miércoles, 13 de mayo de 2026

¡HABEMUS PORTADA!

  

¡Atención!

¡Paren las rotativas!

¡Tengo algo importante que anunciar!

¡Algo vital!

¡Algo esencial!

¡Algo genial!

¡Algo pequeñito, ououooo, algo chiquitito, ououooo! (gracias, Daniel Diges, por pasarte por aquí a saludar. Hacía tiempo que no sabía nada de ti).

¡Por fin!, tras ocho largos meses de duro trabajo en la sombra —aquí la solaja pega mucho y para paliar sus efectos he tenido que trabajar al amparo de una sombrilla tamaño industrial—, tengo a bien presentar, en rigurosa primicia, el título y la portada de mi nuevo artefacto literario.

El título es DOS CHIFLADOS AL CUADRADO.


Y esta es la portada:


Se trata de mi quinto libro. Mi segunda novela tras Un rockero de andar por casa (2022).

La próxima semana ampliaré detalles relativos al inminente lanzamiento (sinopsis, disponibilidad, enlaces, precios, etc...).

También colgaré un pequeño adelanto gratuito para su lectura.


Gracias por vuestra atención.



miércoles, 6 de mayo de 2026

REBELDE CON CAUSA (VIEJUNA)

  

A mi hermana se la llevan los demonios cada vez que me ve salir a la calle vestido de cualquier manera.

Hace poco vino a mi casa. Quería que la acompañase a un centro comercial a comprar unas latas de pintura para unas reformas que quiere hacer en su piso. Cuando me vio listo para salir de casa se le cayó el alma a los pies.

¿En serio vas a ir así vestido?

Así vestido” consistía en: una camiseta de un azul desgastado con un descolorido estampado promocionando el mundial de basket de 2014 que se celebró en nuestro país; un pantalón de chándal gris oscuro cubierto de bolitas debido a sus múltiples pasos por la lavadora; mis zapatillas de deporte de uso diario con las suelas tan lisas por el desgaste que hace como mes y medio provocó que, en una lluviosa mañana, resbalase y me diese un leñazo de la hostia contra el suelo mojado del patio de mi edificio —el moretón en el muslo me duró tres semanas. Aquel cardenal era tan ostentoso que yo creo que era hasta papable—; y, por último, cubriendo mi cabezota, una gorra de color azul de propaganda.

¿No pensarás salir así, verdad? —me dijo, poniéndose en lo peor.

¿Qué tiene de malo? —respondí.

Coño, Pedro. Te pareces a tu abuelo.

No, si te parece me voy a parecer al tuyo —me defendí.

El chiste está en que mi abuelo y el suyo son el mismo. No obstante, al igual que cuando en un matrimonio el hijo de ambos hace algo malo y uno de los cónyugues le suelta al otro en plan reproche: “Mira lo que ha hecho TU HIJO” en vez de NUESTRO HIJO, cada vez que yo hago algo reprobable —generalmente relativo a mi forma de vestir o ciertas costumbres digamos “viejunas”—, mi hermana no duda en echarme a la cara lo de mi ancestro por vía materna, dicho así, a medio camino entre la acusación y el reproche.

Y es que nuestro abuelo no se distinguía precisamente por su buen gusto al vestir. Y yo, al igual que él en su día, nunca me he llevado demasiado bien con las modas.

Tengo alma de viejo, lo reconozco. O de rebelde con causa. Y la tengo desde que era pibe.

Cuando iba al cole, allá por los 80 del siglo pasado, los chavales de mi edad usaban gomina para el pelo, que se aplicaban para hacerse toda suerte de peinados molones de los que se llevaban entonces —con la raya en medio, peinado hacia atrás, con marcado tupé, de punta, con una medio cresta, etc—.

Yo, Tauro como yo solo, no usaba gomina ni aunque me matasen. Es más, ni siquiera me peinaba. Dejaba que mi pelo creciese rebelde y sin una dirección fija alrededor de mi cabeza. Luego, con dieciséis o diecisiete años, en plena adolescencia, me lo dejé largo, en plan melena rockera que me llegaba hasta los hombros. ¡Qué tiempos aquellos! Aún hoy, al ver algunas fotos de aquella época, no puedo evitar sentirme invadido por un ataque de nostalgia, de un tiempo que fue y que nunca más volverá a ser. Mecachis.

Hoy día, pasados los cincuenta, tengo más pelo en el interior de la nariz que en la cabeza. Me cabrea tanto esta situación que, en ocasiones, me sorprendo a mí mismo gritándoles: “¡Eh, tíos!, ¿por qué no subís hasta la cocotera y dejáis de hacerme cosquillas en la narizota, jodidos capullos?”.

El maldito paso del tiempo. Cagonlaleche.

Mi rebeldía no sólo ha tenido que ver con mi aspecto físico y mi dudoso gusto a la hora de vestir. Ya desde muy jovencito he sido como un verso suelto en determinadas áreas dentro de los diversos grupos a los que he pertenecido. Nunca me he sentido cómodo siguiendo las modas. De hecho, me he sentido siempre mucho más cómodo yendo a la contra.

Ejemplos de esto tengo muchos. Por ejemplo, el cine o la televisión. Cuando tenía dieciocho o diecinueve años, mientras a la peña le iban las comedias juveniles del momento, las pelis de acción o de terror, o el cine de Almodóvar (que detesto profundamente), a mí me iban más los clásicos en blanco y negro, el cine de Woody Allen o los Monty Python, o series como Las chicas de oro o Matrimonio con hijos.

Cuando en la primera mitad de los 80 la gente de mi edad cayó rendida a la música y la moda de La Movida y el pop de la época, yo flipaba con la música rock de los 70 y el heavy de los 80.

En los 90 hubo otra moda que arrasó en el mundo entero: el grunge. No sólo fue un movimiento musical que hizo temblar los cimientos de la industria de la música (todas las majors buscando como locas a los nuevos Nirvana), sino que también dejó su huella en el cine y la moda. De repente, a toda la peña les dio por ir vestidos con camisas de franela tipo leñador, vaqueros rotos, prendas superpuestas y de segunda mano, y botas militares. Completaban el look una barba de tres días —para los tíos—, y pelo desmañado y multicolor —para las tías—. Grupos como Nirvana, Pearl Jam o Soundgarden, arrasaron en ventas y, de paso, arramblaron con todo lo que había antes de ellos: el hard rock, el rock clásico, el glam rock o hair metal, el heavy.

Supongo que sobra decirlo, pero yo no sucumbí a esa moda. De hecho, me aparté de todo eso lo más que pude y dirigí mi atención hacia el jazz, el blues, cierta clase de pop y la música clásica.

Pero ya sabéis cómo va esto de las modas: en uno o dos años ya hay una nueva moda que sustituye a la anterior, y que acaba jubilando a la que le precede. Así de volátiles somos los seres humanos. O, al menos, lo son la mayoría. Y el grunge, y todo lo que lo rodeaba, de repente desapareció tras la muerte de Kurt Cobain, líder de Nirvana.

Paradójicamente, treinta años más tarde, ahora que peino canas donde el pelo aún no ha decidido darse el piro, me hallo descubriendo todo aquello que me perdí en su día por pura cabezonería, y disfrutando como un enano con grupos y discos de gente como Nirvana, Soundgarden, Alice in Chains, Pearl Jam, Red Hot Chili Peppers, Stone Temple Pilots o Jane's Addiction. ¡Quién me lo iba a decir a mí! Supongo que ahora que ya está pasado de moda, es como si mi subconsciente me susurrase al oído: “Ahora es el momento, chaval” (si se dirige a mí en esos términos, a pesar de mi edad, es porque mi subconsciente me adora. Normal. Llevamos juntos la tira de años).


En cualquier caso, nunca me he llevado demasiado bien con los gustos mayoritarios. Algo de rebeldía hay en ello, lo reconozco. Y de placer atávico por llevar la contraria, también. Pero no es pose, ni ganas de joder la marrana o hacerme el interesante. Para nada. Simplemente me sale así. Sin pensar. De manera natural.

Yo creo que es algo genético, pues mi abuelo también era muy parecido a mí en ese sentido. O yo muy parecido a él. A mi querido abuelo siempre se la sopló la opinión de los demás. Le importaba un carajo lo que pensaran de él. Él iba a lo suyo, hacía y decía lo que quería, y si te gustaba, bien, y si no te gustaba, pues también.

Lo que no soportó nunca fueron las injusticias. Ni las mamonadas. Siempre se mostró bastante beligerante con eso. Y yo, de algún modo, he heredado eso de él.

Así que, cada vez que mi hermana me suelta eso de “te pareces a tu abuelo”, en vez de tomármelo a mal, simplemente sonrío y, mirando al cielo, le lanzo un guiño al hombre que más admiración y respeto ha despertado en mí desde que era un crío.

 

 

 

miércoles, 29 de abril de 2026

¡NI DIA DEL LIBRO NI LECHES!

Día del Libro en Ourense (Foto tomada del periódico El Faro de Vigo)

 

Para quien no lo sepa, todos los 23 de abril se celebra el Día Mundial del Libro y el Derecho de Autor (no así el Izquierdo de Autor. Ya se sabe que los zurdos están muy mal vistos en cualquier orden de la vida. Yo tenía un amigo que poseía la extraña particularidad de tener dos pies izquierdos, lo que le llevaba a ir siempre desencaminado por la vida).

La elección del 23 de abril como Día del Libro no obedece a un capricho, sino a la conmemoración de la muerte de tres escritores universales: Miguel de Cervantes, William Shakespeare y Garcilaso de la Vega. Por este motivo, la UNESCO estableció en 1995 esta fecha para fomentar la lectura, estimular la industria editorial y celebrar la protección de la propiedad intelectual.

Hace unos días se celebró el Día del Libro de 2026 en todo el mundo, y parte del extranjero. En Burundi, por ejemplo, la gente en masa salió a las calles de Buyumbura, la ciudad más poblada de Burundi, pidiendo a gritos libros por un tubo. Conviene matizar que, en el centro de Buyumbura, el gobierno tiene instalado un tubo de 2 metros de diámetro a través del cual se dejan caer un montón de libros que son un insulto a la literatura, como Premios Planeta o libros escritos por famosos de medio pelo que no tienen nada interesante que contar, pero como salen por la tele, va y les publican un puto libro (la hija de Terelu Campos o el chorra de Mario Vaquerizo son dos ejemplos perfectos de esta moda de mierda). También suelen caer por el tubo de Buyumbura libros de autores coñazo de los que llevan siglos promulgando a los cuatro vientos “la muerte de la novela”, mientras ellos, curiosamente, siguen publicando novelas que no interesan a nadie.

Como era de esperar, y por quinto año consecutivo, ninguno de mis libros estuvo en la lista de los Libros Más Vendidos. Tampoco estuvo, y esto sí que me duele, en la lista de los Libros Menos Vendidos. Sí estuvo, al menos, en la lista de los Libros Y Autores Que No Venden Un Carajo. Algo es algo. Sin embargo, mis libros duraron poco en esa lista, apenas unos minutos, ya que pronto desaparecieron para dar paso a otros libros y autores que tampoco venden un carajo. El mundo de la autopublicación es muy duro, amigos.

Una lástima, la verdad. Este año tenía la esperanza de vender al menos once mil setecientos cuarenta y seis ejemplares entre mis cuatro libros publicados hasta el momento, o como mínimo cinco mil trescientos veintidós, lo que me hubiese permitido quitarme de encima al pesado de mi casero por una buena temporada.

¿Y por qué albergaba esa esperanza? Bueno, como se suele decir: “la esperanza es lo último que se pierde”. Aunque, en mi caso, no estoy muy seguro de que esa máxima se cumpla a rajatabla. Esto lo digo porque mi estudio, el lugar donde trabajo, es una auténtica leonera, y lo más probable es que, de seguir la esperanza a mi lado, permanezca extraviada bajo una abultada pila de papeles, de libros leídos o a medio leer o blocs de notas con ideas y garabatos de todo tipo. Pobrecita; la esperanza, digo.

Y es que en mi estudio, o zona de trabajo, donde, como ocurre con el Universo, el caos se expande a sus anchas, he perdido de todo. He perdido apuntes, he perdido cómics, he perdido cedes, y hasta he perdido la paciencia. Lo único que no he perdido han sido los kilos que me sobran. Para eso tendría que reconvertir mi estudio en una sauna, y pasarme allí encerrado, sudando como un cerdo, un porrón de horas al día. Aunque, ahora que lo pienso, estos últimos veranos en mi estudio sí que han sido una sauna.

Volviendo al tema de lo poco que se venden mis libros; la verdad, no soy capaz de hallar una respuesta lo suficientemente consistente como para aclarar lo que pasa. El porqué mis libros no se venden un carajo sigue siendo un misterio para mí. Y eso que lo he intentado todo para darlos a conocer.

Hace poco, sin ir más lejos, aprovechando la inminente publicación de mi nueva novela, inserté así, como quien no quiere la cosa, unos enlaces directos a la web de Amazon de todos mis libros aplicándoles una sustancial bajada de precios, tanto en formato papel como digital, a golpe de click —y de tarjeta de crédito, claro—.

¿Y sabéis qué? Ni por ésas. A pesar de mis esfuerzos, no vendí ni un solo ejemplar.

Pero ahí no queda la cosa. En mi vida diaria también procuro sacar a colación el tema de mis libros. Por ejemplo, hace unos días mantuve la siguiente conversación con una chica la mar de simpática que acababa de conocer.

Hola —dijo ella.

Hola. Soy escritor.

Muy bien —dijo ella, obviando mi patético intento por centrar la conversación en mi faceta artística.

Tengo cuatro libros publicados —insistí.

De acuerdo.

Son muy divertidos.

Vale.

Y han cosechado muy buenas críticas. Incluso ha habido lectores que me han pedido dedicatorias y autógrafos.

¿Quiere una bolsa o trae una de casa?

Tengo bolsa, gracias. Y cuatro libros publicados.

Son 17,85. ¿Efectivo o tarjeta?

Efectivo. Se trata de una trilogía de cuentos y relatos y una novela. Todos ellos escritos con mucho humor y mucho...

Gracias por su visita. Si es tan amable de retirar su compra. He de seguir atendiendo a los demás clientes.

Señorita, ¿a cómo está el kilo de naranjas? —intervino una septuagenaria algo despistada que, justo en ese momento, se acercó hasta la caja del súper.

Todos nuestros productos están etiquetados con su precio. Si tiene alguna duda sólo tiene que pasarlo por el escáner.

¿Qué es un escáner? —dijo la señora.

Si me permite —intervine yo, siempre dispuesto a ayudar—. Yo acompaño a la señora. Buenas, señora. Si tiene la amabilidad de acompañarme le enseñaré qué es un escáner y cómo funciona. Por cierto, soy escritor, ¿sabe? Y tengo cuatro libros publicados. ¡Y son la mar de divertidos!

Tranquilos. Quiero dejar claro que no le vendí ningún libro a la pobre mujer. ¿Me tomáis por un desalmado? Puede que no venda un carajo, pero uno tiene su corazoncito. A lo mejor ahí se encuentra la clave de porqué no vendo un carajo. En fin, habrá que seguir dando la brasa en redes.

A propósito, ¿os he dicho ya que soy escritor y que tengo cuatro libros publicados? Pues sí. Lo soy. Y mis libros están la mar de bien. Son muy entretenidos, con mucho humor y eso. Y además, están muy bien de precio, oiga. Por menos de lo que cuesta un kilo de aguacates hoy en día te puedes hacer con la trilogía al completo en digital. No me diréis que no es para pensárselo. Total, ¿qué son cinco euros hoy en día? Nada. Clickead en la sección MIS LIBROS y allí los veréis. Tenéis adelantos gratuitos de todos ellos. Podéis clickear sin problema. Tranquilos, no muerden. Todos mis libros están bien educados.