miércoles, 16 de septiembre de 2026

EL MOSQUITO MARIQUITA (Parte 2)

 

Foto de Nuzree bajada de Pixabay bajo licencia Creative Commons



Para leer la primera parte, pincha aquí.


De manera harto sorprendente el mosquito cumplió su palabra, y no volvió a hacer acto de presencia en las horas que permanecí en casa de Boris. De este modo, no sólo pude echarme un sueñecito de una hora o así, sino que Boris y yo pudimos seguir trabajando en el guión hasta bien avanzada la tarde.

Al caer la noche, Boris me bajó a mi casa en su coche. Cuando crucé el umbral de mi domicilio estaba tan cansado que solté la mochila en el suelo y me fui directo a la ducha. Estaba reventado.

Luego de una reconfortante ducha me preparé algo de cenar, vi un poco de televisión, para distraer la mente y, a eso de las once de la noche, decidí echarme a dormir.

No llevaba ni dos minutos con los ojos cerrados cuando, de repente, oí un zumbido que me resultó de lo más familiar.

No puede ser —pensé.

Encendí la luz de la mesita de noche y, ¿a quién me encontré? ¡Exacto!, a mi antiguo amigo «el mosquito gay».

¿Se puede saber qué haces aquí? —le espeté.

Hola, Pedro.

Te he hecho una pregunta. ¿Qué haces aquí?

Yo también me alegro de verte —contestó él con ironía.

¿Cómo has venido hasta aquí?

Me colé en tu mochila.

¿En mi mochila?

Eso es.

Pero, ¿por qué?

Ya lo sabes. Porque estoy enamorado de ti.

¡Venga ya, tío, no jodas!

Eso quisiera yo. Pero tú no quieres.

¡Pues claro que no quiero! Puede que tú seas gay. Francamente, me da igual lo que seas. Creo en la libertad de elección. Pero yo no soy gay. Soy hetero. ¿Lo entiendes? Hetero.

¿Acaso no te gusto?

Y dale. ¡No!

Eso me ha dolido.

¿El qué? ¿mi sinceridad?

No. Lo tajante de tu aseveración. Ni siquiera has dudado.

¿Y porqué habría de hacerlo? Tengo claras mis preferencias, así que no veo porqué tendría que mostrar duda alguna al respecto.

Vale. Pasaré por alto tu brusquedad. Es lo que tiene el amor, que te ciega ante los defectos del ser amado. Incluso hace que esos rasgos, censurables en cualquier otro, se conviertan en gasolina para la pasión.

Madre del amor hermoso... cuanto daño han hecho las telenovelas.

Contéstame a esto. Y, por favor, sé sincero. ¿Por qué no te gusto?

¿Has oído algo de lo que he dicho, majadero? Soy heterosexual. ¿Entiendes eso? Me gustan las mujeres. Única y exclusivamente. Y con mujer me refiero a una hembra humana.

¿Y nunca has pensado en experimentar? ¡Todo el mundo lo hace!

Yo no soy como todo el mundo.

Pero, ¿por qué no lo pruebas?

Pues porque no necesito hacerlo.

¿Y cómo puedes saber que algo no te gusta si no lo has probado antes?

Porque soy un tipo muy inteligente, muy intuitivo y muy sabio. Y a estas alturas de mi vida sé distinguir perfectamente lo que me gusta de lo que no.

¡Hala! Inteligente, intuitivo y sabio. ¿Tú no tienes abuela, verdad?

Por desgracia, no. No tengo.

A propósito, ¿recuerdas aquella vez en París, en casa de tus amigos? Ya sabes, la vez en que estando cinco personas en la misma habitación te picó un mosquito sólo a ti, dejando al resto con la piel inmaculada. ¿Lo recuerdas?

No me irás a decir que fuiste tú.

No. Fue mi primo: Philippe Antoine.

Vaya hombre.

Es mosquitero, ¿sabes?

¿Qué es un mosquitero?

Un mosquito que practica la esgrima y usa florete.

Venga ya. ¿De verdad estaba siendo vacilado por un maldito mosquito sabiondo? Aquello ya estaba pasando de castaño oscuro.

Un tenso silencio se estableció entre ambos. Yo me masajeaba el cuello y aprovechaba para cerrar los ojos. El problema es que, al cerrar los ojos, el sueño reclamaba su tributo, lo que, francamente, resultaba contraproducente.

El cansancio caía a plomo sobre mi cuerpo y mi espíritu. Necesitaba dormir. Pero, ¿cómo dormir sabiendo que había un mosquito en mi habitación? Imposible. Jamás he podido hacerlo. Para poder dormir necesitaba matar antes a aquel bicho.

El problema es que ya lo había tratado personalmente, y eso lo cambiaba todo. ¿Cómo matar a alguien a quien ya conoces? Mi conciencia volvía a jugármela. ¿Por qué no podía ser yo como un político o un banquero, capaz de hacer callar la voz de mi conciencia a voluntad?

A propósito —intervino el mosquito mariquita rompiendo el silencio—, mientras estuve encerrado ahí dentro tuve tiempo de leer algunos de los apuntes que tienes en ese bloc que guardas en tu mochila. He de decir que tienes algunas ideas realmente interesantes.

Er... gracias.

No hay de qué. Escribes muy bien. ¿Has pensado en presentarte a algún concurso literario?

Ya lo he hecho. Varias veces.

¿Y?

Nunca gané nada.

¡No me lo puedo creer!

Pues créetelo. Me he presentado a concursos de obras de teatro, de cuentos cortos y hasta de novela. Pero nunca pasó nada. Ni siquiera llegué a estar entre los finalistas. Eso no hacía sino alimentar mis sospechas.

¿Qué sospechas?

Que la mayoría están amañados. Y los que no están amañados están condicionados, ya sea por consignas internas, por oscuros intereses comerciales o políticos o por prebendas igual de oscuras y siniestras.

Piensas eso porque nunca has ganado ninguno.

Es posible. Tal vez mi resentimiento hable por mí. Al fin y al cabo sigo siendo humano. Y como cualquier ser humano, soy imperfecto. No espero que lo entiendas.

¿En serio estaba manteniendo una conversación de semejante calado con un mosquito? ¿En qué momento de mi vida he caído tan bajo como para no saber distinguir realidad de ficción? Porque no me negaréis que el hecho de poder mantener una conversación más o menos lógica con un insecto entraría de lleno en el terreno de la fantasía. ¿Me estaré volviendo estúpido con la edad? ¿Será este el principio del fin? No lo descarto.

Mi natural pesimismo siempre un par de pasos por delante. Aunque, por aquello de ver algo de luz al final del oscuro túnel en el que me hallaba sumido, igual la falta de sueño y el cansancio sean realmente los responsables de que me haya abandonado a la irrealidad, y que una vez descanse cuerpo y mente consiga transitar de nuevo por el luminoso terreno de la cordura.

¿En qué piensas?

En que estoy muy cansado y necesito dormir. Y tú no me estás facilitando la tarea. Más bien me la complicas.

Entonces, ¿no quieres probarlo siquiera un poquito?

¿Probar el qué?

A besarme.

¡Lárgate de una vez! —exclamé realmente enfadado.

Eres muy cruel, ¿sabes?

¿Cruel? ¿Por qué soy cruel? ¿Porque no deseo corresponder al amor que un mosquito gay siente por mí?

Los mosquitos gays también tenemos sentimientos, ¿sabes?

¿Y?

Pues que, al igual que vosotros, los seres humanos, también nosotros necesitamos de afecto y cariño. Y amar y que nos amen.

Anda y que te den.

No hace falta que seas tan soez.

¿Quieres hacer el favor de largarte y dejarme descansar, fatiga, que eres un fatiga?

Está bien. Me iré. Porque te amo.

Lo que tú digas. Pero lárgate, ¿quieres? Necesito dormir.

¿Me escribirás?

¿Escribirte? ¿Adónde?

Tengo cuenta en Facebook.

¿En serio?

Absolutamente. Toma nota. Mi cuenta en Facebook es MOSQUITA MUERTA. Tengo una foto en la que salgo posando con una parca de plumas y estoy monísimo de la muerte. Y otra en la que salgo posando en la orilla de una charca. Aunque ahí te confieso que estoy un poco fondón, casi ridículo. Dime, ¿me agregarás a tu grupo de amigos?

Me lo pensaré.

No me vale. Necesito un compromiso por tu parte. Sólo así te dejaré en paz.

¡Qué pesado! El dichoso mosquito me estaba cargando de veras. No sabía cómo quitármelo de encima. Yo estaba reventado. Recordad que apenas había dormido una hora en las últimas veinticuatro y me había pasado buena parte del día trabajando en el guión, por lo que el desgaste mental incidía de forma determinante en mi cansancio físico y psíquico. Obviamente, lo último que deseaba era enfrascarme en una discusión interminable con un insecto.

Viendo que el mosquito no me iba a dejar en paz, decidí contraatacar.

¿Sabes qué? Tienes razón. Creo que debería probar cosas nuevas.

Pues claro, hombre. Abajo los conceptos arcaicos y restrictivos. Viva la experimentación. Liberemos nuestros cuerpos y espíritus de los corsés mentales y los prejuicios pasados de moda. Ya verás lo bien que nos lo vamos a pasar tú y yo.

He decidido probar a comer insectos —anuncié.

¿Qué?

He leído que tostados están muy ricos. Empezaré por los saltamontes. Y, ¿quién sabe? Tal vez un día de estos me coma un buen plato de mosquitos a la plancha rociados con especies.

Vale. Lo pillo. Me voy zumbando.

Y lo hizo. Se fue. Por fin.

Entonces apagué la luz de mi mesita de noche y, por si acaso, conecté el antimosquitos a la corriente eléctrica. A mi edad no debes fiarte de nadie. Y mucho menos de un mosquito gay.



miércoles, 9 de septiembre de 2026

EL MOSQUITO MARIQUITA (Parte 1)

 

Imagen de Tweazel bajada de Pixabay bajo licencia Creative Commons


Hace tiempo hablé en este mismo blog de las accidentadas circunstancias que rodearon mi primera incursión en el mundo del cine, durante el rodaje de un cortometraje en forma de falso documental cuyo guión escribí.

Además de este guión, en los meses previos había estado trabajando con mi amigo Boris en la escritura de otro guión para un proyecto mucho más ambicioso. Lo que había empezado como un pequeño boceto para un corto acabó transformándose en un guión para un  mediometraje. La historia iba de un olvidado científico alemán afincado en Gran Canaria que había protagonizado frecuentes y exitosos encuentros con seres de otros planetas allá por los años 50 del siglo pasado.

Preso de la excitación —me suele ocurrir siempre que un proyecto me entusiasma—, mi mente no paraba de parir ideas, a cual más absurda. La mayor parte eran imposibles de llevar a la práctica, habida cuenta de nuestra escasez de medios y recursos económicos. Sin embargo, ello no era óbice para que mi mente siguiese pariendo chorradas de lo más locas y descabelladas, como la de una joven campesina semianalfabeta, paciente de un psiquiátrico un tanto siniestro, a la que de repente le da por empezar a hablar en perfecto alemán, que es el idioma empleado por los extraterrestres para comunicarse con los habitantes de la Tierra.

En plena fiebre creativa, Boris me sugirió que subiese a su casa a seguir escribiendo el guión. Su casa, un remanso de paz y tranquilidad ubicada en mitad de la naturaleza y rodeada de una vasta extensión de terreno, se mostraba ideal para escribir sin molestas interrupciones. O eso pensaba yo.

Al poco de estar allí, pronto se hizo evidente que no estábamos solos. A pesar de vivir en mitad de la nada, un inesperado okupa vino a colarse entre nosotros sin ser invitado. Se trataba de un molesto mosquito que, vete tú a saber porqué, se había encaprichado conmigo.

Por aquellos días, poseído por una poderosa fuerza creativa que me empujaba a sacar de dentro el torrente de ideas que pugnaban por salir a la superficie, incluso llegué a escribir un pequeño diario, donde iba detallando aquellas cosas que, al margen del guión, merecían ser recordadas.

Hoy, en un ejercicio de nostalgia, he desempolvado parte de aquellas breves notas y las muestro aquí por primera vez.


DIARIO DE MIS SESIONES DE ESCRITURA PROYECTO DOCTOR WAISMANN


Hace unos días volví a pasar la noche en casa del director del proyecto. Y, como la vez anterior, un maldito mosquito volvió a estropearme el sueño en mitad de la madrugada. Y eso que allí hacía un frío del carajo. Tenía entendido que la mayoría de los mosquitos reducen su actividad cuando la temperatura cae de los 15 °C, e incluso dejan de volar y dar por saco por debajo de los 10 °C. De ahí mi extrañeza ante aquella molesta presencia.

Así que, una vez desvelado, me pasé un buen rato hablando conmigo mismo, como un loco desquiciado.

«¿Será posible que me pase esto a mí? Otra vez un dichoso mosquito. ¿Y si resulta que es el mismo de la otra noche? ¿Es que este bichejo no tiene frío? ¿Qué verá en mi sangre que le atrae tanto? Espera un momento. ¿Y si no es mi sangre realmente lo que le atrae de mí? ¿Y si resulta que en realidad se trata de un mosquito mariquita? Eso sería aún peor. Prefiero mil veces que ese mamón me chupe la sangre a que me chupe otra cosa».

Como se puede deducir, no pude pegar ojo en toda la noche. Una cosa está clara: definitivamente estoy reñido con la naturaleza. Ahí tienes otra razón más por la que jamás podría irme a vivir al campo. Seguro que si lo hiciese acabaría mis días devorado por una feroz manada de jabalíes. O peor aún: devorado por una feroz manada de jabalíes mariquitas.


Tras darle varias vueltas, al final no tuve más remedio que dormir con la almohada estratégicamente colocada entre las piernas, a fin de preservar en lo posible mi integridad sexual. Temía que aquel mosquito del demonio acabase colándose subrepticiamente por entre las sábanas y consumase su pérfido plan.

Llamadme homófobo si queréis. Honestamente, me da igual. Pero lo cierto es que no me sentía nada cómodo poniéndole el culo a tiro de piedra a un mosquito mariquita.

Al final, entre que no dormí y me mostré ojo y oído avizor, y que me pasé buena parte de la noche con el cuerpo completamente cubierto bajo las sábanas, logré repeler el ataque de aquel merodeador nocturno.

Eso ocurrió el martes. El miércoles, es decir, a la mañana siguiente, teníamos bastante trabajo por hacer. Aún andábamos dándole vueltas al argumento de aquel proyecto que iba creciendo y creciendo sin parar. Mi problema es que, como no había podido pegar ojo en toda la noche, por culpa del mosquito mariquita, me sentía como un zombie: medio dormido y torpón.

A pesar de mi estado semicatatónico —o quizás gracias a él, pues en esto de la inspiración nunca se sabe—, conseguí escribir algunos chistes buenísimos y un nuevo giro argumental. Cuando le leí a Boris lo que había escrito se partió de la risa. De hecho, nos pasamos un buen rato partiéndonos de la risa, imaginando cómo quedaría la escena una vez filmada.

Esta es, quizás, la mejor parte de escribir, cuando al fin lo compartes con alguien y ves que lo que has escrito funciona. No siempre es así, por lo que cuando ocurre que los astros se alinean y todo funciona como un reloj te sientes pleno, satisfecho, feliz y orgulloso de tu trabajo.

Aprovechando un receso, en el que Boris salió de la casa a ocuparse de los perros, intenté echarme una cabezadita. Prácticamente me había pasado toda la noche en vela, por lo que mi cuerpo y mi cerebro, agotados ambos, me reclamaban descanso.

Echado en el sofá cuan largo soy, con la cabeza cómodamente reposada sobre uno de los apoyabrazos, cerré los ojos y me dejé ir. No llevaba ni treinta segundos con los ojos cerrados cuando escuché un molesto y familiar zumbido transitando de oreja a oreja en dolby surround.

Exactamente lo que estáis pensando: se trataba del mosquito mariquita. Pero esta vez, lejos de asustarme, decidí razonar con él.

Oye tío, ya empiezo a mosquearme contigo —le solté de entrada.

¿Y eso? —dijo él.

Cada vez que vengo a esta casa no haces sino acosarme.

¿Acosarte?

Sí. Acosarme. Dime la verdad, tú eres un mosquito mariquita, ¿no es cierto?

No. No lo soy.

Sí. Sí que lo eres.

Bueno, sí. Lo soy. Pero sólo un poquito.

¿Cómo que un poquito? O se es gay o no se es gay. Nadie puede ser un poquito gay.

No creas. Hay mucho gay al que le gusta nadar en la indefinición. La mayoría suelen trabajar en puestos directivos de grandes corporaciones de imagen ultraconservadora o en el mundo eclesiástico.

Pero tú ni trabajas de directivo en una gran corporación ni eres cura. ¿O me equivoco?

Vale. Me has pillado. En realidad, yo soy un little gay.

¿Un little gay? ¿Qué diablos es un little gay?

Lo que vosotros soléis llamar un mariquita, sólo que dicho en inglés, que queda más guay.

Vaya por Dios. Y para colmo nos ha salido un pelín redicho, el puto bicho este. Si encima me suelta que le mola la cultura kitsch y que le encantan grupos de La Movida tipo Alaska y los Pegamoides y el cine de Almodóvar, le suelto una hostia con la palma de la mano abierta que lo dejo estampado en la pared.

¿A ti no te gustará el cine de Almodóvar, no?

¿Acaso me tomas por un hortera? No. No me gusta Almodóvar. ¿Has visto la mierda de peluca que le encasquetaron a Toni Cantó en Todo sobre mi madre? Ridícula es poco. Yo soy más de Woody Allen y Stanley Kubrick, y de clásicos del cine en blanco y negro: John Ford, Billy Wilder, John Houston, Mervin LeRoy, Cecil B. DeMille, Nicholas Ray, George Stevens, William Wyler. En fin, la crema.

Vale. De la que te has librado, colega.

Oye, quisiera pedirte un favor —le dije al mosquito.

Dispara.

Anoche, por tu culpa, no pude pegar ojo. Me pasé la noche en vela, temiendo un ataque por tu parte. Estoy deshecho.

Vaya. Lo siento.

Así que te propongo lo siguiente: ¿puedes darme una tregua para que yo pueda echarme una cabezadita? Con una hora me será suficiente. Ya sabes, para recargar pilas. Lo único que te pido es que en el tiempo que duerma te largues a dar una vuelta por ahí; no sé, ve a ver si pillas algo por ahí fuera, y así yo podré desconectar, sabiendo que no me atacarás mientras duermo.

Me parece razonable. Te doy mi palabra de mosquito que no te molestaré en una hora.

Gracias.

De nada.

Y diciendo esto, el mosquito mariquita se fue zumbando al exterior de la casa.

Sin embargo, ésta no sería la última vez que sabría de él...


(continuará)


Hasta el próximo miércoles.





miércoles, 2 de septiembre de 2026

AL FIN GANÉ MI PRIMER CONCURSO LITERARIO

Con ustedes, la viva imagen de la honestidad: Ana Rosa (AR)

 

Tras un más que inmerecido descanso, vuelvo a la actividad. Y lo hago anunciando algo que llevaba años anhelando poder gritar a los cuatro vientos: ¡al fin he ganado mi primer concurso literario!

Pero, antes de proseguir, me vais a permitir un inciso.

En mis comienzos como aspirante a escritor me presenté a varios concursos literarios. Pero nunca gané nada. Ni tan siquiera logré un segundo premio, ni una mención especial o un accésit. Nada.

Así que un día, hastiado y decepcionado, me dije a mí mismo que no merecía la pena presentarse a ningún concurso más. Sobre todo a aquellos en los que el ganador ya estaba decidido de antemano, antes incluso de convocarse. Era una absoluta pérdida de tiempo, energía y dinero, y no andaba yo muy sobrado de ninguna de las tres cosas. Ni entonces ni ahora.

Así que durante más de una década me olvidé de los concursos, y concentré todos mis esfuerzos en escribir y publicar en mi blog, y en revistas literarias como Moon Magazine. También aproveché el tiempo para lanzar varios libros al mercado. Pero, por más empeño que ponía en ello, la cosa no acababa de funcionar como ambicionaba, ni como íntimamente creía merecer —todos los que escribimos creemos merecer mejor suerte con lo que hacemos. Y quien diga lo contrario, miente. O se miente a sí mismo, que no sé qué es peor—.

Ya me había olvidado de los concursos literarios, hasta que hace apenas unas semanas me llegó a mi correo el siguiente mail:


«¡Enhorabuena!

Nos complace comunicarle que nuestro jurado, compuesto por diversas personalidades del mundo de la cultura y las artes, además de un tío que no tiene ni puta idea de cultura ni de arte pero es el que pone la pasta, ha decidido por unanimidad, siguiendo el sabio consejo del que pone la pasta aunque no sepa un carajo de cultura ni de arte, que su novela haya resultado ganadora de nuestro prestigioso concurso literario Satélite en la edición de este año.

Las razones para su elección han sido muchas y muy variadas. A continuación le ampliamos algunas de ellas:

Usted luce bien en las fotos. No es ni feo ni guapo, sino una extraña mezcla de ambas cosas, como el Carlos Sobera.

Usted tiene una edad intermedia, ni demasiado joven ni demasiado mayor. Y eso mola cantidubi.

En una de las fotos que ha subido a las redes sociales se le ve sosteniendo una pluma estilográfica, y eso quiere decir que usted sabe escribir. Ni se imagina la de libros que hemos premiado en el pasado de tipos que no sabían escribir. Lo bueno es que los libros de esos zoquetes que no saben escribir los acaban comprando gente que tampoco sabe leer, así que... la cuadratura del círculo.

Ha publicado varios libros, aunque no haya vendido un carajo. No obstante, el mero hecho de haberlos escrito y publicado ya indica que usted tiene cosas que decir, y eso, unido a la foto con la estilográfica que mencionábamos en el punto anterior, refuerza nuestra opinión de que en su caso no se trata de un advenedizo tipo Mar Flores o la Preysler, y que no será necesario contratar los servicios de un negro literario para que escriba los libros por usted, aunque sea su nombre y su careto el que se muestre en la portada. Eso que nos ahorramos.

Y ya no hay más razones. Ni falta que hace. Si el tipo que pone la pasta dice que p'alante, pues p'alante vamos. El dinero manda, amigo.

Para ser totalmente sinceros con usted, le confesamos que no hemos leído su manuscrito. No tenemos tiempo. Hoy día casi nadie tiene tiempo para leer. Ni siquiera wasaps. Por algo inventó Dios los mensajes de voz. Así que ya sabe: hoy casi nadie lee. Ni siquiera el tío que pone la pasta. Precisamente ese tío menos que nadie. Bastante tiene con pasarse la mayor parte del día ideando maneras de ganar más pasta de la que ya tiene, y que no podrá gastar ni en cien vidas que viviese. ¿Acaso existe alguna ley que ponga límites a la avaricia? Debería haberla, pues eso haría de éste un mundo mucho mejor, con menos desigualdades. Pero como no la hay: ajo y agua.

Leyendo lo anterior bien podría llegar a preguntarse, ¿y porqué se empeña esta gente en crear y fomentar un premio literario si nadie lee ni compra libros? Muy sencillo: porque da prestigio. Es una forma de ganarnos el respeto y la admiración de las masas. La gente es así de simple. Y lo es precisamente porque no leen. Y gracias a eso nos ganamos muy bien la vida, no se crea. De hecho, nos va mucho mejor así, que la peña no lee, a que si la gente le diese por leer. Eso se lo aseguro.


Por cierto, ya le hemos concertado siete entrevistas con diferentes medios de nuestro grupo mediático: el Grupo Pausa.

Pero antes, ponemos en su conocimiento que nuestro equipo de marketing ya está trabajando en encontrarle una imagen distintiva. Tiene que ser algo exclusivo, único e indistinguible, a fin de destacar entre el mar de mediocridad que nos rodea a diario. Para ello, nos vemos en la obligación de advertirle de los estereotipos que no podremos utilizar para fabricar su “imagen de marca”, porque ya están cogidos. A saber:


La boina de rústico y el espíritu guerracivilista son marca registrada de David Uclés. Así que nada de boinas ni de sacar a colación en cada entrevista que le hagan lo malos malísimos que fueron los unos y lo buenos buenísimos que fueron los otros durante la Guerra Civil Española.

El peinado imposible y el bronceado exagerado pertenecen a Sonsoles Ónega.

La larga melena entrecana, sombra de ojos tipo oso panda y el hacer apología de la ignorancia supina son propiedad exclusiva de Mario Vaquerizo.

La barba de tres días y la pose de cuñado engreído y petulante que opina de todo sin saber de nada (tipo Gonzalo Miró) son exclusivas de Juan Del Val. Y de Gonzalo Miró. Entre nosotros, deseando estamos que Gonzalito escriba un libro (o que se lo escriban, lo mismo da), para premiarlo como se merece.

El hacerse pasar por una autora femenina cuando, en realidad, detrás se ocultan tres tíos con barba y bigote es exclusivo de Carmen Mola que, dicho sea de paso, no mola nada. Apesta a estafa.

La cara de oler constantemente a mierda alrededor y la soberbia de quien se cree por encima del Bien y del Mal por ser hija y nieta de quien es son marca registrada de Alejandra Rubio (que aquí, entre nosotros, ya le podemos adelantar que será la futura Premio Planeta de un año de éstos. Aún nos falta por decidir si se lo damos a la madre o a la hija. Total, ninguna de las dos sabe escribir. Pero eso al tío que pone la pasta le da igual. Tampoco él sabe leer. Ni falta que le hace. Mientras tenga pasta para parar un tren, todo se la suda).

La cara de cemento armado tras haber sido denunciada por firmar un libro que no había escrito, donde, para más inri se incluían plagios a otros autores, y esgrimir en su defensa excusas tan peregrinas como que “los plagios se debían a un error informático”, obligando a que la editorial retirase más de 50.000 ejemplares de las librerías y, a pesar de ello, seguir pontificando en tu programa de televisión sobre honestidad, verdad, sinceridad, honradez, probidad, veracidad, rectitud moral e integridad, pertenecen a Ana Rosa Quintana. Menuda jeta.

En fin, Sr. Curbelo, le damos nuestra más sincera enhorabuena por su premio y le invitamos a que se ponga en contacto con nosotros para recoger su premio y su cheque.


Al leer el último párrafo lo vi todo claro. Se habían equivocado de persona. No me habían premiado a mí, sino a un tal Curbelo. Alguien debió escribir mal el nombre del ganador y se dirigieron a mí por error. Así que les escribí para advertirles del error y, tras aclararlo con la organización, quedé descartado y me volvieron a ignorar como hasta ahora. Vuelta a la normalidad.

Ya me extrañaba a mí. ¿Cómo iba a ganar yo un concurso literario al que ni siquiera me había presentado?

Eso no es posible.

¿Verdad que no?

¿O sí?