viernes, 4 de noviembre de 2016

ALGO MÁS QUE AMIGOS (2ª Parte)



Para leer la primera parte del relato pinchad aquí.


Tras el bochornoso episodio en la cafetería Laura y yo estuvimos dos días sin saber nada el uno del otro. Y aunque en esas cuarenta y ocho horas estuve tentado un millón de veces de llamarla por teléfono o contactar con ella vía Facebook, mi cerebro no cesaba de repetirme una y otra vez: «No, tío. No lo hagas. Déjala respirar. Deja que ella dé el primer paso. No la presiones. Respeta su espacio. Las mujeres aprecian mucho que los tíos respeten su espacio. Hazme caso. Dime, ¿lo harás? ¿Sí? Estupendo. Me siento orgulloso de ti y de tu madurez. Créeme, estás haciendo lo correcto. Algún día me lo agradecerás. Bueno, qué, ¿nos hacemos un joint?».
He de decir que mi cerebro es un poco porreta. Y yo, ¿qué queréis que os diga?, me dejo llevar.

Al tercer día recibí un mensaje de Laura en el móvil. Quería verme. Quedamos en que pasaría a recogerla al día siguiente al acabar su jornada laboral.
Cerca de su trabajo hay un parque. El suelo estaba sembrado de hojas marchitas que caían de los árboles, formando un precioso alfombrado anaranjado que contrastaba con el verde del césped y el marrón de la tierra húmeda que delimitaba las zonas transitables.
Nos sentamos en un banco de madera roído y desgastado en cuyo espaldar un sintecho había inscrito con una navaja: «Este es mi banco. Y cada día el de más gente», en clara alusión a un conocido anuncio de televisión de una entidad financiera.
El chiste me provocó una sonrisa.
Verás. He estado pensando en lo que me dijiste... —dijo Laura.
La sonrisa se me borró de golpe.
Oh, vaya. Olvídalo. De verdad. Lo último que querría...
Déjame hablar. Por favor —me cortó ella.
Está bien. Habla.
Que sí —dijo.
Que sí, qué —dije yo.
Que me gustaría intentarlo contigo.
La miré fijamente a los ojos. Tenía unos ojos marrones preciosos. Me llamó la atención la capacidad del amor para transformarlo todo, hasta el punto de hacerte ver cosas que antes se te pasaban totalmente inadvertidas.
Tus ojos...¿siempre han sido marrones? —apunté.
¿Qué? —dijo ella.
He dicho que si tus ojos siempre han sido marrones.
¿En serio me preguntas si mis ojos han sido siempre marrones?
Pues sí.
Pues no. No siempre han sido marrones —dijo ella con manifiesta naturalidad.
Ah.
De hecho, cambian de color constantemente. Incluso en el mismo día.
Curioso.
Totalmente. Fíjate, a lo mejor una mañana me levanto y, al mirarme en el espejo, veo que mis ojos son verdes, y a la hora de comer, ¡zas!, de repente son azules, y luego, por la noche, después de cenar e ir al cuarto de baño a cepillarme los dientes, ¡zas!, son amarillos con ribeteados verdosos. ¿Qué te parece?
Interesante —dije con sincero asombro.
¡¡¿Es que te has vuelto gilipollas o qué?!! —se revolvió indignada. Su reacción me desconcertó.
¡Joder!, ¿qué pasa? ¿Qué he hecho ahora? —me defendí.
¡Mis ojos son marrones! Ma-rro-nes. Siempre. A todas horas. Desde que me levanto hasta que me acuesto. ¡Menudo enamorado de mierda estás hecho tú, que ni siquiera eres capaz de recordar el color de los ojos de tu amada!
Aquella última frase consiguió picarme en el orgullo.
Tampoco es para que te pongas así, la verdad. A ver, sabía que eran marrones, pero ignoraba que tuviesen esa tonalidad color miel. Igual es la luz de la tarde, no sé...
Da igual. Sigues siendo un desastre como enamor...
Me acerqué a ella y la besé mientras sostenía delicadamente su rostro entre mis manos. Nunca antes había besado a nadie de aquella manera. Era como si el tiempo se hubiese detenido de repente, como si todo alrededor se hubiese esfumado tragado por un gigantesco agujero negro, como si ella y yo habitásemos en un plano espacio-temporal distinto al resto del Universo.
Fue maravilloso. Eléctrico. Mágico.
Aquella noche tuvimos sexo entre nosotros. Y, para ser sincero, ni fue maravilloso, ni eléctrico, ni mucho menos mágico. Fue una mierda. Un desastre. Una catástrofe.
La cosa está en que mientras lo hacíamos no dejaba de pensar: «¡Oh, Dios mío, estoy follando con mi mejor amiga! Joder, joder, joder. ¿Qué demonios estoy haciendo? ¿Qué demonios estamos haciendo los dos? ¿A quién se le ocurre «joder» así una amistad?».
Esta última frase me resultó tan original y tan bien traída que me empujó a felicitarme mentalmente por ello.
«Muy buena tu frase».
«Gracias, cerebro».
«Qué, ¿nos hacemos un joint?», propuso mi cerebro.
«No», contesté yo.
«¿Por qué no?», insistió mi cerebro.
«Joder, ¿es que no ves que estoy en mitad de un polvo?».
«¿Llamas a eso follar?».
«¿Qué insinúas?».
«Nada, nada. Si a eso lo llamas follar, por mí, vale».
«Joder, cerebro, dame un respiro, ¿quieres?».
«¡Me aburroooo!».
«¡Lárgate, joder!».
Aquella estúpida conversación hizo que me descentrase por completo de mi tarea principal, lo cual no pasó desapercibido a mi ocasional amante. Las mujeres tienen como un don especial para percatarse de estas cosas.
¿Te pasa algo? —dijo ella—. Te noto como «ausente».
No. Tranquila. No pasa nada.
No te creo.
De verdad que no me pasa nada.
Si no pasa nada como dices, ¿cómo es que no te «siento» dentro de mí?
Me aparté y me eché a un lado de la cama.
Lo siento, Laura. Estoy hecho un lío. Verás. No sé. Creo que todo esto ha sido un error.
¡¡¿Qué?!!
Creo que todo esto ha sido un craso error.
¿Y me lo dices ahora? ¿Justo ahora? 
No sé qué decir...
¡Ya te vale, joder! Ya te vale.
Laura se levantó echa una furia y se fue al cuarto de baño. Dio un portazo y oí perfectamente cómo pasaba el seguro. El mensaje estaba claro: quería estar sola, así que me levanté, me vestí y salí a la calle.
Caminé sin rumbo en mitad de la noche, perdido y desorientado, tanto física como emocionalmente. Los pensamientos rebotaban de un lado a otro de mi cabeza como una bola en mitad de una reñida partida de pinball.
No sé cuánto tiempo permanecí dando vueltas, la verdad, pues llegó un momento en que perdí la noción del tiempo. Y no sólo la noción del tiempo. También perdí la noción del espacio, pues había llegado a un punto en que no reconocía el lugar donde me encontraba.
Aquellas calles, inhóspitas y desérticas, me parecían todas iguales. Acabé perdido en mitad de no sé dónde.
Encontré un bar abierto. Entré.

(continuará...)



6 comentarios:

  1. Respuestas
    1. Hola, Cris. : )

      A mí no me mires. Como diría Bart Simpson: "Yo no he sido". :P

      Biquiños, colega. ; )

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  2. Je, je, je. ¡Qué bueno! Todo un momentazo el de su cerebro: "¡Me aburrooo!". Ains, con lo bonito que era su cambio interminable de color de ojos... y va y se enfada. No obstante, no la ha jodido mucho. =P Espero que no la pierda.
    La tercera parte prontito si no quieres llevarte una colleja. =D
    Un abrazo, Peter. =)

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    1. Cada vez que leo esa frase me viene a la mente la imagen de Homer Simpson cuando asiste a algún evento o reunión que no entiende y suelta su "¡Me aburroooo!".
      Creo que al escribirlo me traicionó el subconsciente. O igual era mi cerebro que se estaba aburriendo de veras al leer lo que yo estaba escribiendo en ese momento. Vete tú a saber. :P

      Sus deseos son órdenes. La tercera y última parte en unos días. No desenfunde la mano todavía. Qué miedito. ; )

      Un abrazo, Sole. : ))

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  3. Creo que es la primera vez que leo algo tuyo con este registro que, aun conservando tu especial sentido del humor, tiene visos de una historia romántica y, además, contada por entregas, lo que nos hace desear disponer de una continuación a la mayor brevedad posible.
    Me has dejado en ascuas. Yo le diría a tu amigo que la pareja ideal no solo tiene que ser tu mejor amante sin también tu mejor amiga, así que no tenga tantos escrúpulos y se deje llevar por los sentimientos, caramba, que por una vez que se sale con la suya tiene que aprovecharlo. Pero, claro, cada uno está hecho de una pasta distinta.
    Un abrazo.

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    1. Querido Josep:

      Una vez más tengo que felicitarte por su sagacidad lectora. Efectivamente, en esta ocasión quise explorar nuevos territorios; si bien, tal y como apuntas, procurando no abandonar del todo mi habitual sentido del humor.

      Tranquilo, no os haré sufrir demasiado. En esta semana pienso publicar la tercera y última entrega de esta historia.

      Y por si me preguntas por el final, creo que sorprenderá. O eso espero. Me pasé meses (sí, meses) dándole vueltas a la historia para hacer algo original y divertido, y confío en haberlo logrado.

      Un abrazo, Josep. Y gracias por seguir ahí, caiga quien caiga. ; )

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