Mostrando entradas con la etiqueta Charles Bukowski. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Charles Bukowski. Mostrar todas las entradas

jueves, 8 de junio de 2023

CINE Y LITERATURA (2)

 

Colin Firth y Jude Law en una escena de "El editor de libros"


Hoy he venido aquí a hablar de mi libro... Nah, es broma. Aunque, bien mirado, igual sí que debería escribir un nuevo post hablando de mi libro. No me pasé cinco largos años dándole forma, escribiendo y corrigiendo como un loco desquiciado para ver, impasible, cómo las ventas hasta el momento apenas cubren el coste del par de bolis Bic que usé durante su redacción y sucesivas correcciones.

Pero no es de mi libro de lo que quiero hablar en este nuevo post, sino de una nueva entrega de esa especial conexión que une el cine y la literatura. En esta ocasión las películas elegidas son El editor de libros y Factotum.

Empezamos pues.


El editor de libros (2016)

Lo primero que destacaría es el magnífico reparto que compone esta película, que incluye a actores tan solventes como Colin Firth, Jude Law, Nicole Kidman o Guy Pearce. Dicho esto, la película narra la intensa y estrecha relación que unió al escritor Thomas Wolfe con Max Perkins, uno de los editores más importantes y decisivos de su tiempo, que lanzó las carreras de escritores tan exitosos y admirados como F. Scott Fitzgerald o Ernest Hemingway.

Perkins, magníficamente interpretado por Colin Firth, se caracterizaba por apostar de manera decidida y apasionada por aquellos escritores a los que consideraba talentosos. A lo largo de la cinta seremos testigos de la estrecha relación que acabó manteniendo con su protegido, un joven y apasionado Thomas Wolfe, interpretado por Jude Law, quien, tras sufrir el rechazo sistemático a su obra por parte de toda suerte de editores y editoriales, logra dar al fin con el editor ideal en la figura de Perkins, quien no sólo ve en el manuscrito de El ángel que nos mira un texto excepcional, sino que, yendo más allá, logra ver en Wolfe a un escritor soberbio.


 La relación que mantienen ambos, escritor y editor, logra traspasar el terreno de lo profesional y adentrarse en el terreno personal, lo que hace que
Perkins llegue a integrar a Wolfe en su vida familiar. Sin embargo, el carácter volcánico y apasionado de Wolfe no le pone las cosas fáciles a su editor, por lo que la relación que ambos mantienen atraviesa diversos tiras y aflojas a lo largo de la película, llegando a momentos de auténtico desencuentro.

Como dato personal admito mi total admiración por Colin Firth, al que considero uno de los mejores actores de su generación. Ni sé la de películas suyas que habré visto, y en todas ellas he sentido que humaniza a los personajes que interpreta. Es de esos actores que logran ejercer un magnetismo hipnótico en el espectador —al menos conmigo lo consigue—, lo que hace que mantengas tus ojos fijos en la pantalla por el tiempo que él aparece en ella. Como dato adicional resaltar que, además de buen actor, en lo personal es un tipo amable y cercano, tal y como señaló Toni García en su libro Mata a tus ídolos, libro ameno y entretenido que he leído ya dos veces y en el que su autor narra su experiencia personal con actores, directores y personalidades varias del mundo del cine y la música, y donde no deja en muy buen lugar a divos insoportables y egocéntricos como Lenny Kravitz o Ben Kingsley, este último empeñado de manera ridícula y grosera en que lo traten de “sir” a la hora de dirigirse a su augusta persona (menudo imbécil).

Jude Law también está magnífico en su papel de histriónico y apasionado escritor consumido por su propio talento. Habrá quien lo considere excesivo, pero a mí logró transmitirme la sensación de que los genios se conducen por la vida con un código moral y ético diferente al común de los mortales. Algo parecido aportaba Woody Allen en su magnífica Balas sobre Broadway, cuando ponía en boca de uno de sus personajes, un escritor más bien mezquino y egocéntrico, que “los genios tenemos nuestro propio código moral”, justificando, de paso, el hecho de acostarse con la mujer de su mejor amigo.

En conclusión, considero El editor de libros una muy buena película, ideal para adentrar al espectador en los entresijos del mundo editorial y de la creación literaria, entender la labor de un buen editor a la hora de pulir las aristas de ciertos manuscritos sin resultar invasivo o excesivamente intervencionista, y ver cómo se interrelacionan personas que son como las dos caras de una misma moneda unidas en un frente común: llevar el fruto del artista a lo más alto del éxito.

Factótum (2005)

Basada en el libro autobiográfico del mismo título escrito y publicado por Charles Bukowski en 1975, Factotum está protagonizada por Matt Dillon, Marisa Tomei, Lili Taylor y Fisher Stevens, entre otros.

Escrita tras Cartero, Factotum es la segunda novela de Bukowski. En ella, al igual que en la primera, Bukowski narra sus fallidos intentos de ganarse la vida como escritor, enviando cientos de cuentos y poemas a revistas literarias de todo el país con la esperanza de ver publicada alguna de sus creaciones literarias. Entre medias, da perfecta cuenta de sus largas noches de borrachera y sexo desenfrenado, de los cientos de oficios aburridos y mal pagados que se ve obligado a aceptar para poder pagar el alquiler y mantenerse, y de sus febriles y adictivas jornadas en el hipódromo, haciendo toda clase de apuestas que le permitan ganarse un dinero extra con el que seguir financiando sus adicciones.

Matt Dillon haciendo de Bukowski en "Factotum"

 

La película es bastante fiel al libro, pues lleva a imágenes en movimiento hechos y situaciones que Bukowski narra con la precisión de cirujano entre las páginas de su novela. Sin embargo, yo siempre he tenido un pequeño problema con esta película, y es que, desde la primera vez que la vi, sentí que Matt Dillon no era el actor más adecuado para interpretar a un joven y desquiciado Bukowski. Para ese papel yo siempre pensé en alguien como Billy Bob Thorton, a quien había visto unos años antes en la película Bad Santa, donde interpretaba de manera magistral a un borrachuzo y pendenciero buscavidas que trabaja de Santa Claus en Centros Comerciales y Grandes Almacenes en los periodos navideños, al tiempo que planea y ejecuta pequeños robos en los mismos comercios donde trabaja. Thorton borda el papel, y desde entonces lo vi como una encarnación perfecta de Bukowski en la gran pantalla.

Con todo, Dillon no lo hace mal del todo. De hecho, una vez te acostumbras a su presencia y conforme la película va avanzando, consigues dejar atrás esa reticencia inicial y meterte de lleno en la trama y los curiosos personajes que transitan por ella.

Bukowski aprovechaba cualquier momento del día para escribir. Está claro que hacía honor a esa famosa frase que reza: "Un escritor lo es las veinticuatro horas del día".

 

Tanto si has leído a Bukowski como si no, considero esta película una buena manera de adentrarte en el particular universo de un autor que, con su particular estilo, logró seducir a una legión de lectores cada vez más numerosa en todo el mundo, y que llega hasta nuestros días, pues sus libros no dejan de reeditarse y su figura de reivindicarse, lo cual no deja de ser irónico, ya que el propio Bukowski dejó escrito en su lápida la lacónica sentencia “no lo intentes”. Desde luego, genio y figura hasta la sepultura.




jueves, 30 de marzo de 2023

EVASIÓN Y VICTORIA

 


Como cada mañana, leo distintos periódicos de prensa online. Y como cada mañana, también, veo que el mundo va de mal en peor. Crisis económica mundial —siempre estuvo ahí—, crisis energética —otra vez—, crisis de valores —nada nuevo bajo el sol—, crisis de empleo —los que más tienen se resisten a compartir y siguen sin ver nada malo en querer ganar mucho más de lo que ya ganan y que no podrán gastar ni en tres vidas que viviesen—, crisis humanitaria fruto de la inmigración ilegal, crisis sanitaria porque los ricos y poderosos llevan décadas intentando desmontar la Seguridad Social para hacerse ellos con el negocio de la salud, crisis de las jubilaciones porque a la gente mayor ya se le ha sacado todo el jugo que se les podía sacar, ya no producen y el Sistema considera que son una carga de la que nadie se quiere hacer cargo; crisis, crisis, crisis y más crisis.

Como un anexo a uno de los enunciados de la famosa Ley de Murphy, “todo en esta vida es susceptible de ir a peor”. Y, como un chiste malo contado por un maestro de ceremonias perverso, esa ley se lleva cumpliendo a rajatabla desde que el mundo es mundo. No salimos de una para meternos en otra. Si no es una guerra es una revolución, y si no una amenaza nuclear, o un virus mortal como el VIH o cualquier tipo de cáncer. Y cuando ya creíamos haberlo visto todo, va y llega la pandemia global, el Covid19, salido de no se sabe muy bien dónde ni cómo, aunque intuyo el porqué.

Ante un panorama tan deprimente, surge inevitable una pregunta: ¿qué hacer para que todo eso nos afecte lo menos posible?

En mi caso concreto lo tengo meridianamente claro: recurro al arte.

A mi edad, tengo la gran fortuna de poseer una vasta colección de cine, música y literatura. Ojo, que mi pasta me ha costado, ¿eh?, pues llevo gastando mi dinerito en todas esas cosas desde aquellos lejanos días en que cobraba una exigua paga semanal de mi padre siendo un preadolescente —me refiero a mí, obviamente, no a mi padre—.

En aquellos días, con doce o trece años, me gastaba todo lo que me daban en ir al pequeño cine de mi barrio y comprar cómics, discos de vinilo y cintas vírgenes de casete, donde grababa la música que me gustaba, bien de la radio —rezando para que el locutor bocazas de turno no “jodiese” la canción antes de tiempo—, o bien de discos que me prestaban mis amigos de entonces, y a los que yo prestaba los míos.

Con los años, y gracias a mi trabajo en el videoclub de mi padre, compraba cintas de VHS a buen precio y en ellas grababa de todo: pelis y series de la tele, documentales, conciertos, videoclips.

Aún me recuerdo encerrado en mi cuarto, esperando hasta las tantas de la noche para grabar en el extinto Cine Club de La2 de Televisión Española mis primeras pelis de Woody Allen. Me parece estar viéndome a mí mismo, con quince o dieciséis años, grabando Bananas, El dormilón y Todo lo que usted quería saber sobre el sexo, pero temía preguntar, en aquel vídeo VHS de la marca Sharp que tenía instalado en el cuarto de la tele, y que nos duró un porrón de años porque aún no se había implantado ese perverso invento de los fabricantes de electrodomésticos llamado “obsolescencia programada”.

A esa época también pertenece mi pasión por el cine clásico en blanco y negro. Recuerdo grabar películas como la maravillosa El mundo de George Apley, una cinta poco conocida dirigida por Joseph Mankiewicz, protagonizada por Ronald Colman y Vanessa Brown, que disfruté mucho en mi juventud y que volví a ver hace unos pocos meses y me sigue pareciendo entrañablemente maravillosa. ¡Qué alegría me llevé al verla de nuevo! Era como si no hubiesen pasado los años por ella. Ni por mí. Al verla de nuevo, sentí algo parecido a lo que se siente cuando ves a alguien de tu pasado que hace siglos que no ves y cuyo encuentro celebras con gozo. No siempre ocurre. Hay películas que envejecen muy mal, y amistades a las que les ocurre lo mismo. Son hijas de un tiempo y un momento de tu vida muy concretos, y, como les ocurre a los productos perecederos, más allá de su fecha de caducidad resultan perjudiciales para tu salud física (y mental).

Durante años mantuve en mi colección decenas de cintas de vídeo con episodios de series míticas como Las chicas de oro, Frasier, Matrimonio con hijos, Dame un respiro, Friends, Seinfeld, Hale & Pace y un montón de series que pillaba en la tele. También grababa cientos de películas.

Y, mientras tanto, mi colección de discos había aumentado tanto que le pedí a mi abuelo que contactase con un carpintero amigo suyo para fabricarme un mueble personalizado para mis discos, que, en cuestión de meses, volvió a hacerse pequeño.

Los libros también fueron acumulándose en mis estanterías. Adquiría cualquier colección que sacase buenos títulos en formato bolsillo, como la de "Grandes Autores" de RBA o la de "El Egipto de los Faraones" de Planeta DeAgostini. Aún conservo bastantes de aquellos libros.

Cada cierto tiempo me pasaba por la sección de libros de El Corte Inglés, y rebuscaba entre los cajones de libros en oferta por 200 ó 300 pesetas de entonces, además de pillar libros en edición de bolsillo de aquellos autores que me llamaban la atención. Así fue como me hice con libros de Woody Allen, Groucho Marx, Charles Bukowski, Tom Sharpe, Paul Auster, Luciano De Crescenzo, Mario Puzo, P.G. Wodehouse, Enrique Jardiel Poncela, John Kennedy Toole, etc.

Y con todo ese “tesoro”, acumulado a lo largo de una vida, he ido campeando el temporal de las malas noticias.

Titulaba este post basándome en el título de una magnífica película de John Huston dedicada al fútbol. El título de aquella película era Evasión o victoria, y hacía alusión a la disyuntiva que se le presentaba a una selección de fútbol compuesta por prisioneros de guerra que, en plena Segunda Guerra Mundial, son invitados a jugar un partido contra una selección de jugadores de la Alemania nazi. El partido, disputado en suelo francés, es aprovechado por los mandos aliados para facilitar la fuga de los jugadores al descanso. Sin embargo, a pesar de ir perdiendo el partido a la finalización del primer tiempo, la mayoría de los jugadores cree aún en la remontada, de ahí que se les plantee la posibilidad de renunciar a su propia libertad en pos de la victoria. En mi caso, tal disyuntiva no existe, pues considero la evasión, a través del disfrute de cualquier obra de arte, una victoria en sí misma sobre el aburrimiento, el hastío y la gravedad de la vida.

Así pues, para mí, el poder evadirme de la realidad es siempre sinónimo de victoria.




jueves, 19 de enero de 2023

REPASO LITERARIO A 2022 (Parte 1)

 

Portadas de algunos de los libros leídos en 2022

Toca hacer resumen del año 2022. Sinceramente, hubiese preferido que, de tocarme algo, me hubiese tocado la lotería. Pero, como no ha sido el caso —por desgracia para mí—, me conformo con hacer un breve resumen de las lecturas y descubrimientos literarios que he tenido en este 2022 que acabamos de dejar atrás.

En lo personal, el 2022 ha sido un año fructífero en lecturas. Casi todo nuevas lecturas, salvo un par de relecturas.

Entre las relecturas no podía faltar un clásico, mi viejo colega Bukowski, un autor que podría calificar de cabecera por cuanto suelo recurrir a él para dejarme atrapar por su prosa endiablada y adictiva y, de paso, recordarme que, como escritor, un mandamiento de obligado cumplimiento debe ser la brevedad y concisión en los textos. Detesto esa costumbre tan arraigada en algunos escritores que se empeñan en embarrar sus textos con digresiones y extensas descripciones que lo único que provocan en el lector es hastío y confusión. Para contar algo y contarlo bien no hace falta usar un millón de palabras. En serio.

Bukowski (Un hombre a una botella de vino pegado)

Si no has leído nada suyo conviene que sepas esto: Bukowski no es un escritor fácil de leer. Sus escritos no son amables, ni se centran en mostrar lo bello y lo hermoso del género humano. Al contrario. Su prosa es cruda, beligerante y hostil, carente de toda esperanza baldía. Bukowski es un fanfarrón y un provocador y, sin embargo, sus escritos no están exentos de cierta verdad y honestidad, pues, aunque no comulgues con él al cien por cien —yo no lo hago—, en determinados momentos te verás dándole la razón. En cualquier caso, estamos ante uno de los mejores prosistas que yo jamás haya leído.

El año pasado descubrí un nuevo título suyo del que no tenía constancia: La enfermedad de escribir. En este libro, donde se recopila parte de su extensa correspondencia con escritores, editores y amigos, Bukowski diserta sobre sus temas favoritos: los fundamentos del arte, la mala poesía, los malos escritores, los buenos escritores, todo lo que le aburre o no soporta del hecho de estar vivo, etc; y todo ello lo hace con su característico humor y su jactanciosa superioridad con respecto a (casi) todos, poniendo verde desde la Generación Beat, con Ginsberg o Burroughs a la cabeza, hasta pesos pesados como Hemingway o Shakespeare. Y es que, cuando el viejo Hank se pone ante la máquina de escribir y dispara sus dardos verbales, no hace prisioneros.

También aproveché para releer Lo que más me gusta es rascarme los sobacos, libro basado en una larga entrevista realizada por la escritora y periodista italiana Fernanda Pivano a un Bukowski algo más sosegado que de costumbre, aunque no por ello menos combativo.

A lo largo de la extensa entrevista asistimos a un ejercicio de libertad y sinceridad por parte de un escritor que jamás se cortó ni un pelo a la hora de señalar todo lo que odiaba y le disgustaba del mundo y la época que le tocó vivir.

Al más puro estilo Bukowski, es decir, como un francotirador desquiciado sin dios ni amo, el autor de Cartero va narrando qué le empujó a leer como un poseso primero y a escribir de igual modo después. Tambien describe a algunas de las mujeres que pasaron por su vida, habla de algunos de los empleos de mierda que se vio empujado a ejercer para ganarse la vida —trabajó más de una década para el Servicio Postal de Estados Unidos y ejerció diversos empleos en fábricas y almacenes de los que, tarde o temprano, o bien acababa siendo despedido o bien se acababa largando dando un sonoro portazo—. También habla sin tapujos de las borracheras continuas que le permitían seguir “peleando a la contra”, su filosofía de vida, los escritores que admira —unos pocos— y los que desprecia —que son mayoría—, etc.

A lo largo de la entrevista vemos a un Bukowski peleón, brutal en su sinceridad y controvertido en sus opiniones y apreciaciones, muchas de las cuales, he de decir, comparto.

Como ejemplo de su clarividencia a la hora de enjuiciar ciertas actividades de sus colegas de profesión, el bueno de Bukowski no cree en la utilidad de los llamados “talleres de escritura”. En un momento de la entrevista, Pivano le habla a Bukowski de Allen Ginsberg, uno de los abanderados de la contracultura de los 50 y 60, la llamada Generación Beat. La perodista le comenta que a Ginsberg no le molesta que sus admiradores le reconozcan y le paren por la calle para pedirle un autógrafo o un consejo literario.

—Por eso enseña y va a los cafés —dice Bukowski—, mientras que yo no voy. Me he dado cuenta de que muchos escritores escriben hasta que llegan a ser conocidos, y luego se lee en sus notas biográficas que fulano de tal enseña ahora técnica literaria en tal o cual universidad. ¿Cómo es posible?

—No. Ginsberg no enseña a escribir —puntualiza Pivano; pero Bukowski está tan metido en su ataque a Ginsberg que decide ignorar la puntualización.

—Escribir es algo que no se sabe cómo se hace —afirma categórico Bukowski—. Uno se sienta y es algo que puede ocurrir o no. Y entonces, ¿cómo es posible enseñar a alguien a escribir? No consigo entenderlo, porque nosotros mismos (los escritores) no sabemos si seremos capaces de escribir. Cada vez que subo con mi botella de vino a mi despacho, a veces estoy sentado delante de la máquina de escribir durante un cuarto de hora, ¿entiendes? No es que suba para escribir, la máquina está allí, pero si no comienza a moverse, digo, bueno, es posible que ésta sea la noche en que no doy ni una.

El libro no está exento del particular sentido del humor del escritor. Como ejemplo de esto último, baste citar el siguiente fragmento de la entrevista.

—Soy indiferente a la destrucción de la raza humana, me da exactamente igual. Si barrieran de la Tierra a toda la humanidad, no se perdería nada.

—Así que no te importaría que arrojaran una bomba atómica —insiste Pivano.

—Me importaría si yo estuviese cerca, ¿entiendes?

Jajajaja. Claro, Hank.


Dejando a un lado las relecturas, este 2022 también ha sido un año de grandes descubrimientos literarios. Entre las lecturas nuevas ha habido de todo, la verdad. Soy de los que, entre libro y libro, me gusta variar de estilo, de género y hasta de extensión. Suelo alternar novelas y relatos cortos con biografías, diarios o recopilaciones de artículos de prensa.

En 2022, por ejemplo, cayeron un par de clásicos, de esos que llevas años queriendo leer y nunca encuentras el momento de hacerlo, hasta que un día te topas con él, lo abres, comienzas a leer y te atrapa. Eso me ocurrió con 1984 de George Orwell y Alguien voló sobre el nido del cuco de Ken Kesey —magníficos libros ambos—; comencé a leer y me atraparon.

Idéntica sensación experimenté con un clásico perdido, Historias y desventuras del soldado Schlump de Hans Herbert Grimm, un libro antibelicista en el que su autor ridiculiza el sentimiento nacionalista a través de un soldado alemán bonachón e ingenuo llamado Schlump que participa, siendo un joven imberbe, en la Primera Guerra Mundial.

Retrato del escritor Hans Herbert Grimm

Una de las cosas que me animaron a leerlo fue la historia que hay detrás del libro y su autor. Cuando los nazis llegaron al poder en Alemania quemaron todos los ejemplares del libro, por considerarlo antigermánico. Grimm, que había publicado su libro bajo seudónimo, se las apañó para esconder un ejemplar emparedado entre los tabiques de su casa. Una vez acabada la guerra, recién creada la Alemania Oriental, a Grimm no le permitieron ejercer su profesión de profesor y sufrió una persecución que derivó en depresión. Grimm acabó quitándose la vida en 1950. Su novela permaneció oculta entre las paredes de su casa durante décadas, hasta que fue rescatada por Volker Weidermann, experto en libros quemados por los nazis.

El libro, que leí con interés y, en ocasiones, con creciente desazón, se divide en tres partes. La primera, la más amable y humorística, dedicada al reclutamiento, instrucción y finalmente destino del soldado Schlump como máxima autoridad en un pueblecito francés ocupado por el ejército alemán del káiser. En esta parte se nos muestra a un joven soldado más preocupado por comer bien y seducir a cuantas más jovencitas francesas se le pongan a tiro que por defender e imponer los valores germánicos en la tierra ocupada. En la segunda parte, menos humorística y más seria, se nos muestran los rigores de la guerra, con Schlump ocupando su lugar en las sucias y peligrosas trincheras del frente, rodeado de ratas y suciedad, mientras ve con horror cómo van cayendo uno tras otro sus amigos y camaradas, además de ser testigo directo de la bajeza moral de los mandos intermedios, que no dudan en comerciar y sacar provecho personal del caos, mientras los mandos superiores se dedican a usar a los soldados como carne de cañón para sus propósitos de expansión y conquista o promoción. En la tercera parte del libro vemos el triste resultado del sinsentido de la guerra, con el regreso a casa de un derrotado y avejentado Schlump, al que han arrebatado su juventud y su inocencia, y se da de bruces con una realidad inmisericorde: lo absurdo y ridículo de cualquier conflicto militar.

Desde luego, es un libro más que necesario que incita a reflexionar. Y más en estos tiempos en que, en pleno siglo XXI, vemos que seguimos cometiendo los mismos errores del pasado. Si en los conflictos bélicos fuesen los de arriba los que “se diesen de hostias”, la mitad de las guerras no habrían existido jamás.

Y para finalizar esta primera parte de mi repaso literario a 2022, deseo hacerlo con un libro sumamente entretenido: El cartero y Neruda de Antonio Skármeta, novela que inspiró la maravillosa película El cartero y Pablo Neruda dirigida por Michael Radford en 1994 con Phillipe Noiret en el papel de Neruda, Massimo Troisi como Mario Ruoppolo y la bella Maria Grazia Cucinotta como la hija de los mesoneros y objeto del amor que el joven cartero y aspirante a poeta Mario siente por ella, lo que le empuja a pedir consejo al Nobel de literatura a fin de enamorarla a través de la poesía.

Fotograma de la película "El cartero y Pablo Neruda". ¡Qué hermosa película, amigos!

La película es maravillosa —para mi gusto—, y el libro no desmerece en absoluto. Sin embargo, entre ambos existen notables diferencias. Por ejemplo, mientras que en la película la acción se desarrolla en una remota isla italiana donde Neruda vive exiliado por sus ideas políticas, en el libro la acción se desarrolla en un pequeño pueblecito de la costa de Chile, en las semanas previas al golpe de Estado de Pinochet.

La historia principal, no obstante, es la misma en ambas obras. Un joven pescador es contratado como cartero provisional con la única misión de llevar la correspondencia al ilustre escritor Pablo Neruda, que por entonces vive de manera transitoria en un lugar apartado y solitario, lejos del ruido mediático y de agitación política que se vive por aquellos días.

Si has visto la película, el libro te encantará. Y si no has visto la película ni leído el libro, cuando lo leas seguro que te animarás a ver la película que, como digo, es una maravillosa y conmovedora obra de arte.

La próxima semana seguiré con mi repaso literario a 2022.


miércoles, 1 de julio de 2020

(ALGUNOS) LIBROS QUE ME HAN MARCADO Parte 3 y definitiva

Foto de Stanislav Kondratiev bajada de Unsplash

Con esta tercera y última entrega, dejo de dar la lata con los libros que más me han marcado a lo largo —y ancho; e incluso alto— de mi carrera como escritor que no vende un carajo. Palabrita del Niño Jesús.
Allá vamos...

11 “La tournée de Dios” de Enrique Jardiel Poncela
La primera vez que tuve contacto con la literatura de Enrique Jardiel Poncela fue en casa de unos amigos que eran hermanos. El mayor de ellos era aficionado a la lectura y era normal encontrar libros desperdigados por los rincones de su cuarto, que solía ser nuestro centro de operaciones.
A mí, que soy de naturaleza curiosa, de vez en cuando me daba por pillar alguno de aquellos libros y echarles una hojeada. En una de estas cayó en mis manos un extraño libro de un autor español. Si empleo el calificativo de «extraño» es porque, en muchos sentidos, aquel libro se salía de lo normal.
Para empezar, el libro estaba dedicado «a Dios, que me es muy simpático». Eso ya me dio una primera pista de por dónde iban los tiros. La segunda pista la encontré en los muchos dibujos, carteles e ilustraciones que inundan las páginas del libro. Y la tercera y definitiva tenía que ver con el orden —más bien desorden— de los capítulos, pues aquel fascinante libro comenzaba justamente en el capítulo 20, al que le seguían el capítulo 2 y el capítulo 4, y así seguía, de manera totalmente aleatoria.
Creyendo que se trataba de un error de imprenta abrí el libro por las primeras páginas, con la esperanza de hallar en ellas una explicación razonable a aquel desvarío. Y la encontré. En una especie de advertencia al lector, que oportunamente llevaba por título ADVERTENCIA IMPORTANTÍSIMA (que no hace falta leer), el autor explica el porqué de su decisión de colocar los capítulos en ese orden concreto, además de «a los lectores inquietos y de imaginación ardiente, a los que les repugnará la forma en que los capítulos están ordenados —o más bien desordenados—, ofrecerles sendas alternativas de lectura; entre ellas, la de arrojar el libro por un balcón».
Aquel libro, el primero de ese estilo que caía en mis manos, me llamó la atención al instante. Hasta ese momento yo pensaba que el humor no tenía cabida en la literatura —más o menos lo mismo que piensan algunos guardianes de las esencias literarias—, y aquello me supuso toda una revelación.
Desde el día en que abrí La tournée de Dios por primera vez, siempre que iba a casa de mis amigos y tenía oportunidad, pillaba el libro y le echaba un vistazo.
Años más tarde, convertido ya en un lector enfermizo, adquirí mi propio ejemplar de aquella magistral novela en una edición moderna que data de 1989. Por fin la pude leer de un tirón, sin interrupciones, y constatar que Enrique Jardiel Poncela, su autor, era un auténtico genio del humor, al nivel de otros grandes como Groucho Marx o Woody Allen.

12 “Cartero” de Charles Bukowski
No consigo recordar cómo llegué a Bukowski. Supongo que era un nombre recurrente en la revista literaria que compraba entonces —años 90—, y que devotamente pillaba cada mes.
Lo que sí recuerdo fue el primer libro suyo que leí: “Cartero”, su novela autobiográfica que supuso su debut como novelista a los 49 años. Me costó 817 pesetas del año 1997. Lo sé porque aún tiene la etiqueta con el precio en el dorso.
Aquella novela me voló la cabeza. Nunca antes había leído algo como aquello, con tanta crudeza, sin filtros. Aquellos textos parecían cortados a cuchillo de lo hirientes y precisos que se mostraban.
Desde luego, Bukowski no es un autor para todos los paladares. Ni él lo pretendía. Aunque sospecho que, tras esa fachada de hombre duro que pasa de todo y de todos y que todo se la trae al pairo, no se diferenciaba de cualquier escritor que publica. Porque, como yo lo veo, las motivaciones de cada uno para escribir pueden ser múltiples y muy variadas, pero a la hora de publicar lo escrito todos buscamos lo mismo: ser leídos.
En “Cartero”, Bukowski narra sus experiencias durante los doce años que pasó trabajando como empleado en una sórdida oficina de correos de Los Ángeles. Su prosa es cruda y, en ocasiones, desagradable, dejando entrever a un tipo desencantado con la vida y con las gentes que encuentra a su paso. Sin embargo, no resulta Bukowski un amargado que se recrea en su desgracia, sino que, haciendo uso de un humor caustico, procura sortear los envites de la vida y las circunstancias con litros y litros de alcohol y mala baba.
Cuando acabé de leer aquella primera novela sentí la necesidad de seguir leyendo cosas de aquel tipo. Así que, poco a poco, me fui haciendo con cuanto título suyo encontrase en las estanterías de mis librerías favoritas. Por suerte para mí no me costó mucho trabajo pillarlos, ya que Bukowski es de esos autores que se reeditan constantemente, y, además, a precios asequibles.
Bukowski puede ser soez, repulsivo, asqueroso y antipático —no seré yo quien le niegue todo eso—, pero también es un excelente narrador, capaz de condensar en unas pocas líneas lo que a otros escritores les llevarían páginas y páginas de tediosas descripciones. Con una certera frase hace un dibujo perfecto de un personaje: «El jefe era un tío con cabeza de buey llamado Jonstone»; o de un lugar: «En aquella casa de la colina rondaba la muerte. Lo supe el primer día que empujé la puerta de persiana para salir al patio trasero».
Alguien muy sabio escribió una vez: «Lo bueno, si breve, dos veces bueno». Con Bukowski, esa máxima se cumple a rajatabla. En sus libros no encontrarás palabras de más.
13 “Frank Zappa y The Mothers of Invention” de Alain Dister
Me apasiona la música rock. Sobre todo el rock de los 60's y 70's. Por eso, cada vez que cae en mis manos algún libro relacionado con alguno de mis artistas favoritos lo suelo devorar como un glotón de la palabra. Tratándose de rock y literatura soy una especie de Triki, el monstruo de las galletas, sólo que en vez de galletas devoro letras impresas.
Los que se hayan leído mis libros sabrán de mi devoción por Frank Zappa, uno de los creadores más originales y estrafalarios que haya dado el siglo XX; y, si me apuran, diría que uno de los creadores más originales y estrafalarios que haya dado cualquier siglo en cualquier punto del Universo.
Además de por su música, de Zappa me gusta su filosofía vital y su ética de trabajo. Era un trabajador incansable que podía pasarse noches enteras encerrado en el sótano de su casa remezclando cintas o películas, componiendo música o escribiendo letras. Se mostraba obsesivo en los detalles y muy exigente y riguroso con sus músicos, a los que no dudaba en reprender o despedir ante cualquier acto de indisciplina —Zappa odiaba las drogas, y no permitía que éstas interfiriesen en su música—. Otro de los rasgos que más me gustan de Zappa es su excepcional sentido del humor: caustico, sarcástico, letal, y siempre muy beligerante con la estupidez, «ese bloque básico sobre el que el Universo está construido».
El problema que tengo con Zappa, por mucho que me duela admitirlo, es su condición de autor minoritario en nuestro país. De ahí que haya muy poco material suyo publicado en español. Así que imaginad mi sorpresa el día que me encontré con este libro en una tienda de discos que solía visitar en mis años mozos. Lamentablemente esa tienda como tal ya no existe, al igual que mis años mozos, que se fueron a hacer puñetas en cuanto pasé la barrera de los 40. Snif.
En este libro el autor, un joven periodista musical parisino que viaja a mediados de 1966 a Los Angeles para cubrir la escena musical del lugar, narra su encuentro fortuito con aquella panda de frikis. Hay que decir que en los 60's el concepto «friki» se empleaba para designar a la gente con aspecto y comportamiento estrafalario. De hecho, el primer disco del grupo llevaría por título Freak out, que puede traducirse como «alucina» o «frikis fuera».
Resulta cómico el primer encuentro del joven periodista con aquella panda de tíos raros, ataviados con ponchos mejicanos, leotardos y botas de montar encima, un atuendo de atleta de circo antiguo, o pantalones de florecillas con camiseta a rayas. Y para rematar el cuadro, ahí tenemos a Jimmy Carl Black, el «indio del grupo», ataviado con la típica chistera cherokee y su pipa de madera pendida del labio.
A partir de aquí, el autor indaga en la vida y milagros de aquella banda de nombre más extraño aún: The Mothers Of Invention. «Ya sabes, como tu madre. Al principio nos llamábamos sólo The Mothers, pero en vista de los muchos problemas que teníamos para ser contratados en los locales tuvimos que añadir lo de “las madres del invento” para que nos dejasen en paz».
Al frente de aquella panda de extraños personajes se encuentra un joven prodigio que, gracias a su enorme talento y su visión única, consigue convencer al resto de seguir su plan. Su nombre: Frank Zappa.
Zappa, autodidacta, perfectamente capaz de leer partituras, escribir sus propias composiciones, tocar la guitarra y encargarse de la voz solista, se erige en ideólogo del grupo. Bajo su mando, el grupo se interna en una senda hasta entonces inexplorada, donde la música y el absurdo se dan la mano.
Hacia el final del libro se incluye un pequeño glosario con algunas de las letras de canciones más representativas de Zappa traducidas al español. Y como muestra del humor sarcástico de Zappa, no me resisto a añadir este breve extracto de una de sus canciones más celebradas, Don't eat the yellow snow:

Nanook-a, no no
no seas un esquimal malo
Ten cuidado con los perros esquimales
y no comas esa nieve amarilla

14 “Pájaro de celda” de Kurt Vonnegut
Para ser sincero, tampoco recuerdo cuándo ni dónde compré este libro. Lo más probable es que lo adquiriese en algún momento de los años 90's. Yo compraba muchos libros por ese entonces. Leía como un poseso, y necesitaba saciar mi sed de lecturas con nuevo material que echarme a los ojos.
Cuando compré este libro no conocía de nada al autor. Si lo compré fue por una frase concreta de la sinopsis incluida en la contraportada: «Una divertida y delirante sátira sobre el dinero —y lo que la gente está dispuesta a hacer por adquirirlo y conservarlo—».
El libro lo leí con mucho interés y fascinación. Se salía totalmente de lo que llevaba leído hasta entonces. Recuerdo poco, ésa es la verdad. Confieso que soy de los que tienen tal batiburrillo de lecturas en la sesera que a veces me cuesta discernir entre unas y otras. No obstante, lo que sí puedo decir es que me gustó lo que leí, pues seguí buscando cosas de este autor una vez liquidé la novela.
De Vonnegut llevo leídas cuatro novelas. Y aunque las dos novelas suyas que más he disfrutado han sido El desayuno de los campeones y Matadero 5 —considerada por muchos como su mejor novela—, le tengo un especial cariño a este Pájaro de celda, por ser el primer libro suyo que leí.

15 “Yo, Claudio” de Robert Graves
Soy viejuno. Pero eso ya lo sabéis. Fijaos si soy viejuno que soy de los que pudo ver en la televisión el estreno de la serie Yo, Claudio. Eso ocurrió a finales de los 70's.
De aquella serie —que durante mucho tiempo la consideré “la mejor serie de televisión de todos los tiempos”— llegué a comprar su edición en vídeo VHS y posteriormente su edición en DVD. He de decir que la Roma Imperial es una de mis épocas históricas favoritas, y me encanta cualquier película que tenga que ver con ese periodo. Incluso soy capaz de verme algún que otro péplum, con aquellos decorados de cartón piedra y aquellos artistas circenses de marcados músculos y limitadas dotes interpretativas que las protagonizaban.
Todo lo contrario ocurría en la serie Yo, Claudio, cuyo elenco cuenta entre sus filas con grandísimos actores de prestigio, encabezados por Derek Jacobi, en el papel de Claudio, Sian Phillips, inmensa en el papel de la pérfida Livia, Brian Blessed como César Augusto, o un jovencísimo John Hurt en el papel de un desquiciado Calígula. Como curiosidad, señalar que en la serie hace su aparición un joven Patrick Stewart ¡con pelo!, en el papel de un retorcido jefe de la guardia pretoriana.
La serie me gustó tanto que un día, leyendo los créditos, supe que estaba basada en una novela, del mismo título, escrita por un tal Robert Graves.
¿Y qué creéis que hizo vuestro simpático escritor de humor favorito? No lo sé. Preguntádselo a él cuando lo veáis. Lo que sí sé es lo que hice yo: comprarme un ejemplar de Yo, Claudio y de su continuación,  Claudio el dios y su esposa Mesalina.
Ambos libros son tochos de más de 500 páginas cada uno. Sin embargo, su lectura, como la comida basura, es sumamente adictiva. Una vez que empiezas a leer y te sumerges en el mundo de intrigas y traiciones palaciegas que rodean a los miembros de la corte imperial, no puedes dejar de leer hasta conocer el final de la historia. ¡Y qué historia, amigos míos!
Y con intención de ir abriendo boca, os dejaré un breve extracto con el inicio de esta sorprendente y maravillosa obra: «Yo, Tiberio Claudio Druso Nerón Germánico Esto-y-lo-otro-y-lo-de-más-allá (porque no pienso molestarlos todavía con todos mis títulos), que otrora, no hace mucho, fui conocido por mis parientes, amigos y colaboradores como “Claudio el idiota”, o “Ese Claudio”, o “Claudio el Tartamudo” o “Clau-Clau-Claudio”, voy a escribir esta extraña historia de mi vida».
Decidme la verdad, con un inicio así, ¿no os entran ganas de seguir leyendo?

Y hasta aquí el repaso de los 15 libros que más me han marcado en mi trayectoria como lector y autor de mis propios escritos.
Espero que os lo hayáis pasado bien repasando conmigo algunas de las lecturas que me han formado como lector y escritor. Ya sé que no soy un escritor conocido —a día de hoy, 1 de julio, sigue sin conocerme el Tato—, pero eso no me ha desanimado. Pensad que a John Kennedy Toole tampoco lo conocía nadie cuando escribió La conjura de los necios, y que sólo obtuvo reconocimiento una vez muerto.
Yo, lamento decepcionaros, pero si para ser reconocido he de morir antes, pues, ¿qué queréis que os diga?, ¡que le vayan dando al reconocimiento por donde amargan los pepinos! Prefiero seguir vivo y disfrutando —leyendo o rascándome los sobacos— que estar criando malvas.
Leed y disfrutad, amigos y amigas.