Los que ya tenéis una edad —no sé cuál, pero una al menos sí que tenéis, ¿no? ¿O es que sois seres incorpóreos que no sufrís los envites del paso del tiempo? En tal caso, ¿qué sois? ¿ángeles? No jodas. ¿En serio me leen ángeles? Bueno, algo de ángeles sí que debéis tener los que aún seguís dejandoos caer por aquí para leer mis cosas. Tras tantos años publicando tontunas, se agradece vuestra fidelidad—.
En fin, a lo que iba. Los que ya tenéis una edad recordaréis el famoso eslogan que venía impreso en las bolsas de El Corte Inglés. Aquel eslogan decía: “Si no queda satisfecho, le devolvemos su dinero”. En mi caso, ese mismo eslogan trasladado a mi labor artística, rezaría así: “Si no queda satisfecho con su manuscrito, reescriba y corrija hasta dejarlo fetén y a su completo gusto”. Y eso es lo que he estado haciendo en estas últimas semanas.
Lo primero que he decir es que, de toda mi producción literaria, esta es la historia que más rápido he escrito (al menos el primer borrador, sobre el que aún sigo trabajando). Pero tiene su truco. Resulta que la historia original la escribí hace como doce o trece años. Su génesis tiene su miga, así que, cuando al fin publique el libro, escribiré una entrada contando cómo y en qué circunstancias surgió esta divertida historia.
Lo segundo que he de decir con respecto a mi nuevo libro es que ha sido la vez en que más he disfrutado escribiendo. Eso no quiere decir que no haya disfrutado escribiendo mis otros libros. Al contrario. Cada uno de ellos, del primero al último, me ha brindado momentos de auténtico gozo mientras los escribía y corregía.
Lo que ha hecho a esta nueva aventura literaria más disfrutable que las anteriores han sido, sin duda, las circunstancias que han rodeado su gestación. No supone ningún secreto, porque lo he contado puntualmente en el blog, que estos últimos meses han sido un poco difíciles para mí debido a ciertas enfermedades y dolencias. De entrada, a principios de año sufrí un fuerte ataque de gota, que me mantuvo prácticamente inmovilizado y aquejado de un dolor intenso durante un mes y medio.
A esto le sobrevino una infección ocular en forma de orzuelo que me salió en el interior del párpado inferior de mi ojo izquierdo. Todas las mañanas me levantaba con el ojo hinchado, como si acabase de bajarme del ring tras una desigual pelea con Mike Tyson. Visité la consulta de mi doctora, y me recetó un antibiótico en forma de pomada que me tenía que aplicar dos veces al día, una por la mañana y otra por la noche justo al acostarme. El problema es que la pomada, una vez aplicada en la zona, se extendía por todo el glóbulo ocular, lo que me dejaba medio ciego de un ojo durante un rato. El resto del día sentía una leve molestia, como cuando se te mete una pestaña en el ojo o arenilla. Desagradable, e incómodo.
Hay una expresión en España que se aplica cuando alguien sufre de una mala racha continuada. Esa expresión reza “parece que te haya mirado un tuerto”. En mi caso no podía utilizarla, ya que el tuerto era yo. Lo cual me lleva a preguntarme, ¿puede un tuerto provocarse mala suerte a sí mismo al mirarse en un espejo? Si alguien lo sabe, por favor, que me lo deje escrito en los comentarios.
Volviendo a mi novela. Teniendo en cuenta todo lo que me estaba sucediendo y que afectaba negativamente en mi día a día, el hecho de abrir el procesador de textos e imbuirme de lleno en la construcción de mi nueva historia hacía que automáticamente me olvidase de todo lo chungo que me rodeaba, y procurase distraer mente y espíritu dando forma a cada línea que escribía, modificaba o corregía.
Gracias al dios Groucho, tanta desgracia no afectaba a mi sentido del humor. Al contrario. Eran tal las ganas por escapar del sufrimiento, que veía —al menos por un ojo— en mi tarea de escritura una especie de oasis de paz y desconexión. Por eso puedo decir, sin mostrar la más mínima duda al respecto, que escribir este libro ha sido todo un ejercicio de...
Por favor, os ruego un momento para ir en busca de mi diccionario de sinónimos y antónimos. Enseguida vuelvo. No tardo nada.
¡Por Dios, cómo tengo la casa! Ni muebles nuevos ni gaitas. Aquí hay que meterle mano a todo este caos pero ya. Y eso que hace unos meses me quité de encima más de una treintena de libros y decenas de folios y libretas con apuntes. Esto no puede seguir así. De este verano no pasa. En cuanto tenga un hueco libre, me pongo a ello.
Ya estoy de vuelta. Al final encontré el dichoso diccionario de sinónimos y antónimos.
Como os decía, escribir este libro está siendo todo un ejercicio de diversión, alegría, desahogo, distracción, entretenimiento, esparcimiento, placer, gusto y deleite. Normal que lo esté disfrutando a tope.
Si nada se tuerce —crucemos los dedos—, espero que de aquí a un par de semanas pueda hacer una presentación como Groucho manda.
Amén.

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