miércoles, 15 de noviembre de 2017

COMPRADOR A DOMICILIO



Andy Warehouse salió al balcón de su casa, que daba a la calle, y echó un vistazo en derredor. Era domingo al mediodía, y por allí no pasaba nadie. Eso le desesperó.
Entró en su casa y encendió la televisión. No ponían nada interesante. Casi nunca ponen nada interesante; salvo que tengas pasta y puedas permitirte pagar por tener televisión de calidad. Así es como funciona el Sistema: si pagas obtienes algo que se sale de la mediocridad, y si no pagas te jodes con lo que haya. Y así con todo.
Andy apagó la tele y volvió a salir al balcón.
Esta vez distinguió a alguien a lo lejos que venía andando tranquilamente. La cara de Andy se le iluminó de repente. De haber sido perro a su rabo le habría dado «el baile de San Vito».
Estando a pocos metros de distancia, Andy llamó la atención del transeúnte.
¡Eh, oiga, usted! —gritaba Andy desde su balcón—. ¡Estoy aquí arriba!
El transeúnte alzó la vista y vio a aquel tío tan raro haciéndole señas desde el balcón. Luego miró alrededor y, al no ver a nadie, supuso que aquel chiflado se dirigía a él.
Disculpe, ¿habla usted conmigo?
Sí. ¿Cómo se llama?
¿Qué?
¿Cuál es su nombre?
Terence.
Encantado, Terence. Mi nombre es Andy.
Vale.
Por favor, Terence. ¿Sería usted tan amable de subir a mi casa? —propuso Andy.
¿Subir a su casa? ¿Con qué intención? —recelaba el transeúnte, con razón.
Tranquilo, Terence. Puede confiar en mí. No debe preocuparse. Será cosa de cinco minutos, se lo prometo —argumentó Andy, procurando imprimir a su voz un tono lo más tranquilizador posible. Por nada del mundo querría espantar al único ser humano que había decidido pasear por aquella calle secundaria aquel domingo por la mañana. Sólo Dios sabe cuando volvería a pasar alguien.
¿No será usted un pervertido, verdad? —preguntó el transeúnte con cierta inquietud. Justo entonces se percató de lo estúpido de su acción. Ningún pervertido habría respondido afirmativamente a semejante pregunta; son pervertidos, no gilipollas.
Oh, no. Le aseguro que no soy ningún pervertido. Dígame, Terence, ¿cree usted en Dios?
Ah, vale. Ya sé de qué va esto. Es usted un vendedor de Biblias y está intentando colocarme una, ¿no es eso?
No, no. Para nada. Dígame, ¿cree en Dios?
Sí.
Perfecto. Mire, Terence, yo también soy creyente. Por eso, le juro por Dios que si sube a mi casa no le pasará nada malo.
¿Me lo jura?
Se lo juro.
Está bien. Subiré. Pero sólo le dedicaré cinco minutos. Ni uno más.
Se lo garantizo. Espere, yo mismo le abriré la puerta del portal desde aquí. Luego coja el ascensor hasta mi casa. Yo vivo en el 2º Izquierda.
Terence se acercó hasta el portal. Se oyó un chasquido y la puerta cedió. Empujó la puerta y entró en el edificio. Tomó el ascensor y subió hasta el segundo piso.
Al salir del ascensor vio a Andy que le aguardaba en el rellano.
Buenos días —Andy estrechó la mano de Terence—. Por favor, tenga la amabilidad de pasar a mi casa.
Terence entró en la casa seguido por su anfitrión. Ambos accedieron al salón. Andy indicó a su invitado que tomase asiento en el sofá, mientras él se acomodaba en uno de los mullidos sillones.
¿Qué tal se encuentra usted? —se interesó Andy.
Para serle sincero, algo desconcertado.
¿Desconcertado?
Así es. Aún no tengo muy claro el porqué estoy aquí.
¡Y quién lo sabe! La Humanidad entera lleva desde los albores de la civilización haciéndose esa misma pregunta. Cientos de filósofos y pensadores a lo largo de los siglos intentando sin éxito responder a las mismas preguntas: ¿quiénes somos? ¿de dónde venimos? ¿hacia dónde vamos?
Me refería a porqué estoy aquí, en su casa —matizó Terence.
Ah, eso. Disculpe —dijo Andy—. Tiene usted razón. Debería haber empezado por ahí. Le he hecho llamar porque quiero que usted me venda algo.
No entiendo.
Soy un comprador a domicilio —dijo Andy.
¿Perdón?
He dicho que soy un comprador a domicilio. Usted vende y yo compro.
¡Pero yo no tengo nada que venderle! —dijo Terence preso del desconcierto.
¿Qué me dice de su reloj de pulsera?
¿Mi reloj?
Así es. Su reloj. ¿Me lo vende?
Atrasa —argumentó Terence.
Casi mejor. Así no tendré la sensación de que se me escapa el tiempo. Al contrario, será como si me regalasen un tiempo extra. Como en un videojuego. ¿Cuánto pide por él?
Lo siento. No está en venta —dijo Terence, rotundo.
¿Porqué no?
Porque lo necesito.
¡Pero si atrasa!
Da igual. Lo necesito igualmente.
Amigo Terence. ¿Le puedo llamar «amigo»?
No.
¿Enemigo, entonces?
Tampoco. Usted no me ha hecho nada malo, y nada me hace pensar que albergue intención de hacerme daño o desearme algún mal. Así que no puedo considerarle mi enemigo.
Está bien. ¿Qué tratamiento desea que le dispense?
Llámeme Terence a secas.
De acuerdo. Escuche, Terence a secas, ¿podría explicarme porqué cree que necesita un reloj?
Muy sencillo. Necesito saber qué hora es en todo momento. Me rijo por unos horarios; para levantarme de la cama por las mañanas; para coger el autobús; para llegar tarde a la oficina; para hacer una pausa y almorzar; para salir pitando a mi hora, llegar a casa y ver los programas de mierda de la tele; no tengo pasta y no puedo permitirme gastar dinero en canales de pago, ¿sabe usted?; para controlar el tiempo de cocción de unos huevos pasados por agua. En fin, necesito medir el tiempo. Como todo el mundo. Por eso necesito mi reloj.
Andy comenzó a aplaudir.
¡Bravo, Terence a secas! Su presentación ha sido tan elocuente que ha avivado en mí el deseo de comprarle su reloj. Pagaré lo que me pida. ¿Le parecen bien cincuenta euros?
Ya le he dicho que mi reloj no está en venta.
¿Cien?
No.
¿Ciento cincuenta? ¿Doscientos, quizás? —insistía Andy.
No. Olvídelo.
Es bueno negociando, Terence a secas. De acuerdo. Olvidemos el reloj. ¿Qué me dice de su traje?
¿Mi traje?
Tiene buena pinta. Parece caro.
Pues no lo es. En absoluto. Lo compré en unos grandes almacenes. En rebajas.
Vamos, Terence a secas. Contribuya un poco, ¿quiere? Sólo le pido eso —rogó Andy.
Lo siento, pero no sé mentir. Se me da fatal mentir. Precisamente por eso sé que jamás podré hacer carrera en política. Carezco de «aptitudes».
Está bien. Olvidémonos del traje. ¿Tiene usted enciclopedia en casa? Ya sabe, una de esas enormes enciclopedias de treinta y tantos volúmenes que hay que actualizar cada uno o dos años con nuevos volúmenes.
No. Lo siento. Yo suelo tirar de la Wikipedia.
Dichoso Internet.
¿No le gusta Internet?
No. No me gusta. Lo odio. Odio comprar desde mi casa a golpe de click. ¡Con lo enriquecedor que resulta establecer una relación cara a cara comprador-vendedor! ¿No le parece que estamos disfrutando de una agradable mañana de domingo aquí, en mi casa, intercambiando argumentos en aras a un mutuo beneficio?
Si usted lo dice.
¿Y qué me dice de una aspiradora? ¿Tiene una aspiradora en casa que pueda venderme?
No. No uso aspiradora.
¿Y qué tal una suscripción a La Atalaya o ¡Despertad!?
Tampoco soy suscriptor. Antes le dije que soy creyente, pero mentí. En realidad no suelo pensar mucho en Dios. Siendo honesto, sólo me acuerdo de Él cuando me pillo un dedo con un martillo o tropiezo con algo contundente mientras camino a oscuras por la casa. Y tampoco lo hago de una manera muy «pía», la verdad. Más bien al contrario. Ah, también me acuerdo de Dios cuando llego al orgasmo.
Un momento, ¿se acuerda de Dios cuando llega al orgasmo? —se interesó Andy.
No sé de qué se extraña —dijo Terence—. Le pasa a mucha gente. ¿A usted no?
No lo recuerdo. Hace tanto tiempo que no practico sexo que estoy a punto de establecer un nuevo récord de abstinencia sexual.
¡Ya será para menos!
Mire allí —Andy señalaba con el dedo un cuadro colgado en la pared del living. En él se enmarcaba un diploma con el siguiente texto: «DIPLOMA concedido a Andy T. Warehouse Jr. en reconocimiento a su abstinencia sexual por un total de 14 años, 3 meses y 12 días sin tener relaciones sexuales de ningún tipo; ni tan siquiera una triste paja».
El asombro de Terence se hizo evidente en su expresión.
¿De verdad se ha pasado catorce años sin tener relaciones sexuales de ningún tipo?
Así es.
¿Ni una triste paja?
Ni.
Vaya. No sabía que alguien pudiese estar tanto tiempo sin tener relaciones sexuales. Tampoco tenía constancia de que se expendiesen ese tipo de diplomas. ¿Y qué te dan si llevas más de quince años sin tener sexo?
Un carnet para ejercer de crítico literario —dijo Andy.
Me toma el pelo.
En absoluto. ¿No ha leído nunca una crítica literaria profesional? Le invito a que lo haga. Es mala hostia en estado puro.



jueves, 2 de noviembre de 2017

ARBITRARY TOWN (EL PLENO)



Arbitrary Town está situado en el condado de Essex (Inglaterra), entre los distritos de Brentwood y Basildon.
En Arbitrary Town las cosas se hacen por puro azar. Cuando digo «cosas» me refiero a cualquier evento, efeméride o celebración que implique el concurso no ya sólo de las instituciones, sino de cualquier arbitrario —pues tal es el gentilicio aplicado a los habitantes de la ciudad—.
Este hecho, además de otorgarle una idiosincrasia propia a los arbitrarios, hace que todo en Arbitrary Town resulte mucho más interesante, incluso más excitante, al haberse cargado de un plumazo la monótona dictadura del calendario.
Desde el mismo día en que se adoptó tan inusual proceder, cualquier celebración, fuese cual fuese su naturaleza, quedó envuelta en un halo de espontaneidad y misterio que a todos agradaba, hasta el punto de renovar la ilusión por las celebraciones.
Hubo un año —no recuerdo ahora mismo cuál exactamente—, en que el Fin de Año cayó un 14 de abril, lo cual dio como resultado el que en Arbitrary Town se celebrase el año más corto de la historia.
Un día cualquiera —como era preceptivo— todos los arbitrarios quedaron citados en la sala de plenos del ayuntamiento.
El problema —o, en este caso, la peculiaridad—, es que mientras una parte de la población fue citada para un día concreto la otra parte fue citada para un día inconcreto, y claro, ocurrió lo que tenía que ocurrir: que acudieron unos y otros no.
Alfred Jones, que sí acudió, fue el primero en tomar la palabra.
Queridos arbitrarios...¿sí, Philip?
Philip Smarty había levantado la mano solicitando la palabra.
Philip era el tipo más leído de Arbitrary Town. Doctorado summa cum laude en Filología Inglesa por la Universidad de Oxford, Smarty era asimismo autor de catorce libros de dos mil páginas cada uno explicando al detalle el Ulises de James Joyce, autor por el que profesaba una devoción sin límites y al que no dudaba en calificar como «el mejor escritor de habla inglesa de todos los tiempos habidos y por haber».
Como es bien sabido por todos, yo no soy querido en este pueblo —pronunció, solemne, Smarty.
Cierto. Te ruego que me perdones este error imperdonable, Philip.
Disculpa, Alfred. Por mi posición de doctor en filología, escritor, y fanático de Joyce, «el mejor escritor de habla inglesa de todos los tiempos habidos y por haber», me permito corregirte. No se puede pedir perdón por algo imperdonable. Suena a todas luces contradictorio, a la par que incoherente, paradójico, absurdo, ilógico, disparatado y/o discordante.
¿Y aún te preguntas porqué no te queremos, Philip?
Lo siento si caigo antipático. Pero debo velar por la corrección lingüística de ésta, nuestra comunidad. Si yo no cumpliese con mi deber caeríamos en la desidia y el abandono, y acabaríamos maltratando la lengua y hablando como vulgares analfabetos. O peor, como periodistas deportivos.
Vale. Lo que tú digas —cedió finalmente Alfred Jones—. En fin, ¿por dónde íbamos? Ah, sí. Ejem. Queridos arbitrarios, menos uno, nos hemos reunido aquí, en este pleno extraordinario del ayuntamiento, para decidir algo. Pero antes debemos establecer los roles. A ver, tú, Jeffrey Campbell. Por hoy serás el alcalde.
Pero, ¡yo no quiero ser el alcalde! —se quejó Jeffrey Campbell.
¿Porqué no?
Porque ser alcalde es una mierda. Es mejor ser oposición; quedarte en un segundo plano, apuntar lo mal que lo hace el gobierno de turno y llevártelo calentito a final de mes. Y todo eso sin aportar soluciones. Además, ¿a quién no le gusta criticar el trabajo de los demás?
En eso debo darle la razón —apuntó Philip Smarty, el filólogo fanático de Joyce.
¡Tú cállate, Philip! A ver, Jeffrey. Entiendo que todo el mundo prefiere ver los toros desde la barrera, pero alguien debe ejercer las tareas de gobierno. De lo contrario, esto sería un caos. Y bastante caos tenemos ya con haber decretado la Navidad el 5 de agosto. Con el calor que hizo este año. El pobre Melvin Sturridge casi se muere de una insolación bajo aquel grueso traje de Papá Noel y aquellas almohadas simulando su barrigón.
Bueno, vale —accedió Jeffrey Campbell—. Pero la próxima vez que nos reunamos quiero ejercer de oposición.
Hecho. Y ahora, si eres tan amable, sube al estrado y lee la Orden del Día.
Jeffrey Campbell hizo lo que se le pedía; accedió al estrado por un lateral y ocupó el sillón de alcalde. Ante él, sobre la mesa, había una carpeta. La abrió y extrajo de ella un documento, que entonces leyó.
Orden del día. Se hace saber a los arbitrarios presentes que vivimos en una época de la historia en que no hay día en que no se celebre algo. Por ejemplo, el 8 de marzo se celebra el Día Internacional de la Mujer, el 21 de marzo el Día de la Poesía, el 30 de julio el Día Internacional de la Amistad, el 8 de septiembre el Día Internacional de la Alfabetización...
Ahí, ahí... —prorrumpió Philip Smarty.
Joder, qué brasas —dejó caer Alfred Jones con hastío—. Por favor, Jeffrey, continúa...
En fin, con estos breves ejemplos que acabamos de exponer se pretende celebrar un acontecimiento o hecho relevante en la sociedad, pero también sensibilizar, concienciar o llamar la atención sobre un problema sin resolver por el que se insta a los gobiernos y los estados a que tomen medidas...
¿Qué tomen medidas? ¿Y cómo se hace eso? —dijo uno de entre el público.
En la ONU tienen un metro especial para estas cosas —precisó Alfred Jones.
Ah, vale. Perdón.
¡Por el alma de Joyce, lo que hay que oír! —bufó Philip Smarty tras estrellar la palma de su diestra contra su frente.
Prosigo —dijo Campbell—. No obstante, a pesar de haber días mundiales para casi todo, a nadie se le ha ocurrido celebrar el Día del Día.
Es cierto —dijo uno.
Tiene razón —dijo otro.
Es cierto y además tiene razón —dijo un tercero.
Por eso —prosiguió Campbell—, yo, como alcalde vuestro, y también como alcalde de los que no están, propongo que el próximo 1 de septiembre quede oficialmente establecido en Arbitrary Town como el Día Internacional del Día. ¿Sí, Graham?
Graham Tree había alzado el dedo solicitando la palabra.
¿Y qué pasa con la noche? —dijo Graham—. ¿No se merece un día internacional?
De acuerdo. ¿Qué tal si el 1 de septiembre celebramos el Día Internacional del Día y la Noche?
Todos asintieron. Excepto Elizabeth Perkins.
¿Sí, Elizabeth?
¿Y el amanecer? ¿No merece el amanecer también un día internacional de esos?
Perfecto. ¿Qué tal si el 1 de septiembre celebramos el Día Internacional del Día, la Noche y el Amanecer?
Una vez más, el público asistente pareció mostrar su aprobación. A excepción de Kathleen Whitehead.
¿Sí, Kathleen?
¿Y el crepúsculo? Si celebramos el amanecer también deberíamos celebrar el crepúsculo.
Cierto —convino el alcalde en funciones—. Visto el recurso de Kathleen Whitehead, yo propongo lo siguiente: que el 1 de septiembre sea el Día Internacional del Día, la Noche, el Amanecer y el Crepúsculo. ¿Qué pasa, Jonathan? ¿No estás de acuerdo?
Somos ingleses. Y como tal, no podemos olvidar la hora del té.
Cierto, cierto —murmuraban todos.
Está bien. ¿Qué os parece que el 1 de septiembre sea el Día Internacional del Día, la Noche, el Amanecer, el Crepúsculo y la Hora del Té?
Todos aplaudieron satisfechos.
Aprobado pues.
Y así fue como en pleno extraordinario celebrado en el Ayuntamiento de Arbitrary Town se aprobó por unanimidad —de los que estaban— fijar el 1 de septiembre como el Día Internacional del Día, la Noche, el Amanecer, el Crepúsculo y la Hora del Té.
Por desgracia, dada la particular idiosincrasia de los arbitrarios, por más que lo intentaron jamás lograron ponerse acuerdo acerca de cuándo caía exactamente el 1 de septiembre.


Foto del pobre Melvin Sturridge haciendo de Santa Claus el Día de Navidad (5 de agosto)




jueves, 26 de octubre de 2017

AL FIN LEÍ A MURAKAMI


Desde hacía bastante tiempo —dos años, quizá—, tenía una deuda pendiente con Haruki Murakami, el celebrado autor japonés.
Nunca había leído nada suyo, y viendo los ríos de tinta —a favor y en contra— que su obra generaba y sigue generando, sentía curiosidad por leer algo suyo.
Los amigos y conocidos —además de algunos de los blogs que visité buscando información— me recomendaban empezar por Tokyo blues (Norwegian wood), Kafka en la orilla o Sputnik mi amor.
Sin embargo, cuando acudí a la biblioteca de mi ciudad a pillarme uno de esos tres libros, mis ojos cayeron hechizados ante otro de los títulos del mismo autor y del que nadie me había hablado hasta entonces. Lo cogí del estante, le di la vuelta y leí el texto de la contraportada. Y, al instante, quedé hipnotizado.
Los otros libros —los tres citados— quedaron automáticamente descartados. Ya había decidido cuál iba a ser mi primer libro de Haruki Murakami: De qué hablo cuando hablo de escribir.

Portada en su edición española editada por Tusquets

Por el camino hasta mi casa —suelo hacerlo andando siempre que puedo (esta es una de las grandes ventajas de vivir en un lugar donde hace buen tiempo durante prácticamente todo el año)—, iba fantaseando con lo que podía encontrarme entre las páginas de aquel tocho de trescientas páginas, en el que, según se avanzaba en la reseña de la cubierta, Murakami hablaba del oficio de escritor.
Últimamente me he enganchado a este tipo de libros, donde diferentes escritores disertan sobre el acto de escribir. En este sentido recomendaría Mientras escribo de Stephen King —el segundo libro que he leído entero de este afamado escritor, cuya temática de terror no me interesa nada de nada. Lo siento Stephen, pero para pasar miedo ya tengo la Declaración de la Renta de cada año. Me entran unos temblores que ni los Tommyknockers esos tuyos. Por cierto, el otro libro de King que he leído es Rita Hayworth y la redención de Shawshank, el libro en el que está inspirada la película Cadena perpetua (adoro esa película)—.

Así que bajo estas premisas, la de un escritor hablando del oficio de escribir, me apetecía leer algo de ese autor del que casi todo el mundo habla —para bien o para mal—, y del que yo no había tenido la oportunidad de leer nada.
Y llegó el gran día —en mi caso: la gran noche, pues suelen ser las horas previas al sueño reparador las que me incitan a perderme entre las páginas de un buen libro—.
De entrada me gustó el tono aparentemente sencillo en el que el libro está escrito. Me gusta la aparente sencillez en un autor. Insisto en lo de «aparente sencillez» porque, en ocasiones, una vez que interiorizas aquello que estás leyendo, no tardas en percibir que la supuesta sencillez no lo es tanto, ya que para escribir algo que de verdad consiga llegar al corazón del lector se necesitan muchas horas de trabajo y dedicación plenas.
Bukowski lo resumía muy bien con esta genial frase: «Un intelectual es el que dice una cosa simple de un modo complicado. Un artista es el que dice una cosa complicada de un modo simple».
Estoy de acuerdo al 100% con el señor Bukowski —el propio Hank me habría pateado el culo de haberle llamado «señor» a la cara, ja—.

Haruki Murakami en una foto tomada en su bar de jazz en Tokyo

Pero centrémonos en Murakami.
¿Qué me pareció el libro una vez acabado? Muy bueno. Honesto y directo, sin adornos innecesarios, salvo un par de idas de pinza en las que al bueno de Murakami le da por desbarrar un poco y salirse por la tangente. Así y todo me pareció un libro inspirador, por cuanto su autor no muestra reparo alguno en decir lo que piensa acerca de todo lo que rodea a la profesión de escritor profesional.
A lo largo del libro Murakami nos habla de su vocación, de sus hábitos de escritura, de sus manías y sus fobias, de su férrea disciplina, de su voluntaria reclusión y de su natural aversión a las apariciones públicas o las entrevistas, ya sean para medios escritos o para radio o televisión.
A lo largo de las páginas de este libro vemos a un Murakami con un exceso de modestia en determinadas ocasiones. Al no conocerlo en profundidad no sabría decir si se trata de falsa modestia o no.
Al estilo de Mientras escribo de King, Murakami nos va relatando sus inicios como escritor inexperto, sus dudas acerca de la calidad de lo que estaba escribiendo, sus errores y aciertos, sus tiras y aflojas con la crítica especializada, así como con los distintos editores con los que se ha ido encontrando a lo largo de su dilatada carrera. Incluso se atreve a hablar de su relación de amor-odio con los concursos literarios, lo cual, como víctima ocasional de alguno de ellos, agradezco enormemente viniendo de quien viene, es decir, de un autor de éxito.
Como digo, el libro me ha gustado muchísimo. Y prueba de ello han sido las numerosas anotaciones que he hecho en mis libretas a medida que iba leyendo.
Como muestra de las cosas que más me han llamado la atención, a continuación voy a exponer algunas de esas anotaciones.

Acerca del acto de escribir:

«Me parece que si escribir no resulta divertido no tiene ningún sentido hacerlo. Soy incapaz de asumir esa idea de escribir a golpe de sufrimiento. Para mí, escribir una novela es un proceso que debe surgir de manera natural».

Sobre su rutina de trabajo:

«Me levanto temprano todos los días, preparo café en la cocina, lo sirvo en una taza grande, me siento a la mesa y enciendo el ordenador. Después me pregunto: “Y bien, ¿qué voy a escribir?”».

Murakami en su estudio

Sobre la crisis del sector editorial:

«Sólo es una referencia, pero, por lo visto las personas interesadas en la literatura y que leen de manera habitual sólo representan el cinco por ciento del total. […] a pesar de todo, estoy convencido de que ese cinco por ciento seguiría leyendo incluso si alguien se lo prohibiese (aquí hace una referencia al famoso libro Farenheit 451 de Ray Bradbury).
[…] No me preocupa el futuro de la novela ni de los libros, como tampoco me preocupa especialmente lo que de momento ocurre con el libro electrónico. Ya sea en papel o a través de una pantalla, la gente seguirá leyendo».

Sobre la formación del escritor:

«En mi opinión, una de las cosas más importantes para alguien con intención de escribir es, de entrada, leer mucho. Lamento ofrecer un planteamiento tan convencional, pero la lectura constituye un entrenamiento que no debe faltar de ningún modo. Da igual si se trata de una novela excepcional como si no lo es tanto; lo importante es leer todo cuanto uno pueda».

Sobre el sistema educativo:

«No me quedaban ganas de ponerme a estudiar en serio para los exámenes. No me parecía en absoluto útil memorizar fechas de acontecimientos del pasado como si yo fuese una máquina. Los conocimientos aprendidos mecánicamente y no como un todo sistemático, acaban por desaparecer y se quedan por ahí encerrados en alguna parte, en un lugar que podríamos considerar la tumba del conocimiento.
[…] Cuando mi vida de estudiante llegó a su fin estaba tan inmensamente aburrido que lo único que quería era no aburrirme nunca más en toda mi vida. Me lo propuse con todas mis fuerzas, pero en esta vida el aburrimiento parece caer del cielo.
[…] Mi deseo con relación al sistema educativo es sencillo: que no aplaste la imaginación de los niños que la tienen».

Sobre su relación con la crítica:

«Un famoso crítico literario, ya fallecido, publicó una dura crítica de mi primera novela. En ella decía que esperaba que nadie se tomara aquello como literatura o algo parecido. Me limité a aceptar dócilmente aquella crítica. Yo no me había planteado en absoluto cuestiones como el papel social de la novela, lo que es vanguardia o deja de serlo, si algo se puede juzgar literatura pura o no. Mi actitud desde el principio fue mucho más simple que todo eso: escribir está bien si resulta divertido».

Opino exactamente lo mismo. De hecho, pienso escribir esa misma frase en el fondo de pantalla de mi ordenador, para que me dé la bienvenida cada vez que me siente a escribir: «Escribir está bien si resulta divertido».
¿Quién no firmaría algo así?




jueves, 19 de octubre de 2017

EL RATÓN Y EL ELEFANTE


Sonó el teléfono. Lo cogí.
¿Diga?
¿Señor Bruckner? ¿Hans Bruckner?
Sí. Soy yo —dije—. ¿Qué desea?
Mi nombre es Franz Bornemann. Le llamo del banco. Su banco. Señor Bruckner, le llamo porque nos debe usted dinero. Mucho dinero.
Si. Es cierto. ¿No es maravilloso? —dije.
¿Perdón?
Digo que es maravilloso deberles yo tanto dinero a ustedes —repliqué en tono jovial.
Me temo que no lo entiende, señor Bruckner. Le estoy hablando de una cantidad bastante respetable de dinero.
Sé cuánto les debo. Y sí, tiene usted razón. Realmente se trata de una cantidad bastante respetable de dinero.
¿Y qué piensa hacer al respecto? —dijo aquel tipo.
¿Quién? ¿yo?
Sí. Usted.
Nada —dije yo—. No pienso hacer nada.
Oiga, señor Bruckner, ¿es impresión mía o se está usted burlando de nosotros?
No. No es impresión suya. Me estoy burlando de ustedes —admití.
Disculpe, pero no estoy seguro de entenderle. ¿Está usted bien?
Déjeme que le diga algo. Tengo cincuenta y seis años. Hace cinco me quedé sin empleo. La empresa para la que trabajé durante más de treinta años había cerrado obligada por la crisis que gente como ustedes en connivencia con los políticos contribuyeron a crear. Busqué trabajo. Entregué cientos de currículums en cientos de lugares diferentes. Pero al parecer no había trabajo para alguien como yo. Pedí ayuda. Rellené un sinfín de formularios y solicitudes. No sirvió de nada. Nadie me ayudó. Ni gobierno, ni sindicatos, ni asociaciones pro derechos civiles, ni amigos, ni conocidos. Nadie. Me vi solo. Solo y desamparado.
Lo lamento, pero...
¡Cállese! Ahora me toca hablar a mí. Cuando le toque hablar a usted, hablará. Mientras tanto, ¡cierre el puto pico!
El tipo al otro lado del hilo telefónico guardó silencio.
Con el paso de los meses comencé a sufrir insomnio. La angustia no me dejaba dormir. Me pasaba las noches en blanco, con los ojos abiertos de par en par y mirando al techo de mi dormitorio. Una noche en que no podía dormir tomé una decisión: decidí aprovechar el tiempo. A la mañana siguiente fui a la Biblioteca Pública, cogí un libro de una de las estanterías de informática y me lo empecé a leer allí mismo. Aquel libro, escrito por un afamado hacker informático, me enganchó tanto que al final me lo llevé a casa. Como carecía de electricidad en casa, cortesía del monopolio energético, me veía obligado a encender una vela por las noches para poder seguir leyendo aquel instructivo libro. Aprendí mucho leyendo aquel libro, ¿sabe? Y entre las cosas que aprendí hubo una que me llamó mucho la atención: «Un simple ratón puede hacer tambalear a un elefante».
¿Qué tiene que ver todo eso que me está contando con el hecho de que nos deba usted tanto dinero?
Aún no lo has entendido, ¿verdad, capullo?
¡Oiga, no le consiento...!
Me importa una mierda que me consientas o no. Mira, te ahorraré tiempo. Esta vez he sido yo quien os ha estafado a vosotros.
¿Cómo ha dicho?
No pienso devolveros ni un céntimo. Ya podéis dar por perdido el dinero que os he robado.
Responderá ante la Ley.
¿Qué ley?
Acerqué la pistola. Respiré hondo y apreté el gatillo. Se oyó una fuerte detonación.
¿Señor Bruckner? Oiga, ¿está usted ahí? Oiga. ¡Hijo de puta! —oí gritar a aquel tipo al otro lado del hilo telefónico.
Colgué el teléfono. Cogí la pistola de fogueo y la metí en su caja. Abrí el portátil, accedí a Internet y activé aquel programa informático mediante el cual conseguí borrar todo rastro de mi teléfono móvil. De nuevo volvía a ser invisible a los ojos del Sistema.
El reloj marcaba las once de la noche, hora local. Fui a la cocina y me serví un bourbon con hielo. Luego salí al porche y me acomodé en la tumbona. Miré al cielo estrellado y quedé absolutamente maravillado ante tan bello espectáculo.
Siempre quise vivir en una isla tropical. En una casita repleta de libros en mitad de la nada. Y ahora, bajo un nombre falso y más dinero del que podría gastar en diez vidas, había llegado al fin el momento de disfrutar realmente de la vida.
Fijé la mirada en una estrella fugaz que justo en ese instante cruzó el ancho cielo. De repente, un pensamiento me vino a la cabeza: «Un simple ratón puede hacer tambalear a un elefante».
Brindé por ello. Luego cerré los ojos mientras en mi rostro esbozaba una sonrisa de plena satisfacción.