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| Mi ejemplar de "Cuentos sin plumas" de Woody Allen. |
En mayo de este año —2019—
mi blog cumplió cinco años de andadura. ¿Por qué no hice un post
especial celebrando la efeméride? Bueno, para ser honesto, en esos
días andaba con la crisis subida a mi chepa y me debatía en si dar
continuidad al blog o si cerrarlo definitivamente. Así estaban las
cosas.
Dudé mucho por esos días.
Se me habían juntado varios acontecimientos negativos: el cierre de
Google Plus, la brutal pérdida de visitas al blog, el fallido
intento de empezar de cero en MeWe, las ventas residuales de
mis libros, etc.
Pero entonces surgieron un
par de hechos fortuitos que me hicieron replantearme la situación.
Uno de esos hechos fue la
inesperada petición de Ana Azuela, directora y coordinadora
de la web LAO Laboratorio de Artes y Oficios de México, de
escribirle un artículo para su web.
Aunque por aquellos días me
hallaba «Fuera de Servicio», como los taxis que acaban su jornada
laboral, accedí a tomarme unos días y madurar un texto para su web.
La base de ese texto fue una pregunta que llevaba tiempo haciéndome
en la intimidad de mi cabeza: ¿Por qué escribo?
Al intentar dar respuesta a
esa pregunta, comencé a reflexionar sobre todos los pasos que me
habían llevado al lugar donde me hallaba en ese momento de mi vida.
Eso me hizo echar la vista
atrás y recordar al joven que fui. Fruto de ese ejercicio me
reencontré con ese chaval tímido y con una imaginación
desbordante, que veía películas, escuchaba discos y leía cómics
para escapar de la realidad que tan poco le seducía, mientras en su
cabeza barruntaba historias y personajes a los que ansiaba dar vida
en papel, a través de los dibujos que hacía o de las historias que
escribía, deseando en un futuro no muy lejano poder mostrarlos al mundo, con la
esperanza de gustar y poder dedicarse a ello de manera profesional.
Terminar el artículo me
llevó tres semanas. Y es que, aunque algo me salga del
tirón, soy de los que revisa y reescriben todo como un millón de
veces antes de darlo a leer a alguien. Ésa ha sido siempre mi manera
de enfrentarme a este noble oficio, y soy demasiado viejo para
cambiar hábitos.
Cuando al fin lo consideré
«publicable», se lo hice llegar a Ana.
Por si no lo habéis leído
aún, o lo habéis leído pero deseáis releerlo para recordar de qué
iba, pincha aquí.
Aquel artículo generó
varios comentarios, tanto en mi blog como a través de mis redes
sociales, lo que me hizo recuperar sensaciones. Me alegró saber que,
a pesar de mis repetidas ausencias por diferentes motivos, por ahí
fuera aún había personas interesadas en las cosas que escribía.
Agradable sensación, sin duda. Sobre todo cuando sientes que lo que
haces cada vez interesa a menos gente.
Con el paso de los días
llegó al blog un comentario de alguien anónimo. Aquel comentario me
rompió por dentro.
Tras darle muchas vueltas al
asunto he decidido no reproducir el comentario en su totalidad. Y no
lo voy a hacer porque ese comentario encierra mucho dolor, el dolor
de una pérdida irreemplazable e inasumible, y no quisiera que se
malinterpretasen mis intenciones.
Lo que sí haré es,
respetando al máximo a esa persona y su dolor, entresacar de su
comentario lo siguiente:
«Pasó mucho tiempo
antes de que algo o alguien me sacara una sonrisa, pero llegó.
Mr. Fabelo, si aún se
pregunta porqué escribe, por favor, deje que yo conteste por usted:
usted escribe para que yo sonría».
Aún hoy sigo sin saber a
ciencia cierta quién es su autora. Lo que sí sé es lo que provocó
en mí. Me hizo recordar que yo mismo, hace muchos años, atravesé
una época bastante oscura de mi vida. La tristeza se había
instalado en mi vida y no había manera de quitármela de encima. Un día, estando en
una tienda que solía frecuentar, me puse a curiosear entre los
libros que allí tenían expuestos, y mis ojos quedaron prendados de
una portada y un autor. Tomé aquel libro entre las manos, lo abrí y
comencé a hojearlo. De repente, me vi a mí mismo sonriendo. Ni
recordaba la última vez que algo me había hecho sonreír. Al acabar
de leer unas pocas frases más, ya había tomado una decisión:
quería aquel libro. Así que lo llevé al mostrador de caja y lo
compré. Aquella misma noche, antes de dormir, me puse a leerlo. Y
volví a disfrutar de algo, apartando de mi lado esa tristeza que
tanto me asfixiaba y me consumía por dentro.
Por suerte, aquel libro era
bastante tocho: 402 páginas, pues en él se recopilaban tres libros
de relatos del mismo autor. Eso hizo que mi disfrute se alargase
durante muchas noches, hasta el punto de desear cada día que llegase
la hora de la lectura para zambullirme entre sus páginas. Desde
aquella primera lectura, he releído muchas veces aquel libro. Y aún
hoy me sigue arrancando sonrisas cómplices, haciendo que la tristeza
huya de mi lado.
Aquel libro es Cuentos
sin plumas, de Woody Allen.
Aún hoy, me gusta pensar
que aquel libro me salvó la vida.
Me emociona haber sabido,
gracias a los correos y comentarios que generosamente algunos de
vosotros me habéis hecho llegar a lo largo de estos cinco años de
andadura, que alguno de mis libros o relatos ha conseguido haceros
olvidar la tristeza. No conozco mejor objetivo que ese: hacer feliz a
alguien haciendo lo que más me gusta.
Ojalá tarde en volver a
preguntarme por qué escribo.








