martes, 22 de enero de 2019

LA ÉPICA DEL ESCRITOR (Parte 3)

Paulo Coelho: Genio chorra


Para leer parte 1 pincha aquí.
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El fuego posee tres grandes virtudes en una situación como la mía: evita que pilles una neumonía y acabes azul como un pitufo, te sirve para hacer café —el alimento de los escritores— y mantiene alejadas a las alimañas, tales como los editores sin escrúpulos, los concursos literarios amañados y los grandes grupos mediáticos que manejan el cotarro editorial.
Para cenar pedí comida china a domicilio. El repartidor tardó tres días en aparecer a lomos de su brioso corcel.
¿Cómo es que ha tardado tanto? Creía que me moría de hambre —le espeté visiblemente enojado.
No resulta fácil internarse en el Bosque de la Incertidumbre —replicó el repartidor—. Todos los árboles parecen iguales, y no hay números en ellos ni letreros que sirvan para orientarse. Esto debe ser la pesadilla de cualquier cartero. No me quiero imaginar lo que habría pensado Bukowski de este sitio…
Si a Bukowski le hubiesen asignado llevar el correo a los habitantes del Bosque de la Incertidumbre le habría faltado tiempo para desprenderse de la saca, mandarlo todo al carajo y echarse a la sombra de un árbol a beber vino barato hasta caer en un coma etílico. ¿Me has traído las galletitas de la suerte?
Sí, claro. Tenga —el tipo me hizo entrega de una galletita de la suerte. La abrí. De su interior extraje un minúsculo papelito enrollado. Lo desplegué y comencé a leer.

«Ama como la llovizna, que cae en silencio, casi sin hacerse notar, pero que es capaz de desbordar ríos».

¿Y esta memez? ¿Quién demonios la ha escrito?
Paulo Coelho. Ahora trabaja para nosotros.
Por increíble que parezca, la noticia no me pilló por sorpresa. Siempre pensé que el público objetivo de Coelho era el destinatario de las galletitas de la suerte de un restaurante chino, amén de esos frikis de Facebook, Twitter e Instagram que tanto gustan de compartir frases chorras dándoselas de profundos y sensibles, aun cuando lo más cerca que han estado de una poesía haya sido a través de la letra de cualquier canción ñoña de Radiohead.
¡Menudo farsante! —exclamé indignado.
¿No le gusta Paulo Coelho? —dijo el repartidor.
¿Estás de coña?
Le entiendo. Yo tampoco lo soporto.
Aunque una cosa sí que debemos reconocerle: ha sabido encontrar su público y explotar su producto al máximo sin importarle demasiado la calidad del mismo. En cierta manera, Coelho es como el McDonald’s de la literatura: su producto no posee los nutrientes necesarios, pero es capaz de saciar el hambre inmediata; aunque a los pocos minutos vuelvas a tener hambre.
Tras pagar el pedido, el repartidor se fue a cumplir otro encargo. Según me contó, debía internarse en el Mar de la Serenidad a llevarle comida taiwanesa a un par de poetas lunáticos.
Mientras devoraba un crujiente rollito de primavera, que alternaba con porciones de arroz frito con gambas y tallarines con pimiento, pensé en la frase de Coelho: «Ama como la llovizna, que cae en silencio, casi sin hacerse notar, pero que es capaz de desbordar ríos», que, resumida, viene a decir algo así: «Ama en silencio sin hacerte notar».
Qué mal rollo me daba aquella frase. Parecía escrita por un violador en potencia. ¿Que no? Fácilmente podría convertirse en el eslogan de un depredador sexual: «Ama en silencio sin hacerte notar». ¡Uff, qué yuyu! Así que la pregunta era obvia: ¿soy yo, o este tío está mal de la cabeza?
En algún lugar leí que Coelho, en su juventud, allá por la década de los 60, había sido uno de esos hippies greñudos y ociosos, de los de Paz, Amor y Alergia al trabajo y al jabón, que se ponían hasta el culo de peyote y ácido mientras tocaban mal una guitarra acústica de tres cuerdas acompañados de un fatiga tocando los putos bongos. No me sorprende que en su madurez salga con este tipo de paridas. La mitad de sus neuronas deben haber quedado fundidas por los excesos.
Después de comer me eché a dormir. Me notaba agotado y necesitaba descansar y reponer fuerzas. En pocas horas debía reanudar la marcha y, debido a mis poco saludables hábitos, mi estado físico era lamentable; parecido al de Orson Welles cuando se zampó a todo el reparto de Campanadas a medianoche una vez concluyó el rodaje.

(Continuará...)




martes, 15 de enero de 2019

LA ÉPICA DEL ESCRITOR (Parte 2)

Groucho Marx  Fotografía: Sportsphoto Ltd/Allstar

Para leer parte 1 pincha aquí.


De modo que me interné en la espesura del Bosque de la Incertidumbre y seguí avanzando en línea recta, para no perderme.
Al cabo de unas horas, el oscuro manto de la noche lo cubrió todo en derredor. Como no disponía de mapa alguno, y mi sentido de la orientación es tan penoso que podría competir en inutilidad con el de un topo con sinusitis, opté por alzar la vista y observar las estrellas. Albergaba la íntima esperanza de que alguna de ellas me sirviese de guía. Y, para mi sorpresa, así fue.
En la negrura nocturna atisbé en lo alto, dispersas entre las nubes, un nutrido grupo de estrellas de cine, lideradas por el gran Groucho Marx.
¿Cómo lo llevas, hijo? —dijo.
¿Es usted Groucho? ¿Groucho Marx?

martes, 8 de enero de 2019

LA ÉPICA DEL ESCRITOR (Parte 1)

Foto: Pixabay  Licencia Creative Commons


De un lado: un folio en blanco.
Del otro lado: yo.
Entre ambos parece mediar un abismo insalvable.
O tal vez no. Tan sólo he de cerrar los ojos, aislarme del entorno y escuchar con los oídos de la mente.
Eso haré.
Uhm.
Nada.
Y así, un día tras otro.
Mierda. Estoy acabado.