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viernes, 17 de abril de 2020

LOS LÍMITES DEL HUMOR



Antes de seguir leyendo, os animo a que le echéis un vistazo al excelente post que publicó mi buen amigo Josep Mª Panadés en su blog Cuaderno de bitácora, el pasado 7 de marzo de 2020. Podéis leerlo pinchando aquí.
La lectura de aquel post me inspiró a escribir el post de hoy, que versa sobre los límites del humor.
Vaya por delante que comparto casi al 100% —dejémoslo en un 99,784579%—, lo dicho por mi amigo Josep.
Y es que, como muy bien argumenta Miguel Pina en su acertado comentario: «Hablamos de un tema bastante complejo y con muchas aristas que, efectivamente, pueden dañar a algunas personas. La línea entre la sátira, el humor negro y la broma pesada es a veces muy delgada».
Y ahí precisamente está el quid de la cuestión: ¿dónde colocamos esa línea? ¿en qué punto establecemos esa frontera que bajo ningún concepto debemos traspasar para evitar ofender o hacer daño? Y algo fundamental: ¿quién o quiénes deben ser los encargados de establecer esa línea?
Ahora hablaré de mí y de mi experiencia.
Como muchos de vosotros ya sabéis —aquellos que lleven tiempo leyéndome o hayan adquirido alguno de mis libros sabrán de mi trayectoria artística—, llevo escribiendo humor desde la adolescencia. Desde aquellos lejanos días hasta hoy habré escrito cientos de páginas, con chistes y observaciones más o menos graciosas, la mayor parte con un objetivo prioritario: entretener y divertir.
En estos casos, cuando lo que prima es el aspecto lúdico, sin más intención que hacer pasar un rato agradable al lector y lograr con ello que aparque por un rato sus problemas del día a día, utilizo un humor accesible, sencillo, fácil de digerir. Para ello echo mano de técnicas muy variadas: desde juegos de palabras —me encantan—, hasta anacronías, equívocos, situaciones y reacciones absurdas en un entorno aparentemente normal y cotidiano, uso y abuso de los clichés para deformarlos y jugar con ellos, etc.
Pero no siempre mi intención principal consiste en entretener y divertir. En ocasiones, bastantes de hecho, utilizo el humor para denunciar, para poner el foco en aquellas conductas, acciones o situaciones que detesto o me desagradan y que, a mi juicio, merecen ser corregidas o erradicadas. Porque el humor, bien articulado, también puede convertirse en una poderosa arma de denuncia y concienciación.
Llevo alrededor de treinta y cinco años escribiendo comedia y, con ese bagaje a mis espaldas, puedo decir «por la autoridad que me confiere el Dios de la risa y el cachondeo», que escribir humor es de las cosas más difíciles, a la par que gratificantes, que existen.
Me encanta hacer reír a alguien con alguna de mis ocurrencias, levantarle el ánimo en momentos de bajona, hacerle olvidar sus problemas por un rato. Es algo mágico. Es como si fueses ungido con una especie de superpoder capaz de hacer feliz a la gente, incluyéndote a ti. Porque, y esto es algo que me gusta enfatizar, jamás debéis olvidar que soy el primero en reír o disfrutar cada vez que escribo o concibo un chiste o un giro cómico. Lo vivo en riguroso estreno mundial e intergaláctico. Nadie disfruta de ese chiste antes que yo. Nadie.
—Te olvidas de mí.
Cierto. Perdona. Matizo: nadie, a excepción de mi mente cachonda, disfruta de ese chiste o giro cómico antes que yo.
—Y, en ocasiones, ni siquiera después.
¿Que insinúas?
—Siento ser yo quien te diga esto, pero, algunos de tus chistes son una mierda, colega.
¿Ah, sí?
—Pero tranquilo. Eso les pasa a todos. Hasta los más grandes tuvieron un mal día. No siempre vas a estar genial. Es imposible.
Mi mente cachonda tiene razón. Lo cual me lleva al siguiente punto de mi razonamiento.
Las razones que me hacen sostener la convicción de que escribir humor es condenadamente difícil son muchas y muy variadas.
La primera tiene que ver con el hecho de que no todo el mundo posee el mismo sentido del humor. Lo que para mí es gracioso igual no lo es para ti. Y viceversa. También tiene mucho que ver con el nivel cultural, tanto del emisor como del receptor. En mi caso, teniendo en cuenta que procuro evitar el chiste fácil y apostar por un tipo de humor con cierto trasfondo, exijo un cierto bagaje cultural en quien me lee, pues de lo contrario le resultará realmente difícil establecer ciertas conexiones y, consecuencia de ello, lo más probable es que no acabe pillando la broma o el chiste. Por ejemplo, alguien que no tenga ni la más remota idea de quién fue Atila, el rey de los hunos, lo más probable es que no le vea la gracia a mi cuento Atilita, el huno, plagado de referencias a su modo de vida y sus costumbres.
La segunda razón que incide en la dificultad de escribir humor tiene que ver con el creador y sus circunstancias personales. Como es lógico y normal, uno no siempre está con el mejor de los ánimos para escribir cosas graciosas. Igual habrá quien piense que el que escribe humor se pasa el día riendo y tomándoselo todo a chufla. Y no. Para nada. De hecho, basándome en mi experiencia, puedo decir que se trata justamente de lo contrario: vemos tanta miseria alrededor y tantas cosas que nos enfadan y agotan que necesitamos echar mano del humor para no sucumbir a la desesperación.
Convendréis conmigo en que la vida no siempre muestra su cara más amable. De hecho, en más ocasiones de las deseables, se muestra terriblemente cruel e injusta, sobre todo con el más débil. Y es ahí justamente, en esos momentos de bajona emocional o física, cuando el humor se torna más necesario que nunca, ya que supone un bálsamo que consigue aliviar nuestras penas o nuestro hastío.
Otra dificultad añadida tiene mucho que ver con la moda de lo «políticamente correcto» que, de un tiempo a esta parte, parece haberse apoderado del mundo. Chistes que hasta hace bien poco eran comúnmente aceptados de repente son considerados «ofensivos» y «denunciables», y sus autores o difusores son señalados y criminalizados. Hemos pasado de la aceptación y la tolerancia a la intolerancia extrema. Cada día que pasa, las legiones de «ofendiditos» crece exponencialmente al mismo ritmo que decrece el sentido del humor. La peña parece cada vez mas agria y enfadada. Lo sé porque, en más ocasiones de las deseables, yo mismo he caído en ese estar terriblemente cabreado con el mundo. Y eso sí que me preocupa. Me asusta la perspectiva de un mundo en el que no se puedan hacer chistes de casi nada, ni bromas, ni observaciones más o menos graciosas de cosas relativamente serias. Me recuerda a tiempos pretéritos, en blanco y negro, donde la seriedad y la solemnidad presidían nuestras vidas, y eran otros los que decidían lo que podíamos o no podíamos hacer, decir o pensar.
Resulta casi imposible hacer humor sin ofender o molestar absolutamente a nadie. Por muy blanco que sea tu chiste, o por muy buenas intenciones que lleve implícitas, en algún lugar siempre habrá alguien que se sienta ofendido o molesto. Los seres humanos somos excepcionalmente buenos a la hora de retorcer los argumentos para adaptarlos a nuestros propios intereses. Y pondré un ejemplo de esto que digo.
A los pocos días de empezar todo esto del coronavirus en China, me llegó un chiste a través de las redes sociales. El chiste iba más o menos como sigue:

Un hombre entra en una tienda de chinos en España. Se acerca al mostrador y pregunta:
—¿Tienen ustedes el coronavirus?
El dependiente, de manera mecánica, le replica:
—Ahora mismo no nos queda. Pero llamo a fábrica y en tres días ya lo tenemo aquí.

Este chiste, como cualquier otro, podemos verlo y analizarlo desde prismas diferentes y contrapuestos. Por ejemplo, podemos verlo como un chiste racista, xenófobo y ofensivo. Y, sin duda, no estaremos errados en ese juicio.
Sin embargo, también podemos verlo desde otro prima totalmente opuesto: como la capacidad del ser humano de sobreponerse a una situación desconocida y acojonantemente amenazadora, perfectamente capaz de provocar miedo y angustia, y neutralizar ese miedo y esa angustia haciendo uso de nuestro ingenio o nuestro instinto de supervivencia, minimizando su efecto nocivo sobre nosotros a través de un chiste.
Yo, sin duda, prefiero verlo desde el segundo prisma. Pero entiendo que cada cual es libre de elegir el prisma que mejor se ajuste a su percepción de las cosas.
Entonces, tomando como base este simple ejemplo práctico, ¿dónde establecemos el límite? ¿No sería lo ideal que el límite lo estableciese la conciencia de cada uno? Si a ti te resulta ofensivo, recházalo. Pero, ¿por qué privar a otro de su disfrute? ¿No es eso censura?
En el post de mi amigo Josep, se aludía a una cuestión que considero fundamental en toda convivencia: el respeto mutuo.
Aún estando de acuerdo en que debemos respetarnos más los unos a los otros, también considero fundamental el ser más tolerantes con las opiniones y creencias ajenas, incluso si eso implica hacer chistes de casi todo; porque, como muy bien decía Ricky Gervais en la última entrega de los Globos de Oro en referencia a la incorrección política de algunos de sus chistes: «¡Y qué más da, si al final todos vamos a morir!».
Yo creo que la clave está en no tomárselo todo como algo personal. Y pondré un ejemplo muy sencillo. Imagina que estás gordo y calvo, y que asistes como público a un espectáculo de comedia en directo. Si el cómico hace un chiste de gordos y calvos mientras se dirige a ti y te señala, vería lógico que te sintieses incómodo y hasta ofendido. Pero si ese mismo chiste lo dice sin mirar a nadie en concreto, sino como algo lanzado al aire, ¿por qué deberíamos sentirnos aludidos?
Y esto me lleva a plantear otra cuestión, ¿reaccionaríamos igual si el chiste de gordos y calvos lo dice un cómico gordo y calvo que si lo dice un cómico delgado y con buen tipo y con un pelazo que da gusto verlo? Ahí lo dejo.
Yo, ¿qué queréis que os diga?, no soy muy amante de la censura. Prefiero apelar a mi conciencia y aceptar o rechazar lo que me venga basándome en mi propia escala de valores. Mi sentido del humor es muy amplio y ecléctico, pero eso no significa que me guste ni acepte todo. Podría poner multitud de ejemplos de cómicos o series que me encantan y disfruto y donde tienen cabida chistes o giros que no me hacen puñetera gracia sino que, más bien, me causan rechazo. Sin embargo, eso no me impide seguir disfrutando de la serie o el cómico en cuestión. Simplemente dejo pasar lo que no me gusta y continúo disfrutando lo que sí. Y es que, como bien dice mi mente cachonda: «No siempre vas a estar acertado».
¿Y tú? ¿Qué opinas?