sábado, 29 de octubre de 2016

ALGO MÁS QUE AMIGOS (1ª Parte)



Laura y yo éramos amigos. Nos conocimos mientras asistíamos a clases de informática en un curso llamado Ofimática para torpes.
Estuvimos juntos tres meses en ese curso. Y en ese tiempo no conseguimos aprender nada. Incluso olvidamos algunas de las cosas que ya traíamos aprendidas de antes. Así de torpes éramos.
Estaba claro que nos habíamos equivocado de curso. En vez de al curso Ofimática para torpes debimos habernos inscrito en el de Ofimática para inútiles de mierda nivel lerdo.
La clase estaba dividida en largas filas de mesas unidas entre sí con capacidad para acoger entre cuatro y cinco alumnos por fila. El azar quiso que, sin conocernos de nada, el primer día de curso Laura y yo ocupásemos la última fila. Ella y yo solos. Eso dio pie a que intimásemos y que surgiese entre nosotros una especial camaradería, hasta el punto de repetir la misma rutina en lo sucesivo. Es decir, sin mostrar duda alguna, cada vez que entrábamos en clase ambos nos dirigíamos a la última fila y ocupábamos los dos únicos asientos del fondo.
Como dije antes, no aprendimos nada en esos tres meses. Lo que sí hicimos en ese tiempo fue construir una sólida amistad entre nosotros.
A ella, a Laura, le gustaba mi sentido del humor, y a mí me encantaba hacerla reír. Así que, en cierto modo, formábamos un equipo perfecto: yo fabricaba los chistes y ella los consumía con fruición. Éramos algo así como un pastelero y un adicto a los pasteles; o un barman y un alcohólico; o un político y la estupidez humana. Es decir, que ambos nos necesitábamos y nos retroalimentábamos.
Cuando acabó el curso nos entregaron un diploma en reconocimiento a nuestra inutilidad. En ese diploma se hacía constar de manera explícita que, a tenor de los resultados obtenidos en nuestro examen final, ninguno de los dos era apto para trabajar en una oficina informatizada, ni para operar con ordenadores de ningún tipo. Ni siquiera éramos aptos para cruzar la calle sin la compañía de un adulto.
Nuestro evaluador nos había adjudicado una puntuación varios puntos por debajo del nivel más bajo en las calificaciones, dejando perfectamente claro que, de entrar en una gran empresa, sólo podríamos optar a los puestos de menor especialización, es decir, o chico de los recados o jefe de departamento.
Pero, ¿sabéis qué?, eso a nosotros nos daba igual. De hecho, hasta bromeábamos con nuestra inutilidad. Éramos tan inútiles que pensábamos que cuando un equipo se venía abajo o se colgaba la mejor manera de solucionar el problema era apagando o encendiendo el ordenador. O eso o darle de hostias a la torre o al teclado; incluso a la pantalla. Apuesto que éramos los únicos que hacíamos eso. No creo que haya nadie tan inútil por ahí fuera como para pensar que apagar y encender un ordenador o darle de hostias a sus distintos componentes sean métodos eficaces ante un cuelgue del sistema operativo.

Como digo, el curso acabó. Sin embargo, eso no significó el fin de nuestra amistad. Laura y yo seguimos viéndonos después de aquello.
Por aquel entonces ella tenía novio y yo tenía novia, de ahí que hiciésemos todo lo posible por convencer a nuestras respectivas parejas para quedar los cuatro y formar un nuevo grupo de amigos.
Por desgracia ni yo le caía demasiado simpático al novio de Laura ni Laura le caía demasiado simpática a mi novia, así que la cosa no cuajó.
No obstante, eso no hizo menguar nuestra amistad. Al contrario. Laura y yo nos caíamos bien, más que bien, nos caíamos genial, y como no hacíamos mal a nadie con nuestra amistad seguimos manteniendo el contacto a través de las redes sociales, hasta el punto de chatear prácticamente a diario.
Las que sí perecieron víctimas del desgaste fueron nuestras respectivas relaciones de pareja. Yo lo dejé con mi novia a los pocos meses y Laura lo dejó con el capullo de su ex un par de semanas más tarde.
Libres al fin de otros compromisos Laura y yo empezamos a vernos con asiduidad, sin tener que ocultarnos ante nada ni ante nadie.
Lo cierto es que todo iba a las mil maravillas entre nosotros, hasta que un día todo cambió. Sin saber cómo ni de qué manera noté que mis sentimientos hacia ella habían cambiado. Ya no sólo la quería como amiga. Ahora sentía algo más por ella: me había enamorado.

Una tarde nos citamos en una de nuestras cafeterías favoritas, un local de ambiente acogedor situado en el casco antiguo de nuestra ciudad.
El momento no podía ser más mágico. Estábamos inmersos en pleno otoño, con sus grises atardeceres y el color ocre vistiendo elegantemente los parques y jardines en derredor. Fuera llovía, lo recuerdo perfectamente. Pero no se trataba de una de esas lluvias densas e irritantes, sino una leve llovizna, dulce y melancólica, ideal para mantener la atmósfera fresca y respirable y el asfalto limpio y brillante.
Ella, a un lado de la pequeña mesita de forma circular que mediaba entre ambos. Yo, al otro lado. Sobre la mesita, dos tacitas de café y un plato con dulces.
Venciendo todos mis miedos y aprovechando que ella tenía sus manos tendidas sobre la mesita, deposité mis manos sobre las suyas.
¿Qué haces? —dijo ella un tanto sorprendida.
Te quiero. Te amo. Y quiero tener sexo contigo —solté así, a bocajarro.
¿Qué? —dijo ella alargando la «e» más allá de lo razonable.
He dicho que te quiero, que te amo y que deseo tener sexo contigo —repetí.
¿Me tomas el pelo? —dijo zafando violentamente sus manos de debajo de las mías—. Dime que es una broma de las tuyas. Por favor, dime que estás bromeando.
No. No es una broma.
¡Dios mío! Hablas en serio. ¿Por qué dices que me quieres y que me amas?
Y que quiero tener sexo contigo, no olvides mi parte favorita del trato.
¿Es que te has vuelto loco? —dijo ella, horrorizada.
¿Por qué? ¿Por querer tener sexo contigo? 
No. Por decirme que me amas y que me quieres.
Entonces, ¿lo del sexo te parece bien?
Y dale. No.
¿Por qué no? ¿No te sientes atraída por mí?
¡Por supuesto que no! —exclamó ella en un grito muy agudo. Demasiado agudo para mi gusto.
Ah —dije yo en ahogado susurro.
¿Qué te ha hecho pensar que existe ese tipo de atracción entre nosotros? Porque no creo haber estado enviándote señales en ese sentido. Al menos no de forma consciente. Dime, ¿de dónde has sacado esa idea?
Tranquila. No pasa nada. Está claro que tú no sientes por mí nada ni remotamente parecido a lo que yo siento por ti, así que mejor lo olvidamos.
Pero yo no puedo olvidarlo —se quejó ella.
Ah, claro. Olvidaba que eres una mujer.
¿Qué insinúas?
Bueno, ya sabes. Vosotras lo guardáis todo en ese privilegiado cerebro que poseéis. Tenéis más capacidad de memoria que un disco duro externo de un millón de terabytes. Normal que no se os olviden las cosas. Eso sí, como personas inteligentes que sois vuestra memoria también es selectiva, como la de los políticos o los miembros más relevantes de la Iglesia Católica.
—Cierto confirmó ella.
Cogí a Laura de las manos y, mirándola a los ojos, le dije:
Por favor, Laura. Olvida lo que acaba de pasar. Dejemos las cosas como estaban. No quiero perderte como amiga. Valoro mucho nuestra amistad.
Me pides demasiado. No. Lo siento. No puedo olvidar lo que acaba de ocurrir. Necesito tiempo para procesar todo esto. Disculpa —y diciendo ésto, Laura se levantó de la mesa y se fue.

(continuará...)





10 comentarios:

  1. Maravillosos relato, Pedro.¡Me ha encantado! ¡Y esto tienen pinta de continuar! Creí que al final Laura se iba a apagar y a volver a encender ;)
    Un besote, rey

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    1. ¡Evitaaaaa! ¡Cuánto te he echado de menos, Eternal Smile! : ) Pues sí, la historia tiene continuación. Y aún faltan por publicar no una, sino dos partes más. Así que en total serán tres partes. Confío en mantener el interés de los lectores hasta el final. ; )

      Un besote, reina. : ))

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  2. Ay, Pedro. Pensaba que la chica se iba a rendir a sus encantos, a pesar de que ha sido una seducción nivel torpe. =P Bueno, a ver si en la continuación logra camelarse a Laura. ;) Una vez más, qué bien escribes, joío. ;)
    Un besote. =)

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    1. Hola, Sole. : ) Obviamente no puedo adelantar nada, pues eso estropearía el efecto sorpresa. Dicho esto, confío en no defraudar a los que hayan encontrado interesante la historia. Y hasta aquí puedo leer, como las tarjetitas del Un, Dos, Tres. ; )

      ¿De veras crees que escribo bien? Te creo. Pero porque me lo dices tú, ¿eh? Que conste en acta, señoría. :P

      Un besote. : )

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  3. Buenísimo, me ha encantado. He pasado unos minutos geniales con el agradable humor de esta lectura. Estaré pendiente de la próxima entrega que deseo no tarde. Un cordial saludo.

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    1. Bienvenida, Marina. Te agradezco tus gentiles palabras a propósito de esta primera parte de mi relato. La próxima entrega estará lista para el próximo viernes. Y para compensar la espera, te adelanto que habrá hasta una tercera parte.

      Recibe mientras tanto un cordial saludo de vuelta. : )

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  4. A las mujeres no hay quien las entienda. Todo parecía ir como la seda y , zas, todo al carajo por haber malinterpretado esos clarísimos signos de empatía, de complementariedad, de reciprocidad, de complicidad, de... Vamos, que no hay forma de saber qué piensan y sienten. Bueno, no todas, ¿vale?, no sea que alguna lectora se cabree conmigo.
    Un abrazo, amigo, y seguiré atento el devenir de esta historia.

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    1. Saludos, Josep.
      Los seres humanos somos seres complejos. Algunos más que otros, es cierto, pero todos, en mayor o menor medida, somos prácticamente indescifrables. Haría falta un superordenador de esos que ocupan toda una habitación para descifrar una millonésima parte de nuestros pensamientos. O eso o recurrir a una madre, por aquello de que ellas "nos conocen como si nos hubiesen parido". :P

      Un abrazo, Josep.

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  5. Ya la estás liando, Pedro!! Vamos a por el siguiente capítulo!

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    1. Pues sí. ¡Para qué te voy a engañar! Ya me conoces. ; )

      Un abrazo, Jotapé. : )

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