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miércoles, 12 de febrero de 2020

EL HUMOR Y LA PALABRA

Mi ejemplar de "La conjura de los necios" junto a otros libros de mi colección. De fondo, mis libros de Woody Allen, Paul Auster, Bukowski e Italo Calvino.
 
La semana pasada publiqué un artículo en el que confesaba mi odio eterno hacia el ejercicio físico.
Lo primero que he de decir es que nunca debéis tomar demasiado en serio las palabras de un escritor. No es que mintamos, pero lo que escribimos no siempre se ajusta a lo que pensamos o lo que sentimos realmente. Todo vale cuando de lo que se trata es de entretener y, en ocasiones, provocar unas risas.
A propósito de esto último, una de las mejores herramientas para el humor consiste en la exageración. Deformar la realidad, estirarla como un chicle o manipularla como una masa panadera antes de darle forma e introducirla en el horno es la base del arte. Del mismo modo en que un escultor moldea el material hasta dar forma a su pieza artística, nosotros moldeamos el lenguaje para dar forma a nuestros escritos. Y, como ocurre con los escultores o los pintores, el fruto de nuestro arte no siempre se ajusta a algo real o reconocible.
El arte no consiste en hacer una copia exacta de la realidad. El artista debe tomar la realidad y moldearla a su gusto, y fruto de esa manipulación ofrecer una obra que transmita algo al receptor.
Aristóteles, que era un hombre muy sabio que siempre iba en sandalias, sostenía que el arte imita a la vida. Imitar no es copiar con exactitud. ¿Qué sentido tendría copiar exactamente algo que no me gusta? Para eso, mejor me quedo con el original antes que con la copia, ¿no?
La realidad, como tal, está llena de imperfecciones. En el mundo real los perdedores nunca ganan, ni sus vidas son tan interesantes ni motivadoras como lo pudieran ser las de los triunfadores. Sin embargo, en el arte sí que puedes lograr transformar en héroe a alguien nacido en el lado equivocado de la historia. Incluso, si dispones del talento suficiente y lo trabajas, puedes hacer que un perdedor sirva de inspiración a gente que vive ahogada en la marea de lo cotidiano.
Tomemos como ejemplo a Ignatius Reilly, el protagonista de esa maravillosa novela que es La conjura de los necios, de John Kennedy Toole. Si lo vemos por el tamiz de lo real, Ignatius no deja de ser un gordo friki, haragán, con aires de suficiencia y desprecio por el género humano, además de masturbador compulsivo. Con semejantes credenciales uno podría pensar que se trata de un personaje poco interesante para protagonizar una novela. Sus costumbres y sus constantes salidas de tono invitan al rechazo. Sin embargo, gracias al enorme talento mostrado por su creador y a su maestría a la hora de dibujar al personaje y su entorno, acabamos aceptando a Ignatius como un antihéroe, un pobre diablo caprichoso y enfebrecido por sus delirios de grandeza que nos regala impagables momentos de hilaridad cómica y que, en una vuelta de tuerca digna de un contorsionista, hasta consigue mover a la compasión.
El humor es un arte complejo. Lo es, entre otras cosas, porque no todos tenemos el mismo sentido del humor. Otro de los rasgos que inciden en su complejidad es que, según de qué tipo de humor se trate, se exigirá un cierto bagaje cultural por parte del receptor, a fin de que pille la broma.
Hace tiempo, durante el primer año de vida del blog, publicaba cuentos y piezas de humor absurdo de mi autoría. Todas inéditas. Algunas acabaron formando parte de mis tres libros de relatos publicados hasta el momento —Bep. Bep. Beep. Momento para la publicidad encubierta. Ejem. Tengo tres libros autoeditados en Amazon: ABSURDAMENTE Antología del absurdo Vol. 1, 2 y 3. Están a muy buen precio, oiga. Y son la mar de divertidos. A la gente que los compra le gustan tanto que hasta se hacen fotos con ellos y me las envían. ¿No me creéis? ¡Qué desconfiados sois, por el amor de Dios! Pinchad en este enlace, incrédulos. PINCHA AQUÍ y AQUÍ. Ah, y si quieres comprarlos, PINCHA AQUÍ, AQUÍ y AQUÍ. Gracias por preferirnos. Fin del Momento para la publicidad encubierta. Bep. Bep. Beep—.
¿Y porqué decía esto de mis primeros escritos en el blog? Pues porque en aquellos primeros tiempos de mis inicios también recibía comentarios de los lectores. El 99,99% de esos comentarios eran positivos. Y en el 0,01% restante, se hallaba uno que decía algo así como: «No lo entiendo».
Recuerdo haber leído en algún sitio una frase atribuida a Frank Zappa —ya sabéis que adoro a este tío—, a propósito de alguien que decía no pillar el concepto de su música. En su respuesta, Zappa decía: «Si no lo pillas, es porque no tenías que pillarlo».
Vaya por delante que soy de los que opinan que los chistes jamás deben ser explicados. Eso les quitaría magia, y convertirían en algo carente de sentido los esfuerzos del artista por hacer algo original y divertido violentando las reglas de lo convencional.
Así que, si en algún momento lees algo mío y no le pillas el rollo, no te preocupes. Igual es que no tenías que pillarlo.
Y para que veáis que no siempre digo lo que pienso, la próxima semana hablaré de los aspectos positivos de ir a caminar (que los tiene).