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| Fotograma de la película "Dersu Uzala (El Cazador)" de Akira Kurosawa |
Saludos, gente.
Me encanta esta forma de
saludar, refiriéndome a mis interlocutores, es decir, todos
vosotros, con la denominación de “gente”. Recuerdo la primera
vez que se lo oí decir al protagonista de la película Dersu
Uzala (El cazador), dirigida por
Akira Kurosawa. Una delicia de película, por cierto.
A lo que iba.
Hace muuuucho tiempo que no
asomaba el hocico por estos lares. Mi última entrada tiene fecha del
17 de abril. O sea, que han pasado casi cinco meses desde mi última
publicación.
Cinco meses de ausencia en
este mundo tan cambiante de los blogs es mucho tiempo. El año
pasado, sin ir más lejos, me vi obligado a ausentarme unos seis
meses por mi vieja enemiga la ciática. Aquel parón me costó perder
un 80% de las visitas que recibía habitualmente en el blog.
Sí, sí, has leído bien:
perdí un 80% de visitantes. Testado.
Lo mires como lo mires,
perder un 80% de lectores es un golpe muy duro para alguien como yo:
un autor autopublicado que carece del apoyo de una editorial detrás.
Pero no sólo dejé el blog
a un lado, no; también me ausenté de las redes sociales,
indispensables hoy día para la promoción de un escritor profesional
o aspirante a serlo.
¿Y a qué se debió el
parón? Os pondré en antecedentes.
En enero de este año —2018—
se me presentó una interesante oportunidad que no quise dejar
escapar: asistir como alumno a un curso de Montaje y
Postproducción de Audiovisuales.
El curso tenía una duración
total de cinco meses —comenzaba en marzo y no finalizaba hasta
julio—, completándose con unas prácticas en empresas del sector
del audiovisual.
No me lo pensé dos veces:
quería hacerlo. Y lo hice.
Como sabéis quienes me
leéis habitualmente, por aquel entonces —febrero de 2018— andaba
metido de lleno en la corrección y maquetación de mis dos próximos
lanzamientos, a publicar antes de finalizar este año.
Inicialmente mi idea
consistía en compaginarlo todo, pero no tardé en darme cuenta de lo
difícil de mi empresa. Ya no tengo veinte años, y mi capacidad
multitarea se ha visto sensiblemente mermada en los últimos años. Y
encima soy un tío. Y como bien sabéis vosotras, chicas, los tíos
no estamos genéticamente diseñados para hacer dos cosas a la vez.
De hecho, dependiendo de a qué mujer le preguntes, ni siquiera
estamos genéticamente diseñados para hacer una sola cosa. Salvo que esa única cosa consista en estorbar y poner de los nervios a las féminas de nuestro
entorno.
Así que, asumiendo mi doble
tara de tío y viejuno, decidí centrar mis esfuerzos en aquellas
facetas de mi vida que requerían más atención y dedicación, y
posponer para más adelante la corrección y maquetación de mis
libros.
Esa decisión también
afectó a mi blog, ya que no tardé en advertir que mi pobre cabecita
no daba para tanto trajín.
Yo soy un escritor de
digestión lenta. Es decir, que necesito mi tiempo para pensar y
desarrollar mis ideas. Puedo escribir la idea base de una historia en
unos pocos minutos. De hecho, cuando me viene una idea a la cabeza
necesito escribirla lo antes posible para no olvidarla (recuerdo un
refrán que solía citar un viejo profesor que tuve: “Más vale un
lápiz corto que una memoria larga”). Luego, una vez escrita esa
idea, preciso de tiempo y dedicación para desarrollarla,
pulirla y sacarle brillo. Me considero más un “reescritor” que
un “escritor”.
En fin, para no aburriros:
el curso acabó hace un mes aproximadamente, y hasta hace unos días
estuve de prácticas en una empresa del sector del arte y el diseño
digital y la postproducción de audiovisuales.
Volviendo a mis proyectos...
Mi idea es concluir cuanto
antes la maquetación del tercer libro de relatos —que ya llevo
bastante avanzado—, y una vez acabado subirlo a la plataforma de
Amazon y encargar el ejemplar físico de prueba, que tarda en
llegarme en torno a mes o mes y medio —me lo trae un tío que viene
a nado desde EEUU. Pero tranquilos, el ejemplar viene envuelto en una
bolsa de plástico a prueba de tiburones—.
Una vez en mi poder el
ejemplar en papel —seco y reluciente—, procederé a echarle un
último y concienzudo vistazo para asegurarme que todo está como
debe estar: perfecto.
No digo con esto que mis
libros sean perfectos, porque no lo son. Pero lo que sí os puedo
asegurar es que respeto muchísimo a mis lectores. Y ellos lo saben.
No en vano, me enorgullece poder decir que muchos de ellos —la
mayoría— no han dudado en seguir comprando mis libros una vez se
han hecho con alguno de los volúmenes de la colección. Estoy
absolutamente convencido de que si estuviesen plagados de faltas de
ortografía, con una sintaxis penosa o una maquetación deficiente,
ni uno solo de ellos habría repetido la experiencia.
Creedme: yo jamás pondría
a la venta algo que yo mismo no compraría.
Mi objetivo desde que me
embarqué en esta incierta aventura de la autoedición fue, y sigue
siendo, convertirme en escritor profesional; es decir, en alguien que
vive del oficio de escribir y se dedica a ello profesionalmente. Y
para ello, resulta de vital importancia cuidar hasta el más mínimo
detalle relativo a tu carrera. De nada sirve tener muy buenas ideas
si luego no sabes presentarlas adecuadamente.
Debes trabajar tu marca,
dejarte el alma en cada cosa que decidas publicar, pensar en seducir
al lector con cada nueva propuesta que decidas presentarle, y no
tomarte demasiado a la ligera ninguno de los aspectos que rodean a
esta maravillosa aunque exigente profesión.
Tomarte en serio o no este
oficio puede marcar la diferencia entre que te lean y que no te
conozca ni el Tato. Por cierto, aprovecho para presentarme: «Hola,
Tato. Soy Pedro. Encantado de saludarte».
En fin, que ya estoy de
vuelta. Confío en que esta vez sea por mucho tiempo.
¿Y el blog? ¿Qué planes
tengo para el blog?
Uhm, ¿qué tal si eso lo
dejamos para la próxima semana?
Recordad, chicas: soy un
tío. Y los tíos no podemos hacer dos cosas a la vez.
Un abrazo, “gente”.
