miércoles, 1 de abril de 2020

SURFEANDO EL CONFINAMIENTO



En estos tiempos de confinamiento global, el arte, en cualquiera de sus manifestaciones, ha venido una vez más a nuestro rescate. De no ser por él, más de uno estaría ahora mismo subiéndose por las paredes; o peor aún: viendo Tele5. Por cierto, ¿os habéis enterado que Adara y Gianmarco han cortado? ¡Qué fuerte!

En fin, a lo que iba.

Yo tengo la gran suerte de poder disfrutar tanto del cine como de la música o la literatura. En esos tres campos dispongo de aliados contra el tedio, y gracias a ellos aún no he perdido completamente la chaveta; entre otras cosas porque hace tiempo que la perdí, y como vivo en una casa grande de muchas habitaciones, sinceramente: no sé dónde carajo la dejé. En fin, ya aparecerá cuando menos me lo espere.

Dado que soy escritor... ejem... Bueeeeeno, vaaaaaale. Igual me he pasado un poco. Dejémoslo en “uno de esos tíos que escriben cosas”, ¿de acuerdo? Jo, qué tiquismiquis, por Dios.

Pues eso. Dado que soy uno de esos "tíos que escriben cosas", me centraré en hablar de libros para campear el confinamiento.

Si lo piensas da miedo recomendar libros, pues el acto de leer es algo muy personal y para saber lo que le gusta o lo que podría gustarle a la persona a la que va dirigida tu recomendación tendrías que conocerla muy bien. Yo no os conozco tan bien, no sé qué os gusta o qué os disgusta, qué buscáis en un libro, que odiáis y qué consigue engancharos a una historia o a un determinado autor. De hecho, creo que lo peor que puede hacer un escritor es escribir pensando en lo que a los demás les gustaría leer. Yo no lo hago. Yo, cuando escribo, lo hago basándome en lo que a mí me gustaría leer. Si a mí no me gusta lo que escribo, ¿cómo demonios puedo pretender gustar a otros?

Dicho esto, hablaré de algunas de mis últimas lecturas.


El planeta de los simios (1963)

Autor: Pierre Boulle

Siendo la ciencia ficción literaria una de mis asignaturas pendientes, decidí aprovechar el confinamiento para iniciarme en este género. Para ello quise jugar sobre seguro y opté por una historia que ya conocía del cine, ya que me encantan las pelis de El planeta de los simios.

Lo primero que he decir es que el libro es muy diferente a la película original protagonizada por Charlton Heston. Mientras en la peli son astronautas norteamericanos los que aterrizan en el supuesto planeta de los simios, en la novela son astronautas franceses. Otra diferencia considerable es la barrera idiomática, pues mientras los humanos de la novela hablan francés los simios utilizan su propio lenguaje simiesco, de ahí la dificultad que halla el protagonista de la novela, Ulises Mérou, para comunicarse y hacerse entender.

El planeta en el que aterriza la nave de Ulises no es la Tierra, sino un planeta perteneciente a otro sistema solar. El planeta lleva por nombre Soror.

Existen más diferencias en relación a la película, pero creo que lo mejor es que las descubras por ti mismo si decides embarcarte en esta interesante y amena lectura. A mí me resultó adictiva. Se lee en dos o tres días —por suerte o por desgracia ahora mismo disponemos de toneladas de tiempo libre—, y se disfruta por lo fácil que resulta visualizar lo que nos están contando, ya que al tener en la retina el recuerdo de las pelis nos resulta casi imposible no recurrir a ellas en algún momento.

Personalmente disfruté muchísimo de la novela, hasta el punto de no descartar volver a ella en el futuro.


Marciano, vete a casa (1955)

Autor: Fredic Brown

Debido al placer que me produjo leer El planeta de los simios, decidí repetir con otra novela de ciencia ficción. Esta vez opté por Marciano, vete a casa, de Fredic Brown.

La premisa me sedujo al instante. Un escritor de ciencia ficción en horas bajas decide recluirse en la solitaria cabaña de un amigo en el bosque con intención de recuperar la inspiración y acabar un encargo para su editor. Tras varios días infructuosos, marcados por el folio en blanco, una tarde recibe la inesperada visita de un ser de otro planeta que resulta ser un marciano. A partir de aquí se establece entre ambos un peculiar diálogo que aventuraba una entretenida historia cargada de humor. Por desgracia, pronto descubrí que el humor desapareció —si es que alguna vez lo hubo— y el argumento giró hacia derroteros algo más siniestros.

Resulta que millones de marcianos han invadido la Tierra y se dedican a fastidiar a la raza humana apareciendo y desapareciendo a voluntad, mezclándose en sus conversaciones, sembrando la semilla de la discordia, provocando delirios y esquizofrenias entre los humanos y hasta reduciendo drásticamente los índices de natalidad del mundo entero, pues los marcianos poseen la molesta habilidad de presentarse en cualquier momento y lugar mediante un sistema propio de teletransportación, de poder ver en la oscuridad y a través de los tejidos (sábanas, mantas, etc), lo cual frustra la intimidad de los humanos.

Honestamente, la novela llegó un punto en que me saturó. La mitad transcurre en un ambiente bastante deprimente y pesimista, con una economía global por los suelos debido a la caída de la industria —los bares y restaurantes se ven obligados a cerrar debido a que a casi nadie le agrada comer o beber con un marciano pegado a su chepa burlándose de él o ella y profiriendo gritos que ponen de los nervios, la industria del entretenimiento se ve abocada a echar el cierre, pues los marcianos interrumpen las obras de teatro, las pelis o series o las emisiones en directo de los programas de radio o televisión, etc—.

Todo esto transcurre en un ficticio 1964, en plena Guerra Fría entre los “comunistas”, capitaneados por la Unión Soviética y China y el supuesto “mundo libre” —¡qué cachondos estos americanos!—.

Una cosa que no me gustó, incluso me resultó sumamente molesto, fue la costumbre del autor de hacer que los personajes expliquen sus acciones a través de sus líneas de diálogo, en plan: «Obviamente hago esto porque...».

Resumiendo: se puede leer, incluso puede resultar entretenida si no tienes nada mejor a mano, pero no esperes algo memorable ni que te apetezca volver a leer. Yo, desde luego, no creo que vuelva a leerla.


La dependienta (2016)

Autora: Sayaka Murata

No conocía a esta autora. Jamás había leído nada suyo ni conocía sus antecedentes. Sabiendo eso, ¿qué me llevó a leer esta novela? Muy sencillo: su argumento.

La novela gira en torno a Keiko Furukura, una dependienta de 36 años, soltera, que nunca ha tenido pareja ni la desea. Para ella, el mundo que la rodea le resulta incomprensible, sencillamente porque carece de un manual de instrucciones que la ayuden a entenderlo y actuar en consecuencia para encajar en él. Todos a su alrededor se empeñan en señalarle el camino para ser una persona “normal”, entendiendo por normal a alguien que no se salga de lo convencional, que asuma su rol en la sociedad —mujer, esposa, madre, trabajadora, buena hija— y que sea lo que la tradición dicta que debe ser.

Sin embargo, la mente de Keiko funciona de una manera muy particular, casi como una niña a la que hay que explicarle las cosas de manera clara y sin ambages, pues de lo contrario se pierde en la confusión.

Keiko encuentra en su trabajo como dependienta en una konbini —una especie de tienda de barrio abierta 24 horas— un orden y una lógica que no ve en el mundo que la rodea. Allí, en la tienda, se siente segura, pues todo se rige por unas normas bien definidas, donde no tienen cabida ni la improvisación ni la anarquía. Para ella, saber que tiene unos horarios y unas rutinas que cumplir a rajatabla la ayudan a sentirse que encaja.

Sin embargo, todos a su alrededor se empeñan en recordarle a Keiko que está tirando su vida a la basura por no hacer lo que todo el mundo hace: aspirar a un trabajo mejor, tener novio, practicar sexo, casarse, y darle nietos a sus padres.

Durante los diecisiete años que se pasa trabajando en la misma tienda —lo que la convierte en la más veterana de las dependientas— ve pasar ante ella a un montón de compañeros y jefes, todos ellos con sus peculiaridades.

Un día entra a trabajar en la tienda un joven que pondrá en entredicho el mundo perfectamente estructurado de la tienda. Este joven, de nombre Shiraha, es bastante desagradable en el trato, es vago, se pasa el día cuestionándolo todo y acusando a sus compañeros y compañeras de ser ovejas del Sistema. Shiraha, aunque por razones distintas a Keiko, también siente que no encaja en una sociedad tan estructurada como la japonesa, por lo que no cesa de desproticar contra lo que él considera un mundo que no ha cambiado absolutamente nada desde la Edad de Piedra. Por su actitud y sus continuos desplantes a compañeros y clientes, finalmente es despedido.

Un día, Keiko y Shiraha vuelven a encontrar sus caminos lejos de la tienda, y, en un extraño giro de los acontecimientos, surge entre ellos la posibilidad de llegar a un acuerdo que les permita ser aceptados como “normales” en un mundo que ni entienden ni asumen en su totalidad.

La novela me resultó deliciosamente entretenida. De lectura muy sencilla y una extensión que apenas sobrepasa las 150 páginas, se lee en dos tardes. Posee la particularidad de que no está dividida en capítulos, sino que su argumento fluye de manera continuada, como invitándote a que la leas de corrido y sin interrupciones.

Narrada en primera persona a través de la protagonista, vamos conociendo la manera de ver y entender el mundo que la rodea, de cómo piensa y qué la impulsa a actuar como lo hace y tomar las decisiones que toma, aún cuando no estemos de acuerdo con ella. Sin embargo, a pesar de algunas críticas bastante negativas que he leído a propósito de este libro, llegando a tildar a su protagonista de “psicópata”, a mi me resultó entrañable, por su manera un tanto infantil de enfrentarse al mundo. En cierto sentido me recordó a la protagonista de la novela Eleanor Oliphant está perfectamente, novela que he tenido la suerte de leer recientemente y que me enamoró desde la primera página.

Resumiendo: lectura sencilla y entretenida, sumamente adictiva y, por momentos, bastante esclarecedora en cuanto a denunciar ciertos aspectos de nuestra sociedad donde todos debemos encajar sí o sí.


Eleanor Oliphant está perfectamente (2017)

Autora: Gail Honeyman

Disfruté muchísimo la lectura de esta novela. Admito que antes de hincarle el diente me echaba para atrás el que estuviese alabada por JoJo Moyes, una autora de novela romántica de la que hace años leí una de sus novelas —que compré en papel— y que no me aportó gran cosa, pues lo que contaba y la manera en que lo contaba me recordaba horrores a Helen Fielding y su famosa Bridget Jones, cuyas pelis disfruto pero los libros los detesto. De hecho, temía que esta novela fuese un sucedáneo de Bridget. Afortunadamente, no tardé en advertir que Eleanor Oliphant se sitúa en las antípodas de Bridget Jones.

Para empezar, esta novela está muy bien escrita. Y los personajes están perfectamente trazados, lo cual hace que en seguida te sientas identificado con alguno de ellos; o con todos, si eres de mente abierta y nada dado a los prejuicios —que no es mi caso—.

A medida que vamos profundizando en la vida y circunstancias de Eleanor, iremos descubriendo aspectos y hechos de su pasado que explican su comportamiento y su manera de pensar, un tanto alejados de lo que consideraríamos “normal”, de ahí la similitud con el personaje de Keiko Furukura, la protagonista de La dependienta.

Sin embargo, a diferencia de Keiko, el pasado de Eleanor, así como sus antecedentes familiares perfectamente trazados en la relación tóxica que mantiene con su madre, revelan una infancia y adolescencia traumáticas, marcadas por un terrible suceso, lo que la lleva a una relación enfermiza con un personaje despreciable del que, a medida que vamos sabiendo cosas, va creciendo en nosotros, los lectores, una sensación de repugnancia y asco.

Como ocurre en la novela de La dependienta, también aquí entra en escena un personaje que desde las primeras líneas parece destinado a ponerlo todo patas arriba en la vida de nuestra protagonista. Este personaje, un joven informático algo desastre y bastante directo a la hora de decir lo que piensa, le servirá a Eleanor para no perder el contacto con el mundo real.

El libro, aunque mucho más extenso que el de Sayaka, creo que sobrepasa las trescientas páginas, es de lectura sumamente adictiva. De hecho, yo lo leí en pocos días y lo disfruté muchísimo.



Hank, la vida de Charles Bukowski (1991)

Autor: Neeli Cherkovski

No es esta una biografía al uso. Aquí no se cuentan mentiras, ni se adornan los hechos para “limar asperezas”. De hecho, para quien no conozca nada de la vida y la obra de Bukowski, este libro puede resultar obsceno en muchos sentidos, pues hace un retrato descarnado de un ser en ocasiones violento, desagradable, antisocial, desencantado con la vida y con la humanidad en general, cínico, cruel en exceso al hablar de aquellos autores que le disgustaban —casi todos, excepto John Fante, al que admiraba profundamente, y algún que otro autor como el primer Hemingway—, de humor variable, borracho, pendenciero y un sinfín de cosas malas. Pero también nos muestra a un Bukowski sensible, marcado por el acné en su juventud, por las palizas a las que era sometido por su siniestro padre desde que era un niño simplemente por existir, amante incondicional de la música clásica, sobre todo de Wagner y Mozart, enamorado de la poesía, donde halló un refugio ideal para sus tormentos interiores, y un creador incansable —podía pasarse toda la noche escribiendo a máquina para luego ir a trabajar a la oficina de correos y cumplir con su horario—.

Neeli Cherkovski lo conoció bien. Lo trató con asiduidad, y, gracias a la cercanía y rendida admiración que sentía por Bukowski, llegó a convertirse en una especie de confidente. Neeli narra sin pelos en la lengua sus desencuentros con Hank, las discusiones que lo apartaban de él durante meses, incluso años, simplemente porque Bukowski tenía épocas en que no se aguantaba ni a sí mismo, y buscaba la forma de apartar de su lado a todo bicho viviente comportándose como un cerdo desagradable y despótico.

Sin duda, Bukowski fue un personaje complejo, capaz de lo mejor y lo peor. Probablemente no se diferencie tanto de otros grandes de la literatura de los que poco o nada se sabe de su vida íntima. El problema de Bukowski quizás resida en que nunca necesitó enmascarar los aspectos más desagradables de su personalidad. Al contrario, casi da la sensación de que disfrutaba escandalizando. Pero, al margen del Bukowski persona existe el Bukowski autor, capaz de escribir historias que te mantienen en vilo, expectante, pendiente de la siguiente frase, de la siguiente línea de diálogo, pues podrá gustarte o no, pero no conozco a ningún otro autor como él, incapaz de dejarte indiferente.

El libro de Neeli Cherkovski está excelentemente bien escrito, profundiza en las descripciones y los hechos narrados sin aburrir, y su lectura resulta amena y entretenida. Si eres admirador de Bukowski, no te decepcionará; y si no has leído nunca a Bukowski y deseas conocer algo de su vida antes de meterte en su obra, este libro te ayudará a entender quién fue Bukowski y cuáles fueron sus motivaciones a la hora de sentarse a escribir.


Heil Hitler, el cerdo está muerto (2009)

Autor: Rudolph Herzog

Este es un libro extraño. En él se recopilan numerosos casos de cómicos y actores de vodevil que fueron juzgados y condenados bajo el férreo régimen nazi por burlarse de él, por ridiculizar a sus dirigentes o simplemente porque el humor y el poder nunca se han llevado bien.

A lo largo del libro iremos viendo numerosos ejemplos de cómo los judíos, o los alemanes contrarios al régimen, creaban chistes y bromas para sobrellevar el terrible drama que estaban viviendo en primera persona.

Llama la atención el hecho de que las altas cúpulas de poder nazi, sabedores de la existencia de estos chistes, hacían la vista gorda, incluso se encargaban de propagar esos mismos chistes entre sus círculos más íntimos, conscientes de que suponían una válvula de escape que evitaba una posible sublevación de los sometidos.

Sirva como ejemplo el siguiente chiste:


Hitler visita un manicomio. Los pacientes hace sumisamente el “saludo alemán”. Pero, de repente, Hitler descubre a un hombre que no lo hace. «¿Por qué no saluda usted como los demás?», le increpa. Y el hombre contesta: «Mein Führer, es que yo soy el enfermero, ¡yo no estoy loco!».


Algunos chistes son realmente ingeniosos y rebuscados, otros son bastante gráficos y explícitos, y otros mordaces y atrevidos. Sin embargo, al poco de leer cualquiera de los chistes aquí recopilados, no puedes evitar que se te congele la sonrisa, pues al chiste le sigue la trágica historia de algún cómico, escritor o actor, o simplemente un soldado cualquiera que en una de sus cartas escritas en el frente y dedicada a su esposa o familia, decide reproducir algún chiste de los que se cuentan entre camaradas y por ello es sentenciado a muerte y ejecutado.

El libro hace un repaso bastante exhaustivo de los años de terror que el régimen nazi instauró en Europa y buena parte del mundo a mediados del siglo pasado. En según qué tramos puede resultar un tanto desolador y repetitivo, pues en el continuo repaso a las víctimas podemos encontrar numerosas similitudes y puntos en común. Así y todo, me resultó sumamente interesante el hecho de constatar, una vez más, cómo el humor puede convertirse en un eficaz antídoto contra la desesperación y la desesperanza.


Y hasta aquí el repaso de algunas de mis lecturas recientes. Ahora mismo tengo tres libros empezados, uno de relatos y piezas cortas de corte humorístico de Enrique Jardiel Poncela titulado Para leer mientras sube el ascensor, lo que da una idea de la brevedad de las piezas incluidas, otro de cuentos cortos de Robert Bloch bajo el título de Cuentos de humor negro, y una novela que empecé anoche de Herman Koch, que lleva por título Estimado señor M.

¿Y vosotros? ¿Qué estáis leyendo en estos días de confinamiento?



jueves, 26 de marzo de 2020

LA CASUALIDAD SIEMPRE LLAMA DOS VECES

Mis libros, escritos y maquetados con estas manitas que Dios me ha dado. La impresión y encuadernación no la hice yo, aclaro. Eso fue cosa de las imprentas de Amazon. A cada uno lo suyo.

 
Ayer miércoles, 25 de marzo de 2020, mientras curioseaba por la red en busca de algo que paliase los efectos de este confinamiento que, fruto del coronavirus, estamos padeciendo, me encontré con una publicación de Rosa Berros Canuria en Twitter donde se me nombraba.
Intrigado, hice click en la publicación. Al hacerlo, me encontré en el blog de Rosa, ante una reseña que, para mi sorpresa, había realizado con motivo de la lectura de mi segundo libro de relatos publicado en 2015.
Si os apetece acceder a la reseña, pinchad aquí.


Gratamente sorprendido, no sólo por el tiempo dedicado a leerme y escribir sobre sus impresiones sino por el cariño y la gentileza mostrada hacia mis letras, me sentí abrumado por la emoción.
Y es que, desde que empezó este confinamiento, había notado que mis ganas de escribir parecían haberse esfumado.
No es la primera vez que sufro una crisis creativa, es cierto. De ahí que no le concediese mayor importancia de la debida. Creía, o quería creer, que como me había sucedido en las crisis anteriores mis ganas de escribir volverían a mí en cualquier momento.
Lo que no sospeché es que esas ganas, esa creatividad que creía dormida, despertase de repente motivada por el sentimiento de agradecimiento que las letras de Rosa me habían infundido.
Fruto de ese sentimiento, me vi asaltado por unas ganas tremendas de volver a sentarme ante mi mesa de trabajo y garabatear unas letras. Esa breve avanzadilla quedó reflejada en el comentario que le dejé a Rosa en su blog.
Sin embargo, ya por la noche, en esa hora mágica en el que cuerpo y mente se relajan y las musas aprovechan para visitarnos, varias ideas acudieron a mí como mosquitos en una calurosa madrugada de verano.
Esta mañana, libreta en mano, trabajé los apuntes de la noche, y logré completar una pieza, un cuento corto, que, como no podía ser de otra manera, he resuelto dedicar a Rosa Berros Canuria, su instigadora.
Confío en que mi pequeña aportación consiga distraeros la mente y haceros olvidar los estragos de este tiempo tan extraño de confinamiento que a la humanidad entera nos ha tocado vivir.
Recibid un afectuoso saludo. Y, por favor, quedaos en casa. Con el esfuerzo de todos, saldremos de ésta.
Por cierto, si en algún momento os sentís aburridos y necesitáis echar mano de alguna lectura que consiga distraer la mente y apaciguar el espíritu, os dejo el enlace a los adelantos gratuitos de mis tres libros publicados hasta el momento. No hace falta que compréis nada. Tampoco estoy seguro de que Amazon envíe los libros a vuestras casas, al menos mientras siga vigente el confinamiento. Leed y, si os apetece, dejadme un comentario en el blog. Os lo agradeceré.
Podéis leer los adelantos gratuitos pinchando aquí.

Os dejo con el cuento corto:

LA CASUALIDAD SIEMPRE LLAMA DOS VECES
por Pedro Fabelo (2020)

Llaman a la puerta.
Soy yo, Rosa.
Sin esperar reacción alguna, vuelven a llamar.
Soy yo, Rosa.
Nuestra protagonista, de nombre Rosa Berros Canuria, reseñista para más señas —valga la redundancia—, precisamente deja una reseña a medio hacer en la mesa de su escritorio y se incorpora con desgana de su sillón ergonómico chachi piruli que protege su espalda al mismo tiempo que ataca sin piedad su economía. ¡Hay que ver qué caros son esos sillones ergonómicos chachi piruli, por el amor de Dios!
Rosa atraviesa el pasillo que conduce a la entrada de su domicilio y se detiene a la altura de la puerta principal.
¿Quién es?
Soy yo, la casualidad —se oye desde el otro lado de la puerta.
¿Y cuál es la razón de que hayas llamado dos veces? ¿Acaso crees que estoy sorda?
No, mujer. Es que la casualidad siempre llama dos veces, como Jack Nicholson.
La comparación con el protagonista de El cartero siempre llama dos veces alimentó las sospechas de Rosa.
¿No serás un depredador sexual? —dijo Rosa.
Oh, no. Las palabras, a pesar de lo que digan las abanderadas del feminismo más recalcitrante, somos asexuadas. Carecemos de instinto sexual. Nos limitamos a ser lo que la gente quiera que seamos; básicamente meros vehículos para expresar ideas, pensamientos, emociones o sensaciones.
¿Y a qué has venido?
He venido a recordarte que debes volver a leer a Pedro Fabelo.
¿Y eso porqué?
Ha pasado un año desde la última vez.
Aquella revelación provocó una sensación de asombro en Rosa, a la que siguió una consciencia plena de su propia mortalidad que la sumió en el desconcierto.
¡Dios mío!, ¿un año ya?
Sí, hija. ¡Cómo pasa el tiempo!, ¿eh? Y no sólo para vosotros, los humanos. Nosotras, las palabras, también sufrimos los inevitables estragos del paso del tiempo. Sin ir mas lejos, ahí tienes el ejemplo de mi tía abuela “azar”. No hace ni dos días que cumplió 425 años. No veas lo que nos costó poner las velas en la tarta. Para serte sincera, había más velas que tarta. Ésa es la verdad. Y no te lo pierdas, la pobre casi se nos asfixia soplando. Normal. Con 425 años una ya no tiene los pulmones de una chavala de 300 años.
Claro, claro... —añadió Rosa de manera autómata, como si su subconsciente se empeñase en conceder carácter de normalidad a una situación que escapaba a toda lógica.
Pero, ¿sabes qué? —prosiguió la casualidad—, después de todo valió la pena el esfuerzo. Ver la cara roja de felicidad y semiasfixia de mi tía abuela no tiene precio. Mi sobrina “eventualidad” grabó un vídeo con el móvil y pronto lo subirá a Youtube. Igual así nos ganamos unas perrillas, que siempre vienen bien para nuestra paupérrima economía.
¡Qué me vas a contar a mí! —exclamó Rosa, al recordar que precisamente en esos días se le vencía la última letra para pagar su silla ergonómica chachi piruli pero cara de la leche.
Por cierto, no puedo quedarme mucho tiempo —añadió casualidad—. Aún tengo que ir a la RAE a recoger mis regalías por derecho de autor correspondientes al año pasado.
Perdona si me meto donde no me llaman. ¿Las palabras necesitáis dinero para subsistir? —preguntó Rosa picada por la curiosidad, que es así como una culebrilla de parecido aspecto al gusano de la lectura aunque no tan gorda ni mucho menos miope.
Pues claro que necesitamos dinero para sobrevivir. ¿O es que te piensas que vivimos del cuento, como los políticos y la gente que va a contar gilipolleces a los programas de cotilleo de la tele?
Aquella revelación logró sumir a Rosa en el estupor, casi tanto como el experimentado por Amélie Nothomb cuando escribió sobre sus experiencias como chica de la limpieza en aquel rascacielos de Tokyo.
Además de estupor, Rosa notó que su mente se abría de par en par a un mundo desconocido para ella. En cierto modo, experimentó algo parecido a un religioso cuando cree percibir la llamada de la fe o a un colgado cuando se fuma un canuto del tamaño de un zepelín.
Por cierto, Rosa, no me resisto a darte las gracias.
¿Gracias? ¿Por qué?
Por el respeto que demuestras hacia la palabra escrita. No creas que esas cosas nos pasan desapercibidas. Valoramos a la gente que nos ama y nos cuida. Por personas como tú nuestra existencia está garantizada.
¿A quiénes te refieres exactamente con “personas como yo”?
A aquellas personas que leen, que aman la literatura y le conceden a las palabras el valor que merecen. Vivimos tiempos adversos, Rosa, en el que la humanidad se encamina en vertiginoso ritmo hacia una deshumanización descontrolada, dejando sus vidas y sus destinos en manos de las máquinas. Mientras unos lo hacen por pereza otros lo hacen por aumentar sus beneficios económicos y su capacidad de controlarlo todo. Pero todos ellos olvidan algo. Algo esencial. Olvidan que por muy sofisticados que sean los robots o los programas informáticos que los sustenten, jamás podrán sustituir una parte esencial del ser humano.
¿Cuál?
Su creatividad.
Rosa asintió, satisfecha en su fuero interno por coincidir de pleno con el pensamiento de su interlocutora.
¿Sabes que para ser una palabra posees una gran sabiduría?
Las palabras escondemos más de lo que mostramos. Somos como icebergs del conocimiento. En cierto modo, me recuerdan a los cuentos de Pedro Fabelo. Esconden más de lo que muestran.
¿Has leídos sus tres libros dedicados al humor absurdo?
Sí, claro.
¿Y qué te han parecido?
Han conseguido sorprenderme, la verdad. Me esperaba algo más banal y estúpido. Una sucesión de chistes sin más. Pero, bajo la aparente sencillez de ciertas piezas, se esconde una crítica bastante ácida y mordaz sobre un montón de males que aquejan a la sociedad contemporánea.
En este punto, Rosa se mostró orgullosa de su criterio como lectora.
¿Qué te pensabas, que iba a perder mi tiempo en leer algo tonto y carente de calidad literaria? Para que lo sepas, mi montaña de libros pendientes de lectura podría competir en tamaño y densidad con la montaña mágica de Thomas Mann.
Te creo.
Eso me recuerda que debo seguir con mi trabajo. Aún debo hacer un par de reseñas para Moon Magazine.
Desde luego. Y yo he de ir a cobrar mi dinerito. A ver si consigo hacer el ingreso antes de que me cierre el banco, que menudos son. Adiós, Rosa.
Adiós, casualidad.
Y colorin colorado, este cuento se ha acabado; pues acabo de recordar que yo también he de ir al banco a pagar una de las letras de mi cómodo —aunque caro— sillón ergonómico chachi piruli.

FIN



miércoles, 19 de febrero de 2020

LA PARTE BUENA DE CAMINAR (QUE LA TIENE)


Todos los médicos lo dicen: caminar es bueno para la salud. Y es cierto, doy fe. Pero lo que no te dicen, porque la mayoría de ellos se pasan media vida sentados en sus consultas de la Seguridad Social y la otra media sentados en sus cómodos sillones de sus consultas privadas, es que, además de los beneficios obvios para la salud (evitar el sobrepeso, controlar la hipertensión, fortalecer músculos y articulaciones, etc), caminar te proporciona otro tipo de ventajas no tan obvias.
Lo primero que he decir es que, de un tiempo a estar parte, el hecho de caminar por las aceras de mi barrio se ha convertido en algo mucho más excitante de lo que era hace unos años. Ahora, a la rutina de caminar, hay que sumar unos alicientes la mar de divertidos que no han hecho sino añadir atractivo a la tarea.
Entre los nuevos y maravillosos retos a los que me enfrento cada día, se encuentran los siguientes:

Procurar evitar doblarte un tobillo o irte de bruces y romperte la crisma o los piños debido a los desniveles en las aceras, losetas rotas o faltantes, adoquines diseñados y puestos a mala leche para incomodar lo máximo posible al viandante, agujeros y socavones varios o red de alcantarillado sin tapa ni señalización de ningún tipo.
Pudiera parecer que este tipo de “accidentes” en el pavimento obedecen a una dejación de funciones por parte de los departamentos de Obras Públicas de nuestros queridos ayuntamientos, más preocupados en recaudar impuestos que en dar servicio al ciudadano. Pero ya os digo yo que no. Si esta peña deja todos esos agujeros, socavones, desniveles, losetas y alcantarillas al aire es para que ejercitemos nuestros reflejos y nuestra capacidad de reacción ante los imprevistos. En definitiva: no hacen esto con intención de seguir tocándose el níspero a dos manos, sino para que los ciudadanos de a pie —nunca mejor dicho— hagamos ejercicio sin darnos cuenta de que estamos haciendo ejercicio.
Me consta que también llevan años trabajando codo con codo con eminentes científicos especializados en conducta humana para hacer que paguemos impuestos sin que nos demos cuenta de que estamos pagando impuestos.

Procurar esquivar a los duendecillos y duendecillas que, en un derroche de generoso desprendimiento y amor por el prójimo, van en bicicleta a toda hostia por las aceras, aún cuando este magnífico alcalde que tenemos en la ciudad en la que resido se haya gastado una pasta —no suya, claro, ¡hasta ahí podíamos llegar!—, en poner toda la ciudad patas arriba para habilitar carriles bici y cargarse un montón de plazas de aparcamiento gratuitas en varios puntos estratégicos de la ciudad —da la sensación de que no quieren coches en las ciudades, aunque sí quieren los impuestos que generan y que, con alegría y gozo en el corazón, pagamos religiosamente los propietarios de esos vehículos a los que cada vez nos cuesta un ojo de la cara buscarle aparcamiento—.

Por cierto, a los duendecillos y duendecillas de las bicis ahora hay que sumar a los duendecillos y duendecillas de los patinetes eléctricos, los cuales, imitando el generoso desprendimiento y amor por el prójimo de los ciclistas, también van a toda hostia por las aceras subidos a sus simpáticos artilugios. En fin, todo sea por ejercitar nuestros reflejos y nuestra infinita paciencia mediante el fino arte de la meditación trascendental, el estado zen y los buenos deseos para con el prójimo, aún cuando, en el fondo, estemos deseando cagarnos en la madre de alguno o alguna y que su bici o su patinete tropiece con uno de los agujeros, socavones o alcantarillas sin tapa, se dé una buena hostia y se rompa todos los piños.

Esquivar las cacas de perro y meadas varias. Con eso no sólo ejercitamos las caderas y fortalecemos las articulaciones gracias a los saltos, sino que mantenemos en estado de alerta nuestra visión periférica y nuestra capacidad de calcular tamaños y distancias.
También debemos estar prestos a esquivar a esa gente que lleva perros atados a correas extra largas —de tres y cuatro metros de largo— y que, como ocupan toda la acera entre el perro, el dueño y la puta correa de los huevos, te obligan a saltar para sortearlos a los tres.

ACLARACIÓN:
Por favor, que no se me malinterprete: yo no odio a los animales. Me parece bien que los perros tengan animales en casa. Lo que ya no me parece tan bien es que esos animales sean peores que sus mascotas. ¿All right? ; )

Como veis, de un tiempo a esta parte caminar por las calles de mi ciudad se ha llenado de alicientes que lo convierten en una actividad en la que no sólo ejercitas el cuerpo, sino que también ejercitas tu mente, tu paciencia, tus capacidades cognitivas y tu nivel de tolerancia ante el incivismo ajeno.
¡Y encima es gratis!
¿Qué? ¿Os animáis a caminar? Ya estáis tardando...