jueves, 2 de febrero de 2017

TE LO PROMETI




Owen entró en la casa. El reloj de la entrada marcaba las once de la noche. En las paredes del pasillo rebotaban los azulados destellos del televisor escupiendo imágenes insulsas.
Hasta eso echaba de menos: aburrirse como una ostra frente al televisor, dejando pasar estúpidamente las horas. Como si a todos nos sobrase el tiempo.
Sonrió con melancólica tristeza.
Avanzó sigilosamente, atraído por la luz del televisor como una polilla atraída por la luz de una lámpara.
Rodeó el sofá y la vio allí recostada, medio dormida. Se recreó un buen rato contemplándola. Para él no había criatura más hermosa. En su mente resonó el eco distante de su propia voz llamándola por su nombre: Zora.
Owen se acercó y se arrodilló ante ella. Acercó sus labios lo más que pudo a su oído y, procurando no asustarla, le susurró:
Mi vida, mi amor, mi tesoro.
Sin abrir los ojos, los labios de ella dibujaron una leve sonrisa.
Has vuelto —dijo Zora.
Te lo prometí.
Me lo prometiste —su voz sonó a balada triste. Sus ojos seguían cerrados. No le hizo falta abrirlos. Para ver con los ojos del alma sólo necesitas abrir la mente y dejarte llevar.
¿Bailamos? —propuso Owen.
Lo estoy deseando.
Zora quitó el volumen del televisor con el mando a distancia. Se incorporó, caminó unos pasos hasta el equipo de música y lo encendió. Pulsó el play del reproductor de cd.
La estancia se inundó con el sugerente rasgueo de guitarra de I broke that promise, la misma canción que los unió para siempre en aquella mágica noche de abril de 2013 en que hicieron el amor por primera vez. Aquella era «su» canción y siempre lo sería. Y nada ni nadie podría cambiar eso.
Willy DeVille sonaba poéticamente desgarrador, mientras ellos, los amantes eternos, bailaban al son de su música.
Sin saberlo, sin sospecharlo siquiera, ambos fueron atravesados por idéntico pensamiento: el día que se conocieron en aquella estúpida fiesta rodeados de aquella estúpida gente cuyos estúpidos nombres hacía tiempo que habían olvidado. Náufragos en un mar de soledad dejándose llevar por la marea de la mediocridad; hasta que un cruce de miradas bastó para ser rescatados.
Te amo —susurró él en mitad del baile.
Te amo —susurró ella.
Y así permanecieron, al compás del mismo latido, hasta que la música cesó y la magia comenzó a desvanecerse.
He de irme —anunció él.
¿Volverás?
Siempre.
Owen lanzó un beso al aire antes de desaparecer tragado por la oscuridad de aquella noche sin luna.
Una única lágrima surcó el rostro de Zora con la suavidad de una caricia, como si Owen hubiese decidido acariciarla una vez más antes de irse.
Zora apagó la televisión y se fue a dormir.
Sobre la mesa de centro había un recordatorio en memoria de Owen Michaels (1980-2016). Bajo la foto del malogrado joven una frase: «Algunos milagros necesitan ser creídos para ser vistos».