martes, 12 de febrero de 2019

LA ÉPICA DEL ESCRITOR (Parte 6)

"La Odisea", de Homero


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Así que me llevaron ante el señor del castillo: un tipo gordo como un demonio, de mejillas sonrosadas y piel tan blanca como los folios vacíos de contenido que tanto pavor despiertan en mí al verlos sobre la mesa de mi escritorio.
Con todo, lo que más me llamó la atención de aquel sujeto fueron sus manos: finas y delicadas. Se notaba a la legua que aquel tipo no había dado el callo en su vida. Di por hecho que semejante lozanía era debida al hecho de haberse pasado buena parte de su vida chupando del erario público; dicho de otro modo: aquel tipo vivía del trabajo y el esfuerzo de los demás, como un rey o un abogado matrimonialista.
Sabiéndome en presencia de alguien poderoso, quise plantearle abiertamente mis inquietudes. Para mi desgracia, a pesar de mi elocuente razonamiento, por el cual debían ser precisamente las instituciones quienes facilitasen las cosas a los escritores faltos de recursos a fin de poder ejercer su labor sin tanta traba burocrática, el gordo sonrosado se mostró implacable en su decisión.
O paga o irá a la cárcel —sentenció.
¿Y qué creéis que hizo vuestro humilde servidor? Pues lo único que podía hacer: agachar la cabeza, asumir la derrota ante el Sistema y pagar.
Me disponía a soltar la mosca cuando un inesperado milagro en forma de heroína acudió en mi ayuda. Se trataba de una jinete que, mostrando un valor y una osadía digna de elogio, había irrumpido en el interior del castillo a lomos de su montura.
Blandiendo eficaz y certera su espada logró reducir a los esbirros del Señor Tributario, quien huyó del lugar como un vil cobarde. La jinete, situándose a mi altura, me ofreció su mano.
Subid.
¿Quién sois? —quise saber.
Mi nombre es Amazona, y he venido a rescataros de la tiranía de la burocracia administrativa.
¿Para quién trabajáis?
Sirvo a un único señor, Sir Bezos De Amazon.
Sabed que no pienso sustituir a un tirano por otro —advertí.
A ver, mi señor no es que sea una hermanita de la caridad. Digamos que ofrece a los autores con escasas posibilidades de publicar sus libros a través de una editorial tradicional una plataforma de autoedición donde poder dar salida a su trabajo por un coste razonable.
¿A cambio...?
¿Qué os hace suponer que deba ser a cambio de algo?
La experiencia.
¿?
Oh, vamos. Nadie da nada por nada. Todos, en mayor o menor medida, pedimos algo a cambio de nuestra ayuda; ya sea una contraprestación económica, satisfacer nuestro ego o acallar nuestra conciencia que nos reclama compensación por todas las malas acciones que hayamos podido cometer en el pasado. Con esto no digo que no haya gente desprendida y generosa, con auténticas ganas de ayudar al prójimo y hacer todo cuanto esté en su mano por cambiar el mundo a mejor. Algo loable, sin duda. Pero ya le digo yo que existen muy pocas personas dispuestas a sacrificarse por los demás sin pedir nada a cambio.
Touché.
Entonces, decidme, ¿qué pide su señor Bezos De Amazon a cambio de su ayuda?
Exclusividad. Si bien, con condiciones. Podéis creerme, si aceptáis la ayuda de mi señor llegaréis a territorios en los que ni soñaríais llegar por vuestra cuenta. El límite es el mundo, señor escritor.
Suena tentador, lo admito.
Probad. Sólo os pido eso. Probad por un tiempo. Y si no os convence, siempre podréis cambiar de señor o regresar al Sistema.
Me lo pensaré.
Con eso me basta. Entonces, ¿subís?
Acepté la ayuda de Amazona y juntos abandonamos el castillo. Una hora más tarde ambos dejábamos definitivamente atrás las tierras del Señor Tributario.
Para mi tranquilidad, Amazona cumplió su palabra. Me dejó, sano y salvo, en un bonito pueblecito costero cuya orilla era lamida por las cálidas aguas del Mediterráneo, mar de heroicas gestas y antiguas leyendas que surcan con letras de oro las páginas de centenares de libros de grandes autores que con cada nueva generación de lectores desafían a la inmortalidad y el olvido.
Alquilé una barcaza a un pescador de la zona, pues algo me decía que tal vez la Sagrada Montaña de la Creación Literaria Chachi Piruli se hallase en el origen de la civilización: Mesopotamia.
En Mesopotamia, bautizada como «el paraíso entre ríos», vivieron los sumerios, en régimen de alquiler, desde el 6.700 a.C. hasta el 3.000 a.C. Hay que decir que sus contratos se regían por el régimen de «renta antigua», de ahí que pudiesen permitirse el vivir en las mismas casas durante tres mil setecientos años, ya que pagaban una mierda por el alquiler de sus fincas.
El pescador me instruyó convenientemente en el viejo arte de la navegación, por lo que no me hizo falta acompañamiento en mi osada aventura.
A los tres días de navegar por aquellas cálidas y solitarias aguas, me vi repentinamente envuelto por una leve neblina, la cual, en cuestión de segundos, tomó cuerpo, intensificando su densidad de tal modo que me impedía ver nada dos metros más allá de mis narices. La oscuridad vertió su negro manto sobre mí, tomándome como rehén en aquel reino de sombras.
Un sobrecogedor silencio dominaba la escena; hasta que, desde la distancia, hasta mí llegó un coro de dulces y melodiosas voces, de suave cadencia, que, intuí, buscaba seducir a mis entregados oídos.
No vales nada —cantaban en leve susurro aquellas voces—. Tu obra es una mierda que no interesa a nadie. ¿De dónde nace esa arrogancia tuya que te hace creer que puedes considerarte a ti mismo escritor? ¿Tan desmesurada es tu osadía? ¡Qué atrevida es la ignorancia! ¿Cómo osas compararte a los grandes autores que ha dado la literatura? Deberías avergonzarte de ti mismo, por considerar arte a esas mierdas que escribes…
Y así continuaron por un buen rato. Hasta que, tirando de casta, decidí responder al ataque.
¿Quiénes sois? ¿Por qué me atacáis de esta manera tan cruel y despiadada? ¿Qué os he hecho? ¡Hablad!
Somos las sirenas —dijeron ellas—. ¿Es que no has leído La Odisea, del gran Homero?
 —¿Acaso me tomáis por un tertuliano de la tele? ¡Por supuesto que he leído La Odisea! —respondí indignado—. Así que sois las temibles sirenas.
Bueno; temibles, temibles. Es cierto que hace años que no nos depilamos, y que parecemos primas hermanas de Chewbacca. O francesas. Pero eso no nos hace tan temibles. De hecho, creemos que eso es lo que se lleva ahora: todo al natural. Así que, «pelillos a la mar».
Con «temible» no me refería a vuestro aspecto físico. Sino a la perfidia que emanan de vuestras voces y del mensaje que traen consigo. ¿Por qué sois tan crueles con los aspirantes a escritor profesional? ¿Para quién trabajáis?
¿Aún no lo sabes?
No.
Servimos al señor Fraude. Y nuestro trabajo consiste en difundir su palabra, a través del Síndrome del Impostor. Para ello usamos nuestras dulces voces, seductoras e irresistibles, a fin de minar la confianza de los escritores, haciéndoles sentir un fraude, unos impostores que no merecen el éxito o la fama literarias.
¿Por qué hacéis eso?
¿Por qué va a ser? Por una nómina, como todo el mundo. ¿O acaso crees que a las sirenas nos dan las cosas gratis?
No. Claro que no.
De modo que tomé un poco de arcilla e hice con ella oídos sordos. Hecho esto, dejé de escuchar aquellas pérfidas voces y pude continuar mi viaje hacia las suntuosas costas de Oriente Próximo.

(Continuará…)


4 comentarios:

  1. Desde luego, ese viaje está resultando una experiencia de lo más dura, con múltiples obstáculos que salvar, cosa que desanimaría a cualquiera a seguir con esa búsqueda. Yo, sin ir más lejos, ya he tirado la toalla en lo referente a publicar y, más aun, a confiar en que me commpren mi publicación más de una veintena de buenos samaritanos. Lo de hallar la fuente de la sabiduría y la inspiracion, eso ya ni lo contemplo. Prefiero seguir vivo, jajaja.
    Pero tú no desfallezcas. Eres joven y aguerrido. Y sobre todo pertinaz. Nunca se sabe en qué puede acabar esta historia. Al menos yo no pienso perderme el final.
    Un abrazo.

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    1. Saludos, Josep.

      La vida del escritor es muy dura. Bien lo sabes tú. Al temor a la hoja en blanco se suman mil y un obstáculos en las más variadas formas y versiones: falta de visibilidad, celos, envidias, cotos cerrados, intereses ocultos, etc.

      Me apena que digas que has tirado la toalla, aunque sea en lo referente a publicar. Creo, y lo creo de veras, que tienes una gran imaginación, bastantes lecturas a tus espaldas y un gusto exquisito a la hora de plasmar sobre el papel las historias que anidan en tu cabeza.

      Por mi experiencia, me permito aventurar que igual se trata de una fase. Yo ya he pasado por eso. Y no una ni dos, sino muchas veces. Ten en cuenta que llevo más de veinte años escribiendo, intentando meter la cabeza en el mundo editorial sin conseguirlo, fracasando una y otra vez en cada concurso al que me presentaba, en cada contacto que intentaba establecer con editores o agentes literarios. Y no ha sido hasta hace cuatro años en que, al fin, pude ver cumplido mi sueño de ver mi nombre impreso en la portada de un libro escrito por mí. La experiencia fue gratificante en todos los sentidos, hasta el punto de animarme a continuar la senda marcada por aquel. Hoy, con tres libros publicados, tengo varios proyectos en cartera, en los que voy trabajando en las horas que me dejan libre mis otras ocupaciones. Seguro que tú también tienes muchas historias guardadas en un cajón, o en algún ignoto lugar de tu disco duro. Como te dije en su día, la edad no debe ser un obstáculo a la hora de lanzarse a por un sueño. Ahí tienes a Bukowski o Frank McCourt, autores que admiro y respeto y que no vieron publicados sus primeras obras hasta bien pasados los cincuenta. Y seguro que hay muchos más ejemplos.

      Así que, de colega a colega, escribe y publica si sientes la necesidad de hacerlo; si te divierte, si te apasiona, si te ilusiona. Que nada ni nadie te diga que no puedes hacerlo. Sólo tú pones los límites de tu locura; porque, amigo mío, con la edad me he dado cuenta que hay que estar un poco loco para dedicarse a este noble oficio. Sobre todo cuando careces de padrinos.

      Una vez más, agradezco tu fidelidad, amigo Josep. La semana que viene, más. Ya estoy trabajando en ello.

      Un abrazo.

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  2. Con todos mis respetos al señor Homero, a mí me gusta más tu versión de La Odisea. Esas sirenas con "look" a lo Chewbacca (o a lo francés, ja, ja, ja) me han fascinado tanto como si las hubiera oído cantar. La amazona de Amazon ha sido lo más y tu versión del sistema de vasallaje en Mesopotamia esclarecedor e instructivo.
    ¿No te has planteado hacer un "remake" de La Odisea y, ya puestos, otro de La Ilíada? Esos dos libros me parecen muy buenos en el argumento, pero la narrativa es un tostón, y que me vuelva a perdonar el señor Homero.
    Espero que tu protagonista salga indemne de las sirenas siervas de Fraude.
    Un abrazo.

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    1. Saludos, Kirke.

      Espero que el señor Homero no sienta envidia de mí; no vaya a ser que eleve a los dioses del Olimpo sus quejas y les sugiera enviarme toda suerte de calamidades y desgracias, como ganar el premio Planeta. :P

      No estaría mal hacer una versión "alternativa" de esas obras. A mí en su día me gustaron (las tengo en una edición de lujo de tapa dura que pillé por un buen precio hace muuuuchos años, junto a otros clásicos de la literatura).

      Como le decía a Josep en mi respuesta a su comentario, llevo unos días trabajando en el siguiente capítulo de esta historia. Y, no es por nada, pero la cosa promete. Y ahora que nadie nos lee (las visitas al blog han bajado una barbaridad): en la siguiente parte va a haber muchas "risas". ; )

      Un abrazo.

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