sábado, 25 de junio de 2016

CAPRICHOS REALES


Tutankamón

 
Neb-jeperu-Ra Tut-anj-Amón, más conocido por Tutankamón, fue un faraón egipcio perteneciente a la dinastía Equis Uve Palito Palito Palito; o dicho de otro modo, perteneciente a la dinastía XVIII; o dicho de otro modo, perteneciente a la dinastía decimoctava; o dicho de otro modo, perteneciente a la dinastía décimo octava. Y ya no hay más maneras de decirlo. Menos mal.
Tutankamón reinó nueve años, desde el 1336 a.C. hasta el 1327 a.C. (Contadlos si queréis. Yo ya lo he hecho).
Si bien los historiadores no dudan en señalar con el dedo índice que la dinastía Equis Uve Palito Palito Palito finalizó con el reinado de Horemheb, las personas educadas no cesan de repetir en tono de reproche: «No sólo está feo señalar con el dedo, sino que, si nos ponemos estupendos, habría que matizar que fue Tutankamón el último faraón de sangre real de la dinastía Equis Uve Palito Palito Palito, ya que por las venas de Horemheb no corría sangre real, sino sangre de mentirijillas».
Durante sus nueve años de reinado Tutankamón permaneció en manos de Ay y Horemheb, quienes brindaban con sus brazos un robusto lecho para sostener al faraón. Eso hizo que Ay y Horemheb acabasen jodiéndose la espalda.
El reinado de Tutankamón se caracterizó por un retorno a las viejas costumbres en el plano socio-religioso tras el interludio protagonizado por el monoteísmo de Akenatón, el cual consistía en adorar a un mono de mecánico de color azul y grandes manchas de aceite y grasa como si fuese un Dios.
Con Tutankamón en el poder, siempre apoyado en los brazos de aquellos dos pringados que lo acompañaban donde quiera que fuese, se acabó con el culto monoteísta. Con obstinada determinación, el nuevo faraón ordenó quemar el mono de trabajo grasiento y sustituirlo por unas ridículas bermudas de patas anchas y vivos colores al estilo Anthrax en su gira Among the living. A este Dios lo llamaron Bermudín.

En el plano artístico también hubo cambios sustanciales. Con el tiempo, la imagen del joven rey sería constantemente enfatizada junto a su Gran Esposa Real. En algunos grabados de la época se pueden apreciar imágenes de la intimidad familiar de la pareja real, es decir, el rey y la reina sonriendo mientras posan junto a los dos pringados que sostienen al faraón.
Según los historiadores, que de estas cosas saben un huevo, Tutankamón no fue un faraón excesivamente popular en su época. De hecho, resultaba de lo más habitual que cada mañana, al levantarse de la cama y pasearse por las estancias y corredores del palacio, el personal de servicio no dudase en preguntarle directamente: «Y tú, ¿quién coño eres, chaval? ¿Y qué hacen estos dos pringados llevándote a cuestas», en clara alusión a Ay y Horemheb.

(El resto de la entrada estará próximamente disponible a la venta en un nuevo libro recopilatorio de la colección ABSURDAMENTE).




sábado, 18 de junio de 2016

LOS MISTERIOS DE LA MUERTE

Foto: AFP

Por más empeño que he puesto en ello aún no he podido hallarle una explicación razonable a la muerte de mi primo Jeffrey.
Mi primo era aún un hombre joven; no hacía ni dos meses que había cumplido los treinta y cinco años. Con esto quiero decir que no era un Matusalén o un Hugh Hefner cualquiera.
Además de ser joven aún, mi primo era un consumado deportista. De hecho, su vida adulta siempre estuvo ligada al deporte; y a un fornido camionero llamado Donnie, conocido en el ambiente gay de San Francisco como Lulú Duvall.
Desde que tengo memoria recuerdo a mi primo Jeffrey entrenando duro durante horas en el gimnasio del instituto ante aquel tablero sembrado de piezas blancas y negras. Todo ello a pesar de su grave problema de asma, lo cual le obligaba a jugar sus partidas de ajedrez con el inhalador de salbutamol siempre a mano.
Como digo, mi primo era un consumado deportista. Amaba el ajedrez más que a nada en el mundo, a excepción de su querido Donnie/Lulú.
Dejando a un lado su asma crónica —lo siento, asma crónica, pero he de seguir con el relato. Aunque, ¿sabes qué? Me comprometo a llevarte a comer unos helados al acabar la redacción de esta pieza. ¿Te hace? Ah, que no te viene bien por el frío y eso. Pues nada. ¿Y qué tal unas hamburguesas especiales con doble ración de queso? Perfecto. Cuando acabe de escribir esto te invito a una hamburguesa especial con doble ración de queso y un trozo de pastel de chocolate. Hasta luego, asma crónica—.
Como os iba diciendo, sin contar su asma crónica mi primo Jeffrey no padecía de enfermedades graves. Por ejemplo, su corazón parecía fabricado de acero. O eso al menos aseguraba el doctor Fitzpatrick, responsable de su implantación. «Y acero del bueno, oiga», repetía el simpático doctor a la mínima ocasión.
Aparte del ajedrez, a mi primo Jeffrey le gustaba mucho la gimnasia masculina. Podía pasarse horas y horas viendo a aquellos musculosos atletas sujetos de las anillas, jugándose el tipo sobre el caballo con arcos o ejecutando aquellos dificilísimos ejercicios de barra fija.
Jeffrey tenía un montón de cintas de vídeo grabadas con aquellos ejercicios y, junto con las pelis de gladiadores, era lo que más solía revisionar en el gran televisor de 32 pulgadas que tenía instalado en su dormitorio. Lo que nunca entendí es el porqué de tener siempre a mano un paquete de kleenex cada vez que veía alguna de aquellas películas. No sé, igual se trataba de un excéntrico maniático a lo Howard Hughes con fobia a los microbios y las bacterias.
Su madre, es decir, mi tía, me contó una vez que su hijo Jeffrey era hipertenso. Para ser sincero, no tengo ni idea de lo que eso significa. Supongo que el ser hipertenso debe ser algo así como padecer una incapacidad manifiesta para ver películas de terror o suspense, por aquello de tomárselo todo demasiado a pecho.
Y es que mi primo Jeffrey era muy sensible. Y muy dulce. De hecho, era una de las personas más dulces que yo jamás haya conocido en toda mi vida. Fijaos si era dulce que, si le pedías un café, con sólo mojar su dedo índice en la taza te lo endulzaba.
Mi prima Stacy, hermana de Jeffrey, asegura que su hermano Jeffrey no es que fuese dulce sino que era diabético, y que además de eso tenía el colesterol demasiado alto. De hecho, según me insistió ella, el colesterol de su hermano Jeffrey podía llegar a medir alrededor de dos metros diez, y que más de una vez su hermano le confesó lo complicado que le resultaba comprarle ropa al dichoso colesterol, hasta el punto de tener que acudir a un sastre para hacerle ropa a medida.
Lógicamente esta circunstancia le causaba a mi primo Jeffrey un evidente perjuicio económico, por lo que, al cabo de un par de años en el que apenas conseguía llegar a fin de mes, optó por acabar con su colesterol a base de suministrarle catorce huevos fritos todas las noches para la cena, hasta que el pobre colesterol no pudo más y murió. Por suerte para él, como había sido un colesterol bueno que no había hecho mal a nadie, no tuvo problemas en subir al cielo. A mi primo Jeffrey le gustaba bromear a propósito de este hecho, al que de manera eufemística solía referirse en los siguientes términos: «Al final conseguí subir mi colesterol por las nubes».

En fin, tal vez mi mujer tenga razón y la causa de la muerte de mi primo Jeffrey se halle en la sobredosis de pastillas de viagra que los médicos de urgencia hallaron en su estómago y que le provocaron aquella erección de caballo.
A propósito, no queráis saber lo que les costó a los chicos de la funeraria encajar «aquello» en el ataúd. Pobre Jeffrey.