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miércoles, 1 de mayo de 2019

MIRAD QUIÉN HA VENIDO A VERME...

Caricatura de "El jovencito Frankestein" por Marzio Mariani


—Hombre, Pedro, ¡cuánto tiempo!
Hola, blog.
—Te noto deprimidillo. ¿Qué pasa? ¿Aún no te has hecho millonario vendiendo libros o qué?
Menos coñas.
—Jo, macho. Te falta sentido del humor.
Tengo sentido del humor de sobra. Lo que no tengo es paciencia para aguantar a blogs capullos.
—¿Me estás llamando capullo?
Pues sí. Te lo llamo.
—Madre mía, ¡cómo está el patio!
Ya ves.
—Oye, qué putada lo de Google Plus, ¿no?
¿Leíste mi post de la semana pasada?
—Claro. Yo siempre leo lo que publicas.
¿Siempre, siempre?
—Bueno, vale. No siempre. Pero da la casualidad que sí que leí tu post de la semana pasada, hablando de lo que ha supuesto para ti el cierre de Google Plus, la bajada de visitas, etc. Por cierto, muy bueno lo del entusiasta de turno que todos tenemos en la familia y que en las reuniones familiares aprovecha para sentarte al lado del cuñado o la cuñada con la que no te hablas.
No me irás a decir que a ti también te pasa.
—¿Por qué no habría de pasarme?
¿En serio?
—Yo también tengo familia, ¿sabes?
Pero, ¿qué familia vas a tener si yo te he creado de la nada?
—¿Qué tú me has creado?
Sí. Yo te he creado.
—¿Quién te crees que eres? ¿El doctor Frankestein?
Más bien Froncostin.
—¿Froncostin?
¿No has visto El jovencito Frankestein de Mel Brooks?
—No. ¿Es buena?
¡¡¿Que si es buena?!! ¡Es una obra maestra del humor! Es una de las diez mejores películas de humor jamás filmadas. Todo en esa película funciona a la perfección: el reparto, el guión, la puesta en escena, los gags. Y encima está rodada en glorioso blanco y negro. Es una absoluta maravilla.
—Vale, vale, me la apuntaré. A ver si la pillo por Internet.
¿Ves? Ese es precisamente uno de los grandes males que aquejan a nuestra mal llamada sociedad de consumo. Que todo, o casi todo, está permanentemente disponible a golpe de click.
—¿Y eso es malo?
Déjame que te cuente una historia…
—Sí, abuelo cebolleta.
Soy más joven que tú. Así que, menos lobos Caperucita.
—¿Sabes que en ocasiones puedes ser tremendamente irritante?
¿De veras? Uhm, me recuerda a cierto blog de cuyo nombre no quiero acordarme. Ahora calla y escucha. Voy con mi historia. Mi historia va de un chaval que vive en Canarias a principios de la década de los ochenta. Ese chaval es un entusiasta seguidor del cine, la música y los cómics. Pero resulta que, para su desgracia, España en esa época estaba aún intentando sacudirse de encima el polvo de cuarenta años de aislamiento internacional, comercial, cultural y tecnológico, por lo que cualquier cosa llegaba con cuentagotas hasta nuestras fronteras. Y si en la península la cosa era ciertamente complicada, imagínate en Canarias. ¿Te suena la expresión coloquial «vivir en el culo del mundo»? Pues así es como nos sentíamos en aquellos años. Prácticamente vivíamos en la «indigencia cultural». Conseguir cualquier cosa de interés, la que fuese, se convertía en toda una odisea. Y eso por no hablar de los escasos recursos económicos de los que disponíamos.
—¿Y por qué me cuentas todo esto, tío?
Los que vivís en la abundancia habéis perdido la capacidad de valorar en su justa medida aquello de lo que podéis disfrutar.
—¿Y qué te hace suponer que no disfrutamos de las cosas?
Perteneces a la generación del «todo, ya, ahora, y si no lo tengo me cabreo y me busco otra cosa». ¿Sabes lo que tardé yo en hacerme con la discografía completa de algunos de mis grupos favoritos de rock, como Uriah Heep, Jethro Tull, Thin Lizzy o UFO? Años. Me llevó años conseguir todos sus discos. Y cada nuevo disco que conseguía lo exprimía como se exprime una naranja, sacándole todo el jugo.
—Vale, abuelo. ¿Y qué quieres que yo le haga? ¿Quieres que pida perdón por vivir en la época actual?
No. Lo que quiero es que reflexiones. Y que pienses en la suerte que tienes de vivir en la época en la que vives.
—Jo, tío, ¿en serio me vas a seguir dando la brasa? Y en un día festivo, además.
Cierto. Es festivo. Pero daba por hecho que eso a ti no te afecta lo más mínimo.
—Pues te equivocas. ¿Sabes? A veces me saca de quicio que no me consideres alguien igual a ti.
Es que no eres igual a mí. ¡Eres un blog, por el amor de Dios! No eres un ser humano, a ver si te enteras.
—Pero los blogs tenemos sentimientos.
Eso es más que cuestionable.
—Pues no entiendo a qué viene cuestionar mis sentimientos, la verdad.
¿Hace falta que te lo explique?
—Sí, por favor. Sácame de la ignorancia en la que vivo inmerso.
De acuerdo. Lo haré. Eres una amalgama de códigos, programación, base de datos, algoritmos e ingeniería informática. ¿Me puedes decir dónde demonios entran los sentimientos en esa conjunción de factores?
—¿Acaso te piensas que los informáticos no tienen sentimientos?
Ellos sí, claro. Tú no.
—¿Por qué no? ¿No decís que Dios os hizo a su imagen y semejanza? ¿Por qué los blog o los programas informáticos no podemos ser creados a imagen y semejanza de quien nos creó?
Coño, pues me has pillado.
—O sea, que admites que pueda llevar razón.
Como mínimo, admito que me has hecho pensar.
—Con eso me vale. A propósito, ¿no te parece una ironía que el Día del Trabajo se celebre no trabajando?
Jo, tío, estás que te sales. ¿Es algo que estás comiendo, alguna vitamina que estás tomando o qué?
—Digamos que el estar tanto tiempo en modo pausa hace que me active las neuronas y que mi inquietud intelectual se dispare.
Mejor haría en no dejarte solo demasiado tiempo. Eres un peligro constante.
—Deberían crear un Día Internacional de los Blogs en Internet.
¿Y qué harías? ¿No estar operativo ese día?
—No es mala opción. Así aprovecharía para irme de farra con los colegas.
¿Qué colegas?
—Otros blogs amigos míos.
¿Tienes amigos blogs?
—Y amigas blogs.
¿Qué?
—Por cierto, esta noche no me esperes levantado. He quedado con un blog femenino y...hay posibilidades
Vale. No quiero saberlo.
—Tú mismo.