![]() |
| "¿Así que atesoráis rollos de papel por el coronavirus, eh? Mirad lo que hago yo con el papel higiénico, pardillos". |
Como muchos de vosotros,
estoy desconcertado ante el fenómeno mundial del coronavirus. Me ha
pillado a contrapié.
A la estupefacción inicial
le ha seguido una montaña rusa de emociones y sentimientos
encontrados. Cada día, desde que comenzó el confinamiento, he ido
oscilando emocionalmente desde la tranquilidad y la calma más
absolutas hasta la impotencia y las ganas de salir al balcón y pegar
cuatro gritos en plan Tom Araya de Slayer desgañitándome con
mi propia versión del Angel of death.
También he experimentado
indignación ante determinadas actitudes estúpidas e incívicas —si
no son sinónimos, creo que los de la RAE ya están tardando en tomar
cartas en el asunto y ponerse a currar, que ya es hora—.
En estas semanas he visto
por la tele cómo la policía ha tenido que emplearse a fondo para
poner coto a capullos y capullas que se creen más listos que el
resto, y que se piensan que las normas y las leyes no van con ellos.
También he sido testigo directo, y sufridor en primera persona, de
acciones y actitudes deleznables por parte de vecinos, de ésos que
no dudan en salir cada tarde a las 7:00 pm al balcón o a la ventana
de sus casas a aplaudir a los sanitarios para luego ir montando
fiestorras o pegar gritos hasta las tantas de la madrugada jodiendo a
todo hijo o hija de vecino o vecina.
Decía mi admirado Zappa que
la estupidez es el bloque básico sobre el que el Universo está
construido y no el hidrógeno, como argumentan los científicos.
Sostenía que «hay más estupidez que hidrógeno en el Universo».
Razón no le faltaba a Zappa. Sólo hay que echar un vistazo a lo que
ha sucedido y sucede a diario en el mundo para darse cuenta de cuán
estúpidos somos los seres humanos.
Mientras unos luchan por
salvar la vida —la propia y la ajena—, otros siguen a lo suyo:
los políticos con sus mierdas de siempre —¿qué se puede esperar
de esta gente, a los que la vida de los demás les importan un
carajo?—, los de la des-Unión Europea dando la razón al
Reino Unido en su comentadísimo Toccata y Fuga en Hostia Mayor
ahí-os-quedáis-que-yo-me-las-piro-vampiro, los de la OMS
limitando sus acciones a leer comunicados diarios de datos recabados
aquí y allí pero sin aportar soluciones ni mover un dedo que
justifiquen sus sueldazos, o los periodistas sensacionalistas
frotándose las manos ante tanta desgracia ajena —acabo de ver una
indignante fotografía en exclusiva de una morgue improvisada repleta
de ataúdes publicada en portada por uno de los periódicos que suelo
consultar a diario—, y programas de televisión repletos de
«entendidos que no entienden una mierda
y se dan el lujo de opinar de todo aún cuando no tienen ni puta idea
de lo que hablan», etc.
Eso
sí, en honor a la verdad, he de decir que en esto de la estupidez la
igualdad de género tonto
sí que ha alcanzado su cénit: a día de hoy son igual de tontos
ellos que ellas. Algo es algo.
Todo esto me ha hecho
preguntarme: ¿Es malo ser estúpido? Depende de cómo se mire. La
estupidez puede ser un cálido regazo en el que refugiarse, donde
nada te afecta ni te inquieta, pues todo lo que acontece más allá
de tu propio ser —o no ser, ésa es la cuestión— escapa a tu
comprensión.
Lo ideal siendo estúpido es
no darte cuenta de que lo eres. No existe peor condena que ser lo
suficientemente inteligente como para ser consciente de tu propia
estupidez, lo cual te sumirá en una permanente sensación de dolor y
amargura.
Para disfrutar de tu
estupidez has de ser lo suficientemente estúpido como para no darte
cuenta de que lo eres, como los participantes de Mujeres y Hombres
y Viceversa. Por eso muchos de los que salen en la tele se
muestran felices y encantados de conocerse, porque son tan estúpidos
que ni siquiera sospechan que lo son.
Esta misma regla hace que
las personas inteligentes vivan en un sempiterno estado de cabreo,
pues asisten atónitos e impotentes al triste panorama de ver cómo
los estúpidos no sólo son mayoría, sino que, precisamente por
serlo se hacen con el control de la sociedad, y claro, al ser mayoría
son los estúpidos los que deciden el rumbo que debemos tomar todos
en conjunto. ¿Es o no es para estar todo el puto día cabreado?
Vivimos una era
especialmente fértil para la estupidez. Con la llegada de Internet,
en el que muchos veíamos una luz de esperanza al final del oscuro
túnel de la ignorancia, creímos que la cultura y el conocimiento se
expandirían por el mundo como el efecto invernadero. Pero nos
equivocamos. No con el efecto invernadero; eso sí que se ha
expandido y sigue expandiéndose, y me temo que seguirá del mismo
modo hasta que acabemos cargándonos el planeta y jodiéndole la
existencia a las generaciones venideras. Me refiero a expandir la
cultura y el conocimiento. En vez de eso, lo que ha corrido y se ha
expandido hasta el último rincón del planeta es la estupidez. Cada
vez hay más estúpidos por metro cuadrado en el mundo, y,
francamente, empieza a ser agotador.
Menos mal que aún podemos
aislarnos en nuestras bolas de hormigón para evitar el contagio: del
coronavirus y del virus de la estupidez, no sabiendo cuál de los dos
es peor.
