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miércoles, 28 de enero de 2026

ENTRAR CON MAL PIE EN 2026

Foto de ejemplo de gota tomada de Internet

  

Coloquialmente hablando entrar en un sitio con mal pie, o con el pie izquierdo, es sinónimo de mala suerte o de un mal comienzo. Esta es una creencia que tiene su origen en antiguas supersticiones romanas y religiosas, donde lo derecho era bueno y lo izquierdo era siniestro o malo. Si alguien empieza una relación o da inicio a un proyecto con mal pie significa que el inicio es desfavorable, o con garantías de fracaso.

En la Antigua Roma el lado derecho era de buena fortuna, mientras que el izquierdo era asociado con la mala suerte. Según la tradición bíblica se creía que al cielo se accedía por la derecha y los sacerdotes debían acceder al altar con el pie derecho, a fin de simbolizar un buen augurio. Y los marinos, históricamente, preferían subir a los barcos por estribor (derecha) para evitar la mala suerte asociada a babor (izquierda).

En resumen, entrar con mal pie, o con el pie izquierdo, es sinónimo de mal comienzo, de mala suerte, de que algo va a salir mal.

¿Y a qué viene todo esto? Pues viene a que este 2026, que recién hemos estrenado, lo he empezado con el pie izquierdo.

Pero mejor empiezo por el principio.

Me remontaré a la mañana del 31 de diciembre de 2025. Ese día, al despertar, noté un fuerte dolor en el pie izquierdo. Ese dolor me era familiar pues lo había sufrido otras veces antes, y todas esas veces con el mismo desenlace. Así que me puse en lo peor: aquello era el inicio de un nuevo ataque de gota.

Por desgracia para mí no erré en mi predicción. Al cabo de un par de horas mi pie izquierdo se había hinchado considerablemente, ardía, y el dolor era ya insoportable e incapacitante.

Sobre las doce del mediodía ya me era imposible poner el pie en el suelo. Tampoco podía apoyarlo de cualquier manera sobre la cama. Quienes han sufrido un ataque severo de gota en el pie sabe la clase de dolor que se experimenta, ese que con un leve roce de una sábana hace que se te salten las lágrimas de puro dolor. Si el leve roce de una sábana en la zona provoca un dolor de tal intensidad imaginad lo que supone un mal giro, chocar un pie con el otro o apoyar el pie en el suelo. El simple hecho de mover la pierna se convierte en toda una proeza del cálculo y la aritmética. Más que un movimiento natural parece todo un desafío a la ingeniería.

Mentalmente comencé a prepararme para una semana, al menos, de duro padecimiento.

Supongo que sobra decir que, en semejante situación, mi cuerpo no estaba para muchas celebraciones. Es más, si siquiera partí el año con mi familia. Agotado como estaba por el dolor, me dormí sobre las diez y media de la noche, por lo que no pude ver las campanadas de ninguna cadena. Ni siquiera las de aquí, en Canarias, que, como sabéis, las celebramos con una hora de diferencia con respecto a la península.

Hay una Ley de Murphy que dice que si algo puede salir mal todavía puede salir peor. Y salió peor. Vaya si salió peor.

¿Cómo podía empeorar algo que ya de por sí era horrible? Pues de la manera más tonta e inocente. Resulta que en mi botiquín aún guardaba un par de blisters con unas pastillas contra la gota que me habían sobrado de un tratamiento anterior. Así que ni corto ni perezoso leí el prospecto, confirmé que era una medicación contra la gota y decidí empezar a tomar una pastilla de aquellas con el desayuno, otra con el almuerzo y otra con la cena.

Para mi desgracia, no tardé mucho en advertir que aquello no mejoraba sino que parecía empeorar, ante lo cual decidí doblar las dosis, por lo que pasé de una pastilla con cada comida a dos. Como me pilló en días festivos —fin de año, fin de semana, día de Reyes—, no pude conseguir cita con mi doctora de cabecera hasta una semana más tarde. Y mientras, aquello se hinchaba más y el dolor era insoportable.

Cuando al fin pude contactar con mi doctora vía teléfono y le conté lo de la medicación que estaba tomando por mi cuenta, le faltó tiempo para echarse las manos a la cabeza.

—¡Muchacho, lo que has hecho ha sido empeorar la situación!

La cosa estaba en que la medicación que estaba tomando era para “prevenir” la gota, no para curarla. Con lo cual, no sólo no estaba bajando la hinchazón sino que estaba contribuyendo a aumentarla. Y encima, como había doblado la dosis...

Total, que ya voy para un mes con esta dolencia. Desde hace unos días ya puedo caminar, aunque aún arrastro una leve cojera y siento dolor en ciertas zonas del pie.

Este problema me ha impedido actualizar el blog, así como acabar todos los trabajos que dejé pendientes a finales del año pasado, los cuales espero retomar de aquí a unos días.


Comenzaba este post hablando de las consecuencias negativas asociadas al término “entrar con mal pie o con el pie izquierdo”. Pues bien, este año, en este momento de mi vida, y habiendo pasado lo que he pasado en el último mes, he decidido llevarle la contraria al cenizo del tal Murphy y querer pensar que este año 2026 me va a ir de puta madre. Con un par.

¿Y por qué no?

 

 

jueves, 17 de diciembre de 2020

PESADILLA EN EL SÚPER

 

Cada vez me cuesta más ir al supermercado. ¿La razón? Varias, realmente. Os las expondré, y, de paso, nos echamos unas risas.

Empezaré confesando que cada día que pasa me hago más viejo. Es un hecho probado. Y no sólo a mí me pasa, ojo. Le pasa a todo el mundo. Incluso a ti, que estás leyendo esto ahora mismo. De hecho, no conozco a nadie que cada día que pasa se haga más joven; salvo Benjamin Button, y alguno de esos gilipollas cincuentones que, sumidos en plena crisis personal, se pillan un descapotable, se tiñen el pelo o se ponen implantes, van al gimnasio y le piden el divorcio a su mujer de toda la vida con intención de cambiarla por una jovencita que podría ser su hija, o su nieta. Y, mientras tanto, llevan meses tirándose a su secretaria. Pero no sintáis pena por ella —me refiero a la secretaria roba-maridos—, pues a pesar de no tener una cabeza demasiado amueblada —hoy se lleva la decoración “minimalista”, tanto en las cabecitas jóvenes como en las no tan jóvenes— los pocos muebles que decoran su cabecita —la de la secretaria— tienen un objetivo muy claro: sacarle toda la pasta que se pueda al viejales ridículo. Y si encima consiguen que el viejo ridículo le ponga un anillo de matrimonio en el dedo mientras entona el “sí, quiero” sin que se le salga la dentadura postiza, ganándose con ello una más que merecida jubilación anticipada, pues oye, habrá merecido la pena oírle roncar por las noches y tirarse pedos, o lanzar maldiciones mientras orina. Total, el sexo no llega ni a los cinco minutos. Tres como mucho. Y eso con la ayuda de esas milagrosas pastillitas azules.

En fin, regresemos al supermercado.

 

Lo primero que me encuentro al entrar, al menos en el súper al que voy yo, es la sección de frutas y verduras. ¿Y qué me encuentro allí, además de frutas y verduras, obviamente?, pues gente mayor palpando la fruta y la verdura, como si hubiesen sustituido la actividad de ver y comentar obras por la de palpar fruta y verdura en los supermercados. Cogen unos aguacates, por ejemplo, y lo palpan. Luego toman otro, y lo palpan también. Entonces, con los dos aguacates en ambas manos, palpan de manera simultánea, comparando resultados, como los científicos en un laboratorio. Sólo les falta la bata blanca, con su tarjeta identificativa pendida del bolsillo, y un cuaderno de notas para ir anotando resultados. Y venga a palpar y a palpar. Cuando ya se han cansado de palpar, dejan los aguacates en el mismo sitio donde lo cogieron, toman otros y vuelta a empezar. Ignoro cuánto tiempo se pasa esta gente palpando fruta y verdura, pues yo, que admito sin pudor no contar entre mis aficiones el ver a gente palpando cosas, me limito a pillar lo que necesito, a meterlo en mi cesta y dirigirme a la siguiente sección.

Sección charcutería. Esto que voy a contar sucedió en los días previos al confinamiento, cuando la gente hacía acopio de papel higiénico como si no hubiese un mañana. ¿Qué tenía el papel higiénico para ser tan valorado de repente?, lo ignoro. Pero, desde luego, el que hubiese tenido la buena ocurrencia de invertir en bolsa sobre acciones de empresas dedicadas a la fabricación de papel higiénico, seguro que se hizo de oro.

Cojo número. Por suerte aquel día sólo tenía dos números por delante de mí. ¿Por suerte, he dicho? En mala hora coincidí en el tiempo y el espacio con aquella gente. La primera que me tocó en suerte era una ama de casa. Tenía dos carros llenos. Eso ya me dio mala espina. La mujer pidió de todo y más. Y venga a pedir cosas, y la charcutera venga a provocarla: «¿Desea algo más?». Y la ama de casa: «Pues sí. Me vas a poner...». Y la charcutera venga a preguntar. Y la mujer venga a pedir: «Me vas a poner...». Y yo, de paso, a cada nueva petición también le iba poniendo algo a la ama de casa plasta, la estaba poniendo verde para mis adentros.

No acabó con las existencias de la charcutería por poco. Al final, con cuatro o cinco kilos de embutido sumado a sus dos carritos, por supuesto llenos hasta arriba de rollos de papel higiénico, la ama de casa se fue a dar la brasa a otro lado. Ya sólo me quedaba un número para que me tocase turno. Y el número lo tenía una pareja de viejecitos, un matrimonio. Él no hablaba. Hablaba ella. Aunque ella hablaba por dos o por tres; o más.

—¿Y este queso, ¿cómo está de sal? —le decía a la charcutera—. Es que, verás, mi marido tiene la tensión alta, y no puede tomar mucha sal.

—¿Quiere probarlo, señora? —le decía la charcutera.

—Vale. Dame un poco.

Y la charcutera le cortaba un trozo y se lo daba. Y la mujer lo probaba. Y luego le pedía otro trozo para su marido. Y su marido lo probaba. Y la mujer le preguntaba a su marido qué le parecía. Y él asentía. Y entonces pedía.

Luego le tocaba el turno al jamón curado. Y vuelta a repetir la misma operación. Qué tal de sal, déjame probarlo, deja que lo pruebe él, está bueno, dame equis gramos.

Y luego el salchichón. Y lo mismo. Y luego el pavo. Y lo mismo. Y luego el picadillo. Y lo mismo.

Total, que aquel matrimonio de viejecitos se fueron a casa merendados y cenados. Vasito de leche calentita, el arsenal de pastillas prescritos, pijamita y pantuflas, ver un poco la tele y a la cama. Mañana toca otro supermercado, y así vamos echándonos días a la espalda. ¡Será por supermercados!

No sé ustedes, pero yo odio cuando cambian las cosas de sitio. Me saca de quicio. Una vez le pregunté a uno de los empleados del súper porqué hacían eso. Me dijo que eran estrategias de venta, que lo hacen para “obligar” de alguna manera a los clientes a ver otros productos y no limitarse a los que ya conocen o están habituados. A mí me cabrea que hagan eso, porque soy de los que cuando van al súper lo hacen en plan “atraco de peli”: entrar, coger lo que necesitas, pagar y salir pitando. Obviamente en las pelis de atracos se suelen saltar el paso de “pagar”. En el mundo real también hay gente que se suele saltar ese paso. Incluso los hay que lo hacen de tal manera que hasta resulta “artístico”, por decirlo de alguna manera. Su fórmula es muy simple, a la par que tremendamente efectiva. Consiste en ir abriendo productos y consumirlos en el mismo supermercado, mientras van haciendo la compra. Luego dejan el envase o envoltorio vacío en cualquier estante y se van tan panchos, sin pagar un mísero céntimo por lo que han consumido. Digamos que, en esencia, es algo así como una variante del sistema empleado por los viejecitos en la charcutería, sólo que ampliando el espectro alimenticio y no limitándolo a embutidos.

Uno de los trámites que más desesperación me provocan es el “momento pasar por caja”. Nunca atino con la cola correcta. Y mira que lo he intentado un millón de veces. Y en casi todas ellas he fracasado miserablemente. Es como cuando vas conduciendo y te encuentras con un atasco. Tienes tres carriles donde elegir, y siempre, siempre, siempre, vas a parar al más lento. No me digas cómo ocurre eso, porque no tengo ni idea, pero siempre es así. Basta que te sitúes en un carril concreto para que justamente ése sea el que menos se mueva. Debe ser una puta Ley de Murphy o algo así.

En el tema de las colas de caja de supermercado me ocurre exactamente igual. Basta que te sitúes en el que crees que va a ir más rápido para que, justamente ése, acabe siendo el más lento de todos. Y ni caja rápida ni leches.

Y hablando de cajas rápidas —y aquí es donde entran los viejecitos, again— . Como dije antes, no está en mi ánimo criticar por criticar, ni señalar por señalar, pero, ¿de verdad es necesario que cada vez que un viejecito o una viejecita pasen por la caja de un supermercado le tengan que contar su vida a la cajera o cajero de turno? Entiendo que muchos viven solos, y que apenas salen de casa, salvo para ir al médico o al supermercado. Y también entiendo que se pasan la mayor parte del día sin hablar con nadie, sin mantener contacto con ser vivo alguno salvo sus mascotas —si las tienen— o el presentador de los informativos que sale por la tele, y a los que los viejecitos les hablan como si fuesen de la familia. «Hola, bonito. ¿Entonces mañana no va a hacer bueno? Mira que ya me lo estaba avisando mi rodilla. La jodía no falla. Pues nada, habrá que abrigarse entonces. Gracias por la información, salao».

Yo propongo, para acabar con las largas colas y las esperas innecesarias, que en todos los supermercados de gran capacidad habiliten una caja “exclusivamente para mayores de 65 años”. Y para que no penséis que soy un “viejófobo” —quietos paraos, ofendiditos del mundo—, sugiero que dichas cajas sean atendidas única y exclusivamente por personas de 65 años o más, así tanto cliente como empleado podrán explayarse a gusto en cuanto a situación personal, dolencias varias, medicaciones, visitas de los nietos y lo mal que va todo en comparación a cómo eran antes las cosas.

Así que, por todo esto, amigos, detesto ir a los supermercados.

Y para finalizar quiero que conste en acta, señoría, que quede bien claro que yo no tengo absolutamente nada en contra de los viejos. De verdad que no. ¿Y sabéis porqué no? ¿De verdad queréis saberlo? ¿De verdad de la buena? Está bien, os lo diré. Porque yo soy uno de ellos. ¿Qué? ¿Contentos? Hala. Con Dios.

Y sí, antes las cosas eran mucho mejores. Ah, y la juventud está perdida. Un clásico.