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miércoles, 30 de septiembre de 2026

MI BIOGRAFIA ENTRE FOTOGRAMAS

 

Imagen de Woody Allen de su película "Toma el dinero y corre"


Nací en una película de Woody Allen. Hace muchos años de eso. Tantos, que ya ni me acuerdo. Tampoco merece la pena hacer un esfuerzo para recordarlo, ya que los recuerdos, en el fondo, no son más que polvos de estrella en la memoria.

Crecí junto a mis caóticos Hermanos Marx, con los que jugaba y me divertía durante aquellos lejanos días de mi infancia. Sembrábamos el caos dondequiera que estuviésemos, desafiando cualquier autoridad que se atreviese a cortarnos las alas de la imaginación y la diversión. A nuestros vecinos Los Roper los traíamos de cabeza, con nuestros gritos y juegos desde la mañana a la noche. No parábamos.

De niño me gustaban mucho los trenes. Unas navidades nuestro abuelo nos regaló un tren eléctrico que tiraba de tres vagones, y unos raíles de plástico, cruzado con traviesas, que se acoplaban unos con otros y podías dibujar con ellos la ruta que quisieras. ¡Cómo nos los pasábamos de bien! A mí lo que más me gustaba era ser el Maquinista de la General.

A lo largo de mi vida he estado varias veces a punto de morir de aburrimiento. Pero gracias a mis entrañables amigos Buster Keaton, Harold Lloyd, Stan Laurel y Oliver Hardy logré sobrevivir al tedio más absoluto.

Ya de adulto llegué a trabajar de contable. Eso me transformó en alguien que no era, y, sin darme cuenta, me acabé convirtiendo en Ese señor de negro, eterno nostálgico de tiempos pasados, al que le costaba adaptarse al ritmo de los tiempos presentes, y miraba con cierta aprensión los tiempos futuros.

No pintaba bien la cosa, no. Me aburría, y ése, y no otro, es el mayor de los pecados. Y fue entonces que un día quiso el amigo Chaplin venir en mi ayuda, y con grandes dosis de humor y toneladas de ironía, al fin logré adaptarme a los Tiempos modernos.

Aprendí que, para sobrevivir a este mundo, hay que estar al tanto de las cosas. Hay que leer la prensa diaria, más que nada para que las mentiras de los unos y de los otros no te cojan desprevenido. Y gracias a la sabiduría, recubierta de mala baba y toneladas de cinismo de uno de mis mentores, Billy Wilder, convine que no merece la pena profundizar demasiado en las miserias humanas, y que un exceso de realidad podría volver loco al más cuerdo de los hombres. Así que lo mejor en estos casos es no malgastar el poco tiempo que tenemos haciéndonos mala sangre con cosas que no podemos controlar, y ahorrar tiempo y cabreos innecesarios quedándonos en la Primera Plana.

Por supuesto, soy de los que opinan que en la vida no todo va a ser trabajar y pagar impuestos, así que, de vez en cuando, me pongo el pijama, me calzo unas cómodas zapatillas de andar por casa, me preparo un cóctel y, cómodamente instalado en el sofá de mi casa, me dejo llevar hasta el interior de El guateque, de la mano de mi viejo amigo Hrundi V. Bakshi.

Invariablemente, y sin excepción en tantos años en tan grata compañía, me echo unas risas de lo más sanadoras, entre falsos disparos de cowboys de pega, rollos interminables de papel higiénico que no logran cortar la hemorragia de agua del inodoro, y un camarero borracho hasta las trancas haciendo de las suyas. Y en un momento dado me acabaré preguntando: “¿Y para qué servirá este botón?”, y yo mismo me responderé cuando, al ver como mi viejo amigo Bakshi acabe accionando el dichoso botón, se resuelva el misterio: “Está claro. Para sembrar el caos”. Y de nuevo las risas me reconciliarán con el género humano.

En la década de los 90's sufrí el primero de una serie de duros golpes emocionales y anímicos que casi me hunden en la miseria: la muerte de mi padre. Lo pasé realmente mal, y si logré salir adelante fue, en parte, gracias a las sesiones de terapia con el doctor Frasier Crane.

Recién estrenado el nuevo siglo empezaron a llegar a mi vida, una tras otra, crisis y más crisis; porque las crisis son como la energía, que ni se crea ni se destruye sino que se transforma, mudan de piel, y cambian de naturaleza, y así es como continúan su tarea de acoso y derribo sobre sus ocasionales víctimas. Pero el humor, una vez más, vino a salvarme la vida.

La depresión es un feo monstruo de aterradoras fauces. Carece de sentimientos, por lo que no conoce términos como piedad, empatía o clemencia. Si te tiene en el punto de mira ten por seguro que no dudará en ir a por ti, y no te dejará en paz hasta acabar contigo. O hasta que tú acabes con ella. Y eso hice, pues gracias a la divina intervención de mi colega Austin Powers, el Misterioso Agente Internacional, y su entrañable némesis el Doctor Maligno, logré derrotar a tan poderoso y cruel enemigo.

En la primera década de los dos mil empecé a recopilar un montón de ideas que había ido dejando escritas en libretas y agendas de todo tipo. Hasta que un día, animado por un par de amigos, decidí hacer algo con todo aquello y hacerlo público.

En 2014 di a luz un blog, convirtiéndome así en el primer varón en dar a luz un ser vivo sin tener útero. Todo muy absurdo. De hecho, era tan absurdo que a mi churumbel decidí bautizarlo con el nombre de Absurdamente. Y ahí sigo, doce años más tarde, dando rienda suelta a mi imaginación con intención de combatir el aburrimiento.

Y esta ha sido, a grandes rasgos, mi vida. Y soy lo que soy gracias a lo vivido. Y lo reído.

No creo demasiado en Dios. Y, de rezarle a alguien por la eterna salvación de mi alma, le rezaría a Woody Allen. No os quepa la menor duda. Y no lo haría para pedirle riquezas, ni posición, ni grandes posesiones. Lo único que le pediría, y lo haría de rodillas, y hasta haciendo el pino puente si fuese necesario, a pesar de mi sobrepeso y mi total falta de elasticidad, sería una única cosa: que, por favor, el sentido del humor no me abandone nunca, y que siga conmigo hasta el último de mis días.

Como habéis podido comprobar, mi vida ha transcurrido en su mayor parte entre fotogramas. Y la mayoría de esos fotogramas con la risa como protagonista. Y así continuará, hasta que llegue el día en que, en la gran pantalla de mi existencia, se muestren al fin, en grandes y vistosas letras de molde, las palabras con las que toda vida llega al final de su metraje: THE END.


miércoles, 14 de diciembre de 2022

MÁS HUMOR Y MENOS DRAMAS, POR FAVOR

 

Fotografía de la película de Charles Chaplin "El gran dictador"

El humor en el arte siempre ha estado mal visto, considerado por muchos como la oveja negra de la familia; esa alma descarriada que se aparta del rebaño y no sigue las consignas marcadas por la tradición y la férrea disciplina familiar.

En esa metafórica representación el humor se transforma, a ojos del resto de intregrantes del clan familiar, en el elemento díscolo, molesto, fuente de constantes problemas, alguien de quien avergonzarse y ocultar a las visitas, y hasta de renegar de él en público y en privado.

El gran Frank Zappa, del que siempre que tengo ocasión reivindico su vigencia, consciente de ese desprecio soterrado que los denominados “artistas serios” demuestran hacia el humor, se preguntaba en uno de sus discos si “el humor tiene cabida en la música” (¿Does humour belong in music?, álbum en directo de 1986). Obviamente, Zappa formulaba su pregunta de forma irónica, pues como él mismo demostró a lo largo de su brillante y exitosa trayectoria, sin parangón en la industria musical, la respuesta a su pregunta sería un “rotundamente sí”. Es más, tal y como se encargó de reivindicar en sus más de setenta discos publicados antes de su prematura muerte a los 52 años, el humor no sólo tiene cabida en la música, sino en cualquier aspecto de nuestras tristes y miserables vidas.

Esto me lleva a hablar de otras ramas del arte.

Desde que era niño he sentido una especial fascinación por la comedia en el cine. También era el género favorito de nuestro abuelo materno. Lo que más le gustaban eran las comedias y los westerns, sin desmerecer otro tipo de géneros. A mí personalmente me encantaba verle reír. Me contagiaba. A veces, era tal el ataque de risa que le sobrevenía que se le sonrojaba el rostro y le caían lagrimones de los ojos. Y claro, ver a un adulto en semejante tesitura a un niño le resulta de lo más contagioso. Recuerdo aquellos ataques de risa provocados por películas de género slapstick, cine mudo de genios del humor físico como Charlot o El Gordo y el Flaco (Stan Laurel y Oliver Hardy).

También le encantaba Cantinflas, con sus interminables diatribas sin sentido que lograban desarmar a sus oponentes dialécticos. Exactamente lo mismo ocurría en las películas de los Hermanos Marx, donde los chispeantes y absurdos diálogos de Groucho y Chico lograban sembrar el caos y la anarquía allí por donde pisaban.

Harpo, Groucho y Chico haciendo de las suyas

A medida que fui creciendo y acumulando lecturas y conocimientos, mis preferencias en ese tipo de comedias fue variando: me seguían gustando los gags visuales de los Hermanos Marx, pero ahora, además, prestaba más atención a los diálogos, muchos de ellos basados en agudas observaciones que elevaban la crítica social al olimpo de la genialidad (“yo nunca olvido una cara pero, en su caso, haré una excepción”, “disculpen si les llamo caballeros, pero es que aún no les conozco lo suficiente”, “sus ojos me recuerdan a usted, su rostro me recuerda a usted, todo en usted me recuerda a usted menos usted”, “estos son mis principios, si no le gustan tengo otros”, “inteligencia militar son dos conceptos contradictorios”, etc).

Tanto en los Hermanos Marx como en Cantinflas observamos cómo se sirven del humor para desafiar a la autoridad, o para hacer frente a las injusticias. Me gusta y me reconforta ver cómo el humor es capaz de desnudar la solemnidad y la pomposidad de la que se sirven los que mandan para someter a los que consideran inferiores o más débiles que ellos, bien sea en lo concerniente a su estatus social, económico o cultural. Mediante el humor se consigue “desnudar” al oponente, dejando bien patente lo ridículo de su actitud, y lo débil que en ocasiones resulta el argumento que esgrimen para ostentar ese supuesto poder que ejercen sobre nosotros. De ahí que los poderosos teman tanto al humor, porque saben que el sentido del humor es el corazón de la subversión.

Hace un par de años leí un magnífico libro que analizaba el humor judío bajo el terrible régimen nazi del Tercer Reich. El libro, escrito por el escritor Rudolf Herzog, hijo del famoso cineasta Werner Herzog, lleva por título Heil Hitler, el cerdo está muerto (hace un par de años hice una reseña en este mismo blog. Puedes pinchar aquí para leerla). En ese libro, Herzog habla del sentido del humor como arma liberadora de los oprimidos, los perseguidos y los condenados a muerte, capaz de ayudarles a soportar las continuas humillaciones, los atropellos y el régimen de terror impuesto por los nazis en tan oscura época de nuestra historia reciente. Resulta chocante leer que ante la barbarie los seres humanos recurramos al humor para evitar sucumbir a la desesperación.

Más recientemente, hace apenas unas semanas, terminé de leer otro interesante libro escrito por Andrés Barba, y que lleva por título La risa caníbal. En él, su autor analiza de manera minuciosa el efecto del humor en nuestra sociedad, asociándolo a diversos episodios culturales y sociales que nos muestran la onmipresencia del sentido del humor en nuestras vidas y en ámbitos tan dispares como la política, la religión, la cultura y el sexo.

Considera Barba que el humor nunca es inocente. En ese punto coincide con un famoso humorista isleño, Manolo Vieira, quien, en una ocasión, recuerdo que dijo algo parecido cuando aseguraba que el humor básicamente consiste en dos riéndose de un tercero. Puede que sea así en un alto porcentaje, no lo niego, aunque no lo aseguraría al cien por cien, pues ahí tenemos el humor blanco para desmentirlo.

Supongo que en mi forma de escribir humor no todo es tan inocente o naif como aparenta. La verdad es que nunca me he parado a analizar mi propio sentido del humor, que considero de lo más ecléctico y versátil, pues soy perfectamente capaz de disfrutar de igual modo de comedias ligeras o amables del tipo Frasier o Los Roper como de gamberradas y pasotes épicos repletos de incorrección política del tipo George Carlin, Louie C.K. o Ricky Gervais. Cualquier excusa me vale para restarle seriedad y trascendencia a la vida, y echarme unas risas a costa de nuestra soberana estupidez.

Por cierto, hablando de estupidez, uno de los capítulos más hilarantes del libro de Andrés Barba es el que le dedica al expresidente de los Estados Unidos George Bush hijo. El título del citado capítulo es en sí mismo bastante revelador: George Bush, o el payaso involuntario. En el mismo, Barba, además de hacer una semblanza bastante acertada del personaje, recopila diferentes anécdotas relacionadas con su etapa presidencial. Una de mis favoritas es aquella en la que durante una rueda de prensa en julio de 2007, en Cleveland, le preguntaron sobre la posibilidad de una pandemia de Gripe A. Y ahí tenemos a George Bush hijo, presidente de una de las naciones más poderosas e influyentes del mundo, poniendo cara de memo —es decir, su cara de diario—, y soltando, sin el menor atisbo de rubor, la siguiente frase: «Voy a ver si consigo acordarme lo suficiente de la respuesta que tenía que dar para que parezca que sé algo sobre el tema». Miedo me da pensar en cómo habría gestionado semejante cenutrio la crisis del Covid19. Aunque, echando un vistazo a lo mal que lo gestionaron otros dirigentes políticos, empezando por el no menos cenutrio de Donald Trump y acabando por los mandamases de medio mundo, me da miedo profundizar en manos de quienes estamos. Mejor echémonos unas risas y no nos dejemos abatir por la triste realidad.

Otro de los puntos culminantes del libro tiene que ver con Adolf Hitler, quien, según se cuenta, visionó hasta dos veces, en dos sesiones privadas distintas, la película El gran dictador de Chaplin, donde el genial cómico parodiaba al mismísimo Führer. Me imagino el odio y la impotencia que debió sentir Hitler al verse ridiculizado en la gran pantalla, a la vista del mundo entero, sin que nada pudiese hacer para impedirlo. Eso debió reconcomerle por dentro. He ahí otra prueba del enorme poder del humor frente al fanatismo y el autoritarismo.

En otro apartado del libro se habla de la “corrección política” en el humor. Y para ilustrar este aspecto el autor cita la siguiente anécdota protagonizada por Joan Rivers, una famosa cómica estadounidense. En uno de sus espectáculos en vivo, Rivers dijo: «Odio a los niños. Creo que la única niña que me hubiese gustado tener es Helen Keller, porque no hablaba». Según apunta el autor, Helen Keller fue una conocida activista política sorda y ciega.

En una sociedad tan puritana y conservadora como la norteamericana, Rivers había osado unir en una sola frase dos de los activadores de alarmas de la incorrección política: discapacitados e infancia. La respuesta no se hizo esperar. Un hombre se alzó entre el público y gritó: «¡Eso no tiene gracia! ¡Yo tengo un hijo sordomudo!», provocando un aterrador silencio en la sala.

Con otro protagonista, igual lo normal hubiese sido escuchar una sincera disculpa por parte de la humorista. Pero Joan Rivers, lejos de disculparse, explotó con una furia legítima ante el maniqueo acoso del “decoro”. «¡Claro que tiene gracia! ¡Tú sí que no tienes gracia! ¡Mi madre era sorda, gilipollas! Déjame que te explique de qué va esto de la comedia: la comedia está para hacer reír a la gente y que todos podamos seguir con nuestra vida, imbécil. Durante años estuve viviendo con un hombre al que le faltaba una pierna y siempre hacía el chiste de que si tenía un hijo con dos piernas dudaría de su paternidad. ¡De eso va la comedia, gilipollas!».

Dejando a un lado las formas —a unos les gustará más y a otros les gustará menos, e incluso habrá a quien no le guste nada—, no podría estar más de acuerdo con Rivers. Sinceramente, estoy hasta la coronilla de esa especie de dictadura de lo “políticamente correcto”. Si un chiste no te gusta, no te hace gracia o te ofende, simplemente ignóralo, porque, si lo censuras, ¿en qué te convierte eso? ¿No crees que estás coartando la libertad no sólo del que lo crea o lo recita sino también cercenando el derecho de otra persona a la que igual sí que le gusta y disfruta de ese tipo de humor? Si todos tuviésemos el peligroso poder de prohibir aquello que nos disgusta o nos resulta incómodo, molesto u ofensivo, ¿qué nos quedaría? Yo lo tengo claro: nos quedaría un mundo en el no querría vivir.

Resulta triste y descorazonador descubrir que los que abogan por un mundo mejor —según su baremo, claro—, se descubran como los más intransigentes y autoritarios, imponiendo su forma de pensar y actuar en detrimento de los que piensan y actúan diferente a ellos.

Respeta para que te respeten, acepta para ser aceptado, no impongas tu punto de vista para que otros no te impongan el suyo.

Parafraseando a Harry el sucio, el personaje “políticamente incorrecto” magníficamente interpretado por Clint Eastwood: “El sentido del humor es como los culos, todo el mundo tiene el suyo”. Pues eso.

A propósito, estaría bien que alguna vez le concediesen el Premio Nobel de Literatura a un escritor de corte humorístico —se me ocurren unos cuantos—. O un Oscar de Hollywood a una comedia pura, sin dramas de por medio, como sucedió con La vida es bella o Forrest Gump —da la sensación de que la única forma que tiene la comedia de ser “socialmente aceptada” es acompañada de unas grandes dosis de drama. No me entiendan mal, me encantan esas dos películas, pero me habría encantado que alguna película de los Hermanos Marx, Monty Python o alguna de las primeras películas de Woody Allen hubiese sido premiada con un Oscar—.

Por último, una petición: más humor y menos dramas, por favor, que para dramas ya tenemos la realidad.


miércoles, 2 de junio de 2021

MAESTROS DEL CINE MUDO

 

Imagen de Buster Keaton. Uno de mis favoritos. Genio.

 

No hace mucho hablaba en un artículo publicado en este mismo blog de lo vasto —y también basto— que es Internet.

Yo compararía tamaña enormidad a una gigantesca red neuronal, sostenida por millones y millones de usuarios en todo el mundo que, a modo de vasos comunicantes, gracias a su permanente interacción consiguen mantenerla viva y en perpetuo funcionamiento.

Me atrevería a asegurar que sus creadores, los que tuvieron la idea de Internet cuando sólo era un boceto en una pizarra, son los primeros sorprendidos por el alcance actual a escala global de su invento. Quiero pensar que ni en sus previsiones más optimistas llegaron a imaginar que, de un modo u otro, en Internet llegaría a concentrarse, dispuesto en millones de capas, tal nivel de información, conocimiento, obras de arte y muestra infinitas de la estupidez humana.

Durante los desconcertantes meses de confinamiento provocados por la pandemia del Covid-19, gracias a Internet no sólo logré estar permanentemente informado —o permanentemente desinformado, según se mire—, sino que, gracias a mi curiosidad innata, hacía lo posible por mantener la mente lo más ocupada posible, a la busca y captura de cualquier estímulo que me sirviese para escapar de la fea realidad que parecía envolverlo todo con su siniestra y oscura niebla de confusión, incertidumbre y miedo.

Stan Laurel & Oliver Hardy (El Gordo y el Flaco)


 Una de las cosas que descubrí, y que no agradeceré lo suficiente, fueron las horas y horas de películas de cine mudo que vagan libremente en Youtube.

Para quien a estas alturas aún no sepa “qué es Youtube y a qué dedica el tiempo libre”, decir que Youtube es un inabarcable cajón de sastre donde todo, o casi todo, tiene cabida. Si os dijese la de cosas raras o bizarras que he llegado a encontrar allí, hasta yo mismo dudaría de si lo vi realmente o lo soñé.

Imagínate que un día te levantas con el cuerpo raro. No es algo físico, sino más bien algo inexplicable que barruntas en tu sesera. Luego, a medida que va transcurriendo el día, descubres al fin el origen de esa pequeña inconveniencia. «Es que —te dices a ti mismo—, resulta que me acabo de dar cuenta que a mis cincuenta y pico añazos aún no sé si durante todos estos años me he estado cortando de forma correcta las uñas de los pies».

Tranquilo. Que no cunda el pánico. Ante todo, mucha calma.

Lo primero que vas a hacer, si no lo has hecho ya, es darte un paseíto hasta el cuarto de baño a descargar la vejiga, ya que, como todos los que hemos tenido la suerte o la desgracia de pasar la barrera de los 50 tacos sabemos por propia experiencia, a partir de esa edad volvemos a tener una vejiga del mismo tamaño a la de un bebé, lo cual hace que tus visitas al cuarto de baño a lo largo del día y de la noche se multipliquen del mismo modo que la pandemia ha hecho que se multiplicasen los imbéciles y las imbécilas que campan a sus anchas por este maravilloso planeta que Dios, Buda o lo que sea nos ha dado.

Una vez descargada la vejiga —no olvides lavarte las manos y, por el amor de Dios, baja la tapa del inodoro para evitar la bronca de la parienta—, dirígete a tu PC, abre tu navegador favorito, entra en Youtube, y teclea en la barra de búsqueda: “Forma correcta de cortarse las uñas de los pies”. Te apuesto lo que quieras a que, en menos de lo que tarda Pedro Sánchez en desdecirse y hacer justo lo contrario a lo que dijo que nunca iba a hacer, te saldrán un montón de vídeos de todo tipo explicándote a modo de tutorial la forma correcta de cortarte las uñas de los pies. Y no sólo eso. Si me apuras, en la columna de “vídeos sugeridos” te saldrán un montón de tutoriales que te mostrarán no sólo cómo cortarte de forma correcta y eficiente las uñas de los pies, sino cómo hacerlo silueteando figuras de los personajes más populares de Disney, desde Mickey Mouse a Pluto pasando por La Sirenita o El rey León.

Ver para creer.

Harold Lloyd, en la memorable escena del reloj en "Safety Last".

 Un día, no recuerdo muy bien cómo, llegué a un cortometraje de Buster Keaton; perdón, matizo, del grandísimo Buster Keaton. Pinché en él y lo vi. Ni qué decir tiene que lo disfruté como un enano —a propósito, viviendo como vivimos bajo la dictadura de lo políticamente correcto, igual lo de “disfrutar como un enano” puede hacer que el ofendidito u ofendidita de turno me acuse de enanófobo o algo parecido. Sinceramente, si tengo que admitir ser algo es "gilipollófobo", es decir, detesto a los gilipollas—.

Así pues, disfruté el corto de Keaton. Y como un enano, además. No lo había visto nunca, y me pareció asombrosamente ingenioso y divertido.

Buster Keaton en una divertida pose
 

Una de las tretas que utilizan plataformas como Youtube o Amazon para abducirte en su mundo y que “no te vayas todavía no te vayas por favor, que hasta la guitarra mía llora cuando dice adiós”, consiste en proponerte enlaces a contenidos o productos relacionados con lo que acabas de ver. Así, en el margen derecho de la pantalla, había una lista con enlaces a otros cortos de Buster Keaton, así como de otros cómicos de la época, como Stan Laurel y Oliver Hardy (en España más conocidos como El Gordo y el Flaco), Charles Chaplin, Harold Lloyd, Roscoe "Fatty" Arbuckle y otros.

Sin pretenderlo, había descubierto una mina de oro.

Entre las muchas aplicaciones gratuitas que podemos encontrar en la red, hay algunas realmente interesantes. Entre esas aplicaciones, hace tiempo hallé una que me permitía poder bajar los vídeos de Youtube en formatos populares como el mp4 o mkv; algo muy práctico si, como yo, te gusta ver esos vídeos en tu televisor, cómodamente sentado, con la mejor calidad posible y sin interrupciones publicitarias cada pocos minutos, o fastidiosas pausas motivadas por limitaciones o deficiencias en tu conexión a Internet.

A medida que me iba bajando los vídeos anotaba en una libreta los títulos de los cortos, además de la fecha, a fin de evitar bajar el mismo vídeo dos veces.

En unos pocos días ya tenía a mi disposición una nutrida colección de piezas de cine mudo. Supongo que, al tener muchos de ellos más de 100 años de antigüedad —hay piezas de entre 1917 y 1929—, sus derechos de copyright están más que vencidos, lo cual me evitaba sentirme culpable por estar violando algún derecho de autor.

Conviene advertir que todos los largometrajes y cortos de ese periodo tienen carteles en inglés, dicho lo cual no lo considero un obstáculo para su entendimiento. La razón: los argumentos suelen ser bastante sencillos, y la mayoría de los chistes y gags son visuales —al ser cine mudo, apenas hay diálogos—. Si a eso sumamos que este tipo de películas estaban dirigidas hacia un público lo más genérico posible, no creo exagerar si digo que hasta un niño, o cualquiera de los presidentes de gobierno que ha tenido España desde la instauración de la democracia allá por 1978, podría seguir el argumento sin problema. Bueno, igual exagero. Puede que los niños sí que sigan el argumento sin problemas. En cuanto a los distintos presidentes de gobierno que hemos tenido, tengo mis dudas.

Si queréis echar un vistazo y descubrir por vosotros mismos el maravilloso mundo del cine mudo en Youtube, a continuación os enlazo a varios de los cortos de esos maestros del humor que, gracias a su enorme talento y su genialidad, hacen que la vida sea mucho más divertida.