![]() |
| Caricatura de "El jovencito Frankestein" por Marzio Mariani |
—Hombre, Pedro,
¡cuánto tiempo!
Hola, blog.
—Te noto
deprimidillo. ¿Qué pasa? ¿Aún no te has hecho millonario
vendiendo libros o qué?
Menos coñas.
—Jo, macho. Te
falta sentido del humor.
Tengo sentido del
humor de sobra. Lo que no tengo es paciencia para aguantar a blogs
capullos.
—¿Me estás
llamando capullo?
Pues sí. Te lo
llamo.
—Madre mía,
¡cómo está el patio!
Ya ves.
—Oye, qué putada
lo de Google Plus, ¿no?
¿Leíste mi post
de la semana pasada?
—Claro. Yo
siempre leo lo que publicas.
¿Siempre, siempre?
—Bueno, vale. No
siempre. Pero da la casualidad que sí que leí tu post de la semana
pasada, hablando de lo que ha supuesto para ti el cierre de Google
Plus, la bajada de visitas, etc. Por cierto, muy bueno lo del
entusiasta de turno que todos tenemos en la familia y que en las
reuniones familiares aprovecha para sentarte al lado del cuñado o la
cuñada con la que no te hablas.
No me irás a decir
que a ti también te pasa.
—¿Por qué no
habría de pasarme?
¿En serio?
—Yo también
tengo familia, ¿sabes?
Pero, ¿qué
familia vas a tener si yo te he creado de la nada?
—¿Qué tú me
has creado?
Sí. Yo te he
creado.
—¿Quién te
crees que eres? ¿El doctor Frankestein?
Más bien
Froncostin.
—¿Froncostin?
¿No has visto El
jovencito Frankestein de Mel
Brooks?
—No. ¿Es buena?
¡¡¿Que si es
buena?!! ¡Es una obra maestra del humor! Es una de las diez mejores
películas de humor jamás filmadas. Todo en esa película funciona a
la perfección: el reparto, el guión, la puesta en escena, los gags.
Y encima está rodada en glorioso blanco y negro. Es una absoluta
maravilla.
—Vale, vale, me
la apuntaré. A ver si la pillo por Internet.
¿Ves? Ese es
precisamente uno de los grandes males que aquejan a nuestra mal
llamada sociedad de consumo. Que todo, o casi todo, está
permanentemente disponible a golpe de click.
—¿Y eso es malo?
Déjame que te
cuente una historia…
—Sí, abuelo
cebolleta.
Soy más joven que
tú. Así que, menos lobos Caperucita.
—¿Sabes que en
ocasiones puedes ser tremendamente irritante?
¿De veras? Uhm, me
recuerda a cierto blog de cuyo nombre no quiero acordarme. Ahora
calla y escucha. Voy con mi historia. Mi historia va de un chaval que
vive en Canarias a principios de la década de los ochenta. Ese
chaval es un entusiasta seguidor del cine, la música y los cómics.
Pero resulta que, para su desgracia, España en esa época estaba aún
intentando sacudirse de encima el polvo de cuarenta años de
aislamiento internacional, comercial, cultural y tecnológico, por lo
que cualquier cosa llegaba con cuentagotas hasta nuestras fronteras.
Y si en la península la cosa era ciertamente complicada, imagínate
en Canarias. ¿Te suena la expresión coloquial «vivir
en el culo del mundo»?
Pues así es como nos sentíamos en aquellos años. Prácticamente
vivíamos en la «indigencia
cultural».
Conseguir cualquier cosa de interés, la que fuese, se convertía en
toda una odisea. Y eso por no hablar de los escasos recursos
económicos de los que disponíamos.
—¿Y por qué me
cuentas todo esto, tío?
Los que vivís en
la abundancia habéis perdido la capacidad de valorar en su justa
medida aquello de lo que podéis disfrutar.
—¿Y qué te hace
suponer que no disfrutamos de las cosas?
Perteneces a la
generación del «todo,
ya, ahora, y si no lo tengo me cabreo y me busco otra cosa».
¿Sabes lo que tardé yo en hacerme con la discografía completa de
algunos de mis grupos favoritos de rock, como Uriah Heep, Jethro
Tull, Thin Lizzy o UFO? Años. Me llevó años conseguir todos sus
discos. Y cada nuevo disco que conseguía lo exprimía como se
exprime una naranja, sacándole todo el jugo.
—Vale, abuelo. ¿Y
qué quieres que yo le haga? ¿Quieres que pida perdón por vivir en
la época actual?
No. Lo que quiero
es que reflexiones. Y que pienses en la suerte que tienes de vivir en
la época en la que vives.
—Jo, tío, ¿en
serio me vas a seguir dando la brasa? Y en un día festivo, además.
Cierto. Es festivo.
Pero daba por hecho que eso a ti no te afecta lo más mínimo.
—Pues te
equivocas. ¿Sabes? A veces me saca de quicio que no me consideres
alguien igual a ti.
Es que no eres
igual a mí. ¡Eres un blog, por el amor de Dios! No eres un ser humano, a ver si te enteras.
—Pero los blogs
tenemos sentimientos.
Eso es más que
cuestionable.
—Pues no entiendo
a qué viene cuestionar mis sentimientos, la verdad.
¿Hace falta que te
lo explique?
—Sí, por favor.
Sácame de la ignorancia en la que vivo inmerso.
De acuerdo. Lo
haré. Eres una amalgama de códigos, programación, base de datos,
algoritmos e ingeniería informática. ¿Me puedes decir dónde
demonios entran los sentimientos en esa conjunción de factores?
—¿Acaso te
piensas que los informáticos no tienen sentimientos?
Ellos sí, claro.
Tú no.
—¿Por qué no?
¿No decís que Dios os hizo a su imagen y semejanza? ¿Por qué los
blog o los programas informáticos no podemos ser creados a imagen y
semejanza de quien nos creó?
Coño, pues me
has pillado.
—O sea, que
admites que pueda llevar razón.
Como mínimo,
admito que me has hecho pensar.
—Con eso me vale.
A propósito, ¿no te parece una ironía que el Día del Trabajo se
celebre no trabajando?
Jo, tío, estás
que te sales. ¿Es algo que estás comiendo, alguna vitamina que
estás tomando o qué?
—Digamos que el
estar tanto tiempo en modo pausa hace que me active las neuronas y
que mi inquietud intelectual se dispare.
Mejor haría en no
dejarte solo demasiado tiempo. Eres un peligro constante.
—Deberían crear
un Día Internacional de los Blogs en Internet.
¿Y qué harías?
¿No estar operativo ese día?
—No es mala
opción. Así aprovecharía para irme de farra con los colegas.
¿Qué colegas?
—Otros blogs
amigos míos.
¿Tienes amigos
blogs?
—Y amigas blogs.
¿Qué?
—Por cierto, esta
noche no me esperes levantado. He quedado con un blog femenino
y...hay posibilidades
Vale. No quiero
saberlo.
—Tú mismo.
