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jueves, 11 de junio de 2020

MI BLOG CONFINADO


—¡Eooo! ¿Hay alguien?
...
—¿Hola? ¿Pedro? ¿Dónde estás, Pedrito?
Hola, Blog. ¿Qué pasa?
—Eso digo yo. ¿Dónde has estado metido, alma de Dios?
En casa. Como todo el mundo. Bueno, como “casi” todo el mundo. Porque los irresponsables, como siempre, siguieron campando a sus anchas como si la cosa no fuera con ellos.
—¿De qué hablas, tío?
Del confinamiento.
—¿De qué confinamiento hablas? ¿Es que los nazis han vuelto a hacer de las suyas? ¡Malditos cabrones!
¿No te has enterado? La humanidad entera se ha visto al borde del colapso por culpa de un virus mortal denominado Covid19.
—¿Covid19? Uhm, vaya. Tiene nombre de mascota de juegos olímpicos.
¿En serio no sabías nada del coronavirus?
—¡Claro que sí, membrillo! Te estaba tomando el pelo. Nosotros los blogs lo sabemos todo. O casi todo. ¿No ves que estamos permanentemente conectados a la red de redes? Tenemos acceso ilimitado a cualquier dato o información que circule por Internet. Imagínate estar permanentemente conectado a una especie de Biblioteca de Alejandría del siglo XXI. Lo sabemos todo. O mejor dicho, podemos saberlo con sólo conectarnos al conducto adecuado.
Sí, ya...
—Veo que no me crees. Está bien. Te lo demostraré. Pregunta lo que quieras. Lo que sea. Vamos. Pregunta.
Está bien. Háblame de la Teoría de la Relatividad.
—¿Versión larga o versión corta? Te advierto que la versión larga tiene como cuarenta y seis folios de extensión.
Versión corta.
—La teoría de la relatividad especial o relatividad restringida fue formulada en 1905 por Albert Einstein. Trata de describir la física del movimiento en el marco de un espacio-tiempo plano. Esta teoría describe correctamente el movimiento de los cuerpos incluso a grandes velocidades y sus interacciones electromagnéticas. ¿Te vale o quieres que profundice más en el tema?
¿Cuál ha sido el terremoto más grande jamás registrado a lo largo de la historia?
—El megaterremoto de Valdivia, ocurrido en 1960, también conocido como el Gran terremoto de Chile, está considerado como el terremoto de mayor magnitud jamás registrado en la historia del planeta. Tuvo una magnitud de 9,5 Mw. Duró ocho minutos y fue seguido por un tsunami. Valdivia se hundió cuatro metros bajo el nivel del mar y provocó la erupción del volcán Puyehue.
¿Cuántos libros llegó a publicar Georges Simenón?
—Ciento noventa y dos novelas con su nombre, y alrededor de una treintena más bajo diferentes seudónimos. ¿Qué? ¿Estoy aprobado, profe?
No te pases de listo.
—¿Y bien? ¿Qué has estado haciendo en estos meses de confinamiento?
Leer, ver series y pelis, escuchar música... y comer.
—¿Y qué hay de tus proyectos? ¿Has acabado alguno?
Para serte sincero, las primeras semanas sufrí una especie de sequía. Era como si mis ganas de escribir se hubiesen esfumado. No me salía sentarme a escribir.
—¿Probaste a escribir de pie?
Déjate de chistecitos. La situación que vivió la humanidad entera durante los primeros días de alarma fueron complejos en el plano emocional y psicológico. Nunca antes habíamos vivido algo así. Habíamos visto películas y leído libros que abordaban el tema de manera directa o tangencial. Pero una cosa es la ficción y otra muy distinta la realidad.
—Huy, pobrecito. El nene pasó miedo, ¿no es eso?
Serás capullo.
—Pues sí. Lo soy.
¿Y tú? ¿Qué has hecho en este tiempo?
—Lo creas o no, en este tiempo no he parado de currar.
¿Currar? ¿Tú?
—Pues sí. Listo. He estado currando. ¿Se te ha ocurrido mirar las estadísticas del blog en los últimos meses?
Pues no. Hace tiempo que no miro eso. Para no deprimirme.
—Pues deberías. Así sabrías que en los tres meses de confinamiento hemos recibido casi 3.500 visitas.
Me tomas el pelo.
—Míralo tú mismo.
Espera... ¡Vaya! ¡Es cierto! No mentías.
—¿Y has visto de dónde proceden la mayoría?
De Estados Unidos. Vaya, qué raro. Que yo sepa, allí no me conoce ni el Tato. Bueno, aquí tampoco me conoce ni el Tato. Por cierto, ¿sabes si el Tato ese conoce a alguien?
—Ni idea.
Pues qué raro. Supuse que con tu “conocimiento ilimitado” sabrías algo así. Hasta hace un minuto dabas la impresión de ser una enciclopedia andante.
—Te recuerdo que no tengo piernas.
No seas quisquilloso. Sabes perfectamente a qué me refería.
—A ver, membrillo. Intentaré explicártelo de una manera simple, para que no te me pierdas por el camino. Es cierto que en Internet hay toneladas de conocimiento, pero eso no significa que tenga la respuesta a todas las preguntas. Te pondré un ejemplo: si de casualidad le preguntas por el número de habitantes actualizado del Principado de Mónaco, su respuesta será de 38.682 habitantes. Bueno, 38.681, ya que me acaban de informar que han encontrado el cuerpo sin vida de Edgar Grosky.
¿Quién es Edgar Grosky?
—Un industrial de origen húngaro que anoche ganó una fortuna en el casino y luego se llevó a dos pilinguis a su habitación del hotel, pidió ostras y champán del caro, se tomó una pastillita de viagra y pasó a mejor vida... por unas horas. Esta mañana encontraron el cuerpo sin vida del señor Grosky en su cama, con una erección de caballo y una sonrisa de oreja a oreja. Según el forense murió de un infarto, y más feliz que una perdiz.
¿Y todo eso está en Internet?
—Te asombraría saber la de cosas que puedes encontrar en Internet.
Realmente no me explico cómo es que, con tanto conocimiento a golpe de click, cada día somos más tontos.
—Que algo esté permanentemente disponible no quiere decir que todo el mundo esté interesado en acceder a ello. Por esa lógica todos los bibliotecarios del mundo deberían ser la gente más culta del mundo, rodeados de libros con todo ese caudal de conocimiento permanentemente a su alcance. Y no es así.
Tienes razón.
—¡Pues claro que la tengo! Soy un blog listo, joder.
Y bastante engreído.
—En fin, a lo que iba, que me extravío. Así que tenemos un montón de datos a los que podemos acceder de forma instantánea con sólo darle a la tecla. Pero, por otro lado, si quisiéramos saber, por ejemplo, cómo escribir un libro que guste a todo el mundo, a crítica y público, que arrase en ventas en el mercado editorial actual y que haga que su autor pueda vivir sin preocupaciones económicas el resto de su vida, la respuesta será: ni puta idea, macho.
Pues vaya mierda. Precisamente yo iba a preguntar eso.
—Lo sé. Por eso te lo he puesto como ejemplo. Te conozco como si te hubiese parido, chaval.
¿Y si pregunto qué debo hacer con un blog contestón, en ocasiones desagradable, antipático, un tanto soberbio, demasiado pagado de sí mismo, un capullo insufrible y que se las da de listo, cuál crees que sería la respuesta que obtendría?
—Vale. Lo pillo. Le pido humildemente disculpas, oh, mi creador.
No sé yo...
—Por favor, oh, mi creador, si acepta mis disculpas le prometo que a partir de ahora todo va a ir sobre ruedas.
¿Y cómo sé que hablas en serio?
—Pues porque acabo de dar la entrada para pillar un patinete eléctrico.
¡¡Yo no quiero un puñetero patinete eléctrico!!
—Es broma, tío. ¡Por el amor de Steve Jobs!, ¿es que el confinamiento ha acabado con tu sentido del humor o qué?
Serás capullo.
—Sí. Lo soy. Pero un capullo muy listo. Oh, vaya, parece que el censo del Principado de Mónaco volverá pronto a los 38.682 habitantes.
¿Y eso?
—Resulta que una de las pilinguis se ha quedado embarazada del industrial húngaro.



miércoles, 27 de mayo de 2020

BIENVENIDOS AL GRAN HERMANO GLOBAL


Desde que comenzó todo esto del confinamiento por el Covid19, todos nosotros nos hemos transformado en una especie de concursantes involuntarios de un Gran Hermano a escala global; sólo que, en lugar de compartir vivencias en una casa-plató con un grupo de desconocidos, lo hacemos confinados en nuestros propios hogares, solos o en compañía de nuestros familiares. O amigos. O enemigos —en caso de que tengas pareja y vivas en casa de tus suegros. Jo, qué putada—.
Y al igual que solía ocurrir en el Gran Hermano televisivo, en nuestra actual situación de confinamiento obligado si tienes la desgracia de enfadarte con quien tengas al lado no tienes ningún lugar a donde ir. Así que os enfadáis, pegáis cuatro gritos y os vais cada uno a vuestro rincón favorito de la casa, a rumiar vuestro enfado como vacas cabreadas a las que se os agria la mala leche.
El problema es que, tarde o temprano, tendrás que volver a coincidir con esa persona con la que te has enfadado, llevando la mutua incomodidad a un nivel difícilmente soportable.
Todo esto me ha hecho pensar en la evolución del ser humano desde la Edad de Piedra hasta nuestros días: la Edad del Pavo. Y, al hacerlo, he llegado a una interesante conclusión.
En el principio de los tiempos los primeros habitantes del planeta convivían en manadas o tribus compartiendo la misma cueva. Allí se guarecían de las inclemencias del tiempo, se protegían de los depredadores, cocinaban, comían, dormían, practicaban sexo y se contaban chismes unos a otros para entretenerse. Es decir, que era algo así como el Gran Hermano del Paleolítico: todo se hacía a la vista de todo el mundo.
Con el tiempo, los roces entre iguales se fueron incrementando, dificultando sobremanera la convivencia. «Que si te cojes toda la piel de mamut para ti solo y me dejas toda la noche con el culo al aire, que si roncas más que un brontosaurio asmático, que si te huelen los pies cosa mala, que si cada vez que acabas de almorzar te echas unos eructos de bisonte que pa' qué, que si tus pulgas están invadiendo mi lado de la cueva, que si ya nos conocemos todos tus jodidos chistes sobre gigantopithecus gangosos, que si nos tienes hasta la coronilla de que te pases todo el santo día poniendo tus malditos discos de Tyrannosaurus Rex a todo volumen; nos sabemos el dichoso Get it on de memoria, ¿no tienes nada de Jethro Tull, por el amor del Dios del Trueno?».
La consecuencia lógica de esta degradación en la convivencia fue que los miembros más autosuficientes de las tribus comenzaron a independizarse del resto. A partir de aquí surgieron las minicuevas unifamiliares. A estas les siguieron las cuevas adosadas, que permitían a los individuos beneficiarse de la seguridad que proporciona la comunidad pero sin renunciar a su independencia ni a la espaciosidad.
Luego, a medida que los miembros más relevantes de la tribu fueron escalando posiciones dentro de la comunidad, llegando a atesorar poder e influencia —ya fuese metiéndose a enlaces sindicales de las comunidades a las que pertenecían o como sacerdotes, pues todo lo que tenga que ver con la religión ha rentado bastante a lo largo de la Historia—, comenzaron a sentir la necesidad de desmarcarse del resto, dando muestras de su estatus. Ahí surgieron las primeras cuevas-dúplex.
Con el transcurrir de los siglos, viendo los homo sapiens ricos y poderosos que eso de cargar y transportar agua y víveres hasta sus lujosas cuevas de cuatro y hasta cinco habitaciones era un coñazo, decidieron mandar a otros a que hiciesen esas tareas por ellos; porque para eso se hacía uno rico y poderoso: para mandar a otros hacer lo que a ti te desagrada o no te apetece hacer.
Y todo fue bien durante un tiempo, hasta que se dieron cuenta de que los productos sabían mejor cuanto más frescos. Entonces fue cuando a uno de ellos, creo que diputado regional de una tribu de Atapuerca, se le ocurrió construir el primer chalet de la Prehistoria, dotado de cinco habitaciones, salón-comedor-cocina, solarium, despacho, tres cuartos de baño independientes —cada uno con su propio agujero para cagar—, jardín, piscina, un huerto y un establo para criar cerdos con los que se hacían unos bocadillos de jamón de jabugo para flipar. ¡Qué bien viven los diputados, coño!
La evolución llevó, de manera inevitable, al surgimiento de las castas. Eso generó innumerables luchas, pues los que tenían poco o nada aspiraban a tener algo, mientras que los que tenían mucho aspiraban a tener más.
Por cierto, todo esto de lo que os estoy hablando sucedió hace millones y millones de años.
Así que pasaron millones de años. Y en esos millones de años acontecieron miles y miles de guerras que generaron millones y millones de víctimas. Y, fruto de esas guerras, unos pocos se enriquecieron y otros muchos perdieron lo poco que tenían, incluyendo sus vidas.
Y un día, como de la nada —llamemos nada a la demagogia; venga, va, dadme ese gusto—, de entre todos los supuestos desfavorecidos surgió una mente preclara que indicó al resto el camino a seguir. Y haciendo sonar más alta su voz que el resto de las voces, gritó:
—Borregos míos... estoooo, camaradas. Eso. Sí, camaradas suena mejor. Ejem, mejor empiezo de nuevo. Camaradas, ha llegado el momento de que los desarraigados del mundo, los que estamos abajo, pero abajo abajo del todo; vamos, que más abajo y nos asemejaremos a escarabajos de la patata, acabemos de una vez por todas con lo que yo llamo «la Casta». Debemos unir nuestras fuerzas para que yo llegue a lo más alto, y desde allí pueda proclamar...
—Perdón, ¿has dicho «yo»? —dijo uno de los de abajo alzando la voz—. ¿No deberías decir «nosotros»?
—Tienes razón. Gracias por tu aportación, camarada. ¿En qué estaría yo pensando? Como os decía, debemos unir nuestras fuerzas para que nosotros, es decir, mi churri y yo, lleguemos a lo más alto, y podamos construirnos un chalet de piedra en la zona centro de Atapuerca, dotado de cinco habitaciones, salón-comedor-cocina, solarium, despacho, tres cuartos de baño independientes —cada uno con su propio agujero, por supuesto. No somos bárbaros—, jardín, piscina, un huerto y un establo para criar cerdos de pata negra con los que hacernos unos bocadillos de flipar, como los que llevan siglos disfrutando los diputados. Y es que... ¡qué bien viven los diputados, coño!
Se me olvidó comentar que entre los que tenían mucho y querían más y los que no tenían nada y querían algo estaban los que poseían poco pero tenían mucha labia, y con esa labia intentaban camelarse a los desheredados del mundo haciéndose pasar por iguales y, bajo el pretexto de luchar por sus derechos y obligar a la casta a compartir, ocultaban sus verdaderas intenciones: dejar de ser más pobres que las ratas prehistóricas y convertirse en potentados; vamos, el típico «quítate tú pa' ponerme yo» de toda la vida.
Insisto: esto ocurrió hace millones de años. No os vayáis a pensar que lo que ocurre en nuestros días es algo nuevo. Lo triste, lo verdaderamente triste, es que hoy, millones de años más tarde, todo siga exactamente igual que entonces.
Evolución, dicen. Sí, y voy yo y me lo creo.




miércoles, 20 de mayo de 2020

NOTAS DESDE EL CONFINAMIENTO 4

Portada de la edición en CD de "Strange days" de los Doors.

No soy muy amante de la poesía. Quien me conoce lo sabe, pues jamás lo he ocultado ni me he esforzado por aparentar lo contrario.
Tuve una novia, hace años, de la que estuve muy enamorado. Ella era una apasionada de la poesía. Uno de sus autores favoritos era Pessoa. Aún recuerdo con cariño un trayecto en autobús —aquí las llamamos guaguas— durante el cual me habló de esa pasión suya por los poemas del autor luso. Ella intentó que me gustase la poesía, y yo intenté que me gustase. Pero ambos fracasamos en el intento. Una pena.
Lo más cercano que conozco a la poesía son las letras de las canciones de aquellos grupos o artistas que admiro, y cuyas obras llevo años —más bien décadas— disfrutando.
Precisamente uno de esos artistas que tanta admiración despiertan en mí es Jim Morrison, de los Doors, quien curiosamente más que cantante y letrista le gustaba considerarse a a sí mismo como «poeta».
Tenía un amigo, hace muchos años de esto, con el que compartía nuestra mutua afición por la música rock de los 60 y 70. Él era incluso más radical que yo, pues mientras yo no tenía problema alguno en alternar ambas décadas con cosas más actuales, él se limitaba a esas dos décadas casi en exclusiva. Este amigo del que os hablo fue quien me descubrió a los Doors. Le gustaban tanto que se pilló los seis discos oficiales con Morrison al frente, un directo y dos recopilatorios de esa misma etapa. Por aquellos años teníamos la costumbre de intercambiarnos los discos, amparados en la relación de confianza que con los años se había establecido entre nosotros. Luego esa confianza se extinguió, pues dejamos de vernos durante casi una década, y cuando dejas de ver y de tratar a alguien durante tanto tiempo siempre notas que hay algo que se rompe entre esa persona y tú. En mi caso fue la confianza.
Volviendo a Morrison, hace unos días escuchaba en mi estéreo uno de mis discos favoritos de los Doors, el glorioso Strange days. Me encanta todo de ese disco, empezando por la cubierta —con unas evocadoras fotografías de Joel Brodsky que consiguen transportarme a un mundo de fantasía que sólo existe en mi imaginación—, la atmósfera que domina el álbum y, por supuesto, las maravillosas canciones que contiene: 10 temazos en los que no falta ni sobra una sola nota.
La cuestión es que me quedé absolutamente alucinado al escuchar de boca de Jim los versos con los que inicia el tema/título que abre el disco, la extraña y melancólica Strange days. Dichos versos dicen así:

Días extraños nos han encontrado
Días extraños nos han rastreado
Ellos van a destruir
nuestras alegrías casuales
Debemos seguir adelante en busca de una nueva ciudad

Mientras escuchaba la voz de Morrison, grabada con unos extraños efectos de eco y distorsión absolutamente hipnóticos, no pude evitar establecer una conexión directa de esos versos concretos con lo que está ocurriendo hoy día en el mundo a raíz del coronavirus.
«Días extraños nos han encontrado, y ellos van a destruir nuestras alegrías casuales». Al analizar las letras de las canciones cada uno le puede dar el sentido que desee, incluso uno que ni al propio autor se le hubiese pasado jamás por la cabeza. Es la magia del arte, que cada cual lo lleva a su terreno, a lo que conoce, a lo que ha vivido, y lo transforma en algo suyo, en algo que le da un sentido personal e intransferible.
Supongo que esa es una de las claves de la poesía: la posibilidad de reinterpretar los versos que el poeta ha escrito, no intentando descifrar lo que el autor ha querido expresar sino lo que a nosotros nos sugiere lo que acabamos de leer.
La siguiente frase de la letra, aquella en la que dice: «Debemos seguir adelante en busca de una nueva ciudad», también está sujeta a todo tipo de interpretaciones. Lo de «una nueva ciudad» podemos tomarlo, o más bien yo lo interpreto, en un sentido metafórico, como una nueva manera de regir nuestros destinos, desechando modelos obsoletos que a estas alturas de la película sabemos que no funcionan; o que sólo funcionan para unos pocos, a costa del sufrimiento y las penurias de la inmensa mayoría.
La cuestión es: ¿estamos preparados para esa nueva revolución?
Eso me llevó a recordar una entrevista a Frank Zappa a propósito de su pensamiento político. En aquella entrevista, Zappa declaró: «Me gustaría una sociedad sin gobierno. Creo que este sería mi ideal. Pero en los próximos quinientos años no estaremos maduros para esta experiencia».
Ante semejante respuesta, el entrevistador insistió: ¿Es usted anarquista?. A lo que Zappa, mostrando una lucidez y claridad de ideas asombrosa, contestó: «En casa, durante mis ratos libres, en mis pensamientos secretos. Pero también soy práctico y sé que esto no funcionaría. Una anarquía sólo podrá funcionar si el pueblo está perfectamente cultivado y civilizado. Pero todavía no hemos llegado hasta ese punto. El pueblo no está cultivado, no está civilizado, y mucha gente todavía sigue con hambre. Si no tienen hambre de comida, tendrán hambre de alguna ayuda emocional que no reciben. Es necesario enfrentarse a esta sociedad desagradable e injusta y eso no puede hacerse manifestando sencillamente: “Aquí tenéis toda vuestra libertad. Podéis hacer cuanto queráis. Ya no hay gobierno”. Esa actitud resulta imposible, puesto que la gente no sabría qué hacer. Se destrozarían y comerían mutuamente, igual que las bestias».
¿Hace falta decir que estoy total y absolutamente de acuerdo con Zappa? Si miro alrededor, no me resulta difícil concluir que la civilización actual no está preparada para ese tipo de libertad. Sólo hay que ver lo que votan: Trump en Estados Unidos, Bolsonaro en Brasil, Boris Johnson en el Reino Unido, Putin en Rusia; y luego están los que no necesitan ser votados y ahí siguen, dando por saco eternamente como las pilas duracell: los poderes fácticos.
Otros ejemplos de lo poco preparados que estamos para vivir en la anarquía es la manera de actuar de muchos impresentables durante el confinamiento, haciendo lo que les sale del níspero poniendo en riesgo no sólo sus propias vidas —que, honestamente, me importan un carajo—, sino poniendo en peligro la vida de los demás. Si a eso sumamos las actitudes miserables que, a pesar de lo que estamos viviendo, seguimos viendo a diario, me permitirán que no me muestre demasiado optimista en relación al futuro.
A veces tengo la sensación de estar viviendo en una distopía, donde el arte es lo único que me mantiene alejado de la desesperación y la locura. Gracias a la música, el cine o la literatura, aún no he perdido la chaveta. Ah, y el humor.
Ojalá mi sentido del humor no me abandone nunca, pues el día en que eso ocurra entonces sí que estaré jodido.



miércoles, 22 de abril de 2020

NOTAS DESDE EL CONFINAMIENTO 2

Woody Allen en "Bananas". Os advierto que la barba es falsa; como las promesas de chichinabo de muchos de esos "vendehumos profesionales" que cada cierto tiempo se alzan como "la voz del Pueblo".

 
Saludos desde el confinamiento.
Acabo de leer en prensa que las autoridades competentes —y también las incompetentes. Todo sea por no discriminar y favorecer la integración, sea cual sea tu nivel de incompetencia— han decidido devolver un gran contingente de tests de coronavirus defectuosos y solicitar el reembolso de la pasta al proveedor. Me pregunto dónde coño comprará esta gente el material sanitario, ¿en Ali Express?

Continúan los bulos en Internet. El gobierno se queja de que los bulos tienen un claro objetivo de desgaste. «Pero mira que son gilipollas estos tíos de la oposición. Con la que está cayendo y estos capullos gastando dinero sin tino en campañas de desprestigio contra nuestra gestión al frente del gobierno. No necesitamos que nadie nos eche mierda encima. Ya nos valemos por nosotros mismos para mostrar a la opinión pública nuestra incompetencia».

Malas noticias para los optimistas irredentos. Aquellos que auguraban que una vez que superemos el virus nuestra sociedad será muy diferente a como la conocíamos, más generosa, más solidaria, más happy, más guay del Paraguay, con todo el mundo llevándose chachi y ayudando al prójimo y dándose besos y abrazos por la calle y cantando bajo la lluvia y tal; la verdad, me fastidia ser yo quien os chafe la fiesta, pero, por mi experiencia, la Humanidad no habrá aprendido una mierda cuando todo esto acabe. ¿Queréis pruebas de lo que digo? Poned la tele a cualquier hora del día. Sé lo mucho que duele vernos reflejados en el cruel espejo de la triste realidad, pero es lo que hay. Cuando todo esto acabe seguiremos gritándonos gilipolleces unos a otros, pisándonos mientras hablamos, defendiéndonos de nuestras mutuas acusaciones con el típico ataque infantil del «y tú más», señalando la paja en el ojo ajeno al tiempo que nos negamos a ver la viga en el propio. Y esto no sólo pasará entre pseudoperiodistas de chichinabo que abren hilos de investigación para saber cosas tan súper importantes y trascendentales como quién se acuesta con quién o quién no se lleva con fulano o mengano o quién ha cortado con quién. Al acabar el confinamiento y volver a nuestras rutinas seguirán llevando a la tele invitados de mierda sin nada interesante que decir ni aportar, salvo contar gilipolleces y perpetuar que la rueda de la imbecilidad siga girando.
Y todavía hay quien piensa que cuando todo esto pase seremos mejores personas. Criaturillas. Cómo os envidio, carajo.

La gente sigue aplaudiendo a los sanitarios cada tarde a las 20:00 horas. En Canarias lo hacemos a las 19:00 horas, ya que aquí todo lo hacemos una hora antes que en península; hasta nos adelantamos una hora para elegir a qué políticos queremos para que nos sigan mintiendo y sangrando a impuestos otros cuatro añitos.
Curioso lo de los aplausos. Muchos de los que aplauden son los mismos que denuncian y presionan a sanitarios que viven en sus mismos edificios para que se larguen cuanto antes y «no contagien al resto». Me pregunto a quién coño van a acudir esta gente cuando caigan enfermos. También me pregunto si no hay vacuna contra la mezquindad. Ése sí que es un virus dañino de cojones.

El Banco de España calcula que la economía caerá este año hasta un 13% y aleja una recuperación rápida. Obviamente, esto sólo afectará a «los de abajo». Los otros, «los de arriba», incluso ganarán más que antes de la crisis. Como siempre. Ah, y para aquellos que aún dudan de que el Sistema funciona: los que antes criticaban a la casta, ahora pertenecen de pleno derecho a ella. Son sólo unos pocos, es cierto, pero es que siempre ha sido así. El quítate-tú-para-ponerme-yo se lleva practicando desde que el mundo es mundo. Si queréis saber más acerca de esta arraigada estirpe de vendehumos profesionales que llevan viviendo entre nosotros desde el principio de los tiempos, os recomiendo que le echéis un vistazo a la película Bananas de Woody Allen. En apenas hora y media aprenderéis más del comportamiento humano y su influencia en la Historia que leyendo mil libros de Psicología, Antropología e Historia. Y encima os echaréis unas risas. Además, no conviene olvidar que la peli comienza con «el tradicional asalto a la Embajada de los Estados Unidos en la República de San Marcos». Con un inicio así, ¿quién puede resistirse? Yo no, desde luego.

En fin, esto ha sido todo por hoy. Confío en que toda esta mierda pase pronto —y no sólo me refiero al Covid19—.