jueves, 11 de julio de 2019

NO ES UN REGRESO

Photo by Tim Swaan on Unsplash


Como muchos de vosotros ya sabéis, llevo tiempo sin publicar nada en el blog. La razón es una mezcla de muchos factores. Pero eso lo explico en un artículo que he escrito para una web de México.
¿Y cómo es que he publicado en una web de México? Preguntarán algunos. Os lo diré.
Hace un mes aproximadamente, Ana Azuela, una de las responsables de la web LAO (Laboratorio de Artes y Oficios), radicada en México, me pidió una colaboración para su blog. Ana y yo nos conocemos desde hace unos años. A raíz de una de mis publicaciones en el blog, Ana contactó conmigo, y, desde entonces, hemos mantenido esporádicos encuentros a través de correos y redes sociales.
La petición de Ana me pilló totalmente fuera de juego. Le expliqué que llevaba tiempo sin subir nada a mi blog, inmerso en una especie de crisis artística que me impedía atender las obligaciones y necesidades que exige un blog en Internet (los que lleváis un blog sabéis de lo que os hablo).
Aún así, por deferencia a ella, me comprometí a darle vueltas a algunas ideas en los tiempos libres que me dejaban mis otras obligaciones. Le pedí tiempo, y ella me dijo: “Sin problema. Tómate el tiempo que necesites”.
Este fin de semana pude completar el artículo que llevaba semanas escribiendo en pequeñas anotaciones que iba coleccionando aquí y allí. Y el lunes, al fin, pude enviarle el archivo con el artículo completado.
Si os apetece leerlo, lo tenéis en el siguiente enlace.


Decía en el título de este post que esto “no es un regreso”. Y no lo es. Aún sigo dándole vueltas a qué quiero hacer con el blog y cuáles quiero que sean mis próximos pasos en mi labor creativa.
Por si os interesa saberlo, diré que llevo tiempo trabajando en dos nuevos libros: una novela y un nuevo libro de relatos.
En cuanto me vea con ánimos y ganas, os iré informando puntualmente en el blog de la evolución de ambos proyectos.
Nos vemos al final del camino, como el que se intuye en la foto que ilustra este post.


miércoles, 15 de mayo de 2019

TIEMPOS MODERNOS

Fotograma de "Tiempos modernos", película escrita, dirigida y protagonizada por Charles Chaplin.


Suena el teléfono. El hombre descuelga.
¿Diga?
Buenos días. Preguntaba por usted. ¿Es usted?
Sí. Soy yo. ¿Y usted?
No. Yo no soy usted. Yo soy yo. Verá, le llamo de una de esas monstruosas compañías de telefonía que, saltándose todas las leyes de protección de datos habidas y por haber, y que compañías como la nuestra se pasan por el forro de los huevos, se sirven de esas enormes bases de datos para vender nuestros productos y servicios.
No le creo.
Le doy mi palabra. Le llamo de una de esas compañías.
¿En serio? No me lo puedo creer. No puedo creer que algo así me esté pasando. A mí. ¡Por fin! ¡Qué alegría, por Dios! No sabe usted el tiempo que llevo esperando recibir una llamada como la suya.
¿Está seguro?
¡Y tanto! No se puede usted hacer una idea de la cantidad de amigos y vecinos, incluso compañeros de trabajo, que se pasan el día quejándose sin parar por esas molestas llamadas que hacen ustedes a cualquier hora del día y de la noche. ¡Ya era hora de que me tocase a mí recibir una de esas llamadas!
Disculpe. Pero, ¿es cosa mía o le noto contento?
¿Contento? ¡Estoy eufórico! De verdad, estoy que no quepo en mí de gozo. Sepa usted que me acaba de alegrar el día. ¡Qué digo el día! Me acaba de alegrar usted la semana. El mes. Incluso el año. Casi le diría que la década, pero no me quiero adelantar a los acontecimientos. ¡Quién sabe si de aquí a unos años recibo una llamada similar de otro operador de telefonía ofreciéndome sus servicios!
Oiga, ¿no se estará quedando conmigo, verdad?
¿Por qué dice eso?
Me sorprende su reacción, la verdad.
¿Y eso? ¿Por qué le sorprende?
Digamos que su reacción no es la más habitual.
Imagino.
Hay de todo, claro. Pero lo normal es recibir toda clase de insultos, improperios de lo más desagradable, exabruptos...
Vaya. ¿Y por qué cree que reaccionan así?
Supongo, y esto es intuición mía, que sienten invadida su intimidad. Además, y esto es pura conjetura, imagino que debido a nuestro bombardeo constante de llamadas de forma continuada pueden llegar a sentirse acosados incluso.
¿Acosados? Esa es una acusación muy grave, ¿no cree?
Como le digo, son puras conjeturas.
Almas pobres, sin duda. No merecen los desvelos que gente como usted, profesionales competentes y de generosidad manifiesta, hacen por ellos. No merecen que les dediquen ni un minuto de su precioso tiempo.
Gracias. No sabe cuánto me reconforta escuchar sus palabras.
No. Gracias a usted. Ni se puede hacer una idea de los años que he estado esperando a que alguien como usted se dignase descolgar el teléfono y, por uno de esos caprichos del destino, le diese por marcar mi número con intención de establecer contacto conmigo. No sé si me creerá usted, pero estoy llorando de emoción.
Y yo.
¿De verdad? ¿Llora usted?
Sí.
¿Por qué?
Me emociona encontrar un alma sensible y generosa como la suya al otro lado del hilo telefónico. Ni se puede hacer una idea de los años que llevo trabajando en esto y jamás he encontrado a alguien ni remotamente parecido. Ojalá en el mundo hubiese más personas como usted.
Lo mismo digo.
Sería maravilloso, ¿no cree?
Desde luego. A todos nos iría mucho mejor en la vida.
Sobre todo a las compañías de venta telefónica de servicios y bienes de consumo.
Y hablando de bienes de consumo, ¿no tendrá usted una oferta de colchones a mano, verdad?
No. Lo siento. Mis competencias se circunscriben al ámbito de la telefonía y plataformas digitales de canales de televisión, fibra óptica e Internet.
Pues está de suerte.
¿Y eso?
Casualmente yo vendo colchones por teléfono.
Ah.
Pero oiga, no son unos colchones cualquiera.
Ya. Pero no. No me interesa.
Créame, hasta que no pruebe la comodidad, elasticidad y firmeza de nuestros colchones, no podrá decir que haya dormido cómodamente en su vida. De verdad. De verdad de la buena. Además, por la compra de un colchón, le regalaremos una almohada viscoelástica cervical con altura ajustable y diseño ergonómico terapéutico de la hostia que reduce los dolores cervicales, los dolores lumbares y los dolores provocados por la eliminación de tu equipo de fútbol de la UEFA Champions League.
Ya, pero...
Y por si todo eso fuera poco, le añadiremos al lote una funda de bambú extraíble, lavable, antialérgica, antiácaros y antisistema.
¿Una funda de almohada antisistema?
Sí, es una funda socialmente muy concienciada. Le diré, en confianza, que es cosa de la almohada.
No entiendo la relación...
Es que a nuestras almohadas la situación política y social actual es algo que les trae de cabeza, ¿entiende?
Ah. Bueno. Siendo así.
Entonces, ¿tramitamos el pedido?
No. Oiga. Es que yo...
Entiendo.
¿Qué entiende?
Pues que es usted uno de esos tíos.
¿A qué clase de tíos se refiere?
Es usted uno de esos tíos de «consejos vendo y para mí no tengo».
Vaya. Pues sí. Lo admito. Me ha pillado.
¡Pues está de suerte!
¿Eh?
Tengo unos consejos en oferta a muy buen precio. Los tengo de todas clases: consejos de salud, consejos de economía, consejos sentimentales, consejos de ministros...
Uy, ¡qué tarde es! Vaya. Lo siento. Se me ha echado la hora encima. ¡Y no vea usted cómo pesa la jodía! Creo que me ha jodido las cervicales.
 Pues, ¿sabe qué le vendrían bien para sus cervicales? ¡Uno de nuestros cómodos colchones de elasticidad y firmeza sin igual! Por una módica cantidad, a pagar en cómodos plazos cósmicos, usted podrá disfrutar de...¿Oiga? ¿Sigue usted ahí?

Para entonces, el otro ya había colgado.



miércoles, 8 de mayo de 2019

EL MUNDO ENTERO ES UN ESCENARIO




William Shakespeare escribió en su momento que el mundo entero es un escenario; que todos los hombres y mujeres que vivimos en él somos meros actores; que todos tenemos nuestras líneas escritas para las salidas y las entradas en función del acto que se esté representando. Una idea inquietante, desde luego; sobre todo si pensamos que no se nos está permitido elegir el papel a representar.

Walter Hicks estaba desesperado. La crisis económica global le había golpeado de lleno; a él y a su familia, a la que cada día que pasaba más le costaba sacar adelante. Los pocos recursos de los que disponía se habían esfumado al mismo ritmo que sus esperanzas.
Hasta tal punto había llegado su desesperación que Walter no dudó en humillarse públicamente si con ello conseguía ganar algo de tiempo; si con ello conseguía atisbar algo de luz al final del oscuro túnel en el que se hallaba sumido.
Con mano temblorosa por los nervios, marcó el número de teléfono de aquel programa de televisión que se emitía en horario de máxima audiencia. En aquel programa, a la gente en situación límite como la suya se le ofrecía un altavoz a través del cual proclamar al mundo su desesperación. La miseria humana reconvertida en espectáculo circense. Pura involución.
El programa, de nombre Solidaridad, se emitía todos los jueves en horario de máxima audiencia y en riguroso directo. Los programadores y anunciantes se frotaban las manos con las multitudinarias audiencias que aquel programa cosechaba desde que se había puesto en antena seis meses antes. Ningún otro programa alcanzaba ni de lejos tales cifras. Obtener casi un treinta y cinco por ciento de cuota de pantalla en la actual maraña de canales no resulta nada sencillo. Y aquel programa lo conseguía. Y subiendo.
Así pues, Walter marcó el numero de teléfono que de tanto mirarlo apuntado en aquella hoja de papel ya casi se sabía de memoria. Al otro lado del hilo telefónico fue recibido por una redactora que, al escuchar su historia, activó el protocolo para que Walter pudiese entrar en directo en el transcurso del programa.
No cuelgue, por favor —dijo la redactora en el tono frío y distante de quien lleva meses escuchando todo tipo de desgracias ajenas—. Su llamada entrará en directo en cuanto nos sea posible.
Oiga, ¿y no podrían llamarme ustedes? —dijo Walter—. Verá, la llamada sale muy cara y...
No. No podemos —fue la fría respuesta de la redactora.
Está bien. Esperaré —se resignó Walter.
No cuelgue.
La redactora desapareció. En su lugar se escuchaba ahora una musiquilla de centralita que le estaba poniendo de los nervios. Mozart pasado por un puto teclado Casio debería ser considerado un crimen contra la Humanidad.
Pasó algo más de un cuarto de hora, hasta que la tortura musical dio paso a la voz de la redactora.
¿Señor Hicks? ¿Sigue usted ahí?
Sí. Aquí sigo.
Prepárese para entrar en directo en tres, dos, uno...
Walter oyó al famoso presentador Dan Weasel de fondo.
Weasel, un profesional curtido en mil batallas, manejaba los tempos como nadie. Sus cambios de registro eran admirados y seguidos por un público entregado a sus acrobacias emocionales. Tan pronto se mostraba intenso y compungido como eufórico y desbocado, haciendo enardecer los ánimos de las masas a su voluntad. Weasel era como un híbrido entre Talía y Melpóneme, las musas del teatro que representan la comedia y la tragedia. La esquizofrenia al servicio del espectáculo.
Me dicen que tenemos al teléfono a nuestro siguiente invitado —Danny Weasel miraba directamente a cámara con aire seductor—. Buenas noches, ¿con quién hablo, por favor?
Walter.
Más alto, por favor. Apenas le escuchamos.
Walter. Me llamo Walter.
Encantado de saludarte, Walter. Dinos, ¿cuál es tu historia?
Verá, hasta hace bien poco yo era un trabajador honrado y competente.
Más alto, por favor. No estamos en misa, Walter. Habla con convicción. Piensa que tienes a medio país atento a lo que dices. Aprovecha el altavoz que ponemos a tu disposición —Weasel apuntaló estas últimas palabras mostrando a cámara una sonrisa de dientes perfectos de doce mil pavos.
Tenía...tengo una hermosa familia; mujer y dos preciosas niñas. Las cosas me iban bien. Nos iban bien. Yo trabajaba duro para sacar adelante a mi familia. Ganaba lo suficiente como para permitirme soñar con una vida mejor que la que disfrutaron mis padres. Mi mujer y yo compramos una casa, hipotecamos nuestro futuro y el de nuestras hijas, y aún así éramos felices. Pero un día estalló la crisis. Perdí mi trabajo. Inmediatamente me puse a buscar otro empleo. Me pasaba el día mirando anuncios, visitando webs, dejando curriculums aquí y allí. Me presenté a un millón de entrevistas. Pero nadie me contrataba. Sin yo saberlo había pasado de ser una pieza perfectamente útil para el Sistema a ser una pieza defectuosa. Y todos sabemos lo que ocurre con las piezas defectuosas. Hay dos maneras de afrontar una avería: o se arregla la pieza defectuosa o se cambia por una nueva. Y el Sistema creyó conveniente cambiar todas las piezas defectuosas, pues los dueños de la maquinaria, haciendo números, llegaron a la conclusión de que resultaba demasiado costoso reparar. ¿Por qué gastar dinero en reparar lo que está roto si hay millones de piezas nuevas, listas para ser utilizadas, moldeadas y ajustadas a sus necesidades? Piezas sin usar, libres de defectos, sin coste alguno.
Te entiendo, Walter. De veras que te entiendo —dijo el presentador oculto tras su máscara de Melpóneme—. Quiero que sepas que al equipo de este programa le ha estremecido tu historia. Realmente estamos consternados. Yo estoy consternado. El público en el plató está consternado. Nuestro regidor está consternado. Los cámaras, realizadores, los asistentes de dirección, las azafatas del programa están consternados y consternadas. Y quiero imaginar que el público que ahora mismo nos está viendo desde sus casas también está consternado con tu historia.
Gracias —se oyó decir a Walter por teléfono.
Escucha, Walter. Escucha con atención lo que tengo que decirte —dijo Dan Weasel adoptando su mejor cara de consternación—. En nombre de todo el equipo que formamos parte de esta gran familia de Solidaridad te mandamos todo nuestro cariño para ti y los tuyos.
Una atronadora salva de aplausos perfectamente orquestada por el regidor del programa irrumpió en plató. El realizador dio órdenes concretas de pinchar un primer plano de Dan Weasel mostrando su consternado rostro en Full HD.
Pasados unos veinte segundos, a una señal del regidor, cesaron los aplausos en el plató.
Gracias por tu llamada, Walter —prosiguió Weasel—. Ojalá muy pronto las cosas cambien a mejor para ti y tu familia —Melpóneme dio paso a la versión más histriónica de Talía—. Y ahora, queridos amigos, pasemos a nuestro concurso en el que sortearemos: ¡un maravilloso viaje para dos personas a las paradisíacas playas de Cancún...!
Disculpa —se oyó decir a Walter a través del hilo telefónico.
¿Walter? —dijo el presentador—. ¿Si...sigues ahí?
Sí. Aún sigo aquí. ¿Puedo hacerte una pregunta?
Sí, claro. Adelante —Dan se esforzó en disimular su desconcierto.
¿Iba en serio lo de ayudarme a mí y a mi familia?
Por supuesto. Si hay algo que podamos hacer...
Pues sí. Lo hay.
¿De veras? —a Dan Weasel se le notaba incómodo. La reacción de Walter para nada estaba prevista, y el dichoso pinganillo no hacía más que emitir un molesto pitido que presagiaba su desconexión con la sala de control.
Verás, Dan —dijo Walter—. Se me ha ocurrido que si de verdad queréis ayudar a las personas que lo están pasando mal, y que como yo acuden a vuestro programa movidos por la desesperación, podríais donar el diez por ciento del dinero que obtenéis por la publicidad en el tiempo que emitís este programa. Os aseguro que con ese dinero ayudaríais a mucha gente a salir del hoyo en el que se hallan sumidos.
Pero Walter, eso no es posible. Entiéndelo. Aquí trabajan muchos profesionales que viven de su trabajo. ¿No te basta con nuestra solidaridad?
Yo no necesito vuestra solidaridad. Yo lo que necesito es vuestra ayuda.
Las cosas no funcionan así, Walter...
¿Así cómo?
Me refiero a que nosotros no somos el origen del problema...
Cierto. No sois el origen del problema. Sólo formáis parte de él. Sois actores principales en esta humillante recreación de la tragedia humana. Servís al público la coartada perfecta para expiar sus pecados, y los vuestros. Decía Eduardo Galeano que la caridad es humillante, porque se ejerce verticalmente y desde arriba. Y eso es precisamente lo que promovéis: caridad a cambio de aligerar el peso de vuestras podridas conciencias. Pero, ¿sabéis qué? Llegará un día en que la gente se cansará de esta mala obra en la que a la mayor parte del reparto nos ha tocado representar el peor de los papeles posible.
Dan Weasel hizo lo que mejor sabía hacer, lo mismo que los ricos y poderosos llevan haciendo desde que el mundo es mundo: mostró su mejor sonrisa, sustentada en cinco mil años de Historia.
El show debe continuar.