miércoles, 1 de abril de 2026

CINE Y LITERATURA (4)

Fotograma de la película "El secreto de Joe Gould" (Stanley Tucci e Ian Holm)

 

En mi repaso a películas relacionadas directa o indirectamente con la literatura hoy me detengo en El secreto de Joe Gould, magnífica película protagonizada por un inmenso Ian Holm, dirigida y coprotagonizada por otro monstruo de la interpretación como es Stanley Tucci.

La película está basada en dos obras escritas por Joseph Mitchell: Profesor Gaviota y El secreto de Joe Gould. La primera fue un artículo publicado en el número 12 de la revista literaria The New Yorker en diciembre de 1942. La segunda es una novela, o más bien un ensayo en clave periodística, publicado en 1964. Precisamente este último libro, El secreto de Joe Gould, lo leí hará cosa de tres meses y, fascinado por la prosa de Mitchell y por el personaje que protagoniza el libro, decidí volver a visionar la película del mismo título que forma parte de mi colección particular en DVD.

Ambas, película y libro, abordan la vida y supuesta obra rodeada de misterio de Joe Gould, un personaje bastante peculiar que transitó por las calles de Nueva York entre 1916 y 1957, año en que murió internado en un sanatorio.

Pero, ¿quién fue Joe Gould?

Joseph Ferdinand Gould nace en Boston en 1889, en el seno de una familia rica. Estudia en Harvard y se licencia en 1911. Desde entonces comienza a manifestar un fuerte deseo por escapar de una vida programada que lo aburría y lo aturdía, y se dedica a forjar su propio camino desmarcándose lo más posible de lo que su familia esperaba de él. Su padre, que había sido un prestigioso médico del ejército, al igual que su abuelo, quería que su joven vástago siguiese con la tradición familiar y se dedicase al ejercicio de la medicina. Pero el joven Joe, en un ataque de rebeldía, estudió eugenesia, lo que le llevó a medir las cabezas de al menos mil indios de la tribu chipewa, que según él mismo aseguraba “eran el único pueblo civilizado que quedaba”.

Un día, mientras trabajaba de reportero para un periódico, se le ocurrió la idea de la “historia oral”, que consistía en recopilar en un libro todas las historias, trozos de conversación o anécdotas que oyese a su alrededor, por muy insignificantes, insípidas o aburridas que estas fuesen, y plasmarlas en un libro que titularía Historia oral.

Escribiré la historia informal de la multitud en mangas de camisa, lo que ellos dicen sobre sus trabajos, romances, víveres, juergas, apuros y penas. La historia oral es un enorme batiburrillo de habladurías, un almacén de parloteo, una heterogénea colección de tonterías, cotorreo, palabrería, chorradas, paridas y pijadas, el fruto de más de mil conversaciones. Lo que la gente afirma que es la historia es sólo la historia formal. Yo pienso contar la historia real, la de la gente al pie de la calle. Ya llevo un millón doscientas mil palabras escritas. Tres veces más que La Biblia, que en gran parte es falsa. Escribiré la historia informal o moriré en el intento”.


Un día, mientras desayuna en una cafetería, Joseph Mitchell, periodista y redactor de la prestigiosa revista literaria The New Yorker, comparte barra con lo que él identifica como un vagabundo. Le llama la atención la desaliñada apariencia de aquel andrajoso vagabundo de mirada y modos hoscos que tiene a su lado, y que porta una enorme carpeta de cartón repleta de manchas de café y suciedad que sujeta contra sí como si en ella guardase el mayor de los tesoros. Otra de las cosas que le llama la atención de aquel tipo es el hecho de pedir como plato único un tazón de agua caliente, a la que luego le añade salsa de tomate de botella y, removiéndola, se fabrica su propia sopa.

Cuando el vagabundo acaba su desayuno-almuerzo y abandona el local, Mitchell pregunta al propietario del local si conoce a tan extraño personaje. El propietario contesta afirmativamente y le hace una semblanza pormenorizada de la figura de Joe Gould. Esto no hace sino acrecentar la fascinación de Mitchell sobre tan curioso personaje, hasta el punto de interesarse por él, buscar información de utilidad y escribir un artículo para su revista.

Una vez publicado el artículo, Gould busca a Mitchell. A partir de aquí se establece una relación de amistad entre ambos, lo que desemboca en sucesivos encuentros en diferentes ámbitos y lugares de la inabarcable ciudad neoyorkina.

Un día, Mitchell le pregunta a Gould por esa costumbre suya de embadurnar los tazones de agua caliente con salsa de tomate, a lo que Gould le responde que la salsa de tomate es lo único gratis que ofrecen en cualquier establecimiento y que puede comer toda la cantidad que desee sin que le cueste un mísero centavo, así que se aprovecha de ello para alimentarse.

Joe Gould pide limosna, pero lo hace de una manera bastante peculiar, pues lo disfraza como “una pequeña contribución al fondo Joe Gould”, como si él fuese el administrador único de una fundación cultural o algo así.

Le apodan “el profesor gaviota” porque asegura que ha logrado descifrar el lenguaje de las gaviotas, hasta el punto de poder hablar y comunicarse con ellas. Incluso es capaz de recitar poemas imitando el dialecto de las gaviotas, lo cual suele hacer en determinadas ocasiones, para deleite o asombro de la concurrencia.

Sin hogar conocido, deambula por las calles de Nueva York, durmiendo en albergues o parques públicos, colándose en presentaciones literarias o eventos de todo tipo donde bebe y come gratis mientras recita poemas de su invención o imita a las gaviotas.

En una escena de la película, Gould le hace la siguiente confesión a Mitchell: “Supongo que le desconcierto, señor Mitchell. El sentimiento es mutuo. Yo me desconcierto a mí mismo desde mi más tierna infancia”.

Gould va dejando cuadernos repletos de anotaciones de su “historia oral” que deposita en manos de gente que considera de confianza, como depositarios de su “legado”, esa obra magna que lleva décadas escribiendo y recopilando. Según afirmaba, había arrastrado su historia oral hasta las oficinas de catorce editoriales diferentes de Nueva York, y ninguna la había querido publicar. Un día, por mediación de Mitchell, un prestigioso editor se muestra interesado en leer algunas páginas de la “historia oral”, a fin de valorar su posible publicación. Para ello, Mitchell organiza un encuentro entre Gould y su amigo editor. Pero resulta que Gould, de manera sorprendente, se muestra reacio a entregar nada al editor, poniendo toda clase de trabas, impedimentos y excusas de lo más peregrinas. Mitchell, hondamente decepcionado por la actitud beligerante y esquiva de Gould, le hace ver su contradicción, a lo que éste, seguro de sí mismo, le responde que “su historia oral será publicada después de su muerte, única y exclusivamente”.

Mitchell, que trató íntimamente a Joe Gould durante varios años, decía de aquel que poseía una memoria prodigiosa, hasta el extremo de retener fielmente en su cabeza conversaciones o pasajes enteros durante meses e, incluso, durante años. Su carácter obsesivo y perfeccionista, otra de sus cualidades, le llevaba a escribir de manera compulsiva determinadas piezas que formaban parte de su “historia oral”. Esto le llamó especialmente la atención a Mitchell, al comprobar cómo en docenas de libretas diseminadas en diferentes ubicaciones encontró el mismo pasaje dedicado a la muerte de su padre con leves modificaciones entre ellas. Según Gould, esas repeticiones eran fruto de su carácter perfeccionista, que le empujaba a mejorar lo escrito alargando o acortando el texto a su voluntad. Otros pasajes, como los dedicados a su madre o a su estudio sobre el tamaño de las cabezas de más de mil indios chipewas, fueron encontrados en diferentes libretas convenientemente corregidos y modificados.

En una de sus lecturas de la prensa diaria, Gould supo del caso del Museo Metropolitano de Nueva York, que decidió esconder determinadas obras de arte de incalculable valor en un sótano secreto a prueba de bombas, por temor a su posible destrucción fruto de un hipotético bobardeo nazi durante la Segunda Guerra Mundial. Eso le llevó a plantearse esconder gran parte de su “historia oral” en los sótanos de una granja de patos propiedad de una amiga suya ubicada en las afueras de Long Island.

¿Por qué allí? —le preguntó intrigado Mitchell—. ¿Por qué esconder su obra literaria en los sótanos de una granja de patos en mitad del campo?

Muy sencillo —respondió Gould—. ¿A usted se le ocurriría bombardear una granja de patos? ¿Se le pasaría por la cabeza buscar la historia de la Humanidad en una granja de patos?

No —convino Mitchell.

Pues ahí lo tiene.

Otra de las peculiares características que hacían de Joe Gould un ser singular era su particular aversión a las máquinas de escribir. Las aborrecía, hasta el punto de calificarlas de máquinas del demonio. Esa es la razón por la que todos sus apuntes estaban hechos a mano en una interminable sucesión de cuadernos dispersos entre sus amistades y diseminados de una punta a otra del estado de Nueva York. Como defensa de su visceral odio a las máquinas de escribir argumentaba que William Shakespeare jamás dependió de ninguno de esos artilugios del demonio.

En un periodo concreto de su vagar constante de un lado a otro de la ciudad Joe Gould recibió el apoyo financiero de una misteriosa benefactora que, desde el inicio, prefirió mantenerse en el anonimato. Esta benefactora se comprometía a pagarle la estancia en una habitación de hotel y una asignación económica de sesenta dólares mensuales que, a fin de no ser malgastada en alcohol o en otros vicios, le era entregada en pequeñas cantidades a través de un intermediario. Esta circunstancia, lejos de proporcionarle paz y tranquilidad le llegó a provocar inquietud y desasosiego, pues se obsesionó de tal manera con el hecho de no conocer la identidad de su benefactora que le llevaba a indagar y especular de manera obsesiva y constante, atosigando a todos los que, según su criterio, podían ser susceptibles de o bien conocer a tan misteriosa dama o ser ellos mismos los benefactores anónimos.

Joe Gould murió en 1957, tras pasarse varios años enfermo. Pasó sus últimos años de vida ingresado en un sanatorio. En 1964, Joseph Mitchell escribió El secreto de Joe Gould, libro que sirve de base para el guión de la película.

La película es muy buena, y capta muy bien el espíritu del libro, además de plasmar de manera bastante solvente el Nueva York de los años 30 y 40. El reparto es magnífico, encabezado por un excelso Ian Holm en el papel de Joe Gould, y Stanley Tucci como Joseph Mitchell. El reparto se completa con las magníficas contribuciones de actrices de la talla de Hope Davis, Patricia Clarkson o Susan Sarandon.

Tanto el libro (publicado por Anagrama) como la película las considero altamente recomendables.






 

 

 

miércoles, 11 de marzo de 2026

YA FALTA POCO (DE VERDAD DE LA BUENA)

  

Los que ya tenéis una edad —no sé cuál, pero una al menos sí que tenéis, ¿no? ¿O es que sois seres incorpóreos que no sufrís los envites del paso del tiempo? En tal caso, ¿qué sois? ¿ángeles? No jodas. ¿En serio me leen ángeles? Bueno, algo de ángeles sí que debéis tener los que aún seguís dejandoos caer por aquí para leer mis cosas. Tras tantos años publicando tontunas, se agradece vuestra fidelidad—.

En fin, a lo que iba. Los que ya tenéis una edad recordaréis el famoso eslogan que venía impreso en las bolsas de El Corte Inglés. Aquel eslogan decía: “Si no queda satisfecho, le devolvemos su dinero”. En mi caso, ese mismo eslogan trasladado a mi labor artística, rezaría así: “Si no queda satisfecho con su manuscrito, reescriba y corrija hasta dejarlo fetén y a su completo gusto”. Y eso es lo que he estado haciendo en estas últimas semanas.

Lo primero que he decir es que, de toda mi producción literaria, esta es la historia que más rápido he escrito (al menos el primer borrador, sobre el que aún sigo trabajando). Pero tiene su truco. Resulta que la historia original la escribí hace como doce o trece años. Su génesis tiene su miga, así que, cuando al fin publique el libro, escribiré una entrada contando cómo y en qué circunstancias surgió esta divertida historia.

Lo segundo que he de decir con respecto a mi nuevo libro es que ha sido la vez en que más he disfrutado escribiendo. Eso no quiere decir que no haya disfrutado escribiendo mis otros libros. Al contrario. Cada uno de ellos, del primero al último, me ha brindado momentos de auténtico gozo mientras los escribía y corregía.

Lo que ha hecho a esta nueva aventura literaria más disfrutable que las anteriores han sido, sin duda, las circunstancias que han rodeado su gestación. No supone ningún secreto, porque lo he contado puntualmente en el blog, que estos últimos meses han sido un poco difíciles para mí debido a ciertas enfermedades y dolencias. De entrada, a principios de año sufrí un fuerte ataque de gota, que me mantuvo prácticamente inmovilizado y aquejado de un dolor intenso durante un mes y medio.

A esto le sobrevino una infección ocular en forma de orzuelo que me salió en el interior del párpado inferior de mi ojo izquierdo. Todas las mañanas me levantaba con el ojo hinchado, como si acabase de bajarme del ring tras una desigual pelea con Mike Tyson. Visité la consulta de mi doctora, y me recetó un antibiótico en forma de pomada que me tenía que aplicar dos veces al día, una por la mañana y otra por la noche justo al acostarme. El problema es que la pomada, una vez aplicada en la zona, se extendía por todo el glóbulo ocular, lo que me dejaba medio ciego de un ojo durante un rato. El resto del día sentía una leve molestia, como cuando se te mete una pestaña en el ojo o arenilla. Desagradable, e incómodo.

Hay una expresión en España que se aplica cuando alguien sufre de una mala racha continuada. Esa expresión reza “parece que te haya mirado un tuerto”. En mi caso no podía utilizarla, ya que el tuerto era yo. Lo cual me lleva a preguntarme, ¿puede un tuerto provocarse mala suerte a sí mismo al mirarse en un espejo? Si alguien lo sabe, por favor, que me lo deje escrito en los comentarios.

Volviendo a mi novela. Teniendo en cuenta todo lo que me estaba sucediendo y que afectaba negativamente en mi día a día, el hecho de abrir el procesador de textos e imbuirme de lleno en la construcción de mi nueva historia hacía que automáticamente me olvidase de todo lo chungo que me rodeaba, y procurase distraer mente y espíritu dando forma a cada línea que escribía, modificaba o corregía.

Gracias al dios Groucho, tanta desgracia no afectaba a mi sentido del humor. Al contrario. Eran tal las ganas por escapar del sufrimiento, que veía —al menos por un ojo— en mi tarea de escritura una especie de oasis de paz y desconexión. Por eso puedo decir, sin mostrar la más mínima duda al respecto, que escribir este libro ha sido todo un ejercicio de...

Por favor, os ruego un momento para ir en busca de mi diccionario de sinónimos y antónimos. Enseguida vuelvo. No tardo nada.


¡Por Dios, cómo tengo la casa! Ni muebles nuevos ni gaitas. Aquí hay que meterle mano a todo este caos pero ya. Y eso que hace unos meses me quité de encima más de una treintena de libros y decenas de folios y libretas con apuntes. Esto no puede seguir así. De este verano no pasa. En cuanto tenga un hueco libre, me pongo a ello.


Ya estoy de vuelta. Al final encontré el dichoso diccionario de sinónimos y antónimos.

Como os decía, escribir este libro está siendo todo un ejercicio de diversión, alegría, desahogo, distracción, entretenimiento, esparcimiento, placer, gusto y deleite. Normal que lo esté disfrutando a tope.

Si nada se tuerce —crucemos los dedos—, espero que de aquí a un par de semanas pueda hacer una presentación como Groucho manda.

Amén.



miércoles, 4 de marzo de 2026

CONVERSANDO CON MI YO DEL PASADO

Ilustración de Vilkasss bajada de Pixabay

 

 

Echo la vista atrás. Es el año 1983. Me veo con trece años, en el patio de mi colegio, reflexionando en voz alta con algunos compañeros y compañeras de clase durante la hora del recreo.

¿Os dáis cuenta? —digo al grupo—. En el año 2000 todos nosotros tendremos 30 años. Seremos tan viejos como son nuestros padres ahora.

Ese pensamiento nos fascinaba. ¡Quedaba tan lejos en el tiempo ese momento incrustado en el futuro! Un futuro que sólo existía en nuestra imaginación.

Para nosotros, unos adolescentes que apenas tres días antes aún jugábamos con muñecos articulados Madelman o muñecas Nancy en el salón de nuestras casas, imaginar el futuro a diecisiete años vista era como ponerse en la mente de George Orwell en 1949, cuando proyectó en su cabeza esa asfixiante distopía que acabaría siendo 1984, imaginando un futuro que aún no existía.

No sé cómo veíamos entonces nosotros ese hipotético futuro. Supongo que, como todo niño o adolescente de la época, imaginábamos un mundo futuro repleto de adelantos tecnológicos sin parangón: coches voladores, robots mayordomos, colonias en Marte, políticos honrados, etc. Está claro que no dimos ni una. Desde luego, como adivinos somos tan pésimos como Rappel, aquel tío calvo peludo de las túnicas estrafalarias y las gafotas rarunas que no acertaba ni una y que, aún así, se ganaba muy bien la vida viviendo del cuento. Ya me gustaría a mí vivir igual de bien de mis “cuentos”. Pero eso es otra historia. Eso sí, aunque a estas alturas de mi vida estoy casi tan calvo como él, ni pienso cambiar mis anodinas gafas por unas de colores y formas extravagantes como las suyas ni mucho menos pienso vestir con una de esas ridículas túnicas que se gastaba el menda.

Volviendo a nuestro pensamiento episódico futuro —así se llama al hecho de soñar o imaginar cómo sería un hipotético futuro que aún no existe—, para nuestras infantiles mentes, que aún nadaban en la abundancia del tiempo, donde los veranos eran tan largos que hasta nos daba tiempo de sobra para aburrirnos, pensar en un intervalo de quince o veinte años vista era como imaginar toda una vida. Quince años son quince veranos, quince cumpleaños, quince Semanas Santas, quince Navidades, quince inicios de curso escolar y quince fiestas de fin de curso. Quince años era todo un mundo.

Hoy tengo cincuenta y cinco. Ya hace tiempo que rebasé el ecuador de mi existencia, algo que da bastante yuyu si lo pienso. Pero no porque ya tenga más edad que la que tuvo mi padre cuando murió, sino porque todo ha ido tan rápido, el tiempo se me ha escapado de entre los dedos a tal velocidad que asusta.

Si cuarenta años se me han ido volando, ¿cómo de rápido se me fueron esos quince años de los que hablábamos en el patio del colegio en aquellos inocentes días de nuestra adolescencia? Como un suspiro.

Me gustaría tener la posibilidad de poder viajar en el tiempo, de encontrarme cara a cara con aquel adolescente que fui, aquel pibe que con trece años ansiaba ser mayor de edad para poder tomar sus propias decisiones, y decirle de tú a tú:

Escucha pibe, soy tu yo del futuro. Tal y como me ves, serás tú en el año 2025.

¡Ostras!, ¿en serio?

Sí.

¿Y voy a tener tu aspecto?

Exactamente el mismo.

Y dime una cosa, ¿me puedes decir qué demonios he hecho con mi vida?

¿A qué viene eso?

No sé, colega. Pero me da la impresión que, por mi aspecto, no he llevado una vida muy sana que digamos.

Déjate de gilipolleces y escucha. Tengo unas cuantas cosas importantes que decirte.

¿Y qué ha pasado con mi pelo? Creía que cuando fuese mayor tendría una larga melena de rockero que me llegaría hasta los hombros.

Tranquilo. La tendrás. Pero a partir de los treinta todo se irá al carajo.

Dime que al menos me seguirá gustando la música rock.

Oh, sí. Y serás de los pocos. El rock hace tiempo que dejó de tener relevancia cultural y social. Ahora es cosa de románticos y rebeldes con causa. La música que triunfa hoy en día es tan mierdera que celebrarás todos los días de tu vida haber nacido en la época en la que naciste.

Pues qué chungo, ¿no? Y digo yo...

¡¡Pero me quieres dejar hablar, majadero!! Tanta preguntita y tanta preguntita...

Perdona. Habla.

Sé que te va a costar asimilar esto que te voy a decir, pero quiero que lo sepas, y que te lo grabes bien en la sesera: no sabes un carajo.

¿A qué viene eso ahora?

Viene a que aquello que crees saber ahora no es nada comparado con lo que sabrás cuando tengas mi edad. Cuando llegues a mi edad sabrás que la vida se va en un abrir y cerrar de ojos.

¡Pero si hay días en que las clases se me hacen eternas!

Pobre idiota. Disfrútalo, chaval. Empápate de cada momento, de cada situación, de cada interacción con tus compañeros y compañeras. Estás viviendo los mejores años de tu vida.

¿En serio?, ¿tan miserable va a ser mi vida?

No me entiendas mal. Vivirás momentos maravillosos, y conocerás a gente que te dejará huella. Pero tú ya no serás el mismo, ni vivirás las cosas con la misma intensidad con la que lo vives todo ahora.

Vale.

También quiero que sepas que el tesoro más importante que tienes y que jamás tendrás es la salud. Cuídala, hombre, porque cuando quieras darte cuenta del maltrato que le has causado a tu cuerpo, igual será demasiado tarde.

Me vale con echarte un vistazo para darme cuenta de lo mal que lo he hecho.

No te pases, ¿o quieres que te rompa los dientes?

Lo siento.

También quiero que sepas que los que hoy son tus amigos y que crees que van a estar ahí contigo para siempre, la mayoría de ellos, por no decir la práctica totalidad, de aquí a unos años se convertirán en auténticos desconocidos para ti. Y tú para ellos. Y eso ocurrirá en menos tiempo del que crees. Incluso antes de ese hipotético año 2000 con el que fantaseáis tú y tus amigos ahora mismo.

Imposible. Casi todos vivimos en el mismo barrio, y siempre podremos quedar para vernos y salir por ahí.

No lo haréis. Unos se irán a estudiar fuera, otros se mudarán y abandonarán el barrio y perderéis el contacto, otros se emparejarán y harán nuevas amistades, otros se casarán, y tendrán hijos, y formarán sus propias familias, lejos. A unos pocos te los encontrarás en algún momento de tu vida, os pondréis al día, os comprometeréis a quedar otro día y tomar un café, y nunca más sabrás de ellos.

¡No te creo!

Pues debes hacerlo. La vida no espera por nadie, chaval.

Jo, tío, qué frase más profunda. ¿Es mía?

No sé. No me acuerdo. Igual la has leído en alguna parte. Porque, por muy extraño que te parezca conocer esto ahora mismo, cuando tengas mi edad vas a ser un lector voraz. No pararás de leer.

¿Quién?, ¿yo?

Sí. Tú. Y no sólo eso. Ademas de leer como un loco, también escribirás tus propias historias. Y a estas alturas de tu vida, llevarás cuatro libros publicados. Y tendrás dos más en camino.

¡Qué me estás contando! Creo que te equivocas de persona. Yo no he leído un libro entero en mi vida. Pero si a mí la literatura me aburre mogollón.

Pues créeme. Te encantará leer. Y escribir. Pero eso no ocurrirá hasta dentro de un par de años. Y cuando leas tu primer libro, lo vas a flipar. Y cuando escribas tu primer cuento, lo vas a flipar el doble. Y tu imaginación se desbordará de tal manera que ya será algo imparable.

Si tú lo dices. Tendré que creerte.

Hay más. No corras, no tengas prisa por crecer, porque cuando al fin seas mayor te darás cuenta de que ya no hay vuelta atrás, que la única manera de volver a sentirte joven e inmortal será a través de tus recuerdos.

Vale. ¿Y qué más he de saber?

Que todo irá bien.

¿De veras?

Habrá momentos jodidos. Pero también habrá momentos geniales. Conocerás a gente nueva. Alguna valdrá la pena, y otra no valdrá un pimiento. Te enamorarás, y te romperán el corazón. También perderás a gente importante en tu vida. Y lo pasarás mal. Pero de todo se sale. Y de todo lo que te ocurra aprenderás valiosas lecciones, y forjarán tu carácter. Y también te servirán para escribir tus historias. En fin, he de irme. He dejado a medias algunas tareas y tengo que acabarlas cuanto antes.

Una última pregunta, ¿seré feliz?

Por momentos, sí.

Gracias.

Cuídate, chaval. Y ya sabes, no tengas prisa por crecer. Todo llega cuando tenga que llegar, ni antes ni después. Ah, y cuidado con tus niveles de ácido úrico en sangre.

¿Eso qué es?

Ah, ¡bendita ignorancia! Adiós.

Adiós.