miércoles, 16 de septiembre de 2020

CUESTIÓN DE ESTADÍSTICAS

 

Aunque no es la moto del socio de mi padre, se le parece bastante

Acabo de recibir un correo con las estadísticas semanales de mi página en feisbuc. Y son las siguientes:


Alcance de las publicaciones: -400%

Interacción con las publicaciones: -950%

Nuevos “me gusta” de la página: -750%


Ante semejantes cifras, los de feisbuc me recomiendan que les pague por promocionar mis entradas o que alquile una moto y vaya pregonando mis publicaciones de barrio en barrio, como hacían los antiguos afiladores. Incluso me han aconsejado que vaya a un chino y me compre una flauta de pan para avisar a los vecinos de mi llegada.

Yo me he negado. No porque me de vergüenza dar gritos. Bueno, sí, me da un poco de vergüenza dar gritos en plena calle. Prefiero dar gritos en la ducha, mientras hago una penosa imitación de Ian Gillan cantando clásicos de Deep Purple.

Si me he negado ha sido por lo de la moto. No me gustan las motos. Me dan yuyu.

Recuerdo hace muchos años, siendo yo un adolescente, que mi padre y su socio me pidieron que acompañase a este último al local de un distribuidor que quedaba por la zona del Puerto, con intención de adquirir unas pelis para el videoclub. Da la casualidad que, de los tres, yo era el que más sabía de cine —era un cinéfilo empedernido—, y se fiaban más de mi criterio que del suyo.

Total, que el socio de mi padre me dijo de subirme con él en su moto. Recuerdo que era una Suzuki baja y ancha, de color amarillo y potente motor, que hacía un ruido de la leche cuando lo encendías.

Yo nunca había subido en moto, por lo que no sabía lo que me esperaba. Desde luego, de haberlo sabido, ni de coña me habría subido a aquella moto. Y menos con aquel loco al volante.

«Agárrate fuerte a mí», me dijo, «Y relájate, hombre, que te noto tenso».

Cómo para no estarlo. No tardé ni cero coma en darme cuenta que aquel hombre era un peligro a las dos ruedas. Lo supe desde el momento en que, en mitad de un atasco, no dudó en subirse a la acera y sortear el tráfico y los peatones. La madre que lo parió. En mi vida había pasado tanto miedo como entonces.

Desde ese día le cogí fobia a las motos. Así que cuando los de feisbuc me propusieron lo de la moto para anunciar mis publicaciones, les dije que no.

Paso de la moto. Prefiero ir andando —propuse.

Hombre, puedes ir andando si lo deseas —dijeron ellos—, pero no vas a llegar a mucha gente. Más o menos como ahora.

¿Y qué alternativas tengo?

Podrías hacer clickbait.

¿Y eso «qué es lo que es»?

El clickbait o ciberanzuelo consiste en crear contenido aparentemente interesante usando titulares de impacto de manera sensacionalista y engañosa para atraer la mayor proporción de clics posibles.

Supongo que os referís a esos titulares de prensa tipo “¡HALA, MIRAD LO QUE LE HA PASADO A TAL O CUAL FAMOSO O FAMOSA EN EL APARCAMIENTO DE UN CENTRO COMERCIAL MIENTRAS METÍA LAS BOLSAS DE LA COMPRA EN EL PORTAEQUIPAJES DE SU COCHE Y QUE PODRÍA ARRUINAR SU CARRERA!”. Entonces vas, pinchas en la noticia y, tras varios párrafos de una insulsez que tira de espaldas, te enteras que “lo que le ha pasado y que podría arruinar su carrera” es que pilló un paquete de cereales con gluten, así, a posta, sólo por joder.

Eso es la punta del iceberg. Hoy día todos lo hacen, no sólo ellos. Fíjate en todos esos blogueros que escriben titulares de impacto tipo «50 formas de mejorar en tu escritura», o «Cómo atraer lectores a tu blog aunque lo que escribas sea una puta mierda», o «Cómo publicar con una gran editorial, que no se gaste ni un duro en promoción porque no eres un famosete de los que sale en la tele, que tu libro no se venda una mierda y que la gran editorial rescinda tu contrato y te mande al carajo en menos que canta un gallo».

Sí, me suena.

¿Has leído alguno de esos libros escritos por famosetes?

Leí el de Mario Vaquerizo.

¿Y?

¿De verdad queréis saberlo?

Sí.

Me pareció vulgar. Repleto de «maricón», «cariño», «amiga». Literal. Admito que mientras lo leía pensaba que el corrector o correctora se había tomado unas vacaciones, o que se había suicidado ante semejante colección de chuminadas.

Por curiosidad, ¿qué te llevó a leer semejante engendro?

En primer lugar, como lector y autor de mis propias obras, considero fundamental leer de todo, incluso aquello que, en principio, no me atrae en absoluto. Sólo así se aprende: de lo bueno y lo malo, además de formar nuestro criterio. En segundo luegar, quería saber qué leía la gente, por dónde van los tiros, tomarle el pulso a los lectores...

¿Y lo averiguaste?

Honestamente, no creo que quien haya comprado ese libro o similares sean lectores habituales. Si compran este tipo de libros no es porque les guste leer, sino por aparentar, seguir la moda —de la insulsez, me temo—, buscar algo ligero para leer en el váter o en la consulta del dentista, o para hacer bulto en la estantería de su salón, entre revistas de decoración, moda o chismorreos. Antes se hacía con los premios Planeta, que la gente los compraba porque quedaban bien para adornar las estanterías del salón-comedor, o para dar el pego ante tus amistades haciendo ver que eras alguien leído. Ahora, los premios Planeta han sido sustituidos por libros de famosos que no saben escribir y que encargan a otros que lo hagan, tipo Belén Esteban o Ana Rosa Quintana, o que lo que escriben sea una memez, como el de Mario Vaquerizo.

El mundo ha cambiado, chaval. Y cuanto antes lo asumas, mejor para ti.

¿Eso qué quiere decir?

Pues que igual deberías plantearte cambiar de registro. Dar un giro a tu escritura. Escribir cosas que vendan.

Eso es prostituirse. Y yo no me metí en esto para prostituirme. Para eso me hago negro literario de políticos que no saben hacer una o con un canuto —que los hay a porrillo— o guionista de programas de humor presentados por gente que no tiene puñetera gracia —que también los hay a porrillo—.

Ya que estamos, resuelve una duda, ¿por qué te metiste en esto de escribir?

Principalmente para escapar del aburrimiento. La vida, en esencia, me parece aburrida. Así que utilizo el arte y mi creatividad para escapar del aburrimiento. Y, a partir de aquí, procuro divertirme la mayor parte del tiempo que me paso escribiendo. En ocasiones sufres. Todo proceso creativo viene acompañado de pequeñas dosis de sufrimiento. Pero eso es bueno. Si consigues superar eso y sacar adelante algo que merezca realmente la pena, el orgullo que te invade cuando ves el resultado de tu esfuerzo es algo indescriptible.

¿Y qué otras razones tienes para escribir?

Tratar temas que me interesan o me obsesionan. O me emocionan. Y conseguir que otros disfruten o pasen buenos ratos con las cosas que escribo. Me encanta recibir mensajes privados de gente que me agradece el haber conseguido que aparquen, aunque sea momentáneamente, cosas desagradables que les pasan en la vida. ¿Y sabes lo más curioso de todo? Pues que yo soy el primero que escribo para aparcar, aunque sea momentáneamente, cosas desagradables que me pasan en la vida.

¿Sabes qué?

Qué.

Sigue escribiendo, tío. Aunque no te lea casi nadie. Aunque tus publicaciones sigan alcanzando un -400% de impactos, o que tus estadísticas muestren un -950% de interacciones. Tú, sigue. No lo dejes.

Gracias.

A ti.


 


martes, 8 de septiembre de 2020

UN REPASITO A LA ACTUALIDAD

 

                                  Esperanza Gracia haciendo cosas raras con las manos


Hace unos días leía en prensa que, según un informe del Banco de España, los pensionistas reciben de media un 74% más de lo que cotizaron.

Supongo que se refieren a los políticos o cargos públicos. Siendo así, hasta poco me parece. Con sólo cotizar una legislatura ya tienen la pensión asegurada. ¡Y qué pensión, amigos! Nada de mileuristas ni mierdas de esas. Eso es para los mindundis.

Normal que alguno soltase lágrimas —de alegría, obviamente— el día que ocupó su sillón de diputado. Por dentro debía estar pensando: «¡Ostras, no me lo puedo creer, lo conseguí! Ya tengo la vida solucionada. ¡Pero qué lela es la gente, coño! Se creen todas las chorradas que suelta uno por esta boquita que Karl Marx me ha dado. Bendita ingenuidad, carajo».

También leo que Alemania, la todopoderosa Alemania, ese ejemplo de orden y eficacia, esa cuna de disciplina y autogestión, ese modelo de seriedad y rigor, ha registrado hasta 1.500 contagios por Covid19 en un día. Según el artículo, hacía tres meses que no sucedía algo parecido. ¡Y esto en Alemania!

¿Recordáis aquella teoría cargada de buenas intenciones que algunos iluminados soltaban por la tele en los primeros días de confinamiento y que auguraban que «de esta crisis vamos a salir todos reforzados, siendo mejores personas»? Y lo decían sin reírse, ojo. Lo decían en serio. Hasta con una tímida lagrimilla asomando por sus humedecidos ojos, supongo que emocionados por las bestiales audiencias que estaban logrando, con todo el mundo pegado a la pantalla del televisor, pendientes de sus chorradas.

Claro, luego empezaron las primeras concesiones. La primera fue dejar salir a los menores de 8 años acompañados por los padres, aunque manteniendo las distancias mínimas de seguridad con otros niños y otros padres. Y no había pasado ni una hora de aquello cuando Internet y los informativos de la tele se empezaron a llenar de imágenes con fotos donde se veían grupos de padres apelotonados alrededor de bancos de parque, fumando y riendo como si no hubiese un mañana, mientras los niños de unos y de otros se mezclaban, correteaban, se abrazaban, se reían y jugaban juntos y revueltos.

Luego fueron sucediéndose las distintas fases del desconfinamiento, hasta desembocar en esta «nueva normalidad», en la que los gobiernos se afanan por instaurar unas normas que ellos son los primeros en saltarse —aún no se me ha borrado la imagen de Bolsonaro, sin mascarilla y sin guardar distancia de seguridad ni leches, con un par, dándose un baño de masas en un aeropuerto de Brasil, llevado a hombros por un tipo que supongo que no tenía nada mejor que hacer en ese momento que cargar con ese menda lerenda—.

Todos los días los medios se hacen eco de conflictos aquí y allá, discusiones, peleas, amenazas, etc, entre gente que pasa de seguir las normas y se niegan a llevar mascarilla donde es preceptivo llevarla y gente que les recriminan su insolidaridad. Incluso gente que muerde en el culo al policía que la va a detener por incumplir la ley.

Mejores personas. Sí, ya. Como adivinos están a la altura de “eminencias” de la talla de Rappel y Esperanza Gracia.

Por cierto, hablando de esta última, ¿habéis visto esas promos en televisión protagonizadas por esta buena mujer y que suelen programar de madrugada? En esos vídeos, de una cutrez que tira de espaldas, sale esta “adivina” recitando: «Hola. Soy Esperanza Gracia. Si hay algo que te inquieta, te atormenta y te perturba...». Acompaña a esas frases de unos ridículos movimientos, podríamos decir ¿teatrales? Sí, teatrales. Pero de teatro del malo. A mí me dan una grima del quince. Y hasta del dieciséis. Fijaos si me dan grima.

Y sí, lo admito, todo en esa mujer “me inquieta, me atormenta y me perturba”. Por eso no le hago ni puto caso.

Más cositas.

Los medios se han hecho eco, eco, eco del escándalo del emérito. Todos los días, a todas horas y en todo tipo de programas —de información, de entretenimiento, de desinformación— ahí está el temita dando juego.

Pero oye, bien, sólo han tardado cuarenta años en destapar y denunciar las supuestas trapisondas del personaje. Lástima que a ninguna cadena se le haya ocurrido poner de banda sonora la famosa ranchera El rey, de Alejandro Lora Serna. ¿Recordáis la letra?


Con dinero y sin dinero

hago siempre lo que quiero

y mi palabra es la ley

No tengo trono ni reina

ni nadie que me comprenda

pero sigo siendo el rey

Repasando esta letra, creo que hay muchos más “reyes” que el emérito campando a sus anchas por este país nuestro —y cada día de más gente—. Sin ir más lejos, ahí tenemos lo ocurrido durante los mismos cuarenta años en ese “país pequeño de ahí arriba, en la esquinita del mapa”, como decía el “amigo” Pep Guardiola. Y debe ser un mal endémico de nuestro mapa genético, pues da igual que seas de derechas, de izquierdas, de centro, de arriba o de abajo, pues, al final, la única ideología que todos estos defienden es la del «dinero pa' mí, y maricón el último».

Si no fuese políticamente incorrecto, deberían usarlo como eslogan electoral: “El dinero pa' mí, y maricón el último”.

Por supuesto, cuando hablo de “incorrección política” me refiero a lo de decir la verdad, ya que es de dominio público y notorio que en primero de política el primer mandamiento es “no decir nunca, jamás, la verdad, así te maten”. El segundo mandamiento es “mentir sin que se te note”. Si cumples con esos dos preceptos, ya estás más que listo para hacer carrera en política.

Más cosas.

Sigo alucinando con la pasta que se están ahorrando en peluquería con el programa de Sonsoles Ónega. ¿Esta buena mujer sabe que hay peines, verdad?

También sigo alucinando —pero menos— con la mala educación mostrada por los tertulianos, invitados, presentadores y colaboradores que salen a diario en los programas de la tele. Se pisan entre ellos cuando hablan, se gritan, se insultan, se enfadan y se desenfadan, y compiten afanosamente por mostrar sin pudor su ignorancia supina en los temas que tratan —ahora resulta que todos son eminencias en epidemiología y se han sacado el título de microbiología entre anuncio y anuncio. Y eso que, a juzgar por lo que hablan, intuyo que la mayoría no aprobaría un examen de primero de la ESO—.

En fin, seguiré alucinando. Porque, la realidad siempre, siempre, siempre supera la mayor de las ficciones.



miércoles, 26 de agosto de 2020

GAZPACHO, ALIMENTO DE DIOSES

Obra "Painting gods mount Olympus" de Antonio Verrio
                                   Cuadro "Painting gods mount Olympus" de Antonio Verrio

 

Con estos calores que estamos padeciendo, me ha parecido apropiado rescatar un cuento que escribí hace algunos años con el gazpacho de telón de fondo. Eso sí, le he quitado el polvo y las telarañas y lo he actualizado.

Confío en que os guste... si no os derretís antes de leerlo, claro.


GAZPACHO, ALIMENTO DE DIOSES

Nos hallamos en el Monte Olimpo, morada de los dioses, en el verano del 398 a.C. Justo se cumple un año de la muerte de Sócrates, considerado por muchos como uno de los más grandes filósofos de la historia.

Desde el instante mismo de su óbito, Sócrates reside en el Monte Olimpo por una mínima cuota de alquiler que sufraga haciendo labores de mayordomo y secretario. Resulta que una vez muerto acabó sirviendo a los mismos dioses a los que negó en vida, y por lo que fue condenado a morir envenenado con cicuta. Ironías de la vida. Y de la muerte.

Aquella mañana hacía mucho calor allí arriba; un calor que derretía las nubes. Sócrates, empapado en sudor, intentaba refrescarse con un gigantesco abanico de plumas de ganso comprado en los chinos, en un «todo a 100 dracmas».

¡Por todos los dioses, qué calor más insufrible! —proclamó al borde de la insolación—. Y digo yo, vosotros que concentráis todo el poder de este y otros mundos, ¿no tenéis algún remedio que ayude a paliar este sofocante calor?

Yo estoy con Sócrates —articuló Eolo, dios del viento—. La verdad es que estoy cansado de resoplar. Si sigo así voy a causar un tornado.

¿Tú no podrías hacer algo? —dijo Artemisa dirigiéndose a su hermano Apolo—. Al fin y al cabo tú eres el dios del sol.

¿Y qué te piensas, que tengo un interruptor con el que puedo encender y apagar el sol a voluntad? —respondió Apolo de muy malos modos, pues el calor incidía en su malhumor.

En esto que llegó Hermes, el mensajero de los dioses.

Escuchad, chicos, tengo una importante noticia que daros.

Los dioses miraron a Hermes con sudorosa indiferencia.

¿Es que el feo careto de Donald Trump ha pasado de naranja a rojo tomate? —bromeó Circe, también conocida por el seudónimo de Kirke Buscapina, que era una cachonda de mucho cuidado que no desaprovechaba oportunidad alguna de hacer alguno de sus ocurrentes chistes.

Vengo de la Tierra —prosiguió Hermes—. Resulta que una cocinera de Hispania acaba de crear una receta que, según cuentan quienes la han probado, es capaz de combatir con éxito los rigores del verano.

Sí, ya —dijo Poseidón—. A otro perro con ese hueso.

No es broma —insistió Hermes—. La cocinera en cuestión se llama Macarena. Y os aseguro que la receta de esta buena mujer dará mucho que hablar.

¿Y cómo dices que se llama la receta? —se interesó Sócrates.

Gazpacho —confirmó Hermes.

¿Gazpacho? —repitió Sócrates.

¿Y en qué consiste esa receta? —intervino Atenea, mostrando un repentino interés.

Ésa es la cuestión. Que nadie lo sabe con certeza. La muy pilla quiere mantener en secreto su receta y hacerse rica a su costa por los siglos de los siglos. Como los de la Coca-Cola —dijo Hermes.

¡Nadie está por encima de los dioses! —bramó Zeus, provocando que un poderoso trueno saliese despedido de su cetro y rasgase los cielos de parte a parte.

¿Y qué podemos hacer para robarle la receta? —dijo Eolo.

Podríamos amenazarla con enviarle a Gordon Ramsay y que la saque de quicio con sus críticas gastronómicas. Ese tío es peor que la peste —dijo Apolo.

O podríamos matarla y apoderarnos de la receta sin más —propuso Hera, esposa de Zeus, quien, debido a las constantes infidelidades de su donjuanesco marido, odiaba por definición a todas las mujeres.

No seamos drásticos —intervino Zeus—. Bastantes muertes y desgracias tenemos ya a nuestras espaldas como para ir granjeándonos la enemistad de la plebe con nuestras irreflexivas acciones. Y más en estos tiempos, con la prensa a la caza y captura de cualquier escándalo que llevarse a la boca, o a las portadas de sus informativos. Y si no mirad la de vueltas que le están dando al asunto ese del emérito. Como si los reyes no llevasen haciendo lo que les sale del níspero desde que el mundo es mundo.

Ya te digo —dijo Eolo.

Yo propongo que vaya Hades a entrevistarse con esa tal Macarena y que negocie con ella un precio —añadió Zeus.

Todos los dioses estuvieron de acuerdo con la propuesta.

Y así fue como Hades, dios del inframundo, adoptó apariencia humana y bajó a la Tierra, concretamente a un pequeño pueblo situado al sur de Hispania.

Siguiendo las indicaciones de Hermes, el dios Hades no tuvo problemas en dar con la casa de Macarena, la cocinera inventora del gazpacho.

Hades golpeó con los nudillos la puerta.

¿Quién es? —dijo una voz de mujer desde el interior de la casa.

Busco a Macarena.

¡Eeeeh, Macarena...aaahe! —apuntaron un par de tipos apostados a la sombra de un toldo situado justo en la acera de enfrente.

Hades se dio la vuelta.

Y vosotros, ¿quiénes sois? —preguntó Hades a los dos tipos.

Yo soy Antonio. Y éste es mi compadre Rafael. Somos Los del Río. Y se nos ha ocurrido que podríamos hacer una canción con ese estribillo tan pegadizo: «¡Eeeeh, Macarena...aaahe!». Va a ser un éxito de la leshe. Nos vamos a hacer de oro, quillo.

¡Que los dioses nos cojan confesados! —dijo Hades con temor, pues lo que le faltaba a aquel calor de mil demonios era otra nueva canción del verano con la que castigar los oídos de la peña.

En esto que Hades notó que la puerta de la casa se abría a sus espaldas. Ante él emergió aquella mujer de edad intermedia. La mujer llevaba puesto un vestido verde aceituna cubierto por un delantal de cocinera. En el delantal tenía bordado la siguiente leyenda: «I love gazpacho».

¿Es usted Mararena? —dijo Hades.

Digo. ¿Y usté es...? —dijo la mujer.

Mi nombre es Hades. Y vengo del Olimpo.

Pues hay que ver lo pálido que me vienes, hijo mío.

Sí, bueno. Un poco.

¿Un poco, dise, mi arma? ¡Pero si pareces un muerto viviente!

Verá, ha llegado a mis oídos que es usted la mejor cocinera de toda Hispania, y he venido hasta aquí atraído por sus guisos. Concretamente por su famoso gazpacho.

No será usted jurado de Masterchef, ¿no? —dijo Macarena con desconfianza.

¡No, por los dioses! —se defendió Hades—. ¿Acaso tengo pinta de ser uno de esos tipos tan pagados de sí mismos que se creen con derecho a destrozar con sus crueles críticas el trabajo de los demás?

Pues entonces vale. Pase. Le vendrá bien un tazón de gazpacho para que coja usté color.

Hades entró en la casa y siguió a Macarena hasta el comedor.

Aguarde aquí. Enseguida vuelvo —dijo Macarena sin traicionar su desconfianza.

Hades se sentó a la mesa. Al cabo, la mujer regresó al comedor con un tazón de gazpacho y una cuchara.

Aquí tiene, miarma. Pruebe usté.

Los ojos de Hades se volvieron del revés al probar aquella deliciosa receta. Nunca, en sus miles de vidas anteriores, había degustado algo ni remotamente parecido a aquel brebaje tan fresquito, tan lleno de vida. El sabor, la textura, el aroma de aquel delicioso manjar le hizo ver lo extraordinario de aquella receta.

¡Por todos los dioses del Olimpo, esto está divino de la muerte! —dijo Hades—. Y mire que yo de muerte sé un rato.

Gracias, miarma —dijo Macarena con orgullo.

¡Quiero la receta del gazpacho! —dijo Hades—. Le daré lo que me pida por ella. Estoy dispuesto a pagar lo que sea. ¿Le parecen bien treinta y cinco monedas de oro? ¡Ni Judas Iscariote podría resistirse a semejante cantidad!

¡De eso nada! —fue la tajante respuesta de Macarena.

¿Por qué no?

Porque si le diese a usted mi receta, adiós negocio. Lo que sí puedo hacer es venderle la cantidad de gazpacho que esté dispuesto a pagar.

De acuerdo —pensó Hades con rapidez. Mejor eso que nada.

Pero antes, una cosita —dijo la mujer—. Nada de euros. Que la cosa está bastante jodía con esta crisis del demonio que parece que nunca se va a acabar. Yo quiero acciones de Amazon, que eso siempre se revaloriza.

Hecho.

Macarena llenó como cinco ánforas de gazpacho. Hades pagó el precio convenido con un paquete bastante generoso de acciones de Amazon y se volvió al monte Olimpo, junto al resto de divinidades.

¡Chicos, ya estoy de vuelta! —anunció Hades.

¿Has traído la receta del gazpacho? —se interesó Zeus.

No. Hay que ver lo listos que son esos hispanos. Si usaran esa inteligencia para hacer el bien, en Hispania vivirían como dioses.

Entonces, ¿no lograste comprar la receta del gazpacho?

No hubo manera. Lo que sí he traído es cantidad suficiente de gazpacho para degustar. A partir de aquí debemos hacer un esfuerzo entre todos para averiguar uno a uno los ingredientes gracias a nuestro privilegiado paladar.

Dicho y hecho. Hades sirvió suficientes platos de gazpacho para todos, y cada uno fue diciendo en voz alta lo que su paladar le iba dictando.

¡Tomate! —gritó Hera.

¡Pimiento verde! —gritó Eolo.

¡Vinagre! —gritó Poseidón.

¡Ajo! —gritó Afrofita.

¡Sal! —gritó Atenea.

¡Pepino! —gritó Apolo.

¡Aceite de oliva! —gritó Zeus.

Y mientras los dioses iban desgranando uno a uno los ingredientes del gazpacho, el bueno de Sócrates iba anotándolo todo en unas tablillas de piedra, al tiempo que refunfuñaba para sus adentros:

¡Hay que joderse! En vida no llegué a escribir ni una sola línea de mis pensamientos filosóficos y ahora, después de muerto, aquí me tienes, anotando la receta del gazpacho como un cocinillas cualquiera. ¡Ni después de muerto lo dejan a uno descansar en paz!

Y después de aquel día los dioses del Olimpo fueron felices, pero no comieron perdices. En vez de eso bebieron litros y litros de gazpacho por los siglos de los siglos, gracias a Macarena.

¡Eeeeh, Macarena...aaahe! —cantaron Los Del Río.

Por los dioses, qué cansinos.