martes, 9 de octubre de 2018

ALGUNAS LECTURAS


Leer es un placer. No siempre, es cierto. Hay libros cuya lectura se asemeja más a una tortura china que a una apacible sesión de mindfulness. Pero eso no es malo. Al contrario. Es fantástico. ¿Por qué? Pues porque del mismo modo en que si no existiese el mal no existiría el bien, si no existiesen los libros malos y aburridos no existirían los críticos literarios y los académicos. Y los pedantes. Uhm, ahora que pienso en ello, igual no estaría tan mal que no existiesen los libros malos y aburridos, ¿no?
Bah, da igual.
Este año 2018 está siendo una cosecha de lo más interesante, la verdad. Hasta el momento llevo contabilizados...uhm, ¿desde cuándo llevo la cuenta de los libros leídos? Esto no es una competición. Nunca lo ha sido. Si leo es porque me gusta, me divierte, me entretiene; y además de todo eso, aprendo. Aprendo lo que hay que hacer y lo que NO hay que hacer, si decides dedicarte a este noble oficio.
En fin, de lo leído ha habido de todo. Bueno y malo. Y aunque ha habido algunos libros que he tenido que abandonar por lo insufrible que me estaba resultando su lectura, para esta ocasión he decidido hablar de los que sí acabé. De los otros, los coñazos, hablaré otro día. 


Josh Bazell. Burlando a la parca
La novela va de un tipo que es médico residente en uno de los peores hospitales de Manhattan. Pero este tipo, además de estar cachas y ser un experto en artes marciales, tiene un sorprendente pasado como asesino a sueldo de la mafia. Si trabaja como médico es gracias a un programa de protección de testigos del FBI que le permitió, además de cambiar de identidad, estudiar una carrera de medicina en el tiempo que permaneció oculto de sus antiguos “jefes”.
La novela empieza de manera trepidante, pues el protagonista sufre un intento de atraco a la entrada del hospital en un turno de noche. La manera de resolver la situación ya nos da una idea clara del carácter del personaje: alguien que, lejos de huir de los problemas, los encara y se enfrenta a ellos a pecho descubierto.
Todo iba relativamente bien en su vida hasta que le asignan a un paciente con un cáncer de estómago al que le han dado tres meses de vida. Pero, ¡oh, sorpresa!, resulta que ese paciente es otro miembro de la mafia, que reconoce al protagonista y le ofrece un trato: si logra mantenerlo con vida promete no delatarle, pero si muere ha dado órdenes a sus antiguos colaboradores de dar la voz de alarma en el vasto círculo del crimen organizado.
La trama se va complicando a medida que vamos sabiendo más de los orígenes y el oscuro pasado del protagonista (Pete Brown), en una imparable escalada de sucesos y personajes que van sucediéndose en una espiral continua de violencia.
La novela es trepidante, adrenalítica, por momentos hilarante —sobre todo en lo relativo al funcionamiento de un hospital—, emocionante e impredecible. Además de estar muy bien escrita, con los detalles justos y sin excesos en las descripciones, se nota que el autor ha estudiado muy mucho el ritmo, en ocasiones endiabladamente acelerado, algo que a muchos escritores se les suele olvidar.
Por si os sirve de algo, os diré que la novela me la leí en pocos días, ya que la forma en que el autor va encadenando la trama se me hizo realmente adictiva. Altamente recomendable, tanto para amantes de la novela negra como para lectores adictos a una buena historia bien escrita.


Douglas Coupland. Todas las familias son psicóticas.
La novela arranca en las horas previas a un encuentro familiar que se llevará a cabo en un hotel. La reunión viene motivada por el inminente envío de uno de los miembros de la familia —una de las hijas de la protagonista— a una expedición aeroespacial organizada por la NASA.
A medida que avanza la historia, vamos viendo la difícil y pintoresca relación que la matriarca mantiene con los distintos miembros de su familia —divorciada de un inmaduro que sale con una chica más joven que su propia hija, un hijo casado con una fundamentalista religiosa, una hija que es una eminencia en ingeniería y trabaja para la NASA, y un hijo algo descarriado que, fruto de un accidente, acabó contagiando de sida a su propia madre; vamos, un angelito—.
La novela es muy amena y entretenida, y por ella van pasando toda suerte de personajes a cual más “psicótico” y desquiciado. Poco a poco, vamos siendo testigos de una trama que va complicándose y retorciéndose de tal manera que te preguntas cómo demonios va a salir esa pobre mujer —la madre— de los bretes en los que se ve inmersa por culpa de su desquiciante familia.
He de decir que el personaje de la madre —para mí la protagonista absoluta de la novela— es de esos personajes de los que acabas enamorándote, por su aparente sencillez, su filosofía vital y su entereza para enfrentarse a las distintas situaciones, a cual más absurda, en las que se ve envuelta.
Su lectura me resultó amena y placentera.


Nick Hornby. Alta fidelidad.
Me encantó la película basada en esta novela. De hecho, la tengo en DVD, y la habré visto como cuatro o cinco veces. Su banda sonora es excepcional, y lo que cuenta me toca especialmente: la vida de unos locos románticos que viven “aislados” en su mundo de fantasía protagonizado por la música.
El protagonista de la novela es un treintañero propietario de una tienda de discos de segunda mano situada en una barriada de Londres. Con él trabajan dos peculiares empleados, igual de flipados que él por lo que consideran “la buena música”, y el odio visceral a todo lo que se salga de sus particulares gustos.
He de decir que la película —protagonizada por John Cusack, Jack Black, Lisa Bonet y Catherine Zeta Jones, entre otros—, me gustó infinitamente más que la novela. El porqué es muy sencillo: en la peli, el personaje principal (John Cusack) se hace querer, a pesar de sus rarezas, indecisiones y peculiaridades. Sin embargo, el protagonista de la novela me resultó irritante, infantil, torpe hasta decir basta, y con unas idas de olla que cada dos o tres páginas me entraban unas irreprimibles ganas de meterme en su mundo, pillarlo por la pechera y darle unas cuantas leches para ver si espabilaba de una vez.
Esta novela es el ejemplo perfecto de peli que supera al libro en el que está basada. Y no es la única. Tengo unas cuantas en la mente ahora mismo. No siempre el libro es mejor que la peli, os lo aseguro.
En definitiva, la novela me resultó irritante. La peli me sigue pareciendo una maravilla; a pesar de los excesos de Jack Black (a este muchacho a veces hay que atarlo en corto).

Primo Levi. Si esto es un hombre.
Narrada en primera persona, Primo Levi habla de su experiencia como prisionero en el campo de exterminio nazi de Auschwitz. Lo que cuenta es duro, crudo y especialmente abominable. Lo que ocurrió en aquel oscuro periodo de nuestra Historia reciente fue duro, crudo y especialmente abominable.  Sin embargo, hubo algo en esta lectura que me mantuvo un tanto alejado de esa dureza y crudeza, y que por momentos me indignaba casi más que las propias atrocidades de los nazis y los colaboracionistas, entre los que se encontraban algunos prisioneros, y es la frialdad con la que Primo Levi narra lo sucedido en aquel infierno. Hubo momentos durante la lectura que me parecía estar leyendo la obra de un notario carente de emociones, alguien a quien le hubiesen arrancado los sentimientos con unas tenazas privándolo así de sensaciones humanas.
Soy consciente de que se han escrito cientos de libros basados en los testimonios y experiencias de gente que vivió el horror del exterminio nazi en primera persona. Llevo leídos unos cuantos. Algunos ciertamente sobrecogedores, que te dejan muy claro que la inhumanidad del ser humano no conoce límites. Pero, de todos los que he leído hasta el momento, puedo decir sin dudarlo que este de Primo Levi ha sido el que menos me ha hecho empatizar con el protagonista. Me dejó un poso de insatisfacción al leerlo. Quizá en una nueva lectura consiga cambiar de opinión.


Amélie Nothomb. La nostalgia feliz.
Este es el tercer libro que leo de la afamada autora belga. Las otras dos, Estupor y temblores y Atentado, me habían parecido bastante interesantes —más la primera que la segunda—, y eso me animaba a seguir leyendo cosas suyas.
Lo que más destaco de ella es su estilo fluido y cuidado. En sus textos nada sobra ni está de más. O al menos esa es la impresión que me ha causado tras la lectura de estos tres libros.
Según he podido leer en diversos artículos dedicados a la autora, a menudo se la suele acusar de “pedante”, debido a las referencias y citas que, de manera abundante, suele introducir en sus novelas. A mí, francamente, no me lo ha parecido. O no lo he percibido así. Al contrario, como dije en un párrafo anterior, considero que en sus libros no hay nada que sobre ni que esté de más. Hasta el momento.
En lo relativo al libro que nos ocupa, en él Amélie nos narra su regreso a Japón, el país de su infancia, tras dieciséis años de ausencia. Aprovechando la invitación de una televisión japonesa interesada en hacerle una entrevista a propósito de su éxito mundial como novelista, Amélie decide reencontrarse con algunas personas que formaron parte de su infancia y juventud en el País del Sol Naciente. Entre esas personas se encuentran su antigua niñera —ahora una venerable anciana— y su primer gran amor, Rinri.
La novela transita entre el recurrente viaje al país de los recuerdos y la irrupción de la obstinada realidad del presente en arduo contraste. Amélie consigue, gracias a su narrativa fluida y sin excesivos desvíos, que nos enganchemos a su prosa, y que disfrutemos de una lectura apasionada pero en modo alguno artificiosa.
Como punto final a esta breve crónica, me gustaría resaltar una de las frases con las que arranca la novela: «Lo que has vivido te deja una melodía en el interior del pecho: ésa es la melodía que, a través del relato, nos esforzamos en escuchar».



Maxie Wander. Buenos días, guapa.
Este libro está basado en las entrevistas que la periodista y escritora Maxie Wander realizó a diecinueve mujeres anónimas de la ya extinta República Democrática Alemana en la década de los 70, cuando el régimen comunista vivía una especie de aperturismo; algo parecido a lo que se vivió en la España de los 70 con el tardofranquismo.
En el libro me he encontrado con algunos testimonios realmente conmovedores, por la dureza con la que muchas mujeres afrontaron su existencia en aquellos duros años de represión política y cultural. También me he encontrado con otros testimonios sorprendentes, que revelan la aguda inteligencia de mujeres que, conscientes de su entorno, se hacían «las tontas» para que sus maridos o novios no acabasen seriamente traumatizados ante su propia inoperancia.
Confieso que con algunos testimonios no pude evitar sonreír. Y eso que a los tíos no nos deja en muy buen lugar precisamente. Sin embargo, no soy nada corporativista, y cuando alguien me muestra las vergüenzas de nuestro género con tanta gracia y estilo, no me cuesta nada empatizar y, si procede, asentir y dar la razón.
El libro está salpicado de frases que se te clavan en la mente y hace que te pares a pensar un buen rato. Algunas de esas frases me parecieron tan potentes que no pude evitar anotarlas. A continuación me permito reproducir algunas de esas frases o pensamientos extraídos de esas interesantes conversaciones:

«Mi padre realmente está por encima de las cosas. Nunca le he visto furioso. Siempre tranquilo. Ahora vive en la literatura. Mi padre vive con una cantidad increíble de libros. Lo que encuentra en los libros no lo encuentra en la vida. A veces lo acecho, porque yo también querría verlo (como él). Pero es invisible (para mí)».

«A veces me pregunto: ¿qué clase de sociedad estamos construyendo? Una tiene su sueño. Las personas nacen y tienen un sueño. Yo sueño con que un día las personas se tratarán como personas».

«Siempre que veo una película o leo un libro pienso: la mujer lo tiene peor que el hombre. El matrimonio lo percibo como una compañía de seguros, como pensión o como cementerio, depende».

«Siempre me he rebelado contra que los hombres nos dividan en mujeres para la cama, mujeres para la charla intelectual y mujeres que comprendan su vida interior, las maternales. Lo cierto es que siempre deseé encontrar a un hombre para el que yo lo sea todo, y que él lo sea todo para mí. Pero no es más que un sueño. Seguimos teniendo menos posibilidades que los hombres para desarrollarnos plenamente».

Para finalizar, me gustaría dejaros con una reflexión personal. Este libro fue escrito en los años 70. La sociedad, en general, no sólo la alemana, ha cambiado muchísimo desde entonces. Sin embargo, lo que más me descorazona es que, en algunos aspectos, no tengo muy claro que hayamos cambiado para mejor.
Este libro invitaría a leerlo tanto a hombres como a mujeres. A ellas, porque seguro que se sentirán identificadas con algunas de las ideas y opiniones vertidas por personas de su mismo sexo que vivieron una época durísima para ser mujer. A ellos, para entender un poquito más que las mujeres no son tan diferentes a nosotros, pues buscan y anhelan prácticamente lo mismo que nosotros: vivir la vida lo mejor que se pueda, o nos dejen.



martes, 2 de octubre de 2018

¡EL QUE FALTABA PARA EL DURO!

Damas y caballeros, con ustedes: mi blog


Hombre, hombre, hombre...
Blog, blog, blog...
Vale, y ahora que ya hemos reconocido nuestras respectivas naturalezas, ¿se puede saber porqué no me has avisado de tu vuelta al mundo bloguero?
No sabía que tuviese que avisarte. Siempre he dado por hecho que, al ser tú mi vehículo para dirigirme a mis lectores, automáticamente estarías al tanto de mis actividades blogueras.
¿Vehículo? ¿Me has llamado vehículo?
Sí.
¿Qué pasa? ¿Ahora soy un puto utilitario?
Yo diría más bien una furgona. Has engordado. Se ve que la inactividad te ha hecho coger unos kilitos de más.
¿Te estás quedando conmigo?
Para nada. Estás gordo. Deberías hacer algo de ejercicio, y abandonar esa vida sedentaria que te mata lentamente.
Mira chaval, si has venido aquí a insultarme desde ya te digo que te puedes ir largando por donde has venido.
Ok. Sin problema. De hecho, ya estoy pensando en crear otro blog. Algo más profesional, más orientado a mi carrera literaria.
Para el carro. ¿En serio estás pensando en crear otro blog?
Así es.
¿Y qué pasa conmigo?
Voy a ser claro contigo. Mira, blog, yo ya estoy en un punto de mi vida en que no estoy dispuesto a aguantarle mierdas a nadie, y eso incluye a un blog arrogante y malcriado que se cree más de lo que realmente es. Te he consentido demasiado. Fallo mío. Lo admito. Pero todo tiene un tiempo, y mi tiempo de aguantar gilipolleces ha pasado. Estoy a punto de publicar mi tercer libro, y después de eso tengo un par de proyectos a los que tengo muchas ganas de meterle mano. Con esto te quiero decir que no pienso desviarme ni un milímetro de mis próximos objetivos, que exigirán de mí el 100% de compromiso, y eso excluye de la ecuación el mantener una relación de tirantez con un simple blog.
¿Eso soy para ti? ¿Un simple blog?
¿A qué viene ese gimoteo? No pensarás echarte a llorar...
Yo no estoy llorando...
¿Ah, no? Pues yo diría que sí.
¡No estoy llorando! Buaaaaaaaah....
Ains. Criaturita. ¿Ves como sí estás llorando?
Es que...es que...tú...
Bebe un poco de agua, anda. Y tranquilízate. Me incomoda verte gimoteando como un niño de cinco años al que sus padres le niegan un capricho.
¡Tú me has hecho llorar...! Tú eres el culpable...tú...
Vaya, vaya, vaya. Por lo que veo en tu código HTLM ya no observo ni una pizca de esa arrogancia tuya tan molesta e irritante. Nada como un baño de realidad para bajarle los humos a un capullo.
Eso. Regodéate en tu victoria.
Si se tratase de otro sujeto, te aseguro que no me regodearía en absoluto. Sentiría lástima. Pero tratándose de ti, me regodeo. Por supuesto que me regodeo. Me regodeo y me vuelvo a regodear; una y mil veces.
¿Y eso porqué?
Porque eres altivo, y contestón, e irritante. Condenadamente irritante. Y no soporto a la gente altiva y contestona. Me irritan.
Vale. Admito que he sido un poco capullo contigo.
¿Un poco?
Vaaaale. He sido un capullo integral.
Está bien. Continúa...
Pero es mi carácter. Créeme, no lo hago con maldad. Soy así. Es mi naturaleza.
Así que está en tu naturaleza ser un capullo integral.
Así es.
Y esa es razón suficiente como para que quienes te rodean o tratan contigo se vean obligados a reírte las gracias. ¿No es eso?
Supongo.
Es decir, que tú y los capullos como tú os creéis con derecho a condicionar la vida de quienes os rodean. Como si fueseis dioses o jefes, o una de esas parejas acaparadoras y celosamente posesivas que te dicen cómo debes vestir, qué perfume o colonia debes usar, a quién puedes ver y a quién no, a qué debes dedicar tu tiempo libre y mil cosas más.
Visto así sé que puede sonar un poco arrogante.
Te lo repito: a estas alturas de mi vida nada ni nadie va a condicionarme. No me gusta reírle las gracias a gente que no me resulta graciosa, ni seguirle el juego a gente —o blogs— cuyo respeto no se han ganado; tampoco me gusta que nadie me diga qué, cuándo o cómo debo hacer las cosas; sobre todo si yo no he pedido su opinión.
¿Crees que lo sabes todo?
En absoluto. Sé lo que sé. Y lo que no sé no me importa preguntarlo. Y cuando tengo dudas —que las tengo, como todo el mundo—, no me importa pedir opinión a quién creo que sabe más que yo, o a alguien a quien respete, o a quien crea que puede aportar una visión que me enriquezca o me proporcione una amplitud de miras. En ese sentido no he perdido mi humildad, ni mis ganas de aprender.
¿Entonces?
Hay una sutil diferencia entre aceptar la opinión de alguien a quien respetas y admiras, y que sabes que lo hace porque también te respeta a ti, y tragarte la opinión de alguien que sólo pretende quedar siempre por encima de ti y hacerte ver lo listo o lista que es él o ella y lo tonto o estúpido que eres tú.
No lo entiendo.
Es lo que tiene ser un listillo. Estás tan centrado en quedar siempre por encima de los demás que te muestras incapaz de “escuchar”. Quien siempre habla jamás escucha.
Menudo repaso me estás dando.
Totalmente merecido.
Yo sólo quería picarte un poco. Ya sabes cómo soy. Me conoces mejor que nadie. Tú me creaste.
Cierto. Pero un día decidiste traspasar ciertos límites. Y conmigo, cuando se traspasan ciertos límites, hay que asumir las consecuencias.
¿Y qué me dices de tu famoso sentido del humor?
Mi sentido del humor sigue intacto. Que tenga sentido del humor no significa que me deje avasallar, ni intimidar; ni que permita gilipolleces de nadie.
Vale. Te pido perdón. He metido la pata hasta el fondo. Me he pasado de la raya. Lo siento, ¿vale? Creía que entre nosotros se había establecido un vínculo que iba más allá del que se le supone a un bloguero y su blog. No sé. Pensaba que éramos amigos. Y los amigos a veces se pican, y se gastan bromas entre ellos, ya sabes...
¿Te refieres a bromas como la que te acabo de gastar?
¿Perdón?
Tendrías que ver la interfaz que has puesto. Parecías un niño asustado en presencia de su padre cabreado. Pardillo.
¡Serás mamón!
Donde las dan, las toman. Y ahora, dime qué quieres. Iba en serio lo que te dije que tengo muchas cosas que hacer.
Jajajaja. Eres la leche. ¡Cuánto te he echado de menos, mamonazo!
Y yo a ti.
Pues nada. Sólo quería saber cómo estabas, qué tal ha sido el recibimiento entre tus seguidores tras tantos meses de ausencia.
¿Cómo estoy? Muy liado, trabajando a tope, pero bien. El recibimiento ha sido mejor del que me esperaba, la verdad. Con alguna agradable sorpresa, y la constatación de un hecho: algo has debido hacer bien todos estos años para que notes el cariño y el afecto de la gente que se alegra de tu regreso.
¿Y cómo van tus proyectos?
A velocidad de crucero. Ya me conoces, y sabes que no me gusta hacer nada con prisas. He trabajado muy duro para que este nuevo libro sea el colofón perfecto a esta maravillosa aventura que ha supuesto para mí la trilogía Absurdamente. De los tres libros de la colección, éste ha sido el que más me ha costado sacar adelante.
¿Y eso?
Pronto haré un post especial en el que hablaré de todo lo que ha rodeado su gestación.
¿Prometido?
Tienes mi palabra.
Oye, pues, bienvenido.
Gracias. Y ahora, a trabajar. Aún hay mucho por hacer.
A sus órdenes, jefe.






martes, 25 de septiembre de 2018

GRACIAS, ALICIA GONZÁLEZ (Y A TU HIJO)



Este año (2018) me mantuve ausente del blog y las redes sociales durante casi cinco meses. Suficiente como para ganarme a pulso el olvido entre la gente que seguía mis publicaciones en el blog y que, de algún modo, se sintieron decepcionadas al no ver ninguna actualización en todo ese tiempo.
Lo confieso: temí que mi regreso fuese un sonoro fracaso, una especie de grito en el desierto ante una audiencia inexistente.
Sin embargo, he de decir que la respuesta de los lectores y visitantes del blog fue realmente esperanzadora. Muchos no sólo no me habían olvidado, sino que se alegraban de verdad por mi regreso.
Recibí muchos mensajes de apoyo y bienvenida. Algunos públicos, mediante comentarios en el blog; otros privados, a través de e-mails; y otros en mensajes insertados en alguna de las publicaciones que yo mismo había subido a las comunidades de Google Plus que tengo añadidas a mi perfil de usuario.
Uno de esos mensajes decía lo siguiente: «Un placer leerte de vuelta, Pedro Fabelo. Espero que tu libro entre pronto en aguas mediterráneas y tengamos noticias de él. Un abrazo fuerte».
El mensaje lo firmaba Alicia González.
Yo recordaba a una lectora del mismo nombre con la que había tenido mucho trato en los inicios del blog, allá por 2014 ó 2015, hasta el punto de que esa misma lectora acabó adquiriendo un ejemplar de mi primer libro de relatos.
Mi duda estaba en saber si se trataba de la misma Alicia o era otra persona. La duda venía a cuento porque había cambiado el avatar de su perfil, y eso me causaba confusión. Y como no me parecía justo limitarme a dar las gracias a alguien confundiéndola con otra persona, decidí asegurarme antes. Así que le escribí un mensaje preguntándole si era la Alicia que yo conocía de aquellos primeros tiempos del blog. Su respuesta no se hizo esperar: «Síiiiiiii. Soy yo».
Su confirmación dio pie a que le escribiese en privado, a fin de brindarle la oportunidad —como hago siempre— de, si lo deseaba, hacerme llegar sus impresiones acerca de la lectura de mi libro, además de una foto que colgaría en la galería de AMIGOS Y LECTORES que tengo habilitada en el blog.
Del intercambio de correos que vino después surgió su compromiso de hacerme llegar unas líneas y una foto.
A los pocos días, me llegó el texto prometido:

«Hola, Pedro.
Tuve tu libro más tiempo del que se merecía aguardando el momento propicio para leerlo, hasta que una frase en él me hizo ver que había estado equivocada. Tenía que haberlo metido en el bolso y llevarlo a todas partes para evitar esas “conversaciones de sala de espera”.
Por cierto, el relato de los abuelos por ver quién se moría más y mejor me acompaña en cada conversación —de abuelos y no tan abuelos— con toda esa gente que te encuentras en las salas de espera de los Centros de Salud o los hospitales, retándose los unos a los otros por ver quién tiene la “dolencia” más grave y está peor de lo suyo.
El de Tarzán ni te cuento; y el de la pareja que se “manda al fresco” después de discutir por ver quién de los dos quería más a quién, de verdad, no tiene precio.
Te digo más: tu libro está plagado de relatos que lees y te da el golpe de risa sin que lo puedas evitar. Pero quizás lo más interesante, y fascinante, es darte cuenta que a la vuelta de la esquina tienes a todos tus personajes cobrando vida ante tus narices. Increíble pero cierto.
¿Y qué me dices del cuento del “aterrizaje lunar”? Jajajajaja
Me gustó mucho tu libro, de verdad de la buena, y es cierto que te debo la foto. En cuanto mi fotógrafo personal —mi hijo de quince tacos— me haga un hueco en su apretada agenda —ayer le dije que tenía que currarse una foto para tu blog—, nos ponemos a ello y te la hago llegar.
Para mí también ha sido un placer leerte de nuevo, y saber por ti que sigues con tus proyectos.
Te deseo el mayor de los éxitos, y que algún día no muy lejano nos informes de tus firmas de libros por las librerías de muuuuchas ciudades”.

A los pocos días, recibí un nuevo correo con el siguiente texto:

«Hola, Pedro.
Te agradezco muchísimo el detalle de subir la foto al blog. Si te la hubiese enviado allá por 2015, seguro que no habría tenido ni la cuarta parte de disparate, ilusión y risas que lleva impresa en píxeles ocultos esta que te hago llegar adjunta al presente correo. Todo sucede por alguna razón, ¿no?
Ayer tuve la tarde libre y le dije a mi hijo: “Échate la cámara a cuestas que tenemos un trabajo importante que hacer”.
Se comió el coco un rato, hasta que dijo: “¡Lo tengo! El libro tiene que levitar”. A lo que yo respondí: “Ok. Levítalo pues. A ver cómo conseguimos hacer magia y que todos los personajes de Pedro no salgan volando con la “levantera” que está cayendo.
El caso es que aquí tienes el resultado. Los dos —modelo y fotógrafo— esperamos con mucha ilusión que te guste. Por cierto, para tu tranquilidad, te confirmo que todos tus personajes volvieron a casa sanos y salvos. Palabra».

Y aquí tenéis la foto que Alicia y su hijo me hicieron llegar:


Al verla, lo primero que pensé fue: «Mi libro está tan contento por la espectacular acogida que cosecha allá por donde va, que hasta levita de puro gozo».

Y ahora en serio.
Yo, ya lo he dicho muchas veces, no me canso de agradecer vuestra complicidad para con este proyecto que llevo años construyendo. Constatar de primera mano el cariño y la generosidad con la que acogéis mi trabajo es de lo mejorcito de este oficio, tan ingrato a veces.
Atrás, muy atrás, quedan las horas de soledad, de duro trabajo y dedicación casi enfermiza; la frustración que te provoca el hecho de no saber cómo continuar o rematar una historia o idea que llevas macerando en tu sesera durante semanas, cuando no meses, e incluso años.
Todo eso queda más que compensado cuando alguien que te ha leído te dice: «Tío, me encanta como escribes».
Por todo ello, sólo tengo palabras de agradecimiento y gratitud hacia todos los que, demostrando generosidad, adquirís cualquiera de mis libros.
Mil gracias.

Un abrazo, a todos y todas.