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| Portada de la edición en CD de "Strange days" de los Doors. |
No soy muy amante de la
poesía. Quien me conoce lo sabe, pues jamás lo he ocultado ni me he
esforzado por aparentar lo contrario.
Tuve una novia, hace años,
de la que estuve muy enamorado. Ella era una apasionada de la poesía.
Uno de sus autores favoritos era Pessoa. Aún recuerdo con cariño un
trayecto en autobús —aquí las llamamos guaguas— durante el cual
me habló de esa pasión suya por los poemas del autor luso. Ella
intentó que me gustase la poesía, y yo intenté que me gustase.
Pero ambos fracasamos en el intento. Una pena.
Lo más cercano que conozco
a la poesía son las letras de las canciones de aquellos grupos o
artistas que admiro, y cuyas obras llevo años —más bien décadas—
disfrutando.
Precisamente uno de esos
artistas que tanta admiración despiertan en mí es Jim Morrison,
de los Doors, quien curiosamente más que cantante y letrista
le gustaba considerarse a a sí mismo como «poeta».
Tenía un amigo, hace muchos
años de esto, con el que compartía nuestra mutua afición por la
música rock de los 60 y 70. Él era incluso más radical que yo,
pues mientras yo no tenía problema alguno en alternar ambas décadas
con cosas más actuales, él se limitaba a esas dos décadas casi en
exclusiva. Este amigo del que os hablo fue quien me descubrió a los
Doors. Le gustaban tanto que se pilló los seis discos
oficiales con Morrison al frente, un directo y dos
recopilatorios de esa misma etapa. Por aquellos años teníamos la
costumbre de intercambiarnos los discos, amparados en la relación de
confianza que con los años se había establecido entre nosotros.
Luego esa confianza se extinguió, pues dejamos de vernos durante
casi una década, y cuando dejas de ver y de tratar a alguien durante
tanto tiempo siempre notas que hay algo que se rompe entre esa
persona y tú. En mi caso fue la confianza.
Volviendo a Morrison, hace
unos días escuchaba en mi estéreo uno de mis discos favoritos de
los Doors, el glorioso Strange days. Me encanta
todo de ese disco, empezando por la cubierta —con unas evocadoras
fotografías de Joel Brodsky que consiguen transportarme a un
mundo de fantasía que sólo existe en mi imaginación—, la
atmósfera que domina el álbum y, por supuesto, las maravillosas
canciones que contiene: 10 temazos en los que no falta ni sobra una
sola nota.
La cuestión es que me quedé
absolutamente alucinado al escuchar de boca de Jim los versos
con los que inicia el tema/título que abre el disco, la extraña y
melancólica Strange days. Dichos versos dicen así:
Días
extraños nos han encontrado
Días
extraños nos han rastreado
Ellos
van a destruir
nuestras
alegrías casuales
Debemos
seguir adelante en busca de una nueva ciudad
Mientras escuchaba la voz de
Morrison, grabada con unos extraños efectos de eco y distorsión
absolutamente hipnóticos, no pude evitar establecer una conexión
directa de esos versos concretos con lo que está ocurriendo hoy día
en el mundo a raíz del coronavirus.
«Días extraños nos han
encontrado, y ellos van a destruir nuestras alegrías casuales».
Al analizar las letras de las canciones cada uno le puede dar el
sentido que desee, incluso uno que ni al propio autor se le hubiese
pasado jamás por la cabeza. Es la magia del arte, que cada cual lo
lleva a su terreno, a lo que conoce, a lo que ha vivido, y lo
transforma en algo suyo, en algo que le da un sentido personal e
intransferible.
Supongo que esa es una de
las claves de la poesía: la posibilidad de reinterpretar los versos
que el poeta ha escrito, no intentando descifrar lo que el autor ha
querido expresar sino lo que a nosotros nos sugiere lo que acabamos
de leer.
La siguiente frase de la
letra, aquella en la que dice: «Debemos seguir adelante en busca
de una nueva ciudad», también está sujeta a todo tipo de
interpretaciones. Lo de «una nueva ciudad» podemos tomarlo, o más
bien yo lo interpreto, en un sentido metafórico, como una nueva
manera de regir nuestros destinos, desechando modelos obsoletos que a
estas alturas de la película sabemos que no funcionan; o que sólo
funcionan para unos pocos, a costa del sufrimiento y las penurias de
la inmensa mayoría.
La cuestión es: ¿estamos
preparados para esa nueva revolución?
Eso me llevó a recordar una
entrevista a Frank Zappa a propósito de su pensamiento
político. En aquella entrevista, Zappa declaró: «Me
gustaría una sociedad sin gobierno. Creo que este sería mi ideal.
Pero en los próximos quinientos años no estaremos maduros para esta
experiencia».
Ante semejante respuesta, el
entrevistador insistió: ¿Es usted anarquista?. A lo que
Zappa, mostrando una lucidez y claridad de ideas asombrosa,
contestó: «En casa, durante mis ratos libres, en mis
pensamientos secretos. Pero también soy práctico y sé que esto no
funcionaría. Una anarquía sólo podrá funcionar si el pueblo está
perfectamente cultivado y civilizado. Pero todavía no hemos llegado
hasta ese punto. El pueblo no está cultivado, no está civilizado, y
mucha gente todavía sigue con hambre. Si no tienen hambre de comida,
tendrán hambre de alguna ayuda emocional que no reciben. Es
necesario enfrentarse a esta sociedad desagradable e injusta y eso no
puede hacerse manifestando sencillamente: “Aquí tenéis toda
vuestra libertad. Podéis hacer cuanto queráis. Ya no hay gobierno”.
Esa actitud resulta imposible, puesto que la gente no sabría qué
hacer. Se destrozarían y comerían mutuamente, igual que las
bestias».
¿Hace falta decir que estoy
total y absolutamente de acuerdo con Zappa? Si miro alrededor,
no me resulta difícil concluir que la civilización actual no está
preparada para ese tipo de libertad. Sólo hay que ver lo que votan:
Trump en Estados Unidos, Bolsonaro en Brasil, Boris
Johnson en el Reino Unido, Putin en Rusia; y luego están
los que no necesitan ser votados y ahí siguen, dando por saco
eternamente como las pilas duracell: los poderes fácticos.
Otros ejemplos de lo poco
preparados que estamos para vivir en la anarquía es la manera de
actuar de muchos impresentables durante el confinamiento, haciendo lo
que les sale del níspero poniendo en riesgo no sólo sus propias
vidas —que, honestamente, me importan un carajo—, sino poniendo
en peligro la vida de los demás. Si a eso sumamos las actitudes
miserables que, a pesar de lo que estamos viviendo, seguimos viendo a
diario, me permitirán que no me muestre demasiado optimista en
relación al futuro.
A veces tengo la sensación
de estar viviendo en una distopía, donde el arte es lo único que me
mantiene alejado de la desesperación y la locura. Gracias a la
música, el cine o la literatura, aún no he perdido la chaveta. Ah,
y el humor.
Ojalá mi sentido del humor
no me abandone nunca, pues el día en que eso ocurra entonces sí que
estaré jodido.
