martes, 17 de abril de 2018

GRACIAS, ANA PALACIOS

Bonito collage obra de Ana Palacios. "Gracias, Ana", Fdo. El maestro..


Como bien dice ella misma en su escrito —que ampliaré más adelante—, Ana y yo nos conocimos a través del blog de un escritor que ambos solemos visitar con cierta asiduidad. En uno de los post de aquel blog, ambos dejamos sendos comentarios. Curiosamente, aquel post versaba sobre «ser un escritor fracasado». ¿Una indirecta, quizás, de mi viejo amigo el cosmos? Uhm. ; )
Entonces no nos conocíamos de nada, pero algo debió ver ella en mi comentario que, por lo que fuese, hizo que me siguiese la pista y acabase entrando en mi blog.
Según me hizo saber a través del primer comentario que me dejó, lo primero que leyó mío le gustó, lo que provocó que las visitas se fuesen sucediendo a lo largo de las siguientes semanas.
En justa correspondencia yo también visité su blog, leí una de sus piezas, me gustó lo que leí y le dejé un comentario. Aquel sencillo gesto mío fue recibido con una inmensa alegría por Ana, ya que, como ella misma me confesó, llevaba poco tiempo en el mundo de los blogs, apenas conocía a nadie, y de las pocas visitas que recibía celebraba con agradecido júbilo cualquier comentario que le dejasen, por muy breve que fuese.
Le confesé que yo conocía muy bien esa sensación, pues yo mismo lo viví en primera persona en mis comienzos. Le conté que en mis inicios apenas recibía tres o cuatro visitas cada vez que publicaba algo, y que los escasos comentarios que me dejaban eran celebrados por mí como gotas de agua en el desierto.
Con el paso de los días, y de manera muy natural, comenzamos a intercambiarnos correos. En esos correos ella se refería a mí como ¡Pedrooooooo!, y yo, siguiendo la broma, me refería a ella como ¡Vilmaaaaaaa! (benditos dibujos animados de Hanna-Barbera). Teniendo en cuenta los gritos que nos damos cada vez que nos escribimos, aún no sé cómo es que no nos hemos quedado sordos ninguno de los dos. Ni afónicos. Milagros de la naturaleza humana, supongo.
Al poco de conocernos, Ana me trasladó su intención de hacerse con mis libros. Yo la invité a que, antes de hacerlo, se leyese los adelantos gratuitos que tengo disponibles en mi blog —en el apartado MIS LIBROS— , ya que, al no conocerme aún ni conocer mi estilo, temía que las piezas contenidas en los mismos no fuesen acordes a sus gustos literarios. Ella, como gran dama que es, agradeció el gesto, e insistió en adquirir mis libros, a pesar de no estar familiarizada con mi forma de ver y entender el mundo y lo que en él sucede.
Una vez adquiridos mis libros, y siendo ella bloguera, le pedí a Ana, como hago siempre que un lector dispone de su propio blog, que una vez leídos me hiciese llegar una valoración o crítica, además de una foto, con vistas a hacerle el correspondiente post de agradecimiento con enlaces a su blog.
Ana aceptó encantada el reto, y, a pesar de que algunos de los cuentos incluidos en los libros no logró cumplir sus expectativas —si algo hemos de tener siempre muy presente como autores es que no vamos a gustar a todo el mundo, ni que todo lo que escribimos va a ser recibido de la misma manera—, mi querida Ana me hizo llegar esta emotiva carta que, con su permiso, reproduzco a continuación:

Amigo, Pedro.
Te conocí a través del blog de otra persona. Tu comentario me debió de gustar, porque sin saber la razón hice clic en tu nombre y me colé en tu “casa”.
Nada más entrar leí “El síndrome de sobreexposición a la realidad” y me gustó tanto que te dejé un comentario. No tardé en recibir respuesta, como era de esperar de un caballero como tú, aunque yo aún no lo sabía.
Tanto me gustó el síndrome de sobreexposición que decidí plagiarte. No lo conseguí, pero lo intenté ¡lo confieso! y hasta publiqué el plagio, eso sí, con tu autorización.
Desde entonces yo me dirijo a ti como Pedroooooooooooooo y tú me respondes como Vilmaaaaaaaaaaaaaaa! Y así comenzó nuestra “relación”.
Según dices, eres un hombre de talla grande. No te conozco, pero puedo decir que si el cuerpo lo tienes grande, el corazón lo tienes inmenso.
Me fuiste guiando hacia las comunidades de G+, cuando acababa de aterrizar en las redes y andaba más perdida que en un desierto sin brújula, y hasta me enseñaste cómo conseguir hacer los guiones largos en los diálogos. Puede parecer una tontería, pero a mí estos gestos de generosidad me llegan directos al corazón.
Bueno, de ti como escritor no puedo opinar porque sería como si un párvulo pretendiera valorar a un maestro. No resultaría políticamente correcto. Disculpadme por nombrar la política en estos momentos, ya lo dejo. Ja.
Desde el primer relato que leí, ya vi que eras todo un seductor, porque empecé a leer y no podía parar. Tienes un humor típico de los seres dotados de inteligencia, no un humor macarra ni facilón, es... ¡es un humor que me encanta!
He tardado en hacer la valoración porque considero que no estoy preparada; he visto y leído algunas magníficas de tus lectores. Pero bueno, dicen que “de todo ha de haber en la viña del señor”, y un acto de humildad tampoco viene mal.
Pedro, junto a estas humildes líneas te envío dos composiciones de fotos. Sé que eres un maestro también en estas cosas y yo una aprendiz que acaba de empezar. Pero he hecho lo que he podido, con mucho cariño e ilusión, y estoy segura que valorarás más la buena intención que los resultados.
Gracias por estar ahí.
Un abrazote,

Ana/Vilma



Lo confieso, que alguien hable de mí con tanto cariño y afecto hace que me enternezca casi tanto como una rebanada de pan Bimbo (¡toma publicidad encubierta!).
Buscando por Internet frases relativas a la amistad, encontré estas dos:

«Un amigo es la persona que nos muestra el rumbo y recorre con nosotros una parte del camino»

«La amistad duplica las alegrías y divide las angustias por la mitad»

No quisiera cerrar este post sin recordaros que a Ana Palacios la podéis encontrar en su blog CUENTA CONMIGO. Os aseguro que, si decidís hacerle una visita, os lo va a agradecer un montón. Y si además le dejáis un comentario, os digo desde ya que la vais a hacer muy feliz.
Ana es una buena anfitriona; amable, cariñosa y cercana. Posee una educación exquisita, escribe con gusto y en sus letras demuestra una manifiesta preocupación por temas de calado social. Ama a los animales, de los que dice que los seres humanos nos preocupamos menos de lo que debiéramos. También ha escrito dos libros: Más allá de las palabras y Las vivencias de Sol y Luna (dos gatos adoptados).
Su dirección web es esta:


No hace falta que le digáis que vais de mi parte, ya que Ana os va a atender igual de bien vayáis de parte de quien vayáis. Porque Ana es, ante todo, una gran dama. Me considero afortunado de poder contarla entre mis lectoras y amigas.
Gracias, Ana.

¡Vilmaaaaaaaaaa! ¡¡¡Yabadabadouuuuuuu!!!

Os presento formalmente a Sol y Luna. Ambas son las protagonistas
de uno de los dos libros escritos por Ana Palacios.


miércoles, 11 de abril de 2018

LA VENGANZA DEL COSMOS

Os presento al Cosmos en un día normal de su existencia


En mi último post os hablaba de mi dolor de espalda. Sí, sí, el mismo que me mantuvo alejado del blog y las redes sociales durante un par de meses.
Resulta que él, o ella —aún no he logrado identificar su sexo, ni su estado civil; no sé si está soltero/a, casado/a, divorciado/a, o viudo/a, o es un ligón/a solitario/a de vida promiscua y desenfrenada, lo cual, si es el caso: bien por él/ella—.
Como iba diciendo, él o ella regresó a mi vida, y a partir de aquí hizo todo lo posible e imposible por impedirme llevar una vida normal. E includo el poder llevar una vida anormal. Vamos, que su presencia ha sido un incordio desde el principio.
¿Sabéis esas visitas que no son bienvenidas y que aún así se meten en tu casa y se quedan allí in saecula saeculorum (expresión latina que viene a significar algo así como «por los siglos de los siglos», o «eternamente». Si uso esta expresión es para demostraros el nivelazo de cultura que tengo; además de un dominio casi perfecto de la bendita Wikipedia, dicho sea de paso. Ja).
En definitiva, que el dolor había vuelto a mi vida con intención de quedarse una laaaaarga temporadita junto a mí. Qué tierno. Ya podría venir a mi vida para quedarse una temporadita conmigo la hermosa y simpática Charlize Theron. La de conversaciones interesantes que tendríamos ella y yo echados sobre mi alfombra persa al calor de la chimenea.
Yo no tengo alfombra persa. Y, puestos a confesar, tampoco en mi casa tengo instalada una chimenea. Pero os aseguro que si un día recibiese una llamada de teléfono de Charlize Theron avisándome de su intención de querer pasar unos días conmigo en mi casa, me faltaría tiempo para ir a comprarme una alfombra persa y romper una de las paredes del salón de mi apartamento para construir una dichosa chimenea. Y eso que no sé ni tapar un simple agujero con masilla. Pero por Charlize Theron soy capaz de tragarme entera la primera temporada de Bricomanía. Y hasta dos veces, si hace falta.

No sé vosotros, pero yo, cada vez que me atenaza una desgracia, reacciono instintivamente clamando al cielo: «¿Por qué a mí?».
Como anécdota curiosa, resulta que una vez el cielo me contestó:
Y a mí qué me cuentas, tío.
Perdona —respondí—, pero es que cada vez que me atenaza una desgracia tengo por costumbre clamar al cielo.
Pues mal hecho —replicó el cielo—. Te aseguro que yo no tengo absolutamente nada que ver en tu desgracia. Lo más que hago de vez en cuando es joderle las vacaciones a alguien llenando de oscuros nubarrones mi espacio, sobre todo en Semana Santa, o fastidiar a los asmáticos con la calima. Ah, y también me gusta hacerle la vida imposible a los carteros o los repartidores de comida a domicilio descargando una lluvia torrencial sobre ellos. Por lo demás, me importáis entre poco y cero.
Qué capullo, ¿no?
¿Quieres que te mande una semanita de calima?
Noooooo.
Pues mantén a raya esa lengua tuya.
Perdón.
Descartado el cielo decidí culpar al cosmos de mis desgracias. Los humanos, ya sabéis, necesitamos culpar a algo o alguien de las cosas malas que nos pasan en la vida, ya que en esa especie de desahogo encontramos un efecto catártico que nos ayuda a desfogar nuestra frustración y poder seguir adelante con nuestras vidas.
Así que pensé que el cosmos estaba detrás de mi dolor. Y al hacerlo, enseguida concluí que igual sería demasiado presuntuoso por mi parte pensar que el cosmos, con la de cosas que tiene que ocuparse, anduviese pendiente de mí.
Y a todo esto, ¿sabe alguien a qué dedica el cosmos su tiempo? ¿Lo sabe alguno de vosotros?, pregunto. Porque igual el muy vago se pasa el día en pantalón de chándal y camiseta de esas baratas y descoloridas por el uso continuado, echado en el sofá, comiendo porquerías de esas que engordan mientras ve nimiedades en la tele. Si es así, ¡levanta el culo del sofá, vago!
¿Cómo me has llamado?
Vago.
Te vas a enterar de quién es el vago. Te voy a mandar una maldición de esas de las mías que te vas a pasar meses en la cama, sin poder levantarte ni para ir al baño.
Ops.




martes, 27 de marzo de 2018

MI VIEJO ENEMIGO HA VUELTO

Autorretrato (para los más modernos: selfie): Corrigiendo 
a mano el manuscrito de uno de mis nuevos libros.


Escribo este artículo desde la cama, echado cuan largo soy. ¿Quiere eso decir que soy un vago? No necesariamente. De hecho, no es mi vagancia la que me tiene en semejante posición (¡qué más quisiera!). Para mi desgracia, el motivo de mi posición horizontal tiene su raíz en un hecho sin duda menos festivo, y, desde luego, mucho menos placentero.
Pero antes, amigos y amigas del blog, os debo una disculpa por tan larga ausencia. Aunque, bien mirado, si sois amigos del blog más que míos, ¿no sería más lógico que fuese mi blog quien se disculpase ante vosotros y no yo?
A mí no me metas en tus mierdas.
Eres tan culpable como yo.
¡Y un huevo!
¿Ah, no?
¿Qué culpa tengo yo de que tú no hayas escrito ni una mísera línea en estos meses?
O sea, que si yo no escribo nada tú no publicas, ¿no es eso?
¿Cómo quieres que publique si no hay nada que publicar?
Quería dejar claro este punto.
¿Qué punto?
Pues que sin mí no eres nada.
¡Serás capullo...!
Sí, sí, lo que tú digas. Y ahora, tras esta cura de humildad —que buena falta te hacía—, déjame que siga explicando a mis lectores el motivo de mi larga ausencia.

Han pasado dos meses desde mi última publicación. En todo ese tiempo no he dado señales de vida en red social alguna, ni una publicación, ni un “me gusta”, ni un comentario en blog ajeno. Nada.
Alguien podría pensar que el éxito se me ha subido a la cabeza. Pero no. No se me ha subido. Entre otras cosas porque soy un leño de tío, y si al éxito le diese por subirse a mi cabeza, incluso a mi chepa, se arriesgaría a caer desde una altura considerable, y el leñazo sería tan tremendo que podría llegar a romperse la crisma. Así que, yo del éxito mejor me estaría quietecito y me dejaría de hacer el tonto subiéndome a la cabeza de un tío tan alto. Avisado quedas, tío.
Entonces, si no se me ha subido el éxito a la cabeza ni la vagancia tiene nada que ver con mi situación, ¿por qué este tío tan alto y que escribe tan bien nos pide disculpas?
Menos lobos, Caperucita.
¿Acaso no piensas que escribo bien?
Vale. Sí. Escribes bien. Pero no queda bien que te hagas autobombo. Suena pretencioso.
Te recuerdo que no tengo abuelas.
Vale. En ese caso tiene un pase.
¿Puedo seguir?
Vale, sigue, anda...

Como muchos ya sabéis —porque en su día lo publiqué en este mismo blog—, desde finales del año pasado llevaba trabajando en la redacción, corrección y maquetación de mis dos próximos proyectos: mi primera incursión editorial en el terreno de la novela y un nuevo libro de relatos con el que tengo intención de cerrar la trilogía ABSURDAMENTE, iniciada en 2015.
A finales de diciembre ya tenía acabada la novela, a falta de una última revisión a fondo tras un par de meses de reposo. Mientras tanto, decidí invertir el lapso en seguir avanzando en el libro de relatos. En febrero ya tenía prácticamente decididas las piezas que voy a incluir en el tercer volumen de la saga ABSURDAMENTE. De hecho, me hallaba dando forma a dos de las piezas inéditas que irán en el libro cuando tuve que dejarlo todo. ¿El motivo? Mi viejo enemigo íntimo, el dolor de ciática, había vuelto a irrumpir en mi vida.
Empezó como siempre, haciéndose notar levemente, con pequeñas molestias en las cervicales y en la base de la espalda. Luego, por si aún no me hubiese percatado de su visita, empezó a subir de intensidad, atacando la cara posterior del muslo izquierdo. Al principio se limitaba a esporádicas apariciones tras permanecer demasiado rato sentado. Luego, no contento con eso, empezó a venirse a la cama conmigo por la noche, a la hora de dormir. Con el paso de los días era él quien me despertaba de madrugada, como un hijo que duerme contigo en tu cama porque tiene pesadillas, y claro, como él no puede dormir se encarga de que tú tampoco puedas.
Al final, harto de que hiciese todo lo posible e imposible por pasar de él, mi enemigo íntimo optó por hacerse notar a lo grande: imponiéndose con toda la fuerza que es capaz e impidiéndome llevar una vida normal, con días en que prácticamente no me dejaba levantar de la cama.
Desde hace un mes aproximadamente estoy combatiendo el dolor con un tratamiento de antiinflamatorios, pastillas para el dolor, reposo y algo de ejercicio. De momento vamos empatados: yo hago todo lo posible por llevar una vida más o menos normal y él continúa dándome el coñazo todo lo que puede y más, consciente de que tarde o temprano uno de los dos no tendrá más remedio que claudicar; y, honestamente, confío, espero y deseo que sea él quien acabe mordiendo el polvo.

Haciendo mías las palabras del grandioso Mercury: "Ojalá sea el dolor quien acabe mordiendo el polvo".


La próxima semana os pondré al corriente de mis avances. Si el dolor me lo permite. Haré todo lo posible para que así sea. Palabra.
Un fuerte abrazo a todos y todas. Y gracias por seguir ahí, al otro lado.





martes, 6 de febrero de 2018

EN QUÉ ANDO METIDO



Saludos. 
      Supongo que muchos de los que os soléis pasar por aquí regularmente os estaréis haciendo la misma pregunta: «¿En qué andas metido, tío?».
Os lo diré.
      Como ya avancé en alguno de los últimos posts que publiqué el año pasado (2017), a finales de diciembre me hallaba metido en la corrección de la que iba a ser la primera de mis novelas en publicar.
Acabada su redacción —al fin—, decidí dejarla reposar un tiempo. Es mi procedimiento habitual. Una vez escribo algo, en este caso una novela, necesito distanciarme de ello lo más posible, hasta casi olvidar por completo lo que escribí. De este modo me aseguro volver a ella con la mente fresca y abierta a la caza y captura de errores ortográficos, redundancias o fallos en la sintaxis.
La cosa está en que en el intervalo decidí aprovechar el tiempo y empecé a trabajar en la redacción definitiva del tercer volumen de la trilogía Absurdamente.
Hasta entonces disponía de una pequeña selección de doce relatos —entre piezas publicadas previamente en el blog y algunas otras inéditas en las que llevo tiempo trabajando—, pero desde hace dos semanas ando metido a fondo en la selección definitiva y corrección de los relatos.
Debo señalar que los textos previamente publicados en el blog han sufrido sustanciosas variaciones con respecto a la versión original. En algunos casos se le han añadido varias páginas, diálogos y personajes nuevos.
He de decir que estoy disfrutando muchísimo el proceso. Al releer algunas de las piezas de más antigüedad —algunas se remontan a mis inicios en el blog, a mediados de 2014—, me estoy sorprendiendo a mí mismo. Habiendo pasado tanto tiempo desde su gestación apenas recordaba nada de lo que escribí entonces. Eso hace que esté afrontando la lectura de esos textos más como lector que como autor, por lo que el placer está siendo doble.
Fiel a mi estilo, estoy cuidando especialmente el orden de las piezas, ya que considero fundamental seguir un orden específico —a base de ensayo y error— que permita que la lectura de mis libros sea una experiencia lo más placentera posible. Soy bastante puntilloso en este punto, hasta el extremo de haber cambiado varias veces el orden a medida que voy añadiendo o quitando textos al proyecto.
Habrá microrrelatos, como en los volúmenes precedentes. Todos ellos han sido especialmente escritos para el libro, por lo que nunca serán publicados en el blog. También he priorizado los textos más largos y, por supuesto, los que considero más logrados y divertidos. Y para rematar, una sorpresa en la que llevo bastante tiempo trabajando y que espero que sea la guinda al pastel.
En fin, que en eso estoy metido últimamente.
Pues nada, sólo quería deciros eso. Vuelvo al tajo, que aún hay mucho que pulir y reescribir. 
Por cierto, feliz año nuevo y todo eso (más vale tarde que nunca, ¿no?).

Un abrazo a todos y a todas, y gracias por seguir ahí. (Ya va para cuatro años...¿podéis creerlo?)



lunes, 25 de diciembre de 2017

DULCE CORAZÓN (Un cuento de Navidad)


Patrick Templeton y Emma Torgeson se conocían desde los tiempos del colegio; habían crecido juntos y juntos permanecieron hasta que ambos se graduaron en Derecho, con honores, en una de las más prestigiosas universidades del país.
Allí, en la universidad, se habían hecho novios, con el beneplácito de sus respectivas familias, y como personas sensatas y cabales que eran planificaron su vida al milímetro: trabajar en el bufete de abogados del que el padre de Emma era socio fundador, adquirir experiencia, renunciar de manera voluntaria a vacaciones, festividades, escapadas de fines de semana y otras sandeces por el estilo e invertir todo ese tiempo y esfuerzo en allanar el camino hacia el éxito personal y profesional. 
Ambos tenían muy claros sus objetivos: construir una sólida reputación profesional, montar su propio bufete antes de los treinta e ir subiendo posiciones en la escala social hasta alcanzar sus metas. Despreciaban de manera indisimulada a las personas desprovistas de ambiciones, sin metas ni objetivos en la vida, y carentes del coraje necesario para hacer lo que haya que hacer para alcanzar esos objetivos. Es decir, despreciaban a todo el que no fuese como ellos. 
Dedicados en cuerpo y alma al trabajo y a sus propias ambiciones personales, en poco más de cinco años ya manejaban algunas de las mejores cuentas del bufete. Su impecable historial de victorias no hacía sino alimentar su fe y su confianza en sí mismos, además de hacer crecer a buen ritmo su prestigio dentro y fuera de la profesión.
Tal y como habían acordado, acabaron por montar su propio bufete antes de cumplir los treinta, llevándose con ellos a todos los clientes que habían defendido en el tiempo que permanecieron a las órdenes del padre de Emma y sus socios.
Patrick y Emma se casaron cuando había que hacerlo, ni demasiado pronto ni demasiado tarde; justo cuando ambos convinieron que había llegado el momento de hacerlo.
Todo iba según lo planeado en la vida del joven matrimonio hasta que Emma se quedó embarazada. El embarazo no fue buscado, hecho que alteró ligeramente los planes de la pareja. Con todo, decidieron asumir el «error», procurando que la gestación de su bebé interfiriese lo menos posible en el plan de ruta marcado.
Nueve meses más tarde llegaba al mundo una preciosa niña de ojos curiosos y sonrisa perenne al que sus padres pusieron por nombre Eugenia Templeton Torgeson.
La llegada de Eugenia obligó a los Templeton a contratar los servicios de una cuidadora a tiempo completo.
El casting de institutrices para la pequeña Eugenia fue exhaustivo y concienzudo. Al final, tras entrevistar a más de medio centenar de aspirantes, los Templeton acordaron contratar a Helga Westermann, una mujer soltera entrada en la cuarentena, de carácter adusto y mirada pétrea como una escultura de mármol.


Eugenia creció ahogada bajo la férrea disciplina marcada por Frau Westermann, quien, ante la total ausencia de los padres, no tardó en adjudicarse el papel de padre/madre/educadora, para desgracia de la niña, pues la agria institutriz no perdonaba una a la pobre criatura.
Con su marcado acento teutón, unido a un carácter extremadamente áspero y autoritario, Frau Westermann obligaba a la niña a estudiar, a comer y a dormir a sus horas, bajo amenaza de severos castigos si no obedecía sus estrictas órdenes y directrices. El carácter dócil de la niña en modo alguno lograba menguar la severidad en el trato que Frau Westermann le dispensaba; más bien al contrario, la alimentaba, como la gasolina alimenta la voracidad del fuego.
Para desgracia de la niña, los Templeton se mostraban encantados con la labor educadora ejercida por Frau Westermann, pues absortos como estaban en sus ambiciosos planes profesionales lo último que deseaban era llegar a casa y ocuparse de la educación de aquella niña que consideraban débil y desposeída de carácter.
En una ocasión, a finales de diciembre, Eugenia preguntó a sus padres durante la cena:
¿Por qué aquí, en casa, nunca celebramos la Navidad?
¿A qué viene esa pregunta, jovencita? —replicó en tono severo la madre.
En casa de mis compañeras de clase todos los veinticuatro de diciembre se celebra la Navidad. Excepto en la casa de Rose Sandler, porque dice que su familia es judía y que los judíos no celebran la Navidad. ¿Nosotros somos judíos?
No —respondió tajante el padre.
¿Y qué somos?
Somos prácticos.
¿Y eso qué es? ¿Una religión?
No, idiota. Nosotros no practicamos ninguna religión. Eso se lo dejamos a las mentes débiles que necesitan creer que alguien vela por ellos desde algún ignoto lugar del universo. Nosotros, en esta casa, la única fe que practicamos es la del esfuerzo y el trabajo duro, porque sólo con esfuerzo y trabajo se consigue aquello que se desea. Lo demás son cuentos para niños, estupideces sin sentido.
¿Qué tienen de malo los cuentos para niños? —preguntó inocentemente Eugenia.
Por favor, Emma, haz llamar a Frau Westtermann y que se lleve a esta palurda a la cama —sentenció el padre.

Con el paso de los años la curiosidad desapareció de los ojos de Eugenia, al igual que su sonrisa. Ignorada por sus padres y abuelos, y atosigada por aquella malvada mujer de corazón de piedra y mirada de hielo, la pobre criatura sólo hallaba consuelo las veces en que se escondía en la cocina y hurgaba en la despensa hasta encontrar alguna tableta de chocolate que llevarse a la boca.
Una noche, de madrugada, Eugenia fue sorprendida en la despensa por Clarisse, la cocinera. La niña, con el rostro manchado de chocolate, comía a escondidas unos deliciosos bombones de origen suizo.
Pero pequeña, ¿se puede saber qué haces aquí escondida? —dijo Clarisse con voz dulce y sosegada.
Eugenia, asustada, rompió a llorar.
Por favor, señorita Clarisse, se lo ruego —dijo entre llantos—, no le diga nada a mis padres. Y mucho menos a Frau Westermann. Me matarían si se enterasen de esto.
Clarisse, que llevaba incluso más años al servicio de los Templeton que Frau Westermann, era perfectamente conocedora del trato cruel y vejatorio que sufría la pequeña, por lo que sintió nacer en su interior un sentimiento de compasión hacia aquella débil criatura.
Será nuestro pequeño secreto —susurró la cocinera. Y le dedicó a la niña una sonrisa cómplice.
La pequeña Eugenia, conmovida, dejó de llorar, se secó las lágrimas y se abrazó a la cocinera.
Desde aquel día Eugenia encontró en Clarisse una aliada, una amiga; la única persona de cuantas conformaban su entorno que mostraba una cierta empatía hacia ella.
Todas las noches, a escondidas, Clarisse proporcionaba a Eugenia su dosis diaria de chocolate. Por desgracia, los efectos de aquella dulce costumbre no tardaron en hacerse visibles.
Cada día que pasaba más trabajo le costaba a Frau Westermann vestir a Eugenia, pues sus ropas parecían encogerse en relación a su anatomía. Los kilos comenzaron a manifestarse de manera alarmante en el contorno de la niña y su rostro comenzó a redondearse hasta parecerse a un muñeco de nieve de carne y hueso.
Los padres de Eugenia, indignados, exigieron a Frau Westermann que pusiese coto a aquel despropósito, bajo amenaza de despido si no hacía bajar de peso a su cada vez más oronda hija.
Frau Westermann, herida en su orgullo, intensificó el ejercicio físico y aumentó su vigilancia sobre la niña, haciendo aún más agobiante si cabe su ya de por sí incómoda presencia.
Pero por más vigilancia y rigor que aplicaba aquella horrible mujer sobre la niña jamás consiguió averiguar el origen de aquel exagerado aumento de peso, pues la buena de Clarisse siempre se las ingeniaba para, sin ser descubierta, seguir suministrando a Eugenia su dosis diaria de chocolate.
El mismo día en que la niña cumplió los once años, y viendo sus padres que seguía engordando sin parar, Frau Westermann fue despedida, para gozo de Eugenia y Clarisse.
Mas poco les duró a ambas la alegría, pues por decisión de sus padres la pequeña Eugenia fue ingresada en un internado.


Desde el mismo día de su ingreso, la leal Clarisse iba a verla entre dos y tres veces por semana y en esos encuentros aprovechaba para seguir suministrando a la pequeña su dosis de chocolate, pues sabía lo mucho que ella apreciaba aquel dulce manjar entre tanta desdicha.
Y es que la pobre Eugenia era la diana de todas las burlas de sus compañeras en el internado. Se reían de ella por lo gorda que estaba. No había día en que no sufriese el rechazo y las más crueles bromas en relación a su más que evidente sobrepeso.
Eres gorda —le decían unas.
Eres fea —le decían otras.
Nadie querrá cargar con una niña tan gorda y tan fea como tú —le auguraban otras.
Estás tan gorda como una de esas huchas con forma de cerdito —se burlaba con exagerada crueldad Lindsey Campbell, una de las cabecillas del grupo de alumnas del internado—. Apuesto lo que quieras a que en la espalda tienes una ranura por donde introducirte las monedas. Come cerdita. Oink, oink, oink —y diciendo esto, todas las niñas se echaban a reír.
Las niñas en el internado se mostraban excesivamente crueles con Eugenia. Pero ella, acostumbrada como estaba a la crueldad sin límites que durante años soportó por parte de su antigua institutriz, había aprendido a construirse un grueso caparazón sobre el que resbalaban las burlas y los insultos que le dedicaban sus compañeras. Así, lejos de convertirse en una amargada, Eugenia creció relativamente feliz, pues halló cobijo entre las páginas de los libros de sus autores favoritos, aquellos que leía a escondidas en sus ratos libres.
Dos días al mes, Eugenia recibía la visita de sus padres. Pero a juzgar por la reacción de ambos en esos encuentros la pequeña habría preferido que no la fuesen a visitar nunca, pues cada vez que iban a verla no cesaban de recriminarle su sobrepeso.
Estás asquerosamente gorda —le decía su padre.
Así nunca vas a encontrar a nadie que quiera casarse contigo —le decía su madre, con hierática frialdad—. ¿Es que no tienes decencia?
Y así una y otra vez.
Día tras día, Eugenia notaba el rechazo de sus compañeras, de sus profesores y hasta de su familia. La única que se mostraba cariñosa y comprensiva con ella era Clarisse, la única persona en el mundo a la que podía considerar su amiga.
Los años pasaron, los abuelos fueron muriendo uno tras otro y Eugenia seguía viviendo encerrada en aquel internado rodeada de inhumanidad. Los únicos momentos en que Eugenia podía sentir algo parecido a la felicidad era cuando leía o cuando recibía la visita de su amiga Clarisse, quien jamás faltó a una sola de sus citas con la pequeña.
Eugenia Templeton permaneció ingresada en aquel internado hasta cumplir los diecinueve años de edad.
Una fría mañana de noviembre Eugenia fue requerida por la directora Chambers. Al entrar en el despacho, Eugenia observó que una de las sillas dispuestas ante la mesa de la directora la ocupaba un hombrecillo que llevaba una cartera de cuero negro dispuesta sobre sus muslos.
Siéntese, señorita Templeton —ordenó la directora Chambers en un tono de voz autoritario y deshumanizado.
Eugenia se sentó en la única silla que quedaba libre.
Señorita Templeton, le presento al señor Hoskins. Vamos, salude —instó la directora Chambers.
Buenos días, señor Hoskins —dijo Eugenia con un hilillo de voz que delataba su marcada timidez.
El señor Hoskins es uno de los abogados de sus padres, señorita Templeton, y tiene algo muy importante que comunicarle —apuntó la directora Chambers—. Adelante, señor Hoskins.
Aquel hombre enjuto, de rostro pálido y cadavérico, se ajustó las lentes antes de pronunciar sus primeras palabras.
Señorita Templeton, me temo que soy portador de malas noticias para usted. Verá, sus padres, Patrick y Emma Templeton, han fallecido en un accidente de automóvil ocurrido hace dos días a las afueras de...
A partir de aquí Eugenia Templeton dejó de escuchar la voz sin alma de aquel insignificante hombrecillo. Su mente divagaba entre pensamientos desordenados. Sus sentimientos eran confusos. No sabía si aquella noticia le causaba tristeza o paz. Sí, se trataba de sus padres, pero apenas había tenido trato con ellos, y el amor y el afecto se alimentan de roce y trato, algo que ella no había tenido con aquellos seres que consideraba poco menos que perfectos extraños. Tampoco ayudaba el hecho de que ni uno ni otro hubiesen mostrado jamás el más mínimo gesto de amor o cariño hacia ella. Al contrario, su trato siempre fue frío e impersonal, como si en vez de una hija se tratase de una más de sus empleadas.
Señorita Templeton, ¿me ha oído usted? —dijo el señor Hoskins al advertir que Eugenia no reaccionaba.
Sí. Disculpe —dijo Eugenia volviendo al presente.
En vista de los hechos, es mi deber informarle que es usted la heredera universal de todos los bienes y obligaciones de la familia Templeton.

Eugenia Templeton heredó una considerable fortuna. Siendo mayor de edad podía hacer uso de la herencia de la manera que estimase más oportuna.
Lo primero que hizo Eugenia fue abandonar el internado. Después de eso vendió todas las propiedades, incluido el bufete de sus padres. Con el dinero que obtuvo de aquellas ventas contrató a su amiga Clarisse y compró una enorme mansión de cuatro plantas edificada en mitad de un frondoso bosque.
Eugenia contrató a los mejores ingenieros, paisajistas y jardineros e hizo construir en los alrededores de la mansión un suntuoso jardín japonés protegido por una kilométrica valla. Su intención era la de aislar en lo posible aquel jardín del exterior, como si con ello pretendiese crear un mundo aparte, un lugar destinado a la relajación, a la serenidad de espíritu y a la confluencia con la naturaleza.


Hizo traer numerosas rocas y piedras de todos los tamaños, colores y texturas imaginables, que luego ordenó colocar en armónico orden con el entorno.
Para realzar aún más la belleza de aquel personal Edén, Eugenia adquirió toneladas de arena y grava blanca que los operarios esparcieron minuciosamente por los rincones de aquel suntuoso jardín rodeado de césped natural y hermosas y exóticas plantas.
Para rematar la decoración de aquel mágico lugar, Eugenia Templeton hizo colocar centenares de farolillos, puentecillos, pasajes de madera y miradores, e hizo construir a lo largo y ancho del recinto hermosos riachuelos y lagos artificiales.
Por último, Eugenia se gastó una auténtica fortuna en traer directamente del Japón la más variada colección de peces de colores que jamás se hubiese visto por aquellos lares.
Cuando al fin lo hubo dispuesto todo, Eugenia contrató a un magnífico equipo de jóvenes nodrizas a las que ella misma se encargó de entrevistar personalmente. Todas las aspirantes debían tener como único requisito imprescindible un carácter tierno y dulce, además de mostrar amor y veneración por los niños. Para completar el personal a su servicio Eugenia Templeton contrató los servicios del mejor equipo de pediatras y enfermeras que el dinero pudiese conseguir, mientras que delegó en su amiga Clarisse la contratación de las cocineras y sus ayudantes, además de encargarle la adquisición de la equipación de cocina a su gusto, sin límite de presupuesto.
Concluido el proyecto, Eugenia abrió las puertas de lo que ella llamó «un hogar para los niños sin hogar». Hasta allí comenzaron a llegar niños procedentes de todos los hospicios del país, de toda edad y condición, pues Eugenia consideraba que todo niño merecía tener una infancia feliz y dichosa.
Eugenia Templeton vivió muchos años rodeada de niños y a todos ellos les dio todo el amor que llevaba años atesorando en el fondo de su corazón.
La víspera de Navidad de 1976, a la edad de sesenta y tres años, Eugenia Templeton sufrió un infarto y murió mientras dormía plácidamente en su cama. A la mañana siguiente fue su amiga Clarisse quien la encontró dormidita en la cama, como un ángel dulce y bondadoso que hubiese decidido desplegar sus alas y volar alto, tan alto como el sol y las estrellas, dejando tras de sí una estela de amor y fraternidad.
Feliz viaje, mi niña —dijo Clarisse ahogada por la tristeza. Sus lágrimas resbalaban por su arrugado rostro sin poder ni querer evitarlo.
El día después de su muerte, Navidad, se organizó una bonita fiesta, con música y atracciones de todo tipo, para honrar la memoria de Eugenia Templeton, cumpliendo así los deseos que ella misma había dejado estipulado en su testamento; quería que todos la recordasen con una sonrisa y no con tristeza.
Eugenia había dispuesto con sus abogados que tras su muerte todos sus bienes fuesen administrados por Clarisse, pues sabedora del inmenso corazón y bondad sin límites que atesoraba la única y verdadera amiga que había tenido a lo largo de su vida, consideraba que no había en el mundo nadie mejor que ella para hacerse cargo de todo.
Cuando a Eugenia se le practicó la autopsia se descubrió algo que dejó perplejos a propios y extraños. Los médicos no daban crédito a aquel extraordinario suceso, pues nunca antes se había dado un fenómeno semejante en un ser vivo.
Según la autopsia, el corazón de Eugenia Templeton estaba hecho enteramente de chocolate. Sí, habéis leído bien, el corazón de Eugenia estaba hecho de dulce y refinado chocolate.
Cuando su amiga Clarisse fue informada de este hecho, esbozó una leve sonrisa y, con los ojos bañados en lágrimas, exclamó:
Mi preciosa niña. Era tan dulce que su corazón acabó transformándose en el más dulce de todos.





martes, 19 de diciembre de 2017

UN LARGO VIAJE (Parte 3 y definitiva)




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         Hace poco respondía a un comentario que mi buen amigo Josep MªPanadés, autor de Irreal como la vida misma, había dejado en mi blog a propósito del talento. En mi respuesta le comentaba que hace tiempo leí que el talento en cualquier disciplina artística es un 10%, y que el 90% restante es trabajo duro.
Lo creo. No sé si en esos porcentajes —supongo que dependerá de cada artista—, pero sí en el planteamiento general. Y lo creo porque soy de los que piensan que el talento si no se trabaja no sirve de nada.
El talento, tal y como yo lo veo, es como un montón de arcilla dispuesto sobre una mesa. El artista verá en ese montón deforme una futura obra, pero para ello deberá moldear la arcilla, trabajarla, darle forma.
Esto me trae a la memoria la célebre frase de Miguel Ángel (Michelangelo Buonarroti, 1475-1564), el famoso arquitecto, escultor y pintor italiano renacentista. En cierta ocasión le preguntaron cómo podía hacer aquellas esculturas tan bellas de un simple trozo de mármol, a lo que él respondió: «Simplemente retirando lo que sobra».
Exactamente así se construyen las obras literarias: escribiendo mucho para acabar «retirando lo que sobra».
En cuanto a la pregunta de si uno nace con talento o si el talento se adquiere con el tiempo, aún no lo tengo claro. Pero, por mi experiencia, sí que puedo decir que...
¡Jo, qué plasta!
¿Perdona?
Digo que eres un plasta, Pedrín.
¿Y eso? ¿A qué viene?
Pues viene a que llevas dos semanas dando la barrila con lo bien que escribes; que si eso es porque empezaste hace la tira de años, que si dibujas guay, que si eres un tío estupendo y maravilloso...
Un momento. En ningún momento he dicho que soy un tío estupendo y maravilloso.
Pues leyéndote es lo que das a entender.
¿Y no crees que soy un buen tío?
Psé. Normal. Ni bueno ni malo. Aunque eres un poco plasta, la verdad.
¿Plasta? Porque tú lo digas.
Yo soy la voz de los sin voz.
Adiós, Che Guevara.
Pues mira, sí. Soy el Che Guevara de los blogs.
¿En serio?
Totalmente.
Y dime, Che Guevara de los blogs. ¿También quieres acabar como él?
¿Te refieres con mi cara estampada en un montón de posters y camisetas molonas?
Pero mira que eres burro. ¿A eso reduces el movimiento revolucionario? ¿A un montón de posters y camisetas molonas?
Ya lo dijo Zappa: «El comunismo no funciona porque a la gente le encanta poseer porquerías».
¡Lavate la boca cuando hables de Zappa, maldito blog del demonio!
¡Eh, tío, no te equivoques! Que yo también admiro a Frank, ¿ok? Zappa sí que era un revolucionario, y un genio, y no como esos fatigas que se pasan todo el santo día dando lecciones de todo tipo e intentando convencernos de que ellos son la solución a los problemas que aquejan a la sociedad y tal y cual y Pascual.
Da la sensación de que no te van mucho los líderes revolucionarios.
Son más falsos que una moneda de chocolate. O un bitcoin.
A ver si al final vas a ser más inteligente de lo que creía...
¡Pues claro que soy más inteligente de lo que crees! ¡Y mucho más culto de lo que me presupones, cabeza de melón! Aunque no te lo creas yo leo mucho. De hecho, me paso la mitad del tiempo leyendo.
¿Y qué haces con la otra mitad?
Ver webs de tías en pelotas.
La culpa es mía por preguntar...
Hablando de lecturas, ¿qué tal va tu novela?
La acabé.
¡Venga ya! ¿En serio?
Sí. Hace un par de días coloqué el FIN, al fin, valga la redundancia. Ahora quiero dejar pasar un tiempo para leerla con otros ojos y hacer las últimas correcciones, si fuese necesario. Llevo prácticamente un año trabajando en ella a destajo, y necesito distanciarme para verla en perspectiva. Es mi procedimiento habitual.
¿Puedo leer algo?
Aún no. Hasta que no la considere definitiva no pienso mostrar nada a nadie.
¿Y qué más proyectos tienes entre manos?
Llevo un tiempo trabajando en algo especial.
¿Para el blog?
Sí.
Huy, ¡qué bien! ¿Y de qué se trata?
Quiero que sea una sorpresa. Confío en tenerlo listo en estos días, para subirlo el día 25.
Vaya, parece que no paras de crear.
Son rachas. Todo el que escribe sabe de qué va esto. Unas veces no se te ocurre nada y otras no paran de venirte ideas. Lo importante es no desesperar y confiar en tu instinto.
Pues, ¿sabes qué? Me alegro de tu buena racha. Eres buen escritor. En serio.
¡Pero mira que eres falso! ¿No decías al inicio de esta conversación que estabas harto de mi supuesto «autobombo»?
Parece mentira que aún no me conozcas. Eso era para picarte, bobo. ¿No ves que me aburro como una ostra en el tiempo que no publicas? Por eso te pico un poco, para que escribas más material con el que nutrirme y hacer que la gente nos visite. Me encanta cuando la gente nos visita, y nos lee. Y no te digo nada cuándo nos dejan algún comentario. Ahí entro en éxtasis.
No sé yo si creerte...
Que sí, tío. Que no soy tan mal blog después de todo.
Te concederé el beneficio de la duda.
¡Menudo beneficio! ¿Y porqué no te enrollas y me ingresas algo de pasta en mi cuenta corriente?
No te pases.
Era broma, tío. Venga, no te mosquees. Ains.