Este año los reyes se han portado bastante bien conmigo. Me refiero a los Reyes Magos de Oriente, claro, no a los otros, que bastante tienen con lo que tienen como para andar preocupándose por un escritorzuelo del tres al cuarto.
Asumiendo el hecho de que el Día de Reyes está específicamente diseñado para hacer felices a los niños y las niñas, y al disfrute de padres y abuelos al ver las caras de alegría y felicidad de sus hijos o nietos al recibir sus regalos, de vez en cuando los adultos que no somos ni padres ni abuelos somos sorprendidos por regalos inesperados y maravillosos que obran el milagro de retrotraernos a aquellos años de nuestra infancia en que los protagonistas éramos nosotros.
Precisamente eso ha sido lo que me ha ocurrido a mí este año. Sin esperarlo, sin sospecharlo siquiera, la bloguera y reseñista Rosa Berros Canuria, administradora del blog Cuéntame una historia, me ha regalado una reseña de mi novela Un rockero de andar por casa. Os invito a que paséis a leerla pinchando aquí.
Cuando un escritor trabaja en su obra lo hace en la más absoluta soledad. Todo cuanto acontece en torno a ella se hace en la intimidad de su mente y de su rincón de trabajo, sin ojos u opiniones ajenas que lo puedan distraer de su labor. En ese proceso te sientes dios y amo, juez y parte; y te sientes libre, y feliz, y triste, y preso de la euforia, y también del desánimo, y orgulloso, y poderoso, y también fragil y extremadamente crítico; porque el camino de la creación no es un camino lineal sino más bien una carrera de obstáculos, con subidas y bajadas, con hallazgos y decepciones, con certezas y dudas, y con mucho trabajo, dedicación y esfuerzo. Y mientras permaneces inmerso en ese proceso vives como en una burbuja, un lugar en el que nada que venga de fuera importa.
Pero llega un día en que esa obra en la que tanto esfuerzo y dedicación has invertido ha de alzar el vuelo y recalar en las mentes de tus lectores y tus críticos, y esa pequeña burbuja, en la que has vivido desde que comenzaste a escribir la primera palabra, explota, y ya no hay nada que se interponga entre tú y las opiniones ajenas.
Habrá opiniones favorables, pero también las habrá desfavorables. Lograrás emocionar y hacer felices a algunos, y cabrearás o decepcionarás a otros. Son las reglas del juego. Y has de aceptarlas si quieres formar parte de él. Desde luego, no conozco mejor medicina para el ego que someter tu trabajo al escrutinio ajeno. Y si tienes suerte y consigues que las opiniones favorables superen en número a las desfavorables, esa medicina te sabrá a gloria, y curará cualquier herida que el proceso creativo haya abierto en tu organismo. Y si ocurre lo contrario y fracasas, ante ti se te abrirán dos opciones: o aceptas la derrota y abandonas, o te recompones y te rebelas volviendo a encerrarte en tu mundo a pergeñar una nueva historia con la que desquitarte.
Yo, con esta última novela, ya llevo cuatro libros publicados. Y cada uno de ellos me ha supuesto una aventura, llena de momentos increíbles y maravillosos que, de no haberlo intentado la primera vez, me habría perdido.
Podría decir que todo ha sido genial y estupendo, pero estaría mintiendo si hiciese tal cosa. Detrás de cada libro hay un montón de dudas, miedos, frustraciones y decepciones, y esa permanente presencia de la sombra del fracaso sobrevolando sobre tu cabeza como un buitre carroñero. Pero también hay momentos de euforia contenida, de desbordante alegría o de inmensa satisfacción, cuando vendes un ejemplar de tu libro, cuando recibes mensajes de felicitación por haber lanzado un nuevo título al mercado o cuando uno de tus lectores decide invertir parte de su tiempo en dedicarte unas palabras para transmitirte lo que para él o para ella ha significado leer tu obra. Y esas sensaciones, esas emociones, no tienen precio.
Tal vez nunca consiga vivir de lo que escribo. Igual no merezco semejante privilegio. O igual no lucho lo suficiente por merecerlo. No soy muy amigo de las redes sociales —a veces me paso días sin entrar en Twitter o Facebook—, y tampoco soy de los que se pasan el día dando el coñazo con sus publicaciones. Antes, cuando aún existía la plataforma Google Plus, sí que me pasaba horas interactuando, leyendo publicaciones y visitando blogs ajenos. Claro que entonces no había publicado ningún libro. Y, de haber seguido en la misma dinámica, a buen seguro que aún no habría completado ni el primero.
Con esto quiero decir que, cuando decides hacerte una carrera literaria con cierta consistencia, debes elegir: o ejerces de bloguero o ejerces de escritor. Y yo elegí ejercer de escritor. De hecho, cuando monté el blog Absurdamente lo hice con esa intención: darme a conocer como autor y publicar mis propios libros.
Hoy, a punto de cumplir ocho años de aventura bloguera, puedo mirar la estantería de mi biblioteca y contemplar con orgullo cómo lucen, entre mi colección de libros, mis cuatro libros editados hasta el momento.
Gracias a todos los que han leído alguno de los adelantos gratuitos que tengo disponibles en la sección Mis libros, a todos los que han comprado algún ejemplar de esos cuatro libros publicados, y a todos los que, tanto pública como privadamente, me han hecho llegar sus opiniones. Sin vosotros, esta aventura no tendría ningún sentido.
Un abrazo.

