Antes de seguir leyendo, os
animo a que le echéis un vistazo al excelente post que publicó mi
buen amigo Josep Mª Panadés en su blog Cuaderno de
bitácora, el pasado 7 de marzo de 2020. Podéis leerlo pinchando aquí.
La lectura de aquel post me
inspiró a escribir el post de hoy, que versa sobre los límites del
humor.
Vaya por delante que
comparto casi al 100% —dejémoslo en un 99,784579%—, lo dicho por
mi amigo Josep.
Y es que, como muy bien
argumenta Miguel Pina en su acertado comentario: «Hablamos
de un tema bastante complejo y con muchas aristas que, efectivamente,
pueden dañar a algunas personas. La línea entre la sátira, el
humor negro y la broma pesada es a veces muy delgada».
Y ahí precisamente está el quid de la cuestión: ¿dónde colocamos esa línea? ¿en
qué punto establecemos esa frontera que bajo ningún concepto
debemos traspasar para evitar ofender o hacer daño? Y algo
fundamental: ¿quién o quiénes deben ser los encargados de
establecer esa línea?
Ahora hablaré de mí y de
mi experiencia.
Como muchos de vosotros ya
sabéis —aquellos que lleven tiempo leyéndome o hayan adquirido
alguno de mis libros sabrán de mi trayectoria artística—, llevo
escribiendo humor desde la adolescencia. Desde aquellos lejanos días
hasta hoy habré escrito cientos de páginas, con chistes y
observaciones más o menos graciosas, la mayor parte con un objetivo
prioritario: entretener y divertir.
En estos casos, cuando lo
que prima es el aspecto lúdico, sin más intención que hacer pasar
un rato agradable al lector y lograr con ello que aparque por un rato
sus problemas del día a día, utilizo un humor accesible, sencillo,
fácil de digerir. Para ello echo mano de técnicas muy variadas:
desde juegos de palabras —me encantan—, hasta anacronías,
equívocos, situaciones y reacciones absurdas en un entorno
aparentemente normal y cotidiano, uso y abuso de los clichés para
deformarlos y jugar con ellos, etc.
Pero no siempre mi intención
principal consiste en entretener y divertir. En ocasiones, bastantes
de hecho, utilizo el humor para denunciar, para poner el foco en
aquellas conductas, acciones o situaciones que detesto o me
desagradan y que, a mi juicio, merecen ser corregidas o erradicadas.
Porque el humor, bien articulado, también puede convertirse en una
poderosa arma de denuncia y concienciación.
Llevo alrededor de treinta y
cinco años escribiendo comedia y, con ese bagaje a mis espaldas,
puedo decir «por la autoridad que me confiere el Dios de la risa y
el cachondeo», que escribir humor es de las cosas más difíciles, a
la par que gratificantes, que existen.
Me encanta hacer reír a
alguien con alguna de mis ocurrencias, levantarle el ánimo en
momentos de bajona, hacerle olvidar sus problemas por un rato. Es
algo mágico. Es como si fueses ungido con una especie de superpoder
capaz de hacer feliz a la gente, incluyéndote a ti. Porque, y esto
es algo que me gusta enfatizar, jamás debéis olvidar que soy el
primero en reír o disfrutar cada vez que escribo o concibo un chiste
o un giro cómico. Lo vivo en riguroso estreno mundial e
intergaláctico. Nadie disfruta de ese chiste antes que yo. Nadie.
—Te olvidas de mí.
Cierto. Perdona. Matizo:
nadie, a excepción de mi mente cachonda, disfruta de ese chiste o
giro cómico antes que yo.
—Y, en ocasiones, ni
siquiera después.
¿Que insinúas?
—Siento ser yo quien te
diga esto, pero, algunos de tus chistes son una mierda, colega.
¿Ah, sí?
—Pero tranquilo. Eso les
pasa a todos. Hasta los más grandes tuvieron un mal día. No siempre
vas a estar genial. Es imposible.
Mi mente cachonda tiene
razón. Lo cual me lleva al siguiente punto de mi razonamiento.
Las razones que me hacen
sostener la convicción de que escribir humor es condenadamente
difícil son muchas y muy variadas.
La primera tiene que ver con
el hecho de que no todo el mundo posee el mismo sentido del humor. Lo
que para mí es gracioso igual no lo es para ti. Y viceversa. También
tiene mucho que ver con el nivel cultural, tanto del emisor como del
receptor. En mi caso, teniendo en cuenta que procuro evitar el chiste
fácil y apostar por un tipo de humor con cierto trasfondo, exijo un
cierto bagaje cultural en quien me lee, pues de lo contrario le
resultará realmente difícil establecer ciertas conexiones y,
consecuencia de ello, lo más probable es que no acabe pillando la
broma o el chiste. Por ejemplo, alguien que no tenga ni la más remota
idea de quién fue Atila, el rey de los hunos, lo más
probable es que no le vea la gracia a mi cuento Atilita, el huno,
plagado de referencias a su modo de vida y sus costumbres.
La segunda razón que incide
en la dificultad de escribir humor tiene que ver con el creador y sus
circunstancias personales. Como es lógico y normal, uno no siempre
está con el mejor de los ánimos para escribir cosas graciosas.
Igual habrá quien piense que el que escribe humor se pasa el día
riendo y tomándoselo todo a chufla. Y no. Para nada. De hecho,
basándome en mi experiencia, puedo decir que se trata justamente de
lo contrario: vemos tanta miseria alrededor y tantas cosas que nos
enfadan y agotan que necesitamos echar mano del humor para no
sucumbir a la desesperación.
Convendréis conmigo en que
la vida no siempre muestra su cara más amable. De hecho, en más
ocasiones de las deseables, se muestra terriblemente cruel e injusta,
sobre todo con el más débil. Y es ahí justamente, en esos momentos
de bajona emocional o física, cuando el humor se torna más
necesario que nunca, ya que supone un bálsamo que consigue aliviar
nuestras penas o nuestro hastío.
Otra dificultad añadida
tiene mucho que ver con la moda de lo «políticamente correcto»
que, de un tiempo a esta parte, parece haberse apoderado del mundo.
Chistes que hasta hace bien poco eran comúnmente aceptados de
repente son considerados «ofensivos» y «denunciables», y sus
autores o difusores son señalados y criminalizados. Hemos pasado de
la aceptación y la tolerancia a la intolerancia extrema. Cada día
que pasa, las legiones de «ofendiditos» crece exponencialmente al
mismo ritmo que decrece el sentido del humor. La peña parece cada
vez mas agria y enfadada. Lo sé porque, en más ocasiones de las
deseables, yo mismo he caído en ese estar terriblemente cabreado
con el mundo. Y eso sí que me preocupa. Me asusta la perspectiva de
un mundo en el que no se puedan hacer chistes de casi nada, ni
bromas, ni observaciones más o menos graciosas de cosas
relativamente serias. Me recuerda a tiempos pretéritos, en blanco y
negro, donde la seriedad y la solemnidad presidían nuestras vidas, y
eran otros los que decidían lo que podíamos o no podíamos hacer,
decir o pensar.
Resulta casi imposible hacer
humor sin ofender o molestar absolutamente a nadie. Por muy blanco
que sea tu chiste, o por muy buenas intenciones que lleve implícitas,
en algún lugar siempre habrá alguien que se sienta ofendido o
molesto. Los seres humanos somos excepcionalmente buenos a la hora de
retorcer los argumentos para adaptarlos a nuestros propios intereses.
Y pondré un ejemplo de esto que digo.
A los pocos días de empezar
todo esto del coronavirus en China, me llegó un chiste a través de
las redes sociales. El chiste iba más o menos como sigue:
Un
hombre entra en una tienda de chinos en España. Se acerca al
mostrador y pregunta:
—¿Tienen
ustedes el coronavirus?
El
dependiente, de manera mecánica, le replica:
—Ahora
mismo no nos queda. Pero llamo a fábrica y en tres días ya lo
tenemo aquí.
Este chiste, como cualquier
otro, podemos verlo y analizarlo desde prismas diferentes y
contrapuestos. Por ejemplo, podemos verlo como un chiste racista,
xenófobo y ofensivo. Y, sin duda, no estaremos errados en ese
juicio.
Sin embargo, también
podemos verlo desde otro prima totalmente opuesto: como la capacidad
del ser humano de sobreponerse a una situación desconocida y
acojonantemente amenazadora, perfectamente capaz de provocar miedo y
angustia, y neutralizar ese miedo y esa angustia haciendo uso de
nuestro ingenio o nuestro instinto de supervivencia, minimizando su
efecto nocivo sobre nosotros a través de un chiste.
Yo, sin duda, prefiero verlo
desde el segundo prisma. Pero entiendo que cada cual es libre de
elegir el prisma que mejor se ajuste a su percepción de las cosas.
Entonces, tomando como base
este simple ejemplo práctico, ¿dónde establecemos el límite? ¿No
sería lo ideal que el límite lo estableciese la conciencia de cada
uno? Si a ti te resulta ofensivo, recházalo. Pero, ¿por qué privar
a otro de su disfrute? ¿No es eso censura?
En el post de mi amigo
Josep, se aludía a una cuestión que considero fundamental en toda
convivencia: el respeto mutuo.
Aún estando de acuerdo en
que debemos respetarnos más los unos a los otros, también considero
fundamental el ser más tolerantes con las opiniones y creencias
ajenas, incluso si eso implica hacer chistes de casi todo; porque,
como muy bien decía Ricky Gervais en la última entrega de los
Globos de Oro en referencia a la incorrección política de algunos
de sus chistes: «¡Y qué más
da, si al final todos vamos a morir!».
Yo creo que la clave está
en no tomárselo todo como algo personal. Y pondré un ejemplo muy
sencillo. Imagina que estás gordo y calvo, y que asistes como
público a un espectáculo de comedia en directo. Si el cómico hace
un chiste de gordos y calvos mientras se dirige a ti y te señala,
vería lógico que te sintieses incómodo y hasta ofendido. Pero si
ese mismo chiste lo dice sin mirar a nadie en concreto, sino como
algo lanzado al aire, ¿por qué deberíamos sentirnos aludidos?
Y esto me lleva a plantear
otra cuestión, ¿reaccionaríamos igual si el chiste de gordos y
calvos lo dice un cómico gordo y calvo que si lo dice un cómico
delgado y con buen tipo y con un pelazo que da gusto verlo? Ahí lo
dejo.
Yo, ¿qué queréis que os
diga?, no soy muy amante de la censura. Prefiero apelar a mi
conciencia y aceptar o rechazar lo que me venga basándome en mi
propia escala de valores. Mi sentido del humor es muy amplio y
ecléctico, pero eso no significa que me guste ni acepte todo. Podría
poner multitud de ejemplos de cómicos o series que me encantan y
disfruto y donde tienen cabida chistes o giros que no me hacen
puñetera gracia sino que, más bien, me causan rechazo. Sin embargo,
eso no me impide seguir disfrutando de la serie o el cómico en
cuestión. Simplemente dejo pasar lo que no me gusta y continúo
disfrutando lo que sí. Y es que, como bien dice mi mente cachonda:
«No siempre vas a estar acertado».
¿Y tú? ¿Qué opinas?
