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martes, 26 de octubre de 2021

EN REALIDAD, YO NO QUERÍA TENER UN BLOG (Parte 2)

 

Este era el aspecto de mi blog en 2014

 

Una de las cosas que más me echaba para atrás era el hecho de no tener ni la más remota idea de cómo montar un blog en Internet. Así que lo primero que hice fue seguir a varios blogs, que visitaba regularmente en mi tiempo libre.

Algunos eran de corte autobiográfico, salpicados de anécdotas y situaciones del día a día de su autor o autora; otros de corte más literario, donde se subían textos propios; incluso hubo varios que trataban de música, mi otra gran pasión. También vi alguno que era algo así como una especie de miscelánea, en la que su autor tan pronto hacía una crítica de una peli, como una crónica de un viaje o hacía un repaso a sus lecturas más recientes. De todos ellos aprendía algo, e iba tomando notas en una libreta.

Me pasé un par de años leyendo aquellos blogs, empapándome de su forma de hacer las cosas, de la frecuencia entre publicaciones, del trato con los lectores a través de los comentarios; además del estilo, la tipografía, la composición del blog en sí, etc.

Con todo eso, emulando a un doctor Frankenstein de andar por casa, iba uniendo piezas en mi cabeza mientras daba forma a mi propio espacio en Internet.

Cuando al fin tomé la firme decisión de abrir mi propio blog, me pasé semanas leyendo diversos manuales que te iban orientando paso a paso. Incluso recuerdo nadar en la disyuntiva entre la plataforma Blogger o la de Wordpress. Al final, viendo los pros y los contras de ambas opciones, acabé decantándome por Blogger.

Y llegó el gran día. El día del estreno.

Para entonces, ya tenía todo listo. Una foto, una cabecera, un nombre para el blog, una ficha de autor, y un texto de presentación, aquel con el que me daría a conocer en el gran mundo bloguero.

El día elegido fue el domingo, 4 de mayo de 2014. Y mis primeras palabras, aquellas que, cual náufrago en una isla desierta, lanzaba al mundo contenidas en el interior de una botella de cristal imaginaria, fueron las siguientes:


EL ORIGEN DE ESTE BLOG

Domingo, 4 de mayo de 2014


Soy escritor, ya saben, uno de esos tíos que disfruta de la soledad y escribe cosas. Peor aún, soy uno de esos tíos que disfruta de la soledad, escribe cosas y encima pretende vivir de ello. Y vivir bien, además.

Ya sé que pretender vivir exclusivamente de la literatura en los tiempos que corren es una auténtica locura. Pero, ¿qué sería de la vida sin una pequeña dosis de locura con la que sazonarla? Una broma insoportable, me temo.

Así que, haciendo gala de esa pequeña dosis de locura necesaria para emprender esos proyectos que la prudencia te aconseja no acometer, he decidido al fin seguir el consejo de un amigo que hace años me dijo: ¿Y por qué no creas un blog en Internet?

Todo comenzó con un encuentro casual. Llevaba años escribiendo cosas, principalmente cuentos cortos y novelas. Me había presentado a varios concursos literarios y, como muchos escritores noveles, también había contactado con algunas editoriales decidido a publicar. Pero ni tuve éxito en los concursos a los que me presenté ni mis contactos con las editoriales llegaron a fructificar. Y mientras tanto, yo seguía escribiendo.

A mediados de 2012 conocí a Boris, que era sobrino de un buen amigo mío. Lo cierto es que Boris y yo congeniamos al instante y, al saber de mi vena literaria, me pidió leer algunas de mis cosas. Así que le entregué un manuscrito con una pequeña selección de cuentos cortos y relatos escritos con mi personal estilo narrativo, claramente orientado hacia el humor absurdo, la parodia y la sátira. Su reacción al leer aquellos relatos fue de sorpresa.

—¿Cómo es que tú, siendo contable, puedes escribir estas cosas tan divertidas? Tenía entendido que los contables carecen de sentido del humor —me dijo.

—Misterios de la vida —dije yo.

Un día, consciente de mi frustración por no haber podido publicar aún ninguna de mis obras, Boris me dijo:

—Oye tío, eres escritor. Llevas escribiendo cosas desde hace muchísimos años. Y, a pesar de haberlo intentado un montón de veces, aún no has conseguido publicar nada.

—Así es —dije yo.

—El problema es que nadie te conoce —dijo él—. Necesitas promocionarte. Darte a conocer. Dar a conocer tu obra. ¿Y qué mejor forma de hacerlo que a través de un blog en Internet?

Meses más tarde empecé a salir con una chica. Nos hicimos novios. Ella era cineasta, por lo que sabía de todo el trabajo que hay detrás de cada creación. En una ocasión, durante uno de nuestros encuentros, me pidió que le escribiese algo para hacer un corto. Al día siguiente le presenté un guión de cinco o seis páginas. También me dijo que porqué no probaba con un blog en Internet.

Prometí pensármelo. Y lo hice. Lo pensé durante mucho tiempo. Dos años para ser exactos. Y hoy, pasado todo ese tiempo, me he decidido al fin a asomar mi nariz a ese espacio infinito que es el ciberespacio.

Da un poco de vértigo, no lo voy a negar. Pero también trae aparejada una agradable sensación de cosquilleo, de excitación ante un nuevo reto.

Así que allá voy. Espero no verme solo en esto. Un escritor sin lectores es como un músico que sólo practica en casa, sin que nadie escuche sus composiciones.



Esas fueron mis primeras palabras lanzadas al ciberespacio.

Recuerdo que, al darle por primera vez al botón de publicar, estaba nervioso y excitado a partes iguales. Como no tenía ni idea de si lo había hecho todo correctamente, le pedí a mi amigo Boris que buscase mi blog en Internet y comprobase que todo había salido bien. Al rato recibí un correo suyo donde me decía: «¡Perfecto! Suerte, tío».

Y si emocionante fue darle a “publicar”, más emocionante aún fue recibir el primer comentario, realizado por una chica desconocida llamada Elisa, en el que me deseaba la mejor de las suertes.

Los inicios, sin embargo, no fueron nada fáciles. De hecho, las primeras semanas me sentía bastante frustrado, ya que, a pesar de publicar una variada selección de cuentos originales —muchos de los cuales acabarían en mis libros—, las visitas y los comentarios parecían resistirse.

Y de pronto, un día, una amiga de mi amigo Boris me hizo la pregunta que lo cambiaría todo: «¿Has probado a publicar en las comunidades de Google Plus?».


(Continuará...)


jueves, 12 de diciembre de 2019

MIRANDO ATRÁS

Mi ejemplar de "Cuentos sin plumas" de Woody Allen.
 
En mayo de este año —2019— mi blog cumplió cinco años de andadura. ¿Por qué no hice un post especial celebrando la efeméride? Bueno, para ser honesto, en esos días andaba con la crisis subida a mi chepa y me debatía en si dar continuidad al blog o si cerrarlo definitivamente. Así estaban las cosas.
Dudé mucho por esos días. Se me habían juntado varios acontecimientos negativos: el cierre de Google Plus, la brutal pérdida de visitas al blog, el fallido intento de empezar de cero en MeWe, las ventas residuales de mis libros, etc.
Pero entonces surgieron un par de hechos fortuitos que me hicieron replantearme la situación.
Uno de esos hechos fue la inesperada petición de Ana Azuela, directora y coordinadora de la web LAO Laboratorio de Artes y Oficios de México, de escribirle un artículo para su web.
Aunque por aquellos días me hallaba «Fuera de Servicio», como los taxis que acaban su jornada laboral, accedí a tomarme unos días y madurar un texto para su web. La base de ese texto fue una pregunta que llevaba tiempo haciéndome en la intimidad de mi cabeza: ¿Por qué escribo?
Al intentar dar respuesta a esa pregunta, comencé a reflexionar sobre todos los pasos que me habían llevado al lugar donde me hallaba en ese momento de mi vida.
Eso me hizo echar la vista atrás y recordar al joven que fui. Fruto de ese ejercicio me reencontré con ese chaval tímido y con una imaginación desbordante, que veía películas, escuchaba discos y leía cómics para escapar de la realidad que tan poco le seducía, mientras en su cabeza barruntaba historias y personajes a los que ansiaba dar vida en papel, a través de los dibujos que hacía o de las historias que escribía, deseando en un futuro no muy lejano poder mostrarlos al mundo, con la esperanza de gustar y poder dedicarse a ello de manera profesional.
Terminar el artículo me llevó tres semanas. Y es que, aunque algo me salga del tirón, soy de los que revisa y reescriben todo como un millón de veces antes de darlo a leer a alguien. Ésa ha sido siempre mi manera de enfrentarme a este noble oficio, y soy demasiado viejo para cambiar hábitos.
Cuando al fin lo consideré «publicable», se lo hice llegar a Ana.
Por si no lo habéis leído aún, o lo habéis leído pero deseáis releerlo para recordar de qué iba, pincha aquí.

Aquel artículo generó varios comentarios, tanto en mi blog como a través de mis redes sociales, lo que me hizo recuperar sensaciones. Me alegró saber que, a pesar de mis repetidas ausencias por diferentes motivos, por ahí fuera aún había personas interesadas en las cosas que escribía. Agradable sensación, sin duda. Sobre todo cuando sientes que lo que haces cada vez interesa a menos gente.
Con el paso de los días llegó al blog un comentario de alguien anónimo. Aquel comentario me rompió por dentro.
Tras darle muchas vueltas al asunto he decidido no reproducir el comentario en su totalidad. Y no lo voy a hacer porque ese comentario encierra mucho dolor, el dolor de una pérdida irreemplazable e inasumible, y no quisiera que se malinterpretasen mis intenciones.
Lo que sí haré es, respetando al máximo a esa persona y su dolor, entresacar de su comentario lo siguiente:

«Pasó mucho tiempo antes de que algo o alguien me sacara una sonrisa, pero llegó.
Mr. Fabelo, si aún se pregunta porqué escribe, por favor, deje que yo conteste por usted: usted escribe para que yo sonría».

Aún hoy sigo sin saber a ciencia cierta quién es su autora. Lo que sí sé es lo que provocó en mí. Me hizo recordar que yo mismo, hace muchos años, atravesé una época bastante oscura de mi vida. La tristeza se había instalado en mi vida y no había manera de quitármela de encima. Un día, estando en una tienda que solía frecuentar, me puse a curiosear entre los libros que allí tenían expuestos, y mis ojos quedaron prendados de una portada y un autor. Tomé aquel libro entre las manos, lo abrí y comencé a hojearlo. De repente, me vi a mí mismo sonriendo. Ni recordaba la última vez que algo me había hecho sonreír. Al acabar de leer unas pocas frases más, ya había tomado una decisión: quería aquel libro. Así que lo llevé al mostrador de caja y lo compré. Aquella misma noche, antes de dormir, me puse a leerlo. Y volví a disfrutar de algo, apartando de mi lado esa tristeza que tanto me asfixiaba y me consumía por dentro.
Por suerte, aquel libro era bastante tocho: 402 páginas, pues en él se recopilaban tres libros de relatos del mismo autor. Eso hizo que mi disfrute se alargase durante muchas noches, hasta el punto de desear cada día que llegase la hora de la lectura para zambullirme entre sus páginas. Desde aquella primera lectura, he releído muchas veces aquel libro. Y aún hoy me sigue arrancando sonrisas cómplices, haciendo que la tristeza huya de mi lado.
Aquel libro es Cuentos sin plumas, de Woody Allen.
Aún hoy, me gusta pensar que aquel libro me salvó la vida.
Me emociona haber sabido, gracias a los correos y comentarios que generosamente algunos de vosotros me habéis hecho llegar a lo largo de estos cinco años de andadura, que alguno de mis libros o relatos ha conseguido haceros olvidar la tristeza. No conozco mejor objetivo que ese: hacer feliz a alguien haciendo lo que más me gusta.
Ojalá tarde en volver a preguntarme por qué escribo.


miércoles, 1 de mayo de 2019

MIRAD QUIÉN HA VENIDO A VERME...

Caricatura de "El jovencito Frankestein" por Marzio Mariani


—Hombre, Pedro, ¡cuánto tiempo!
Hola, blog.
—Te noto deprimidillo. ¿Qué pasa? ¿Aún no te has hecho millonario vendiendo libros o qué?
Menos coñas.
—Jo, macho. Te falta sentido del humor.
Tengo sentido del humor de sobra. Lo que no tengo es paciencia para aguantar a blogs capullos.
—¿Me estás llamando capullo?
Pues sí. Te lo llamo.
—Madre mía, ¡cómo está el patio!
Ya ves.
—Oye, qué putada lo de Google Plus, ¿no?
¿Leíste mi post de la semana pasada?
—Claro. Yo siempre leo lo que publicas.
¿Siempre, siempre?
—Bueno, vale. No siempre. Pero da la casualidad que sí que leí tu post de la semana pasada, hablando de lo que ha supuesto para ti el cierre de Google Plus, la bajada de visitas, etc. Por cierto, muy bueno lo del entusiasta de turno que todos tenemos en la familia y que en las reuniones familiares aprovecha para sentarte al lado del cuñado o la cuñada con la que no te hablas.
No me irás a decir que a ti también te pasa.
—¿Por qué no habría de pasarme?
¿En serio?
—Yo también tengo familia, ¿sabes?
Pero, ¿qué familia vas a tener si yo te he creado de la nada?
—¿Qué tú me has creado?
Sí. Yo te he creado.
—¿Quién te crees que eres? ¿El doctor Frankestein?
Más bien Froncostin.
—¿Froncostin?
¿No has visto El jovencito Frankestein de Mel Brooks?
—No. ¿Es buena?
¡¡¿Que si es buena?!! ¡Es una obra maestra del humor! Es una de las diez mejores películas de humor jamás filmadas. Todo en esa película funciona a la perfección: el reparto, el guión, la puesta en escena, los gags. Y encima está rodada en glorioso blanco y negro. Es una absoluta maravilla.
—Vale, vale, me la apuntaré. A ver si la pillo por Internet.
¿Ves? Ese es precisamente uno de los grandes males que aquejan a nuestra mal llamada sociedad de consumo. Que todo, o casi todo, está permanentemente disponible a golpe de click.
—¿Y eso es malo?
Déjame que te cuente una historia…
—Sí, abuelo cebolleta.
Soy más joven que tú. Así que, menos lobos Caperucita.
—¿Sabes que en ocasiones puedes ser tremendamente irritante?
¿De veras? Uhm, me recuerda a cierto blog de cuyo nombre no quiero acordarme. Ahora calla y escucha. Voy con mi historia. Mi historia va de un chaval que vive en Canarias a principios de la década de los ochenta. Ese chaval es un entusiasta seguidor del cine, la música y los cómics. Pero resulta que, para su desgracia, España en esa época estaba aún intentando sacudirse de encima el polvo de cuarenta años de aislamiento internacional, comercial, cultural y tecnológico, por lo que cualquier cosa llegaba con cuentagotas hasta nuestras fronteras. Y si en la península la cosa era ciertamente complicada, imagínate en Canarias. ¿Te suena la expresión coloquial «vivir en el culo del mundo»? Pues así es como nos sentíamos en aquellos años. Prácticamente vivíamos en la «indigencia cultural». Conseguir cualquier cosa de interés, la que fuese, se convertía en toda una odisea. Y eso por no hablar de los escasos recursos económicos de los que disponíamos.
—¿Y por qué me cuentas todo esto, tío?
Los que vivís en la abundancia habéis perdido la capacidad de valorar en su justa medida aquello de lo que podéis disfrutar.
—¿Y qué te hace suponer que no disfrutamos de las cosas?
Perteneces a la generación del «todo, ya, ahora, y si no lo tengo me cabreo y me busco otra cosa». ¿Sabes lo que tardé yo en hacerme con la discografía completa de algunos de mis grupos favoritos de rock, como Uriah Heep, Jethro Tull, Thin Lizzy o UFO? Años. Me llevó años conseguir todos sus discos. Y cada nuevo disco que conseguía lo exprimía como se exprime una naranja, sacándole todo el jugo.
—Vale, abuelo. ¿Y qué quieres que yo le haga? ¿Quieres que pida perdón por vivir en la época actual?
No. Lo que quiero es que reflexiones. Y que pienses en la suerte que tienes de vivir en la época en la que vives.
—Jo, tío, ¿en serio me vas a seguir dando la brasa? Y en un día festivo, además.
Cierto. Es festivo. Pero daba por hecho que eso a ti no te afecta lo más mínimo.
—Pues te equivocas. ¿Sabes? A veces me saca de quicio que no me consideres alguien igual a ti.
Es que no eres igual a mí. ¡Eres un blog, por el amor de Dios! No eres un ser humano, a ver si te enteras.
—Pero los blogs tenemos sentimientos.
Eso es más que cuestionable.
—Pues no entiendo a qué viene cuestionar mis sentimientos, la verdad.
¿Hace falta que te lo explique?
—Sí, por favor. Sácame de la ignorancia en la que vivo inmerso.
De acuerdo. Lo haré. Eres una amalgama de códigos, programación, base de datos, algoritmos e ingeniería informática. ¿Me puedes decir dónde demonios entran los sentimientos en esa conjunción de factores?
—¿Acaso te piensas que los informáticos no tienen sentimientos?
Ellos sí, claro. Tú no.
—¿Por qué no? ¿No decís que Dios os hizo a su imagen y semejanza? ¿Por qué los blog o los programas informáticos no podemos ser creados a imagen y semejanza de quien nos creó?
Coño, pues me has pillado.
—O sea, que admites que pueda llevar razón.
Como mínimo, admito que me has hecho pensar.
—Con eso me vale. A propósito, ¿no te parece una ironía que el Día del Trabajo se celebre no trabajando?
Jo, tío, estás que te sales. ¿Es algo que estás comiendo, alguna vitamina que estás tomando o qué?
—Digamos que el estar tanto tiempo en modo pausa hace que me active las neuronas y que mi inquietud intelectual se dispare.
Mejor haría en no dejarte solo demasiado tiempo. Eres un peligro constante.
—Deberían crear un Día Internacional de los Blogs en Internet.
¿Y qué harías? ¿No estar operativo ese día?
—No es mala opción. Así aprovecharía para irme de farra con los colegas.
¿Qué colegas?
—Otros blogs amigos míos.
¿Tienes amigos blogs?
—Y amigas blogs.
¿Qué?
—Por cierto, esta noche no me esperes levantado. He quedado con un blog femenino y...hay posibilidades
Vale. No quiero saberlo.
—Tú mismo.




martes, 19 de diciembre de 2017

UN LARGO VIAJE (Parte 3 y definitiva)




Para leer la primera parte pinchar aquí
Para leer la segunda parte pinchar aquí



         Hace poco respondía a un comentario que mi buen amigo Josep MªPanadés, autor de Irreal como la vida misma, había dejado en mi blog a propósito del talento. En mi respuesta le comentaba que hace tiempo leí que el talento en cualquier disciplina artística es un 10%, y que el 90% restante es trabajo duro.
Lo creo. No sé si en esos porcentajes —supongo que dependerá de cada artista—, pero sí en el planteamiento general. Y lo creo porque soy de los que piensan que el talento si no se trabaja no sirve de nada.
El talento, tal y como yo lo veo, es como un montón de arcilla dispuesto sobre una mesa. El artista verá en ese montón deforme una futura obra, pero para ello deberá moldear la arcilla, trabajarla, darle forma.
Esto me trae a la memoria la célebre frase de Miguel Ángel (Michelangelo Buonarroti, 1475-1564), el famoso arquitecto, escultor y pintor italiano renacentista. En cierta ocasión le preguntaron cómo podía hacer aquellas esculturas tan bellas de un simple trozo de mármol, a lo que él respondió: «Simplemente retirando lo que sobra».
Exactamente así se construyen las obras literarias: escribiendo mucho para acabar «retirando lo que sobra».
En cuanto a la pregunta de si uno nace con talento o si el talento se adquiere con el tiempo, aún no lo tengo claro. Pero, por mi experiencia, sí que puedo decir que...
—¡Jo, qué plasta!
¿Perdona?
—Digo que eres un plasta, Pedrín.
¿Y eso? ¿A qué viene?
—Pues viene a que llevas dos semanas dando la barrila con lo bien que escribes; que si eso es porque empezaste hace la tira de años, que si dibujas guay, que si eres un tío estupendo y maravilloso...
Un momento. En ningún momento he dicho que soy un tío estupendo y maravilloso.
—Pues leyéndote es lo que das a entender.
¿Y no crees que soy un buen tío?
—Psé. Normal. Ni bueno ni malo. Aunque eres un poco plasta, la verdad.
¿Plasta? Porque tú lo digas.
—Yo soy la voz de los sin voz.
Adiós, Che Guevara.
—Pues mira, sí. Soy el Che Guevara de los blogs.
¿En serio?
—Totalmente.
Y dime, Che Guevara de los blogs. ¿También quieres acabar como él?
—¿Te refieres con mi cara estampada en un montón de posters y camisetas molonas?
Pero mira que eres burro. ¿A eso reduces el movimiento revolucionario? ¿A un montón de posters y camisetas molonas?
—Ya lo dijo Zappa: «El comunismo no funciona porque a la gente le encanta poseer porquerías».
¡Lavate la boca cuando hables de Zappa, maldito blog del demonio!
—¡Eh, tío, no te equivoques! Que yo también admiro a Frank, ¿ok? Zappa sí que era un revolucionario, y un genio, y no como esos fatigas que se pasan todo el santo día dando lecciones de todo tipo e intentando convencernos de que ellos son la solución a los problemas que aquejan a la sociedad y tal y cual y Pascual.
Da la sensación de que no te van mucho los líderes revolucionarios.
—Son más falsos que una moneda de chocolate. O un bitcoin.
A ver si al final vas a ser más inteligente de lo que creía...
—¡Pues claro que soy más inteligente de lo que crees! ¡Y mucho más culto de lo que me presupones, cabeza de melón! Aunque no te lo creas yo leo mucho. De hecho, me paso la mitad del tiempo leyendo.
¿Y qué haces con la otra mitad?
—Ver webs de tías en pelotas.
La culpa es mía por preguntar...
—Hablando de lecturas, ¿qué tal va tu novela?
La acabé.
—¡Venga ya! ¿En serio?
Sí. Hace un par de días coloqué el FIN, al fin, valga la redundancia. Ahora quiero dejar pasar un tiempo para leerla con otros ojos y hacer las últimas correcciones, si fuese necesario. Llevo prácticamente un año trabajando en ella a destajo, y necesito distanciarme para verla en perspectiva. Es mi procedimiento habitual.
—¿Puedo leer algo?
Aún no. Hasta que no la considere definitiva no pienso mostrar nada a nadie.
—¿Y qué más proyectos tienes entre manos?
Llevo un tiempo trabajando en algo especial.
—¿Para el blog?
Sí.
—Huy, ¡qué bien! ¿Y de qué se trata?
Quiero que sea una sorpresa. Confío en tenerlo listo en estos días, para subirlo el día 25.
—Vaya, parece que no paras de crear.
Son rachas. Todo el que escribe sabe de qué va esto. Unas veces no se te ocurre nada y otras no paran de venirte ideas. Lo importante es no desesperar y confiar en tu instinto.
—Pues, ¿sabes qué? Me alegro de tu buena racha. Eres buen escritor. En serio.
¡Pero mira que eres falso! ¿No decías al inicio de esta conversación que estabas harto de mi supuesto «autobombo»?
—Parece mentira que aún no me conozcas. Eso era para picarte, bobo. ¿No ves que me aburro como una ostra en el tiempo que no publicas? Por eso te pico un poco, para que escribas más material con el que nutrirme y hacer que la gente nos visite. Me encanta cuando la gente nos visita, y nos lee. Y no te digo nada cuándo nos dejan algún comentario. Ahí entro en éxtasis.
No sé yo si creerte...
—Que sí, tío. Que no soy tan mal blog después de todo.
Te concederé el beneficio de la duda.
—¡Menudo beneficio! ¿Y porqué no te enrollas y me ingresas algo de pasta en mi cuenta corriente?
No te pases.
—Era broma, tío. Venga, no te mosquees. Ains.




viernes, 14 de julio de 2017

MI BLOG, COMO SIEMPRE...



—Hola, Pedro.
Hola, blog.
—¿Todo bien?
Sí. Bien.
—¿Seguro?
Seguro.
—¿Seguro, seguro?
Sí. Seguro, seguro.
—¿Seguro, seguro, seguro?
A ver, ¿qué pasa? ¿A qué viene ese tonito?
—¿Qué tonito?
Ese.
—¿Este?
Sí. Ese. ¿Estás mosqueado conmigo por algo o qué?
—Pues mira, ahora que lo dices: sí, estoy mosqueado contigo.
¡Qué novedad! Y dime, querido blog de mis entretelas, ¿qué he he hecho yo esta vez para haberle causado a usted semejante estado de mosqueamiento, si puede saberse?
—Que me haya tenido que enterar por los comentarios de nuestros lectores y amigos que has estado jodido de lumbalgia estos seis últimos meses...
Ah, es por eso.
—Pues sí. Es por eso. ¿Es que no merezco que me cuentes lo que te pasa? ¿Acaso no formo parte de tu vida? ¿No pertenezco a tu círculo íntimo?
A ver, por partes. ¿Mereces saber lo que me pasa? Mi respuesta es que no. ¿Formas parte de mi vida? Bueno, a una escala pequeña, minúscula, casi microscópica, supongo que sí, que lo haces, del mismo modo en que forman parte de mi vida mis libros y mis discos y no por ello les cuento lo que me pasa. Y en cuanto a tu tercera pregunta, ¿perteneces a mi círculo íntimo? Rotundamente no.
—Vaya. Es bueno saberlo.
Pues ya lo sabes.
—Lo has dejado bastante claro.
Además, supongamos —y esto es una mera suposición, así que no te flipes—; como te decía, supongamos que te hubiese contado lo que me pasaba. Sinceramente, no sé cómo ni en qué me habrías ayudado.
—Podría haberte puesto en contacto con blogs de medicina.
¿Quién? ¿Tú?
—Sí. Yo. ¿Qué pasa?
Creía que sólo visitabas blogs eróticos o pornográficos.
—Bueno, sí. Pero también tratan de anatomía, ¿no?
Sí, de “anatomía de Grey”, no te jode.
—Mal libro y peor película.
No sabía que hubieses leído el libro.
—Ni siquiera lo acabé. Era tan malo que no me podía creer que hubiese logrado vender tantos millones de ejemplares. ¿Soy yo o la peña está muy mal?
Habría mucho que debatir en cuestión de gustos.
—Ya. Bueno, ¿y en qué andas metido ahora?
Llevo semanas buscando una buena silla de escritorio.
—¿Y?
Pues que no es tan sencillo pillar una como parece.
—¿Ah, no? ¿Y eso?
Por mi problema de espalda ha de reunir una serie de requisitos indispensables. Que sea cómoda, ergonómica, giratoria, que me permita ajustar la altura, que tenga reposabrazos; en fin, que no me vale cualquier cosa. Pasarte tantas horas sentado es lo que tiene...
—Sí, que se te pone un culo gordísimo.
No, me refería a que la espalda sufre mucho si pasas mucho tiempo sentado.
—Sí, ya. Y también se te pone un culo gordísimo.
Y dale. ¿Qué te pasa a ti con mi culo?
—A mí nada. Yo sólo digo que tienes un culo...
Gordísimo.
—¿Ves como no soy el único? ¿A que tú también te has visto el culo tan gordo que se te ha quedado en estos meses?
Eres un capullo, ¿lo sabes, no?
—Sí. Lo sé. Forma parte de mi encanto.
¿Tu encanto? ¡Tú no tienes encanto!
—Eso es lo que tú te crees. A ver si te piensas que todos los que se pasan por aquí lo hacen atraídos por las mierdas que escribes.
No, qué va. Vienen a verte a ti.
—Pues sí. ¿Y sabes porqué? Porque tengo algo de lo que tú careces: carisma.
¿Ah, sí? ¿Consideras que tienes carisma?
—Para dar y regalar.
Sí, ya.
—Admítelo. Tengo encanto, chaval.
¿De veras? Uhm, vaya. Pues qué suerte la mía, ¿no? Casi debería estar agradecido a los astros por haber cruzado nuestros destinos.
—Pues sí. Deberías.
Y oye, “Mr.Carisma”, ¿sabrías decirme la razón por la que, según las estadísticas del blog, las visitas han bajado tanto en estos meses?
—¿Y qué querías? Te has pasado seis meses sin actualizar.
O sea, ¿me estás diciendo que tu “carisma” no ha sido suficiente para mantener el nivel de visitas en los meses en que he estado ausente?
—Bueno...yo...
No sé, llámame loco, pero tenía entendido que alguien carismático es alguien perfectamente capaz de atraer la atención y el interés sobre sí mismo independientemente de la aportación de terceros, en este caso, yo y mis “mierdas”.
—Sí...ya...claro...ejem...en teoría eso es así...sin embargo...dada la complejidad de Internet, habría que tener en cuenta ciertos factores que...
¡Cierra el pico!
—¿Qué?
He dicho que cierres el pico. A ver, capullín, ¿de verdad eres tan altivo que no tienes los santos bemoles de admitir cuando estás equivocado?
—¡Yo no estoy equivocado!
Deja de hacer el ridículo, ¿quieres?
—Ridículo lo serás tú.
¿En serio? ¿En serio quieres jugar a eso tan infantil del “y tú más”? ¿Es que tienes cinco años?
—No. Tengo tres y medio. Casi cuatro.
Lo sé.
—No seas condescendiente conmigo.
Y tú no seas tan tocapelotas.
—Vale. Lo siento. ¿Amigos?
No. Mejor seguimos como hasta ahora. Yo seguiré siendo un autor en busca de lectores y tú seguirás siendo el blog donde exponer mi trabajo.
—Vale. Como quieras.
Y ahora, si me disculpas, he de seguir trabajando en mis “mierdas”.
—Está bien. Te dejo trabajar tranquilo.
Eso espero. Y, por favor, no hagas ruido. Necesito silencio absoluto para concentrarme. Tengo mucho trabajo por hacer.
—De acuerdo. Oye, antes de irme, ¿puedo decirte una cosa?
Que sea breve.
—Celebro que hayas vuelto. Te he echado mucho de menos. Esto no ha sido lo mismo sin ti. Que lo sepas.


En fin, este es mi blog: capaz de lo mejor y lo peor. Sinceramente, hay ocasiones en que quisiera estrangularlo y darle al botón de “eliminar”, pero en otras consigue emocionarme y hacer que desee seguir avanzando en mi continuo aprendizaje por esos mundos blogueros de Steve Jobs.
Decidme, ¿vosotros qué haríais en mi lugar?