miércoles, 13 de diciembre de 2017

UN LARGO VIAJE (Parte 2)


Un día, trabajando fuera de horas en la oficina, me vino una pequeña historia a la cabeza; el inicio en realidad. La cosa es que aquel inicio era tan prometedor que dejé lo que estaba haciendo, abrí el procesador de textos, y empecé a transcribir lo que mi cerebro pergeñaba.
En poco más de media hora ya tenía media historia escrita. Lo más curioso de todo era que aquella historia me tenía tan enganchado que yo mismo apremiaba a mi cerebro con preguntas tipo: «Vale, esto es genial, ¿qué ocurre ahora? ¿Dónde va ese personaje? ¿Qué va a hacer a partir de aquí?». O sea, que mi parte lectora se había enganchado a lo que mi parte creativa estaba creando. Qué cosas.
       Lo cierto es que en poco más de una hora tenía un esbozo más o menos definido de la historia: con principio, nudo y un posible final.
Aquella experiencia fue una de las más alucinantes que había tenido en toda mi vida. Había sacado una historia de la nada, sin proponérmelo siquiera, como si hubiese llegado a mí desde algún remoto lugar de origen desconocido, se me hubiese metido en el cerebro y alguien me la estuviese dictando para que yo la escribiese.
Insisto: aquello fue realmente alucinante.
Aquella experiencia había sido tan gratificante que, a partir de aquí, comencé a sentir la necesidad de escribir mis historias de una manera más «literaria», ya que hasta entonces lo único que había hecho era escribir pequeñas ideas o frases que sirviesen de base para mis dibujos o cómics.
Desde mis tiempos de estudiante —hace siglos de eso— he tenido la sana —o insana— costumbre de llenar libretas con pequeñas ideas, frases, esbozos, dibujos, etc.
También aprovechaba las agendas que me regalaban en el trabajo, o las que me regalaban mis familiares, para llenarlas con mis mierdas. Por llenar que no quede, ¿no?

Estas son algunas de las libretas con apuntes que aún conservo (1990-1997)
Algunas de las chorradas que contienen esas libretas
(abajo del todo se puede ver la fecha: Septiembre de 1997)

Este es otro de los cómics que hice y que aún conservo. Año 1991.


Así que, en poco más de un año, ya tenía material suficiente como para conformar una primera antología.
En 1996 llevé al Registro de la Propiedad Intelectual mi primera colección de relatos. En apenas 73 folios desplegaba todo mi arsenal literario de entonces —algunos relatos, un par de piezas teatrales, diversos ensayos de corte humorístico y una pequeña colección de aforismos—.

Mi primera colección de relatos que registré en 1996. Nótese el nombre de la editorial ficticia que me inventé para la ocasión: EDITORIAL SINGUITA (en Canarias, por aquellos años, "sin guita" significaba "sin dinero"). Desde luego, el sentido del humor me acompaña como la Fuerza a Luke Skywalker: desde siempre.

Algunas de esas piezas sirvieron de base a algunos de los cuentos y relatos que años más tarde aparecerían en algunos de mis libros de la colección ABSURDAMENTE, como, por ejemplo, Diario de un taxista en Nueva York, Pues sí que estaba oscuro o Ralph el plasta; eso sí, las versiones que acabaron en los libros están mucho más trabajadas, todas ellas fueron ampliadas y desde luego mejoradas (habían pasado casi veinte años desde que las escribiese por primera vez).
Hoy, al leer algunas de esas primeras piezas y compararlas con las cosas que escribo actualmente noto esa evolución en mis letras.
Han pasado veintitantos años desde entonces, y eso se nota. Y mejor que se note. Eso significa que he mejorado, que he adquirido experiencia y ganado en oficio. Porque escribir, además de un arte, es un trabajo que requiere de mucho esfuerzo y dedicación si pretendes vivir de ello.
Y para hacerlo bien —lo de escribir— debes leer mucho, y aprender cómo lo hicieron otros hasta encontrar tu propio estilo, tu propia voz.
Y es que los escritores, o los aspirantes a serlo —aún no tengo muy claro cuándo alguien debe considerarse a sí mismo escritor— somos la suma de nuestras lecturas. Cuantos más libros de otros autores nos vayamos echando a la espalda, más rica y amplia se irá haciendo nuestra visión literaria.
Aprenderás casi sin darte cuenta, de los libros buenos y también de los malos. De los libros buenos aprenderás lo que debes hacer para mejorar tus escritos, y de los libros malos aprenderás lo que debes evitar para no caer en los mismos errores que sus autores. Lo de valorar si un libro es bueno o malo o si un autor es bueno o malo lo dejo en manos de cada uno. Cada cual tiene sus gustos y sus preferencias y busca cosas distintas en los libros, de ahí que no haya una misma respuesta a la pregunta de si un libro es bueno o malo; dependerá siempre de tu percepción como lector.
Esto no quita para que, como autores, opinemos sobre lo que nos parece tal o cual libro o tal o cual autor. Porque si hay algo que nos enseña el leer mucho es a ir construyendo un criterio propio, y a tener cada vez más claro qué nos gusta y qué no.

La próxima semana cerraré este breve repaso a mis orígenes en esto de la escritura con un último post.


Este dibujo (copiado de la portada del "Somewhere in time" de Iron Maiden) lo hice en 1987 con una caja de rotuladores Carioca de seis colores. De los pocos dibujos que aún conservo. Lástima no haber conservado más cosas de las que hacía entonces. Pero el espacio es limitado, y la paciencia de mis padres finita. ; )



sábado, 9 de diciembre de 2017

UN LARGO VIAJE (Parte 1)


Hace unos días Ana Palacios, administradora del blog Cuenta conmigo, me decía en un correo que le gustaba mucho mi forma de escribir y me preguntaba cómo había aprendido a escribir del modo en que lo hacía.
Lo primero que hice fue agradecerle el cumplido. Como diría el rey emérito: «Me llena de orgullo y satisfacción saber que mi trabajo es valorado y apreciado».
Lo siguiente que hice fue echar la vista atrás, a mis inicios en esto de la escritura.
Todo aprendizaje requiere de un largo proceso, repleto de etapas, con sus dudas y certezas.
Mi viaje comenzó hace unos cuantos años.
Hagamos un viaje atrás en el tiempo, hasta 1991.
He de decir que la mía fue una vocación tardía. No empecé a trabajar en serio mis textos hasta los veintitrés o veinticuatro años. Hasta entonces me limitaba a dibujar cómics y chistes ilustrados. Incluso en 1991 me llegué a presentar a un concurso de cómics que organizaba el Cabildo de Gran Canaria. Quedé tercero. Algún día contaré porqué se me quedó cara de gilipollas en la gala de entrega de premios por culpa de un malentendido.

Detalle de un par de páginas del cómic que presenté a concurso en 1991

A los veinte años yo no era el lector que soy ahora. Ni de lejos. Era más lector de cómics que de libros. Devoraba cualquier cómic que cayese en mis manos (El Víbora, CIMOC, Metal Hurlant, El Jueves, Moebius, etc).
Supongo que de ahí me viene esa obsesión por contar historias y mantener un determinado ritmo narrativo, centrándome en lo que quiero contar y evitando aburrir al lector con detalles innecesarios. A veces, menos es más (este es un concepto únicamente aplicable al arte, y en modo alguno aplicable a los sueldos ni a las pensiones, donde menos es siempre menos. Por desgracia).

Un día, a mediados de los noventa, compré mi primer libro en un estanco que había en la misma calle de las oficinas donde yo trabajaba de administrativo. Aquel primer libro fue El sombrero de tres picos, de Pedro Antonio de Alarcón. Me gustó tanto aquel libro que despertó en mí un inusitado interés por la lectura.

Este fue el primer libro que compré. Aún forma parte de mi biblioteca personal.

Aprovechando que justo por aquellos días la editorial RBA acababa de lanzar al mercado una colección de grandes autores contemporáneos en edición bolsillo, decidí hacer la colección. Entre aquellos libros y autores se encontraban Ernest Hemingway (El viejo y el mar y Las nieves del Kilimanjaro), Arturo Pérez-Reverte (El club Dumas y El maestro de esgrima), Milan Kundera (El libro de los amores ridículos), Gabriel García Márzquez (Crónica de una muerte anunciada, Cien años de soledad, El otoño del patriarca), Isabel Allende (Los cuentos de Eva Luna, La casa de los espíritus), George Orwell (Rebelión en la granja), etc.

Estos son algunos de los títulos que aún conservo de 
aquella colección de clásicos que RBA editó allá por 1995.

Recuerdo que cada semana salía un nuevo libro de la colección, y que mis lecturas se iban solapando unas con otras, ya que mi tiempo por aquel entonces era bastante limitado (además de trabajar, estudiaba por las noches).
Aunque con el tiempo llegué a regalar algunos de aquellos libros (los que no me gustaban -el dichoso Ulises de Joyce entre ellos-), aún conservo una veintena de ellos. Le tengo mucho cariño a esa colección, ya que fue el inicio de una afición que ya no me abandonaría jamás, y que, con el tiempo, acabaría germinando en mí la necesidad de contar mis propias historias.

(continuará...)


El inicio de una afición



miércoles, 29 de noviembre de 2017

ALGUNAS DE MIS ÚLTIMAS LECTURAS



Este año (2017) está siendo bastante fructífero en cuanto a lecturas. Un año de grandes descubrimientos, como Haruki Murakami y Amelie Nothomb; de grandes reencuentros, como Kurt Vonnegut; y de momentos muy divertidos —incluso hilarantes— de la mano de Caitlin Moran y Arto Paasilinna.
Pero como diría Jack el Destripador: «Vayamos por partes, tío» (lo sé, es un chiste más viejo que la corrupción urbanística; pero, ¿a qué es gracioso? —me refiero al chiste, no a la corrupción. La corrupción, puñetera gracia que me hace—).
A continuación hablaré de algunos de los autores y libros que más me han sorprendido —para bien—. La lista no tiene ningún orden específico, aclaro.

CAITLIN MORAN. "CÓMO SE HACE UNA CHICA".



  Confieso que no sabía absolutamente nada de esta autora en el momento de empezar a leer esta novela suya, que ella se empeña en dejar muy claro que no es autobiográfica a pesar de tener algunos puntos en común con su propia vida.
La novela narra las aventuras de una adolescente británica, Johanna Morrigan, que vive en los Midlands (la zona media de Gran Bretaña), en una casa de protección oficial ubicada en Wolverhampton. Su familia —padre, madre, hermano mayor, hermano pequeño, hermanita recién nacida—, es una fuente inagotable de problemas y situaciones de lo más jocosas y vergonzantes. Su padre, por ejemplo, es un cincuentón desempleado que vive pegado a una botella para mitigar la frustración que le provoca el hecho de haber fracasado en sus numerosos intentos por convertirse en un ídolo del pop/rock. A pesar de ello, el hombre aún lo sigue intentando, grabando cintas con efectos inverosímiles y versiones igual de inverosímiles de clásicos del pop y el rock de los setenta y ochenta, y volviendo loca a su hija para que use sus contactos en la industria de la música para conseguirle un contrato de grabación.
El lenguaje empleado por Moran durante toda la novela es contundente, procaz y muy, muy divertido. Tremendamente divertido. Hay pasajes en la novela en que tienes que soltar el libro al tiempo que sueltas la carcajada.
En una de las reseñas que leí a propósito de este libro, Lionel Shriver apuntaba: “Una novela que arranca con su narradora de catorce años masturbándose en la cama que comparte con su adormilado hermano pequeño no puede ser mala. Me declaro fan de Caitlin Moran”.
Lo suscribo.

KURT VONNEGUT. "MATADERO CINCO" y "EL DESAYUNO DE LOS CAMPEONES".


De Kurt Vonnegut (1922-2007) he leído hasta el momento tres novelas, incluyendo estas dos, y las tres me han fascinado desde el principio.
Vonnegut tiene una manera muy particular de plantear sus novelas, con numerosos saltos en el tiempo y referencias cruzadas que, sin embargo, no le restan emoción a la historia que quiere contar.
Lo que más me llama la atención de este genial autor es la cantidad de personajes extraños, excéntricos y poco comunes que hace desfilar en sus novelas, y la cantidad de situaciones y reacciones que dichos personajes provocan.
Estas dos novelas (Matadero Cinco —considerada por muchos como su mejor novela— y El desayuno de los campeones), cuentan con la participación de un personaje bastante recurrente en la obra de Vonnegut, el escritor ficticio Kilgore Trout. Tal y como lo describe el propio Vonnegut en sus novelas, Kilgore Trout «es un escritor de ciencia ficción de escaso éxito aunque con una abundante colección de relatos publicados, que goza de un reducido aunque fiel número de fans y que sólo consigue publicar sus mediocres historias en revistas pornográficas, hecho que al autor le da exactamente igual porque, según él mismo reconoce: “De todos modos, nadie las lee”».
Según he podido leer en algún sitio, el personaje de Trout está basado en un autor real, de nombre Theodore Sturgeon.
Si tuviera que escoger una novela para iniciarme en el rico universo de Vonnegut yo me decantaría por Matadero Cinco, basada en buena parte en su propia experiencia como soldado del ejército estadounidense formando parte de la 106 División de Infantería durante la Segunda Guerra Mundial.
En la novela narra el atroz bombardeo que sufrió la ciudad alemana de Dresde, hecho que fue silenciado por las autoridades de uno y otro bando, y en la que se calcula que perdieron la vida cerca de 135.000 civiles. Vonnegut fue hecho prisionero por el ejército alemán y recluido en los sótanos de un antiguo almacén para empaquetar carne denominado Matadero Cinco —de ahí el título de la novela—. Durante su cautiverio fue obligado a trabajar apilando cadáveres para enterrarlos en las fosas comunes.
A pesar de la sordidez de los acontecimientos narrados, Vonnegut se sirve del humor, la ironía y unas elevadas dosis de cinismo para que la lectura de esta novela resulte una experiencia cuanto menos fascinante.

EDWARD ABBEY. "LA BANDA DE LA TENAZA".


Edward Abbey (1927-1989) fue un autor estadounidense cuya vida daría para una novela. Naturalista y ecologista desde la adolescencia, se dedicó durante buena parte de su vida a recorrer de parte a parte su país (EEUU) como un hobo —trabajador ocasional vagabundo—.
Sirvió a su país en Italia durante la Segunda Guerra Mundial. A su regreso a los Estados Unidos cursó estudios de Filosofía y simpatizó con la causa anarquista.
En esta novela —La banda de la tenaza—, Abbey narra las hazañas de un pequeño grupo de ecologistas convencidos que deciden llevar hasta sus últimas consecuencias su guerra particular contra el progreso y la destrucción del Medio Ambiente. Para ello se sirven de pequeñas acciones en forma de sabotajes y actos vandálicos que, sin ocasionar víctimas, causan enormes desperfectos de cuantiosas pérdidas económicas, lo cual obliga a las autoridades a tomar cartas en el asunto movilizando a medio ejército tras su pista.
Aunque la novela tiene algunos momentos realmente brillantes —la relación entre los distintos miembros del grupo nos regala unos diálogos soberbios—, en ocasiones peca de demasiado «densa», ya que el autor insiste en detenerse en cada mínimo detalle en las descripciones, tanto de los escenarios donde transcurren las acciones como en los objetivos o las herramientas, utensilios o artefactos empleados.
 Para mi gusto, le sobran páginas. Aún así, es una novela entretenida con un punto de partida muy original.
Como aliciente destacado, debo hacer mención a las magníficas ilustraciones del siempre genial Robert Crumb. En cada inicio de capítulo, Crumb ilustra con un dibujo aquella escena que define el capítulo que nos disponemos a leer. 

ARTO PAASILINNA. "EL AÑO DE LA LIEBRE".


Cuando conocí a mi buena amiga Clara Serrano, a través de uno de mis relatos impregnados de humor absurdo, me habló de un autor finlandés que se contaba entre sus favoritos. Y de su extensa bibliografía —Paasilinna es autor de más de una treintena de libros— al final me decanté por El año de la liebre, considerada por muchos como una de las más divertidas de su autor.
Durante mi larga convalecencia logré que llegase a mis manos un ejemplar de esta ingeniosa, divertida y adictiva novela, escrita con un lenguaje ágil y conciso, que invita a seguir leyendo página tras página a pesar del cansancio provocado por horas de lectura prácticamente ininterrumpida.
A mi modo de ver la comedia debe funcionar como el mecanismo de un reloj: con los engranajes perfectamente engrasados y con una exactitud milimétrica en el ensamblaje de sus piezas. Si no cumples con estos principios básicos, lo más probable es que acabes consiguiendo justo el efecto contrario que persigues: aburrir.
Con esta novela, Paasilinna no sólo consigue divertir y entretener a partes iguales, sino que además lo hace de una manera que resulta condenadamente adictiva. Creo que me ventilé esta novela de poco más de 150 páginas en apenas un par de días. Y fue una experiencia sumamente placentera.
Por todo ello, sólo puedo decir: gracias, Clara. Gracias por descubrirme a este interesante autor del que espero seguir leyendo alguna de sus otras novelas.

AMÉLIE NOTHOMB. "ESTUPOR Y TEMBLORES" y "ATENTADO".


Tenía muchas ganas de leer algo de esta escritora belga. De entrada, su biografía ya me llamó poderosamente la atención, ya que, por la profesión de su padre —diplomático belga—, Amélie —de nombre real Fabienne Claire—, vivió su infancia y adolescencia en Japón.
De su estilo se ha dicho que es valioso y pedante, pero a la vez cómico y con mucho carácter. Se la tacha de ser muy precisa en el uso del lenguaje y de hacer un manejo magistral del absurdo (supongo que obvia decir que esta parte fue una de las que mayor fascinación ejercieron en mí. Adoro el absurdo y todo lo que tenga que ver con esta forma de ver y entender el mundo y, por extensión, el arte).
La primera novela suya que cayó en mis manos fue Estupor y temblores. En esta novela, Amélie narra en primera persona su extraña y surrealista experiencia como única empleada occidental en una empresa puramente nipona. El choque de culturas, la absurda manera que tienen sus jefes de llevar los asuntos de la empresa —que la llevan de ser nombrada adjunta al departamento de finanzas sin tener ni idea de contabilidad y de ahí acabar haciéndose cargo de los urinarios de la planta donde trabaja—, hacen de esta novela una de las más adictivas que han pasado por mis manos en los últimos meses —me la ventilé en dos días—.
La lectura de Estupor y temblores me resultó tan placentera que fui corriendo a la biblioteca a por otra novela de la misma autora. La elegida fue Atentado.
Si bien esta segunda no me pareció tan redonda como la primera, su lectura no me desagradó. Tras un prometedor comienzo, el protagonista narra en primera persona su experiencia personal, desde su infancia hasta su juventud, siendo considerado un «monstruo feo y horripilante» debido a su aspecto físico, el cual causa repulsión y rechazo en la sociedad, hasta su determinante encuentro con una hermosa joven, aspirante a actriz, que lo acoge como su mejor amigo y confidente.
A lo largo de la novela la autora nos va adentrando en la mente obsesiva del protagonista en relación a su musa, de la que se siente perdidamente enamorado. Su obsesión va alimentando en él su deseo de poseer al objeto de su deseo, hasta el punto que, con una arrogancia impropia de alguien que ha vivido el rechazo desde muy joven, consigue lo que a priori parecía imposible: convertirse en uno de los modelos masculinos más cotizados del mundo.
Una novela entretenida y, por momentos, oscura.


Y ahora hablaré de aquellos libros cuya lectura me resultó insufrible y aburrida, hasta el punto de dejarlas a medias (ya no tengo edad para perder el tiempo con libros que no me divierten o entretienen).
O mejor no. ¿Para qué perder el tiempo hablando de libros aburridos?




martes, 21 de noviembre de 2017

GRACIAS, IRENE F. GARZA



Para un autor como yo, autopublicado (sí, ¿qué pasa? ¿Algún problema? Pues eso), cada venta de un libro mío es un pequeño triunfo, una pequeña victoria que, si bien no sirve para ganar una guerra, sí que dota de munición suficiente para seguir atrincherado con opciones de ganar la batalla final por la supervivencia literaria.
Escribimos porque nos apasiona, porque tenemos un montón de historias metidas en la cabeza que necesitamos poner sobre el papel, o reflejar en la pantalla del ordenador, y porque ansiamos, necesitamos publicarlas para que otros las lean, y de este modo poder provocarles todo el torrente de emociones que éstas encierran.
Cuando alguien compra un libro tuyo, lo que más deseas es recibir su impresión acerca de lo que ha leído: si le ha gustado, si ha disfrutado con tus escritos, si le ha merecido la pena la inversión. Y cuando la respuesta es positiva, no puedes evitar acordarte de las horas y horas que le has dedicado a cada libro, la de horas que le has robado al sueño porque una historia no terminaba de coger forma en tu cabeza, o porque intuías que aún faltaba algo para redondear esa historia que te traías entre manos y que se te resistía o que había cosas que no te convencían del todo y que necesitabas pulir hasta quedar convencido al cien por cien.
Y cuando una lectora, alguien como Irene F. Garza, escribe cosas tan bonitas como las que ha escrito en su blog La Quimera acerca de lo que le ha parecido la lectura de mis libros, uno sólo puede estarle agradecido por su generosidad, su honestidad, su apasionado carácter y su valentía a la hora de apostar por un escritor autopublicado como yo.

Amigos, amigas, haceos un favor y visitad el blog de Irene F. Garza. Se llama LaQuimera. En él encontraréis historias, cuentos, relatos o piezas cortas, todo ello impregnado por el alma sensible de una mujer que da lo mejor de sí en cada cosa que escribe. 
Y además, he de añadir, porque me consta, y quienes la conocéis y la tratáis estaréis totalmente de acuerdo conmigo, que Irene es una de las chicas más generosas que te podrás encontrar en la blogosfera, siempre dispuesta a compartir y difundir no sólo sus letras sino la de todos aquellos que llaman su atención. 
Me siento afortunado de ser uno de esos beneficiarios de su generosidad.
Por todo ello, sólo me nace decir: ¡Gracias, Irene! ¡Gracias, chiquilla!

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Un abrazo.



miércoles, 15 de noviembre de 2017

COMPRADOR A DOMICILIO



Andy Warehouse salió al balcón de su casa, que daba a la calle, y echó un vistazo en derredor. Era domingo al mediodía, y por allí no pasaba nadie. Eso le desesperó.
Entró en su casa y encendió la televisión. No ponían nada interesante. Casi nunca ponen nada interesante; salvo que tengas pasta y puedas permitirte pagar por tener televisión de calidad. Así es como funciona el Sistema: si pagas obtienes algo que se sale de la mediocridad, y si no pagas te jodes con lo que haya. Y así con todo.
Andy apagó la tele y volvió a salir al balcón.
Esta vez distinguió a alguien a lo lejos que venía andando tranquilamente. La cara de Andy se le iluminó de repente. De haber sido perro a su rabo le habría dado «el baile de San Vito».
Estando a pocos metros de distancia, Andy llamó la atención del transeúnte.
¡Eh, oiga, usted! —gritaba Andy desde su balcón—. ¡Estoy aquí arriba!
El transeúnte alzó la vista y vio a aquel tío tan raro haciéndole señas desde el balcón. Luego miró alrededor y, al no ver a nadie, supuso que aquel chiflado se dirigía a él.
Disculpe, ¿habla usted conmigo?
Sí. ¿Cómo se llama?
¿Qué?
¿Cuál es su nombre?
Terence.
Encantado, Terence. Mi nombre es Andy.
Vale.
Por favor, Terence. ¿Sería usted tan amable de subir a mi casa? —propuso Andy.
¿Subir a su casa? ¿Con qué intención? —recelaba el transeúnte, con razón.
Tranquilo, Terence. Puede confiar en mí. No debe preocuparse. Será cosa de cinco minutos, se lo prometo —argumentó Andy, procurando imprimir a su voz un tono lo más tranquilizador posible. Por nada del mundo querría espantar al único ser humano que había decidido pasear por aquella calle secundaria aquel domingo por la mañana. Sólo Dios sabe cuando volvería a pasar alguien.
¿No será usted un pervertido, verdad? —preguntó el transeúnte con cierta inquietud. Justo entonces se percató de lo estúpido de su acción. Ningún pervertido habría respondido afirmativamente a semejante pregunta; son pervertidos, no gilipollas.
Oh, no. Le aseguro que no soy ningún pervertido. Dígame, Terence, ¿cree usted en Dios?
Ah, vale. Ya sé de qué va esto. Es usted un vendedor de Biblias y está intentando colocarme una, ¿no es eso?
No, no. Para nada. Dígame, ¿cree en Dios?
Sí.
Perfecto. Mire, Terence, yo también soy creyente. Por eso, le juro por Dios que si sube a mi casa no le pasará nada malo.
¿Me lo jura?
Se lo juro.
Está bien. Subiré. Pero sólo le dedicaré cinco minutos. Ni uno más.
Se lo garantizo. Espere, yo mismo le abriré la puerta del portal desde aquí. Luego coja el ascensor hasta mi casa. Yo vivo en el 2º Izquierda.
Terence se acercó hasta el portal. Se oyó un chasquido y la puerta cedió. Empujó la puerta y entró en el edificio. Tomó el ascensor y subió hasta el segundo piso.
Al salir del ascensor vio a Andy que le aguardaba en el rellano.
Buenos días —Andy estrechó la mano de Terence—. Por favor, tenga la amabilidad de pasar a mi casa.
Terence entró en la casa seguido por su anfitrión. Ambos accedieron al salón. Andy indicó a su invitado que tomase asiento en el sofá, mientras él se acomodaba en uno de los mullidos sillones.
¿Qué tal se encuentra usted? —se interesó Andy.
Para serle sincero, algo desconcertado.
¿Desconcertado?
Así es. Aún no tengo muy claro el porqué estoy aquí.
¡Y quién lo sabe! La Humanidad entera lleva desde los albores de la civilización haciéndose esa misma pregunta. Cientos de filósofos y pensadores a lo largo de los siglos intentando sin éxito responder a las mismas preguntas: ¿quiénes somos? ¿de dónde venimos? ¿hacia dónde vamos?
Me refería a porqué estoy aquí, en su casa —matizó Terence.
Ah, eso. Disculpe —dijo Andy—. Tiene usted razón. Debería haber empezado por ahí. Le he hecho llamar porque quiero que usted me venda algo.
No entiendo.
Soy un comprador a domicilio —dijo Andy.
¿Perdón?
He dicho que soy un comprador a domicilio. Usted vende y yo compro.
¡Pero yo no tengo nada que venderle! —dijo Terence preso del desconcierto.
¿Qué me dice de su reloj de pulsera?
¿Mi reloj?
Así es. Su reloj. ¿Me lo vende?
Atrasa —argumentó Terence.
Casi mejor. Así no tendré la sensación de que se me escapa el tiempo. Al contrario, será como si me regalasen un tiempo extra. Como en un videojuego. ¿Cuánto pide por él?
Lo siento. No está en venta —dijo Terence, rotundo.
¿Porqué no?
Porque lo necesito.
¡Pero si atrasa!
Da igual. Lo necesito igualmente.
Amigo Terence. ¿Le puedo llamar «amigo»?
No.
¿Enemigo, entonces?
Tampoco. Usted no me ha hecho nada malo, y nada me hace pensar que albergue intención de hacerme daño o desearme algún mal. Así que no puedo considerarle mi enemigo.
Está bien. ¿Qué tratamiento desea que le dispense?
Llámeme Terence a secas.
De acuerdo. Escuche, Terence a secas, ¿podría explicarme porqué cree que necesita un reloj?
Muy sencillo. Necesito saber qué hora es en todo momento. Me rijo por unos horarios; para levantarme de la cama por las mañanas; para coger el autobús; para llegar tarde a la oficina; para hacer una pausa y almorzar; para salir pitando a mi hora, llegar a casa y ver los programas de mierda de la tele; no tengo pasta y no puedo permitirme gastar dinero en canales de pago, ¿sabe usted?; para controlar el tiempo de cocción de unos huevos pasados por agua. En fin, necesito medir el tiempo. Como todo el mundo. Por eso necesito mi reloj.
Andy comenzó a aplaudir.
¡Bravo, Terence a secas! Su presentación ha sido tan elocuente que ha avivado en mí el deseo de comprarle su reloj. Pagaré lo que me pida. ¿Le parecen bien cincuenta euros?
Ya le he dicho que mi reloj no está en venta.
¿Cien?
No.
¿Ciento cincuenta? ¿Doscientos, quizás? —insistía Andy.
No. Olvídelo.
Es bueno negociando, Terence a secas. De acuerdo. Olvidemos el reloj. ¿Qué me dice de su traje?
¿Mi traje?
Tiene buena pinta. Parece caro.
Pues no lo es. En absoluto. Lo compré en unos grandes almacenes. En rebajas.
Vamos, Terence a secas. Contribuya un poco, ¿quiere? Sólo le pido eso —rogó Andy.
Lo siento, pero no sé mentir. Se me da fatal mentir. Precisamente por eso sé que jamás podré hacer carrera en política. Carezco de «aptitudes».
Está bien. Olvidémonos del traje. ¿Tiene usted enciclopedia en casa? Ya sabe, una de esas enormes enciclopedias de treinta y tantos volúmenes que hay que actualizar cada uno o dos años con nuevos volúmenes.
No. Lo siento. Yo suelo tirar de la Wikipedia.
Dichoso Internet.
¿No le gusta Internet?
No. No me gusta. Lo odio. Odio comprar desde mi casa a golpe de click. ¡Con lo enriquecedor que resulta establecer una relación cara a cara comprador-vendedor! ¿No le parece que estamos disfrutando de una agradable mañana de domingo aquí, en mi casa, intercambiando argumentos en aras a un mutuo beneficio?
Si usted lo dice.
¿Y qué me dice de una aspiradora? ¿Tiene una aspiradora en casa que pueda venderme?
No. No uso aspiradora.
¿Y qué tal una suscripción a La Atalaya o ¡Despertad!?
Tampoco soy suscriptor. Antes le dije que soy creyente, pero mentí. En realidad no suelo pensar mucho en Dios. Siendo honesto, sólo me acuerdo de Él cuando me pillo un dedo con un martillo o tropiezo con algo contundente mientras camino a oscuras por la casa. Y tampoco lo hago de una manera muy «pía», la verdad. Más bien al contrario. Ah, también me acuerdo de Dios cuando llego al orgasmo.
Un momento, ¿se acuerda de Dios cuando llega al orgasmo? —se interesó Andy.
No sé de qué se extraña —dijo Terence—. Le pasa a mucha gente. ¿A usted no?
No lo recuerdo. Hace tanto tiempo que no practico sexo que estoy a punto de establecer un nuevo récord de abstinencia sexual.
¡Ya será para menos!
Mire allí —Andy señalaba con el dedo un cuadro colgado en la pared del living. En él se enmarcaba un diploma con el siguiente texto: «DIPLOMA concedido a Andy T. Warehouse Jr. en reconocimiento a su abstinencia sexual por un total de 14 años, 3 meses y 12 días sin tener relaciones sexuales de ningún tipo; ni tan siquiera una triste paja».
El asombro de Terence se hizo evidente en su expresión.
¿De verdad se ha pasado catorce años sin tener relaciones sexuales de ningún tipo?
Así es.
¿Ni una triste paja?
Ni.
Vaya. No sabía que alguien pudiese estar tanto tiempo sin tener relaciones sexuales. Tampoco tenía constancia de que se expendiesen ese tipo de diplomas. ¿Y qué te dan si llevas más de quince años sin tener sexo?
Un carnet para ejercer de crítico literario —dijo Andy.
Me toma el pelo.
En absoluto. ¿No ha leído nunca una crítica literaria profesional? Le invito a que lo haga. Es mala hostia en estado puro.