La cosa es ésta: recibí una llamada para acudir de invitado a un programa de televisión. Lo presentaba Mercedes M., una prestigiosa periodista famosa por mostrarse excesivamente beligerante y antipática con gente anónima y, al mismo tiempo, excesivamente aduladora e indulgente, y hasta sumisa, con gente de cierta fama o prestigio.
Me llamó ella personalmente, Mercedes M. Nada de intermediarios. A mí me pareció bien y acepté la invitación. Así que acudí al programa.
Yo no era el único invitado. Compartí mesa con tres invitados más. Además, había público presente, al que se le invitaba a participar de vez en cuando en el debate, a solicitud de la presentadora. Y todos, presentadora, invitados y público, hablaron y hablaron y hablaron. Hablaban de esto y de lo otro, de cosas que a mí no me importaban un carajo, a decir verdad. Y mientras, de mis libros no se hablaba nada de nada. Y eso a mí me estaba poniendo de muy malhumor.
Pasaron treinta, cuarenta, cincuenta minutos, y toda aquella gente seguía allí hablando de sus cosas, que a mí seguían sin importarme un carajo, y nadie hablaba de mis libros. Hasta que me harté. Así que levanté la mano, decidido a pedir la vez. Ante todo educación. No soy un bárbaro.
Mercedes M. se percató de mi gesto, dejó con la palabra en la boca a uno del público que estaba hablando de no sé qué —ni lo sé ni me importa—, y se dirigió a mí en los siguientes términos.
—A ver, sí, Pedro Fabelo, que lleva la mano levantada hace un ratito...
No me gustó el tono. A pesar de ello, lo dejé pasar.
—A mí me has dicho, personalmente por teléfono, Mercedes, que yo venía aquí porque esta tarde se ha presentado mi libro, Absurdamente. Antología del absurdo Vol.III...
—A eso iba...
—...en un importante foro de Internet, y que se iba a hablar de mi libro. Estamos acabando el programa, y de mi libro, que está ahí, sobre la mesa, no se ha hablado ni se va a hablar para nada... (risas del público. Ignoro el motivo). Y por lo tanto, yo estoy dispuesto a levantarme y abandonar la mesa. Porque yo he venido aquí a hablar de mi libro, de los tres, la verdad, y no a hablar de lo que opine el personal, que me da lo mismo, porque para eso tengo mi blog en Internet, donde hablo de lo que me da la gana. De modo que, si no se habla de mi libro, me levanto ahora mismo y me voy.
—¿Qué querías decir de tu libro? —me pregunta Mercedes, claramente incómoda por mi reacción, lo que, francamente, me la trae al fresco.
—¿Cómo? —pregunto yo en tono decididamente beligerante.
—¿Que qué querías decir de tu libro?
—Lo que tú me preguntes —respondo en tono chulesco.
—No, yo es que iba a preguntarte, pero es que me has dejado tan... tan impresionada con tu speech, que no sé si...
Aquí ya perdí totalmente los estribos. Todos tenemos un límite, y el mío llegó hasta donde llegó.
—¡Es que pasa el tiempo, se acaba el tiempo, entra la publicidad, entran unos vídeos absurdos que todos hemos visto ya, y no se habla de mi libro! Pues entonces, ¿a qué he venido yo aquí? (Más risas del público. Y yo sigo sin entender de qué carajo se ríen). Yo cuando voy a un programa de televisión es que me pagan, porque yo no vengo a las televisiones como un paria, ¿comprendes?, gratuitamente. ¿Me entiendes? Si vengo es porque se va a hablar de un libro mío, o de los tres, como pretendía en esta ocasión...
—Eh... sí —Mercedes M. se dirige a alguien indeterminado de entre el público.
—¡Y ahora te diriges otra vez a un estudiante! —le espeto indignado—. ¡Pero yo no soy un estudiante! Yo hace treinta y tantos años que dejé de ser estudiante...
—Eso ya lo vemos...
—¡Me has prometido por teléfono que el tema del programa tenía que ver con mi libro! Y aquí no pasa nada con mi libro. Entonces, yo me voy. El que hagáis programas, que os pagan muy bien por cierto, y que os los llenemos gente que no cobramos un duro... ¡Ya está bien! O se habla de mi libro o me voy. Y se acabó.
Mercedes M. se me queda mirando con una sonrisa congelada en la jeta. A saber qué se le estará pasando por la cabeza en esos momentos. Doy por hecho que, de no ser yo Pedro Fabelo, y de haber sido uno de esos mindundis sin oficio ni beneficio que van a la televisión en busca de fama y fortuna, le habría faltado tiempo para machacarme y ponerme en evidencia delante de toda la audiencia. Pero yo no soy un mindundi. Para nada. Soy Pedro Fabelo, un escritor con tres libros en el mercado, y aunque no haya vendido un millón de ejemplares de cada uno de mis libros —ya quisiera yo—, aún tengo mi dignidad. Y me hago respetar, qué coño.
—No esperaba que hicieras eso conmigo... —dice ella en tono lastimero.
—Sí, sí, claro. Yo hago esto todos los días, ir a la tele a levantar la voz y a que se me suba la tensión...
—¿Algo más? ¿O podemos hablar un poco de tus libros?
—Lo que tú quieras —tomo un vaso de agua y bebo, porque esto de cogerme un empute sin necesidad me da mucha sed.
—No, yo es que estaría interesada en preguntarte algunas cosas de tus libros, pero, como te veo tan alterado, a lo mejor no tienes muchas ganas de hablar de tus libros...
—Yo siempre tengo ganas de hablar de mis libros. Por eso acepté tu invitación a venir, y no para escuchar al personal hablar de cosas que a mí, francamente, me la traen al pairo.
—Pues vale. De acuerdo. Habla de tu libro. Adelante. Todo tuyo.
—Señoras y señores, yo soy Pedro Fabelo, y tengo tres libros publicados. Los tres son cojonudos, muy divertidos y están a muy buen precio, tanto en su versión en papel como en su versión digital. Dadas las fechas en que nos encontramos, a las puertas de las navidades y Reyes, considero mis libros un regalo perfecto para aquellos lectores y lectoras que disfruten con el humor absurdo, la fina ironía y el sarcasmo típicamente anglosajón. A continuación les dejo unos enlaces donde podrán leer unos adelantos completamente gratuitos de los tres libros que componen mi trilogía Absurdamente, además de un enlace a la web de Amazon donde podrán adquirirlos si lo desean.
Absurdamente Vol.I
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Absurdamente Vol.II
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Absurdamente Vol.III
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Y bueno, esto ha sido todo por hoy. Por mi parte, nada más.
Ah, bueno, sí. Mi blog y yo os deseamos unas felices navidades en este año tan complicado que nos ha tocado vivir a todos. Comed, bebed y disfrutad, solos o en compañía, pero, por favor, protegeos y preservad las medidas de seguridad inherentes al Covid19. El próximo año paso lista. ¿No querréis enfadarme, verdad?



