miércoles, 4 de noviembre de 2026

MI VIEJA LIBRETA

Una de mis viejas libretas de notas (foto propia)

 

Acabo de estrenar una nueva libreta de anotaciones. Eso me ha obligado a desprenderme de una de las libretas más veteranas que poseo. El espacio es un bien preciado cuando llegas a cierta edad, y la acumulación de objetos se torna contraproducente, a menos que aspires a ser un imitador de Diógenes, y que, además de acumular cosas, te dé por mostrarte de lo más laxo con la higiene, hasta el punto de acabar comido por la mierda.

Mi vieja libreta lleva conmigo desde 1992. Aún tiene el precio pegado en el dorso: 35 pesetas, es decir, unos 21 céntimos de hoy en día. Esa libreta es como de mi familia. Mi otra familia. Hasta me la he llevado conmigo de vacaciones en más de una ocasión, pues uno nunca sabe cuándo la inspiración decide hacerte una visita, y cuando eso ocurre mejor que te pille preparado. No han sido pocas las veces en que se me ha ocurrido alguna tontería en mitad de la noche, o mientras me doy uno de mis largos paseos, o mientras espero mi turno en la consulta de mi doctora de cabecera.

Siendo honesto, cada vez que acudo a la consulta de mi doctora es tanto el tiempo de espera que la última vez hasta me dio para escribir un ensayo de cuarenta y cinco páginas intentando descifrar el misterio que rodea a la clásica desaparición de calcetines dentro de los ciclos de lavado de las lavadoras domésticas. En aquel ensayo llegué a la inquietante conclusión de que los calcetines no se pierden debido a un despiste atribuible al ser humano, sino que dichas prendas acaban por migrar de manera voluntaria hacia otra dimensión. De hecho, tras una rigurosa investigación de algo más de cinco años, concluí que los millones de calcetines desaparecidos a lo largo de la Historia de la Humanidad permanecen, perfectamente amontonados, en una ubicación concreta del Reino de Narnia. Hasta le puse nombre al lugar: Calcetonia.

Volviendo a mi vieja libreta, en sus páginas garabateé ideas y bocetos que, con el tiempo, fueron creciendo y ampliándose hasta llegar a convertirse en piezas completas en forma de cuento corto o relato, llegando incluso alguna de ellas a formar parte de algunos de mis libros. No quiero ni pensar en lo que harían aquellas primeras anotaciones una vez yo cerraba la libreta y me iba a dormir. Bacanales de sexo gramatical, supongo.

Soy un romántico, y eso me ha llevado, en muchos momentos de mi vida, a establecer relaciones personales con objetos inanimados, dotándolos de sentimientos y actitudes típicamente humanos.

Yo no digo que ser romántico en este sentido me haga mejor persona, o más sensible que la media. Simplemente digo que, para mí, hay ciertos objetos a los que les guardo un cariño especial y con los que establezco una conexión muy cercana. Mis discos, mis pelis o mis libros, por ejemplo, no son sólo mis discos, mis pelis y mis libros. Son parte de mí. Son pedacitos de mi historia personal, pequeñas diapositivas mentales de momentos puntuales de mi vida.

Así que decidí desprenderme de mi vieja libreta. Pero antes de despedirme, quise tener una última charla.

—¿Qué tal todo, vieja amiga?

—Bien, Pedro. ¿Sabes qué?, aún no me creo que hayan pasado treinta y cuatro años desde que me estrenaste. Treinta y cuatro años, que se dice pronto.

—¿Treinta y cuatro? ¿En serio?

—Y tanto.

—Dios, ¡cómo pasa el tiempo!

—Aquí hiciste tus primeros esbozos de Domingo Ventura.

—¿Quién es Domingo Ventura?

—Domingo fue el protagonista de tu primera novela, aquella que presentaste al concurso de novela convocado por Alba Editorial y el periódico La Provincia, ¿no te acuerdas?

—¡Ostras, es verdad! Ya casi lo había olvidado por completo. Por el amor de Dios, has hecho que me ruborice.

—¿Por qué?

—Por lo mala que era aquella novela.

—La idea no era mala, pero tú aún estabas muy verde. Aún no habías encontrado tu voz, tu estilo, ese sello personal que ahora posees y que por aquellos años ni siquiera sospechabas que llegarías a alcanzar algún día. Recuerda que por aquellos años tú aún estabas muy influenciado por el realismo mágico y la literatura latinoamericana. Acuérdate de todas aquellas novelas de Isabel Allende, García Márquez, Juan Rulfo o Vargas Llosa que leías de manera compulsiva en la intimidad de tu cuarto. O la trilogía Océano de Alberto Vázquez-Figueroa. Te pasabas horas y horas imbuido en aquellas lecturas, empapándote de todo aquello.

—Cierto. Lo había olvidado. Me pasaba horas perdido entre aquellas páginas, estimulando mi imaginación y fantaseando con que, algún día, yo también viviría de lo que escribiese.

—De ahí surgió aquella primera novela, que trataba sobre un viejo canario exiliado durante el franquismo a Cuba y que, en los últimos años de su vida, estableció una relación de íntima amistad con un joven cubano al que instruyó prestándole sus libros. Y de tanto hablarle de la hermosa tierra que había dejado atrás cuarenta y tantos años antes, prendió en el muchacho el deseo de salir de Cuba y venirse a vivir a Canarias, cerrando de este modo el círculo.

—Recuerdo la crítica que me hizo la hermana de una buena amiga de entonces. Aquella chica, lectora compulsiva, me hizo ver la cadena de errores que jalonaban aquel primer intento. ¡Y cuánta razón tenía! Me dio mucha vergüenza constatar por mí mismo todas las cagadas que había cometido. Menos mal que el Dios de la Literatura quiso evitarme el bochorno de que aquella primera novela llegase a ser leída por lectores profesionales, ya que a los pocos días de haber sido entregada en la sede de La Provincia me fue devuelta por un defecto de forma.

—¿Qué defecto de forma?

—Te vas a reír. Resulta que en las bases del concurso se establecía un número mínimo de folios, y como mi novela no llegaba a ese mínimo lo que hice fue aumentar el tamaño de letra y doblar el interlineado. Aquello parecía escrito para ser leído por Mr. Magoo. Las letras eran enormes.

—Eso demuestra lo naif que eras entonces.

—Y tanto. Así y todo, aprendí mucho de aquella amarga experiencia.

—No todo fue malo, hombre. Entre mis páginas hay escritas algunas líneas bastante buenas, lo cual indicaba que, aún a pesar de estar en pañales, en ti había madera de escritor. Hoy, viendo tu evolución desde aquellos lejanos días, no puedo por menos que sentirme tremendamente orgullosa de ti, y de lo mucho que has trabajado para encontrar tu voz, tu sello, tu impronta, en todo lo que escribes.

—La mayoría de las veces me cuesta explicar los lazos que me unen a vosotros. Para mí sois más que objetos inanimados.

—Lo sabemos. Y te lo agradecemos. No todo el mundo llega a semejante nivel de complicidad con sus cosas.

—¿Sabes qué?

—¿Qué?

—Que, a pesar de tu más que merecida jubilación, te voy a conservar. No quiero perder ese lazo que me une a ese pequeño trocito de historia que anida entre tus páginas. Así, cada vez que abra tu cubierta y me sumerja entre tus páginas, volveré a ser ese joven lleno de ideas que soñaba con convertirse algún día en escritor.

—Gracias, Pedro.

—Gracias a ti.


Hasta el próximo miércoles.


 

miércoles, 28 de octubre de 2026

TIEMPOS VIEJUNOS

 

Ilustración tomada de Internet


Nada más concluir la reunión de la Comunidad de Propietarios salí disparado hacia mi casa. La reunión se había alargado más de la cuenta. Ya eran casi las nueve de la noche. Cené un plato de judías a la vinagreta con atún que me había sobrado del mediodía y, mientras me duchaba después de cenar, supe que había sido una muy mala idea llenar el buche con aquel mejunje. El dolor de estómago me estaba matando. Es lo que pasa cuando tragas demasiada quina, y no sueltas algún que otro exabrupto para rebajar la tensión y evitar que los ácidos se ceben con tu úlcera. Me tomé un vaso de agua con sal de frutas y me fui directo a la cama.

Ni siquiera abrí el libro que tenía sobre la mesilla de noche. Me sentía tan agotado que, nada más apagar la luz, los párpados bajaron el telón sobre mis ojos y caí en un sueño profundo.

Mi imaginación se disparó, y aquella noche retrocedí en el tiempo, a la época de las cavernas, miles de años atrás. De repente, me vi en una escena cotidiana acorde a aquellos tiempos. Se trataba de una cueva enorme, repleta de neandertales de ambos sexos conviviendo en comunidad. La cúpula de la tribu había convocado una reunión para tratar temas vitales. Junto al líder, sentados en cuclillas, le acompañaban su segundo, a la derecha, y el chamán de la tribu, a la izquierda. Al chamán era fácil rconocerlo, no ya sólo por la gran cabeza de oso de grandes fauces que llevaba puesta en el cráneo a modo de sombrero, con el resto de la piel del animal cubriéndole la espalda, sino por el suntuoso anillo de oro de 18 kilates adornado con un rubí en el centro que cubría el índice de su diestra, símbolo inequívoco de su pertenencia al clero.

—A ver, Urg —dijo el jefe Grok—, según tengo entendido deseas plantear una queja a este consejo de administración. Tienes la palabra.

Urg, hombre recio, tomó la palabra.

—Mi queja va dirigida a mi vecino, Erg. Más concretamente a su mujer. Según me cuenta mi prójima, la mujer de Erg no está barriendo su parte de las zonas comunes de la cueva. A mí personalmente lo que hagáis en vuestro loft me da exactamente igual, pero los accesos y zonas de tránsito comunes acordamos que debían ser limpiados y acondicionados por turnos, y tu mujer no está cumpliendo con lo pactado.

—¿Qué tienes que decir a eso, Erg? —dijo el jefe Grok.

—Ya que estamos poniendo las cartas sobre la mesa, me permito apuntar que, según se hace constar en la tabla de piedra expuesto a la entrada de la cueva comunitaria, tu familia no está al día en los pagos a la comunidad.

—¿Cómo que no? —respondió Urg, por alusiones.

—Hace setenta lunas se acordó fijar una cuota de un filete de rinoceronte lanudo al mes, y tú ya llevas tres filetes de retraso.

—Es que este mes la caza no se nos ha dado muy bien a los de mi grupo.

—Pues espabila, macho. Porque nosotros estamos haciendo un esfuerzo considerable. Hasta hemos tenido que ir a cazar más allá del valle. Y ahí están los resultados.

El jefe Grok tomó la palabra.

—A ver Urg, te impongo una multa de cuatro filetes de rinoceronte lanudo: tres para ponerte al día en tu cuota a la comunidad, y un filete extra en concepto de intereses por retraso en el pago. Y tú, Erg, debes pagarle a Urg dos filetes en concepto de indemnización por la dejadez de tu mujer a la hora de hacer frente a sus obligaciones comunales. ¿Estáis de acuerdo?

Ambos contendientes asintieron.

—El siguiente caso involucra a Org y Arg, vecinos del ala oeste de la cueva. ¿Cuál es tu queja, Arg?

—Que conste que yo no tengo nada en contra de Org. Al contrario. Somos colegas. Y hasta vamos a cazar juntos. Pero, dicho esto, no soporto los ronquidos de su suegra por las noches. No me dejan pegar ojo.

—¿Y crees que a mí me entusiasman? —se defendió Org—. Estoy hasta la frente de cromañón de aguantar a la tía petarda. Pero es la madre de mi mujer, y por más tirones de pelo que le propine a mi parienta, ella siempre se acaba poniendo del lado de su madre. No queráis saber lo mucho que he deseado que en una noche de tormenta el Dios del Rayo parta en dos a mi suegra.

—Cómo te entiendo, colega —agregó Arg—. Yo también estoy harto de mi suegro.

—Hablando de tu suegro. ¿No podrías decirle que deje de pavonearse por ahí semidesnudo, con esos calzoncillos de leopardo, intentando ligarse a las jovencitas de la tribu? Que no es un pibito, por el amor del Dios del Fuego. Que ya tiene treinta y dos años, coño.

—¿Y crees que a mí me hace gracia? Desde que se jubiló, a los veintisiete tacos, como marca la Ley, es como si estuviese viviendo una segunda juventud. Se pasa el día holgazaneando con sus colegas jubilados y fumando porros de hiedra secada al sol.

—Esa es otra. Hay que ver cómo apestan esos canutos, tío.

—Dice que le relajan, y que le hacen pasar de todo. Eso sí, cada vez que fuma le entra un hambre atroz, y el muy cabrito arrasa con las tiras de jamón ahumado que guardamos en la despensa.

—Y ya que estamos con los malos olores. ¿Qué me dices de sus pies? Apestan a queso francés. Tiene la cueva totalmente atufada con ese desagradable pestazo.

—A ver, Arg y Org —intervino el jefe de la tribu—. ¿Qué os reclamáis el uno al otro?

—¿Sabe qué, jefe? Org es mi colega, y entiendo por lo que está pasando con su suegra en casa. Así que no le reclamo nada.

—¿Y tú Org?

—Arg también es mi colega. Y me conformo con que le dé un toque de atención a su suegro. Yo haré lo propio con mi suegra. Por mi parte, no tengo nada que reclamar.

—De acuerdo —dijo el jefe Grok—. Siguiente orden del día. Uhm lleva meses reclamando la apertura de una salida de humos desde el techo de la cueva al exterior. Dice que cada vez que se enciende una fogata, bien sea para cocinar o para mantener calentita la cueva, todo esto se llena de humo, y que el aire se hace irrespirable. Ahora bien, si accedemos a su petición, la obra nos va a salir por un pico. Ya tengo sobre la mesa tres presupuestos y, aún aceptando el más barato, se hará necesaria una derrama.

—Por mí vale —dijo Urg.

—¿Cómo que vale? —intervino Ehm algo molesto—. ¡Pero si aún debes tres cuotas de la comunidad, más un filete extra con la que te acaba de sancionar el jefe como multa por tus retrasos! ¿Cómo puedes decir tan alegremente que aceptas la derrama si ni siquiera estás al tanto de las cuota de la comunidad?

—Una cosa es una cosa, y otra cosa es la otra. La apertura de una salida de humos es más que necesaria, si no queremos morir de asfixia.

—¡Pero si ya debes cuatro filetes de rinoceronte lanudo a la comunidad! —insistió Ehm—. ¿En serio quieres añadir una derrama a tu deuda?

—Pediré un crédito.

—¿Un crédito? ¿A quién?

—Al hechicero.

—¿El hechicero tiene género para prestar?

—Pues claro. ¿No ves que al ser un hombre religioso no paga impuestos?

—Esa es otra —intervino Ehm—. ¿Por qué los hombres religiosos no pagan impuestos, como todo quisque?

—Con la Iglesia hemos topado —ironizó Ahm.

—A ver, manos arriba a favor de la derrama para la acometida de obras de una salida de humos a través del techo al exterior de la cueva.

La comunidad hizo valer su voto. La moción quedó aprobada por mayoría absoluta.

—Siguiente punto del día —anunció el jefe Grok—. El viejo Gru, desde que tuvo aquel accidente con el mamut, ya sabéis, aquel que le destrozó la pierna, lleva meses solicitando una rampa de acceso a la cueva para cojos.

Hay que recordar que estamos en la Edad del Cobre, y que aún la cultura woke no había ejercido su enorme poder de condicionar la vida de los habitantes de la Tierra con su férrea imposición de lo “políticamente correcto”. Así que nadie en la tribu se sentía ofendido si alguien era señalado como “el cojo”, “el manco”, “el tuerto”, “el jorobado”, “el sarasa” o el “tonto de los cojones”, que era el apodo por el que era conocido el hijo de Ohm y su parienta, que eran hermanos.

—A ver —intervino Ohm—. Esta cuestión de Gru ya la hemos tratado en la anterior junta. No hay presupuesto en las arcas de la comunidad para acometer esa obra de una rampa para cojos.

—Ya se lo hemos dicho —dijo Ehm—. Pero él insiste. Dice que le cuesta un mundo salir de su cuevita, y otro mundo volver a subir la cuesta para acceder a su rinconcito, al fondo de la cueva.

—¿Y no le vale el bastón que le regalamos por su cumpleaños hecho con el fémur de una encebra ibérica?

—Se queja de que resbala cuando llueve.

—¿Y porqué quiere salir de casa cuando llueve? ¿A quién le apetece salir de casa cuando llueve, con lo a gustito que se está al abrigo del fuego, con una mantita de piel de oveja lanuda por encima y leyendo un libro de Bukowski?

—Argumenta en su defensa que por sus venas corre sangre inglesa, y ya sabéis lo que les gusta a los ingleses llevar la contraria al resto de las tribus.

—Malditos hijos de la pérfida Albión.

—¿Votos a favor de la petición? —dijo el jefe.

Nadie levantó la mano.

—Petición denegada —proclamó el jefe.

—Hijos de puta —se oyó rezongar a alguien desde el fondo de la cueva. Presumiblemente se trataba de Gru, quien, debido a su cojera, le había resultado imposible asistir a la reunión.

—Siguiente orden del día. El grupo de meapilas me ha hecho llegar sus quejas por las pinturas rupestres que cubren el ala norte de la cueva, ya sabéis, donde se muestran a esas hembras de grandes pechos y sin nada encima. A su modo de ver son ofensivamente obscenas, y denuncian que, desde que esas pinturas lucen en las paredes, el pervertido de Rum no para de masturbarse ante ellas.

—¿Y qué proponen? —intervino Uhm.

—Pintar encima unos bisontes o unos tíos con arcos y flechas cazando un ciervo o un mamut.

—Yo prefiero a las tías de grandes pechos desnudos. Estoy harto de los bisontes y los tíos con arcos y flechas cazando. Me recuerdan al curro. Y lo último que deseo al llegar a casa es acordarme del curro.

—Votemos —dijo el jefe.

Al final ganaron las tías en bolas por catorce votos a favor y siete en contra. Los meapilas amenazaron con abandonar la comunidad y crear su propia tribu Amish.

El jefe de la tribu, Grok, retomó el hilo de la reunión.

—Hay quejas de que a Meh, la hembra de Gru, le han desaparecido de su colada unas prendas de ropa interior hechas con piel de ardilla. Por favor, respetad la propiedad privada. No somos comunistas, coño.


Desperté sobre las cuatro de la madrugada bañado en un sudor frío. Mientras me preparaba en la cocina un segundo vaso de agua con sal de frutas, me juré a mí mismo no volver a comer nada pesado una vez pasadas las ocho de la noche. A mis cincuenta y seis tacos debería saber estas cosas.


Hasta el próximo miércoles.



miércoles, 21 de octubre de 2026

CIPOLLA Y LA COMUNIDAD DE VECINOS

 

Foto tomada de Internet.


Vivo en un bloque de pisos que conforman una amplia comunidad de vecinos. Cada cierto tiempo se convoca una reunión de propietarios, a fin de aprobar presupuestos, renovar la junta directiva o acometer alguna obra o reforma.

En el porrón de años que llevo viviendo aquí me he gozado en esas reuniones toda suerte de fricciones, exabruptos, amenazas físicas y verbales y encontronazos varios entre propietarios. En ese sentido, mi comunidad no se diferencia lo más mínimo de otras comunidades de similares características, es decir, bloques de pisos con más de trescientas viviendas distribuidas en diferentes portales, con patio interior, azoteas, ascensores y garaje subterráneo, con propietarios de todas las edades, nivel económico, nivel social, nivel incultural y nivel de mala hostia.

Odio las reuniones de la comunidad de vecinos. Siempre ocurre lo mismo: uno va con la intencion de no tomarse las cosas demasiado a pecho, procurar ser lo más razonable posible y adoptar una posicion de equidistancia para evitar enemistarse con unos o con otros, y, al final, acabas con una úlcera de estómago del tamaño de una ficha de dominó de tanto tragar quina.

Y es que siempre hay un gilipollas o una gilipollas, o varios gilipollas si la cosa se pone calentita, que al final consigue sacarte de tus casillas. Y por más que intentas distanciarte de él o de ella, o de ellos, y no caer en su trampa, al final acabas con el cuello atrapado bajo el cepo, como un ratón atraído por el irresistible olor del queso.

—Somos los del tercero izquierda del portal 8, y hemos decidido, mediante un referéndum vinculante, salirnos de la comunidad y crear nuestra propia república independiente.

Vaya, otro gilipollas que se piensa que en la democracia todo vale. Y hasta tienen una alfombra nueva del Ikea proclamando “la república independiente de su casa”.

“Ssstupendo”, como diría el añorado Forges.

—Todos en casa hemos votado. Ha sido algo democrático —insiste el tolai—. Y ha ganado el SÍ por cuatro votos a uno. Así que, a partir de ahora, somos independientes de la comunidad de propietarios.

—A ver cómo te lo explico para que lo entiendas —intervino el presidente tomando la palabra—. Para que sea algo democrático, como tú bien apuntas, deberían contarse los votos de “todas las partes implicadas”, y no únicamente los de la parte interesada en la escisión. ¿Lo entiendes?

—No.

—Pues si no lo entiendes, o no lo quieres entender, que para el caso es lo mismo, te recomiendo que vayas a una biblioteca y busques algún libro que trate de en qué consiste una democracia. Viajar también ayuda.

Otro lumbreras, tocado por la varita mágica de la estulticia, pidió la palabra. El presidente se la concedió. Y entonces el fenómeno nos salió con la siguiente idea de bombero:

—Resulta que nosotros también hemos votado en casa. Una persona un voto. El escrutinio fue el siguiente: cuatro votos a favor y dos en contra. Los dos en contra fueron los de mi padre y mi hija mayor, que está muy unida a su abuelo. O sea, que quedó aprobado por mayoría absoluta.

—¿Qué quedó aprobado por mayoría absoluta? —quiso saber el presidente de la comunidad, temiéndose lo peor.

—En casa todos sabemos latín, así que hemos decidido reivindicar nuestro derecho a adoptar este idioma para comunicarnos entre nosotros y con nuestros vecinos. Y como bandera vamos a utilizar la faja de mi suegra. Tiene 500 años de historia, ¿sabes?

—¿Quién tiene 500 años, tu suegra o su faja? —dijo un vecino guasón.

—Las dos —proclamó el comunero idiota, inmune a la ironía.

Al presidente se le empezaba a notar en la cara que aquello le estaba superando. Y no sólo en la cara, pues de repente sus piernas comenzaron a patalear nerviosamente el suelo, como Dave Lombardo tocando el doble bombo en el Angel of death de Slayer.

—Nosotros queremos pagar las cuotas de la comunidad en bitcoins —sugirió otro propietario.

—¡Una patada en los huevos te voy a dar como nos pagues en esa moneda de mierda! —saltó su vecino de al lado. Según pude saber ambos llevaban en pleitos desde el 2015, cuando descubrió que la hija del primero se había pasado semanas robándole la ropa interior a la hija del segundo desde el tendedero que ambos pisos compartían a través del patio interior.

—Los del 1º B se niegan a pagar la misma cuota de mantenimiento del ascensor, ya que argumentan que ellos apenas lo utilizan.

—Por esa misma regla de tres deberían pagar más por el desgaste de las escaleras, ya que son los que más uso le dan —razonó un vecino del mismo portal.

Otro propietario exigió que se instalase una rampa de acceso para discapacitados justo al lado de las escaleras que comunicaban el garaje con los portales.

—Pero si tú no eres discapacitado —apuntó el presidente.

—Cierto. Pero tengo un patinete eléctrico. Y exijo mi derecho a acceder al portal de mi escalera sin apearme del patinete.

—Y yo exijo mi derecho a patearte los huevos por gandul —dijo su mujer, que era de armas tomar.

—¿Y qué hay de mi derecho a bajar en calzoncillos a tirar la basura a los contenedores instalados a la entrada del edificio? —propuso el del 4º H.

—Ah, pues si a ése le conceden el derecho a moverse en calzoncillos por las zonas comunes del edificio, yo reivindicaré mi derecho a practicar el nudismo —apuntó el del 5º H, un gordo sudoroso del que emanaba con carácter permanente un pestazo insoportable, como a bolsas de basura con restos de pescado de tres días, que delataba su más que dudosa higiene. Ninguno de los presentes pudo evitar poner cara de asco ante la perspectiva de ver a aquel cerdaco paseando sus desagradables lorzas desnudas y sudorosas por las zonas comunes del edificio.

—Y yo mi derecho a mear en los maceteros de los portales. Tengo problemas de próstata y, en ocasiones, no me da tiempo entre meada y meada de pillar un inodoro —apuntó el del 2º M.

—Y yo mi derecho a deslizarme por una liana desde el balcón de mi casa, en plan Tarzán —dijo el del 6º L.

—¿Es que te has vuelto loco? ¿Cómo piensas deslizarte por una liana desde el balcón de tu casa?

—¡Es que aquí no se respetan los derechos de las personas! —se quejó el imitador de Tarzán.

—¿Derecho a qué, a ser idiota? Si quieres ejercer tu idiotez puedes hacerlo perfectamente de puertas adentro de tu casa. Mientras no perjudiques a ningún vecino, más que a ti mismo, puedes hacer el gamba sin tasa dentro de los límites de tu vivienda.

—Yo exijo mi derecho a pasear por el edificio con mi cocodrilo Teófilo —dijo el rarito del 12º K, denunciado hace tres años por tener una pitón de cinco metros y medio a la que alimentaba con ratones muertos.

—Y yo mi derecho a tirarme pedos silenciosos en el ascensor —aportó el guarro del 8º L.

—Yo reivindico mi derecho a escuchar Death Metal a todo volumen a la hora de la siesta —proclamó orgullosa la gorda sexagenaria del 5º D, doña Gertrudis, quien vestía una camiseta XXXXL de Cannibal Corpse, mostraba orgullosa la mano cornuta y sacaba la lengua.


Sostenía el historiador y economista Carlo Maria Cipolla en su célebre libro Las leyes fundamentales de la estupidez humana, que “nunca discutas con un idiota, porque te rebajará a su nivel y allí te ganará por experiencia”.

El presidente de nuestro edificio, hombre culto y leído, conocía perfectamente el libro de Cipolla. Así que se quitó las gafas de leer de cerca, las metió en su estuche, luego se puso las gafas para ver de lejos, cerró el libro de actas y, poniendo cara de circunstancias, se lo entregó a su secretario diciéndole lo siguiente: “Renuncio”.

Yo, que presencié toda la movida cómodamente instalado en mi silla plegable, situada junto a una columna, y cuya ubicación me permitía pasar prácticamente desapercibido, me incorporé decidido a abandonar la reunión. Y mientras me dirigía a la zona de los ascensores, me descubrí repitiéndome mentalmente: “A la próxima reunión de propietarios va a ir Rita la Cantaora”.


Hasta el próximo miércoles.