sábado, 18 de junio de 2016

LOS MISTERIOS DE LA MUERTE

Foto: AFP

Por más empeño que he puesto en ello aún no he podido hallarle una explicación razonable a la muerte de mi primo Jeffrey.
Mi primo era aún un hombre joven; no hacía ni dos meses que había cumplido los treinta y cinco años. Con esto quiero decir que no era un Matusalén o un Hugh Hefner cualquiera.
Además de ser joven aún, mi primo era un consumado deportista. De hecho, su vida adulta siempre estuvo ligada al deporte; y a un fornido camionero llamado Donnie, conocido en el ambiente gay de San Francisco como Lulú Duvall.
Desde que tengo memoria recuerdo a mi primo Jeffrey entrenando duro durante horas en el gimnasio del instituto ante aquel tablero sembrado de piezas blancas y negras. Todo ello a pesar de su grave problema de asma, lo cual le obligaba a jugar sus partidas de ajedrez con el inhalador de salbutamol siempre a mano.
Como digo, mi primo era un consumado deportista. Amaba el ajedrez más que a nada en el mundo, a excepción de su querido Donnie/Lulú.
Dejando a un lado su asma crónica —lo siento, asma crónica, pero he de seguir con el relato. Aunque, ¿sabes qué? Me comprometo a llevarte a comer unos helados al acabar la redacción de esta pieza. ¿Te hace? Ah, que no te viene bien por el frío y eso. Pues nada. ¿Y qué tal unas hamburguesas especiales con doble ración de queso? Perfecto. Cuando acabe de escribir esto te invito a una hamburguesa especial con doble ración de queso y un trozo de pastel de chocolate. Hasta luego, asma crónica—.
Como os iba diciendo, sin contar su asma crónica mi primo Jeffrey no padecía de enfermedades graves. Por ejemplo, su corazón parecía fabricado de acero. O eso al menos aseguraba el doctor Fitzpatrick, responsable de su implantación. «Y acero del bueno, oiga», repetía el simpático doctor a la mínima ocasión.
Aparte del ajedrez, a mi primo Jeffrey le gustaba mucho la gimnasia masculina. Podía pasarse horas y horas viendo a aquellos musculosos atletas sujetos de las anillas, jugándose el tipo sobre el caballo con arcos o ejecutando aquellos dificilísimos ejercicios de barra fija.
Jeffrey tenía un montón de cintas de vídeo grabadas con aquellos ejercicios y, junto con las pelis de gladiadores, era lo que más solía revisionar en el gran televisor de 32 pulgadas que tenía instalado en su dormitorio. Lo que nunca entendí es el porqué de tener siempre a mano un paquete de kleenex cada vez que veía alguna de aquellas películas. No sé, igual se trataba de un excéntrico maniático a lo Howard Hughes con fobia a los microbios y las bacterias.
Su madre, es decir, mi tía, me contó una vez que su hijo Jeffrey era hipertenso. Para ser sincero, no tengo ni idea de lo que eso significa. Supongo que el ser hipertenso debe ser algo así como padecer una incapacidad manifiesta para ver películas de terror o suspense, por aquello de tomárselo todo demasiado a pecho.
Y es que mi primo Jeffrey era muy sensible. Y muy dulce. De hecho, era una de las personas más dulces que yo jamás haya conocido en toda mi vida. Fijaos si era dulce que, si le pedías un café, con sólo mojar su dedo índice en la taza te lo endulzaba.
Mi prima Stacy, hermana de Jeffrey, asegura que su hermano Jeffrey no es que fuese dulce sino que era diabético, y que además de eso tenía el colesterol demasiado alto. De hecho, según me insistió ella, el colesterol de su hermano Jeffrey podía llegar a medir alrededor de dos metros diez, y que más de una vez su hermano le confesó lo complicado que le resultaba comprarle ropa al dichoso colesterol, hasta el punto de tener que acudir a un sastre para hacerle ropa a medida.
Lógicamente esta circunstancia le causaba a mi primo Jeffrey un evidente perjuicio económico, por lo que, al cabo de un par de años en el que apenas conseguía llegar a fin de mes, optó por acabar con su colesterol a base de suministrarle catorce huevos fritos todas las noches para la cena, hasta que el pobre colesterol no pudo más y murió. Por suerte para él, como había sido un colesterol bueno que no había hecho mal a nadie, no tuvo problemas en subir al cielo. A mi primo Jeffrey le gustaba bromear a propósito de este hecho, al que de manera eufemística solía referirse en los siguientes términos: «Al final conseguí subir mi colesterol por las nubes».

En fin, tal vez mi mujer tenga razón y la causa de la muerte de mi primo Jeffrey se halle en la sobredosis de pastillas de viagra que los médicos de urgencia hallaron en su estómago y que le provocaron aquella erección de caballo.
A propósito, no queráis saber lo que les costó a los chicos de la funeraria encajar «aquello» en el ataúd. Pobre Jeffrey.


10 comentarios:

  1. En vez de preguntarse de qué murió, mejor preguntarse de qué no murió; porque el pobre tipo tenía una ensalada de dolencias. A no ser que haya sido hipocondríaco y se haya creado todas esas enfermedades. ¿Y por qué tuvo esa sobredosis de viagra? Lo mató la excitación, en definitiva. Le pasó por caliente. Suerte para el resto, que tenemos todavía a la imaginación (y xvideos.com, por qué no decirlo) como viagra.

    Saludos!

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    1. El tipo tuvo una muerte feliz, sin duda. : )

      Un abrazo, Julio David. Y gracias por pasarte y comentar.

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  2. Menuda historia. La verdad es que no sé de que pudo morir el pobre primo Jeffrey.
    Un besillo.

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    1. Me alegra saber que no soy el único que alberga dudas acerca de las causas de la muerte del pobre Jeffrey. ; )

      Un besillo, María. Ah, y enhorabuena por ese libro de cuentos que he visto que has publicado recientemente. : )

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    2. Muchas gracias. Aunque todavía me queda para llegar a dos como tú, jejeje.
      Enhorabuena a ti también, porque no sé si te lo había dicho.
      Un besillo.

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    3. Gracias, María. Escribir un libro requiere un trabajo y una dedicación enormes, además de vencer un montón de miedos e inseguridades y exponerte al implacable juicio del lector. Lo sé por experiencia. De ahí que siempre que un colega o una colega publica un libro lo considere un acto de valentía. Y más en estos tiempos tan complicados para todo aquel que desee dar a conocer sus escritos.
      Lo dicho, enhorabuena. : )

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  3. Pues yo creo que fueron las malas compañías: el asma, la hipertensión, el colesterol (el malo, no el bueno, que este es un santo) y la viagra, se pusieron de acuerdo para jugarle una mala pasada.
    Un abrazo bajo en calorías.

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    1. Quizás tengas razón, amigo Josep. Porque su corazón era de acero, como bien nos recordaba su doctor. Y acero del bueno, además. ; )

      Otro abrazo bajo bajísimo en calorías para ti también, Josep. : )

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  4. Ayyy señor!!! Que olvidado te tenía!!! Con lo bueno que es leerte!!! Sigues siendo genialmente divertido. Tengo que ponerme al día con tu blog. Lo haré en los próximos días pero es un gusto ver que tus musas siguen dando guerra.
    Un saludo.

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    1. Hola, Paz. ¡Qué sorpresa reencontrarme contigo después de tanto tiempo! Una sorpresa muy agradable, por cierto.

      Casualmente hace unos días visité tu blog y vi que no habías publicado nada en casi un año, y me preguntaba qué había pasado. Hoy, al leer tu comentario en mi blog, he vuelto al tuyo y he leído tu último post. Confío en que esos cambios de los que hablas hayan sido para bien. Ah, y celebro que tus dos mitades hayan llegado a un "entente cordiale". Lo digo porque soy de los que piensa que el peor enemigo está en uno mismo, y siempre es mejor tener a nuestro "yo" díscolo de nuestro lado.

      Gracias por tus elogiosas palabras hacia mis letras. Reconforta leerlas. Yo también he vivido cambios en este último año; aunque no tan buenos como en tu caso, me temo.

      Un placer saludarte de nuevo. Nos leemos. : )

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