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miércoles, 30 de septiembre de 2026

MI BIOGRAFIA ENTRE FOTOGRAMAS

 

Imagen de Woody Allen de su película "Toma el dinero y corre"


Nací en una película de Woody Allen. Hace muchos años de eso. Tantos, que ya ni me acuerdo. Tampoco merece la pena hacer un esfuerzo para recordarlo, ya que los recuerdos, en el fondo, no son más que polvos de estrella en la memoria.

Crecí junto a mis caóticos Hermanos Marx, con los que jugaba y me divertía durante aquellos lejanos días de mi infancia. Sembrábamos el caos dondequiera que estuviésemos, desafiando cualquier autoridad que se atreviese a cortarnos las alas de la imaginación y la diversión. A nuestros vecinos Los Roper los traíamos de cabeza, con nuestros gritos y juegos desde la mañana a la noche. No parábamos.

De niño me gustaban mucho los trenes. Unas navidades nuestro abuelo nos regaló un tren eléctrico que tiraba de tres vagones, y unos raíles de plástico, cruzado con traviesas, que se acoplaban unos con otros y podías dibujar con ellos la ruta que quisieras. ¡Cómo nos los pasábamos de bien! A mí lo que más me gustaba era ser el Maquinista de la General.

A lo largo de mi vida he estado varias veces a punto de morir de aburrimiento. Pero gracias a mis entrañables amigos Buster Keaton, Harold Lloyd, Stan Laurel y Oliver Hardy logré sobrevivir al tedio más absoluto.

Ya de adulto llegué a trabajar de contable. Eso me transformó en alguien que no era, y, sin darme cuenta, me acabé convirtiendo en Ese señor de negro, eterno nostálgico de tiempos pasados, al que le costaba adaptarse al ritmo de los tiempos presentes, y miraba con cierta aprensión los tiempos futuros.

No pintaba bien la cosa, no. Me aburría, y ése, y no otro, es el mayor de los pecados. Y fue entonces que un día quiso el amigo Chaplin venir en mi ayuda, y con grandes dosis de humor y toneladas de ironía, al fin logré adaptarme a los Tiempos modernos.

Aprendí que, para sobrevivir a este mundo, hay que estar al tanto de las cosas. Hay que leer la prensa diaria, más que nada para que las mentiras de los unos y de los otros no te cojan desprevenido. Y gracias a la sabiduría, recubierta de mala baba y toneladas de cinismo de uno de mis mentores, Billy Wilder, convine que no merece la pena profundizar demasiado en las miserias humanas, y que un exceso de realidad podría volver loco al más cuerdo de los hombres. Así que lo mejor en estos casos es no malgastar el poco tiempo que tenemos haciéndonos mala sangre con cosas que no podemos controlar, y ahorrar tiempo y cabreos innecesarios quedándonos en la Primera Plana.

Por supuesto, soy de los que opinan que en la vida no todo va a ser trabajar y pagar impuestos, así que, de vez en cuando, me pongo el pijama, me calzo unas cómodas zapatillas de andar por casa, me preparo un cóctel y, cómodamente instalado en el sofá de mi casa, me dejo llevar hasta el interior de El guateque, de la mano de mi viejo amigo Hrundi V. Bakshi.

Invariablemente, y sin excepción en tantos años en tan grata compañía, me echo unas risas de lo más sanadoras, entre falsos disparos de cowboys de pega, rollos interminables de papel higiénico que no logran cortar la hemorragia de agua del inodoro, y un camarero borracho hasta las trancas haciendo de las suyas. Y en un momento dado me acabaré preguntando: “¿Y para qué servirá este botón?”, y yo mismo me responderé cuando, al ver como mi viejo amigo Bakshi acabe accionando el dichoso botón, se resuelva el misterio: “Está claro. Para sembrar el caos”. Y de nuevo las risas me reconciliarán con el género humano.

En la década de los 90's sufrí el primero de una serie de duros golpes emocionales y anímicos que casi me hunden en la miseria: la muerte de mi padre. Lo pasé realmente mal, y si logré salir adelante fue, en parte, gracias a las sesiones de terapia con el doctor Frasier Crane.

Recién estrenado el nuevo siglo empezaron a llegar a mi vida, una tras otra, crisis y más crisis; porque las crisis son como la energía, que ni se crea ni se destruye sino que se transforma, mudan de piel, y cambian de naturaleza, y así es como continúan su tarea de acoso y derribo sobre sus ocasionales víctimas. Pero el humor, una vez más, vino a salvarme la vida.

La depresión es un feo monstruo de aterradoras fauces. Carece de sentimientos, por lo que no conoce términos como piedad, empatía o clemencia. Si te tiene en el punto de mira ten por seguro que no dudará en ir a por ti, y no te dejará en paz hasta acabar contigo. O hasta que tú acabes con ella. Y eso hice, pues gracias a la divina intervención de mi colega Austin Powers, el Misterioso Agente Internacional, y su entrañable némesis el Doctor Maligno, logré derrotar a tan poderoso y cruel enemigo.

En la primera década de los dos mil empecé a recopilar un montón de ideas que había ido dejando escritas en libretas y agendas de todo tipo. Hasta que un día, animado por un par de amigos, decidí hacer algo con todo aquello y hacerlo público.

En 2014 di a luz un blog, convirtiéndome así en el primer varón en dar a luz un ser vivo sin tener útero. Todo muy absurdo. De hecho, era tan absurdo que a mi churumbel decidí bautizarlo con el nombre de Absurdamente. Y ahí sigo, doce años más tarde, dando rienda suelta a mi imaginación con intención de combatir el aburrimiento.

Y esta ha sido, a grandes rasgos, mi vida. Y soy lo que soy gracias a lo vivido. Y lo reído.

No creo demasiado en Dios. Y, de rezarle a alguien por la eterna salvación de mi alma, le rezaría a Woody Allen. No os quepa la menor duda. Y no lo haría para pedirle riquezas, ni posición, ni grandes posesiones. Lo único que le pediría, y lo haría de rodillas, y hasta haciendo el pino puente si fuese necesario, a pesar de mi sobrepeso y mi total falta de elasticidad, sería una única cosa: que, por favor, el sentido del humor no me abandone nunca, y que siga conmigo hasta el último de mis días.

Como habéis podido comprobar, mi vida ha transcurrido en su mayor parte entre fotogramas. Y la mayoría de esos fotogramas con la risa como protagonista. Y así continuará, hasta que llegue el día en que, en la gran pantalla de mi existencia, se muestren al fin, en grandes y vistosas letras de molde, las palabras con las que toda vida llega al final de su metraje: THE END.


miércoles, 1 de abril de 2026

CINE Y LITERATURA (4)

Fotograma de la película "El secreto de Joe Gould" (Stanley Tucci e Ian Holm)

 

En mi repaso a películas relacionadas directa o indirectamente con la literatura hoy me detengo en El secreto de Joe Gould, magnífica película protagonizada por un inmenso Ian Holm, dirigida y coprotagonizada por otro monstruo de la interpretación como es Stanley Tucci.

La película está basada en dos obras escritas por Joseph Mitchell: Profesor Gaviota y El secreto de Joe Gould. La primera fue un artículo publicado en el número 12 de la revista literaria The New Yorker en diciembre de 1942. La segunda es una novela, o más bien un ensayo en clave periodística, publicado en 1964. Precisamente este último libro, El secreto de Joe Gould, lo leí hará cosa de tres meses y, fascinado por la prosa de Mitchell y por el personaje que protagoniza el libro, decidí volver a visionar la película del mismo título que forma parte de mi colección particular en DVD.

Ambas, película y libro, abordan la vida y supuesta obra rodeada de misterio de Joe Gould, un personaje bastante peculiar que transitó por las calles de Nueva York entre 1916 y 1957, año en que murió internado en un sanatorio.

Pero, ¿quién fue Joe Gould?

Joseph Ferdinand Gould nace en Boston en 1889, en el seno de una familia rica. Estudia en Harvard y se licencia en 1911. Desde entonces comienza a manifestar un fuerte deseo por escapar de una vida programada que lo aburría y lo aturdía, y se dedica a forjar su propio camino desmarcándose lo más posible de lo que su familia esperaba de él. Su padre, que había sido un prestigioso médico del ejército, al igual que su abuelo, quería que su joven vástago siguiese con la tradición familiar y se dedicase al ejercicio de la medicina. Pero el joven Joe, en un ataque de rebeldía, estudió eugenesia, lo que le llevó a medir las cabezas de al menos mil indios de la tribu chipewa, que según él mismo aseguraba “eran el único pueblo civilizado que quedaba”.

Un día, mientras trabajaba de reportero para un periódico, se le ocurrió la idea de la “historia oral”, que consistía en recopilar en un libro todas las historias, trozos de conversación o anécdotas que oyese a su alrededor, por muy insignificantes, insípidas o aburridas que estas fuesen, y plasmarlas en un libro que titularía Historia oral.

“Escribiré la historia informal de la multitud en mangas de camisa, lo que ellos dicen sobre sus trabajos, romances, víveres, juergas, apuros y penas. La historia oral es un enorme batiburrillo de habladurías, un almacén de parloteo, una heterogénea colección de tonterías, cotorreo, palabrería, chorradas, paridas y pijadas, el fruto de más de mil conversaciones. Lo que la gente afirma que es la historia es sólo la historia formal. Yo pienso contar la historia real, la de la gente al pie de la calle. Ya llevo un millón doscientas mil palabras escritas. Tres veces más que La Biblia, que en gran parte es falsa. Escribiré la historia informal o moriré en el intento”.


Un día, mientras desayuna en una cafetería, Joseph Mitchell, periodista y redactor de la prestigiosa revista literaria The New Yorker, comparte barra con lo que él identifica como un vagabundo. Le llama la atención la desaliñada apariencia de aquel andrajoso vagabundo de mirada y modos hoscos que tiene a su lado, y que porta una enorme carpeta de cartón repleta de manchas de café y suciedad que sujeta contra sí como si en ella guardase el mayor de los tesoros. Otra de las cosas que le llama la atención de aquel tipo es el hecho de pedir como plato único un tazón de agua caliente, a la que luego le añade salsa de tomate de botella y, removiéndola, se fabrica su propia sopa.

Cuando el vagabundo acaba su desayuno-almuerzo y abandona el local, Mitchell pregunta al propietario del local si conoce a tan extraño personaje. El propietario contesta afirmativamente y le hace una semblanza pormenorizada de la figura de Joe Gould. Esto no hace sino acrecentar la fascinación de Mitchell sobre tan curioso personaje, hasta el punto de interesarse por él, buscar información de utilidad y escribir un artículo para su revista.

Una vez publicado el artículo, Gould busca a Mitchell. A partir de aquí se establece una relación de amistad entre ambos, lo que desemboca en sucesivos encuentros en diferentes ámbitos y lugares de la inabarcable ciudad neoyorkina.

Un día, Mitchell le pregunta a Gould por esa costumbre suya de embadurnar los tazones de agua caliente con salsa de tomate, a lo que Gould le responde que la salsa de tomate es lo único gratis que ofrecen en cualquier establecimiento y que puede comer toda la cantidad que desee sin que le cueste un mísero centavo, así que se aprovecha de ello para alimentarse.

Joe Gould pide limosna, pero lo hace de una manera bastante peculiar, pues lo disfraza como “una pequeña contribución al fondo Joe Gould”, como si él fuese el administrador único de una fundación cultural o algo así.

Le apodan “el profesor gaviota” porque asegura que ha logrado descifrar el lenguaje de las gaviotas, hasta el punto de poder hablar y comunicarse con ellas. Incluso es capaz de recitar poemas imitando el dialecto de las gaviotas, lo cual suele hacer en determinadas ocasiones, para deleite o asombro de la concurrencia.

Sin hogar conocido, deambula por las calles de Nueva York, durmiendo en albergues o parques públicos, colándose en presentaciones literarias o eventos de todo tipo donde bebe y come gratis mientras recita poemas de su invención o imita a las gaviotas.

En una escena de la película, Gould le hace la siguiente confesión a Mitchell: “Supongo que le desconcierto, señor Mitchell. El sentimiento es mutuo. Yo me desconcierto a mí mismo desde mi más tierna infancia”.

Gould va dejando cuadernos repletos de anotaciones de su “historia oral” que deposita en manos de gente que considera de confianza, como depositarios de su “legado”, esa obra magna que lleva décadas escribiendo y recopilando. Según afirmaba, había arrastrado su historia oral hasta las oficinas de catorce editoriales diferentes de Nueva York, y ninguna la había querido publicar. Un día, por mediación de Mitchell, un prestigioso editor se muestra interesado en leer algunas páginas de la “historia oral”, a fin de valorar su posible publicación. Para ello, Mitchell organiza un encuentro entre Gould y su amigo editor. Pero resulta que Gould, de manera sorprendente, se muestra reacio a entregar nada al editor, poniendo toda clase de trabas, impedimentos y excusas de lo más peregrinas. Mitchell, hondamente decepcionado por la actitud beligerante y esquiva de Gould, le hace ver su contradicción, a lo que éste, seguro de sí mismo, le responde que “su historia oral será publicada después de su muerte, única y exclusivamente”.

Mitchell, que trató íntimamente a Joe Gould durante varios años, decía de aquel que poseía una memoria prodigiosa, hasta el extremo de retener fielmente en su cabeza conversaciones o pasajes enteros durante meses e, incluso, durante años. Su carácter obsesivo y perfeccionista, otra de sus cualidades, le llevaba a escribir de manera compulsiva determinadas piezas que formaban parte de su “historia oral”. Esto le llamó especialmente la atención a Mitchell, al comprobar cómo en docenas de libretas diseminadas en diferentes ubicaciones encontró el mismo pasaje dedicado a la muerte de su padre con leves modificaciones entre ellas. Según Gould, esas repeticiones eran fruto de su carácter perfeccionista, que le empujaba a mejorar lo escrito alargando o acortando el texto a su voluntad. Otros pasajes, como los dedicados a su madre o a su estudio sobre el tamaño de las cabezas de más de mil indios chipewas, fueron encontrados en diferentes libretas convenientemente corregidos y modificados.

En una de sus lecturas de la prensa diaria, Gould supo del caso del Museo Metropolitano de Nueva York, que decidió esconder determinadas obras de arte de incalculable valor en un sótano secreto a prueba de bombas, por temor a su posible destrucción fruto de un hipotético bobardeo nazi durante la Segunda Guerra Mundial. Eso le llevó a plantearse esconder gran parte de su “historia oral” en los sótanos de una granja de patos propiedad de una amiga suya ubicada en las afueras de Long Island.

—¿Por qué allí? —le preguntó intrigado Mitchell—. ¿Por qué esconder su obra literaria en los sótanos de una granja de patos en mitad del campo?

—Muy sencillo —respondió Gould—. ¿A usted se le ocurriría bombardear una granja de patos? ¿Se le pasaría por la cabeza buscar la historia de la Humanidad en una granja de patos?

—No —convino Mitchell.

—Pues ahí lo tiene.

Otra de las peculiares características que hacían de Joe Gould un ser singular era su particular aversión a las máquinas de escribir. Las aborrecía, hasta el punto de calificarlas de máquinas del demonio. Esa es la razón por la que todos sus apuntes estaban hechos a mano en una interminable sucesión de cuadernos dispersos entre sus amistades y diseminados de una punta a otra del estado de Nueva York. Como defensa de su visceral odio a las máquinas de escribir argumentaba que William Shakespeare jamás dependió de ninguno de esos artilugios del demonio.

En un periodo concreto de su vagar constante de un lado a otro de la ciudad Joe Gould recibió el apoyo financiero de una misteriosa benefactora que, desde el inicio, prefirió mantenerse en el anonimato. Esta benefactora se comprometía a pagarle la estancia en una habitación de hotel y una asignación económica de sesenta dólares mensuales que, a fin de no ser malgastada en alcohol o en otros vicios, le era entregada en pequeñas cantidades a través de un intermediario. Esta circunstancia, lejos de proporcionarle paz y tranquilidad le llegó a provocar inquietud y desasosiego, pues se obsesionó de tal manera con el hecho de no conocer la identidad de su benefactora que le llevaba a indagar y especular de manera obsesiva y constante, atosigando a todos los que, según su criterio, podían ser susceptibles de o bien conocer a tan misteriosa dama o ser ellos mismos los benefactores anónimos.

Joe Gould murió en 1957, tras pasarse varios años enfermo. Pasó sus últimos años de vida ingresado en un sanatorio. En 1964, Joseph Mitchell escribió El secreto de Joe Gould, libro que sirve de base para el guión de la película.

La película es muy buena, y capta muy bien el espíritu del libro, además de plasmar de manera bastante solvente el Nueva York de los años 30 y 40. El reparto es magnífico, encabezado por un excelso Ian Holm en el papel de Joe Gould, y Stanley Tucci como Joseph Mitchell. El reparto se completa con las magníficas contribuciones de actrices de la talla de Hope Davis, Patricia Clarkson o Susan Sarandon.

Tanto el libro (publicado por Anagrama) como la película las considero altamente recomendables.






 

 

 

jueves, 6 de noviembre de 2025

FALTA DE CONCENTRACION

 

Hace bien poquito, hará cosa de un mes o así, en el programa Salvados de LaSexta, hicieron un programa-coloquio. El programa, además del presentador, contó con la presencia estelar de dos directores de cine españoles: Juan Antonio Bayona y Carla Simón.

Como dije, se trataba de un programa-coloquio, en el que, además de los tres citados, había una amplia representación de jóvenes estudiantes de un instituto de Barcelona. A los jóvenes les calculé una edad entre los quince y los dieciséis años.

Todos ellos debatían, entre otras cuestiones relacionadas con la cultura, sobre sus hábitos de consumo del cine. Una chica dijo entonces que ella veía las pelis en el móvil.

“¿En el móvil?”, pensé yo. “Vaya, pues que Dios le conserve la vista”.

La misma chica dijo entonces que no sólo veía las pelis en el móvil, sino que, además, lo hacía a doble velocidad, para verlo todo más rápido.

“¿En el móvil y a doble velocidad?”, pensé yo. “Vaya, pues que Dios le conserve la vista y la capacidad de retentiva”.

La chica, la misma de antes, agregó que, además de ver las pelis en el móvil y a doble velocidad, realizaba dicha actividad mientras pintaba.

“¿Ve cine en el móvil, a doble velocidad, y encima mientras pinta?”, repensé. “Pues una de dos: o esta chica ha visto la peli y no se ha enterado de nada, y además pinta como el Barceló o el Tápies, o sea, como el culo, o es una genio venida de otro planeta, con una vista de lince, una capacidad de retentiva superlativa y encima poseedora de un talento descomunal para las bellas artes que le permite pintar sin exigirse concentración en lo que está pintando”.

Honestamente, no creo que la chica aquella fuese una genio. A ver, no la conozco personalmente, y tampoco es que crea que a los genios se les note su genialidad con sólo verles la cara. Ahí tienen a Stanley Kubrick, que a pesar de ser un genio tenía cara de gerente de una funeraria.

Dejando a un lado a la chica, el resto de adolescentes confirmaron en su mayoría que compartían con su compañera sus hábitos de consumo cinéfilo. Es decir, que también ellos veían pelis en el móvil, a doble velocidad y mientras realizaban otras actividades.

Esto venía a demostrar la poca capacidad de concentración que buena parte de las nuevas generaciones aplican a determinadas actividades que, precisamente, exigen un alto nivel de concentración. ¿Cómo vas a poder apreciar los matices de una determinada actuación, de un director de fotografía o los aciertos de un buen guión, si no pones toda tu atención en ello? ¿Cómo vas a “meterte” en una peli si estás a otras cosas?

Si así es como ven cine, sin paciencia ni dedicación para disfrutar la experiencia y empaparse bien de la obra que están visionando, no quiero ni pensar en los hábitos de lectura que tendrá esa misma clase de gente. Igual leen como un antiguo jefe que tuve hace años, que me confesó en una ocasión que él leía “en diagonal”, una técnica que le permitía saltarse buena parte del texto a fin de ahorrar tiempo y esfuerzo. Claro que, con esos mimbres, no era extraño su nivel de escritura, similar a la de un niño de cinco años que escribe una carta a los Reyes Magos, con una sintáxis penosa y más faltas ortográficas que las de Belén Esteban haciendo la lista de la compra.

Cualquier obra de arte, sea del tipo que sea, merece un mínimo de atención para apreciarla en toda su dimensión. O, al menos, para poder juzgarla con cierto criterio. Hasta para poder decir abiertamente que una determinada obra de arte es una mierda —que las hay, y muchas. Pasaos por la Tate Modern Gallery de Londres y veréis—, debemos poner todo de nuestra parte antes de emitir un juicio a la ligera, a fin de poder argumentar con fundamento nuestra opinión.

Todo esto me recuerda un sketch genial de mis idolatrados Faemino y Cansado. Ambos están dialogando acerca del arte de la pintura, y va Cansado y suelta: “¿A ti te parece justo que un pintor clásico se pase años pintando un cuadro para que luego llegues tú y lo veas en veinte segundos?”. A partir de aquí ambos comienzan a disertar sobre la ardua tarea de los pintores en la antigüedad, poniendo como ejemplo a Velázquez y Murillo, hasta que, en un momento dado, Faemino replica: “Claro, ahora los pintores modernos se han dado cuenta del rollo y en veinte segundos te han hecho un cuadro. Luego vas tú y lo ves en veinticinco segundos, por lo que al final le han sobrado cinco segundos al cabrón”.

Es un chiste. Lo sé. Pero algo de razón tienen. Porque en cuestión de arte moderno he visto cada “cosa” que flipo.

Aunque, eso sí, para poder emitir un juicio con fundamento le he dedicado toda mi atención. Les puedo asegurar por mi honor que durante los veinticinco segundos que he invertido en observar esas mierdas, no me he permitido ni un bostezo.




miércoles, 15 de octubre de 2025

LA ETERNA SONRISA DE DIANE KEATON

 



El domingo me desayunaba con la triste noticia del inesperado fallecimiento de mi querida y admirada Diane Keaton. Cuando leí el titular el corazón me dio un vuelco. Era como si hubiese muerto una entrañable amiga de la que hacía tiempo que no sabía nada.

Me acordé entonces de la primera peli suya que vi. Yo tenía entonces quince o dieciséis años. Por aquellos años, mediados de los ochenta, mi padre era propietario de un videoclub. Yo, cinéfilo empedernido desde temprana edad, aprovechaba esta circunstancia para llevarme a casa cuantas pelis cupiesen en mi mochila de estudiante. Los fines se semana me veía hasta cinco pelis, entre el sábado por la noche y el domingo.

En uno de esos aprovisionamientos cinéfilos de fin de semana, llevé a casa una peli de un tal Woody Allen con un curioso título en español, Sueños de un seductor (Play it again, Sam en su versión original).

Aquella peli me voló la cabeza. Conecté de inmediato con el humor absurdo y la fina ironía de aquel tipo menudo y desgarbado, y con una melena pelirroja casi tan larga como la que yo llevaba entonces —snif, ¡qué tiempos aquellos en los que lucía mi melena de joven rockero!—.

En aquella película, además de Allen, salía junto a él una joven preciosa y divertidísima que hacía el papel de mejor amiga del protagonista, y de la que al final Allen se acaba enamorando. Aún me sigo partiendo de risa con la descacharrante escena en la que Linda (Diane Keaton) y Dick (Tony Roberts), se presentan con una chica en el apartamento de Allen con intención de emparejarlos. Allen, nerviosísimo, no para de decir y hacer tonterías, hasta que en un momento dado hace un gesto casual, el disco de vinilo que tiene entre las manos sale disparado de su funda y se estrella contra una repisa destrozando lo que había en los estantes, él se apoya entonces en el respaldo de una mecedora, la mecedora cede y le mete un leñazo en la barbilla, y Allen, en un intento de normalizar aquel desastre, no para de pasarse la mano por el mechón de pelo rebelde que le tapa la frente. Dejando a un lado el efecto cómico de la escena en sí —digna de todo un maestro del slapstick del cine mudo—, lo que más gracia me hace es el vano intento de Diane y Roberts por aguantar la risa ante lo que acaban de presenciar.

A partir de aquella maravillosa película, fueron cayendo, una tras otra, cuantas pelis de Woody Allen se me pusieron a tiro. Al hacerlo, caí en la cuenta de una presencia, la de aquella actriz tan guapa, desenfadada y divertida, que parecía iluminar todas las escenas en las que salía.

La citada Sueños de un seductor, El dormilón, La última noche de Boris Grushenko, Annie Hall, Manhattan y Misterioso asesinato en Manhattan, son pelis que nunca me canso de ver. Incluso me gustó en Interiores, el primer intento de Allen por incursionar en el terreno del drama.

Volví a redescubrirla en El Padrino, de Francis Ford Coppola, en un papel a la altura de su inmenso talento. A partir de aquí la seguí en un montón de pelis haciendo todo tipo de papeles, desde intensos dramas a comedias ligeras, y todas ellas con una solvencia digna de una actriz de raza, de esas que, hagan lo que hagan, sabes que lo va a dar todo.

Un día, a principios de este milenio, alquilé en el videoclub una comedia de la que no sabía absolutamente nada. Diane Keaton compartía protagonismo con otro grande: Jack Nicholson. Completaban el reparto Amanda Peet, Frances McDormand y Keanu Reeves. Con un reparto así, plagado de estrellas, la cosa prometía. Y no me defraudó. Al contrario. Nada más verla, se convirtió en una de mis comedias románticas favoritas de todos los tiempos. La química que se establece entre Keaton y Nicholson es sencillamente maravillosa. Casualmente hace un par de meses la volví a ver por quinta o sexta vez, y volví a emocionarme con ella como el primer día.

Cuando hace unos años saltó a la primera plana de los tabloides el feo asunto del movimiento MeToo contra Woody Allen, instigado en buena medida por Mia Farrow y Ronan Farrow, el único hijo biológico de Allen y Mia, medio Hollywood le dio la espalda al director neoyorquino Incluso algunos actores y actrices que habían trabajado en el pasado con Allen renegaron de él, asegurando que no volverían a trabajar bajo sus órdenes si se lo pidiesen. Entre esos actores se encontraban nombres tan conocidos como Thimotée Chalamet, Greta Gerwig o Selena Gómez. Woody Allen sufrió los devastadores efectos de lo que se ha dado en llamar “cultura de la cancelación”, que consiste en una nueva inquisición cultural e ideológica donde al cancelado se le aplica un linchamiento público sin posibilidad de réplica. Entre las pocas voces que salieron en defensa del otrora aclamado y respetado cineasta se encontraba Diane Keaton, quien no dudó en mostrar públicamente su apoyo hacia su amigo con un contundente “sigo creyendo él”, demostrando así una lealtad sin fisuras.

Hace unas pocas horas he podido leer unas sentidas palabras que Woody Allen ha querido dedicar a su amiga en su despedida. “Hace unos días, el mundo era un lugar que incluía a Diane Keaton. Ahora es un mundo que no la incluye y, por lo tanto, es un mundo más deprimente. Aún así, su risa estruendosa aún resuena en mi cabeza. Sus películas permanecen. Su risa, también. Y eso basta para que el mundo siga siendo un lugar menos triste”.

El domingo fue un día triste para mí, pues me sentía como si hubiese perdido a una buena amiga de toda la vida, leal, inteligente y entrañable. Hoy me siento un poco mejor, pues sé que, mientras tenga tus películas, tu eterna sonrisa volverá a iluminar la pantalla de mi televisor.

Buen viaje, querida Annie.

 

Preciosa foto que he encontrado en la red.





miércoles, 21 de mayo de 2025

CINE Y LITERATURA (3) "SMOKE"

Harvey Keitel en una imagen de la película "Smoke"


 

Continuando con mi repaso a películas que están basadas en libros o escritores, hoy le toca el turno a una de mis películas favoritas de todos los tiempos: Smoke.

Smoke (humo, en español), fue dirigida por Wayne Wang en 1995, con guión de Paul Auster, el celebrado escritor neoyorquino. De hecho, la génesis de la película se encuentra en un cuento corto que Paul Auster escribió cumpliendo un encargo que le había hecho a finales de 1990 Mike Levitas, director por entonces del prestigioso diario New York Times.

Auster, que encontró interesante y hasta cierto punto subversivo el hecho de escribir una obra de ficción para el suplemento especial de un diario, decidió escribir un cuento de Navidad bajo el título Cuento de Navidad de Auggie Wren. Cuando el cuento fue publicado, el día de Navidad de 1990, el joven director de origen chino Wayne Wang, que entonces residía en San Francisco, quedó tan fascinado por la historia de Auster que, según sus palabras: “Me vi rápidamente sumergido en un complejo mundo de realidad y ficción, verdades y mentiras, toma y daca. Pasaba de conmoverme hasta las lágrimas a reír descontroladamente. Al final sentí que alguien muy próximo a mí me había hecho un maravilloso regalo de Navidad. En cuanto terminé el cuento le pregunté a mi mujer, ¿quién es Paul Auster?”.

 

Paul Auster, Harvey Keitel y Wayne Wang durante una pausa del rodaje de "Smoke"

Cinco meses más tarde, en mayo de 1991, Wang viajó hasta Brooklyn para conocer a Paul Auster y proponerle hacer una película basada en su cuento de Navidad. Para entonces, Wang ya había leído algunos de los libros de Auster, por lo que ya conocía de primera mano la habilidad de aquel para crear historias adictivas y mostrar un amor incondicional hacia la ciudad de Nueva York y sus personajes.

Paul, en palabras de Wang, se mostró muy amable y generoso con su tiempo, además de muy receptivo ante la propuesta del director. Pasaron el día juntos, visitaron algunos de los lugares que Auster describió en su cuento de Navidad, y al final del día acordaron trabajar en un guión a partir del cuento con intención de hacer una película. Cuatro años más tarde, tras lograr sortear un montón de obstáculos y contratiempos, el proyecto, al fin, vio la luz.

Uno de los grandes aciertos de la película, al margen de la historia y los maravillosos diálogos de Auster, es el reparto, encabezado por tres monstruos de la interpretación como son William Hurt, Harvey Keitel y Forest Whitaker. Junto a ellos completan el elenco grandes actores como Stockard Channing —la inolvidable Rizzo de Grease—, Ashley Judd, Giancarlo Esposito —inolvidable en su papel del implacable Gustavo Fring en Breaking bad y su spin off Better call Saul—, o Jared Harris —aclamado actor británico, de amplia y exitosa trayectoria profesional, hijo del gran Richard Harris—.

 

William Hurt en el papel del escritor Paul Benjamin

La película gira en torno a un estanco en el que, entre otras cosas, se vende tabaco y todo lo relacionado con la actividad de fumar —de ahí el título de Smoke (humo)—. El estanco es el lugar de encuentro de una serie de personajes recurrentes, cuyas vidas y experiencias van tejiendo una historia común de lo más fascinante.

En el epicentro está Auggie Wren (Harvey Keitel), que es el encargado de la tienda. A su alrededor orbitan Paul Benjamin (William Hurt), un escritor que apenas puede escribir nada desde la trágica muerte de su esposa por culpa de una bala perdida en un atraco, Rashid Cole (Harold Perrineau), un joven raterillo que trata de encontrar a su padre, que los abandonó, a él y a su madre, cuando apenas era un niño, o Jimmy Rose (Jared Harris), un joven con pocas luces que ayuda en tareas menores a Auggie en el estanco, y que por su carácter ingenuo y generoso se gana el aprecio de todos.

La película es uno de esos pequeños milagros que a veces ocurren en el cine comercial, ya que, a pesar de lo intimista de su propuesta, cautiva y fascina por igual a todo aquel amante de las buenas historias contadas con pasión y buen hacer.

 

Keitel y Hurt en una de las escenas más emotivas de la película

Cabe señalar que tal fue el entusiasmo y el buen ambiente durante el rodaje que la productora, Miramax, concedió seis días más de rodaje al equipo para un proyecto paralelo que tenía a algunos de los personajes de Smoke como protagonistas. En esa cinta, titulada Blue in the face, repiten Harvey Keitel, Esposito y Harris, a los que se unen en pequeños papeles satélite grandes estrellas como Michael J. Fox, Jim Jarmusch, Lou Reed, Mira Sorvino o Lily Tomlin, entre otros.

Esta segunda película, para mi gusto aún no siendo tan brillante como Smoke sí que la considero una buena película, contiene algunos momentos realmente brillantes, como la escena de Jarmusch y Keitel en la que el primero le cuenta al segundo la manera tan peculiar que tienen los nazis de sostener los cigarillos en las pelis de la Segunda Guerra Mundial, o las bizarras intervenciones de Lou Reed haciendo de Lou Reed.

Como magnífico epílogo, hacia el final de Smoke se muestra en imágenes el famoso cuento de Navidad de Auggie Wren, origen del proyecto. El cuento es maravilloso, por cierto. Señalar que, mientras Auggie va narrando su cuento, de fondo se escucha la hipnótica Innocent when you dream de Tom Waits, un artista del que pronto hablaré en el blog.

Si no has visto nunca Smoke, te recomiendo que la busques y le eches un vistazo. Y si cuando la veas te quedan ganas de más, busca y disfruta de Blue in the face. En ellas no encontrarás escenas de acción trepidante o efectos especiales a tutiplén. Ni falta que hace.


 

jueves, 3 de abril de 2025

DE CÓMO ME REENGANCHÉ A MURAKAMI

Retrato del escritor japonés Haruki Murakami (foto tomada de la red)


  

Hace poco tuve un encuentro casual con un buen amigo al que hacía tiempo que no veía. Hubo un tiempo en que prácticamente nos veíamos a diario, pues vivíamos relativamente cerca el uno del otro y quedábamos a menudo para ir a caminar o intercambiar música. Luego, por cuestiones laborales y familiares, dejamos de vernos, y nuestros caminos se separaron. La vida es así, repleta de llegadas y despedidas, y no siempre depende de nosotros el que alguien llegue a ella o salga.

La cuestión es que mi amigo y yo nos reencontramos y, aprovechando que teníamos tiempo por delante, nos pusimos al día de nuestras respectivas vidas. Entre las muchas cosas que hablamos hubo una que me dejó a cuadros. De un tiempo acá, mi amigo ya no veía cine ni escuchaba música. Decía que ya no disfrutaba ni de lo uno ni de lo otro, que vagaba en una especie de apatía permanente y que sólo vivía para el trabajo y su familia.

Eso me entristeció, pues a mi edad aún me resulta inconcebible renunciar a leer, ver cine o escuchar música. Es más, cada año que pasa, mayor es mi pasión, rayana en la obsesión, por disfrutar tanto de lo que tengo como de lo que aún me queda por conseguir.

Total, que en un momento dado de la conversación, mi amigo me confesó que una de las cosas que siempre admiró de mí era mi curiosidad.

—Siempre, desde que te conozco, has mostrado una tremenda curiosidad por aquellas cosas que despiertan tu interés. Si algo te gusta o llama tu atención, harás lo que sea por satisfacer tu curiosidad.

Esto me viene al pelo para ilustrar el cómo y el porqué hace unos meses llegué a reconectar con la literatura de Haruki Murakami.

Resulta que hará cosa de seis meses o así, llegó a mis manos una bella película japonesa que llevaba por título Drive my car. Dirigida por Ryüsuke Hamaguchi y protagonizada por Hidetoshi Mishijima, Toko Miura y Reika Kirishima, la película trata sobre un actor de mediana edad, aquejado de una enfermedad ocular degenerativa que le impide conducir, que se ve obligado a recurrir a los servicios de un chófer particular que lleve su coche a diario desde el hotel donde se hospeda hasta el teatro donde en pocos meses llevará a escena una versión moderna del Tío Vania de Chéjov. Por recomendación de su mecánico, que conoce lo quisquilloso que se pone el actor en relación a su viejo Saab 900 de color rojo, éste acaba contratando los servicios de una joven conductora, de aspecto anodino y parca en palabras. Aunque reticente al principio, el actor poco a poco se queda prendado de la manera de conducir de la joven, tan sobria y hábil que se sorprende a sí mismo admitiendo lo cómodo que se siente como pasajero en su propio vehículo. De ahí el título de la peli: Drive my car (Conduce mi coche).

 

Fotograma de la película "Drive my car"

No desvelaré más de la trama, por otra parte sumamente original y cautivadora. Lo que sí diré es que la película me llevó a un estado tal de fascinación que las casi tres horas que duró me parecieron cortas. ¡Qué maravilla de película! De ella me gustó todo: los actores, su interpretación, la bella fotografía, la banda sonora. Vamos, que me encantó.

Y ahora viene la parte que tiene que ver con satisfacer mi curiosidad (¿veis cómo la paciencia al final tiene su recompensa?).

Al acabar la película noté que en los créditos se informaba que el guión estaba basado en una obra de Haruki Murakami. Así que, con el buen sabor de boca que me había dejado la peli, decidí buscar información acerca del libro en el que estaba basado. Busqué la bibliografía de Murakami, y entre los títulos no encontré ningún Drive my car. Entonces busqué información sobre la peli, y gracias a eso supe que la base del guión no había sido sacada de una novela sino de un cuento corto incluido en un libro de relatos de Murakami que lleva por título Hombres sin mujeres.

Busqué entre los libros que ya tenía de Murakami, y como vi que no lo tenía me hice con un ejemplar. Lo empecé a leer. Y, de repente, me vi absorbido por el rico mundo de este autor japonés. El libro se compone de ocho relatos largos, entre los que se encuentra Drive my car (creo que es el segundo o tercer relato de la lista). Todos los cuentos me parecieron fascinantes, algunos con claras referencias a otros libros y autores (por ejemplo, hay uno titulado Sherezade, vagamente inspirado en su trama y desarrollo en Las mil y una noches, y otro que lleva por título Samsa enamorado, ligeramente inspirado en La Metamorfosis de Franz Kafka).

Una de las facetas más conocidas de Murakami, al margen de la literatura, es su amor por la música, sobre todo el pop, el rock y el jazz. Fan incondicional de The Beatles, suele usar títulos de canciones de los de Liverpool para titular algunas de sus obras, como la citada Drive my car, Yesterday (otro de los cuentos incluidos en Hombres sin mujeres), o Norwegian wood (una de sus más celebradas novelas).

Dejando a un lado su amor por los libros y la música, su otro gran amor son las carreras de larga distancia. Es más, en otro de los libros suyos que leí, que lleva por título De qué hablo cuando hablo de correr, Murakami da rienda suelta a su afición por este deporte. Según narra en el libro, cada mañana sale a correr unos cuantos kilómetros se encuentre donde se encuentre (por ejemplo, estando de promoción en Estados Unidos, salía a correr cada mañana antes de sentarse a escribir o atender a los medios). Esa afición por las carreras le ha llevado a completar más de veinte maratones a lo largo de su vida. Bien por él. Yo ni siquiera disfruto viendo cómo otros corren. Hasta para ver carreras por televisión soy vago de narices. En fin, corramos un tupido velo (pero sin sudar mucho, que me canso).

Otro de los libros de Murakami que he leído en estos últimos meses ha sido La biblioteca secreta, un cuento juvenil de apenas cincuenta páginas. La historia trata de un adolescente que acude a su biblioteca habitual para devolver un par de libros en préstamo. Una vez allí se interesa por algún libro o manuscrito que tenga que ver con la recaudación de impuestos en el Imperio Otomano. La mujer que lo atiende le deriva entonces al sótano, a los dominios de un extraño y misterioso bibliotecario que embarcará al joven en una sobrenatural aventura con tintes kafkianos. Si lo que has leído hasta ahora ha conseguido despertar tu curiosidad, a continuación te dejo un adelanto gratuito de unas pocas páginas que he encontrado en la red. Pincha aquí.


Al margen de estos tres libros, hace un par de años me leí suyo De qué hablo cuando hablo de escribir, un magnífico libro sobre el oficio de escritor. En él, Murakami habla de autores a los que admira (Hemingway, Kafka, Chandler o Dostoievski —entre otros—), de sus experiencias como empresario hostelero cuando regentaba un bar donde ponía música jazz de fondo, y del momento en que decidió abandonarlo todo para dedicarse a la literatura. En cierto sentido, la lectura de ese libro me hizo recordar otro de los grandes libros sobre el oficio de escritor, el magnífico Mientras escribo de Stephen King.

En definitiva, en Murakami he encontrado un interesante autor del que espero seguir leyendo algunos de sus otros libros, además de releer los que ya poseo y que forman parte de mi colección privada.

 

 

 

jueves, 30 de marzo de 2023

EVASIÓN Y VICTORIA

 


Como cada mañana, leo distintos periódicos de prensa online. Y como cada mañana, también, veo que el mundo va de mal en peor. Crisis económica mundial —siempre estuvo ahí—, crisis energética —otra vez—, crisis de valores —nada nuevo bajo el sol—, crisis de empleo —los que más tienen se resisten a compartir y siguen sin ver nada malo en querer ganar mucho más de lo que ya ganan y que no podrán gastar ni en tres vidas que viviesen—, crisis humanitaria fruto de la inmigración ilegal, crisis sanitaria porque los ricos y poderosos llevan décadas intentando desmontar la Seguridad Social para hacerse ellos con el negocio de la salud, crisis de las jubilaciones porque a la gente mayor ya se le ha sacado todo el jugo que se les podía sacar, ya no producen y el Sistema considera que son una carga de la que nadie se quiere hacer cargo; crisis, crisis, crisis y más crisis.

Como un anexo a uno de los enunciados de la famosa Ley de Murphy, “todo en esta vida es susceptible de ir a peor”. Y, como un chiste malo contado por un maestro de ceremonias perverso, esa ley se lleva cumpliendo a rajatabla desde que el mundo es mundo. No salimos de una para meternos en otra. Si no es una guerra es una revolución, y si no una amenaza nuclear, o un virus mortal como el VIH o cualquier tipo de cáncer. Y cuando ya creíamos haberlo visto todo, va y llega la pandemia global, el Covid19, salido de no se sabe muy bien dónde ni cómo, aunque intuyo el porqué.

Ante un panorama tan deprimente, surge inevitable una pregunta: ¿qué hacer para que todo eso nos afecte lo menos posible?

En mi caso concreto lo tengo meridianamente claro: recurro al arte.

A mi edad, tengo la gran fortuna de poseer una vasta colección de cine, música y literatura. Ojo, que mi pasta me ha costado, ¿eh?, pues llevo gastando mi dinerito en todas esas cosas desde aquellos lejanos días en que cobraba una exigua paga semanal de mi padre siendo un preadolescente —me refiero a mí, obviamente, no a mi padre—.

En aquellos días, con doce o trece años, me gastaba todo lo que me daban en ir al pequeño cine de mi barrio y comprar cómics, discos de vinilo y cintas vírgenes de casete, donde grababa la música que me gustaba, bien de la radio —rezando para que el locutor bocazas de turno no “jodiese” la canción antes de tiempo—, o bien de discos que me prestaban mis amigos de entonces, y a los que yo prestaba los míos.

Con los años, y gracias a mi trabajo en el videoclub de mi padre, compraba cintas de VHS a buen precio y en ellas grababa de todo: pelis y series de la tele, documentales, conciertos, videoclips.

Aún me recuerdo encerrado en mi cuarto, esperando hasta las tantas de la noche para grabar en el extinto Cine Club de La2 de Televisión Española mis primeras pelis de Woody Allen. Me parece estar viéndome a mí mismo, con quince o dieciséis años, grabando Bananas, El dormilón y Todo lo que usted quería saber sobre el sexo, pero temía preguntar, en aquel vídeo VHS de la marca Sharp que tenía instalado en el cuarto de la tele, y que nos duró un porrón de años porque aún no se había implantado ese perverso invento de los fabricantes de electrodomésticos llamado “obsolescencia programada”.

A esa época también pertenece mi pasión por el cine clásico en blanco y negro. Recuerdo grabar películas como la maravillosa El mundo de George Apley, una cinta poco conocida dirigida por Joseph Mankiewicz, protagonizada por Ronald Colman y Vanessa Brown, que disfruté mucho en mi juventud y que volví a ver hace unos pocos meses y me sigue pareciendo entrañablemente maravillosa. ¡Qué alegría me llevé al verla de nuevo! Era como si no hubiesen pasado los años por ella. Ni por mí. Al verla de nuevo, sentí algo parecido a lo que se siente cuando ves a alguien de tu pasado que hace siglos que no ves y cuyo encuentro celebras con gozo. No siempre ocurre. Hay películas que envejecen muy mal, y amistades a las que les ocurre lo mismo. Son hijas de un tiempo y un momento de tu vida muy concretos, y, como les ocurre a los productos perecederos, más allá de su fecha de caducidad resultan perjudiciales para tu salud física (y mental).

Durante años mantuve en mi colección decenas de cintas de vídeo con episodios de series míticas como Las chicas de oro, Frasier, Matrimonio con hijos, Dame un respiro, Friends, Seinfeld, Hale & Pace y un montón de series que pillaba en la tele. También grababa cientos de películas.

Y, mientras tanto, mi colección de discos había aumentado tanto que le pedí a mi abuelo que contactase con un carpintero amigo suyo para fabricarme un mueble personalizado para mis discos, que, en cuestión de meses, volvió a hacerse pequeño.

Los libros también fueron acumulándose en mis estanterías. Adquiría cualquier colección que sacase buenos títulos en formato bolsillo, como la de "Grandes Autores" de RBA o la de "El Egipto de los Faraones" de Planeta DeAgostini. Aún conservo bastantes de aquellos libros.

Cada cierto tiempo me pasaba por la sección de libros de El Corte Inglés, y rebuscaba entre los cajones de libros en oferta por 200 ó 300 pesetas de entonces, además de pillar libros en edición de bolsillo de aquellos autores que me llamaban la atención. Así fue como me hice con libros de Woody Allen, Groucho Marx, Charles Bukowski, Tom Sharpe, Paul Auster, Luciano De Crescenzo, Mario Puzo, P.G. Wodehouse, Enrique Jardiel Poncela, John Kennedy Toole, etc.

Y con todo ese “tesoro”, acumulado a lo largo de una vida, he ido campeando el temporal de las malas noticias.

Titulaba este post basándome en el título de una magnífica película de John Huston dedicada al fútbol. El título de aquella película era Evasión o victoria, y hacía alusión a la disyuntiva que se le presentaba a una selección de fútbol compuesta por prisioneros de guerra que, en plena Segunda Guerra Mundial, son invitados a jugar un partido contra una selección de jugadores de la Alemania nazi. El partido, disputado en suelo francés, es aprovechado por los mandos aliados para facilitar la fuga de los jugadores al descanso. Sin embargo, a pesar de ir perdiendo el partido a la finalización del primer tiempo, la mayoría de los jugadores cree aún en la remontada, de ahí que se les plantee la posibilidad de renunciar a su propia libertad en pos de la victoria. En mi caso, tal disyuntiva no existe, pues considero la evasión, a través del disfrute de cualquier obra de arte, una victoria en sí misma sobre el aburrimiento, el hastío y la gravedad de la vida.

Así pues, para mí, el poder evadirme de la realidad es siempre sinónimo de victoria.