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| Foto de ejemplo de gota tomada de Internet |
Coloquialmente
hablando entrar en un sitio con mal pie, o con el pie izquierdo, es
sinónimo de mala suerte o de un mal comienzo. Esta es una creencia
que tiene su origen en antiguas supersticiones romanas y religiosas,
donde lo derecho era bueno y lo izquierdo era siniestro o malo. Si
alguien empieza una relación o da inicio a un proyecto con mal pie
significa que el inicio es desfavorable, o con garantías de fracaso.
En
la Antigua Roma el lado derecho era de buena fortuna, mientras que el
izquierdo era asociado con la mala suerte. Según la tradición
bíblica se creía que al cielo se accedía por la derecha y los
sacerdotes debían acceder al altar con el pie derecho, a fin de
simbolizar un buen augurio. Y los marinos, históricamente, preferían
subir a los barcos por estribor (derecha) para evitar la mala suerte
asociada a babor (izquierda).
En
resumen, entrar con mal pie, o con el pie izquierdo, es sinónimo de
mal comienzo, de mala suerte, de que algo va a salir mal.
¿Y
a qué viene todo esto? Pues viene a que este 2026, que recién hemos
estrenado, lo he empezado con el pie izquierdo.
Pero
mejor empiezo por el principio.
Me
remontaré a la mañana del 31 de diciembre de 2025. Ese día, al
despertar, noté un fuerte dolor en el pie izquierdo. Ese dolor me
era familiar pues lo había sufrido otras veces antes, y todas esas
veces con el mismo desenlace. Así que me puse en lo peor: aquello
era el inicio de un nuevo ataque de gota.
Por
desgracia para mí no erré en mi predicción. Al cabo de un par de
horas mi pie izquierdo se había hinchado considerablemente, ardía,
y el dolor era ya insoportable e incapacitante.
Sobre
las doce del mediodía ya me era imposible poner el pie en el suelo.
Tampoco podía apoyarlo de cualquier manera sobre la cama. Quienes
han sufrido un ataque severo de gota en el pie sabe la clase de dolor
que se experimenta, ese que con un leve roce de una sábana hace que
se te salten las lágrimas de puro dolor. Si el leve roce de una
sábana en la zona provoca un dolor de tal intensidad imaginad lo
que supone un mal giro, chocar un pie con el otro o apoyar el pie en
el suelo. El simple hecho de mover la pierna se convierte en toda una
proeza del cálculo y la aritmética. Más que un movimiento natural
parece todo un desafío a la ingeniería.
Mentalmente
comencé a prepararme para una semana, al menos, de duro
padecimiento.
Supongo
que sobra decir que, en semejante situación, mi cuerpo no estaba
para muchas celebraciones. Es más, si siquiera partí el año con mi
familia. Agotado como estaba por el dolor, me dormí sobre las diez y
media de la noche, por lo que no pude ver las campanadas de ninguna
cadena. Ni siquiera las de aquí, en Canarias, que, como sabéis, las
celebramos con una hora de diferencia con respecto a la península.
Hay
una Ley de Murphy que dice que si algo puede salir mal todavía puede
salir peor. Y salió peor. Vaya si salió peor.
¿Cómo
podía empeorar algo que ya de por sí era horrible? Pues de la
manera más tonta e inocente. Resulta que en mi botiquín aún
guardaba un par de blisters con unas pastillas contra la gota que me
habían sobrado de un tratamiento anterior. Así que ni corto ni
perezoso leí el prospecto, confirmé que era una medicación contra
la gota y decidí empezar a tomar una pastilla de aquellas con el
desayuno, otra con el almuerzo y otra con la cena.
Para
mi desgracia, no tardé mucho en advertir que aquello no mejoraba
sino que parecía empeorar, ante lo cual decidí doblar las dosis,
por lo que pasé de una pastilla con cada comida a dos. Como me pilló
en días festivos —fin de año, fin de semana, día de Reyes—, no
pude conseguir cita con mi doctora de cabecera hasta una semana más
tarde. Y mientras, aquello se hinchaba más y el dolor era
insoportable.
Cuando
al fin pude contactar con mi doctora vía teléfono y le conté lo de
la medicación que estaba tomando por mi cuenta, le faltó tiempo
para echarse las manos a la cabeza.
—¡Muchacho,
lo que has hecho ha sido empeorar la situación!
La
cosa estaba en que la medicación que estaba tomando era para
“prevenir” la gota, no para curarla. Con lo cual, no sólo no
estaba bajando la hinchazón sino que estaba contribuyendo a
aumentarla. Y encima, como había doblado la dosis...
Total,
que ya voy para un mes con esta dolencia. Desde hace unos días ya
puedo caminar, aunque aún arrastro una leve cojera y siento dolor en
ciertas zonas del pie.
Este
problema me ha impedido actualizar el blog, así como acabar todos
los trabajos que dejé pendientes a finales del año pasado, los
cuales espero retomar de aquí a unos días.
Comenzaba
este post hablando de las consecuencias negativas asociadas al
término “entrar con mal pie o con el pie izquierdo”. Pues bien,
este año, en este momento de mi vida, y habiendo pasado lo que he
pasado en el último mes, he decidido llevarle la contraria al cenizo
del tal Murphy y querer pensar que este año 2026 me va a ir de puta
madre. Con un par.
¿Y
por qué no?