierta tirantez en el trato. Desde entonces los tres conforman un peculiar núcleo familiar.
Erik y su abuelo Bernt no podían ser más diferentes entre sí. Mientras que Erik es un joven quinceañero inocente de corazón noble y entregado, su abuelo Bernt, a sus sesenta y siete años, es un cínico irredento, burlón y cascarrabias. A pesar de ello, abuelo y nieto se sienten muy unidos y procuran pasar la mayor parte del tiempo juntos, ya que, en el fondo, se complementan; lo que a uno le falta lo halla en el otro.
A Erik le fascina la sapiencia que, fruto de la experiencia, atesora su abuelo, mientras que Bernt agradece la ingenuidad de su nieto, ya que eso le permite explayarse en sus continuas bromas hacia él —la mayoría crueles y despiadadas—. Curiosamente, el burlarse de su nieto le evita sentirse como un trasto inútil que vive recogido en casa de su única hija.

Aquel día, como cada día, Erik y su abuelo Bernt estaban sentados en el sofá viendo la televisión. Y también como cada día la programación de la televisión era abominable.
A Bernt hacía años que la tele le aburría. Cierto es que de tarde en tarde programaban alguna película buena, pero las continuas interrupciones para publicidad conseguían irritarle sobremanera, además de hacerle perder el hilo argumental, lo cual conseguía irritarle aún más. En estos casos el viejo Bernt no dudaba en cambiar de canal con el mando a distancia y perderse en la maraña de canales en busca de un nuevo programa que suscitase su interés.
Y eso exactamente fue lo que ocurrió aquella vez. Al primer corte para publicidad, Bernt Hallström comenzó a pulsar de manera compulsiva el botón de cambio de canal del mando a distancia. Al no hallar nada que le convenciese, el viejo Bernt se deshizo del mando a distancia y, enérgico, se levantó del sofá.
¿Adónde vas, abuelo? —preguntó su nieto Erik con curiosidad.
Me voy a meter en mi lecho de muerte —anunció el viejo.
Dicho esto, Bernt dirigió sus pasos hacia su dormitorio, se quitó las zapatillas de felpa y se metió en la cama.
Su nieto Erik, que para entonces ya había apagado la televisión, siguió a su abuelo hasta su dormitorio, que también era el suyo, ya que ambos compartían habitación. Erik se sentó al borde de su cama, colocada en paralelo a la de su abuelo.
¿Qué es un lecho de muerte, abuelo? —preguntó Erik con ese aire de curiosidad e inocencia que a su abuelo tanto le irritaba.
¿No sabes lo que es un lecho de muerte, cabezón? —dijo el abuelo.
No. Por eso te lo pregunto —dijo Erik.
Es un sitio donde la gente que sabe que va a morir pronto decide pasar las últimas horas de su vida —contestó el abuelo Bernt mientras cubría su cuerpo con el edredón.
¿Quiere eso decir que vas a morir pronto, abuelo? —insistió Erik.
En efecto, pequeño cabezón —dijo el abuelo—. ¿Te han dicho alguna vez que tienes un cabezón enorme, como esas estatuas de la isla de Pascua?
No.
Pues lo tienes. Tienes un cabezón tan grande que si un día te doliese la cabeza habría que administrarte aspirinas del tamaño de una pizza familiar.


(El resto de la entrada estará próximamente disponible a la venta en un nuevo libro recopilatorio de la colección ABSURDAMENTE).


16 comentarios:

  1. ¡Qué bonito detalle! Yo también lloraría de la emoción si me dejaran 275.000 coronas suecas (casi 30.000€).
    Un abrazo fuerte, Pedro.

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    1. Un hombre sabio el bueno de Bernt. Y, al igual que el Walt Kowalski magistralmente interpretado por Clint Eastwood en GRAN TORINO, uno de esos personajes complejos que, a pesar de su aparente tosquedad, poseen un interior plagado de buenos y nobles sentimientos, que consiguen sacar a la luz cuando menos te lo esperas, redimiéndolos por completo.

      Gracias por pasarte y comentar, Evita. Te lo dije en Twitter y te lo repito aquí: gracias por estar siempre al quite, eternal smile. Se agradece. ; )

      Un beso.

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  2. Muy sabio el abuelo. Espero que "el cabezón" siga a rajatabla su consejo. ;)
    Un abrazaco. =)

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    1. Te aseguro que el cabezón tomó buena nota. A fin de cuentas adoraba a su abuelo, a pesar de ser un viejo cascarrabias. ; )

      Un abrazo, Soledad. ¿Te hace un cafecito? : )

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    2. Si es con sacarina del Mercadona, cuenta conmigo. =P

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    3. Con sacarina, of course. Porque si le ponemos azúcar ya sabemos lo que pasa, ¿verdad? :P

      Un beso, chiquilla. : )

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  3. Hay un dicho que reza: la risa abunda en la boca de los tontos. ¿Qué tan cierto será? Los amargados buscan contagiar su desgracia como sea al resto, y casi siempre triunfan. Apenas se tienen que esforzar, puesto que el malhumor se pega como el resfrío.

    Puede que la tristeza sea considerada un sentimiento más profundo, porque nos vuelve serios y meditativos, pero el humor, para que sea efectivo, también debe tomarse en serio. Bueno, tú sabes más del tema.

    Más saludos, Pedro.

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  4. Saludos, Julio David. Yo sólo sé que no sé nada. ¿Me convierte eso en un sabio? No lo sé. ¿Me convierte en Sócrates? Tampoco lo sé. Entonces, ¿qué sé? Pues que es domingo, y yo los domingos no tengo cabeza para pensar, así que me vuelvo a la cama y ya mañana si eso te digo algo. :P

    Un abrazo. Y gracias por la visita, Julio David. : )

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  5. Es un muy buen relato, Pedro: el cascarrabias y bromista empedernido muere en su salsa pero dejando una valiosa enseñanza y demostrando que sí tenía entrañas.

    Un fuerte abrazo!

    Fer

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    1. Muchas gracias, Fer. : ) Al final resultó que el cascarrabias, tras esa fachada de hombre duro y distante, amaba a los suyos más de lo que podía o sabía demostrar. Me alegra saber por vosotros, quienes me leéis, que, a pesar de lo desagradable que se muestra al principio, al final el cascarrabias consiguió conquistar vuestros corazones. ; )

      Gracias por tu visita y tu comentario, Fer. Recibe un fuerte abrazo transoceánico. ; )

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  6. Un estupendo relato con un gran consejo incluido.
    Tu abuelo se debe estar riendo desde algún lugar.
    Un abrazo, amigo.

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  7. Muchas gracias, amigo Josep. ; ) Ojalá sea como tu dices, amigo. Ojalá.

    Un abrazo.

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  8. Muy buen relato y gran consejo que al final salió muy barato!!!

    Un abrazo!!

    mafar

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  9. Muchas gracias, Mª Antonia Mafar. No sólo salió barato el consejo, sino que encima, en términos contables, salió más que rentable, económica y espiritualmente hablando. No se me ocurre mejor regalo que brindarles a tus seres queridos: "no tomarse la vida demasiado en serio". Sé que a veces la vida no nos lo pone nada fácil. Como tampoco nos lo ponen nada fácil ciertas personas que se cruzan en nuestro camino. Pero una vez nos enfrentamos a la situación y conseguimos revertirla, conviene mirar atrás y reír, no amargarse.

    Gracias por leer y comentar, Mª Antonia. Un abrazo. : )

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  10. Me has hecho llorar..de emoción, como siempre. Te mando mi cariño más sincero.

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    1. De vez en cuando hay que llorar. Eso nos hace más humanos, más ligados a lo que somos y lo que sentimos. La vida no es un camino de rosas donde todo es guay y donde debemos estar sonriendo las 24 horas del día como idiotas. Somos seres complejos, y esa complejidad hace que reaccionemos de diferentes maneras ante los distintos estímulos que percibimos a cada instante.
      Resulta inevitable sentirse abrumado por la sensación de pérdida siempre que un ser querido se nos va. Pero, con el tiempo, asimilada la pérdida, conseguimos algo maravilloso: volver a reencontrarnos con ese ser querido a través de nuestros recuerdos y vivencias junto a él o ella. Y entonces, sólo entonces, volvemos a sentir su presencia rodeándonos, como si nunca se hubiese ido.

      Gracias, Clara. Te envío de vuelta un beso y un abrazo. : )

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