martes, 19 de marzo de 2019

LA ÉPICA DEL ESCRITOR (Parte 11 - Final-)

Ilustración: "Wise man revisited" de Jim Warren

Para leer parte 1 pincha aquí.
Para leer parte 2 pincha aquí.
Para leer parte 3 pincha aquí.
Para leer parte 4 pincha aquí.
Para leer parte 5 pincha aquí.
Para leer parte 6 pincha aquí.
Para leer parte 7 pincha aquí.
Para leer parte 8 pincha aquí.
Para leer parte 9 pincha aquí.
Para leer parte 10 pincha aquí.

Espada en mano cubrí el tramo que conducía hasta la gruta y, una vez allí, accedí a su interior.
El viejo Pensar Para Mis Adentros me había hablado de un hombre sabio de milenario aspecto. El hombre sabio, de nombre Umo, tenía como dos mil años de edad.
Cuando al fin me vi ante él no tardé en confirmar que, a juzgar por el pestazo que emanaba de su podrido cuerpo, efectivamente aquel tipo hacía como dos mil años que no se bañaba. Aquel sudor no era nuevo. Aquel sudor era de varios siglos. Como mínimo.
¿Quién eres? —dijo el hombre sabio con olor a cebollas milenarias.
Le dije mi nombre.
¿Y a qué has venido?
Soy escritor. Y he perdido la inspiración —contesté.
¿Y qué quieres que te haga? —respondió el hombre sabio.
Pensé que usted podría ayudarme.
Sí, ya. Por eso te estás quedando calvo, de tanto pensar.
Es posible. Oiga, ¿le ha hablado alguien alguna vez del desodorante?
¿Y a ti, te han hablado de una buena hostia?
Oiga, hombre sabio, no quiero pelear con usted. Sólo quiero que me ayude a recuperar mi inspiración para poder seguir escribiendo. Sólo eso.
Enséñame algo que hayas escrito.
Revolví en mi mochila y extraje uno de mis últimos manuscritos. Me acerqué hasta el hombre sabio y le hice entrega de aquel mamotreto de casi cuatrocientas páginas. El hombre sabio se puso sus gafas y comenzó a leer.
Mientras el hombre sabio leía me entretuve midiendo el tiempo transcurrido fijando mi vista en el gran reloj de arena que había instalado en uno de los muros de piedra de la gruta.
¡Ya está! —anunció el hombre sabio.
Según mis cálculos habían transcurrido trece minutos con dieciséis segundos y catorce centésimas, grano más grano menos.
¿Y bien? ¿Cuál es su veredicto?
El título es demasiado largo.
He de señalar que mi novela se titulaba Ante las Puertas del Delirio de la Ciudad Sin Nombre incrustada en la Montaña Profana del Abismo de La Ignorancia Supina.
Vale. ¿Algo más?
De momento, eso es todo —dijo el hombre sabio.
¿Cómo que eso es todo? ¿Qué le ha parecido el primer capítulo? ¿Qué opinión le merece el arranque? ¿Tiene suficiente fuerza narrativa?
Aún no he llegado hasta ahí.
Entonces, ¿qué ha hecho en los trece minutos con dieciséis segundos y catorce centésimas, grano más grano menos?
Ya te lo he dicho: leer el título. Y me parece demasiado largo.
¿Y ha necesitado casi un cuarto de hora sólo para leer el maldito título?
Me tomo mi trabajo muy en serio, hijo.
No quiero ni imaginar el tiempo que le llevaría leer las mil setecientas setenta y cuatro páginas de El hombre sin atributos de Robert Musil.
¡Ya sé quién escribió El hombre sin atributos! No necesito que un sabelotodo como tú me lo recuerde.
Vale, vale. No se ponga usted así. Admito que ha podido sonar descortés; si bien no ha sido esa mi intención. Le pido disculpas.
En respuesta a tu duda, te diré que tiempo es lo que me sobra. Soy eterno. Por lo tanto, no tengo prisa. Para mí el «tiempo» como unidad de medida carece de importancia...
Se nota. Apuesto a que no recuerda la última vez que se dio un baño —dije por lo bajini.
...no es lo mismo «ojear» que «leer» un texto. Para leer un texto se requiere tiempo, abstracción, concentración, conocimientos y pasión. No concibo la literatura sin pasión. Si un texto no me provoca nada, desde lo más sublime a lo más abyecto, lo considero un texto malo, sin sustancia, sin contenido, sin alma. Un buen texto ha de provocarme algo, remover algo en mí, permitirme dudar, hacer que me cuestione hasta la más firme de mis convicciones. Eso es lo que diferencia la buena literatura de la mala.
¿Y cómo se hace eso, maestro?
Mamando de la teta de la literatura como un bebé hambriento, jurándole amor eterno a tus musas como un amante dispuesto y entregado, respetando a los clásicos, excepto a Joyce que era un fatiga y un babas; pero, por encima de todo, dispensándole todos los mimos y atenciones a tus queridos lectores, pues en ellos reside el verdadero valor de tu obra. Sin lectores los escritores no son nadie, no son nada. No olvides jamás eso.
¡Qué inspirador! ¿Puedo anotarlo?
No. Está protegido por copyright —dijo el hombre sabio.
De acuerdo. Lo respeto. ¿Puedo apelar a su condición de hombre sabio y solicitar, con toda la humildad y el respeto que me merece, que se digne ayudarme a encontrar la inspiración?
El viejo señaló con la mirada un punto determinado ubicado a su derecha.
¿Ves esos estantes de ahí? Es mi biblioteca privada. Busca en ellos mi ejemplar de El ruido y la furia de William Faulkner. Sus analepsis y prolepsis me ponen más que a un crítico literario despedazar un bestseller.
Hice lo que el hombre sabio me pidió; me acerqué a los estantes y busqué el volumen solicitado. Luego volví sobre mis pasos e hice entrega del libro a su legítimo propietario.
Bien. Atiende, pues sólo lo diré una vez. Para llegar al centro de la Sagrada Montaña de la Creación Literaria Chachi Piruli, allí donde se halla el Gran Secreto para Escribir de Puta Madre, tendrás que atravesar un desierto, un valle, un ancho y caudaloso río, una pradera, luego otra, y luego otras más, rodear una montaña, volver a atravesar otro desierto aún más árido y extenso que el anterior, e incluso más árido y extenso que el que te ha traído hasta aquí; de hecho, este desierto del que te hablo es el más árido y extenso de cuantos hayan visto tus ojos, y los ojos de cualquiera, incluidos los míos; y mira que he visto desiertos áridos y extensos en mi vida, ¡un montón!; he visto más desiertos áridos y extensos que fallos en un manuscrito hayan podido ver los ojos de un corrector de estilo, así que imagínate. Bueno, a lo que iba; una vez atravesado el desierto, suponiendo que lo atravieses, penetrarás en un oscuro y frondoso bosque encantado de conocerse; sí, así es, se trata de un bosque muy presumido y algo creído. Una vez consigas dejar atrás el bosque tendrás que atravesar una vasta cordillera, donde al otro lado vendrás a parar a una oscura ciénaga sembrada de peligros y trampas mortales, y donde vive un ogro mariquita. Si logras sobrevivir a la ciénaga, tomarás un camino que te llevará al Desfiladero de las Dos Esfinges cabreadas, que lanzan puyas a tutiplén, y, después de eso, entrarás en la Boca del Lobo, que está llena de sarro y bacterias chungas, para acabar penetrando en la Garganta del Gigante adicto a la comida hindú. Por cierto, ¡cuidado con sus eructos!, son mortales de necesidad, y un tanto asquerosos. Una vez atravieses la Garganta del Gigante, encontrarás la entrada a un piso en propiedad, con una hipoteca sin comisión de apertura ni comisión por subrogación, exenta de gastos de notaría, gestoría, registro y tasación, y con una tasa del 0,97 % TAE sobre euríbor. Pulsa el botón del telefonillo y pregunta por Paco. Y ya está.
¿ Ya está?
Sí.
¿Seguro?
Que sí, coño.
¿Sabe qué le digo? Que se pueden ir todos ustedes a la mierda. Por turnos o en bloque. Me da igual —dije furioso.
Pero...¿cómo osas?
¡Y tanto que oso! Me tenéis hasta los mismísimos; con tantas pruebas, retos, dificultades, a cual más cruel y retorcida, con tal de saliros con la vuestra. ¡Anda y que os den! Escribiré a mi manera, como he hecho toda la vida, sin importarme lo que opinen un puñado de elitistas capullos y arrogantes incapaces de ver la literatura como lo que realmente es: un vehículo para la imaginación, para compartir y transmitir ideas, pensamientos y opiniones, y no un arma para machacar y despreciar al que piensa o siente distinto. Así que, por mi parte, pueden irse todos ustedes a la mierda. Ah, y usted, ¡báñese, carajo! ¡Apesta que tira de espaldas!
Y ahí lo dejé, con dos palmos de narices, a aquel viejo asqueroso y desagradable cuyo putrefacto olor no se me borrará de la memoria mientras viva.
En mi camino de vuelta a casa —con una paradita en el Valle de la Procrastinación para fumarme unos porritos con los colegas beduinos y mi camello habitual—, fui madurando una idea: aprovechar lo vivido en mi infructuosa búsqueda de la inspiración literaria y escribir un relato con todo ello.
No sé, igual cuando lo acabe y lo publique habrá alguien por ahí fuera dispuesto a leerlo. ¿O no?

FIN


Nota del autor: Gracias a todos los que os habéis ido pasando por aquí en estas últimas once semanas con intención de seguir esta historia. En tiempos de la inmediatez extrema en la que vivimos actualmente, en la que todo lo queremos ya, ahora, resulta reconfortante comprobar que aún quedan lectores dispuestos a interesarse por una historia contada a plazos, como solía hacerse en los albores de la literatura.
Mención especial merecen Josep Mª Panadés, Ana Palacios y Kirke Buscapina. Vuestros comentarios en cada una de las partes han ido alimentando esta historia semana a semana. Ahora puedo decir que no necesité llegar hasta la Sagrada Montaña de la Creación Literaria Chachi Piruli para encontrar la inspiración, pues, en este caso, mi inspiración habéis sido vosotros.
Gracias a todos.



martes, 12 de marzo de 2019

LA ÉPICA DEL ESCRITOR (Parte 10)

Exterior de la taberna de Tiene Más Razón Que Un Santo

Para leer parte 1 pincha aquí.
Para leer parte 2 pincha aquí.
Para leer parte 3 pincha aquí.
Para leer parte 4 pincha aquí.
Para leer parte 5 pincha aquí.
Para leer parte 6 pincha aquí.
Para leer parte 7 pincha aquí.
Para leer parte 8 pincha aquí.
Para leer parte 9 pincha aquí.


Criticón cumplió su palabra y me dejó a orillas de la costa este del Mar de la Crítica. Antes de separar nuestros caminos, me confió lo siguiente:
Volveremos a encontrarnos, joven escritor. Estoy ansioso por leer algo de lo que escribes y criticarlo como se merece.
Confío en que no seáis demasiado severo en vuestro juicio.
No os prometo nada. Para prometer y no cumplir ya están los políticos. Pero una cosa si os digo: que una pasa no es un higo.
¿Y eso? ¿Qué significa?
Mi madre solía decirlo a menudo. Eso y «¿cómo es que le has concedido dos míseras estrellas a mi leche materna, mamonazo?». En fin, cosas de madres.
El apunte me hizo gracia. Sonreí.
Cuidaos, Criticón. Y, por favor, seguid siendo tan buena gente como me habéis demostrado ser. Ojalá hubiese más críticos literarios como vos.
Y vos, escribid. Y no dejéis de hacerlo nunca. A pesar de los sinsabores que rodean esta profesión, no conozco mejor oficio en el mundo que el de escritor.
Aquella última frase me acompañó durante un buen trecho; hasta que, al llegar a una bifurcación, se fue de mi lado para irse a vivir a un pueblo de frases hechas que quedaba al oeste.
El sol se mostraba abrasador en las jornadas que siguieron, mientras que por las noches era la luna quien me daba la brasa. Y lo hacía en un tono irritantemente lastimero, como el de alguien hastiado de su sino. Se pasaba la mayor parte del tiempo quejándose de su suerte, poniendo verdes a todos los que, noche tras noche, no paraban de llorarle sus penas. «Como si yo les fuese a ayudar en algo. ¡Yo, que no sé ni deletrear correctamente «hipopotomonstrosesquipedaliofobia»! ¿Por qué no me dejáis en paz y os vais a darle el coñazo al Sol? ¿No lo consideráis el “astro rey”? ¡Pues acudid a él y dejadme a mí a mi puta bola, nunca mejor dicho!».
Al quinto día llegué a la Ciudad de los Tópicos, llamada así porque todos sus habitantes llevan por nombre alguna de esas frases que, de tanto que se ha abusado de ellas, suenan manidas y desgastadas, como las metáforas de un mal poeta.
Pregunte en la taberna de Tiene Más Razón Que Un Santo. Allí le darán la información que busca —me dijo un lugareño, de nombre Sol Que Raja Las Piedras.
Seguí las indicaciones de aquel hombre, lo que me hizo enfilar un mercado, torcer en una intersección y atravesar varios callejones de suelo empedrado hasta acabar en una amplia plazoleta. Allí encontré la taberna de la que me había hablado aquel buen hombre.
Tras una sucia barra de oscura madera se erguía un fornido tabernero.
Saludos, forastero. Mi nombre es Tiene Más Razón Que Un Santo. ¿Qué le sirvo? —dijo el tabernero.
Soy escritor. Hace unas semanas emprendí un largo viaje en busca de la inspiración, lo que me ha traído hasta aquí. Un lugareño, de nombre Sol Que Raja Las Piedras, me habló de su establecimiento. Me dijo que usted me facilitaría el nombre de quien podría indicarme el camino que conduce a la Sagrada Montaña de la Creación Literaria Chachi Piruli.
El hosco tabernero me miró de arriba abajo. Luego de abajo a arriba. Seguidamente lo hizo de izquierda a derecha; y luego de derecha a izquierda. También me miró en oblicuo. Para ello torció el cuello de manera un tanto forzada. A continuación, me echó una mirada en diagonal con leve inclinación hacia la derecha; repitiendo el gesto en una nueva diagonal con inclinación hacia la izquierda. También me miró en zig-zag; y hasta lo vi dedicarme una torva mirada mientras daba pequeños saltitos tras la barra. En este punto, llegó su esposa y le propinó un sonoro sopapo con la mano abierta en todo el cogote.
¿Quieres dejar de hacer el gamba, so idiota? —gritó la mujer en un tono que evidenciaba resentimiento.
Hondamente avergonzado, el tabernero no volvió a dirigirme la mirada; ni de arriba a abajo, ni de abajo a arriba, ni en oblicuo, ni en diagonal, ni de ningún otro modo habido y por haber. Simplemente bajó la mirada y, con la vista clavada en el sucio suelo de su establecimiento, se sumió en un hondo estado de vergüenza extrema.
Adaptándome a aquel nuevo giro de los acontecimientos, inicié el diálogo con la mujer del tabernero, que resultó llamarse En Fin, Pilarín. Repetí mi presentación; tras hacerlo, ella me contestó:
El hombre que busca se llama Pensar Para Mis Adentros. Es ése de ahí —la tabernera señalaba a un viejo, de larga melena canosa y poblada barba, que ocupaba una de las mesas del fondo.
Agradecí la información, y dirigí mis pasos hacia el señalado.
¿Y tú, quién eres? —me espetó de muy malos modos el viejo.
Soy escritor y…
¡Perfecto, justo lo que el mundo necesita, otro tío de esos que escriben cosas! Parece que ahora, con ese invento del demonio que es Internet, a todos os ha dado por escribir. Y no sólo eso, sino que, además, publicáis lo que escribís. ¡Cómo si le fuese a interesar a alguien! ¿Y qué puedo hacer por ti, chico?
Me han dicho que usted conoce el camino que lleva a la Sagrada Montaña de la Creación Literaria Chachi Piruli. ¿Es eso cierto?
¡Y yo qué sé lo que te han dicho! ¿Crees que soy adivino?
Me refería a si es cierto que conoce el camino.
Es posible.
Si lo que pretendéis es que os dé dinero por vuestra información, permitidme advertiros que soy un escritor pobre.
El viejo torció el gesto.
Mierda —dejó caer con fastidio—. Dime que al menos tienes suficiente como para invitarme a una maldita cerveza.
Me acerqué hasta la barra y pedí a la tabernera que me sirviese dos cervezas de grifo. Con ellas en la mano regresé adonde el viejo. Me senté frente a él.
El viejo dio un largo trago a su cerveza. Luego eructó, y un agrio pestazo a dientes podridos y bacterias muertas abofeteó mis pituitarias.
¿Qué quieres saber?
Quiero que me enseñe el camino que conduce a la Sagrada Montaña de la Creación Literaria Chachi Piruli.
¿Con qué intención?
Perdí mi inspiración. Y es posible que allí encuentre las respuestas que busco.
No sé, chico. Yo no estaría tan seguro de que allí vayas a encontrar lo que buscas.
Seré sincero con usted: no las tengo todas conmigo. Yo, al igual que usted, también albergo mis dudas. Nada me garantiza que llegar hasta allí vaya a solucionar mi problema. Pero una cosa sí que sé: si no lo intento al menos, esa duda acabará corroyéndome por dentro como el óxido que corrompe el casco de un viejo barco.
El viejo Pensar Para Mis Adentros hizo honor a su nombre y «pensó para sus adentros». Podría haber pensado para sus afueras, pero ante el temor de que sus pensamientos anduviesen igual de podridos y apestosos que su aliento, agradecí que no lo hiciese.
Al cabo de un rato, que aprovechó para liquidar de un trago el resto de su cerveza, acabar con la mía y volver a eructar, resolvió:
Está bien. Seré sincero contigo. No tengo ni puta idea de dónde diablos está la Sagrada Montaña de la Creación Literaria Chachi Piruli. Pero…
¡Será mamón! —grité preso de la rabia.
Tranquilízate, muchacho. No soy un embaucador. Cuando digo que no sé dónde se encuentra la montaña que buscas, digo la verdad. Pero que no sepa dónde está no significa que no pueda ayudarte.
¿Cómo?
¿Tienes donde anotar? Te daré un nombre y unas señas. Él sabrá guiar tus pasos hacia el lugar que buscas.

(Continuará…)

miércoles, 6 de marzo de 2019

LA ÉPICA DEL ESCRITOR (Parte 9)

Portadas de "Los 20 libros que hay que leer antes de morir", según la revista GQ

Para leer parte 1 pincha aquí.
Para leer parte 2 pincha aquí.
Para leer parte 3 pincha aquí.
Para leer parte 4 pincha aquí.
Para leer parte 5 pincha aquí.
Para leer parte 6 pincha aquí.
Para leer parte 7 pincha aquí.
Para leer parte 8 pincha aquí.


Por desgracia para mí, nunca he sabido nadar y guardar la ropa. Yo siempre he sido más de ir a pecho descubierto —el derecho, para más señas, ya que en el izquierdo tengo una segunda tetilla de la que no me siento demasiado orgulloso, pues suspendió Lengua en segundo de Bachiller y, desde entonces, escribe igual de mal que un redactor de un periódico cualquiera de tirada nacional—.
No es que me considere alguien excesivamente valiente. No lo soy. Aunque tampoco me considero un cobarde. En cierto modo me siento identificado con la figura de Hernán Cortés: osado cuando las circunstancias me obligan a ello y con mentalidad de destruir las naves tras de mí para evitar retroceder al primer obstáculo en el camino.
Una vez que me lanzo lo hago asumiendo todas las consecuencias. Y es que, a veces, la peor derrota, la más íntima y, por lo tanto, la más dolorosa y difícil de asumir por recurrente en nuestra memoria, consiste en ceder a tu propia indecisión y acabar no haciendo nada por temor a errar.
Si lo piensas, la vida consiste en tomar decisiones; todo el tiempo, a todas horas. Luego, a tenor de los resultados, sabrás si has tomado la decisión correcta o no. Nunca antes.
Mi decisión ante la disyuntiva que se me planteaba fue la de cruzar a nado el Mar de la Crítica. Mi único temor era que aquel mar estuviese infestado de tiburones de las altas finanzas, y que, cegados por su avaricia sin límites, decidiesen lanzarme una opa hostil en mitad de la travesía. Ante tal temor decidí cubrirme las espaldas llevando conmigo un extracto de mi cuenta de autor en Amazon, dando por hecho que, al ver las ridículas cifras de ventas de mis libros, me dejarían en paz y acabarían por buscarse pastos más verdes donde clavar sus sucias zarpas.
Nadé con vigoroso ímpetu, pues temía quedar estancado en aquel deprimente lugar. En mi travesía advertí a un montón de escritores que nadaban dispersos y separados entre sí. El de escritor es un trabajo solitario e individualista, y pocas veces se confraterniza entre compañeros de letras. Salvo raras excepciones, un escritor no suele tener amigos escritores. O, al menos, no por mucho tiempo, pues tarde o temprano saldrán a relucir los celos y las envidias del éxito ajeno. Es una profesión cainita la de escritor, en la que el éxito del que detestas no dudas en concedérselo a la suerte. Al menos yo lo hago, e imagino que otros lo harán conmigo. La imperfección del ser humano forma parte de nuestro encanto; no conozco nada más repelente que alguien que se considere perfecto.
Entonces se desató una fuerte tormenta. El cielo se tiñó de violeta y negro, y de los oscuros nubarrones que surcaban los cielos surgieron ruidosos y luminosos rayos, afilados como puyas de escritores de mediocridad latente celosos del talento que otros tienen mientras que a ellos les es negado.
El estruendo era ensordecedor. Olas gigantes surgían de todas partes zarandeándome caprichosamente a su merced, como si en vez de olas fuesen funcionarios públicos queriendo quitarse de encima a un contribuyente cualquiera mediante el método de remitirlo a mil y una estancias y departamentos distintos al suyo bajo la excusa: «Eso no es aquí. Su gestión la lleva otro departamento».
La tormenta se alargó una hora, quizás más, tras lo cual cesó. Y lo hizo del mismo modo en que empezó: de manera abrupta; como esos desconcertantes y decepcionantes finales de algunos de los cuentos cortos de Raymond Carver.
Como pasa siempre, desde que el mundo es mundo, tras la tormenta vino la calma. Celebré estar vivo. Si no perecí ahogado fue por mi férrea determinación en querer llegar sano y salvo al final de mi aventura. La perseverancia es un bien muy preciado en una profesión tan llena de obstáculos como la nuestra.
Otros no tuvieron tanta suerte, ni, desde luego, tanta determinación. A mi alrededor flotaban un montón de cuerpos de escritores ahogados en su propia desgracia. Mal asunto caer señalado por la crítica despiadada cuando has invertido tanto tiempo de tu vida, robándoselo al sueño y a tu descanso, para crear algo de la nada, trabajarlo y modelarlo con la pasión y dedicación de un artesano enamorado de su oficio hasta dar forma a algo que colme tus aspiraciones. Triste recompensa una mala crítica por algo que representa un pedacito de tiempo de tu breve paso por la vida; tiempo que no vas a recuperar de ningún modo, y que nadie te va a devolver; ilusiones rotas en mil pedazos como un valioso jarrón chino estampado violentamente contra el suelo.
Divisé a lo lejos una barcaza. En lo alto del mástil ondeaba una extraña bandera, compuesta por un dedo acusador formando parte de un puño cerrado.
Con la barcaza a mi altura, su único tripulante se dirigió a mí en los siguientes términos:
¿Es usted escritor?
Lo soy —repliqué con orgullo.
Suba. Le llevaré a la costa.
Calado hasta los huesos como estaba, agradecí el ofrecimiento de aquel desconocido; y, aunque con reservas, acepté su invitación.
El tripulante desplegó las velas, y un viento favorable de poniente nos puso en marcha hacia el este; precisamente el lugar hacia donde me dirigía.
Mi nombre es Criticón. Me dedico a la crítica literaria profesional.
Pues qué bien —dije en tono irónico.
¿Tiene algún manuscrito al que pueda echarle un ojo?
Mejor no.
¿Y eso?
No me hace especial ilusión ver a un crítico profesional husmeando en las cosas que escribo —confesé.
Un autor debe asumir que su obra, si se hace pública, estará sujeta de por vida al escrutinio de la crítica especializada —insistió él.
¿Puedo serle franco?
Por favor.
Nunca entendí el placer que se experimenta machacando el trabajo de otros. En cierto modo, los críticos profesionales son como los jefes, siempre echando por tierra el trabajo de sus inferiores en rango, minimizando sus logros y poniendo el foco en sus defectos.
El tipo aquel, Criticón, sonrió. No advertí ironía ni condescendencia en su sonrisa, por lo que me dispuse a acoger de buen grado lo que tuviese a bien decirme.
Admito que su argumentación no está exenta de una cierta lógica. Sin embargo, ¿se ha parado a pensar qué pasaría si no existiese la crítica profesional en el mundo del arte?
¿Qué el mundo sería un lugar mejor para vivir?
Criticón rio divertido, lo cual confirmó que aquel tipo tenía sentido del humor. Empezaba a caerme bien.
Aún admitiendo lo ingenioso de su respuesta, le diré lo que pasaría si no existiese la crítica profesional: que viviríamos rodeados, invadidos, ahogados en un mar de mediocridad. A poco que lo piense, nosotros somos como el personal de limpieza de un ayuntamiento cualquiera. Gracias a nuestra labor, las calles de la literatura lucen limpias y despejadas de suciedad e inmundicia.
¿Puedo hacerle una pregunta personal?
Adelante.
¿De dónde les viene ese afán por criticarlo todo?
Es algo innato. Nos viene en los genes. Le diré algo sobre nosotros que muy poca gente sabe. Nosotros somos críticos por naturaleza. Para que se haga una idea, cuando somos bebés y aún estamos en nuestro periodo de lactancia, nos pasamos buena parte del día criticando la leche materna.
¡No puede ser!
Pues sí. Lo es. Mientras mamamos del pecho de nuestra madre, calibramos el sabor de su leche, el color, su textura, y vamos tomando notas de todo en pequeñas libretas que almacenamos en nuestras cunas. A cada nueva anotación le vamos asignando una valoración por puntos, siendo cinco la máxima puntuación posible. He de decir, siendo honesto del todo, que rara vez otorgamos cinco puntos. Si lo hiciésemos, ya tendría que ser LA LECHE, así, en mayúsculas.
Aquello me hizo reflexionar en profundidad.
Al margen de la leche materna, ¿alguna vez le habéis concedido cinco puntos a alguna obra?
Sólo a clásicos imperecederos. Algunos son un coñazo, como los libros de Joyce o el peñazo de Moby Dick. Pero hay que seguir la corriente, pues de lo contrario te arriesgas a ser tachado de inculto e ignorante. Déjeme que sea yo quien os haga a vos una pregunta. ¿Puedo? —dijo Criticón.
Adelante.
¿No hacéis vosotros exactamente lo mismo que nosotros? Quiero decir, cuando un libro os gusta lo alabáis, y no dudáis en dedicarle las más elogiosas frases, mientras que cuando os disgusta lo criticáis de manera cruel e inmisericorde, vomitando toda vuestra rabia y descontento contra el autor y su obra, por haberos hecho perder un tiempo precioso que jamás recuperaréis, por no hablar del dinero que os ha costado.
Puede que todos llevemos un crítico dentro. No lo niego. Sin embargo, a diferencia de vosotros, nosotros no estamos «contaminados» por intereses ajenos a nuestro propio criterio, ni vivimos subyugados a su poder.
¿A qué «intereses» os referís? —quiso saber Criticón.
A obras publicadas por empresas del mismo grupo para el que trabajáis, o para el que desearíais trabajar. A libros de amigos editores o amigos escritores; incluso de editores y escritores que detestáis pero que, debido a su posición de poder, vivís sometidos a ellos, bien sea para devolver algún favor o para evitar caer en desgracia.
Mi razonamiento logró dar en la diana.
¡No somos monstruos, por Dios! —se defendió Criticón—. Los críticos también somos seres sociales, y necesitamos mantener vínculos afectivos. Y, sobre todo, nunca, jamás, bajo ningún concepto, mordemos la mano del que nos da de comer. Podemos ser unos capullos engreídos y demasiado pagados de nosotros mismos, hasta el punto de arrogarnos el derecho de decirle a los demás lo que tienen que leer, haciendo estúpidas listas bajo títulos tan rimbombantes como «Los veinte libros imprescindibles», «Biblioteca esencial» o «Lo que tienes que leer sí o sí porque lo digo yo, y punto, o mira que saco la zapatilla y te doy». Todo eso es cierto. Podemos ser estúpidos, pero no gilipollas.
Desearía que en este noble oficio de escribir no hubiese tantos intereses comerciales en juego. Siempre lo he sentido así. Tal vez mi condición de romántico empedernido juegue en mi contra, pero desde que empecé a mostrar interés por cualquier manifestación artística me sentí más inclinado hacia la parte artística en detrimento de la parte más comercial del asunto.
Supongo que por mis palabras me he ganado a pulso el derecho a ser expulsado de su embarcación.
Criticón esbozó una amable sonrisa.
Ya se lo he dicho. No somos monstruos. Le llevaré a la costa.
Y lo hizo.

(Continuará...)