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miércoles, 15 de octubre de 2025

LA ETERNA SONRISA DE DIANE KEATON

 



El domingo me desayunaba con la triste noticia del inesperado fallecimiento de mi querida y admirada Diane Keaton. Cuando leí el titular el corazón me dio un vuelco. Era como si hubiese muerto una entrañable amiga de la que hacía tiempo que no sabía nada.

Me acordé entonces de la primera peli suya que vi. Yo tenía entonces quince o dieciséis años. Por aquellos años, mediados de los ochenta, mi padre era propietario de un videoclub. Yo, cinéfilo empedernido desde temprana edad, aprovechaba esta circunstancia para llevarme a casa cuantas pelis cupiesen en mi mochila de estudiante. Los fines se semana me veía hasta cinco pelis, entre el sábado por la noche y el domingo.

En uno de esos aprovisionamientos cinéfilos de fin de semana, llevé a casa una peli de un tal Woody Allen con un curioso título en español, Sueños de un seductor (Play it again, Sam en su versión original).

Aquella peli me voló la cabeza. Conecté de inmediato con el humor absurdo y la fina ironía de aquel tipo menudo y desgarbado, y con una melena pelirroja casi tan larga como la que yo llevaba entonces —snif, ¡qué tiempos aquellos en los que lucía mi melena de joven rockero!—.

En aquella película, además de Allen, salía junto a él una joven preciosa y divertidísima que hacía el papel de mejor amiga del protagonista, y de la que al final Allen se acaba enamorando. Aún me sigo partiendo de risa con la descacharrante escena en la que Linda (Diane Keaton) y Dick (Tony Roberts), se presentan con una chica en el apartamento de Allen con intención de emparejarlos. Allen, nerviosísimo, no para de decir y hacer tonterías, hasta que en un momento dado hace un gesto casual, el disco de vinilo que tiene entre las manos sale disparado de su funda y se estrella contra una repisa destrozando lo que había en los estantes, él se apoya entonces en el respaldo de una mecedora, la mecedora cede y le mete un leñazo en la barbilla, y Allen, en un intento de normalizar aquel desastre, no para de pasarse la mano por el mechón de pelo rebelde que le tapa la frente. Dejando a un lado el efecto cómico de la escena en sí —digna de todo un maestro del slapstick del cine mudo—, lo que más gracia me hace es el vano intento de Diane y Roberts por aguantar la risa ante lo que acaban de presenciar.

A partir de aquella maravillosa película, fueron cayendo, una tras otra, cuantas pelis de Woody Allen se me pusieron a tiro. Al hacerlo, caí en la cuenta de una presencia, la de aquella actriz tan guapa, desenfadada y divertida, que parecía iluminar todas las escenas en las que salía.

La citada Sueños de un seductor, El dormilón, La última noche de Boris Grushenko, Annie Hall, Manhattan y Misterioso asesinato en Manhattan, son pelis que nunca me canso de ver. Incluso me gustó en Interiores, el primer intento de Allen por incursionar en el terreno del drama.

Volví a redescubrirla en El Padrino, de Francis Ford Coppola, en un papel a la altura de su inmenso talento. A partir de aquí la seguí en un montón de pelis haciendo todo tipo de papeles, desde intensos dramas a comedias ligeras, y todas ellas con una solvencia digna de una actriz de raza, de esas que, hagan lo que hagan, sabes que lo va a dar todo.

Un día, a principios de este milenio, alquilé en el videoclub una comedia de la que no sabía absolutamente nada. Diane Keaton compartía protagonismo con otro grande: Jack Nicholson. Completaban el reparto Amanda Peet, Frances McDormand y Keanu Reeves. Con un reparto así, plagado de estrellas, la cosa prometía. Y no me defraudó. Al contrario. Nada más verla, se convirtió en una de mis comedias románticas favoritas de todos los tiempos. La química que se establece entre Keaton y Nicholson es sencillamente maravillosa. Casualmente hace un par de meses la volví a ver por quinta o sexta vez, y volví a emocionarme con ella como el primer día.

Cuando hace unos años saltó a la primera plana de los tabloides el feo asunto del movimiento MeToo contra Woody Allen, instigado en buena medida por Mia Farrow y Ronan Farrow, el único hijo biológico de Allen y Mia, medio Hollywood le dio la espalda al director neoyorquino Incluso algunos actores y actrices que habían trabajado en el pasado con Allen renegaron de él, asegurando que no volverían a trabajar bajo sus órdenes si se lo pidiesen. Entre esos actores se encontraban nombres tan conocidos como Thimotée Chalamet, Greta Gerwig o Selena Gómez. Woody Allen sufrió los devastadores efectos de lo que se ha dado en llamar “cultura de la cancelación”, que consiste en una nueva inquisición cultural e ideológica donde al cancelado se le aplica un linchamiento público sin posibilidad de réplica. Entre las pocas voces que salieron en defensa del otrora aclamado y respetado cineasta se encontraba Diane Keaton, quien no dudó en mostrar públicamente su apoyo hacia su amigo con un contundente “sigo creyendo él”, demostrando así una lealtad sin fisuras.

Hace unas pocas horas he podido leer unas sentidas palabras que Woody Allen ha querido dedicar a su amiga en su despedida. “Hace unos días, el mundo era un lugar que incluía a Diane Keaton. Ahora es un mundo que no la incluye y, por lo tanto, es un mundo más deprimente. Aún así, su risa estruendosa aún resuena en mi cabeza. Sus películas permanecen. Su risa, también. Y eso basta para que el mundo siga siendo un lugar menos triste”.

El domingo fue un día triste para mí, pues me sentía como si hubiese perdido a una buena amiga de toda la vida, leal, inteligente y entrañable. Hoy me siento un poco mejor, pues sé que, mientras tenga tus películas, tu eterna sonrisa volverá a iluminar la pantalla de mi televisor.

Buen viaje, querida Annie.

 

Preciosa foto que he encontrado en la red.





jueves, 15 de julio de 2021

A PROPÓSITO DE WOODY

 

Hace unos pocos días terminé la lectura de la autobiografía de Woody Allen, que lleva por título A propósito de nada. La lectura de esas páginas me ha inspirado una serie de reflexiones, que he querido compartir con todos vosotros.

Pero antes de proseguir, conviene matizar algo. Quien me conoce, bien sea por mis tres libros publicados hasta el momento o por los siete años que llevo publicando cosas en el blog —¡siete años ya, uf, cómo pasa el tiempo!—, sabe de mi adoración por Woody Allen, al que considero no sólo uno de los grandes genios del séptimo arte, sino una de las mentes más preclaras de nuestra era. También lo considero una de mis máximas influencias a la hora de abordar mi oficio de escritor. Su humor absurdo, fuente inagotable de inspiración para mí, ha hecho que le vea algo más de sentido a este sinsentido que es la vida.

Con esto quiero que entendáis que cuando hablo de Woody Allen lo hago desde el apasionamiento, pues al igual que me ocurre con otros grandes genios a los que admiro profundamente, tiendo, quizás, a mostrarme excesivamente indulgente, pues por encima de cualquier otra consideración prima en mí el sentimiento de agradecimiento por todo lo que han aportado —y siguen aportando— a mi vida.

Dicho esto, entraré en materia.

Empezaré diciendo que el libro, a pesar de sus casi trescientas cincuenta páginas, se me hizo corto. Lo devoré con ansia, y con un creciente interés, pues me descubrió facetas de Woody que desconocía por completo, como su relación con sus padres —el padre de Woody es todo un personaje—, sus amigos de la infancia, sus problemas de adaptación en la escuela, sus matrimonios fallidos —curiosamente ha estado casado en tres ocasiones y ninguna de ellas con Mia Farrow, sin duda, su relación más mediática—, y más cosas.

Una de las cosas que más llama la atención es su insistencia a la hora de desmontar esa etiqueta de «intelectual» que lleva arrastrando desde el inicio de su carrera. Para empezar, en un ejercicio de brutal sinceridad, admite sin tapujos que, contrariamente a lo que la gente piensa de él, a Woody le aburren los libros.

En un pasaje concreto del libro, Woody escribe: «Para mí, la lectura siempre competía con los deportes, las películas, el jazz, los trucos de naipes y con el mismo hecho de no leer. (…) Faulkner y Kafka me costaron, y lo pasé peor con Eliot y por supuesto con Joyce, pero Hemingway y Camus me gustaban mucho porque eran sencillos y me hacían sentir, aunque no pude terminar nada de Henry James, por mucho que lo intenté».

De todos los que cita, yo sólo lo he intentado con Hemingway, Kafka y Joyce. De Hemingway me leí de jovencito El viejo y el mar y Las nieves del Kilimanjaro, ambos relatos en un mismo libro, que aún poseo, editado por RBA a principios de los 90. Me gustó Hemingway. De Kafka me leí completo Amerika y me deprimí; lo seguí intentando años más tarde con algunos relatos suyos —El proceso, El castillo, La metamorfosis—, pero nunca logré acabar ninguno de esos relatos. En cuanto a Joyce, de sobras es conocido mi profundo odio por su afamado Ulises, posiblemente el libro que más veces he intentado leer y con el que siempre he fracasado miserablemente —jamás he logrado pasar de las cinco primeras páginas—. Años más tarde, empujado por un efusivo artículo que leí en una revista, me leí sus Cartas de amor a Nora Barnacle, y, si bien no lo acabé, estoy en disposición de afirmar que jamás en toda mi vida había leído un libro más asqueroso y repugnante que ese, en el que Joyce se descubre como un ser repulsivo y obsceno, totalmente rendido a la lascivia.

Una de las imágenes más icónicas de la genial "Manhattan". Adoro esta escena, en la que Woody relata a una grabadora "Cosas por las que realmente vale la pena vivir".

Volviendo a Allen, me llamó mucho la atención el poco valor que le concede a su propia obra. Y si bien esto ya lo sabía por las muchas biografías y libros de entrevistas que poseo y que he leído a lo largo de los años, no deja de asombrarme el baremo en el que se basa Allen para calificar a sus obras. No le gustó Manhattan —algo que yo ya sabía y que aún hoy me cuesta creer, por cuanto la considero una de las obras maestras indiscutibles del cine—, evalúa Interiores como un intento fallido de acercarse a Bergman —a mí me gusta Interiores, mucho, además— y no demuestra demasiado entusiasmo al hablar de El dormilón, de la que dice no recordar casi nada, y que yo adoro y le tengo un especial cariño, pues fue de las primeras películas suyas que vi en televisión, a las tantas de la madrugada, en el extinto Cine Club, con mi vídeo VHS a punto para grabarla.

Woody Allen y su segunda esposa, Louise Lasser, en una imagen hogareña

Llama la atención el especial cariño que pone al hablar de Louise Lasser, su segunda esposa, a la que adoraba y de la que estaba muy enamorado. En el libro confiesa lo mal que lo pasó al llegar ambos a la conclusión de que lo mejor era solicitar el divorcio, principalmente motivado por el carácter lunático y depresivo de ella, además de por sus continuas infidelidades mientras Woody estaba de gira por los clubs del país o de viaje por Europa rodando cine. En un tono especialmente divertido, Woody relata lo mucho que extrañó a la gente el ver a ambos tan felices y unidos el mismo día que firmaban su acta de divorcio: «Fuimos a divorciarnos a Juárez, después de dormir juntos la noche antes en San Antonio, y nos mostrábamos tan acaramelados en la sala de espera, mientras otros estaban esperando para divorciarse, que un hombre nos preguntó: ¿quién de ustedes se va a divorciar? Respondimos que los dos, el uno del otro. Él no podía creer que dos personas que evidentemente se querían tanto desearan separarse».

A ella le dedica la siguiente descripción: «Lo que estoy tratando de decir con todo este rollo es que era hermosa. Pero eso era sólo una parte de su grandeza. Era encantadora, lista como el hambre, rápida, muy divertida e ingeniosa (…) Además estaba un poco chiflada, porque Dios esconde una gran variedad de sucios trucos en la celestial manga de su túnica blanca».

Woody recalca que aún hoy, a sus ochenta y tantos años, sigue manteniendo la amistad con la mayoría de sus ex parejas, entre ellas Louise Lasser y Diane Keaton, a la que no duda en calificar como «mi Estrella del Norte, la persona a la que recurro, una de las pocas personas cuya opinión me importa sinceramente».

De Diane Keaton, Woody escribe a propósito del día en que la conoció en una audición para Play it again, Sam: «¿Qué puedo decir? Era fabulosa. Fabulosa en todos los sentidos. Como cuando se habla de una personalidad que ilumina una sala; ella iluminaba todo un bulevar. Adorable, graciosa, con un estilo totalmente original, natural, fresca».

Con el tiempo se hicieron amantes, y hasta llegaron a vivir juntos. Me resultó entrañable el relato que hace Woody de aquellos días, pues se asemeja bastante a lo que vemos en muchas de sus películas juntos: sesiones de cine en televisión, en la cama, a las tantas de la madrugada, cenas en restaurantes en compañía de compañeros de profesión, escritores o amigos en común, largos paseos por el parque o las concurridas calles de su adorada Manhattan, asistir a un partido de los Knicks.

Diane Keaton y Woody Allen en una imagen de "Annie Hall".


    Finalmente la relación se rompió fruto del desgaste, aparte del hecho de que Diane se empezó a cansar de Manhattan y mostraba cada vez un mayor apasionamiento por la Costa Oeste. A ella la escogieron para la saga de El padrino y eso la llevó al otro lado del país. Aún así, a pesar de dejar de ser pareja sentimental, ambos consiguieron mantener intacta la amistad. Según confiesa Woody: «Todavía le consulto en ocasiones sobre cuestiones de casting o le hago preguntas sobre cualquier contratiempo creativo con el que tenga dificultades. Jamás nos hemos peleado y hemos trabajado juntos muchas veces a lo largo de los años».

Además de todo ello, conviene resaltar que Diane Keaton ha sido de las pocas personas que siempre ha defendido a Allen de los numerosos ataques y acusaciones recibidos a raíz del escándalo con Mia Farrow. Y es que en el libro, Allen no ahorra detalles a la hora de detallar su agrio enfrentamiento con la que durante más de una década fue su pareja, tanto sentimental como artística. Esta es, a mi juicio, la parte más triste del libro, por cuanto ves, a través del testimonio de Allen, cómo funcionan realmente las cosas en el mundo judicial y mediático en el mundo de hoy en día.

Lo vemos continuamente y a todas horas: juicios paralelos, acusaciones sin fundamento, ataques furibundos de gente que no te conoce ni te ha tratado en absoluto y que, por lo tanto, carece de toda la información, morbo excesivo por el escándalo, indiferencia ante el hecho de causar un daño irreparable a gente a la que se le niega la posibilidad de demostrar su inocencia y que, sin embargo, ya ha sido juzgada y condenada sin que ni un juez ni un jurado hayan emitido aún un veredicto, etc.

Evidentemente, carezco de los datos necesarios para emitir un juicio con fundamento. Y, por otro lado, tampoco lo necesito. Si algo he aprendido a lo largo de mi vida es a saber diferenciar entre el artista y la persona. Admiro a muchos artistas cuyo arte me conmueve, mientras en lo personal han probado ser personas horribles. ¿Debe eso privarme del placer que me produce su arte? Honestamente, no lo creo.

Dicho esto, una vez leída la argumentación de Allen, razonada y convenientemente apuntalada con datos y testimonios aportados por gente que trató y trabajó con la pareja y que vivió en primera persona lo que ocurría de puertas para adentro, no puedo evitar pensar que lo que ha sufrido este hombre ha sido una vergonzosa cacería mediática.

Yo nunca creí en la culpabilidad de Woody Allen. O mejor dicho, nunca quise creer en su supuesta culpabilidad. En lo que a mí concierne, su arte y su ingenio me han hecho pasar grandes y maravillosos momentos, me ha hecho disfrutar del fino humor, la ironía y el sarcasmo, literalmente me ha hecho llorar de la risa, he caído víctima del asombro ante observaciones suyas de tal calado que sólo están al alcance de lo que yo considero una mente absolutamente genial y fuera de este mundo, me ha ayudado a salir airoso de momentos ciertamente delicados de mi vida, he conseguido disfrutar de los pequeños placeres de la vida que están al alcance de todos nosotros aunque se nos pasen desapercibidos la mayor parte del tiempo, como ciertos sabores, aromas, imágenes y sonidos, y, por encima de todo, ha conseguido animarme a dar forma a las miles de historias y personajes que vivían y aún viven en mi interior y que pugnaban por salir. Por todo ello, y por más cosas que me dejo en el tintero, sólo tengo palabras de agradecimiento hacia Woody Allen, un genio al que admiraré y del que seguiré disfrutando hasta el fin de mis días.

Pero entonces, el libro, ¿es bueno? Sí. Lo es. Ciertamente es un libro magnífico. Había leído artículos bastante críticos con el libro, donde la palabra «decepción» destacaba sobremanera. Eso es porque quienes leyeron y criticaron el libro de Woody no son fans de Woody. Yo sí soy fan. Muy fan. Y el fan de algo o de alguien tiene un plus que lo distingue del que no lo es. Y ese plus no es otro más que ver virtudes donde otros ven defectos. Leí por ahí que el libro era plano, que Woody no se había detenido a hacer un exhaustivo repaso por sus pelis. No sé qué libro han leído quienes sostienen eso. Igual a sus ejemplares les faltaban páginas. En el mío Woody habla de cada una de las películas que ha hecho. Incluso habla de las pelis en las que trabajó y que no fueron ni escritas ni dirigidas por él, como Cachitos picantes o Escenas en una galería. ¿Qué pretendían, que hiciese un tocho de dos mil páginas rebosante de detalles técnicos y una lista pormenorizada de los integrantes del equipo de filmación, incluido el montaje? Ya hay libros así. Yo tengo un par de ellos. No necesito otro.

Volviendo al libro de memorias, a mi juicio, subjetivamente hablando, está excelentemente escrito, con una narración sencilla y directa, sin grandes florituras ni malabarismos lingüísticos. No en vano, considero a Allen un narrador brillante; honesto, valiente, conmovedor por cuanto habla y rinde homenaje a muchas personas que, de un modo u otro, han formado parte de su vida y su obra y que, desgraciadamente, ya no están entre nosotros. En ese sentido, no me resisto a señalar que Woody no escatima en elogios y palabras de agradecimiento hacia todas aquellas personas a las que debe parte de su éxito: compañeros de profesión, colegas guionistas, amigos de la infancia, antiguos jefes, agentes, cómicos y gente del mundo del espectáculo que lo ayudaron en sus comienzos, ejecutivos de estudios cinematográficos, actores y actrices con los que ha trabajado; incluso habla bien de actores y actrices que le dieron la espalda cuando su nombre surgió en el centro de la polémica a raíz del movimiento #MeToo, tachando a Woody Allen de pederasta y otras lindezas; actores y actrices que no dudaron en desmarcarse del director y hasta de gritar a los cuatro vientos que no volverían a trabajar con él, que se arrepienten de haberlo hecho y que, incluso, en el colmo del bienquedismo y el fascismo de lo políticamente correcto, han manifestado que el dinero ganado con sus actuaciones en películas de Woody Allen decidieron donarlo a organizaciones en defensa de los derechos de las mujeres. La hipocresía de Hollywood en todo su esplendor. Y luego les extraña que Woody prefiriese pasarse tocando el clarinete en el Michael's Pub antes que recoger su Oscar por Annie Hall.

A propósito de este asunto del #MeToo. Quisiera matizar un error comúnmente aceptado entre las personas que no siguen la vida ni la obra de Allen. Contrariamente a lo que se piensa, Soon-Yi no es hija adoptiva de Woody Allen. Nunca lo fue. Soon-Yi es hija adoptiva de Mia Farrow y André Previn, ex marido de Mia y, a propósito, un elemento de cuidado. Es más, Woody Allen y Mia Farrow jamás estuvieron casados.

Soon-Yi y Woody Allen
 

    Doy por hecho que, visto desde fuera, la relación de Soon-Yi y Woody Allen puede ser tachada de antinatural, o, cuanto menos, chocante. No todos los días alguien se acaba enamorando de la hija adoptiva de su pareja. Aunque me atrevería a asegurar que no son los únicos a los que les ha pasado algo así. Sin embargo, cuando lees por boca de Woody cómo fue surgiendo todo entre ellos, cuáles fueron las circunstancias que los empujaron a acercarse el uno al otro —me llamó mucho la atención saber por Woody que Soon-Yi no soportaba a Woody al principio, y que incluso llegó a acusarle de ser un pelele en manos de su madre adoptiva, Mia Farrow—, no tardas mucho en llegar a la siguiente conclusión: ¿qué derecho tenemos nosotros a juzgar a dos personas que se aman y que son capaces de soportar lo insoportable para seguir juntos?

Conviene señalar, especialmente a los escépticos, que Soon-Yi y Woody Allen llevan veintitantos años juntos, están felizmente casados, son padres de dos niñas que actualmente cursan estudios universitarios y siguen tan enamorados como el primer día. ¿No es eso al final a lo que aspiramos todos, amar y ser amados?

Por cierto, si te lo estás preguntando, sí, también hay humor en el libro de Woody. De hecho, todo él está salpicado de pequeños chistes o graciosas observaciones que hacen que te desternilles de risa cuando menos te lo esperas.

Y para muestra, la dedicatoria del libro: «Para Soon-Yi, la mejor. La tenía comiendo de la mano y, de pronto, noté que me faltaba el brazo».