Mostrando entradas con la etiqueta capullos y capullas. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta capullos y capullas. Mostrar todas las entradas

miércoles, 3 de junio de 2020

NOTAS DESDE EL CONFINAMIENTO 5


¿Habéis sufrido alguna vez un ataque de gota? Por desgracia, yo sí. El último, hace apenas dos semanas.
La gota se caracteriza por ataques repentinos e intensos de dolor, hinchazón, enrojecimiento y sensibilidad en las articulaciones. En mi caso, los ataques se concentran en la base del dedo gordo del pie.
Imaginad que tenéis una docena de minúsculas cuchillas de afeitar bajo la piel y que, con cualquier movimiento o roce, esas cuchillas os van cortando la carne y los nervios. Y cuando digo roce me refiero a algo tan nimio como el leve contacto con una sábana.
Por supuesto, ya puedes ir olvidándote de poder apoyar el pie en el suelo, lo que convierte el hecho de incorporarte en una auténtica pesadilla. En mi caso para poder desplazarme hasta el cuarto de baño me veía obligado a caminar a la pata coja, apoyando todo el peso del cuerpo en la pierna sana, mientras mantenía la otra alzada en el aire. Parecía una burda imitación de Ian Anderson de los Jethro Tull en su famosa pose de la grulla. Eso sí, un Ian Anderson artrítico y hecho una mierda.
Fueron unos días horribles, con un dolor agudo y constante, durmiendo a ratos, despertando en mitad de la madrugada y soportando el dolor ante la imposibilidad de volver a conciliar el sueño, hasta que el agotamiento conseguía imponerse al dolor y volvía a dormirme.
Cuando uno pasa por situaciones tan dolorosas como ésta se suele decir eso tan manido de: «No se lo deseo ni a mi peor enemigo». Yo debo ser una mala persona, pues mientras sufría lo indecible, postrado en la cama y sin ganas de casi nada, no hacía sino ir añadiendo nombres a mi lista imaginaria de «gente a la que le deseo un maldito ataque de gota tan doloroso o más que el mío».
Encabezando esa lista irían todos los capullos y capullas con los que me he ido cruzando a lo largo de mi vida, tanto en mi vida personal como en la profesional. No es que hayan sido mayoría —tengo la enorme fortuna de que por mi vida hayan pasado más buena gente que capullos y capullas—, pero, echando la vista atrás, mi colección de indeseables no es nada desdeñable. Y es que nadie está exento de tratar con capullos y capullas. Son muchos y están por todas partes, así que, por una mera cuestión de estadística, tarde o temprano acabarán cruzándose en tu camino. Que levante la mano quien no se haya cruzado alguna vez con algún o alguna gilipollas. ¿Nadie? Me lo temía. ¿Veis cómo tenía razón?
Los siguientes en mi lista serían todos los políticos que conozco; incluso los que no conozco pero que, sin dudarlo un segundo, considero tan corruptos e impresentables como los anteriores. No salvo a ninguno, sean del color que sean: rojos, azules, morados, naranjas, fucsia, verde fosforito, rosa chillón. Para mí, todos son del mismo color: verde billete. Sólo hay que echar un vistazo a la actitud miserable y egoísta que han tenido absolutamente todos durante esta etapa de crisis mundial: unos dando bandazos como pollos sin cabeza y los otros echando en cara al gobierno lo que ellos contribuyeron a crear. Tacharlos de miserables sería quedarse corto. Como decimos irónicamente en mi tierra: «¡Guárdame una cría de todos ellos!».
Tras los políticos metería en mi lista, uno a uno, a todo el reparto de Sálvame, o, como yo los llamo, la «pandilla basura». Y es que no salvo a ninguno. Menuda panda de impresentables.
A éstos les seguirían todos esos presentadores y pseudoperiodistas de chichinabo que salen en la tele a diario y que hablan y hablan sin parar sin tener puñetera idea de lo que dicen. Todos sabemos quienes son, los vemos cada día, en distintos horarios y en distintas cadenas generalistas y autonómicas, ya sean de uno u otro signo político. Esta gente, de un ego descomunal, se atreven en su ignorancia a llevar a invitados a sus programas o hacer conexiones en directo con gente que sí que sabe de lo que hablan y a los que no dudan en interrumpir constantemente con apreciaciones u opiniones de lo más burdas y ridículas, del tipo: «Como usted ha dicho, y comparto absolutamente, y voy a repetir porque la audiencia es mema y no se entera de nada y por eso necesita que yo les explique lo mismo que usted acaba de decir, exactamente con las mismas palabras que usted ha dicho, sólo que si lo digo yo tendrá más peso que si lo dice usted, que es un mindundi que no conoce ni Dios, mientras que yo soy la pera limonera y, además, apuntando lo mismo que usted acaba de decir quedaré ante mi audiencia como alguien que sabe un huevo, aunque no sepa responder a la simple pregunta de porqué nos hemos tomado el trabajo de contactar con usted y entrevistarlo si yo ya sabía lo mismo; pero, como ya he dicho, la audiencia es mema, y seguro que ni se lo plantean, y gracias a que son memos tenemos montado este chiringuito, al igual que los políticos, mira tú por donde, porque, si lo piensas —aunque eso de pensar como que no se lleva mucho últimamente— esos mamones se lo han montado tan bien a lo largo de la historia que da igual el nivel de participación ciudadana en el voto electoral, que a cada año va bajando más y más, pues ellos siempre van a tener curro, ya sea duplicando y hasta triplicando administraciones y sacándose impuestos de debajo de la manga como montando chiringuitos tipo Senado, que nadie tiene ni puta idea de para qué coño sirve más allá de mandar allí a los políticos viejunos, incómodos o que ya no dan para más a que se lleven un buen pellizco haciendo lo que mejor saben hacer, es decir, nada, y encima, como los politicastros son tan listos y tienen claro cuáles son sus verdaderas prioridades, con cotizar una mísera legislatura tienen garantizada una pensión de la hostia, además de otros privilegios que van con el cargo, y con cuatro años se aseguran algo que al ciudadano medio le llevaría 35 putos años de cotización mínimo. Y eso por no hablar de las famosas "puertas giratorias". ¿Veis?, para que luego digan que los políticos son unos inútiles y unos incompetentes. Puede que lo sean, pero no para lo que les conviene. En eso todos son putos Einsteins en potencia; eso sí, Einsteins perversos. Pura maldad bajo una impecable fachada de respetabilidad».
En fin, cada día que pasaba veía como mi lista imaginaria de gente a la que deseaba un maldito ataque de gota tan doloroso como el mío, o más, iba creciendo más y más, hasta que me curé, y entonces me di cuenta de que este mundo no tiene remedio, y que por más que patalees y te indignes nada va a cambiar. Así que me tomé mi pastilla, acompañada de un té verde con limón, me pillé un libro de mi biblioteca personal y me zambullí en el océano seguro de sus páginas.