miércoles, 7 de octubre de 2026

NUEVOS DEPORTES URBANOS

Foto: Ojalá algunos dueños de mascotas siguieran el ejemplo.

 

Siempre que puedo (y que mi pereza crónica me lo permite), suelo salir a caminar. Eso, unido a mis dotes de observación y mi costumbre de enredarme en un sinfín de pensamientos de lo más dispersos, me ha llevado a iniciar conversaciones con los responsables del área de Deportes del Ayuntamiento de mi ciudad para, aprovechándome de mi experiencia como asiduo sufridor de sus calles, parques y avenidas, proponer que se reconozcan oficialmente una serie de deportes de nuevo cuño.

Y es que el hecho de salir a caminar a diario te proporciona una visión panorámica de todos los aspectos que comporta tan sano ejercicio al aire libre. Gracias a esa visión panorámica y de conjunto he podido ir confeccionando mentalmente una serie de deportes que, al momento de escribir esto, considero inéditos.

A propósito, a cada disciplina le acompaña un sistema de puntuación que se irá sumando al casillero de cada participante a medida que vaya superando las pruebas. Al final del año lectivo esos puntos se podrán canjear por reducciones monetarias en los mil y un impuestos que gestiona el ayuntamiento, esa especie de versión en carne y hueso del viejito con bigotazo, bastón, chistera y monóculo del Monopoly, y que, a diferencia de aquel, es el único que se lleva realmente toda la pasta (la de verdad, y no la de juguete). Incluso el alcalde y sus concejales tienen una tarjeta exclusiva con la que se libran de la cárcel cuando son pillados malversando o robando directamente. Desde luego, para bobo no estudió nadie.

Centrándome en los juegos, estas son mis propuestas.


CAMINATA DE RIESGO (1 punto)

Consiste en escoger un circuito determinado en el ámbito urbano, e ir esquivando todo tipo de zanjas, agujeros, desniveles no señalizados, o zócalos faltantes, salientes o sueltos. Mejor estos últimos, ya que a la emoción intrínseca de evitar darte un leñazo y romperte los piños, o que se te salten las gafas a tomar por culo después de tropezar aparatosamente, se le suma la posibilidad de que, si ha llovido, al pisar sobre dichos zócalos sueltos te sobresalga un chorrazo de agua encharcada que te enfangue los bajos del chándal o las zapatillas. La experiencia se disfruta el doble si tanto el pantalón como el calzado, o los calcetines, son de color blanco. Los manchurrones quedan más guais. Por su dificultad para detectarlos, al esquivamiento de zócalos sueltos se le conceden 2 puntos.


ESQUIVAR LA MIERDA (1 punto)

Al esquivamiento de zanjas, agujeros, desniveles no señalizados o zócalos sueltos, podemos sumar las cagadas y meadas de perros que van dejando los animalitos —me refiero a los dueños— sobre las aceras o lugares de tránsito. Y que no me venga nadie con eso de que pisar mierda trae suerte, porque, si fuera así, los ricos se la quedarían toda para ellos, y se pasarían el día pisando mierda en vez de ir pisando derechos fundamentales.


ADELANTAMIENTOS URBANOS (1 punto)

Esto se produce cuando un grupo de tres o más personas ocupan la acera en su totalidad y, al cruzarte con ellos y ver que ninguno de ellos se aparta, no te queda otra que sortearlos. La dificultad estriba en que esas personas no están colocadas a lo largo de la acera, es decir, en fila india, sino a lo ancho, es decir, en plan muralla china, por lo que te ves obligado a abandonar la acera y pisar el asfalto, con el consiguiente peligro añadido de que te arrolle un autobús, un coche, una moto, una bici, un patinete eléctrico o un repartidor de Glovo —aunque para esto último ni siquiera hace falta que pises el asfalto, pues yo mismo he visto con estos ojitos miopes que Dios me ha dado cómo un repartidor de Glovo transitaba tranquilamente con su moto por la acera en mi barrio. Con un par—.


EVITAR EL ATROPELLO (2 puntos)

Consiste en evitar que un capullo o una capulla te acabe arrollando con su puto patinete de los cojones cuando transitas tranquilamente por la acera o zona de tránsito convenientemente señalizada. Para esta prueba está permitido llevar encima un objeto contundente, tipo bate de béisbol, ya que a la emoción de esquivar el patinete en cuestión se le puede agregar el gustazo de darle un hostión en todos los morros al incívico conductor y saltarle todos los piños. Por cada diente que le tires al suelo se te concederán dos puntos extra.


TETRIS A TAMAÑO REAL (2 puntos)

Para esta prueba resulta imprescindible ir cargado de bolsas hasta arriba de residuos de diversa naturaleza. El juego consiste en, una vez llegado a la zona de los contenedores, ir depositando los distintos residuos en su contenedor correspondiente sin equivocarte y sin que se te caiga nada al suelo, a fin de que, una vez en destino, los responsables de las basuras lo vuelvan a mezclar todo y lo acaben amontonando en el vertedero común de toda la vida. Todo excepto el papel, pues con los residuos de papel se hace una pasta que, mediante un complejo proceso químico, se vuelve a generar nuevo papel que luego te venden más caro que el papel normal, con el agravante de que encima has sido tú el que le ha proporcionado al fabricante la materia prima, por lo que pagas dos veces por el mismo producto. La cultura del capitalismo salvaje en su máxima expresión.

A esta prueba le puedes añadir diferentes niveles de dificultad, como, por ejemplo, llevar en diferentes bolsas trozos de tela viejos, papel, cartón, cristal, calzado viejo, residuos orgánicos, latas de refresco, blisters vacíos de medicamentos, compact discs inutilizados, recipientes metálicos de espuma de afeitar o desodorantes, etc, y meter cada cosa en su contenedor correspondiente sin herniarte por el esfuerzo ni que tu cerebro haga “catacum” y te acabe dando un ictus. Incluso puedes cronometrarlo para aumentar la emoción.


CAMUFLAJE (1 punto)

Hacerte el longuis para evitar al plasta de turno, o a ese conocido que hace siglos que no ves y no te apetece pararte para que te pregunte cómo te va la vida, o peor aún, verte obligado a preguntarle a él o ella cómo le va la vida sin que te importe un carajo la respuesta.

O mimetizarte con el entorno para evitar a ese vecino o vecina con el que no te hablas o que te cae como el culo.

O a ese otro al que te ves obligado a saludar o reírle las gracias aún sabiendo por el informe de gastos de la comunidad que debe tropecientas cuotas y que no ha hecho frente ni a una sola de las derramas para mejoras del edificio, si bien eso no le impide disfrutar de las mejoras o servicios de la comunidad, como el uso de los ascensores o la luz de las zonas comunes.


SORTEAMIENTO DE ZOMBI TECNOLÓGICO (2 puntos)

Tengo un amigo, Óscar. Lo conozco desde hace más de cuarenta años, que se dice pronto, cuando ambos estudiábamos juntos en EGB. Mi amigo Óscar tiene una costumbre que a mí se me antoja de lo más peculiar, y es que es de las pocas personas —la única que conozco, realmente—, capaz de leer libros mientras va caminando por la calle. Le he visto hacerlo, y es un espectáculo digno de verse. Admiro de veras su visión periférica, capaz de detectar obstáculos en estática o en movimiento y esquivarlos con una efectividad del cien por cien. Para alguien como yo, miope y, por lo general, metido en “mi mundo”, resulta digno de envidia poder hacer lo que él hace.

Esto me lleva a hablaros de otra plaga que, de unos años a esta parte, invade las calles y zonas de tránsito de nuestras ciudades: los zombis tecnológicos. Los zombis tecnológicos son todos aquellos individuos e individuas que van con la vista fija en sus dispositivos móviles o tablets mientras transitan por la calle. La proliferación de este tipo de zombis tecnológicos hace que te veas obligado a estar en permanente estado de alerta, para no acabar tropezando con alguno de ellos. Y no sólo has de estar pendiente para salvaguardar tu integridad física, sino también la suya, ya que no han sido pocas las veces en las que he visto cómo alguno o alguna de estos zombis tecnológicos ha estado a punto de ser arrollado por un autobús, un coche, una moto, una bici, o un repartidor de Glovo por no mirar antes de cruzar una calle. Y es que no todo el mundo puede presumir de tener la visión periférica de mi amigo Óscar.


PARKOUR PARA OCTOGENARIOS (3 puntos)

El parkour, también conocido como arte del desplazamiento, es una disciplina física y mental que se centra en moverse de un punto A a un punto B de la manera más eficiente posible, superando obstáculos como vallas, muros, bancos, escaleras, bordillos y otros elementos urbanos. Los practicantes, llamados traceurs (hombres) o traceuses (mujeres), utilizan saltos, carreras, trepadas y otros movimientos para superar estos obstáculos de forma fluida y creativa.

Yo propongo un parkour para personas a partir de ochenta años. Para eso se haría necesario negociar con una compañía de seguros que cubra los accidentes inheremtes a este interesante deporte de riesgo, tales como traumatismos de todo tipo, roturas de caderas, torceduras, esguinces, rompimiento de dentaduras postizas, sustitución de peluquines, rompimiento de bastones, etc.

Eso sí, debo admitir que me está costando encontrar una compañía de seguros que asuma los riesgos que esta actividad comportaría. Y es que, tal y como los responsables de esas compañías esgrimen: “El secreto de nuestro negocio está en cobrar primas a gente perfectamente sana. La gente enferma o con propensión a enfermar no es rentable, así que no los aseguramos y punto. A ganar pasta como Dios manda”.

A ver, tontos, lo que se dice tontos, no son. Eso hay que reconocerlo.


Y hasta aquí todos los deportes que se me han ocurrido durante mis largos paseos diarios. Si a alguno de ustedes se le ocurre alguno más, por favor, hágamenlo saber en los comentarios. Dado que los del ayuntamiento confían en poder darme una respuesta de aquí al 2067, como poco, aún hay tiempo de incluir más opciones en la propuesta. La burocracia, ya se sabe, siempre a su ritmo.


Hasta el próximo miércoles.


 

miércoles, 30 de septiembre de 2026

MI BIOGRAFIA ENTRE FOTOGRAMAS

 

Imagen de Woody Allen de su película "Toma el dinero y corre"


Nací en una película de Woody Allen. Hace muchos años de eso. Tantos, que ya ni me acuerdo. Tampoco merece la pena hacer un esfuerzo para recordarlo, ya que los recuerdos, en el fondo, no son más que polvos de estrella en la memoria.

Crecí junto a mis caóticos Hermanos Marx, con los que jugaba y me divertía durante aquellos lejanos días de mi infancia. Sembrábamos el caos dondequiera que estuviésemos, desafiando cualquier autoridad que se atreviese a cortarnos las alas de la imaginación y la diversión. A nuestros vecinos Los Roper los traíamos de cabeza, con nuestros gritos y juegos desde la mañana a la noche. No parábamos.

De niño me gustaban mucho los trenes. Unas navidades nuestro abuelo nos regaló un tren eléctrico que tiraba de tres vagones, y unos raíles de plástico, cruzado con traviesas, que se acoplaban unos con otros y podías dibujar con ellos la ruta que quisieras. ¡Cómo nos los pasábamos de bien! A mí lo que más me gustaba era ser el Maquinista de la General.

A lo largo de mi vida he estado varias veces a punto de morir de aburrimiento. Pero gracias a mis entrañables amigos Buster Keaton, Harold Lloyd, Stan Laurel y Oliver Hardy logré sobrevivir al tedio más absoluto.

Ya de adulto llegué a trabajar de contable. Eso me transformó en alguien que no era, y, sin darme cuenta, me acabé convirtiendo en Ese señor de negro, eterno nostálgico de tiempos pasados, al que le costaba adaptarse al ritmo de los tiempos presentes, y miraba con cierta aprensión los tiempos futuros.

No pintaba bien la cosa, no. Me aburría, y ése, y no otro, es el mayor de los pecados. Y fue entonces que un día quiso el amigo Chaplin venir en mi ayuda, y con grandes dosis de humor y toneladas de ironía, al fin logré adaptarme a los Tiempos modernos.

Aprendí que, para sobrevivir a este mundo, hay que estar al tanto de las cosas. Hay que leer la prensa diaria, más que nada para que las mentiras de los unos y de los otros no te cojan desprevenido. Y gracias a la sabiduría, recubierta de mala baba y toneladas de cinismo de uno de mis mentores, Billy Wilder, convine que no merece la pena profundizar demasiado en las miserias humanas, y que un exceso de realidad podría volver loco al más cuerdo de los hombres. Así que lo mejor en estos casos es no malgastar el poco tiempo que tenemos haciéndonos mala sangre con cosas que no podemos controlar, y ahorrar tiempo y cabreos innecesarios quedándonos en la Primera Plana.

Por supuesto, soy de los que opinan que en la vida no todo va a ser trabajar y pagar impuestos, así que, de vez en cuando, me pongo el pijama, me calzo unas cómodas zapatillas de andar por casa, me preparo un cóctel y, cómodamente instalado en el sofá de mi casa, me dejo llevar hasta el interior de El guateque, de la mano de mi viejo amigo Hrundi V. Bakshi.

Invariablemente, y sin excepción en tantos años en tan grata compañía, me echo unas risas de lo más sanadoras, entre falsos disparos de cowboys de pega, rollos interminables de papel higiénico que no logran cortar la hemorragia de agua del inodoro, y un camarero borracho hasta las trancas haciendo de las suyas. Y en un momento dado me acabaré preguntando: “¿Y para qué servirá este botón?”, y yo mismo me responderé cuando, al ver como mi viejo amigo Bakshi acabe accionando el dichoso botón, se resuelva el misterio: “Está claro. Para sembrar el caos”. Y de nuevo las risas me reconciliarán con el género humano.

En la década de los 90's sufrí el primero de una serie de duros golpes emocionales y anímicos que casi me hunden en la miseria: la muerte de mi padre. Lo pasé realmente mal, y si logré salir adelante fue, en parte, gracias a las sesiones de terapia con el doctor Frasier Crane.

Recién estrenado el nuevo siglo empezaron a llegar a mi vida, una tras otra, crisis y más crisis; porque las crisis son como la energía, que ni se crea ni se destruye sino que se transforma, mudan de piel, y cambian de naturaleza, y así es como continúan su tarea de acoso y derribo sobre sus ocasionales víctimas. Pero el humor, una vez más, vino a salvarme la vida.

La depresión es un feo monstruo de aterradoras fauces. Carece de sentimientos, por lo que no conoce términos como piedad, empatía o clemencia. Si te tiene en el punto de mira ten por seguro que no dudará en ir a por ti, y no te dejará en paz hasta acabar contigo. O hasta que tú acabes con ella. Y eso hice, pues gracias a la divina intervención de mi colega Austin Powers, el Misterioso Agente Internacional, y su entrañable némesis el Doctor Maligno, logré derrotar a tan poderoso y cruel enemigo.

En la primera década de los dos mil empecé a recopilar un montón de ideas que había ido dejando escritas en libretas y agendas de todo tipo. Hasta que un día, animado por un par de amigos, decidí hacer algo con todo aquello y hacerlo público.

En 2014 di a luz un blog, convirtiéndome así en el primer varón en dar a luz un ser vivo sin tener útero. Todo muy absurdo. De hecho, era tan absurdo que a mi churumbel decidí bautizarlo con el nombre de Absurdamente. Y ahí sigo, doce años más tarde, dando rienda suelta a mi imaginación con intención de combatir el aburrimiento.

Y esta ha sido, a grandes rasgos, mi vida. Y soy lo que soy gracias a lo vivido. Y lo reído.

No creo demasiado en Dios. Y, de rezarle a alguien por la eterna salvación de mi alma, le rezaría a Woody Allen. No os quepa la menor duda. Y no lo haría para pedirle riquezas, ni posición, ni grandes posesiones. Lo único que le pediría, y lo haría de rodillas, y hasta haciendo el pino puente si fuese necesario, a pesar de mi sobrepeso y mi total falta de elasticidad, sería una única cosa: que, por favor, el sentido del humor no me abandone nunca, y que siga conmigo hasta el último de mis días.

Como habéis podido comprobar, mi vida ha transcurrido en su mayor parte entre fotogramas. Y la mayoría de esos fotogramas con la risa como protagonista. Y así continuará, hasta que llegue el día en que, en la gran pantalla de mi existencia, se muestren al fin, en grandes y vistosas letras de molde, las palabras con las que toda vida llega al final de su metraje: THE END.


miércoles, 16 de septiembre de 2026

EL MOSQUITO MARIQUITA (Parte 2)

 

Foto de Nuzree bajada de Pixabay bajo licencia Creative Commons



Para leer la primera parte, pincha aquí.


De manera harto sorprendente el mosquito cumplió su palabra, y no volvió a hacer acto de presencia en las horas que permanecí en casa de Boris. De este modo, no sólo pude echarme un sueñecito de una hora o así, sino que Boris y yo pudimos seguir trabajando en el guión hasta bien avanzada la tarde.

Al caer la noche, Boris me bajó a mi casa en su coche. Cuando crucé el umbral de mi domicilio estaba tan cansado que solté la mochila en el suelo y me fui directo a la ducha. Estaba reventado.

Luego de una reconfortante ducha me preparé algo de cenar, vi un poco de televisión, para distraer la mente y, a eso de las once de la noche, decidí echarme a dormir.

No llevaba ni dos minutos con los ojos cerrados cuando, de repente, oí un zumbido que me resultó de lo más familiar.

—No puede ser —pensé.

Encendí la luz de la mesita de noche y, ¿a quién me encontré? ¡Exacto!, a mi antiguo amigo «el mosquito gay».

—¿Se puede saber qué haces aquí? —le espeté.

—Hola, Pedro.

—Te he hecho una pregunta. ¿Qué haces aquí?

—Yo también me alegro de verte —contestó él con ironía.

—¿Cómo has venido hasta aquí?

—Me colé en tu mochila.

—¿En mi mochila?

—Eso es.

—Pero, ¿por qué?

—Ya lo sabes. Porque estoy enamorado de ti.

—¡Venga ya, tío, no jodas!

—Eso quisiera yo. Pero tú no quieres.

—¡Pues claro que no quiero! Puede que tú seas gay. Francamente, me da igual lo que seas. Creo en la libertad de elección. Pero yo no soy gay. Soy hetero. ¿Lo entiendes? Hetero.

—¿Acaso no te gusto?

—Y dale. ¡No!

—Eso me ha dolido.

—¿El qué? ¿mi sinceridad?

—No. Lo tajante de tu aseveración. Ni siquiera has dudado.

—¿Y porqué habría de hacerlo? Tengo claras mis preferencias, así que no veo porqué tendría que mostrar duda alguna al respecto.

—Vale. Pasaré por alto tu brusquedad. Es lo que tiene el amor, que te ciega ante los defectos del ser amado. Incluso hace que esos rasgos, censurables en cualquier otro, se conviertan en gasolina para la pasión.

—Madre del amor hermoso... cuanto daño han hecho las telenovelas.

—Contéstame a esto. Y, por favor, sé sincero. ¿Por qué no te gusto?

—¿Has oído algo de lo que he dicho, majadero? Soy heterosexual. ¿Entiendes eso? Me gustan las mujeres. Única y exclusivamente. Y con mujer me refiero a una hembra humana.

—¿Y nunca has pensado en experimentar? ¡Todo el mundo lo hace!

—Yo no soy como todo el mundo.

—Pero, ¿por qué no lo pruebas?

—Pues porque no necesito hacerlo.

—¿Y cómo puedes saber que algo no te gusta si no lo has probado antes?

—Porque soy un tipo muy inteligente, muy intuitivo y muy sabio. Y a estas alturas de mi vida sé distinguir perfectamente lo que me gusta de lo que no.

—¡Hala! Inteligente, intuitivo y sabio. ¿Tú no tienes abuela, verdad?

—Por desgracia, no. No tengo.

—A propósito, ¿recuerdas aquella vez en París, en casa de tus amigos? Ya sabes, la vez en que estando cinco personas en la misma habitación te picó un mosquito sólo a ti, dejando al resto con la piel inmaculada. ¿Lo recuerdas?

—No me irás a decir que fuiste tú.

—No. Fue mi primo: Philippe Antoine.

—Vaya hombre.

—Es mosquitero, ¿sabes?

—¿Qué es un mosquitero?

—Un mosquito que practica la esgrima y usa florete.

Venga ya. ¿De verdad estaba siendo vacilado por un maldito mosquito sabiondo? Aquello ya estaba pasando de castaño oscuro.

Un tenso silencio se estableció entre ambos. Yo me masajeaba el cuello y aprovechaba para cerrar los ojos. El problema es que, al cerrar los ojos, el sueño reclamaba su tributo, lo que, francamente, resultaba contraproducente.

El cansancio caía a plomo sobre mi cuerpo y mi espíritu. Necesitaba dormir. Pero, ¿cómo dormir sabiendo que había un mosquito en mi habitación? Imposible. Jamás he podido hacerlo. Para poder dormir necesitaba matar antes a aquel bicho.

El problema es que ya lo había tratado personalmente, y eso lo cambiaba todo. ¿Cómo matar a alguien a quien ya conoces? Mi conciencia volvía a jugármela. ¿Por qué no podía ser yo como un político o un banquero, capaz de hacer callar la voz de mi conciencia a voluntad?

—A propósito —intervino el mosquito mariquita rompiendo el silencio—, mientras estuve encerrado ahí dentro tuve tiempo de leer algunos de los apuntes que tienes en ese bloc que guardas en tu mochila. He de decir que tienes algunas ideas realmente interesantes.

—Er... gracias.

—No hay de qué. Escribes muy bien. ¿Has pensado en presentarte a algún concurso literario?

—Ya lo he hecho. Varias veces.

—¿Y?

—Nunca gané nada.

—¡No me lo puedo creer!

—Pues créetelo. Me he presentado a concursos de obras de teatro, de cuentos cortos y hasta de novela. Pero nunca pasó nada. Ni siquiera llegué a estar entre los finalistas. Eso no hacía sino alimentar mis sospechas.

—¿Qué sospechas?

—Que la mayoría están amañados. Y los que no están amañados están condicionados, ya sea por consignas internas, por oscuros intereses comerciales o políticos o por prebendas igual de oscuras y siniestras.

—Piensas eso porque nunca has ganado ninguno.

—Es posible. Tal vez mi resentimiento hable por mí. Al fin y al cabo sigo siendo humano. Y como cualquier ser humano, soy imperfecto. No espero que lo entiendas.

¿En serio estaba manteniendo una conversación de semejante calado con un mosquito? ¿En qué momento de mi vida he caído tan bajo como para no saber distinguir realidad de ficción? Porque no me negaréis que el hecho de poder mantener una conversación más o menos lógica con un insecto entraría de lleno en el terreno de la fantasía. ¿Me estaré volviendo estúpido con la edad? ¿Será este el principio del fin? No lo descarto.

Mi natural pesimismo siempre un par de pasos por delante. Aunque, por aquello de ver algo de luz al final del oscuro túnel en el que me hallaba sumido, igual la falta de sueño y el cansancio sean realmente los responsables de que me haya abandonado a la irrealidad, y que una vez descanse cuerpo y mente consiga transitar de nuevo por el luminoso terreno de la cordura.

—¿En qué piensas?

—En que estoy muy cansado y necesito dormir. Y tú no me estás facilitando la tarea. Más bien me la complicas.

—Entonces, ¿no quieres probarlo siquiera un poquito?

—¿Probar el qué?

—A besarme.

—¡Lárgate de una vez! —exclamé realmente enfadado.

—Eres muy cruel, ¿sabes?

—¿Cruel? ¿Por qué soy cruel? ¿Porque no deseo corresponder al amor que un mosquito gay siente por mí?

—Los mosquitos gays también tenemos sentimientos, ¿sabes?

—¿Y?

—Pues que, al igual que vosotros, los seres humanos, también nosotros necesitamos de afecto y cariño. Y amar y que nos amen.

—Anda y que te den.

—No hace falta que seas tan soez.

—¿Quieres hacer el favor de largarte y dejarme descansar, fatiga, que eres un fatiga?

—Está bien. Me iré. Porque te amo.

—Lo que tú digas. Pero lárgate, ¿quieres? Necesito dormir.

—¿Me escribirás?

—¿Escribirte? ¿Adónde?

—Tengo cuenta en Facebook.

—¿En serio?

—Absolutamente. Toma nota. Mi cuenta en Facebook es MOSQUITA MUERTA. Tengo una foto en la que salgo posando con una parca de plumas y estoy monísimo de la muerte. Y otra en la que salgo posando en la orilla de una charca. Aunque ahí te confieso que estoy un poco fondón, casi ridículo. Dime, ¿me agregarás a tu grupo de amigos?

—Me lo pensaré.

—No me vale. Necesito un compromiso por tu parte. Sólo así te dejaré en paz.

¡Qué pesado! El dichoso mosquito me estaba cargando de veras. No sabía cómo quitármelo de encima. Yo estaba reventado. Recordad que apenas había dormido una hora en las últimas veinticuatro y me había pasado buena parte del día trabajando en el guión, por lo que el desgaste mental incidía de forma determinante en mi cansancio físico y psíquico. Obviamente, lo último que deseaba era enfrascarme en una discusión interminable con un insecto.

Viendo que el mosquito no me iba a dejar en paz, decidí contraatacar.

—¿Sabes qué? Tienes razón. Creo que debería probar cosas nuevas.

—Pues claro, hombre. Abajo los conceptos arcaicos y restrictivos. Viva la experimentación. Liberemos nuestros cuerpos y espíritus de los corsés mentales y los prejuicios pasados de moda. Ya verás lo bien que nos lo vamos a pasar tú y yo.

—He decidido probar a comer insectos —anuncié.

—¿Qué?

—He leído que tostados están muy ricos. Empezaré por los saltamontes. Y, ¿quién sabe? Tal vez un día de estos me coma un buen plato de mosquitos a la plancha rociados con especies.

—Vale. Lo pillo. Me voy zumbando.

Y lo hizo. Se fue. Por fin.

Entonces apagué la luz de mi mesita de noche y, por si acaso, conecté el antimosquitos a la corriente eléctrica. A mi edad no debes fiarte de nadie. Y mucho menos de un mosquito gay.