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miércoles, 7 de octubre de 2020

MI FASCINACIÓN POR LA COMEDIA (Parte 1 - LOS 70's)


 

Desde niño me he sentido fuertemente atraído por la comedia. Tal vez, en su infinita sabiduría, la vida me estaba advirtiendo de lo que aún estaba por venir cuando fuese mayor, y, regalándome uno de sus sabios consejos, me chivaba al oído: «Mira, chaval. Mejor te lo digo ya para que no te hagas demasiadas ilusiones. La vida, una vez dejes la niñez atrás, va a ser bastante jodida, ¿sabes? Así que el mejor consejo que puedo darte es que disfrutes lo máximo que puedas de la comedia. Ríete. Cuanto más, mejor. Pues no faltarán gilipollas aquí y allá que harán todo lo posible por borrarte la sonrisa día sí y día también. Así que, sigue mi consejo y ríete todo lo que puedas. Me lo agradecerás». Y vaya si se lo agradezco. Más que ninguna otra cosa.

Lo cierto es que si echo la memoria a andar me recuerdo con siete u ocho años llegando del colegio, a eso de las cinco y cuarto de la tarde, soltar la mochila con los libros en un rincón de mi cuarto y, merienda en mano, sentarme ante la tele en blanco y negro que entonces teníamos en el “cuarto de la tele” a ver El show de Harold Lloyd, que ponían todas las tardes a eso de las seis. Aún soy capaz de tararear su alegre melodía con aquellos coros de chicas. ¡Qué tiempos! ¡Y qué risas!

Supongo que esa fascinación por la comedia la heredé de mi abuelo materno. Él tenía un proyector de súper 8 y varias películas de El gordo y el Flaco (Laurel & Hardy) y Charles Chaplin (Charlot), que veíamos junto con mis hermanos en el salón de su casa.

Mi abuelo vivía en el mismo edificio que nosotros: él vivía en la primera planta y nosotros en la cuarta. Había días que nos pasábamos más tiempo en su casa que en la nuestra. Atesoro muchísimos recuerdos de aquellos años, como el vernos todos juntos en la entrada de su casa, sentados en el sofá, viendo El planeta de los simios, o cualquier película de las que ponían los sábados en Sesión de tarde, aquel programa en el que un señor en traje y corbata nos soltaba un pequeño speech acerca de la peli que estábamos a punto de ver. Como curiosidad, decir que durante muchos años conseguí retener la preciosa melodía de aquel programa en mi cabeza, y que no fue hasta muchos años después, en que se la tarareé a un amigo cinéfilo, que éste me dijo que se trataba de A summer place, de Percy Faith. Aún hoy, al escucharla, algo dentro de mí me hace regresar a aquellas tardes de sábado de cine en el sofá en casa de mi abuelo.


Otras series de la época que veía y me encantaban —aunque ahora estoy seguro de no haber pillado ni la mitad de los chistes— eran Un hombre en casa, y sus correspondientes spin off: El nido de Robin y George & Mildred (bautizada en España como Los Roper).

Por cierto, hace poco logré hacerme con las cinco temporadas completas de Los Roper, y he de decir que aún hoy consiguen arrancarme alguna que otra carcajada. Me sorprende lo audaz y afilado de su humor, teniendo en cuenta que fue una serie realizada y emitida a mediados de la década de los 70. Y más me sorprende que la mayoría de sus chistes sigan sonando igual de divertidos cuarenta y tantos años después, lo cual demuestra que el humor, cuando es bueno, es atemporal, logrando resistir la implacable prueba del tiempo.


También recuerdo con cariño otras series británicas de humor de aquellos años como Sólo cuando me río, que transcurría en el entorno de un hospital y siempre con los mismos pacientes. Mítico el personaje del Doctor Thorpe. Muy apropiado el nombre, por cierto.

Pero, sin lugar a dudas, mis dos series favoritas de aquellos años fueron El show de Benny Hill y El show de Paul Hogan. Este último, por aquellos días era aún un desconocido cómico de origen australiano —muy bueno, por cierto—, que años más tarde se haría mundialmente famoso con su saga de Cocodrilo Dundee.

Me llama la atención que ambos, tanto Benny Hill como Paul Hogan, hoy en día serían tachados de machistas, misóginos, retrógados, sexistas y toda la retahíla de “virtudes” con las que el nuevo feminismo se encarga de demostrar, al tiempo que echan espumarajos de rabia e indignación por la boca, eso tan manido de que “todos los hombres son iguales”. Somos iguales en lo malo, se sobreentiende, ya que no todos tenemos la gran suerte de parecernos a Brad Pitt o George Clooney, cuyo atractivo físico, casualmente, les exime de llevar la mácula del machismo en su historial.

Así que todos los tíos somos iguales. Es así. Y hay que asumirlo. Aunque, igual ocurre lo mismo que decía George Orwell en su maravillosa Rebelión en la granja: tal vez unos sean más iguales que otros.

¿Y sabéis qué os digo? Menos mal que no todas las mujeres son iguales. Y dicho esto, doy gracias a la vida por haber podido vivir y disfrutar de todo ese humor que hoy, tal y como están las cosas, sería prácticamente imposible de ver, escuchar y, por supuesto, disfrutar, por machista, misógino, retrógado, sexista y toda la retahíla de “virtudes” con las que el nuevo feminismo se encarga de demonizar a todo lo que lleve pene. Qué pena.

Volviendo a la comedia —que buena falta nos hace—, en aquellos años de mi infancia y primera adolescencia era una auténtica esponja para el humor. Todo lo que veía lo absorbía y asimilaba de manera natural, sin proponérmelo si quiera. Simplemente ocurría.

Sin ser consciente de ello, toda aquella comedia estaba anidando en algún lugar de mi mente, aguardando el momento propicio para salir a la superficie y hacerse notar. ¡Y vaya si se hizo notar!

Pero eso, lo seguiré contando en la siguiente entrega.


(continuará)