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| Fotograma de la película "El secreto de Joe Gould" (Stanley Tucci e Ian Holm) |
En mi repaso a películas relacionadas directa o indirectamente con la literatura hoy me detengo en El secreto de Joe Gould, magnífica película protagonizada por un inmenso Ian Holm, dirigida y coprotagonizada por otro monstruo de la interpretación como es Stanley Tucci.
La película está basada en dos obras escritas por Joseph Mitchell: Profesor Gaviota y El secreto de Joe Gould. La primera fue un artículo publicado en el número 12 de la revista literaria The New Yorker en diciembre de 1942. La segunda es una novela, o más bien un ensayo en clave periodística, publicado en 1964. Precisamente este último libro, El secreto de Joe Gould, lo leí hará cosa de tres meses y, fascinado por la prosa de Mitchell y por el personaje que protagoniza el libro, decidí volver a visionar la película del mismo título que forma parte de mi colección particular en DVD.
Ambas, película y libro, abordan la vida y supuesta obra rodeada de misterio de Joe Gould, un personaje bastante peculiar que transitó por las calles de Nueva York entre 1916 y 1957, año en que murió internado en un sanatorio.
Pero, ¿quién fue Joe Gould?
Joseph Ferdinand Gould nace en Boston en 1889, en el seno de una familia rica. Estudia en Harvard y se licencia en 1911. Desde entonces comienza a manifestar un fuerte deseo por escapar de una vida programada que lo aburría y lo aturdía, y se dedica a forjar su propio camino desmarcándose lo más posible de lo que su familia esperaba de él. Su padre, que había sido un prestigioso médico del ejército, al igual que su abuelo, quería que su joven vástago siguiese con la tradición familiar y se dedicase al ejercicio de la medicina. Pero el joven Joe, en un ataque de rebeldía, estudió eugenesia, lo que le llevó a medir las cabezas de al menos mil indios de la tribu chipewa, que según él mismo aseguraba “eran el único pueblo civilizado que quedaba”.
Un día, mientras trabajaba de reportero para un periódico, se le ocurrió la idea de la “historia oral”, que consistía en recopilar en un libro todas las historias, trozos de conversación o anécdotas que oyese a su alrededor, por muy insignificantes, insípidas o aburridas que estas fuesen, y plasmarlas en un libro que titularía Historia oral.
“Escribiré la historia informal de la multitud en mangas de camisa, lo que ellos dicen sobre sus trabajos, romances, víveres, juergas, apuros y penas. La historia oral es un enorme batiburrillo de habladurías, un almacén de parloteo, una heterogénea colección de tonterías, cotorreo, palabrería, chorradas, paridas y pijadas, el fruto de más de mil conversaciones. Lo que la gente afirma que es la historia es sólo la historia formal. Yo pienso contar la historia real, la de la gente al pie de la calle. Ya llevo un millón doscientas mil palabras escritas. Tres veces más que La Biblia, que en gran parte es falsa. Escribiré la historia informal o moriré en el intento”.
Un día, mientras desayuna en una cafetería, Joseph Mitchell, periodista y redactor de la prestigiosa revista literaria The New Yorker, comparte barra con lo que él identifica como un vagabundo. Le llama la atención la desaliñada apariencia de aquel andrajoso vagabundo de mirada y modos hoscos que tiene a su lado, y que porta una enorme carpeta de cartón repleta de manchas de café y suciedad que sujeta contra sí como si en ella guardase el mayor de los tesoros. Otra de las cosas que le llama la atención de aquel tipo es el hecho de pedir como plato único un tazón de agua caliente, a la que luego le añade salsa de tomate de botella y, removiéndola, se fabrica su propia sopa.
Cuando el vagabundo acaba su desayuno-almuerzo y abandona el local, Mitchell pregunta al propietario del local si conoce a tan extraño personaje. El propietario contesta afirmativamente y le hace una semblanza pormenorizada de la figura de Joe Gould. Esto no hace sino acrecentar la fascinación de Mitchell sobre tan curioso personaje, hasta el punto de interesarse por él, buscar información de utilidad y escribir un artículo para su revista.
Una vez publicado el artículo, Gould busca a Mitchell. A partir de aquí se establece una relación de amistad entre ambos, lo que desemboca en sucesivos encuentros en diferentes ámbitos y lugares de la inabarcable ciudad neoyorkina.
Un día, Mitchell le pregunta a Gould por esa costumbre suya de embadurnar los tazones de agua caliente con salsa de tomate, a lo que Gould le responde que la salsa de tomate es lo único gratis que ofrecen en cualquier establecimiento y que puede comer toda la cantidad que desee sin que le cueste un mísero centavo, así que se aprovecha de ello para alimentarse.
Joe Gould pide limosna, pero lo hace de una manera bastante peculiar, pues lo disfraza como “una pequeña contribución al fondo Joe Gould”, como si él fuese el administrador único de una fundación cultural o algo así.
Le apodan “el profesor gaviota” porque asegura que ha logrado descifrar el lenguaje de las gaviotas, hasta el punto de poder hablar y comunicarse con ellas. Incluso es capaz de recitar poemas imitando el dialecto de las gaviotas, lo cual suele hacer en determinadas ocasiones, para deleite o asombro de la concurrencia.
Sin hogar conocido, deambula por las calles de Nueva York, durmiendo en albergues o parques públicos, colándose en presentaciones literarias o eventos de todo tipo donde bebe y come gratis mientras recita poemas de su invención o imita a las gaviotas.
En una escena de la película, Gould le hace la siguiente confesión a Mitchell: “Supongo que le desconcierto, señor Mitchell. El sentimiento es mutuo. Yo me desconcierto a mí mismo desde mi más tierna infancia”.
Gould va dejando cuadernos repletos de anotaciones de su “historia oral” que deposita en manos de gente que considera de confianza, como depositarios de su “legado”, esa obra magna que lleva décadas escribiendo y recopilando. Según afirmaba, había arrastrado su historia oral hasta las oficinas de catorce editoriales diferentes de Nueva York, y ninguna la había querido publicar. Un día, por mediación de Mitchell, un prestigioso editor se muestra interesado en leer algunas páginas de la “historia oral”, a fin de valorar su posible publicación. Para ello, Mitchell organiza un encuentro entre Gould y su amigo editor. Pero resulta que Gould, de manera sorprendente, se muestra reacio a entregar nada al editor, poniendo toda clase de trabas, impedimentos y excusas de lo más peregrinas. Mitchell, hondamente decepcionado por la actitud beligerante y esquiva de Gould, le hace ver su contradicción, a lo que éste, seguro de sí mismo, le responde que “su historia oral será publicada después de su muerte, única y exclusivamente”.
Mitchell, que trató íntimamente a Joe Gould durante varios años, decía de aquel que poseía una memoria prodigiosa, hasta el extremo de retener fielmente en su cabeza conversaciones o pasajes enteros durante meses e, incluso, durante años. Su carácter obsesivo y perfeccionista, otra de sus cualidades, le llevaba a escribir de manera compulsiva determinadas piezas que formaban parte de su “historia oral”. Esto le llamó especialmente la atención a Mitchell, al comprobar cómo en docenas de libretas diseminadas en diferentes ubicaciones encontró el mismo pasaje dedicado a la muerte de su padre con leves modificaciones entre ellas. Según Gould, esas repeticiones eran fruto de su carácter perfeccionista, que le empujaba a mejorar lo escrito alargando o acortando el texto a su voluntad. Otros pasajes, como los dedicados a su madre o a su estudio sobre el tamaño de las cabezas de más de mil indios chipewas, fueron encontrados en diferentes libretas convenientemente corregidos y modificados.
En una de sus lecturas de la prensa diaria, Gould supo del caso del Museo Metropolitano de Nueva York, que decidió esconder determinadas obras de arte de incalculable valor en un sótano secreto a prueba de bombas, por temor a su posible destrucción fruto de un hipotético bobardeo nazi durante la Segunda Guerra Mundial. Eso le llevó a plantearse esconder gran parte de su “historia oral” en los sótanos de una granja de patos propiedad de una amiga suya ubicada en las afueras de Long Island.
—¿Por qué allí? —le preguntó intrigado Mitchell—. ¿Por qué esconder su obra literaria en los sótanos de una granja de patos en mitad del campo?
—Muy sencillo —respondió Gould—. ¿A usted se le ocurriría bombardear una granja de patos? ¿Se le pasaría por la cabeza buscar la historia de la Humanidad en una granja de patos?
—No —convino Mitchell.
—Pues ahí lo tiene.
Otra de las peculiares características que hacían de Joe Gould un ser singular era su particular aversión a las máquinas de escribir. Las aborrecía, hasta el punto de calificarlas de máquinas del demonio. Esa es la razón por la que todos sus apuntes estaban hechos a mano en una interminable sucesión de cuadernos dispersos entre sus amistades y diseminados de una punta a otra del estado de Nueva York. Como defensa de su visceral odio a las máquinas de escribir argumentaba que William Shakespeare jamás dependió de ninguno de esos artilugios del demonio.
En un periodo concreto de su vagar constante de un lado a otro de la ciudad Joe Gould recibió el apoyo financiero de una misteriosa benefactora que, desde el inicio, prefirió mantenerse en el anonimato. Esta benefactora se comprometía a pagarle la estancia en una habitación de hotel y una asignación económica de sesenta dólares mensuales que, a fin de no ser malgastada en alcohol o en otros vicios, le era entregada en pequeñas cantidades a través de un intermediario. Esta circunstancia, lejos de proporcionarle paz y tranquilidad le llegó a provocar inquietud y desasosiego, pues se obsesionó de tal manera con el hecho de no conocer la identidad de su benefactora que le llevaba a indagar y especular de manera obsesiva y constante, atosigando a todos los que, según su criterio, podían ser susceptibles de o bien conocer a tan misteriosa dama o ser ellos mismos los benefactores anónimos.
Joe Gould murió en 1957, tras pasarse varios años enfermo. Pasó sus últimos años de vida ingresado en un sanatorio. En 1964, Joseph Mitchell escribió El secreto de Joe Gould, libro que sirve de base para el guión de la película.
La película es muy buena, y capta muy bien el espíritu del libro, además de plasmar de manera bastante solvente el Nueva York de los años 30 y 40. El reparto es magnífico, encabezado por un excelso Ian Holm en el papel de Joe Gould, y Stanley Tucci como Joseph Mitchell. El reparto se completa con las magníficas contribuciones de actrices de la talla de Hope Davis, Patricia Clarkson o Susan Sarandon.
Tanto el libro (publicado por Anagrama) como la película las considero altamente recomendables.



