sábado, 12 de noviembre de 2016

ALGO MÁS QUE AMIGOS (3ª Parte)



Para leer la primera parte del relato pinchad aquí.
Para leer la segunda parte del relato pinchad aquí.

La luz era tenue, casi inexistente. Aún así conseguí hacerme una composición de lugar. Lo primero que observé fue que el local estaba prácticamente vacío, a excepción del barman y un tío de color verde y unos treinta centímetros de altura que estaba sentado en el borde de la barra, con sus minúsculas piernecillas colgándole por fuera.
Avancé unos pasos y ocupé el primer asiento libre que vi. El barman vino a mi encuentro.
¿Qué le sirvo, amigo?
Acabo de tener sexo con mi mejor amiga —admití ensimismado, como en trance.
¡La cagaste Burt Lancaster! —dejó caer el camarero con expresión de sorpresa.
¿Uhm? —yo seguía ido.
¿Has oído eso, Xegnus? —el camarero se dirigía al hombrecillo verde—. Este tipo acaba de tener sexo con su mejor amiga.
¡La cagaste Burt Lancaster! —exclamó el hombrecillo verde.
Eso mismo le acabo de decir yo.
El camarero, en un acto reflejo, sacó una copa limpia de debajo de la barra. Se giró, pilló una botella de whisky de la estantería y me sirvió un trago.
Esto es por cuenta de la casa —dijo—. Beba. Le vendrá bien.
Gracias —dije yo. Y vacié la copa de un trago.
El hombrecillo verde, que en el interín había aprovechado para acercarse hasta donde yo me encontraba, se sentó junto a mí, dejando sus piernecillas colgando al borde de la barra.
Dale otra copa, Mike. Y sirve otras dos. Una para ti y otra para mí —ordenó—. Y ponlo en mi cuenta.
El camarero obedeció.
A propósito, no nos han presentado. Mi nombre es Xegnus X-321 —dijo el hombrecillo verde—. Aunque puedes llamarme Xegnus, para abreviar. Y él es Mike —señaló al camarero con un gesto.
Yo me llamo Norman —me presenté—. ¿Puedo hacerte una pregunta personal?
Sí, claro —dijo el hombrecillo verde.
Tú no eres de aquí, ¿verdad? Me refiero a que no eres de este planeta.
Vaya. No se te escapa una —dijo el hombrecillo verde—. Tienes razón. No soy de aquí. En realidad soy un throgoriano.
¿Throgoriano?
Sí, vengo del planeta Throgoriam. Está situado a unos dieciséis millones setecientos cuarenta y ocho mil trescientos setenta y dos años luz de distancia de la Tierra, aproximadamente, en la Galaxia QX-103.
Ya decía yo que no tenías pinta de neoyorkino —confirmé, orgulloso de mi perspicacia.
Lo cierto es que llevábamos siglos expiándoos, haciendo fugaces visitas a vuestro planeta y provocando breves encuentros con algunos especímenes terrestres para estudiaros un poco y cerciorarnos de que un acercamiento con la raza humana no entrañaría peligro alguno para nuestra especie. Hasta que hace unos tres años o así decidimos que había llegado el momento de integrarnos con vosotros y aprender de vuestras costumbres.
Ah.
Pero, por favor, no nos entretengamos en estas minucias. Mejor centrémonos en lo importante. Estábamos en lo de tener sexo con tu mejor amiga... —recondujo el hombrecillo.
Ah, sí. Pues eso. Me acabo de acostar con mi mejor amiga. Se llama Laura. Nos conocimos hace unos cinco meses en un cursillo de Ofimática para torpes que hicimos juntos.
¿Ofimática para torpes? Uhm. Interesante. ¿Y aprendisteis algo en ese curso? —se interesó Xegnus.
La verdad es que no. De hecho, olvidamos lo que ya sabíamos de antes —admití.
Quizás debisteis haber hecho el de Ofimática para inútiles de mierda nivel lerdo —sugirió él.
Eso mismo pensé yo.
Bueno. Tu amiga. ¿Cómo fue que surgió lo de tener sexo con ella? ¿A quién se le ocurrió la idea, a ti o a ella?
A mí. Si bien en un principio ella se negó. Aunque luego, a los pocos días, acabó accediendo.
Por Dios, muchacho. ¿En qué estabas pensando? La has cagado pero bien. Tener sexo con una amiga lo arruina todo. Y eso lo sabe todo el mundo. Hasta nosotros, en nuestro pequeño planeta de ahí arriba, en la esquinita del Universo, sabemos eso. Es de cajón.
Ahora lo sé. Pero antes de tener sexo con ella lo desconocía por completo. Dime Xegnus, ¿crees que es posible que mi amiga olvide todo lo ocurrido y que volvamos a la situación de antes?
Difícil me lo pones. Déjame que te cuente algo. Una vez, al ducharme, dejé tirados por error unos calzoncillos en el cuarto de baño. Juro por mis ochocientos veintidós dioses que tenía intención de depositarlos en la cesta de la ropa sucia al acabar de secarme. Pero olvidé hacerlo. Pues bien, mi mujer aún me lo recuerda. Y eso que han pasado algo así como el equivalente a ciento dieciséis años terrestres desde entonces.
Joder. El cerebro femenino es inabarcable.
La única forma que se me ocurre para que tu amiga olvide lo ocurrido es borrarle la memoria. Hacerle como un formateo. Como si fuese el disco duro de un ordenador.
Pero, si le borras la memoria, me olvidará. Y yo no quiero eso. Yo no quiero que me olvide. Yo lo que quiero es que me recuerde, que recuerde nuestra amistad, y que volvamos a ser los buenos amigos que éramos antes.
Creo que tengo la solución para eso. Es arriesgado, pero podríamos intentarlo. Lo único que tendríamos que hacer es realizar una copia exacta de su cerebro al disco duro de mi ordenador, luego seleccionamos los recuerdos que queremos conservar mediante un complejo programa informático de mi invención y borramos el resto. Por último, procedemos a formatear su cerebro, y, a partir de aquí, introduciríamos la selección de recuerdos previa.

No sé cómo ni porqué lo hice. Supongo que estaba desesperado. Y cuando uno está desesperado recurre a lo que sea con tal de salir del atolladero.
Total, que aquella misma noche los tres, es decir, Mike el camarero, Xegnus el alienígena y yo, regresamos al apartamento de Laura. Por suerte yo aún conservaba una copia de la llave que ella misma me había entregado un par de semanas atrás.
Conseguimos dejarla en coma con un Grandes éxitos de Michael Bublé. Insufrible.
Sumida en la inconsciencia más absoluta pudimos llevarla sin problemas a la nave de Xegnus. Allí hicimos todo lo que Xegnus nos había explicado en el bar.
Lo mejor de todo es que funcionó. Laura olvidó todo lo sucedido aquella noche, y ella y yo volvimos a ser amigos. Y no sólo eso. Gracias a que Laura disponía de un montón de espacio libre en su cerebro Xegnus aprovechó para instalarle el Sistema Linux, que es de código abierto.
Ahora resulta que la tía es una genio de la informática. Hay que joderse.
«Uhm. Bonita historia».
«Gracias, cerebro».
«¿Qué? ¿Nos hacemos un joint?».
«¿Por qué no?», accedí.
Si es que no tengo fuerza de voluntad, coño.




6 comentarios:

  1. Je,je,je. No me esperaba este final ni por asomo. Cuando puedas, pásame el contacto del hombrecillo, que me va a venir de perlas. ;) Muy bueno, Peter. En tu línea, vamos. ;)

    Un abrazo terrícola. =)

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    1. Como siempre tan generosa en tus comentarios. En tu línea, vamos. : ) Gracias, Sole. Se agradece. Y lo sabes (aquí debería ir la foto de Julito Churches en ese famoso meme que hace tiempo inunda las redes). ; )

      ¿De verdad quieres el número del hombrecillo? ¿A quién quieres borrarle la memoria, bribonzuela? Vamos, confiesa. :P

      Un abrazo, Sole. : ))

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  2. Bonita historia que nos hace creer que todo en este mundo tiene solución -sobe tofo con las mujeres- si tienes a mano a un hombrecillo de otra galaxia.
    No obstante, lamento decirte que para mí el final no es tan feliz como esperaba. Norman ha recuperado la amistad de la chica pero seguirá secretamente enamorado de ella y esto también es jodido. Te lo digo por experiencia (aunque de eso haga siglos).
    Un abrazo.

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    1. Muchas gracias, Josep. Sinceramente, no sé qué le pasa por la cabeza a Norman, pero yo le sugeriría que le pidiese al hombrecillo verde que también le instale el Sistema Linux en su cerebro. Seguirá sin tener claros sus sentimientos hacia Laura, pero al menos sabrá algo de informática. :P

      Un abrazo. : )

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  3. Está claro que todo es ficción... borrarle la mente a una mujer!!!! Muhahahaha!!!

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    1. Totalmente. O no. :P Muhahahaha.

      Un abrazo, amigo. : =

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