No hace mucho hablaba en este mismo blog de los límites del humor en pos de la corrección política. Mi postura en este asunto no ha variado un ápice desde entonces: el límite lo ha de poner cada uno de manera individual y que sólo le afecte a él. Es decir, que si algo me disgusta, o tengo indicios de que me va a disgustar, o incomodar, o hacerme sentir mal o culpable, simplemente no lo consumo o lo ignoro, y listo.
Yendo más allá, sostengo que el hecho de que a mí me disguste algo, o me cause desagrado, o considere que atenta contra mis principios éticos o morales, no me habilita para hacer las veces de censor y promover su prohibición, ya que, si esto fuese así, lo justo sería que otros tuviesen idéntica opción a la mía, con lo cual se podría dar el caso de que alguien a quien le disgustase o le ofendiese algo de mi agrado podría ejercer el mismo derecho a la censura, privándome a mí del disfrute de ese algo, lo que nos llevaría a entrar en un peligroso bucle en el que acabaríamos por censurarlo absolutamente todo.
Todo esto viene a cuento —nunca mejor dicho—, a raíz de la polémica recientemente suscitada en torno a la iniciativa promovida por los propios albaceas del escritor Roald Dahl, encargados de proteger y preservar el legado artístico del escritor, de efectuar modificaciones significativas en algunas de las obras más polémicas del escritor a fin de eliminar contenidos supuestamente ofensivos o molestos y adecuar su obra a la moralidad y sensibilidad actuales. Algunas de esas modificaciones tienen que ver con el aspecto físico de algunos de los personajes descritos por el autor en algunos de sus libros —el peso, el género, la raza o la apariencia física—.
Vamos, que si a Dahl le da por escribir que un niño es gordo habría que echar todos sus libros a la hoguera, por considerarlos ofensivos. Curiosamente, eso mismo hicieron los nazis al inicio de su reinado de terror con aquellos libros que no eran de su agrado o que ellos consideraban que atacaban “la cultura y el sentir del pueblo ario”.
Según he podido leer en algún artículo reciente, Roald Dahl era un declarado antisemita, mostraba ciertas inclinaciones racistas e, incluso, llegó a unirse al movimiento anti Salman Rushdie a raíz de la polémica suscitada tras la publicación de Los versos satánicos de este último, lo que le valió la famosa fatwa decretada por el ayatolá Jomeini en 1989, consumada hace unos meses con dieciocho puñaladas y la pérdida de un ojo a manos de un fanático religioso.
Curiosamente el propio Salman Rushdie declaró a propósito de esta polémica: «Roald Dahl no era un ángel, pero esto es una censura absurda. Los encargados del legado de Dahl deberían estar avergonzados».
Esta moda revisionista del arte y la cultura de épocas anteriores a la nuestra, adecuándola a los tiempos modernos, no es nueva. Recuerdo no hace mucho leer algo con respecto a determinados cuentos populares, Caperucita Roja entre ellos, por considerar que atentaban contra el derecho igualitario de la mujer, y cuya lectura había causado infinidad de traumas a generaciones y generaciones de mujeres —¿disculpa?—.
Por cierto, en ese sentido me permito recomendar que os hagáis con la nueva versión de La Cenicienta, ésa en la que la protagonista no necesita a ningún príncipe azul ni a ningún hombre para salir de su situación. En esta nueva versión, Cenicienta es una joven empoderada que se saca un título de abogada mediante la asistencia a clases nocturnas, consigue llevar a juicio a su madrastra, sus hermanastras y su pánfilo padre, y les mete a todos ellos una demanda del carajo; luego, con la indemnización que consigue, se compra una casa en el campo y se va a vivir con su novia de toda la vida, que trabaja como minera en un yacimiento de carbón. Al poco tiempo ambas de casan, por lo civil, y, como ambas son veganas, en el banquete en vez de perdices se sirven ensaladas y guisos a base de tofu.
El mundo cambia a cada instante, y debemos adaptarnos a esos cambios si no queremos quedarnos atrás.
Hace poco, yo mismo caí víctima de mi propia inadaptación a los tiempos modernos. Resulta que atravesaba una mala racha y, fruto de la frustración que tal situación me provocaba, eché mano de una frase hecha que llevo oyendo desde que era niño.
—Seguro que monto un circo y me crecen los enanos —exclamé de manera inocente, sin ánimo de ofensa.
Entonces un amigo, al oírme, me espetó:
—¿Es que te has vuelto loco? ¿Cómo se te ocurre decir semejante barbaridad? ¿Es que no vives en el mundo o qué?
—¿Por qué? ¿Qué he dicho?
—Hoy día está mal visto llamar “enanos” a los “enanos”. Ahora, para referirte a ellos, debes emplear el término “personas de baja estatura”.
—¿De veras?
—Ya te digo. De hecho, ya tengo mi ejemplar revisitado y perfectamente ajustado a los nuevos tiempos del famoso cuento de Blancanieves. El nuevo lleva por título Blancanieves y las siete personas de baja estatura. Ya sé que no suena igual, pero habrá que ir acostumbrándose.
—Vaya. Lo siento. No tenía ni idea.
—Supongo que tampoco sabrás lo de la nueva versión del cuento de Caperucita Roja.
—Pues no.
—La nueva versión, convenientemente revisitada, se titula Caperucita Multicolor “la empoderada” que se enfrenta ella solita, sin miedo y sin ayuda de ningún sujeto del género masculino, al lobo machista, retrógrado y violador comeabuelitas. Todo sea por no traumatizar a las nuevas generaciones de peques, porque ya se sabe que las niñas y niños de nuestra generación y de generaciones anteriores a la nuestra han crecido con un trauma soterrado transmitido de generación en generación a través de los cuentos clásicos que les ha sido muy difícil sobrellevar. Pobres criaturitas.
Y es que vivimos tiempos bastante extraños; tiempos en los que hay que cuidar muy mucho lo que se dice y lo que se publica. Todos nosotros vivimos sujetos a la dictadura de lo políticamente correcto. Así, todo lo que no sea socialmente aceptado es susceptible de ser denunciado, censurado y condenado. Es como si viviésemos inmersos en una especie de Inquisición de la Corrección Política. Y esto va en ambos sentidos. Es decir, que tampoco puedes señalar o denunciar públicamente o en privado todo lo que, a tu juicio, va mal en la sociedad, ya que te expones a que salga de debajo de las piedras alguna asociación o grupo de defensa, por más absurda que sea la causa que defienda, y te denuncie.
Por ejemplo, hoy día no puedes mostrar tu más enérgico rechazo a los matones de instituto, pues te arriesgas a que la Asociación de Matones de Instituto —la poderosa AMI—, te plante una demanda del copón por vulnerar los derechos de los matones de instituto.
«¿Es que los matones de instituto no tienen derecho a seguir robándoles el bocadillo a los más débiles en el recreo, o llamar “mariquitas” a aquellos compañeros masculinos que muestren pasión por la poesía, la lectura o las artes escénicas? ¿Y qué me decís del derecho de los matones de instituto a meter mano a las niñas, fumar a escondidas o propinar palizas a los enclenques o los gafotas? ¿No es eso discriminación? ¿No atenta eso contra sus derechos inalienables del típico matón? ¿No debería ser considerado como “matonismofobia”?».
A todo este despropósito hay que sumar últimamente la perversión del lenguaje, que ha logrado que a los que cometen delitos se les llame “presuntos”, que a los basureros de toda la vida se les denomine “recolectores de desechos” y que a los hijos de puta que te llaman a cualquier hora del día y de la noche para ofrecerte una nueva tarifa de telefonía o de servicio de electricidad sin que se lo hayas pedido se les llame “libre mercado”.
A veces me pregunto qué será lo próximo. De seguir retorciendo las cosas, de aquí a nada a los ladrones ya no les podremos llamar ladrones a secas, sino “redistribuidores de la riqueza”.
Que Dios nos coja confesados.
