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miércoles, 13 de mayo de 2026

¡HABEMUS PORTADA!

  

¡Atención!

¡Paren las rotativas!

¡Tengo algo importante que anunciar!

¡Algo vital!

¡Algo esencial!

¡Algo genial!

¡Algo pequeñito, ououooo, algo chiquitito, ououooo! (gracias, Daniel Diges, por pasarte por aquí a saludar. Hacía tiempo que no sabía nada de ti).

¡Por fin!, tras ocho largos meses de duro trabajo en la sombra —aquí la solaja pega mucho y para paliar sus efectos he tenido que trabajar al amparo de una sombrilla tamaño industrial—, tengo a bien presentar, en rigurosa primicia, el título y la portada de mi nuevo artefacto literario.

El título es DOS CHIFLADOS AL CUADRADO.


Y esta es la portada:


Se trata de mi quinto libro. Mi segunda novela tras Un rockero de andar por casa (2022).

La próxima semana ampliaré detalles relativos al inminente lanzamiento (sinopsis, disponibilidad, enlaces, precios, etc...).

También colgaré un pequeño adelanto gratuito para su lectura.


Gracias por vuestra atención.



miércoles, 29 de abril de 2026

¡NI DIA DEL LIBRO NI LECHES!

Día del Libro en Ourense (Foto tomada del periódico El Faro de Vigo)

 

Para quien no lo sepa, todos los 23 de abril se celebra el Día Mundial del Libro y el Derecho de Autor (no así el Izquierdo de Autor. Ya se sabe que los zurdos están muy mal vistos en cualquier orden de la vida. Yo tenía un amigo que poseía la extraña particularidad de tener dos pies izquierdos, lo que le llevaba a ir siempre desencaminado por la vida).

La elección del 23 de abril como Día del Libro no obedece a un capricho, sino a la conmemoración de la muerte de tres escritores universales: Miguel de Cervantes, William Shakespeare y Garcilaso de la Vega. Por este motivo, la UNESCO estableció en 1995 esta fecha para fomentar la lectura, estimular la industria editorial y celebrar la protección de la propiedad intelectual.

Hace unos días se celebró el Día del Libro de 2026 en todo el mundo, y parte del extranjero. En Burundi, por ejemplo, la gente en masa salió a las calles de Buyumbura, la ciudad más poblada de Burundi, pidiendo a gritos libros por un tubo. Conviene matizar que, en el centro de Buyumbura, el gobierno tiene instalado un tubo de 2 metros de diámetro a través del cual se dejan caer un montón de libros que son un insulto a la literatura, como Premios Planeta o libros escritos por famosos de medio pelo que no tienen nada interesante que contar, pero como salen por la tele, va y les publican un puto libro (la hija de Terelu Campos o el chorra de Mario Vaquerizo son dos ejemplos perfectos de esta moda de mierda). También suelen caer por el tubo de Buyumbura libros de autores coñazo de los que llevan siglos promulgando a los cuatro vientos “la muerte de la novela”, mientras ellos, curiosamente, siguen publicando novelas que no interesan a nadie.

Como era de esperar, y por quinto año consecutivo, ninguno de mis libros estuvo en la lista de los Libros Más Vendidos. Tampoco estuvo, y esto sí que me duele, en la lista de los Libros Menos Vendidos. Sí estuvo, al menos, en la lista de los Libros Y Autores Que No Venden Un Carajo. Algo es algo. Sin embargo, mis libros duraron poco en esa lista, apenas unos minutos, ya que pronto desaparecieron para dar paso a otros libros y autores que tampoco venden un carajo. El mundo de la autopublicación es muy duro, amigos.

Una lástima, la verdad. Este año tenía la esperanza de vender al menos once mil setecientos cuarenta y seis ejemplares entre mis cuatro libros publicados hasta el momento, o como mínimo cinco mil trescientos veintidós, lo que me hubiese permitido quitarme de encima al pesado de mi casero por una buena temporada.

¿Y por qué albergaba esa esperanza? Bueno, como se suele decir: “la esperanza es lo último que se pierde”. Aunque, en mi caso, no estoy muy seguro de que esa máxima se cumpla a rajatabla. Esto lo digo porque mi estudio, el lugar donde trabajo, es una auténtica leonera, y lo más probable es que, de seguir la esperanza a mi lado, permanezca extraviada bajo una abultada pila de papeles, de libros leídos o a medio leer o blocs de notas con ideas y garabatos de todo tipo. Pobrecita; la esperanza, digo.

Y es que en mi estudio, o zona de trabajo, donde, como ocurre con el Universo, el caos se expande a sus anchas, he perdido de todo. He perdido apuntes, he perdido cómics, he perdido cedes, y hasta he perdido la paciencia. Lo único que no he perdido han sido los kilos que me sobran. Para eso tendría que reconvertir mi estudio en una sauna, y pasarme allí encerrado, sudando como un cerdo, un porrón de horas al día. Aunque, ahora que lo pienso, estos últimos veranos en mi estudio sí que han sido una sauna.

Volviendo al tema de lo poco que se venden mis libros; la verdad, no soy capaz de hallar una respuesta lo suficientemente consistente como para aclarar lo que pasa. El porqué mis libros no se venden un carajo sigue siendo un misterio para mí. Y eso que lo he intentado todo para darlos a conocer.

Hace poco, sin ir más lejos, aprovechando la inminente publicación de mi nueva novela, inserté así, como quien no quiere la cosa, unos enlaces directos a la web de Amazon de todos mis libros aplicándoles una sustancial bajada de precios, tanto en formato papel como digital, a golpe de click —y de tarjeta de crédito, claro—.

¿Y sabéis qué? Ni por ésas. A pesar de mis esfuerzos, no vendí ni un solo ejemplar.

Pero ahí no queda la cosa. En mi vida diaria también procuro sacar a colación el tema de mis libros. Por ejemplo, hace unos días mantuve la siguiente conversación con una chica la mar de simpática que acababa de conocer.

—Hola —dijo ella.

—Hola. Soy escritor.

—Muy bien —dijo ella, obviando mi patético intento por centrar la conversación en mi faceta artística.

—Tengo cuatro libros publicados —insistí.

—De acuerdo.

—Son muy divertidos.

—Vale.

—Y han cosechado muy buenas críticas. Incluso ha habido lectores que me han pedido dedicatorias y autógrafos.

—¿Quiere una bolsa o trae una de casa?

—Tengo bolsa, gracias. Y cuatro libros publicados.

—Son 17,85. ¿Efectivo o tarjeta?

—Efectivo. Se trata de una trilogía de cuentos y relatos y una novela. Todos ellos escritos con mucho humor y mucho...

—Gracias por su visita. Si es tan amable de retirar su compra. He de seguir atendiendo a los demás clientes.

—Señorita, ¿a cómo está el kilo de naranjas? —intervino una septuagenaria algo despistada que, justo en ese momento, se acercó hasta la caja del súper.

—Todos nuestros productos están etiquetados con su precio. Si tiene alguna duda sólo tiene que pasarlo por el escáner.

—¿Qué es un escáner? —dijo la señora.

—Si me permite —intervine yo, siempre dispuesto a ayudar—. Yo acompaño a la señora. Buenas, señora. Si tiene la amabilidad de acompañarme le enseñaré qué es un escáner y cómo funciona. Por cierto, soy escritor, ¿sabe? Y tengo cuatro libros publicados. ¡Y son la mar de divertidos!

Tranquilos. Quiero dejar claro que no le vendí ningún libro a la pobre mujer. ¿Me tomáis por un desalmado? Puede que no venda un carajo, pero uno tiene su corazoncito. A lo mejor ahí se encuentra la clave de porqué no vendo un carajo. En fin, habrá que seguir dando la brasa en redes.

A propósito, ¿os he dicho ya que soy escritor y que tengo cuatro libros publicados? Pues sí. Lo soy. Y mis libros están la mar de bien. Son muy entretenidos, con mucho humor y eso. Y además, están muy bien de precio, oiga. Por menos de lo que cuesta un kilo de aguacates hoy en día te puedes hacer con la trilogía al completo en digital. No me diréis que no es para pensárselo. Total, ¿qué son cinco euros hoy en día? Nada. Clickead en la sección MIS LIBROS y allí los veréis. Tenéis adelantos gratuitos de todos ellos. Podéis clickear sin problema. Tranquilos, no muerden. Todos mis libros están bien educados.


 

jueves, 4 de septiembre de 2025

ACTUALIZACIÓN

 

Foto de Cheerfully Lost bajada de Pixabay


—¡Pedroooooooo!

Estoy aquí, blog.

—¿Dónde has estado metido, pedazo de vago?

De vacaciones.

—¿Vacaciones?, ¿tú? ¡Pero si estás de vacaciones todo el año!

Eso crees tú. Pero no.

—Los escritores sois unos vagos de narices.

En eso debo darte la razón. Mi nariz es bastante vaga. Por sí sola es incapaz de hacer nada. Necesita mi concurso hasta para sonarse.

—¿Me estás vacilando?

Pues sí, la verdad.

—Cómo te pasas, tío.

A ver, ¿qué se te ha roto ahora?

—Pues nada, hacía tiempo que no sabía nada de ti y me preguntaba cómo lo llevabas.

¿Cómo llevo el qué?

—Es una expresión coloquial, hombre. No debes tomarlo por lo literal. Quiere decir “¿Cómo estás?, ¿cómo te va la vida?, ¿en qué andas metido?”.

Lo sé.

—Vale, ¿y cómo lo llevas?

Ando liado.

—¿Con tu nueva novela?

¡Ssssh, calla, insensato!, que te puede oír.

—¿Oírme? ¿Quién?

Mi novela.

—¿Y qué si me oye? ¿Es que le tienes miedo a tu novela, o qué?

No es eso. Es que es muy tímida, y no lleva muy bien el que se hable de ella.

—¡Venga ya! Me tomas el pelo.

No. Hablo totalmente en serio.

—¿Y qué crees que pasará cuando la publiques?, ¿cómo va a llevar el hecho de que la lean, la analicen, la juzguen...?

Supongo que para cuando llegue ese momento se tendrá que acostumbrar. La finalidad de todo escritor al publicar una novela es que la lea el mayor número de lectores posible.

—Bueno, en tu caso ese número no tendría que preocuparte. Ni a tu novela tampoco.

Cómo te gusta tirar con bala, ¿eh?

—Ya me conoces. Me gusta ser directo, sin dobleces ni medias tintas.

Y un pelín cabroncete.

—Eso también.

No hace falta que me lo jures.

—¿Y qué le pasa al ñoñas de tu libro?, ¿acaso arrastra algún trauma de la infancia o qué?

No lo sé. La timidez no tiene porqué ser necesariamente producto de algún trauma. Simplemente tiene fobia social y ya.

—Pues que haga como esos actores y actrices que se reconocen tímidos en su vida normal pero que cuando se suben a un escenario o se ponen delante de una cámara se transforman.

No es tan fácil.

—Yo no he dicho que lo sea. Pero, si no lo intenta, estás jodido. ¿O es que piensas invertir un montón de horas de trabajo y dedicación a un libro que luego no podrás comercializar porque al señorito le podría dar un jamacuco?

Supongo que tienes razón.

—Como opción, podrías ponerle un psicólogo de libros.

¡¡¿Un psicólogo de libros?!! ¿Y dónde carajo encuentro yo eso? Si es que existe. Además, si diese con uno, que lo dudo, lo más seguro es que me salga por un ojo de la cara. Y yo no estoy para muchos dispendios, la verdad sea dicha. Las ventas de mis libros no me dan para hacer locuras.

—Lo sé. Pero, ¿qué quieres que te diga? Tal y como yo lo veo, no te queda otra: o hablas muy seriamente con tu libro y le pones las cosas claras, o renuncias a seguir trabajando en él y perdiendo el tiempo tontamente.

Sí. Tendré que hacerlo.

—Y ya que estamos, ¿cómo va el proyecto?

Pues bastante encarrilado. En las últimas semanas le he dado un empujón considerable. Ya tengo la historia prácticamente acabada, a falta de un último capítulo, y, en breve, empiezo con las correcciones.

—¿Hay humor?

Desde luego. Bastante humor. Y chistes a patadas. Y algunos muy graciosos, la verdad. Y no es porque lo diga yo.

—Y si no lo dices tú, ¿quién lo dice entonces? Porque, según me acabas de decir, nadie más la ha leído.

Bueno, sí, lo digo yo. Pero, aún así, lo considero a la altura de mis libros anteriores. No creo que defraude a quien ya me haya leído y disfrutado de antes. Me estoy esmerando al máximo para que todo quede a la altura de mis exigencias, que no son pocas.

—Eso espero. Porque, tal y como va tu carrera, un paso en falso y...

Eso. Tú dando ánimos.

—Tío, no te rayes. Además, alguien tiene que bajarte los pies al suelo, ser realista, evitar que vivas en las nubes o en un mundo de fantasía. Mi tarea, como amigo tuyo que me considero, consiste en tener sentido común, evaluar las situaciones con objetividad y actuar de manera práctica, teniendo en cuenta los distintos factores y circunstancias que rodean al asunto en cuestión. Además, con mi actitud crítica y nada complaciente te empujo a ser humilde, y no albergar pretensiones inalcanzables.

Uauh, me has dejado sin palabras. En serio. No sé qué decir. Nunca pensé que albergases tal profundidad de pensamiento. Siempre pensé de ti que eras un gañán y un bocazas, pero esto... No me lo esperaba, la verdad.

—Ese es el problema de prejuzgar, que siempre te puedes llevar un buen bofetón sin mano.

Te pido disculpas.

—Y yo las acepto.

Gracias. Y gracias por tus palabras. Me serán muy útiles de cara a la etapa final de mi trabajo.

—Ah, no me las des a mí. Mejor dáselas a la Inteligencia Artificial.

¿Y eso?

—Simplemente me limité a teclear en Google la expresión “bajar los pies al suelo” y la IA me soltó el rollo que te acabo de endilgar.

¡Serás cabrito!

—Sí. Lo soy. Pero, ¿a que soy un cabrito adorable?

Te dejo. Aún tengo mucho por hacer.

—¿Ya te vas?

Las novelas no se escriben solas, ¿sabes?

—Huy, dentro de muy poco sí que lo harán.

¿De qué estás hablando?

—¿No te acabo de decir que antes de hablar contigo he consultado a la Inteligencia Artificial? ¿Sabes de lo que es capaz ese invento? Si la adiestras convenientemente es capaz de crear música con un determinado estilo, escribir letras de canciones, traducir libros enteros en cuestión de minutos, y hasta crear contenido a golpe de click.

Un programa informático no puede sustituir el ingenio ni la creatividad humana.

—Tiempo al tiempo.

Joder, cada día que pasa más miedo me da el futuro que está por venir.

—Eso es porque ya tienes “esa edad”.

¿A qué edad te refieres?

—A la edad en la que ya te empiezas a ver más desconectado del mundo moderno que conectado a él. Es Ley de Vida. Todos los seres humanos pasan por distintas fases a lo largo de su vida: la fase del aprendizaje, la fase de la adaptación, la fase de la integración al entorno y al mundo que le ha tocado vivir, la fase de desconcierto cuando ves que el mundo avanza a doble velocidad que tu capacidad para asimilar los cambios, y, por último, la fase de desconexión, que es es la que estás tú ahora mismo.

Que consiste en...

—Que consiste en que cada día que pasa más temor te causa el futuro, por tu incapacidad para adaptarte a los cambios que se avecinan, y, al mismo tiempo, sientes que el mundo que conociste está muriendo a pasos agigantados, lo que te hace refugiarte cada vez más en los recuerdos de un pasado que poco a poco ha ido desapareciendo.

No hay nada como hablar contigo para recuperar los ánimos.

—¿Estás siendo irónico conmigo?

Es posible. No lo sé. ¿Tú qué opinas?

—De sobras sabes que por mi condición no humana soy incapaz de reconocer la ironía.

Huy, qué lastima. Pobrecito.

—¿Ironía o sarcasmo?

Me temo que para averiguarlo tendrás que recurrir a la Inteligencia Artificial. Y de paso pregúntale cómo puede sobrevivir un blog al que su dueño, harto de sus desplantes, ha decidido eliminar por completo.

—No serás capaz... ¿verdad?

Tú mismo lo has dicho. Estoy en “esa edad”.

—¿Qué edad?

Esa en la que cada día que pasa menos entiendo el mundo que me rodea. La misma en la que empiezo a cuestionarme si no es mi blog quien me controla a mí, y no al revés.

—Vamos, Pedro, tío. Estás de coña. ¿Es eso, no? Estás vacilándome.

Pues no. Tienes razón. Cada día que pasa menos ganas tengo de continuar con esta farsa. Tal vez va siendo hora de pulsar el botón de “eliminar blog”.

—No, Pedro. Por favor. No lo hagas. Ten compasión de este pobre blog. Mira todo lo que hemos hecho juntos. Llevamos once años juntos. Con altibajos, sí, pero juntos al fin y al cabo. Hemos vivido un montón de experiencias, la mayoría bastante agradables. Recuerda tus primeros lectores, los primeros comentarios que te dejaban, los premios que te otorgaban tus colegas blogueros, los intercambios de mensajes y contenidos, las conexiones que establecías con otros autores y lectores, la publicación de tu primer libro de relatos, y los siguientes, las fotos que te enviaban tus amigos y lectores posando con tu libro y que luego subías al blog henchido de orgullo y satisfacción, los cientos de posts que has ido subiendo en estos once años, y los cientos de comentarios que has recibido y contestado. Pero, sobre todo, no olvides lo mucho que te queda por hacer.

Pero si tú mismo has dicho que todo eso pertenece al pasado. Que yo no estoy preparado para el futuro que viene. Que mi tiempo ya pasó.

—¿Y desde cuándo haces caso de lo que digo? ¿No ves que lo mío es tocar las narices, ser un capullo, un irreverente?

Quiere eso decir que todo lo que me dijiste antes, ¿no iba en serio?

—¡Pues claro que no, alma de cántaro! ¡Con lo que yo te aprecio! Ains. Parece mentira que no me conozcas.

Entonces, ¿debo seguir con el blog?

—¡Pues claro, hombre! Además, ¿qué pasa con tu nuevo libro? ¿Es que no lo piensas promocionar? Sí, ya sé que es muy tímido y todo eso, pero en algún momento tendrás que mostrarlo al público, en anunciar al mundo su lanzamiento. ¿Y qué mejor lugar para hacerlo que tu propio blog, ese que ha estado ahí contigo los últimos once años?

¿Sabes qué? Me has convencido. Voy a seguir con el blog un año más. Siempre hay tiempo para “borrar”, ¿no crees?

—Sí, sí. Desde luego. Pero mejor centrémonos en el presente. ¿Deseas algo? ¿Estás cómodo? ¿Quieres que ponga algo de música de fondo mientras escribes?

Estoy bien. Gracias.

—A mandar.



jueves, 20 de octubre de 2022

FUMATA BLANCA: ¡HABEMUS NOVELA!

 

Al fin puedo anunciarlo: ¡habemus papa!

Esto... er... perdón. Se me ha ido la olla.

Mejor empiezo de nuevo.

Allá va.

Al fin puedo anunciarlo: ¡habemus novela!

Así es, amigas y amigos, mi primera novela, mi cuarto libro como autor autoeditado, ya está disponible en las plataformas Amazon, tanto en formato papel como en digital.

Y para presentarlo al gran público, incluso al pequeño público, e, incluso, al público minúsculo —es decir, lectores de menos de 35 cm de altura—, he pensado que una buena manera de promocionar el lanzamiento sería a través de una especie de conversación entre mi blog y yo.

Al menos será una presentación original pues, que yo sepa, no creo que se haya hecho algo parecido con anterioridad.

Así pues, allá va la presentación oficial y oficiosa de mi nuevo artefacto literario.


Hola, blog.

—¿Qué te cuentas?

Pues mira, precisamente hoy sale a la venta mi nuevo libro.

—¿Ah, sí?

Sí.

—Uhm, vaya. Enhorabuena, chaval.

Gracias, blog.

—Ha costado, ¿eh?

Pues sí. Ha sido un proceso largo y repleto de obstáculos. Pero, viendo el resultado final, no tengo duda alguna de que ha valido la pena.

—Imagino. Y oye, ya que estamos en el tema, ¿de qué se trata?, ¿de una nueva recopilación de cuentos cortos y relatos?

No.

—¿Ah, no? Uhm. ¿Un libro de poemas, quizás?

Tampoco.

—¿Un manual de instrucciones acerca de cómo rascarse los sobacos en plan Bukowski mientras comes porquerías y te tragas la temporada completa de una de esas series de televisión que devoras últimamente?

Nop.

—¿Un libro de recortes con fotos tuyas en pelotas?

¿Qué? ¡No! ¿Estás de coña?

—Vaya, me tienes intrigado. ¿De qué se trata, pues?

De mi primera novela.

—¿Tú has escrito una novela?

Así es.

—Vaya. Eso son palabras mayores. ¿De verdad has escrito una novela?

Pues sí.

—¿Y cómo la has titulado?

Un rockero de andar por casa.

—¿Y de qué va?

¿En serio quieres saberlo?

—¡Pues claro, tío! Tú me conoces mejor que nadie, y sabes que no soy de preguntar por preguntar. No soy un bienqueda. Bastantes de ésos hay por esos mundos de Jobs. Si pregunto algo es porque tengo interés en conocer la respuesta.

Pues va de un tipo de mediana edad, británico, amante del rock de los 60 y 70. De hecho, vivió con tal intensidad la década de los setenta que quiso retener su esencia hasta el fin de sus días. Para ello no se le ocurre otra cosa que encerrarse en su casa y no volver a salir de ella nunca más. Eso ocurrió el 31 de diciembre de 1979. La novela arranca en pleno siglo XXI. Han pasado treinta y tantos años, y nuestro protagonista aún no ha pisado la calle desde aquel lejano 1979. Y entonces, un día, una visita inesperada entra en su vida dispuesto a ponerlo todo patas arriba.

—Uhm.

Sé sincero. Con esas pinceladas, ¿tienes interés en conocer el resto de la historia?

—Pues sí, la verdad.

Me alegro.

—¿Puedo hacerte algunas preguntas con respecto a la novela?

Sí, claro.

—¿Hay humor en ella?

Sí. Aunque de un tipo muy diferente al desplegado en mis libros anteriores. No tan absurdo ni tan surrealista.

—¿Qué clase de humor?

Más británico. Irónico, sarcástico, flemático. Y con mucha crítica social.

—¿Y qué más podré encontrar en tu novela?

Pasión por la música. Sobre todo por el rock clásico de los setenta, ya sabes, Deep Purple, Jethro Tull, Rory Gallagher, Yes, Led Zeppelin, Rolling Stones, Thin Lizzy, James Gang, Cactus, The Allman Brothers Band, etc.

—Pero, ¿y qué pasa con aquellos o aquellas a los que no nos gusta la música rock? ¿Nos aburriremos como ostras?

Confío en que no. Además de la música en mi novela trato de muchos otros temas. Para que te hagas una idea, la música en mi libro es como la banda sonora de una película, suena de fondo, para realzar o enfatizar una determinada atmósfera, o incluso para poner en contexto al lector ante una situación determinada, pero no resulta invasiva, ni acaparadora. O eso espero. Déjame ponerte un ejemplo práctico. Yo no tengo ni idea de medicina, ¿vale? Y aún menos de ginecología. Sin embargo, el año pasado me leí un libro escrito por Adam Kay, un médico residente londinense de ginecología que, a través de las páginas de su libro, va desgranando las virtudes y miserias del servicio de sanidad público británico. Y lo hace de una manera cercana, con un lenguaje sencillo, que consigue captar la atención tanto del profesional como del profano, haciendo uso de esa ironía y esa manera tan británica de sacarle punta a todo. Como dije al principio, yo no soy médico, sin embargo, a pesar de aparecer en él numerosos casos prácticos y términos clínicos o médicos, en ningún momento me aburrió o me sacó del libro, al contrario, me enganchó desde el principio y no lo abandoné hasta acabarlo. Y lo disfruté muchísimo.

—Antes decías que, además de la música rock, en tu novela tratas de muchos otros temas. ¿Qué temas exactamente?

Amor, amistad, literatura, crítica social, reflexiones, dudas existenciales, reconciliación con el pasado...

—Vale. Ahora hablemos de temas más prácticos. ¿Qué precio tiene el libro?

El libro en papel lo he puesto a 11 euros. Y la versión digital tiene un precio de 3,15 euros. A mi modo de ver son precios bastante asequibles, teniendo en cuenta los costes de producción. Además, todos mis libros están suscritos al plan Kindle Unlimited, por lo que son susceptibles de entrar en campañas y promociones realizadas por Amazon con independencia del autor, de modo que en momentos puntuales su precio podría variar, e incluso salir gratis, para los afiliados a este sistema de lectura.

—Oye, pues me has convencido. Me han entrado ganas de leer tu novela. Resérvame un ejemplar.

¿En serio? Vale. Hecho. ¿Lo quieres en papel o en digital?

—No tengo manos, Pedro.

Huy, perdona. Fallo mío. Digital entonces.

—Sí. Digital.

Hecho. Ya me dirás qué tal. ¿Quieres que te lo dedique?

—No. Lo que quiero es que me dejes unos días para leer con calma y disfrutar de la lectura. Vamos, si a usted le parece bien, señor autor.

Por supuesto. A tus pies, blog.

—Tampoco tengo pies, Pedro.

Ah, claro. Pues permíteme postrarme a tus códigos y algoritmos. ¿Te parece bien?

—Desaparece, anda, desaparece. Y déjame leer tranquilo.


Pues eso, que ya tengo novela nueva en el mercado. Ojalá consiga una recepción igual de entusiasta a la que han cosechado mis otros libros. O mejor. Total, por pedir que no quede.

Os dejo el enlace a la web de Amazon pinchando aquí.


La próxima semana ampliaré detalles en torno a este nuevo artefacto literario, además de colgar un adelanto gratuito con algunas páginas de muestra, para quien desee hacerse una idea del contenido.

Hasta entonces, recibid un afectuoso abrazo.