martes, 12 de abril de 2022

EL RINCÓN DEL ESCRITOR (Parte 2)

 

Mi mano, sin el dedo extra.

Para leer la primera parte de la entrevista pincha aquí.


Esta es la continuación de la entrevista al escritor, y fenómeno de feria, Pedro Fabelo, quien, con sus seis dedos en cada mano, llegó a convertirse en el escritor que más veloz tecleaba en el planeta Tierra, ya que la nave Curiosity, de misión espacial en Marte, en una de sus incursiones en el Planeta Rojo logró entrevistar a un marciano en chándal y gorra de los chinos comprada en AliExpress, quien, con doce dedos en cada mano, aseguraba ser capaz de mantener una velocidad media de 42.800 pulsaciones por minuto al teclear; eso sí, sin usar tildes ni signos de puntuación.

Así pues, aquí os dejamos la segunda parte de la interesante entrevista realizada a Pedro Fabelo en su guarida. ¡Vamos que nos vamos!


¿Escribe con pluma?

No. Soy hetero.

¿Cuál es su proceso creativo?

Normalmente me viene una idea a la cabeza. También me puede venir una cagada de paloma, ya que tengo por costumbre salir a caminar casi todos los días, y por la zona donde yo vivo hay muchas palomas sueltas (de vientre). En cuanto a la idea, puede ser la sinopsis de una historia, partes de un diálogo, un chiste o una simple frase. Si tengo a mano papel y un boli, la anoto, y si no tengo nada de eso intento retener la idea el máximo de tiempo posible en la cabeza, hasta poder anotarla en cualquier soporte físico. Una vez anotada la idea, si no se me ocurre nada más, la dejo reposar y me olvido de ella. Con el tiempo, la retomo y comienzo a trabajar a partir de donde lo dejé. Aunque, en ocasiones, la idea es tan intensa que no se me va de la cabeza, aún habiéndola anotado, por lo que sigo trabajando mentalmente en ella hasta ir dándole forma. Rara vez empiezo y acabo un texto de un tirón. Lo normal es ir haciéndolo por tramos.

¿Tiene un horario fijo para escribir?

No. Puedo escribir a cualquier hora del día o de la noche. Si estoy inspirado, me da igual la hora. Y si no lo estoy, de nada me sirve forzarme, ya que la cosa puede acabar en bloqueo. Aparte de eso, soy de los que piensa que un escritor escribe siempre, aunque eso no se traduzca en algo tangible. Me explicaré. Los escritores somos observadores y curiosos por naturaleza, unos observadores curiosos que se pasan la vida observando cuanto acontece a su alrededor y anotándolo todo en nuestra mente. Luego, tarde o temprano, esas “anotaciones mentales” logran salir a la superficie, y de ahí sacamos el material para escribir. Muchas de mis historias y personajes están sacados de mi día a día, aunque, eso sí, debidamente deformado, ya que de otro modo no sería un escritor de ficción, sino un reportero o un ensayista.

¿Escribe por dinero?

Ojalá.

Entonces, ¿por qué lo hace?

Principalmente porque me gusta leer lo que escribo, y, si no lo escribo yo, no lo escribirá nadie.

También podría escribir y leerse sin necesidad de publicar.

¿Y privar al mundo de mi genialidad? Sería una crueldad, ¿no le parece? No soy tan egoísta como para guardarme mi genialidad para mí solo.

¿Me lo dice en serio?

¿Usted qué cree?

Con usted, la verdad, no sabría decirle...

Eso es bueno. Nada aburre más que lo previsible. Y yo odiaría resultar aburrido.

¿Escucha música mientras escribe?

Depende de lo que esté escribiendo. Si es un artículo para el blog, no me molesta escuchar música mientras escribo. Pero si se trata de escribir un cuento corto o trabajar en alguna de mis novelas, entonces no. Ahí sí que necesito silencio absoluto y máxima concentración.

¿Tiene alguna manía antes o mientras escribe?

Estar solo, y disfrutar de un ambiente cómodo y relajado.

En plena época creativa, ¿le distrae leer a otros autores?

Para nada. Es más, desde que empecé a leer literatura tengo por costumbre leer todos los días, independientemente de si estoy trabajando en algo mío o no.

¿Qué libro está leyendo ahora mismo?

Yo estoy vivo y vosotros estáis muertos, de Emmanuel Carrere. Se trata de una especie de biografía novelada basada en la vida y obra de Philip K. Dick, uno de los escritores de ciencia ficción más innovadores y celebrados de la historia. Ese tipo estaba francamente mal de la azotea fruto, en buena medida, del abuso de drogas, especialmente anfetaminas y LSD. El tipo escuchaba voces en su cabeza de procedencia desconocida, creía que había sido abducido por extraterrestres y sufría de manía persecutoria. Pensaba que el gobierno de los Estados Unidos lo expiaba en secreto.

¿Y usted? ¿También oye voces?

Yo la única voz que escucho de vez en cuando es la de mi mala conciencia, empujándome a levantar el culo del sofá y hacer ejercicio.

¿Siente temor a la hoja en blanco?

No. Me da más miedo la mente en blanco.

¿Le cuesta titular sus obras?

En absoluto. En ocasiones, incluso, lo primero que me llega de un texto es precisamente el título. Y, a partir de él, consigo montar una historia.

¿Sufre o se divierte escribiendo?

Las dos cosas. Pero, si pudiera poner ambas en una balanza, ganaría el disfrute.

¿En algún momento se ha sentido esclavo de su obra?

No. En cada libro que he escrito y publicado he dado el cien por cien de lo que era capaz en el momento de escribirlo. De no haber sido así, jamás habrían salido del disco duro de mi ordenador. De hecho, he vuelto a releer mis libros, y me he vuelto a sorprender con las cosas que he escrito. Y no es coña.

¿Cómo se ve a sí mismo?

En el espejo. O en fotos. De otro modo, es imposible. A menos que tuviese ojos en las palmas de las manos. Pero ya le digo yo que no me gustaría tenerlos. Bastante tuve con tener un dedo extra en cada mano.

¿Se considera a sí mismo un gran escritor?

Bueno, soy bastante alto. Casi llego al metro noventa de altura, lo cual no está nada mal. De hecho, supero con creces la media entre escritores, que suele estar situada en el metro setenta. Y eso por no hablar de los escritores de baja estatura, como Truman Capote o Augusto Monterroso. A su lado, yo sería un gigante de las letras.

¿Qué le parecen los premios literarios de este país?

Pues eso, que son “premios” que se conceden para devolver favores.

¿Cree que están amañados?

¿Y usted? ¿Cree que no lo están?

No. No lo creo.

Pues preséntese a ellos. Yo paso.

¿A qué aspira Pedro Fabelo?

Ahora mismo aspiro polvo, ya que, como ve, mi escritorio es un desastre. Además, viviendo en Canarias, con la dichosa calima dando por saco cada dos por tres...

¿Y al futuro? ¿Qué le pide al futuro?

Ganas, ideas, ilusión, sentido del humor. Y que mi curiosidad siga intacta. El día que pierda la curiosidad, ahí sí que acabará todo.

¿Cómo se ve de aquí a veinte años?

Veinte años más viejo.

¿Tiene algún mensaje para los que aún no han publicado alguna de sus obras y dudan de si autoeditarse o no?

No sé si mi experiencia les será de ayuda. Así y todo, la diré de todos modos. A mí me costó años decidirme por la autoedición. No fue nada fácil para mí, ya que vino precedida de un montón de vanos intentos por hacer que alguna editorial mostrase interés por alguno de mis manuscritos. También me presenté a un montón de concursos literarios, y fracasé miserablemente en todos ellos. Entonces creé el blog, empujado más por otras personas cercanas a mí que por mí mismo. Y no fue hasta que no vi que mi propuesta gozaba de cierta aceptación que me planteé seriamente la posibilidad de autoeditarme. Aquel primer libro fue como una especie de globo sonda lanzada al hiperespacio, y en cuyo interior había un claro mensaje: “Esto es lo que tengo para ofrecerte. No esperes algo sesudo o académico, pero sí algo hecho con toda la ilusión que soy capaz”. Por suerte, fueron muchas las personas que confiaron en aquel proyecto, lo que me llevó a repetir la experiencia en dos ocasiones más, e, incluso, atreverme a autoeditar la que va a ser mi primera novela. No sé qué clase de expectativas tendrán quienes aún anden sopesando de si autoeditarse o no, pero, por si les sirve de algo, diré que si pudiese regresar al pasado y encontrarme cara a cara con el Pedro Fabelo de 2014, aquel joven aspirante a escritor que era un saco de dudas ante la posibilidad de publicar su primer libro, le diría: “¿Sabes qué? No lo dudes, colega. Hazlo”.

Bonito mensaje.

No sé si será bonito, pero sí es sincero.

Sólo me queda darle las gracias por su tiempo.

Igualmente. Al fin y al cabo, su tiempo es también mi tiempo, ¿no lo cree usted?

Pues sí.

¡Lo que habría disfrutado con esto un tipo tan particular como Philip K. Dick! Un “yo” entrevistando a su otro “yo”, mientras ambos “yoes” mantienen un intercambio de ideas. Lo fliparía que no veas. Eso seguro.




miércoles, 6 de abril de 2022

EL RINCÓN DEL ESCRITOR (Parte 1)

 

Juan Marsé no sonreía en las fotos. Yo, ni siquiera aparezco en ellas.

 

Tal y comentaba hace unos días en mi último post, una de las secciones de la revista Qué Leer que más disfrutaba era aquella en la que se entrevistaba a escritores en su lugar de trabajo.

Teniendo muy presente, por un lado, el hecho de que jamás seré entrevistado para esa revista, y, por otro, que no tengo nada mejor que hacer hasta la hora de la cena, he decidido hacerme a mí mismo esa hipotética entrevista para una de las revistas literarias más importantes de este país (España).

Así pues...


EL RINCÓN DEL ESCRITOR

ENTREVISTA FICTICIA A PEDRO FABELO

Texto: Pedro Fabelo

Fotos: Pedro Fabelo

Chistes varios: Pedro Fabelo


En mayo de 2015, con la salida al mercado de su primer libro de relatos, Pedro Fabelo, “ese tío que escribe cosas”, no se convirtió en un fenómeno editorial. Tampoco en un fenómeno de ventas. En lo que sí se convirtió fue en un fenómeno de feria, pues, por uno de esos misteriosos lances del destino, a Pedro le salió un dedo extra en ambas manos, justo al lado del meñique. Eso, además de provocar grima en quien lo contemplase, le otorgaba una evidente ventaja frente al resto de sus colegas: podía teclear más rápido que cualquier otro escritor del mundo.

En noviembre de ese mismo año, 2015, lanzó al mercado su segundo libro de relatos. Se ve que el dedo extra en cada mano le estaba dando bastante rendimiento. Con este nuevo volumen tampoco logró convertirse en un fenómeno de ventas, ni en fenómeno editorial, aunque sí fue contratado por un famoso feriante en una fantástica gira por toda España como miembro de su “carromato de fenómenos de feria”.

En 2016, harto de provocar la huida y el rechazo de todas las chicas con las que conseguía citarse para tomar café, optó por acudir a un cirujano y extirparse los dedos extra.

De nuevo con cinco dedos en cada mano, Pedro Fabelo reanudó su actividad literaria tan pronto recibió el alta médica.

En septiembre de 2018, ya sin los dedos extra, publicó su tercer libro de relatos. Y, como ocurriese con sus libros anteriores, tampoco en esta ocasión logró convertirse en un fenómeno de ventas, ni en un fenómeno literario. Tampoco ganó el Premio Novel de Literatura, ni el Cervantes, el Booker Internacional o el Goncourt. Definitivamente, lo de este hombre con los premios literarios es para hacérselo mirar, con o sin dedo extra.

A pesar de no ganar ningún premio literario, ni ganar dinero con sus libros, ni ganar prestigio, lo que sí ha ganado ha sido peso. Y es que el fracaso le provoca ansiedad, y la única manera que tiene de mitigar esa ansiedad es comiendo como un descosido. Si a todo eso le sumamos el hecho de aborrecer el ejercicio físico, la suma nos da un total de 5.426,72, y no me pregunten por qué, porque no tengo ni idea —yo era de los que suspendían aritmética en la escuela—.

Este escritor canario y español, o español y canario, que vive a medio camino entre la realidad y la ficción, justo al doblar la esquina, lleva tiempo trabajando en su próximo artefacto literario: su ópera prima como novelista. Por este motivo, y dado que, como reza el dicho “la ocasión la pintan calva” (una vez la pintaron con una peluca estilo afro a lo Jimi Hendrix y, francamente, quedaba ridícula), en la redacción hemos pensado en hacerle una entrevista en su “rincón del escritor”, ese lugar un tanto caótico y desordenado donde este tipo aspira a convertirse en escritor profesional, además de aspirar una cantidad tremenda de polvo.


Destrocemos tópicos. ¿Es verdad eso que dicen de que los escritores escriben por una especie de impulso interior?

No puedo hablar por otros escritores, o, como en mi caso, por otra gente que escribe cosas. En lo que a mí respecta, escribo porque me gusta, creo que se me da bastante bien y, además, disfruto no sólo escribiendo sino leyendo lo que escribo.

¿No será usted un escritor de ordenador?

¿Ha visto mi escritorio? Más que un escritor de ordenador me considero un escritor desordenador.

Me refería a si escribe usted a mano o directamente a ordenador.

Combino ambas disciplinas. A veces no tengo el ordenador a mano, o no lo tengo encendido en ese momento, así que tomo una libreta o un trozo de papel y anoto la idea que me ronda por la cabeza en ese momento. Entre mis costumbres más arraigadas se halla el hecho de tener siempre en la mesita de noche una pequeña libreta o una agenda antigua con hojas en blanco. Ahí garabateo ideas o conceptos según me vienen.

¿Quiere decir que tiene por costumbre escribir de noche o de madrugada, incluso?

Le sorprendería saber la cantidad de chistes o ideas que me han venido en sueños o en estado de duermevela, a medio camino entre el sueño y la vigilia. Una vez me despertó una sonora carcajada, ¡la mía!

Bromea...

Para nada. Lo digo totalmente en serio. Y menos mal que duermo solo, porque, de haber dormido en pareja, menudo susto podría haberse llevado la pobre, despertada en mitad de la noche por una sonora carcajada. Creería que comparte su vida con uno de esos malvados de cómic, que se pasa la vida haciendo maldades en pos de la dominación mundial.


(Continuará...)


miércoles, 30 de marzo de 2022

MI COLECCIÓN DE REVISTAS LITERARIAS

 

Popurrí de ejemplares de Qué Leer

En mi último post comentaba así, de pasada, como quien no quiere la cosa, mi arraigada costumbre de acumular cosas. Vamos, lo que viene siendo un Síndrome de Diógenes en toda regla diagnosticado en un hombre joven.

Ya sé, ya sé. Sé lo que me vais a decir. ¿Cómo es eso de “un hombre joven”? ¡Pero si tienes medio siglo a tus espaldas, colega!

¿Y qué?, digo yo. ¿Es que no vivís en el mundo actual o qué? Como todo el mundo sabe, los 50 de hoy en día son los nuevos 30; y los 30 de hoy en día son los 10 de antaño. Vamos, que si tienes menos de 20 años, casi se podría decir que aún nadas feliz y despreocupado en el líquido amniótico ubicado en la barriguita de tu mami. ¿No es maravilloso vivir en este siglo XXI? ¡Viva la inmadurez y el culto a la eterna juventud, aunque te estés cayendo a cachos!

Volviendo al tema de acumular cosas, quisiera poner el foco en una colección de revistas que tiene mucho que ver con mi ambición de llegar a convertirme en un escritor de éxito.

¿Y qué es el “éxito”? Bueno, eso dependerá de lo que entienda cada cual. En mi caso particular, escribir algo, editarlo, maquetarlo, poder publicarlo, venderlo y que quien lo compre consiga disfrutar del resultado de tu trabajo y empeño, ya lo considero un éxito. Si encima consigo ganar algo de dinero con el que poder seguir escribiendo, del éxito paso directamente al éxtasis.

Confieso que mi interés por la lectura fue un interés tardío, pues no me empecé a interesar por los libros hasta que no cumplí los veinte. Hasta entonces, mis intereses culturales iban mayoritariamente dirigidos hacia el cine y la música, que vivía con pasión y devoción —y aún lo sigo haciendo—, y, ocasionalmente, las revistas musicales y los cómics.

Uno de los números de mi colección, donde entrevistaban a Almudena Grandes.


Los años noventa supusieron para mí el inicio de una larga e íntima relación con la literatura. No es que esté sugiriendo que haya tenido sexo con libros; aunque, a decir verdad, eso no tendría nada de raro, ¿acaso no hay quien tiene sexo con ciertas revistas? Y no pasa nada. No seré yo quien lo censure. Al fin y al cabo, soy de los que piensa que siempre será mejor hacer el amor que la guerra. Ojalá Putin “hiciese más el amor” y dejase de “joder”. Mejor nos iría a todos.

A finales de los 90 empecé a comprar una revista literaria de nombre tan apropiado como sugerente: Qué leer.

El primer ejemplar que compré fue el número 10, publicado en abril de 1997, y me costó 400 pesetas de entonces —unos 2,40 euros—. El último es de agosto de 2004, y ya costaba 3,00 euros —es decir, 500 pesetas—. Entre ambos números me hice con un total de 65 números, que he logrado conservar a través de los años.

Cuando empecé a interesarme por la lectura, como no conocía a nadie que compartiese conmigo mis inquietudes literarias, una buena forma de conocer nuevos libros y autores fue a través de aquella revista. En aquellos años Internet aún andaba en pañales, y la cultura vivía sus últimos coletazos en la televisión, con programas dedicados a los libros tan coñazos como el de Sánchez Dragó, un tipo que siempre me cayó francamente mal, por pedante y bocachancla.

La revista se dividía en secciones. Algunas se mantuvieron fijas en el tiempo, y otras desaparecieron dejando su lugar a otras nuevas. Entre las secciones fijas que se mantuvieron estaban la crítica de libros, la galería de clásicos —donde desgranaban autores y obras que han logrado trascender a las siempre cambiantes mareas del tiempo—, las entrevistas o monográficos a autores de relevancia nacional e internacional, la sección de novedades editoriales, las cartas de los lectores con sugerencias, peticiones, quejas o denuncias, y una sección dedicada a las distintas lenguas de nuestro país, España —gallego, vasco y catalán—.

Una de las secciones más curiosas era la de “dimes y diretes”, que consistía en mostrar chismes, salidas de tiesto y rifirrafes entre gente del mundillo editorial. Como ejemplo, recuerdo frases tan lapidarias como las que Alberto Vázquez Figueroa le dedicaba a los críticos literarios: “Los críticos son un residuo de frustración por no haber sido escritores”; o la de Bill Gates, que afirmaba convencido: “No creo que las novelas de ficción lleguen a leerse nunca a través de un ordenador”. Desde luego, como futurólogo no tiene precio. Y éste es el mismo que sale cada dos por tres en la prensa poniendo fecha al final de la pandemia. Apañaos vamos.

También había una sección en la que mostraban citas de grandes escritores, como las que siguen:

Estamos hechos de la misma materia que los sueños, y nuestra pequeña vida termina durmiendo”. William Shakespeare.

Si deseas que tus sueños se hagan realidad, ¡despierta!”. Ambrose Bierce.

Otra de las secciones que más disfrutaba consistía en entrevistar a personas de cierta relevancia —políticos, actores y actrices, músicos, deportistas, etc—, y plantearles cuestiones relativas a su afición por la lectura (sus libros y autores favoritos, el primer libro que les impresionó, sus lugares favoritos para leer, si tienen por costumbre recomendar o regalar libros a amigos o conocidos, etc.).

Con el tiempo, esta sección fue mutando y, en una de esas mutaciones, acabó mostrando el lugar de trabajo de algunos escritores —con fotos—, además de una breve entrevista donde desgranaban cuestiones relativas a sus métodos de trabajo (costumbres y manías, sitios para escribir, hábitos, si escuchaban música o no mientras escribían, etc). Me resultaba estimulante ver los lugares donde “nacía todo”.

Reportaje a Juan Marsé en su lugar de trabajo, con su biblioteca personal al fondo. Eso sí, no le pidas que sonría porque igual te muerde.


Por aquella época, leía todo cuanto caía en mis manos. Devoraba la letra impresa con voraz glotonería; como un imitador del personaje de Augustus Gloop en la novela Charlie y la fábrica de chocolate de Roald Dahl, es decir, alguien incapaz de resistirse a la gula.

Leía mucho y muy variado. Sobre todo novelas y libros de relatos y cuentos cortos. Aquellos días los recuerdo como una etapa de “crecimiento y descubrimiento” continuo, añadiendo libros y autores a mi lista de favoritos. De esa etapa recuerdo disfrutar enormemente con novelas de Evelyn Waughn, Kenzaburo Oé, Milan Kundera, George Orwell —maravillosa su Rebelión en la granja—, Ernest Hemingway, Eduardo Mendoza, Antonio Muñoz Molina, Manuel Vázquez Montalbán, Italo Calvino, Ramón J. Sender, Paul Auster, Isabel Allende, Juan Rulfo —¡cómo olvidar su Pedro Páramo!—, John Kennedy Toole —considero La conjura de los necios uno de mis libros imprescindibles—, Alejandro Dumas, etc.

También descubrí autores de los que acabé buscando cuanto libro suyo caía a mi alcance, como Tom Sharpe, Luciano De Crescenzo, Groucho Marx, Woody Allen, Terenci Moix —sus novelas ambientadas en el Antiguo Egipto me enamoraron—, P.G. Wodehouse —del que llegué a encargar unas 20 novelas en una afamada librería de mi ciudad—, y Charles Bukowski, posiblemente el autor que más suelo releer.

Aquella revista y lo que en ella se mostraba es, en gran medida, la culpable de que yo decidiese convertirme en escritor profesional, es decir, en alguien que hace de la literatura su profesión, su manera de ganarse la vida —algo que cada día se pone más difícil—, vivir bajo techo —¡hay qué ver cómo se ha puesto de caro vivir bajo los puentes!—, llenar la cesta en el supermercado —con comida basura, que es la que podemos pagar sin dejarnos un riñón por el camino—, llenar el depósito de gasolina —¡todo un lujo!—, afrontar la factura de la luz —¡casi inasumible!—, y pagar impuestos —vaya, esto sí que lo sabemos hacer muy bien los pobres o la gente de estrato más humilde, ya que los ricos y las grandes empresas cuentan con grandes equipos de profesionales y leyes hechas a medida con las que poder escamotear impuestos y dejar de pagar “su parte”—.

En fin, que de algo me tenía que servir acumular porquerías en casa. ¿O no?