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miércoles, 16 de octubre de 2019

MENSAJE CON INSISTENCIA

Os presento al bueno de Gregg, haciendo el chorra en París (Foto: Internet).

Durante los meses que pasé ausente del blog, recibía en mi correo insistentes mensajes de los tipos de feisbuc. En los cuatro meses de pausa recibí no menos de diez mensajes de este tipo. Dichos mensajes iban como sigue:

Hola, tío. O tía. O teo (en feisbuc nos tomamos muy en serio esto del lenguaje inclusivo. Para nosotros y nuestros anunciantes, todos tenéis cabida en nuestro gran negocio. Así que, ya seas de género masculino, de género femenino o de género tonto, por favor: sé bienvenido a nuestro mundo chachi piruli).
Te escribimos porque la gente que visita ABSURDAMENTE. EL BLOG DE PEDRO FABELO hace mucho que no sabe nada de ti.
Escribe una publicación contando cualquier mierda, o comparte un vídeo haciendo el chorra montado en un triciclo, o hazte un selfie ante un monumento histórico poniendo morritos o jugando con la perspectiva (¿sabes cuánta peña se ha hecho fotos haciendo como que sujetan en la palma de la mano la Torre Eiffel? Porque nosotros sí que lo sabemos. Exactamente doce millones cuatrocientos setenta y seis mil quinientas veintidós personas. Perdón, doce millones cuatrocientos setenta y seis mil quinientas veintitrés personas; resulta que un tal Gregory Stevens, procedente de Harrisburg en Penssylvania, y actualmente de vacaciones en París, acaba de subir una foto a su cuenta de feisbuc haciendo como que soporta la Torre Eiffel él solito sobre la palma de su mano. ¡Bien por ti, Gregg! Qué original y divertido eres...jajaja —los del equipo de feisbuc le acabamos de poner un “me gusta” gratis, por la cara. Lo hacemos para evitar que se frustren y acaben llegando a la conclusión de que tener cuenta en feisbuc es una chorrada como un piano. A menos que seas un escritor autopublicado que no vende un carajo y necesite de feisbuc para rascar una venta aquí o allí. Aunque si ese escritor autopublicado supiera que si no invierte un duro en publicidad sus publicaciones no las va a ver ni Dios, igual se lo piensa dos veces y acaba mandando al carajo feisbuc. En fin, no le rompamos la ilusión al pobre—.


Nos habíamos quedado en los mensajes.
Yo, como sabéis, seguía sumido en mi pequeña crisis, y los de feisbuc seguían insistiendo en que los que me siguen en redes hace mucho que no saben nada de mí y bla, bla, bla.
Así que decidí escribirles. A los de feisbuc.
A continuación os transcribo lo que dio de sí dicha conversación vía Messenger.
—Hola. ¿Feisbuc?
—Sí. ¿Quién eres?
—Soy Pedro Fabelo. Del blog Absurdamente.
—¿Quién?
—Pedro Fabelo.
—¿Se supone que eres alguien famoso?
—No. No lo soy. Deberíais saberlo. Por eso precisamente tengo feisbuc.
—¿Qué quieres decir con eso?
—Pues que si fuese alguien famoso no necesitaría de vuestra red social. Contrataría a un equipo de publicistas y ellos se encargarían de hacer los contactos pertinentes para que mi nombre y mi obra llegase adonde tiene que llegar.
—Ah. Claro. Bueno, ¿y qué quieres...? Perdona, ¿cómo dijiste que te llamabas?
—A ver, tíos. Tenéis mi nombre como titular de esta cuenta. ¿Tan difícil os resulta leer mi nombre en el encabezado de esta conversación? Se supone que sois una empresa multinacional con miles de empleados trabajando para vosotros en todas partes del mundo.
—Huy, si yo te contara...
—¿El qué? ¿Qué me tienes que contar?
—Prométeme que esto no saldrá de aquí.
—Vale. Te lo prometo —obviamente mentí. Pero tranquilos, cuando hice la promesa tenía los dedos cruzados. No pasa nada si cruzas los dedos mientras prometes cosas que no vas a cumplir. Fijaos en los políticos. No conozco a ninguno que no se pase el día con los dedos cruzados. Lo llevan en la sangre, los cabrones—.
—Está bien —escribió el de feisbuc—. La gente, cuando piensa en compañías como la nuestra, con presencia en casi todos los territorios del mundo mundial, se imagina unas infraestructuras de la leche, con suntuosas oficinas repletas de cubículos con centenares de curritos trabajando a destajo para que todo esto funcione. También se imaginan, junto a esos cubículos, un montón de despachos y salas de reuniones para los jefazos y los altos ejecutivos, donde curiosamente sí que funcionan los equipos de aire acondicionado y los del servicio de catering se esmeran en llevarles unos refrigerios de tal calidad que hasta los eructos que provocan huelen que alimentan. ¿Estoy en lo cierto?
—Pues sí. Siempre que pienso en empresas como la vuestra me imagino algo así, la verdad.
—Y seguro que también te imaginas cientos de miles de súper ordenadores trabajando a destajo, de los que salen millones de microconexiones que van a parar a la red de servidores ubicados en distintas partes del planeta.
—Sí. También me imagino algo así.
—Pues lamento desilusionarte, colega, pero ya puedes ir quitándote esa imagen de la cabeza. Ni somos un millón de gente trabajando para feisbuc ni tenemos unos súper ordenadores en plan la NASA.
—¿Ah, no?
—No. Para ser totalmente sincero contigo, apenas contamos con cinco ordenadores Pentium III del año del pedo conectados a un servidor instalado en la trastienda de una vaquería en Kazajistán.
—¿De veras?
—Sí. Y en cuanto al personal, en feisbuc no llegamos ni a diez tíos. Y eso contando con el jefazo, que no pega ni sello.
—¿Te refieres a Zucker...?
—¡Calla! ¡No digas su nombre!
—¿Por qué?
—¿No sabes que si dices su nombre en vano atraerás el armagedón?
—Venga ya. Exageras.
—No. No exagero. Por cierto, ¿quieres ir al grano? Estoy hasta arriba de curro y estos botones no se aprietan solos, ¿sabes? Tengo que dar salida a seiscientas cuarenta y dos fotos de capullos haciendo como que sujetan la torre de Pisa para que no se caiga, ¡y me está dando una pereza , tío!
—Vale. Iré al grano. Tengo un blog en Internet. De ahí que tenga la página de feisbuc, para promocionar mis publicaciones.
—¿Y pagas por publicitar tus publicaciones?
—No.
—Pues tío, lamento ser yo quien te lo diga pero, si no pagas, no te leerá ni Dios.
—¿Así de claro?
—Así de claro.
—Vaya.
—¿Decepcionado?
—Pues sí, la verdad. Confiaba en que dándolo todo y escribiendo contenidos de calidad sería cuestión de tiempo el darme a conocer, a mí y a mi obra.
—¡Mierda!
—¿Qué pasa?
—Se nos acaba de joder uno de los Pentium III. Lo siento, macho, pero tengo que dejarte. Y encima me toca a mí llamar al informático para darle el parte. Odio a ese tío. Es un vago del carajo. Seguro que me pregunta: ¿has probado a apagar y encender el PC? ¡Arrg, lo odio!

Y eso fue todo, amigos.
Conclusión: las cosas no son siempre como las imaginamos. A veces —la mayoría—, son incluso peores.