jueves, 15 de junio de 2023

MIS IMPRESIONES SOBRE HEMINGWAY

 

 

Lo bueno de las campañas electorales es que, gracias a la ingente cantidad de propaganda que me llega a casa vía correo, dispongo de un montón de papel gratis para escribir mis tonterías.

Perdón. Rectifico. De gratis, nada; pues a mí, como a todos, todo este derroche nos cuesta una pasta de nuestros impuestos.

Por lo tanto, aprovechando el papel disponible que me ha llegado a casa sin yo pedirlo, voy a emborronarlo con algunas reflexiones en torno a mis impresiones tras haber leído una nutrida compilación de relatos de Ernest Hemingway.

El volumen que leí, y que acabé hará cosa de tres semanas o así, se compone de una amplia selección de unos cincuenta cuentos escogidos personalmente por el mismo autor de entre su ingente producción.

Antes de acometer la lectura de esta colección, de Hemingway sólo había leído un libro suyo compuesto por dos relatos: El viejo y el mar y Las nieves del Kilimanjaro. De esto hará cosa de veinticinco o treinta años —¡cómo pasa el tiempo, maldita sea!—, y recordaba lo mucho que me había gustado el segundo relato —Kilimanjaro— y lo tedioso y pesado que se me había hecho el primero —El viejo y el mar—, ya que consideraba que el bueno de Hem había estirado en demasía una historia que fácilmente podría haberse quedado en veintinco o treinta páginas, y no en las casi cien que conforman la edición que poseo.

Imagen de mi ejemplar de "El viejo y el mar" y "Las nieves del Kilimanjaro"

Según parece, y a juzgar por lo leído en este último libro, era algo habitual en Hemingway estirar sus historias hasta el infinito, dejando al lector completamente exhausto ante semejante avalancha de palabras.

Con este libro he llegado a tres conclusiones con respecto a este aclamado autor. La primera es que, bajo mi particular punto de vista, Hemingway es un autor carente de imaginación. No es un escritor de una gran inventiva, sino más bien un escritor descriptivo, muy observador, rasgo sin duda derivado de su profesión de periodista. Esa particularidad hace que se empeñe una y otra vez en escribir sobre hechos o sucesos que o bien ha vivido en primera persona o bien le han sido confiados por gente que ha tratado personalmente. De esa faceta periodística se desprende su arraigada costumbre de explayarse en esas tediosas descripciones de los lugares donde transcurre la acción, así como en los rasgos físicos de los personajes que intervienen en aquello que quiere contar.

Como ejemplo de esto último me viene a la mente un cuento específico, incluido en el volumen que finiquité hace unas semanas, en el que Hem, para subrayar la soledad y el aislamiento de los habitantes de un minúsculo pueblecido perdido en algún apartado rincón de la América profunda, se dedica a nombrar casa por casa, detallando tamaño, material en que ha sido construida, quién habita en cada casa con nombre y apellidos. También describe la geografía del lugar con una meticulosidad que raya en lo obsesivo. Y porque no le dio tiempo ya que, de haber podido hacerlo, hasta habría bautizado de la primera a la última piedra que bordea los caminos que confluyen en el pueblo.

En otros relatos se explaya con la flora y fauna del lugar, lo que hace que parezca que más que un cuento esté leyendo un artículo del National Geographic.

Y eso por no hablar de su pasión por la Fiesta Nacional —Hem vivió largas temporadas en España y era un apasionado de las corridas de toros—, ya que sus cuentos sobre toreros, tardes de gloria y miseria en tendidos, o la vida en pensiones de mala muerte repletas de toreros o banderilleros fracasados tomando vino para ahogar su amargura por lo que pudo haber sido y nunca fue, o lo que fue y nunca más volverá a ser, salpican el libro aquí y allá. A mí, que no me gustan los toros, esos relatos me resultaron tediosos, e incluso confieso que me salté más de uno donde Hemingway se explayaba en los sentimientos y sensaciones de torero y toro en el transcurso de una corrida. Y es que la mayoría de los relatos incluidos en el libro tratan de caza, pesca, boxeo, la guerra, el alcohol, el triunfo y la derrota.


   

La segunda conclusión a la que llegué fue que Hemingway no es un gran escritor. Es visceral y apasionado, y disfruta dejando su impronta de macho alfa en cada cosa que escribe, pero confunde sensibilidad con debilidad y prudencia con cobardía. Para él, los hombres tienen que comportarse como tales en todo momento, y no hay lugar para las dudas o la inoperancia. Por otro lado, su técnica narrativa deja bastante que desear, pues comete muchos fallos de los que deslucen los textos, como, por ejemplo, la de acabar cada línea de diálogo con un “dijo él”, “dijo ella” o “dijo tal o cual personaje”, aún cuando no resulta necesario por sobreentenderse del propio texto quién dice qué. Ignoro si este tipo de “manías” o “costumbres” es algo promovido por el propio autor o es cosa del traductor, pero lo que es a mí me resultó en exceso molesto.

La tercera y última conclusión a la que llegué es que Hemingway carece de sentido del humor. No hallé ni una gota de humor en las casi cuatrocientas páginas que componen este volumen. Tal vez haya gente a las que este detalle les parezca carente de importancia. Y puede que tengan razón. Pero, personalmente, opino que un poquito de sentido del humor en la obra de Hemingway le habría venido de perlas, aunque sólo fuese para no tomarse demasiado en serio a sí mismo.

De todo lo dicho anteriormente podría deducirse que en modo alguno recomendaría leer a Hemingway. Para nada. Es más, invitaría a hacerlo, ya que, como suele suceder, tal vez alguno de ustedes encuentre en su literatura aquello que yo no pude o no supe encontrar, y no sería justo que mi opinión, personal e intransferible, le privase de ello.

Aún me falta leer al Hemingway novelista —ya tengo un par de títulos suyos cargados en mi lector—. Si bien, teniendo en cuenta que los entendidos suelen decir que el Hemingway cuentista supera con creces al Hemingway novelista, de momento pospondré la lectura de esos títulos para más adelante.




jueves, 8 de junio de 2023

CINE Y LITERATURA (2)

 

Colin Firth y Jude Law en una escena de "El editor de libros"


Hoy he venido aquí a hablar de mi libro... Nah, es broma. Aunque, bien mirado, igual sí que debería escribir un nuevo post hablando de mi libro. No me pasé cinco largos años dándole forma, escribiendo y corrigiendo como un loco desquiciado para ver, impasible, cómo las ventas hasta el momento apenas cubren el coste del par de bolis Bic que usé durante su redacción y sucesivas correcciones.

Pero no es de mi libro de lo que quiero hablar en este nuevo post, sino de una nueva entrega de esa especial conexión que une el cine y la literatura. En esta ocasión las películas elegidas son El editor de libros y Factotum.

Empezamos pues.


El editor de libros (2016)

Lo primero que destacaría es el magnífico reparto que compone esta película, que incluye a actores tan solventes como Colin Firth, Jude Law, Nicole Kidman o Guy Pearce. Dicho esto, la película narra la intensa y estrecha relación que unió al escritor Thomas Wolfe con Max Perkins, uno de los editores más importantes y decisivos de su tiempo, que lanzó las carreras de escritores tan exitosos y admirados como F. Scott Fitzgerald o Ernest Hemingway.

Perkins, magníficamente interpretado por Colin Firth, se caracterizaba por apostar de manera decidida y apasionada por aquellos escritores a los que consideraba talentosos. A lo largo de la cinta seremos testigos de la estrecha relación que acabó manteniendo con su protegido, un joven y apasionado Thomas Wolfe, interpretado por Jude Law, quien, tras sufrir el rechazo sistemático a su obra por parte de toda suerte de editores y editoriales, logra dar al fin con el editor ideal en la figura de Perkins, quien no sólo ve en el manuscrito de El ángel que nos mira un texto excepcional, sino que, yendo más allá, logra ver en Wolfe a un escritor soberbio.


 La relación que mantienen ambos, escritor y editor, logra traspasar el terreno de lo profesional y adentrarse en el terreno personal, lo que hace que
Perkins llegue a integrar a Wolfe en su vida familiar. Sin embargo, el carácter volcánico y apasionado de Wolfe no le pone las cosas fáciles a su editor, por lo que la relación que ambos mantienen atraviesa diversos tiras y aflojas a lo largo de la película, llegando a momentos de auténtico desencuentro.

Como dato personal admito mi total admiración por Colin Firth, al que considero uno de los mejores actores de su generación. Ni sé la de películas suyas que habré visto, y en todas ellas he sentido que humaniza a los personajes que interpreta. Es de esos actores que logran ejercer un magnetismo hipnótico en el espectador —al menos conmigo lo consigue—, lo que hace que mantengas tus ojos fijos en la pantalla por el tiempo que él aparece en ella. Como dato adicional resaltar que, además de buen actor, en lo personal es un tipo amable y cercano, tal y como señaló Toni García en su libro Mata a tus ídolos, libro ameno y entretenido que he leído ya dos veces y en el que su autor narra su experiencia personal con actores, directores y personalidades varias del mundo del cine y la música, y donde no deja en muy buen lugar a divos insoportables y egocéntricos como Lenny Kravitz o Ben Kingsley, este último empeñado de manera ridícula y grosera en que lo traten de “sir” a la hora de dirigirse a su augusta persona (menudo imbécil).

Jude Law también está magnífico en su papel de histriónico y apasionado escritor consumido por su propio talento. Habrá quien lo considere excesivo, pero a mí logró transmitirme la sensación de que los genios se conducen por la vida con un código moral y ético diferente al común de los mortales. Algo parecido aportaba Woody Allen en su magnífica Balas sobre Broadway, cuando ponía en boca de uno de sus personajes, un escritor más bien mezquino y egocéntrico, que “los genios tenemos nuestro propio código moral”, justificando, de paso, el hecho de acostarse con la mujer de su mejor amigo.

En conclusión, considero El editor de libros una muy buena película, ideal para adentrar al espectador en los entresijos del mundo editorial y de la creación literaria, entender la labor de un buen editor a la hora de pulir las aristas de ciertos manuscritos sin resultar invasivo o excesivamente intervencionista, y ver cómo se interrelacionan personas que son como las dos caras de una misma moneda unidas en un frente común: llevar el fruto del artista a lo más alto del éxito.

Factótum (2005)

Basada en el libro autobiográfico del mismo título escrito y publicado por Charles Bukowski en 1975, Factotum está protagonizada por Matt Dillon, Marisa Tomei, Lili Taylor y Fisher Stevens, entre otros.

Escrita tras Cartero, Factotum es la segunda novela de Bukowski. En ella, al igual que en la primera, Bukowski narra sus fallidos intentos de ganarse la vida como escritor, enviando cientos de cuentos y poemas a revistas literarias de todo el país con la esperanza de ver publicada alguna de sus creaciones literarias. Entre medias, da perfecta cuenta de sus largas noches de borrachera y sexo desenfrenado, de los cientos de oficios aburridos y mal pagados que se ve obligado a aceptar para poder pagar el alquiler y mantenerse, y de sus febriles y adictivas jornadas en el hipódromo, haciendo toda clase de apuestas que le permitan ganarse un dinero extra con el que seguir financiando sus adicciones.

Matt Dillon haciendo de Bukowski en "Factotum"

 

La película es bastante fiel al libro, pues lleva a imágenes en movimiento hechos y situaciones que Bukowski narra con la precisión de cirujano entre las páginas de su novela. Sin embargo, yo siempre he tenido un pequeño problema con esta película, y es que, desde la primera vez que la vi, sentí que Matt Dillon no era el actor más adecuado para interpretar a un joven y desquiciado Bukowski. Para ese papel yo siempre pensé en alguien como Billy Bob Thorton, a quien había visto unos años antes en la película Bad Santa, donde interpretaba de manera magistral a un borrachuzo y pendenciero buscavidas que trabaja de Santa Claus en Centros Comerciales y Grandes Almacenes en los periodos navideños, al tiempo que planea y ejecuta pequeños robos en los mismos comercios donde trabaja. Thorton borda el papel, y desde entonces lo vi como una encarnación perfecta de Bukowski en la gran pantalla.

Con todo, Dillon no lo hace mal del todo. De hecho, una vez te acostumbras a su presencia y conforme la película va avanzando, consigues dejar atrás esa reticencia inicial y meterte de lleno en la trama y los curiosos personajes que transitan por ella.

Bukowski aprovechaba cualquier momento del día para escribir. Está claro que hacía honor a esa famosa frase que reza: "Un escritor lo es las veinticuatro horas del día".

 

Tanto si has leído a Bukowski como si no, considero esta película una buena manera de adentrarte en el particular universo de un autor que, con su particular estilo, logró seducir a una legión de lectores cada vez más numerosa en todo el mundo, y que llega hasta nuestros días, pues sus libros no dejan de reeditarse y su figura de reivindicarse, lo cual no deja de ser irónico, ya que el propio Bukowski dejó escrito en su lápida la lacónica sentencia “no lo intentes”. Desde luego, genio y figura hasta la sepultura.




jueves, 18 de mayo de 2023

AMOR A LOS LIBROS

 


No suelo ver la tele. De un tiempo a esta parte me aburre soberanamente. Hablo de las cadenas generalistas de la TDT. De la otra, la de pago, no puedo opinar porque no estoy suscrito a ninguna plataforma. A decir verdad, nunca lo he estado. Bastante paga uno ya por todo; hasta por morirse. A veces tengo la frustrante sensación de que uno sólo viene a este mundo a pagar. Y más frustrante aún: no sé cómo ni porqué, pero siempre acaban pagando justos por pecadores. Mecachislamar.

Aunque os cueste creerlo, durante muchos años fui un ávido consumidor de televisión. Gracias a ella descubrí mucho cine —clásico, sobre todo—, muchas series —me encantaban las comedias inglesas que solían programar entre finales de los 70's y los 80's—, documentales, entrevistas, programas de debate, etc. Hablo, claro está, de aquella televisión donde las pausas para publicidad duraban cinco o diez minutos, y no como ahora que duran más los anuncios que la peli o el programa que estén emitiendo en ese momento, dándose la paradoja de que una película de hora y media se alargue hasta las tres horas. Eso por no hablar de los momentos que eligen los programadores de turno para “cortar a publicidad”, muchas veces en mitad de un interesante diálogo o cortando un chiste por la mitad, para regresar al cabo de no sé cuántos minutos, acabar con el chiste en cuestión y volver a cortar para publicidad —esto es verídico, no me lo invento. Y resulta extremadamente molesto y cabreante a partes iguales—.

En fin, que la televisión actual la tomo en dosis muy pequeñas y en momentos muy puntuales, como los refrescos azucarados y la comida precocinada, ya que, al igual que éstos, la tele también puede ser “perjudicial para la salud”.

Total, que hace unos días me hallaba haciendo un barrido por los canales en abierto de la TDT cuando, para mi sorpresa, acabé sintonizando un programa que logró llamar mi atención. El programa lo emitían en La2 de Televisión Española, ya saben, ese canal en el que programaban esos documentales tan interesantes de los que todo el mundo hablaba para desmarcarse de la telebasura y que, paradójicamente, mostraba unos índices de audiencia paupérrimos, lo cual me invitaba a pensar que la gente simplemente mentía. Nada raro por otra parte, ya que vivimos en un mundo de apariencias donde ocultamos nuestro verdadero yo bajo capas y más capas de convencionalismos y corrección política, no vaya a ser que nos veamos señalados por el dedo acusador de esta sociedad hipócrita y enjuiciadora que ríase usted de La Santa Inquisición.

Volviendo al programa en cuestión, se trataba de un reportaje acerca de una de las pocas restauradoras artesanales de libros que aún quedan en nuestro país. La buena mujer hablaba con pasión de su oficio, el cual había heredado de su padre, quien a su vez lo había heredado de su padre.

Mientras colocaba un libro recién restaurado en la prensa, a fin de acabar de fijar la cola en las nuevas tapas recién colocadas, la mujer comentaba con cierto pesar como el suyo era un oficio en serio peligro de extinción, ya que hoy día no hay mucha gente que esté dispuesta a pagar por restaurar algo viejo o deteriorado. Algo parecido le ocurrió a los antiguos zapateros remendones, o los afiladores, que iban de barrio en barrio haciendo sonar sus melodiosas ocarinas de plástico avisando de su presencia, y haciendo que los vecinos bajasen con toda suerte de cuchillos o navajas a fin de ser afiladas con la piedra de afilar que iba conectada por una correa a la dinamo de la moto. Hoy, cuando un zapato de estropea, se tira a la basura y se compra otro. Y lo mismo sucede con la cubertería, o con los libros. Y es que actualmente, con el abaratamiento de costes y la diversidad de materiales, sale más barato comprar algo nuevo que restaurar algo estropeado. Obviamente la calidad no es la misma, pero, por desgracia, vivimos en un mundo donde todo está específicamente diseñado para ser renovado cada cierto tiempo (yo porque no uso, pero sé de gente que suele renovar su teléfono móvil cada año y medio o dos años).

Al final, según decía la mujer, cuando alguien decidía contratar sus servicios era por una cuestión sentimental, más que económica. De ahí que la mayoría de encargos que recibía fuesen de libros de memorias escritos a mano o mecanografiados contando la historia familiar, diarios o libros de recetas heredados de madres a hijas, o de abuelas a nietas.

En otro momento del reportaje, la restauradora confesaba su amor incondicional por los libros antiguos, remarcando su apasionado discurso con las siguientes palabras: «Me fascina leer cómo pensaban, cómo vivían o qué sentían gentes que vivieron en este mismo planeta en siglos anteriores al nuestro. Qué les interesaba, qué les preocupaba, qué les movía a dejar testimonio escrito de sus pensamientos, anhelos e inquietudes. Considero un privilegio poder acceder a todo ese caudal de información y conocimientos a través de la palabra escrita».

Las palabras de aquella mujer me hicieron reflexionar en los días que siguieron. Y una de las conclusiones a las que llegué fue que hay cosas en la vida que damos por hechas y que por eso mismo no le concedemos el inmenso valor que tienen, porque, de algún modo, “siempre han estado ahí”. Pero, ¿alguna vez os habéis preguntado qué pasaría si el ser humano no hubiese inventado la escritura? Apenas sabríamos nada de nuestra historia, de nuestra evolución como especie, de nuestros logros y nuestros fracasos, de lo que pensaban, sentían o soñaban nuestros antepasados. Eso por no hablar de las cosas que no habríamos podido descubrir o construir, pues su existencia se debe, precisamente, a la contribución de cientos o miles de mentes que retomaron el trabajo a partir de las notas o instrucciones que dejaron quienes les precedieron.

Así pues, celebremos la escritura, pues sin ella tú y yo no estaríamos manteniendo ahora mismo este intercambio de ideas o pensamientos.



jueves, 27 de abril de 2023

COCINILLAS ENDIOSADOS

 

Yo me como esta mierda y salgo del restaurante con más hambre a como entré


No sé exactamente en qué momento ocurrió; cuándo la comida dejó de ser algo básico para nuestra supervivencia y pasó a convertirse en una pieza de arte. Tampoco tengo claro en qué momento los cocineros pasaron de ser eso, cocineros, a convertirse en “artistas”.

De entrada, diré que personalmente no considero la cocina un arte, ni a los cocineros unos artistas. Bastantes “artistas” tenemos ya en el mundo como para añadir más estúpidos engreídos a la lista.

Cuando era estudiante me enseñaron que las artes eran siete: arquitectura, escultura, pintura, música, literatura, danza y cine. Yo añadiría tres disciplinas más a esa lista: teatro, fotografía y cómic. Y para de contar.

Pero antes de proseguir, vayamos al diccionario de la RAE. Según su segunda acepción, que es la que me interesa, dice lo siguiente a propósito de la palabra arte: «Manifestación de la actividad humana mediante la cual se interpreta lo real o se plasma lo imaginado con recursos plásticos, lingüísticos o sonoros».

Vale. Tal vez se preste a confusión. Porque alguien podría decir que los platos una vez cocinados son una manifestación de la actividad humana, y que los cocineros son unos artistas que interpretan lo real o lo imaginado a través de sus recetas. Y puede que quienes sostengan eso tengan razón, y que los cocinillas sean unos artistas, pero no en la forma en que ellos aspiran o creen ser merecedores. A mi modo de ver son artistas, sí, pero “del sablazo”, porque cobrar cuarenta eurazos por una mierda minúscula con ínfulas de ser mucho más de lo que aparenta y que no llega ni a la categoría de canapé, me parece una tomadura de pelo que guarda más relación con el timo de la estampita que con el sumun del placer culinario.

Recuerdo hace años un divertidísimo sketch de Faemino y Cansado en el que ridiculizaban a su manera, es decir, genial y tronchante, todo ese “ful de Estambul” que entonces se denominaba nouvelle cuisine. En el citado sketch, Faemino se quejaba amargamente ante su compañero Cansado de las porciones minúsculas por las que le habían sacado un ojo de la cara en un restaurante de moda y que, tras comer, encima se había quedado con hambre. Al final concluía: “¡A mí que me pongan un bistec con patatas y unos huevos fritos con chorizo, y que lo llenen hasta que no se vea el dibujo del fondo del plato, coño!”.

Este scketch puede tener fácilmente veinticinco años, es decir, que aún no había llegado a la cocina todo esa gilipollez de la deconstrucción culinaria, la caramelización de todo lo habido y por haber, el uso del nitrógeno líquido y la irrupción de la prebiótica.

Cada vez que veo a un cocinillas con ínfulas, soplete en mano, me dan ganas de soltarle un sopapo y gritarle: “¡¡¿Adónde vas con ese soplete, tontolaba?!! ¿Es que no sabes usar el horno o los fogones de toda la vida, tolete?”. Y verlos usando esas pinzas enormes para colocar una mierda de hoja de no sé qué para adornar un plato, también me pone de los nervios. ¡Ni que fueran filatélicos, carajo!

¿Y qué me decís de esos nombres tan rimbombantes que utilizan para bautizar a sus creaciones? “Alegoría de un atardecer en un bosque cuqui de Indonesia envuelto en aroma de pétalos de rosa rosae guay del Paraguay y manojo de hierbas súper chulas engalanado con lágrimas azules de pitufo y azúcar glass”. Y luego va y te ponen una mierda del tamaño de una aceituna envuelta en espuma blanca adornada con una hoja de menta. Y te cobran un ojo de la cara por la broma. Y te lo comes y resulta que sales con más hambre que cuando entraste en el restaurante. Y con doscientos pavos menos en el bolsillo. Pa' matarlos, vamos.

Entonces un día, de repente, comenzaron a salir en la tele un montón de programas culinarios. Que si Masterchef y sus distintos subproductos (Masterchef Junior, Masterchef Celebrity, Masterchef Juan Palomo, yo me lo guiso yo me lo como... ¡menudo reparto, oiga!), que si el Chicote (esa especie de enano de jardín cabreado con el mundo al que todo le sabe a mierda y que nunca —oh, casualidad— se topa con una cocina en condiciones, ni con cocineros o empresarios mínimamente competentes. En ese sentido me recuerda horrores a uno de los primeros jefes que tuve la desgracia de sufrir, que también era un enano con mala leche al que todo lo que hacían sus empleados le parecía una mierda, y resulta que el muy cabrito no sabía hacer una “o” con un canuto y tenía menos estudios que Belén Esteban), o el Daviz Muñoz, ese sanaca que por sustituir una “d” por una “z” en su nombre de pila se cree un genio, con cresta y pendientes de madera en las orejas que parece más un miembro de La Polla Records que un cocinero y del que confieso que yo no me comería ni una tortilla francesa suya ni aunque me pagasen. Como si no tuviésemos bastante con el bueno de Arguiñano y su colección de chistes malos del que sólo él se ríe y sus penosas interpretaciones de canciones populares a las que le cambia la letra según le vaya el día. Pues no, resulta que no teníamos suficiente, así que... San Joderse tocó en jueves.



Hará cosa de un par de meses me gocé una estupenda película titulada El menú. La película, protagonizada por ese monstruo de la interpretación que es Ralph Fiennes, gira en torno a un reputado chef de la alta cocina que invita a un selecto grupo de comensales escogidos a una cena exclusiva en el restaurante de su propiedad ubicado en una misteriosa isla. A medida que va transcurriendo la velada comienzan a sucederse los diferentes platos que conforman el menú, con su retahíla de rimbombantes nombres, que el chef, como suele ser habitual en este tipo de restaurantes, va desgranando ingrediente por ingrediente, en una especie de parodia desquiciada sacada del mundo real.

Como no deseo hacer espoiler, hasta aquí puedo leer. Lo que sí diré es que, si tenéis oportunidad, le echéis un vistazo a la peli, pues está repleta de guiños a ese tipo de cocina y a toda la gilipollez que la rodea; todo ello convenientemente sazonado con unas elevadas dosis de humor negro negrísimo que te harán relamerte de gusto.

Hablando de tonterías en el mundo culinario, no puedo evitar acordarme de aquella publicación en la que se mostraba al futbolista Sergio Ramos a punto de zamparse un bistec laminado en oro. El sumum de la exclusividad y el horterismo de los ricos muy ricos que no se contentan con tener pasta por castigo sino que, encima, necesitan hacer pública ostentación de ello, pues de lo contrario parece como que no disfrutan de su privilegiada posición en la vida. Parafraseando a aquel torero al que le presentaron en cierta ocasión al filósofo Ortega y Gasset y el pobre hombre, sin tener ni pajolera idea de en qué consistía eso de analizar el pensamiento y el obrar de la gente, no dudó en sentenciar: “Hay gente pa tó”.

Lo que está claro es que toda esta fiebre de gilipollismo que de un tiempo a esta parte rodea al mundo de la alta cocina, ha hecho que hasta en las expresiones populares notemos su perniciosa influencia. Y es que ni siquiera podemos ya mandar a freír puñetas a alguien que consigue sacarnos de nuestras casillas. Ahora, para adecuarnos a los nuevos tiempos, habría que gritar: “¡Vete a freír puñetas con un soplete, aderézalo con un sorbete de anís del mono en polvo y alpujarras caramelizadas y acompáñalo de un nido de si quieres arroz Catalina con salsa de ostras Pedrín!”.

Es lo que hay. Aunque yo, aún a riesgo de ser considerado un reaccionario y un antiguo, prefiero mil veces un buen potaje de verduras de la vieja que mil y una recetas de estos chef de chichinabo que, soplete en mano, no dudo en calificar de vendehumos.



jueves, 20 de abril de 2023

EL TRIUNFO DE LA SENCILLEZ

 

Imagen de Enrique Meseguer bajada de Pixabay


Tengo un amigo con el que de vez en cuando quedo para ir a caminar. Nos conocemos desde hace más de treinta años. Ambos compartimos gustos musicales, cinéfilos y literarios.

En esas largas caminatas confrontamos gustos, ideas y opiniones sobre lo que nos gusta, lo que detestamos, lo que nos aburre o lo que nos emociona. No siempre coincidimos en todo, aunque sí ocurre la mayoría de las veces.

Lo bueno de disentir es que ambas partes se enriquecen con el punto de vista del otro. Si dos personas piensan exactamente lo mismo sobre algo, la cosa no va más allá. Nadie aprende nada, sólo confirman lo que ya saben o piensan.

Con esto no quiero decir que uno esté deseando disentir. También viene bien encontrar de vez en cuando a alguien que piense y opine parecido a ti, ya que eso te sirve para reafirmarte en tus convicciones, o en tu forma de ver y entender el mundo que te rodea. Somos seres sociales, y, como tales, necesitamos compartir. En eso precisamente se basa la comunicación, en compartir, ya sean ideas, experiencias, puntos de vista, pensamientos, opiniones o sensaciones.

Hace cosa de un par de semanas le comentaba a este amigo que últimamente experimento un gran placer en el uso sencillo del lenguaje literario. A medida que he ido cumpliendo años me he percatado de lo mucho que me cuesta el uso y abuso del lenguaje rocoso y enrevesado que muchos escritores utilizan en sus libros para ocultar su incapacidad de contar algo de manera clara y sencilla, sin tanta afectación ni grandilocuencia.

Que no se escribe hoy a como se escribía hace cien años es una evidencia. Tampoco se habla hoy de la misma manera a como se hablaba a principios del siglo pasado. Y es que el lenguaje, oral y escrito, es un ente vivo, sujeto a cambios y en permanente adaptación. ¿Por qué empeñarse entonces en escribir a como se escribía hace cien años? ¿Qué sentido tiene mostrarse “ininteligible” a los lectores? ¿Acaso una mala novela mejorará al meter en ella palabras rebuscadas y dotar al texto de un lenguaje difícil y enmarañado? Tal y como yo lo veo, definitivamente no.

Hace unos días acabé de leer Diálogo con mi sombra. El oficio de escritor, del escritor cubano Pedro Juan Gutiérrez. Un libro magnífico, por cierto. De Pedro Juan ya había leído hace unos años su Trilogía sucia de La Habana, libro que compré un poco a ciegas en una librería de mi ciudad y que devoré en pocas semanas a pesar de su extensión —tal y como se deduce del título, el libro consta de tres libros unidos en un único volumen—. De aquel libro recuerdo lo mucho que me recordaba, en el estilo y la temática, a los libros de Bukowski, del que poseo más de una docena de títulos y releo de vez en cuando.

Por cierto, a propósito de la Trilogía sucia de La Habana, si te incomoda el uso crudo y obsceno del lenguaje, así como ese tipo de literatura que habla de lo que no se suele escribir por considerarse ofensivo, incómodo o desagradable, mejor no leas este libro, pues todos tus temores se verán confirmados desde la primera página multiplicados por mil.

Pedro Juan Gutiérrez ejerció durante algo más de veinte años como periodista en la Cuba castrista, hasta que precisamente la publicación en el extranjero de su Trilogía sucia de la Habana propició su despido fulminante del medio para el que trabajaba, siendo señalado por el régimen como un outsider y un “enemigo de la revolución”, ya que el hecho de reflejar en sus libros esa realidad que el régimen se empeña en ocultar al turista y al mundo allende sus fronteras es considerado como algo próximo a la disidencia. En definitiva, “o estás conmigo o contra mí”, pues en los regímenes totalitarios no hay cabida para las opiniones contrarias al discurso oficial.

Precisamente el hecho de haber ejercido durante tantos años el periodismo, se revela como algo fundamental en el estilo literario desplegado por Pedro Juan en sus libros. Él mismo se encarga de explicar cuáles son las líneas maestras de su estilo literario a la hora de enfrentarse a la hoja en blanco: «Una dinámica de diálogo rápido, de atrapar al lector con escenas cortas. Nada de largos párrafos de reflexión y análisis sobre lo que está sucediendo, sino dejar al lector que lo haga. Respetar la inteligencia, la cultura y la capacidad de análisis del lector. Es decir, mi narrativa se basa en aportarle elementos al lector y que sea él quien saque sus propias conclusiones».

Una de las cualidades que más valoro en el arte literario es la concreción. Sobre todo a partir de cierta edad, cuando uno ya no está para perder el tiempo tontamente. A medida que voy sumando años a mi particular calendario vital, mayor importancia le doy a la sencillez. Me enervan las complicaciones innecesarias, el relleno, la paja.

Volviendo al libro de Pedro Juan, en otra parte del libro escribe lo siguiente: «Soy incapaz de utilizar cuatro páginas para algo que puedo decir en una. Y eso es respetar al lector. No darle paja. No darle basura sólo para alargar un poco más el texto. Al contrario, cuanto más concentrado mejor».

En otra parte del libro acusa a los que él llama “escritores barrocos” de explayarse en las descripciones y en las emociones y pensamientos de los personajes, lo que a él —y a mí— le resulta tremendamente soporífero. En ese sentido, sentencia: «Admiro a Marguerite Duras. Logró desprenderse de todos los trucos y los artificios. Escribir del modo más escueto posible. Eso es dificilísimo, casi imposible escribir de ese modo, dejando sólo el esqueleto, los huesos del texto. […] Los barrocos, en cambio, ponen demasiado merengue a una tarta pequeña. Y merengue rosado casi siempre, para que sea aún más empalagoso y más altisonante».

No hace mucho, un mes o así, acabé la lectura de una novela breve de la escritora japonesa Aki Shimazaki. La novela lleva por título Hózuki, la librería de Mitsuko. ¡Qué deliciosa novela! Escrita de un modo sencillo, directo, sin grandes artificios ni rellenos innecesarios, Shimazaki narra la historia de Mitsuko, una librera de provincias que vive en un apartamento situado en lo alto de la librería que regenta. Allí pasa los días junto a su madre y Taró, su pequeño hijo sordomudo, con el que se comunica a través del lenguaje de signos.

De manera amena y extremadamente adictiva, la autora nos va narrando el recorrido vital de esta joven librera, madre soltera, que, a pesar de la aparente sencillez de su día a día, esconde una vida repleta de oscuros vericuetos.

Se trata de una novela corta —la versión electrónica apenas llega a las 100 páginas—, y me enganchó tanto que la leí en apenas cinco noches —suelo leer por las noches, antes de dormir, aprovechando el silencio y ese momento de paz que acontece justo antes de planchar la oreja—.

Obviamente, cada lector exige de sus autores favoritos una cualidad distinta. Habrá a quien le guste la literatura “de enjundia”, con largas y detalladas descripciones y acrobáticos ejercicios de estilo. Y no seré yo quien le reproche a nadie sus apetencias. Faltaría más. De hecho, lo respeto. Como bien reza el dicho: “sobre gustos no hay colores”, pues cada uno de nosotros busca o exige algo diferente en el arte.

A mí, como ya confesé en un párrafo anterior, cada día encuentro más placentero la sencillez y la economía en el lenguaje escrito. ¿Y tú? ¿Qué buscas o exiges en tus libros o autores favoritos?



jueves, 30 de marzo de 2023

EVASIÓN Y VICTORIA

 


Como cada mañana, leo distintos periódicos de prensa online. Y como cada mañana, también, veo que el mundo va de mal en peor. Crisis económica mundial —siempre estuvo ahí—, crisis energética —otra vez—, crisis de valores —nada nuevo bajo el sol—, crisis de empleo —los que más tienen se resisten a compartir y siguen sin ver nada malo en querer ganar mucho más de lo que ya ganan y que no podrán gastar ni en tres vidas que viviesen—, crisis humanitaria fruto de la inmigración ilegal, crisis sanitaria porque los ricos y poderosos llevan décadas intentando desmontar la Seguridad Social para hacerse ellos con el negocio de la salud, crisis de las jubilaciones porque a la gente mayor ya se le ha sacado todo el jugo que se les podía sacar, ya no producen y el Sistema considera que son una carga de la que nadie se quiere hacer cargo; crisis, crisis, crisis y más crisis.

Como un anexo a uno de los enunciados de la famosa Ley de Murphy, “todo en esta vida es susceptible de ir a peor”. Y, como un chiste malo contado por un maestro de ceremonias perverso, esa ley se lleva cumpliendo a rajatabla desde que el mundo es mundo. No salimos de una para meternos en otra. Si no es una guerra es una revolución, y si no una amenaza nuclear, o un virus mortal como el VIH o cualquier tipo de cáncer. Y cuando ya creíamos haberlo visto todo, va y llega la pandemia global, el Covid19, salido de no se sabe muy bien dónde ni cómo, aunque intuyo el porqué.

Ante un panorama tan deprimente, surge inevitable una pregunta: ¿qué hacer para que todo eso nos afecte lo menos posible?

En mi caso concreto lo tengo meridianamente claro: recurro al arte.

A mi edad, tengo la gran fortuna de poseer una vasta colección de cine, música y literatura. Ojo, que mi pasta me ha costado, ¿eh?, pues llevo gastando mi dinerito en todas esas cosas desde aquellos lejanos días en que cobraba una exigua paga semanal de mi padre siendo un preadolescente —me refiero a mí, obviamente, no a mi padre—.

En aquellos días, con doce o trece años, me gastaba todo lo que me daban en ir al pequeño cine de mi barrio y comprar cómics, discos de vinilo y cintas vírgenes de casete, donde grababa la música que me gustaba, bien de la radio —rezando para que el locutor bocazas de turno no “jodiese” la canción antes de tiempo—, o bien de discos que me prestaban mis amigos de entonces, y a los que yo prestaba los míos.

Con los años, y gracias a mi trabajo en el videoclub de mi padre, compraba cintas de VHS a buen precio y en ellas grababa de todo: pelis y series de la tele, documentales, conciertos, videoclips.

Aún me recuerdo encerrado en mi cuarto, esperando hasta las tantas de la noche para grabar en el extinto Cine Club de La2 de Televisión Española mis primeras pelis de Woody Allen. Me parece estar viéndome a mí mismo, con quince o dieciséis años, grabando Bananas, El dormilón y Todo lo que usted quería saber sobre el sexo, pero temía preguntar, en aquel vídeo VHS de la marca Sharp que tenía instalado en el cuarto de la tele, y que nos duró un porrón de años porque aún no se había implantado ese perverso invento de los fabricantes de electrodomésticos llamado “obsolescencia programada”.

A esa época también pertenece mi pasión por el cine clásico en blanco y negro. Recuerdo grabar películas como la maravillosa El mundo de George Apley, una cinta poco conocida dirigida por Joseph Mankiewicz, protagonizada por Ronald Colman y Vanessa Brown, que disfruté mucho en mi juventud y que volví a ver hace unos pocos meses y me sigue pareciendo entrañablemente maravillosa. ¡Qué alegría me llevé al verla de nuevo! Era como si no hubiesen pasado los años por ella. Ni por mí. Al verla de nuevo, sentí algo parecido a lo que se siente cuando ves a alguien de tu pasado que hace siglos que no ves y cuyo encuentro celebras con gozo. No siempre ocurre. Hay películas que envejecen muy mal, y amistades a las que les ocurre lo mismo. Son hijas de un tiempo y un momento de tu vida muy concretos, y, como les ocurre a los productos perecederos, más allá de su fecha de caducidad resultan perjudiciales para tu salud física (y mental).

Durante años mantuve en mi colección decenas de cintas de vídeo con episodios de series míticas como Las chicas de oro, Frasier, Matrimonio con hijos, Dame un respiro, Friends, Seinfeld, Hale & Pace y un montón de series que pillaba en la tele. También grababa cientos de películas.

Y, mientras tanto, mi colección de discos había aumentado tanto que le pedí a mi abuelo que contactase con un carpintero amigo suyo para fabricarme un mueble personalizado para mis discos, que, en cuestión de meses, volvió a hacerse pequeño.

Los libros también fueron acumulándose en mis estanterías. Adquiría cualquier colección que sacase buenos títulos en formato bolsillo, como la de "Grandes Autores" de RBA o la de "El Egipto de los Faraones" de Planeta DeAgostini. Aún conservo bastantes de aquellos libros.

Cada cierto tiempo me pasaba por la sección de libros de El Corte Inglés, y rebuscaba entre los cajones de libros en oferta por 200 ó 300 pesetas de entonces, además de pillar libros en edición de bolsillo de aquellos autores que me llamaban la atención. Así fue como me hice con libros de Woody Allen, Groucho Marx, Charles Bukowski, Tom Sharpe, Paul Auster, Luciano De Crescenzo, Mario Puzo, P.G. Wodehouse, Enrique Jardiel Poncela, John Kennedy Toole, etc.

Y con todo ese “tesoro”, acumulado a lo largo de una vida, he ido campeando el temporal de las malas noticias.

Titulaba este post basándome en el título de una magnífica película de John Huston dedicada al fútbol. El título de aquella película era Evasión o victoria, y hacía alusión a la disyuntiva que se le presentaba a una selección de fútbol compuesta por prisioneros de guerra que, en plena Segunda Guerra Mundial, son invitados a jugar un partido contra una selección de jugadores de la Alemania nazi. El partido, disputado en suelo francés, es aprovechado por los mandos aliados para facilitar la fuga de los jugadores al descanso. Sin embargo, a pesar de ir perdiendo el partido a la finalización del primer tiempo, la mayoría de los jugadores cree aún en la remontada, de ahí que se les plantee la posibilidad de renunciar a su propia libertad en pos de la victoria. En mi caso, tal disyuntiva no existe, pues considero la evasión, a través del disfrute de cualquier obra de arte, una victoria en sí misma sobre el aburrimiento, el hastío y la gravedad de la vida.

Así pues, para mí, el poder evadirme de la realidad es siempre sinónimo de victoria.