martes, 19 de febrero de 2019

LA ÉPICA DEL ESCRITOR (Parte 7)

"The prayer" by Otto Pilny

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Habiendo dejado atrás a las temibles sirenas y sus velludos cuerpos, proseguí mi travesía de incierto final.
Agradecí los vientos favorables que los dioses de las letras me dispensaron. Y eso contando con la oposición de los dioses de los números y los signos ortográficos, los cuales, no sé por qué razón, decidieron dispensarme vientos desfavorables. Mamones.
A punto de cumplirse una semana de travesía por aguas mediterráneas, logré arribar en la costa. Ante mí se expandía una playa kilométrica de arena rubia como la cebada. Aquello estaba repleto de mezquitas en primera línea de playa. ¡Maldita especulación inmobiliaria!
Varé la barcaza y busqué con la mirada un puesto de camellos en alquiler. Encontré uno encajado entre dos mezquitas de lujo, de ésas con piscina climatizada y spa. Sinceramente, no sé por qué los líderes religiosos de cualquier culto ansían tanto el Paraíso en la otra vida, cuando viven permanentemente instalados en la comodidad y la opulencia de los muchos paraísos terrenales que existen, mientras sus fieles las pasan canutas para llegar a fin de mes.
Una o dos jorobas —dijo el empleado del Rent-a-Camel mientras rellenaba el formulario de rigor.
Una —respondí.
¿Qué tipo de camello prefiere? Los tenemos de dos clases. Está el Clase A, que puede correr hasta los 65 km/h, y el Clase B, que puede mantener una velocidad constante de 40 km/h.
Dejando a un lado la velocidad, ¿en qué otra cosa se diferencian?
El Clase A consume más, lógicamente. Mientras que el Clase B, con capacidad para absorber hasta ciento ochenta litros de agua de una sola vez, tiene una autonomía de entre diez y doce días.
Me quedo con el Clase B.
Buena elección, si me lo permite. ¿Desea contratar un seguro de accidentes?
¿Es obligatorio?
En esta vida, pagar es siempre obligatorio —dijo aquel tipo de perenne sonrisa semioculta tras una hirsuta barba.
Siendo así, añádalo al precio —convine.
El tipo aquel comenzó a manipular su ábaco con una soltura que causaba asombro, al menos en mí. Sus dedos, finos y hábiles, transitaban a velocidad de vértigo por las cuentas sujetas a los alambres. Me tenía hipnotizado.
Al final resultó que el tipo del Rent-a-Camel, de nombre Karim, también era escritor novel. Según me confesó, tenía una novela a medio acabar guardada en un cajón de su escritorio. La historia iba de un político corrupto que, fruto de sus corruptelas, y ayudado por una corte de cuarenta adláteres, consigue amasar una considerable fortuna. A fin de ocultar el fruto de sus fechorías, el político y sus cuarenta adláteres deciden esconder su dinero en una cueva ubicada en una montaña suiza. El acceso a la citada cueva queda sellado por una enorme piedra de propiedades mágicas, pues sólo se abre a la voz de: «Ábrete, plantae magnoliophyta magnoliopsida pedaliaceae sesamum». Al pronunciar estas palabras en voz alta la piedra se rueda a un lado dando vía libre al interior de la cueva. Karim me dijo que tenía intención de titular a su obra Alibabá y los cuarenta mamones.
Me gusta —dije.
¿De verdad? —dijo Karim, mostrando bajo su hirsuta barba una sonrisa aún más amplia que las anteriores.
Aunque, ¿admites un consejo?
Sí, claro.
Yo que tú cambiaría lo de «Ábrete, plantae magnoliophyta magnoliopsida pedaliaceae sesamum», y lo dejaría en un simple «Ábrete, sésamo».
Uhm, ¿tú crees? —dijo Karim mientras se mesaba la barba.
Por mi experiencia, las cosas, cuanto más simples, mejor. Como lector, detesto a esos escritores que parecen acróbatas de las letras, dando vueltas y giros y piruetas imposibles con las palabras, retorciéndolo y complicándolo todo en su afán por demostrar su perfecto dominio del lenguaje. Me declaro enemigo acérrimo de la pedantería, y del lenguaje excesivamente recargado. Siempre he pensado que cuando un escritor da excesivas vueltas sobre una idea es porque esa idea no vale nada, y necesita recargarla y adornarla para ocultar su insignificancia.
Está bien. Haré lo que me dices.
Karim, agradecido por mi consejo, quiso tener un detalle conmigo, y me aplicó un buen descuento sobre el precio final. Nos estrechamos la mano, pagué en caja y me fui a la trastienda a por mi camello.
Se trataba de un majestuoso ejemplar de camelus dromedarius. Antes de subirme a su joroba, le pedí a mi camello dos bolsitas de hachís libanés. Me lo dejó a precio de «costo». Me lié un porrito y me lo fumé.
Aquella mierda era buena. Muy buena. Tal era su efecto relajante que, fumado como estaba, a buen seguro habría soportado cualquier crítica desfavorable a mis escritos, alzando los dedos medio e índice de mi diestra, mostrando una sonrisa bobalicona y soltando un: «paz, hermano», así, en plan hippy.
Los días que siguieron me los pasé mucho más relajado; hasta que una mañana, sin comerlo ni beberlo, pero sí fumarlo, me hallé en mitad de un kilométrico valle.
De escasa vegetación, con predominancia de plantas herbáceas y pequeños grupúsculos de arbustos dispersos aquí y allá, aquel desértico valle permanecía incrustado en plena región montañosa, formada en su mayor parte por granito y arenisca.
Precisamente sobre una pared de roca hallé un curioso petroglifo firmado por Banksy. Hay qué ver lo que viaja este hombre. No me sorprendería que un día de éstos el Rover Opportunity desplegado por la NASA en Marte nos hiciese llegar una foto en alta definición de una roca marciana marcada con una de las obras del codiciado grafitero.
Al caer la tarde, el valle se cubrió de una densa bruma en permanente tránsito, como una nube henchida de curiosidad que hubiese decidido descender más de la cuenta para ver qué se cuece a ras de suelo. La densidad y oscuridad de aquella espesa niebla logró dotar al ambiente de un halo de etéreo encantamiento, momento que aproveché para encenderme un porrito.
El hachís, de primerísima calidad, tenía un sabor dulzón, como a vainilla, el cual penetraba en mi organismo y lograba debilitar mis sentidos, sumándome en una permanente sensación de dejadez y despreocupación.
Nada me importaba; todo me daba igual. Por primera vez en mi vida experimenté lo que se siente al ser funcionario público en un ayuntamiento. ¡Qué gozada!
Me sentía tan falto de fuerzas y abandonado de voluntad, que decidí desmontar y acampar. Até el camello a una roca y desplegué mi tienda. Acomodado en su interior, me eché a dormir.
Debieron pasar varias horas, pues el frío de la madrugada me calaba en los huesos. Oí voces procedentes del exterior. El efecto relajante del hachís hizo de eficaz contrapeso al miedo, por lo que me permití asomar la cabeza a través de la abertura de mi tienda. Al hacerlo, me encontré con un par de beduinos.
Saludos, extranjero —dijo uno de ellos, aplicando a su voz un tono de lo más amable y distendido.
Saludos —dije yo adoptando el mismo tono al empleado por mi interlocutor—. Por favor, ¿podríais indicarme en qué lugar me hallo exactamente? Temo haberme perdido.
Os halláis en el Valle de la Procrastinación.
Entonces lo entendí. Entendí por qué llevaba varios días sin ganas de hacer nada más que dormir, dejarme llevar y perder el tiempo en nimiedades que nada me aportaban.
¿Os apetece un porrito? —propuse.
Dabuten —dijo uno de los beduinos, mientras el otro, con un brillo en la mirada y una sonrisa de oreja a oreja, asentía con un gesto.
Así que lié un porro y lo encendí. Luego nos lo empezamos a pasar en riguroso orden. Cada nueva calada era celebrada con una amplia sonrisa a tres bandas, como si el placer individual se contagiase al resto a través del aire por un virus de buen rollito.
El ritual del fumeque hizo que aflorase la confianza, como si los hipotéticos muros culturales o sociales que pudiesen existir entre nosotros hubiesen caído derribados piedra a piedra como las murallas de Jericó; sólo que en vez de por trompetas bíblicas hubiesen caído calada a calada.
¡Venga, Akash, pasa el porrito ya, que empieza a oler a uña quemada! —apremié entre risas.
Va, va —respondió el aludido, apurando una última calada antes de pasarme el joint.
La cosa está en que pasamos un rato estupendo, riendo y fumando como si no hubiese un mañana. Carpe diem.

(Continuará...)



martes, 12 de febrero de 2019

LA ÉPICA DEL ESCRITOR (Parte 6)

"La Odisea", de Homero


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Así que me llevaron ante el señor del castillo: un tipo gordo como un demonio, de mejillas sonrosadas y piel tan blanca como los folios vacíos de contenido que tanto pavor despiertan en mí al verlos sobre la mesa de mi escritorio.
Con todo, lo que más me llamó la atención de aquel sujeto fueron sus manos: finas y delicadas. Se notaba a la legua que aquel tipo no había dado el callo en su vida. Di por hecho que semejante lozanía era debida al hecho de haberse pasado buena parte de su vida chupando del erario público; dicho de otro modo: aquel tipo vivía del trabajo y el esfuerzo de los demás, como un rey o un abogado matrimonialista.
Sabiéndome en presencia de alguien poderoso, quise plantearle abiertamente mis inquietudes. Para mi desgracia, a pesar de mi elocuente razonamiento, por el cual debían ser precisamente las instituciones quienes facilitasen las cosas a los escritores faltos de recursos a fin de poder ejercer su labor sin tanta traba burocrática, el gordo sonrosado se mostró implacable en su decisión.
O paga o irá a la cárcel —sentenció.
¿Y qué creéis que hizo vuestro humilde servidor? Pues lo único que podía hacer: agachar la cabeza, asumir la derrota ante el Sistema y pagar.
Me disponía a soltar la mosca cuando un inesperado milagro en forma de heroína acudió en mi ayuda. Se trataba de una jinete que, mostrando un valor y una osadía digna de elogio, había irrumpido en el interior del castillo a lomos de su montura.
Blandiendo eficaz y certera su espada logró reducir a los esbirros del Señor Tributario, quien huyó del lugar como un vil cobarde. La jinete, situándose a mi altura, me ofreció su mano.
Subid.
¿Quién sois? —quise saber.
Mi nombre es Amazona, y he venido a rescataros de la tiranía de la burocracia administrativa.
¿Para quién trabajáis?
Sirvo a un único señor, Sir Bezos De Amazon.
Sabed que no pienso sustituir a un tirano por otro —advertí.
A ver, mi señor no es que sea una hermanita de la caridad. Digamos que ofrece a los autores con escasas posibilidades de publicar sus libros a través de una editorial tradicional una plataforma de autoedición donde poder dar salida a su trabajo por un coste razonable.
¿A cambio...?
¿Qué os hace suponer que deba ser a cambio de algo?
La experiencia.
¿?
Oh, vamos. Nadie da nada por nada. Todos, en mayor o menor medida, pedimos algo a cambio de nuestra ayuda; ya sea una contraprestación económica, satisfacer nuestro ego o acallar nuestra conciencia que nos reclama compensación por todas las malas acciones que hayamos podido cometer en el pasado. Con esto no digo que no haya gente desprendida y generosa, con auténticas ganas de ayudar al prójimo y hacer todo cuanto esté en su mano por cambiar el mundo a mejor. Algo loable, sin duda. Pero ya le digo yo que existen muy pocas personas dispuestas a sacrificarse por los demás sin pedir nada a cambio.
Touché.
Entonces, decidme, ¿qué pide su señor Bezos De Amazon a cambio de su ayuda?
Exclusividad. Si bien, con condiciones. Podéis creerme, si aceptáis la ayuda de mi señor llegaréis a territorios en los que ni soñaríais llegar por vuestra cuenta. El límite es el mundo, señor escritor.
Suena tentador, lo admito.
Probad. Sólo os pido eso. Probad por un tiempo. Y si no os convence, siempre podréis cambiar de señor o regresar al Sistema.
Me lo pensaré.
Con eso me basta. Entonces, ¿subís?
Acepté la ayuda de Amazona y juntos abandonamos el castillo. Una hora más tarde ambos dejábamos definitivamente atrás las tierras del Señor Tributario.
Para mi tranquilidad, Amazona cumplió su palabra. Me dejó, sano y salvo, en un bonito pueblecito costero cuya orilla era lamida por las cálidas aguas del Mediterráneo, mar de heroicas gestas y antiguas leyendas que surcan con letras de oro las páginas de centenares de libros de grandes autores que con cada nueva generación de lectores desafían a la inmortalidad y el olvido.
Alquilé una barcaza a un pescador de la zona, pues algo me decía que tal vez la Sagrada Montaña de la Creación Literaria Chachi Piruli se hallase en el origen de la civilización: Mesopotamia.
En Mesopotamia, bautizada como «el paraíso entre ríos», vivieron los sumerios, en régimen de alquiler, desde el 6.700 a.C. hasta el 3.000 a.C. Hay que decir que sus contratos se regían por el régimen de «renta antigua», de ahí que pudiesen permitirse el vivir en las mismas casas durante tres mil setecientos años, ya que pagaban una mierda por el alquiler de sus fincas.
El pescador me instruyó convenientemente en el viejo arte de la navegación, por lo que no me hizo falta acompañamiento en mi osada aventura.
A los tres días de navegar por aquellas cálidas y solitarias aguas, me vi repentinamente envuelto por una leve neblina, la cual, en cuestión de segundos, tomó cuerpo, intensificando su densidad de tal modo que me impedía ver nada dos metros más allá de mis narices. La oscuridad vertió su negro manto sobre mí, tomándome como rehén en aquel reino de sombras.
Un sobrecogedor silencio dominaba la escena; hasta que, desde la distancia, hasta mí llegó un coro de dulces y melodiosas voces, de suave cadencia, que, intuí, buscaba seducir a mis entregados oídos.
No vales nada —cantaban en leve susurro aquellas voces—. Tu obra es una mierda que no interesa a nadie. ¿De dónde nace esa arrogancia tuya que te hace creer que puedes considerarte a ti mismo escritor? ¿Tan desmesurada es tu osadía? ¡Qué atrevida es la ignorancia! ¿Cómo osas compararte a los grandes autores que ha dado la literatura? Deberías avergonzarte de ti mismo, por considerar arte a esas mierdas que escribes…
Y así continuaron por un buen rato. Hasta que, tirando de casta, decidí responder al ataque.
¿Quiénes sois? ¿Por qué me atacáis de esta manera tan cruel y despiadada? ¿Qué os he hecho? ¡Hablad!
Somos las sirenas —dijeron ellas—. ¿Es que no has leído La Odisea, del gran Homero?
 —¿Acaso me tomáis por un tertuliano de la tele? ¡Por supuesto que he leído La Odisea! —respondí indignado—. Así que sois las temibles sirenas.
Bueno; temibles, temibles. Es cierto que hace años que no nos depilamos, y que parecemos primas hermanas de Chewbacca. O francesas. Pero eso no nos hace tan temibles. De hecho, creemos que eso es lo que se lleva ahora: todo al natural. Así que, «pelillos a la mar».
Con «temible» no me refería a vuestro aspecto físico. Sino a la perfidia que emanan de vuestras voces y del mensaje que traen consigo. ¿Por qué sois tan crueles con los aspirantes a escritor profesional? ¿Para quién trabajáis?
¿Aún no lo sabes?
No.
Servimos al señor Fraude. Y nuestro trabajo consiste en difundir su palabra, a través del Síndrome del Impostor. Para ello usamos nuestras dulces voces, seductoras e irresistibles, a fin de minar la confianza de los escritores, haciéndoles sentir un fraude, unos impostores que no merecen el éxito o la fama literarias.
¿Por qué hacéis eso?
¿Por qué va a ser? Por una nómina, como todo el mundo. ¿O acaso crees que a las sirenas nos dan las cosas gratis?
No. Claro que no.
De modo que tomé un poco de arcilla e hice con ella oídos sordos. Hecho esto, dejé de escuchar aquellas pérfidas voces y pude continuar mi viaje hacia las suntuosas costas de Oriente Próximo.

(Continuará…)


martes, 5 de febrero de 2019

LA ÉPICA DEL ESCRITOR (Parte 5)

El escritor Joseph Conrad, con cara de estar frente a frente ante el "horror"


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Muerto el sanamaní, reanudé la marcha.
Al cabo de una hora o así me salió al paso un grupo de tres soldados a lomos de sendos caballos. Uno de ellos, de hosca expresión y rostro redondo coronado por un poblado mostacho de morsa, tomó la palabra, lo que me empujó a deducir que se trataba del jefe de la expedición.
¡Alto ahí! Identifíquese —ordenó de modo autoritario.
Me detuve.
Soy un escritor que ha perdido la inspiración —dije—. ¿A quién debo el placer?
Mi nombre es Isebene. Y soy un recaudador de impuestos que sirve al Señor Tributario, amo y señor de estas tierras. Para proseguir, le insto a pagar su tributo.
Pero señor, soy un escritor pobre.
Eso no le exime de sus obligaciones. Además, por si no lo sabe, son precisamente los pobres quienes sustentan al Sistema. Los ricos y poderosos poseen resortes suficientes para escaquearse.
Pero eso es...tan injusto. Quiero decir, tal y como yo lo veo, los que más tienen deberían ser los que más aportasen a la comunidad a la que pertenecen, pues son precisamente ellos los que más obtienen de ella. Ése y no otro sería un sistema justo y equilibrado.
¿Y quién le ha dicho a usted que el Sistema deba ser justo y equilibrado?
Mi conciencia —alegué.
¡Es usted un subversivo! Le advierto que con esa actitud se ganará muchos enemigos. Y enemigos muy poderosos, además.
¿Usted no cree en un reparto justo de la riqueza?
Me parece un contrasentido.
¿?
Para que la riqueza exista se hace imprescindible la desigualdad. Si todos tuviésemos más o menos lo mismo, nadie sería rico. Simplemente, no existiría la riqueza.
Ni la pobreza —aporté.
¿Y?
¿No cree que a todos nos irían mejor las cosas si algo así sucediese?
Eso dígaselo a los ricos y los poderosos. ¿Conoce alguno que esté dispuesto a renunciar a sus privilegios en favor de los desfavorecidos?
Pues no, la verdad.
Ya se ha contestado. Y ahora: a pagar. O haré que mis guardias le apresen y le lleven en presencia del Señor Tributario.
Mucho me temo, mi señor, que mi suerte está echada.
¿Eso qué significa, que su suerte está tirada en un sofá echándose una siesta?
No, señor. Es la frase que el gran Julio César proclamó a orillas del Rubicón antes de entrar en Roma al frente de sus legiones, algo expresamente prohibido por ley. «Alea jacta est», dicen que dijo; si bien existen distintas versiones en torno al origen y significado de la citada frase, si atendemos a los escritos formulados por Plutarco, Suetonio, Menandro, Horacio o Asinio Polión.
¡Habla como un maldito pedante! ¿No será usted uno de ésos que llaman «intelectuales»? —dijo aquel tipo con evidente desprecio.
No. No soy un intelectual. Soy escritor —me defendí.
No veo diferencia alguna. ¿Acaso los escritores no pontifican desde sus púlpitos imaginarios a través de las páginas de sus libros?
No es mi caso. Yo escribo porque me gusta escribir, contar historias, crear mundos y universos alternativos a la realidad que nos rodea. No escribo para pontificar ni para dar lecciones de nada, ni para demostrar lo listo que soy o lo mucho que sé de algo, o lo bien que domino la lengua.
Para mí sois todos iguales —sentenció el bigote de morsa.
Igual debería leer más —repliqué con insolencia, pues aquel tipo me estaba cargando de veras.
¿Me está llamando ignorante?
Si por ignorante se refiere a alguien que ignora o desconoce la diferencia entre un escritor y un intelectual y que, a pesar de explicársela en términos muy simples persevera en su error, entonces sí, le llamo ignorante.
¡Ea, pues ya me ha cabreado! ¡A las mazmorras que se va, por listo! ¡Guardias! Apresen a este escritorzuelo.
Y así fue como me despojaron de mis pertenencias, me ataron con cuerdas las manos y me llevaron a rastras ante el amo y señor de aquellas tierras.
Si ya de por sí caminar por aquel terreno agreste era algo agotador y fatigoso, imaginaos si le sumamos a la ecuación una dificultad añadida: ser arrastrado atado de manos.
No dudo que el Marqués de Sade pudiese haber hallado placer ante semejante práctica —allá cada cual con sus placeres y perversiones—, pero, lo que es a mí, caminar atado me incomodaba al límite de lo insoportable, pues al dolor acumulado en las muñecas debía añadir el temor a caer de bruces y acabar rompiéndome los piños contra el suelo.
Al mediodía, o eso al menos intuí por la intensidad con la que los rayos de sol parecían cebarse sobre mi sudoroso rostro, divisé un castillo en lontananza. Aquella fortificación era realmente soberbia, construida piedra a piedra por enormes bloques que debían pesar lo suyo. Claro que poco importa lo que pesen las cosas si quienes tienen que cargar con ellas son unos pobres diablos que tuvieron la desgracia de nacer en el lado equivocado de la historia. Y si no que se lo digan a los esclavos que se vieron obligados a levantar las pirámides de Egipto: toda una oda a la megalomanía. Me imagino a más de un esclavo de la época confiándole a su compañero de fatigas:
Tío, ya podían haber hecho los bloques más pequeños y menos pesados.
Sí, claro. Pero entonces, ¿dónde estaría la diversión?
No entiendo.
A los poderosos les encanta humillar y ver sufrir a los que consideran inferiores a ellos. Les hace disfrutar el doble de su posición de privilegio. Son unos sádicos.
¿Sádicos? ¿Y eso qué significa?
Ah, claro, que vivimos en el Egipto de los faraones. Aún faltan unos dos mil cuarenta años hasta que nazca el Marqués de Sade. Digamos que los poderosos son unos cabrones.
—Pues sí.

A medida que nos íbamos acercando, observé que aquella imponente fortaleza la rodeaba un ancho foso de profundidad considerable. Hallándome a pocos metros del puente levadizo me topé con un cartel que rezaba en letras enormes: «¡Atención: peligro! Foso infestado por escritores alabados por la crítica, de afilada pluma y mordacidad manifiesta».
¿Puedo preguntaros algo? —me dirigí a Isebene, el jefe morsa.
Poder, puedes. Otra cosa es que te conteste —replicó él, altivo.
¿Por qué un foso infestado de escritores alabados por la crítica?
Vaya, vaya. ¿Quién es el ignorante ahora? —dijo él exhibiendo una sardónica sonrisa.
Supongo que yo —contesté—. ¿Podéis responder a mi pregunta?
No hay nada que a un escritor alabado por la crítica le haga babear más de placer que destrozar a cualquier valor emergente que ose disputarle su estatus de vaca sagrada. Despreciar a los escritores noveles les reporta más satisfacción incluso que escribir esos tochos infumables del que emanan su prestigio y su poder. Créeme, sus crueles dentelladas son más dañinas y mortales que las de un cocodrilo.
Las palabras de Isebene provocaron en mí un miedo cerval que me atravesó la espina dorsal como un certero rayo. De repente fui capaz de experimentar el «horror», aquel del que tanto hablaba Joseph Conrad por boca del señor Kurtz en su célebre novela El corazón de las tinieblas.
Y es que, en verdad, hay opiniones que matan.

(Continuará…)