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miércoles, 11 de abril de 2018

LA VENGANZA DEL COSMOS

Os presento al Cosmos en un día normal de su existencia


En mi último post os hablaba de mi dolor de espalda. Sí, sí, el mismo que me mantuvo alejado del blog y las redes sociales durante un par de meses.
Resulta que él, o ella —aún no he logrado identificar su sexo, ni su estado civil; no sé si está soltero/a, casado/a, divorciado/a, o viudo/a, o es un ligón/a solitario/a de vida promiscua y desenfrenada, lo cual, si es el caso: bien por él/ella—.
Como iba diciendo, él o ella regresó a mi vida, y a partir de aquí hizo todo lo posible e imposible por impedirme llevar una vida normal. E includo el poder llevar una vida anormal. Vamos, que su presencia ha sido un incordio desde el principio.
¿Sabéis esas visitas que no son bienvenidas y que aún así se meten en tu casa y se quedan allí in saecula saeculorum (expresión latina que viene a significar algo así como «por los siglos de los siglos», o «eternamente». Si uso esta expresión es para demostraros el nivelazo de cultura que tengo; además de un dominio casi perfecto de la bendita Wikipedia, dicho sea de paso. Ja).
En definitiva, que el dolor había vuelto a mi vida con intención de quedarse una laaaaarga temporadita junto a mí. Qué tierno. Ya podría venir a mi vida para quedarse una temporadita conmigo la hermosa y simpática Charlize Theron. La de conversaciones interesantes que tendríamos ella y yo echados sobre mi alfombra persa al calor de la chimenea.
Yo no tengo alfombra persa. Y, puestos a confesar, tampoco en mi casa tengo instalada una chimenea. Pero os aseguro que si un día recibiese una llamada de teléfono de Charlize Theron avisándome de su intención de querer pasar unos días conmigo en mi casa, me faltaría tiempo para ir a comprarme una alfombra persa y romper una de las paredes del salón de mi apartamento para construir una dichosa chimenea. Y eso que no sé ni tapar un simple agujero con masilla. Pero por Charlize Theron soy capaz de tragarme entera la primera temporada de Bricomanía. Y hasta dos veces, si hace falta.

No sé vosotros, pero yo, cada vez que me atenaza una desgracia, reacciono instintivamente clamando al cielo: «¿Por qué a mí?».
Como anécdota curiosa, resulta que una vez el cielo me contestó:
—Y a mí qué me cuentas, tío.
—Perdona —respondí—, pero es que cada vez que me atenaza una desgracia tengo por costumbre clamar al cielo.
—Pues mal hecho —replicó el cielo—. Te aseguro que yo no tengo absolutamente nada que ver en tu desgracia. Lo más que hago de vez en cuando es joderle las vacaciones a alguien llenando de oscuros nubarrones mi espacio, sobre todo en Semana Santa, o fastidiar a los asmáticos con la calima. Ah, y también me gusta hacerle la vida imposible a los carteros o los repartidores de comida a domicilio descargando una lluvia torrencial sobre ellos. Por lo demás, me importáis entre poco y cero.
—Qué capullo, ¿no?
—¿Quieres que te mande una semanita de calima?
—Noooooo.
—Pues mantén a raya esa lengua tuya.
—Perdón.
Descartado el cielo decidí culpar al cosmos de mis desgracias. Los humanos, ya sabéis, necesitamos culpar a algo o alguien de las cosas malas que nos pasan en la vida, ya que en esa especie de desahogo encontramos un efecto catártico que nos ayuda a desfogar nuestra frustración y poder seguir adelante con nuestras vidas.
Así que pensé que el cosmos estaba detrás de mi dolor. Y al hacerlo, enseguida concluí que igual sería demasiado presuntuoso por mi parte pensar que el cosmos, con la de cosas que tiene que ocuparse, anduviese pendiente de mí.
Y a todo esto, ¿sabe alguien a qué dedica el cosmos su tiempo? ¿Lo sabe alguno de vosotros?, pregunto. Porque igual el muy vago se pasa el día en pantalón de chándal y camiseta de esas baratas y descoloridas por el uso continuado, echado en el sofá, comiendo porquerías de esas que engordan mientras ve nimiedades en la tele. Si es así, ¡levanta el culo del sofá, vago!
—¿Cómo me has llamado?
—Vago.
—Te vas a enterar de quién es el vago. Te voy a mandar una maldición de esas de las mías que te vas a pasar meses en la cama, sin poder levantarte ni para ir al baño.
—Ops.




miércoles, 15 de noviembre de 2017

COMPRADOR A DOMICILIO



Andy Warehouse salió al balcón de su casa, que daba a la calle, y echó un vistazo en derredor. Era domingo al mediodía, y por allí no pasaba nadie. Eso le desesperó.
Entró en su casa y encendió la televisión. No ponían nada interesante. Casi nunca ponen nada interesante; salvo que tengas pasta y puedas permitirte pagar por tener televisión de calidad. Así es como funciona el Sistema: si pagas obtienes algo que se sale de la mediocridad, y si no pagas te jodes con lo que haya. Y así con todo.
Andy apagó la tele y volvió a salir al balcón.
Esta vez distinguió a alguien a lo lejos que venía andando tranquilamente. La cara de Andy se le iluminó de repente. De haber sido perro a su rabo le habría dado «el baile de San Vito».
Estando a pocos metros de distancia, Andy llamó la atención del transeúnte.
—¡Eh, oiga, usted! —gritaba Andy desde su balcón—. ¡Estoy aquí arriba!
El transeúnte alzó la vista y vio a aquel tío tan raro haciéndole señas desde el balcón. Luego miró alrededor y, al no ver a nadie, supuso que aquel chiflado se dirigía a él.
—Disculpe, ¿habla usted conmigo?
—Sí. ¿Cómo se llama?
—¿Qué?
—¿Cuál es su nombre?
—Terence.
—Encantado, Terence. Mi nombre es Andy.
—Vale.
—Por favor, Terence. ¿Sería usted tan amable de subir a mi casa? —propuso Andy.
—¿Subir a su casa? ¿Con qué intención? —recelaba el transeúnte, con razón.
—Tranquilo, Terence. Puede confiar en mí. No debe preocuparse. Será cosa de cinco minutos, se lo prometo —argumentó Andy, procurando imprimir a su voz un tono lo más tranquilizador posible. Por nada del mundo querría espantar al único ser humano que había decidido pasear por aquella calle secundaria aquel domingo por la mañana. Sólo Dios sabe cuando volvería a pasar alguien.
—¿No será usted un pervertido, verdad? —preguntó el transeúnte con cierta inquietud. Justo entonces se percató de lo estúpido de su acción. Ningún pervertido habría respondido afirmativamente a semejante pregunta; son pervertidos, no gilipollas.
—Oh, no. Le aseguro que no soy ningún pervertido. Dígame, Terence, ¿cree usted en Dios?
—Ah, vale. Ya sé de qué va esto. Es usted un vendedor de Biblias y está intentando colocarme una, ¿no es eso?
—No, no. Para nada. Dígame, ¿cree en Dios?
—Sí.
—Perfecto. Mire, Terence, yo también soy creyente. Por eso, le juro por Dios que si sube a mi casa no le pasará nada malo.
—¿Me lo jura?
—Se lo juro.
—Está bien. Subiré. Pero sólo le dedicaré cinco minutos. Ni uno más.
—Se lo garantizo. Espere, yo mismo le abriré la puerta del portal desde aquí. Luego coja el ascensor hasta mi casa. Yo vivo en el 2º Izquierda.
Terence se acercó hasta el portal. Se oyó un chasquido y la puerta cedió. Empujó la puerta y entró en el edificio. Tomó el ascensor y subió hasta el segundo piso.


(El resto de la entrada estará próximamente disponible en alguno de mis libros).

jueves, 2 de febrero de 2017

TE LO PROMETI




Owen entró en la casa. El reloj de la entrada marcaba las once de la noche. En las paredes del pasillo rebotaban los azulados destellos del televisor escupiendo imágenes insulsas.
Hasta eso echaba de menos: aburrirse como una ostra frente al televisor, dejando pasar estúpidamente las horas. Como si a todos nos sobrase el tiempo.
Sonrió con melancólica tristeza.
Avanzó sigilosamente, atraído por la luz del televisor como una polilla atraída por la luz de una lámpara.
Rodeó el sofá y la vio allí recostada, medio dormida. Se recreó un buen rato contemplándola. Para él no había criatura más hermosa. En su mente resonó el eco distante de su propia voz llamándola por su nombre: Zora.
Owen se acercó y se arrodilló ante ella. Acercó sus labios lo más que pudo a su oído y, procurando no asustarla, le susurró:
—Mi vida, mi amor, mi tesoro.
Sin abrir los ojos, los labios de ella dibujaron una leve sonrisa.
—Has vuelto —dijo Zora.

(El resto de la entrada estará próximamente disponible en alguno de mis libros).





jueves, 19 de enero de 2017

OTRA VIDA ES POSIBLE



Ayer volví a ver a mi amigo Roy. Hacía años que no sabíamos nada el uno del otro. En tiempos pretéritos —muy, pero que muy pretéritos— Roy y yo habíamos sido inseparables; de esa clase de amigos de los que se suele decir que son «como uña y carne». Claro que os estoy hablando de una época tan lejana en el tiempo que me cuesta recordarla. Os hablo de nuestra primera juventud, recién abandonado el breve tramo de la adolescencia, es decir, de los quince a los veintidós o veintitrés años. Luego nos separamos y cada uno hizo su vida por su cuenta.
Al principio sabíamos el uno del otro por esporádicas llamadas de teléfono. Con el paso de los años esas llamadas de teléfono se fueron espaciando cada vez más en el tiempo. Al final simplemente dejamos de llamarnos y acabamos perdiendo el contacto.
Hasta ayer, en que volvimos a encontrarnos.
En la actualidad ambos tenemos medio pie en la cincuentena. Más bien pie y medio. Yo tengo cincuenta y cinco y él cincuenta y seis.
Nos encontramos de casualidad, en plena calle. Teniendo en cuenta que el encuentro se produjo muy cerquita de donde yo vivo no dudé en invitar a Roy a subir a mi casa a tomarnos unas cervezas. Aceptó.
Una vez puestos al día de nuestras respectivas vidas le enseñé algunas de las cosas que había estado escribiendo últimamente. Un par de cuentos cortos y algún relato breve. Poca cosa. Sabía de su poca afición por la lectura y no quería agobiarle en exceso.
—Bueno, ¿qué te parece? —dije a la espera de su veredicto.
—Oye Howard —dijo él—. ¿En serio pretendes vivir de esto?
—No te ha gustado.
—Para ser sincero, no. No me ha gustado.
A decir verdad ya casi había olvidado lo brutalmente sincero que podía ser Roy siempre que alguien requería de su opinión. Ayer volvió a recordarme porqué a casi nadie de nuestro círculo de amistades le interesaba conocer lo que pensaba sobre tal o cual asunto. Una opinión suya podía hundirte en la miseria. Aún no tengo nada claro si eso Roy lo hace de forma consciente o no. Pero lo cierto es que, según parece, nada ha cambiado en él.
—¿Qué es lo que no te ha gustado? —pregunté, consciente del jardín en el que me metía.


(El resto de la entrada estará próximamente disponible en alguno de mis libros).