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jueves, 12 de enero de 2023

GRACIAS, ROSA BERROS CANURIA

 

 

Este año los reyes se han portado bastante bien conmigo. Me refiero a los Reyes Magos de Oriente, claro, no a los otros, que bastante tienen con lo que tienen como para andar preocupándose por un escritorzuelo del tres al cuarto.

Asumiendo el hecho de que el Día de Reyes está específicamente diseñado para hacer felices a los niños y las niñas, y al disfrute de padres y abuelos al ver las caras de alegría y felicidad de sus hijos o nietos al recibir sus regalos, de vez en cuando los adultos que no somos ni padres ni abuelos somos sorprendidos por regalos inesperados y maravillosos que obran el milagro de retrotraernos a aquellos años de nuestra infancia en que los protagonistas éramos nosotros.

Precisamente eso ha sido lo que me ha ocurrido a mí este año. Sin esperarlo, sin sospecharlo siquiera, la bloguera y reseñista Rosa Berros Canuria, administradora del blog Cuéntame una historia, me ha regalado una reseña de mi novela Un rockero de andar por casa. Os invito a que paséis a leerla pinchando aquí.


Cuando un escritor trabaja en su obra lo hace en la más absoluta soledad. Todo cuanto acontece en torno a ella se hace en la intimidad de su mente y de su rincón de trabajo, sin ojos u opiniones ajenas que lo puedan distraer de su labor. En ese proceso te sientes dios y amo, juez y parte; y te sientes libre, y feliz, y triste, y preso de la euforia, y también del desánimo, y orgulloso, y poderoso, y también fragil y extremadamente crítico; porque el camino de la creación no es un camino lineal sino más bien una carrera de obstáculos, con subidas y bajadas, con hallazgos y decepciones, con certezas y dudas, y con mucho trabajo, dedicación y esfuerzo. Y mientras permaneces inmerso en ese proceso vives como en una burbuja, un lugar en el que nada que venga de fuera importa. 

Pero llega un día en que esa obra en la que tanto esfuerzo y dedicación has invertido ha de alzar el vuelo y recalar en las mentes de tus lectores y tus críticos, y esa pequeña burbuja, en la que has vivido desde que comenzaste a escribir la primera palabra, explota, y ya no hay nada que se interponga entre tú y las opiniones ajenas.

Habrá opiniones favorables, pero también las habrá desfavorables. Lograrás emocionar y hacer felices a algunos, y cabrearás o decepcionarás a otros. Son las reglas del juego. Y has de aceptarlas si quieres formar parte de él. Desde luego, no conozco mejor medicina para el ego que someter tu trabajo al escrutinio ajeno. Y si tienes suerte y consigues que las opiniones favorables superen en número a las desfavorables, esa medicina te sabrá a gloria, y curará cualquier herida que el proceso creativo haya abierto en tu organismo. Y si ocurre lo contrario y fracasas, ante ti se te abrirán dos opciones: o aceptas la derrota y abandonas, o te recompones y te rebelas volviendo a encerrarte en tu mundo a pergeñar una nueva historia con la que desquitarte.

Yo, con esta última novela, ya llevo cuatro libros publicados. Y cada uno de ellos me ha supuesto una aventura, llena de momentos increíbles y maravillosos que, de no haberlo intentado la primera vez, me habría perdido.

Podría decir que todo ha sido genial y estupendo, pero estaría mintiendo si hiciese tal cosa. Detrás de cada libro hay un montón de dudas, miedos, frustraciones y decepciones, y esa permanente presencia de la sombra del fracaso sobrevolando sobre tu cabeza como un buitre carroñero. Pero también hay momentos de euforia contenida, de desbordante alegría o de inmensa satisfacción, cuando vendes un ejemplar de tu libro, cuando recibes mensajes de felicitación por haber lanzado un nuevo título al mercado o cuando uno de tus lectores decide invertir parte de su tiempo en dedicarte unas palabras para transmitirte lo que para él o para ella ha significado leer tu obra. Y esas sensaciones, esas emociones, no tienen precio.

Tal vez nunca consiga vivir de lo que escribo. Igual no merezco semejante privilegio. O igual no lucho lo suficiente por merecerlo. No soy muy amigo de las redes sociales —a veces me paso días sin entrar en Twitter o Facebook—, y tampoco soy de los que se pasan el día dando el coñazo con sus publicaciones. Antes, cuando aún existía la plataforma Google Plus, sí que me pasaba horas interactuando, leyendo publicaciones y visitando blogs ajenos. Claro que entonces no había publicado ningún libro. Y, de haber seguido en la misma dinámica, a buen seguro que aún no habría completado ni el primero.

Con esto quiero decir que, cuando decides hacerte una carrera literaria con cierta consistencia, debes elegir: o ejerces de bloguero o ejerces de escritor. Y yo elegí ejercer de escritor. De hecho, cuando monté el blog Absurdamente lo hice con esa intención: darme a conocer como autor y publicar mis propios libros.

Hoy, a punto de cumplir ocho años de aventura bloguera, puedo mirar la estantería de mi biblioteca y contemplar con orgullo cómo lucen, entre mi colección de libros, mis cuatro libros editados hasta el momento.

Gracias a todos los que han leído alguno de los adelantos gratuitos que tengo disponibles en la sección Mis libros, a todos los que han comprado algún ejemplar de esos cuatro libros publicados, y a todos los que, tanto pública como privadamente, me han hecho llegar sus opiniones. Sin vosotros, esta aventura no tendría ningún sentido.

Un abrazo.




martes, 22 de diciembre de 2020

¡YO HE VENIDO AQUÍ A HABLAR DE MIS LIBROS, COÑO!

 

La cosa es ésta: recibí una llamada para acudir de invitado a un programa de televisión. Lo presentaba Mercedes M., una prestigiosa periodista famosa por mostrarse excesivamente beligerante y antipática con gente anónima y, al mismo tiempo, excesivamente aduladora e indulgente, y hasta sumisa, con gente de cierta fama o prestigio.

Me llamó ella personalmente, Mercedes M. Nada de intermediarios. A mí me pareció bien y acepté la invitación. Así que acudí al programa.

Yo no era el único invitado. Compartí mesa con tres invitados más. Además, había público presente, al que se le invitaba a participar de vez en cuando en el debate, a solicitud de la presentadora. Y todos, presentadora, invitados y público, hablaron y hablaron y hablaron. Hablaban de esto y de lo otro, de cosas que a mí no me importaban un carajo, a decir verdad. Y mientras, de mis libros no se hablaba nada de nada. Y eso a mí me estaba poniendo de muy malhumor.

Pasaron treinta, cuarenta, cincuenta minutos, y toda aquella gente seguía allí hablando de sus cosas, que a mí seguían sin importarme un carajo, y nadie hablaba de mis libros. Hasta que me harté. Así que levanté la mano, decidido a pedir la vez. Ante todo educación. No soy un bárbaro.

Mercedes M. se percató de mi gesto, dejó con la palabra en la boca a uno del público que estaba hablando de no sé qué —ni lo sé ni me importa—, y se dirigió a mí en los siguientes términos.

—A ver, sí, Pedro Fabelo, que lleva la mano levantada hace un ratito...

No me gustó el tono. A pesar de ello, lo dejé pasar.

—A mí me has dicho, personalmente por teléfono, Mercedes, que yo venía aquí porque esta tarde se ha presentado mi libro, Absurdamente. Antología del absurdo Vol.III...

—A eso iba...

—...en un importante foro de Internet, y que se iba a hablar de mi libro. Estamos acabando el programa, y de mi libro, que está ahí, sobre la mesa, no se ha hablado ni se va a hablar para nada... (risas del público. Ignoro el motivo). Y por lo tanto, yo estoy dispuesto a levantarme y abandonar la mesa. Porque yo he venido aquí a hablar de mi libro, de los tres, la verdad, y no a hablar de lo que opine el personal, que me da lo mismo, porque para eso tengo mi blog en Internet, donde hablo de lo que me da la gana. De modo que, si no se habla de mi libro, me levanto ahora mismo y me voy.

—¿Qué querías decir de tu libro? —me pregunta Mercedes, claramente incómoda por mi reacción, lo que, francamente, me la trae al fresco.

—¿Cómo? —pregunto yo en tono decididamente beligerante.

—¿Que qué querías decir de tu libro?

—Lo que tú me preguntes —respondo en tono chulesco.

—No, yo es que iba a preguntarte, pero es que me has dejado tan... tan impresionada con tu speech, que no sé si...

Aquí ya perdí totalmente los estribos. Todos tenemos un límite, y el mío llegó hasta donde llegó.

—¡Es que pasa el tiempo, se acaba el tiempo, entra la publicidad, entran unos vídeos absurdos que todos hemos visto ya, y no se habla de mi libro! Pues entonces, ¿a qué he venido yo aquí? (Más risas del público. Y yo sigo sin entender de qué carajo se ríen). Yo cuando voy a un programa de televisión es que me pagan, porque yo no vengo a las televisiones como un paria, ¿comprendes?, gratuitamente. ¿Me entiendes? Si vengo es porque se va a hablar de un libro mío, o de los tres, como pretendía en esta ocasión...

—Eh... sí —Mercedes M. se dirige a alguien indeterminado de entre el público.

—¡Y ahora te diriges otra vez a un estudiante! —le espeto indignado—. ¡Pero yo no soy un estudiante! Yo hace treinta y tantos años que dejé de ser estudiante...

—Eso ya lo vemos...

—¡Me has prometido por teléfono que el tema del programa tenía que ver con mi libro! Y aquí no pasa nada con mi libro. Entonces, yo me voy. El que hagáis programas, que os pagan muy bien por cierto, y que os los llenemos gente que no cobramos un duro... ¡Ya está bien! O se habla de mi libro o me voy. Y se acabó.

Mercedes M. se me queda mirando con una sonrisa congelada en la jeta. A saber qué se le estará pasando por la cabeza en esos momentos. Doy por hecho que, de no ser yo Pedro Fabelo, y de haber sido uno de esos mindundis sin oficio ni beneficio que van a la televisión en busca de fama y fortuna, le habría faltado tiempo para machacarme y ponerme en evidencia delante de toda la audiencia. Pero yo no soy un mindundi. Para nada. Soy Pedro Fabelo, un escritor con tres libros en el mercado, y aunque no haya vendido un millón de ejemplares de cada uno de mis libros —ya quisiera yo—, aún tengo mi dignidad. Y me hago respetar, qué coño.

—No esperaba que hicieras eso conmigo... —dice ella en tono lastimero.

—Sí, sí, claro. Yo hago esto todos los días, ir a la tele a levantar la voz y a que se me suba la tensión...

—¿Algo más? ¿O podemos hablar un poco de tus libros?

—Lo que tú quieras —tomo un vaso de agua y bebo, porque esto de cogerme un empute sin necesidad me da mucha sed.

—No, yo es que estaría interesada en preguntarte algunas cosas de tus libros, pero, como te veo tan alterado, a lo mejor no tienes muchas ganas de hablar de tus libros...

—Yo siempre tengo ganas de hablar de mis libros. Por eso acepté tu invitación a venir, y no para escuchar al personal hablar de cosas que a mí, francamente, me la traen al pairo.

—Pues vale. De acuerdo. Habla de tu libro. Adelante. Todo tuyo.

—Señoras y señores, yo soy Pedro Fabelo, y tengo tres libros publicados. Los tres son cojonudos, muy divertidos y están a muy buen precio, tanto en su versión en papel como en su versión digital. Dadas las fechas en que nos encontramos, a las puertas de las navidades y Reyes, considero mis libros un regalo perfecto para aquellos lectores y lectoras que disfruten con el humor absurdo, la fina ironía y el sarcasmo típicamente anglosajón. A continuación les dejo unos enlaces donde podrán leer unos adelantos completamente gratuitos de los tres libros que componen mi trilogía Absurdamente, además de un enlace a la web de Amazon donde podrán adquirirlos si lo desean.


Absurdamente Vol.I

Puedes leer un adelanto gratis pinchando aquí.

Puedes comprar un ejemplar pinchando aquí.


Absurdamente Vol.II

Puedes leer un adelanto gratis pinchando aquí.

Puedes comprar un ejemplar pinchando aquí.


Absurdamente Vol.III

Puedes leer un adelanto gratis pinchando aquí.

Puedes comprar un ejemplar pinchando aquí.


Y bueno, esto ha sido todo por hoy. Por mi parte, nada más.

Ah, bueno, sí. Mi blog y yo os deseamos unas felices navidades en este año tan complicado que nos ha tocado vivir a todos. Comed, bebed y disfrutad, solos o en compañía, pero, por favor, protegeos y preservad las medidas de seguridad inherentes al Covid19. El próximo año paso lista. ¿No querréis enfadarme, verdad?





jueves, 26 de marzo de 2020

LA CASUALIDAD SIEMPRE LLAMA DOS VECES

Mis libros, escritos y maquetados con estas manitas que Dios me ha dado. La impresión y encuadernación no la hice yo, aclaro. Eso fue cosa de las imprentas de Amazon. A cada uno lo suyo.

 
Ayer miércoles, 25 de marzo de 2020, mientras curioseaba por la red en busca de algo que paliase los efectos de este confinamiento que, fruto del coronavirus, estamos padeciendo, me encontré con una publicación de Rosa Berros Canuria en Twitter donde se me nombraba.
Intrigado, hice click en la publicación. Al hacerlo, me encontré en el blog de Rosa, ante una reseña que, para mi sorpresa, había realizado con motivo de la lectura de mi segundo libro de relatos publicado en 2015.
Si os apetece acceder a la reseña, pinchad aquí.


Gratamente sorprendido, no sólo por el tiempo dedicado a leerme y escribir sobre sus impresiones sino por el cariño y la gentileza mostrada hacia mis letras, me sentí abrumado por la emoción.
Y es que, desde que empezó este confinamiento, había notado que mis ganas de escribir parecían haberse esfumado.
No es la primera vez que sufro una crisis creativa, es cierto. De ahí que no le concediese mayor importancia de la debida. Creía, o quería creer, que como me había sucedido en las crisis anteriores mis ganas de escribir volverían a mí en cualquier momento.
Lo que no sospeché es que esas ganas, esa creatividad que creía dormida, despertase de repente motivada por el sentimiento de agradecimiento que las letras de Rosa me habían infundido.
Fruto de ese sentimiento, me vi asaltado por unas ganas tremendas de volver a sentarme ante mi mesa de trabajo y garabatear unas letras. Esa breve avanzadilla quedó reflejada en el comentario que le dejé a Rosa en su blog.
Sin embargo, ya por la noche, en esa hora mágica en el que cuerpo y mente se relajan y las musas aprovechan para visitarnos, varias ideas acudieron a mí como mosquitos en una calurosa madrugada de verano.
Esta mañana, libreta en mano, trabajé los apuntes de la noche, y logré completar una pieza, un cuento corto, que, como no podía ser de otra manera, he resuelto dedicar a Rosa Berros Canuria, su instigadora.
Confío en que mi pequeña aportación consiga distraeros la mente y haceros olvidar los estragos de este tiempo tan extraño de confinamiento que a la humanidad entera nos ha tocado vivir.
Recibid un afectuoso saludo. Y, por favor, quedaos en casa. Con el esfuerzo de todos, saldremos de ésta.
Por cierto, si en algún momento os sentís aburridos y necesitáis echar mano de alguna lectura que consiga distraer la mente y apaciguar el espíritu, os dejo el enlace a los adelantos gratuitos de mis tres libros publicados hasta el momento. No hace falta que compréis nada. Tampoco estoy seguro de que Amazon envíe los libros a vuestras casas, al menos mientras siga vigente el confinamiento. Leed y, si os apetece, dejadme un comentario en el blog. Os lo agradeceré.
Podéis leer los adelantos gratuitos pinchando aquí.

Os dejo con el cuento corto:

LA CASUALIDAD SIEMPRE LLAMA DOS VECES
por Pedro Fabelo (2020)

Llaman a la puerta.
—Soy yo, Rosa.
Sin esperar reacción alguna, vuelven a llamar.
—Soy yo, Rosa.
Nuestra protagonista, de nombre Rosa Berros Canuria, reseñista para más señas —valga la redundancia—, precisamente deja una reseña a medio hacer en la mesa de su escritorio y se incorpora con desgana de su sillón ergonómico chachi piruli que protege su espalda al mismo tiempo que ataca sin piedad su economía. ¡Hay que ver qué caros son esos sillones ergonómicos chachi piruli, por el amor de Dios!
Rosa atraviesa el pasillo que conduce a la entrada de su domicilio y se detiene a la altura de la puerta principal.
—¿Quién es?
—Soy yo, la casualidad —se oye desde el otro lado de la puerta.
—¿Y cuál es la razón de que hayas llamado dos veces? ¿Acaso crees que estoy sorda?
—No, mujer. Es que la casualidad siempre llama dos veces, como Jack Nicholson.
La comparación con el protagonista de El cartero siempre llama dos veces alimentó las sospechas de Rosa.
—¿No serás un depredador sexual? —dijo Rosa.
—Oh, no. Las palabras, a pesar de lo que digan las abanderadas del feminismo más recalcitrante, somos asexuadas. Carecemos de instinto sexual. Nos limitamos a ser lo que la gente quiera que seamos; básicamente meros vehículos para expresar ideas, pensamientos, emociones o sensaciones.
—¿Y a qué has venido?
—He venido a recordarte que debes volver a leer a Pedro Fabelo.
—¿Y eso porqué?
—Ha pasado un año desde la última vez.
Aquella revelación provocó una sensación de asombro en Rosa, a la que siguió una consciencia plena de su propia mortalidad que la sumió en el desconcierto.
—¡Dios mío!, ¿un año ya?
—Sí, hija. ¡Cómo pasa el tiempo!, ¿eh? Y no sólo para vosotros, los humanos. Nosotras, las palabras, también sufrimos los inevitables estragos del paso del tiempo. Sin ir mas lejos, ahí tienes el ejemplo de mi tía abuela “azar”. No hace ni dos días que cumplió 425 años. No veas lo que nos costó poner las velas en la tarta. Para serte sincera, había más velas que tarta. Ésa es la verdad. Y no te lo pierdas, la pobre casi se nos asfixia soplando. Normal. Con 425 años una ya no tiene los pulmones de una chavala de 300 años.
—Claro, claro... —añadió Rosa de manera autómata, como si su subconsciente se empeñase en conceder carácter de normalidad a una situación que escapaba a toda lógica.
—Pero, ¿sabes qué? —prosiguió la casualidad—, después de todo valió la pena el esfuerzo. Ver la cara roja de felicidad y semiasfixia de mi tía abuela no tiene precio. Mi sobrina “eventualidad” grabó un vídeo con el móvil y pronto lo subirá a Youtube. Igual así nos ganamos unas perrillas, que siempre vienen bien para nuestra paupérrima economía.
—¡Qué me vas a contar a mí! —exclamó Rosa, al recordar que precisamente en esos días se le vencía la última letra para pagar su silla ergonómica chachi piruli pero cara de la leche.
—Por cierto, no puedo quedarme mucho tiempo —añadió casualidad—. Aún tengo que ir a la RAE a recoger mis regalías por derecho de autor correspondientes al año pasado.
—Perdona si me meto donde no me llaman. ¿Las palabras necesitáis dinero para subsistir? —preguntó Rosa picada por la curiosidad, que es así como una culebrilla de parecido aspecto al gusano de la lectura aunque no tan gorda ni mucho menos miope.
—Pues claro que necesitamos dinero para sobrevivir. ¿O es que te piensas que vivimos del cuento, como los políticos y la gente que va a contar gilipolleces a los programas de cotilleo de la tele?
Aquella revelación logró sumir a Rosa en el estupor, casi tanto como el experimentado por Amélie Nothomb cuando escribió sobre sus experiencias como chica de la limpieza en aquel rascacielos de Tokyo.
Además de estupor, Rosa notó que su mente se abría de par en par a un mundo desconocido para ella. En cierto modo, experimentó algo parecido a un religioso cuando cree percibir la llamada de la fe o a un colgado cuando se fuma un canuto del tamaño de un zepelín.
—Por cierto, Rosa, no me resisto a darte las gracias.
—¿Gracias? ¿Por qué?
—Por el respeto que demuestras hacia la palabra escrita. No creas que esas cosas nos pasan desapercibidas. Valoramos a la gente que nos ama y nos cuida. Por personas como tú nuestra existencia está garantizada.
—¿A quiénes te refieres exactamente con “personas como yo”?
—A aquellas personas que leen, que aman la literatura y le conceden a las palabras el valor que merecen. Vivimos tiempos adversos, Rosa, en el que la humanidad se encamina en vertiginoso ritmo hacia una deshumanización descontrolada, dejando sus vidas y sus destinos en manos de las máquinas. Mientras unos lo hacen por pereza otros lo hacen por aumentar sus beneficios económicos y su capacidad de controlarlo todo. Pero todos ellos olvidan algo. Algo esencial. Olvidan que por muy sofisticados que sean los robots o los programas informáticos que los sustenten, jamás podrán sustituir una parte esencial del ser humano.
—¿Cuál?
—Su creatividad.
Rosa asintió, satisfecha en su fuero interno por coincidir de pleno con el pensamiento de su interlocutora.
—¿Sabes que para ser una palabra posees una gran sabiduría?
—Las palabras escondemos más de lo que mostramos. Somos como icebergs del conocimiento. En cierto modo, me recuerdan a los cuentos de Pedro Fabelo. Esconden más de lo que muestran.
—¿Has leídos sus tres libros dedicados al humor absurdo?
—Sí, claro.
—¿Y qué te han parecido?
—Han conseguido sorprenderme, la verdad. Me esperaba algo más banal y estúpido. Una sucesión de chistes sin más. Pero, bajo la aparente sencillez de ciertas piezas, se esconde una crítica bastante ácida y mordaz sobre un montón de males que aquejan a la sociedad contemporánea.
En este punto, Rosa se mostró orgullosa de su criterio como lectora.
—¿Qué te pensabas, que iba a perder mi tiempo en leer algo tonto y carente de calidad literaria? Para que lo sepas, mi montaña de libros pendientes de lectura podría competir en tamaño y densidad con la montaña mágica de Thomas Mann.
—Te creo.
—Eso me recuerda que debo seguir con mi trabajo. Aún debo hacer un par de reseñas para Moon Magazine.
—Desde luego. Y yo he de ir a cobrar mi dinerito. A ver si consigo hacer el ingreso antes de que me cierre el banco, que menudos son. Adiós, Rosa.
—Adiós, casualidad.
Y colorin colorado, este cuento se ha acabado; pues acabo de recordar que yo también he de ir al banco a pagar una de las letras de mi cómodo —aunque caro— sillón ergonómico chachi piruli.

FIN



miércoles, 12 de febrero de 2020

EL HUMOR Y LA PALABRA

Mi ejemplar de "La conjura de los necios" junto a otros libros de mi colección. De fondo, mis libros de Woody Allen, Paul Auster, Bukowski e Italo Calvino.
 
La semana pasada publiqué un artículo en el que confesaba mi odio eterno hacia el ejercicio físico.
Lo primero que he de decir es que nunca debéis tomar demasiado en serio las palabras de un escritor. No es que mintamos, pero lo que escribimos no siempre se ajusta a lo que pensamos o lo que sentimos realmente. Todo vale cuando de lo que se trata es de entretener y, en ocasiones, provocar unas risas.
A propósito de esto último, una de las mejores herramientas para el humor consiste en la exageración. Deformar la realidad, estirarla como un chicle o manipularla como una masa panadera antes de darle forma e introducirla en el horno es la base del arte. Del mismo modo en que un escultor moldea el material hasta dar forma a su pieza artística, nosotros moldeamos el lenguaje para dar forma a nuestros escritos. Y, como ocurre con los escultores o los pintores, el fruto de nuestro arte no siempre se ajusta a algo real o reconocible.
El arte no consiste en hacer una copia exacta de la realidad. El artista debe tomar la realidad y moldearla a su gusto, y fruto de esa manipulación ofrecer una obra que transmita algo al receptor.
Aristóteles, que era un hombre muy sabio que siempre iba en sandalias, sostenía que el arte imita a la vida. Imitar no es copiar con exactitud. ¿Qué sentido tendría copiar exactamente algo que no me gusta? Para eso, mejor me quedo con el original antes que con la copia, ¿no?
La realidad, como tal, está llena de imperfecciones. En el mundo real los perdedores nunca ganan, ni sus vidas son tan interesantes ni motivadoras como lo pudieran ser las de los triunfadores. Sin embargo, en el arte sí que puedes lograr transformar en héroe a alguien nacido en el lado equivocado de la historia. Incluso, si dispones del talento suficiente y lo trabajas, puedes hacer que un perdedor sirva de inspiración a gente que vive ahogada en la marea de lo cotidiano.
Tomemos como ejemplo a Ignatius Reilly, el protagonista de esa maravillosa novela que es La conjura de los necios, de John Kennedy Toole. Si lo vemos por el tamiz de lo real, Ignatius no deja de ser un gordo friki, haragán, con aires de suficiencia y desprecio por el género humano, además de masturbador compulsivo. Con semejantes credenciales uno podría pensar que se trata de un personaje poco interesante para protagonizar una novela. Sus costumbres y sus constantes salidas de tono invitan al rechazo. Sin embargo, gracias al enorme talento mostrado por su creador y a su maestría a la hora de dibujar al personaje y su entorno, acabamos aceptando a Ignatius como un antihéroe, un pobre diablo caprichoso y enfebrecido por sus delirios de grandeza que nos regala impagables momentos de hilaridad cómica y que, en una vuelta de tuerca digna de un contorsionista, hasta consigue mover a la compasión.
El humor es un arte complejo. Lo es, entre otras cosas, porque no todos tenemos el mismo sentido del humor. Otro de los rasgos que inciden en su complejidad es que, según de qué tipo de humor se trate, se exigirá un cierto bagaje cultural por parte del receptor, a fin de que pille la broma.
Hace tiempo, durante el primer año de vida del blog, publicaba cuentos y piezas de humor absurdo de mi autoría. Todas inéditas. Algunas acabaron formando parte de mis tres libros de relatos publicados hasta el momento —Bep. Bep. Beep. Momento para la publicidad encubierta. Ejem. Tengo tres libros autoeditados en Amazon: ABSURDAMENTE Antología del absurdo Vol. 1, 2 y 3. Están a muy buen precio, oiga. Y son la mar de divertidos. A la gente que los compra le gustan tanto que hasta se hacen fotos con ellos y me las envían. ¿No me creéis? ¡Qué desconfiados sois, por el amor de Dios! Pinchad en este enlace, incrédulos. PINCHA AQUÍ y AQUÍ. Ah, y si quieres comprarlos, PINCHA AQUÍ, AQUÍ y AQUÍ. Gracias por preferirnos. Fin del Momento para la publicidad encubierta. Bep. Bep. Beep—.
¿Y porqué decía esto de mis primeros escritos en el blog? Pues porque en aquellos primeros tiempos de mis inicios también recibía comentarios de los lectores. El 99,99% de esos comentarios eran positivos. Y en el 0,01% restante, se hallaba uno que decía algo así como: «No lo entiendo».
Recuerdo haber leído en algún sitio una frase atribuida a Frank Zappa —ya sabéis que adoro a este tío—, a propósito de alguien que decía no pillar el concepto de su música. En su respuesta, Zappa decía: «Si no lo pillas, es porque no tenías que pillarlo».
Vaya por delante que soy de los que opinan que los chistes jamás deben ser explicados. Eso les quitaría magia, y convertirían en algo carente de sentido los esfuerzos del artista por hacer algo original y divertido violentando las reglas de lo convencional.
Así que, si en algún momento lees algo mío y no le pillas el rollo, no te preocupes. Igual es que no tenías que pillarlo.
Y para que veáis que no siempre digo lo que pienso, la próxima semana hablaré de los aspectos positivos de ir a caminar (que los tiene).



jueves, 21 de noviembre de 2019

GRACIAS, ROSA BERROS CANURIA

Cabecera del blog de Rosa Berros Canuria

Siguiendo con esta buena costumbre de agradecer de manera pública y notoria —es decir, bajo notario—, la compra de alguno de mis libros por parte de almas generosas, hoy me complace dar las gracias públicamente a Rosa Berros Canuria.
Nunca agradeceré lo suficiente el que personas como ella decidan rascarse el bolsillo —algo que no siempre resulta sencillo, habida cuenta de lo mal que anda la economía para los que no somos políticos ni formamos parte del Consejo de Administración de una eléctrica—, con intención de adquirir alguno de mis libros.
Para todas esas personas sólo tengo palabras de agradecimiento, y un único deseo: que mis letras les hagan olvidar, o aparcar por un rato, toda la fealdad del mundo que nos rodea a diario.
Obviamente no conozco a todas las personas que han adquirido y siguen adquiriendo alguno de mis libros. De muchos jamás llegaré a saber sus nombres, ni cómo llegaron a mí o a mis libros. Eso es algo que les pasa al 100% de los escritores, no sólo a mí. Tampoco sabré si, una vez leídos, les gustó lo que leyeron, si disfrutaron de mis historias, de mi manera tan particular de hacer humor, con el absurdo siempre presente. En definitiva: nunca sabré si a esos lectores anónimos les mereció la pena el tiempo y el dinero que generosamente me dedicaron.
Pero basta de hablar de mí. ¡Ni que me hubiese poseído el espíritu de Francisco Umbral, por Dios!
Aquí de lo que se trata es de agradecer públicamente a Rosa Berros Canuria su gesto. Y eso voy a hacer.
Realmente no tengo muy claro cómo nos conocimos Rosa y yo. Sé que ambos hemos colaborado para la misma revista, Moon Magazine, sabiamente dirigida por la gran Txaro Cárdenas. Rosa aún sigue colaborando allí. De lo que ya no estoy tan seguro es de si llegamos a coincidir en la misma etapa. Yo tuve que abandonar la revista a principios de 2016, a raíz de la grave enfermedad de mi abuelo.
Sea como fuere, el caso es que un buen día Rosa se dejó caer por mi blog, leyó una de mis entradas y la comentó. Con el tiempo, esas visitas se fueron repitiendo, hasta el punto de convertirse en una asidua, dejando amables y generosos comentarios a cada nueva entrada que subía.
Un día me escribió: «Acabo de comprarme tu primer libro de relatos. En cuanto lo lea, te haré una reseña en mi blog».
Dicho y hecho. A las pocas semanas, me hizo llegar un enlace a la citada reseña. Os dejo el enlace por si queréis echarle un vistazo:


Reseña de Absurdamente Vol. I por Rosa Berros Canuria. PINCHA AQUí

En cuanto a Rosa, sólo puedo hablar cosas buenas de ella. Por las conversaciones que hemos tenido sé que es una persona sencilla y cercana, que atesora un gran bagaje cultural, no en vano se dedicó a la enseñanza, y que una de las cosas que más disfruta en la vida es leer un buen libro. Me alegró saber por su reseña que mi libro no la defraudó.
Mientras me documentaba para la redacción de este post, me puse a curiosear por el blog de Rosa, de nombre Cuéntame una historia.
En él encontré una sección, llamada In memoriam, en la que Rosa rinde su particular homenaje a personas, principalmente relacionadas con el mundo de la cultura, que desgraciadamente nos van dejando. Me leí algunos de esos artículos —Tony Morrison, Philip Roth—, hasta que hubo uno que me llamó especialmente la atención. En él, Rosa hablaba de su padre, recientemente fallecido.
A través del emotivo recorrido vital que Rosa hace de su padre, y de su especial relación con él, conocí a la propia Rosa. Por sus letras supe que es una persona tímida —¡bienvenida al club!—, que se reconoce cabezota —como su padre—, y que de él no sólo heredó su cabezonería y su honradez, sino su curiosidad por los libros. Rosa nos habla de la colección de libros que su padre atesoraba desde su propia infancia y adolescencia, con Salgari, Burroughs y Verne a la cabeza, y de como esa colección despertó en ella su afición lectora, la cual, una vez adquirida, procuró contagiar a su hermana.
Porque ése es el verdadero poder de las letras: la capacidad de transmitir emociones, sensaciones, vivencias, anhelos y sueños; también miedos, decepciones, dolor e ira. Porque la vida no siempre es fácil vivirla. A veces se nos hace cuesta arriba enfrentarnos a lo que nos depara, desafiando nuestra comprensión y nuestra resiliencia. De ahí que, aquellos que tenemos la gran suerte de poder escapar de todo lo feo que nos rodea gracias al poder de las letras, agradezcamos infinitamente el que siempre haya un libro nuevo por descubrir, o uno que ya hemos leído para regresar a él y hallar cobijo entre sus páginas.
Yo, como autor autoeditado, sólo puedo darte las gracias, querida Rosa, por haber confiado en mí y en mis historias. Me alegra haber podido saber de primera mano, gracias a tu testimonio, que mis letras consiguieron contigo su principal objetivo: entretener, divertir e invitar a la reflexión.
Gracias, Rosa.

jueves, 29 de agosto de 2019

UN APERITIVO

Cartel publicitario en parada de bus

Como ya adelanté en mis redes sociales —lo sé, pero, así es como se denominan, ¿no?, a pesar de que, si no te gastas pasta en promocionar tus publicaciones, más que redes sociales son redecillas agujereadas que llegan a tres de cada cien contactos que tengas. Eso sí, son gratis, no nos quejemos—.
Como os decía, hace un par de días anticipé mi regreso al mundo bloguero. La fecha prevista para el citado regreso será la próxima semana, coincidiendo con el inicio de septiembre.
Lo he hecho así pensando en el regreso de las vacaciones de muchos de vosotros.
Y para ir abriendo boca he decidido volver a subir el booktrailer que hice en su día con intención de promocionar mi trilogía de libros dedicados al humor absurdo.
Tanto para los que aún no lo habéis visto como para aquellos que os habéis dejado caer por aquí recientemente y no sabéis nada de mí ni de mi obra, os lo recomiendo. Como no tengo abuelas, no me duelen prendas al asegurar que el booktrailer está de puta madre; es divertido, dinámico y está repleto de chistes. Y por si todo eso no fuesen suficientes alicientes, ahí va otro más: ¡hasta sale un mono!
Dime la verdad, ¿te lo vas a perder? Yo, aunque sólo sea por lo del mono, no me lo perdería.
Nos vemos aquí la semana que viene. Ojo que paso lista, ¿eh?

Aquí tenéis el booktrailer (ya veréis qué guapo):