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miércoles, 16 de septiembre de 2026

EL MOSQUITO MARIQUITA (Parte 2)

 

Foto de Nuzree bajada de Pixabay bajo licencia Creative Commons



Para leer la primera parte, pincha aquí.


De manera harto sorprendente el mosquito cumplió su palabra, y no volvió a hacer acto de presencia en las horas que permanecí en casa de Boris. De este modo, no sólo pude echarme un sueñecito de una hora o así, sino que Boris y yo pudimos seguir trabajando en el guión hasta bien avanzada la tarde.

Al caer la noche, Boris me bajó a mi casa en su coche. Cuando crucé el umbral de mi domicilio estaba tan cansado que solté la mochila en el suelo y me fui directo a la ducha. Estaba reventado.

Luego de una reconfortante ducha me preparé algo de cenar, vi un poco de televisión, para distraer la mente y, a eso de las once de la noche, decidí echarme a dormir.

No llevaba ni dos minutos con los ojos cerrados cuando, de repente, oí un zumbido que me resultó de lo más familiar.

—No puede ser —pensé.

Encendí la luz de la mesita de noche y, ¿a quién me encontré? ¡Exacto!, a mi antiguo amigo «el mosquito gay».

—¿Se puede saber qué haces aquí? —le espeté.

—Hola, Pedro.

—Te he hecho una pregunta. ¿Qué haces aquí?

—Yo también me alegro de verte —contestó él con ironía.

—¿Cómo has venido hasta aquí?

—Me colé en tu mochila.

—¿En mi mochila?

—Eso es.

—Pero, ¿por qué?

—Ya lo sabes. Porque estoy enamorado de ti.

—¡Venga ya, tío, no jodas!

—Eso quisiera yo. Pero tú no quieres.

—¡Pues claro que no quiero! Puede que tú seas gay. Francamente, me da igual lo que seas. Creo en la libertad de elección. Pero yo no soy gay. Soy hetero. ¿Lo entiendes? Hetero.

—¿Acaso no te gusto?

—Y dale. ¡No!

—Eso me ha dolido.

—¿El qué? ¿mi sinceridad?

—No. Lo tajante de tu aseveración. Ni siquiera has dudado.

—¿Y porqué habría de hacerlo? Tengo claras mis preferencias, así que no veo porqué tendría que mostrar duda alguna al respecto.

—Vale. Pasaré por alto tu brusquedad. Es lo que tiene el amor, que te ciega ante los defectos del ser amado. Incluso hace que esos rasgos, censurables en cualquier otro, se conviertan en gasolina para la pasión.

—Madre del amor hermoso... cuanto daño han hecho las telenovelas.

—Contéstame a esto. Y, por favor, sé sincero. ¿Por qué no te gusto?

—¿Has oído algo de lo que he dicho, majadero? Soy heterosexual. ¿Entiendes eso? Me gustan las mujeres. Única y exclusivamente. Y con mujer me refiero a una hembra humana.

—¿Y nunca has pensado en experimentar? ¡Todo el mundo lo hace!

—Yo no soy como todo el mundo.

—Pero, ¿por qué no lo pruebas?

—Pues porque no necesito hacerlo.

—¿Y cómo puedes saber que algo no te gusta si no lo has probado antes?

—Porque soy un tipo muy inteligente, muy intuitivo y muy sabio. Y a estas alturas de mi vida sé distinguir perfectamente lo que me gusta de lo que no.

—¡Hala! Inteligente, intuitivo y sabio. ¿Tú no tienes abuela, verdad?

—Por desgracia, no. No tengo.

—A propósito, ¿recuerdas aquella vez en París, en casa de tus amigos? Ya sabes, la vez en que estando cinco personas en la misma habitación te picó un mosquito sólo a ti, dejando al resto con la piel inmaculada. ¿Lo recuerdas?

—No me irás a decir que fuiste tú.

—No. Fue mi primo: Philippe Antoine.

—Vaya hombre.

—Es mosquitero, ¿sabes?

—¿Qué es un mosquitero?

—Un mosquito que practica la esgrima y usa florete.

Venga ya. ¿De verdad estaba siendo vacilado por un maldito mosquito sabiondo? Aquello ya estaba pasando de castaño oscuro.

Un tenso silencio se estableció entre ambos. Yo me masajeaba el cuello y aprovechaba para cerrar los ojos. El problema es que, al cerrar los ojos, el sueño reclamaba su tributo, lo que, francamente, resultaba contraproducente.

El cansancio caía a plomo sobre mi cuerpo y mi espíritu. Necesitaba dormir. Pero, ¿cómo dormir sabiendo que había un mosquito en mi habitación? Imposible. Jamás he podido hacerlo. Para poder dormir necesitaba matar antes a aquel bicho.

El problema es que ya lo había tratado personalmente, y eso lo cambiaba todo. ¿Cómo matar a alguien a quien ya conoces? Mi conciencia volvía a jugármela. ¿Por qué no podía ser yo como un político o un banquero, capaz de hacer callar la voz de mi conciencia a voluntad?

—A propósito —intervino el mosquito mariquita rompiendo el silencio—, mientras estuve encerrado ahí dentro tuve tiempo de leer algunos de los apuntes que tienes en ese bloc que guardas en tu mochila. He de decir que tienes algunas ideas realmente interesantes.

—Er... gracias.

—No hay de qué. Escribes muy bien. ¿Has pensado en presentarte a algún concurso literario?

—Ya lo he hecho. Varias veces.

—¿Y?

—Nunca gané nada.

—¡No me lo puedo creer!

—Pues créetelo. Me he presentado a concursos de obras de teatro, de cuentos cortos y hasta de novela. Pero nunca pasó nada. Ni siquiera llegué a estar entre los finalistas. Eso no hacía sino alimentar mis sospechas.

—¿Qué sospechas?

—Que la mayoría están amañados. Y los que no están amañados están condicionados, ya sea por consignas internas, por oscuros intereses comerciales o políticos o por prebendas igual de oscuras y siniestras.

—Piensas eso porque nunca has ganado ninguno.

—Es posible. Tal vez mi resentimiento hable por mí. Al fin y al cabo sigo siendo humano. Y como cualquier ser humano, soy imperfecto. No espero que lo entiendas.

¿En serio estaba manteniendo una conversación de semejante calado con un mosquito? ¿En qué momento de mi vida he caído tan bajo como para no saber distinguir realidad de ficción? Porque no me negaréis que el hecho de poder mantener una conversación más o menos lógica con un insecto entraría de lleno en el terreno de la fantasía. ¿Me estaré volviendo estúpido con la edad? ¿Será este el principio del fin? No lo descarto.

Mi natural pesimismo siempre un par de pasos por delante. Aunque, por aquello de ver algo de luz al final del oscuro túnel en el que me hallaba sumido, igual la falta de sueño y el cansancio sean realmente los responsables de que me haya abandonado a la irrealidad, y que una vez descanse cuerpo y mente consiga transitar de nuevo por el luminoso terreno de la cordura.

—¿En qué piensas?

—En que estoy muy cansado y necesito dormir. Y tú no me estás facilitando la tarea. Más bien me la complicas.

—Entonces, ¿no quieres probarlo siquiera un poquito?

—¿Probar el qué?

—A besarme.

—¡Lárgate de una vez! —exclamé realmente enfadado.

—Eres muy cruel, ¿sabes?

—¿Cruel? ¿Por qué soy cruel? ¿Porque no deseo corresponder al amor que un mosquito gay siente por mí?

—Los mosquitos gays también tenemos sentimientos, ¿sabes?

—¿Y?

—Pues que, al igual que vosotros, los seres humanos, también nosotros necesitamos de afecto y cariño. Y amar y que nos amen.

—Anda y que te den.

—No hace falta que seas tan soez.

—¿Quieres hacer el favor de largarte y dejarme descansar, fatiga, que eres un fatiga?

—Está bien. Me iré. Porque te amo.

—Lo que tú digas. Pero lárgate, ¿quieres? Necesito dormir.

—¿Me escribirás?

—¿Escribirte? ¿Adónde?

—Tengo cuenta en Facebook.

—¿En serio?

—Absolutamente. Toma nota. Mi cuenta en Facebook es MOSQUITA MUERTA. Tengo una foto en la que salgo posando con una parca de plumas y estoy monísimo de la muerte. Y otra en la que salgo posando en la orilla de una charca. Aunque ahí te confieso que estoy un poco fondón, casi ridículo. Dime, ¿me agregarás a tu grupo de amigos?

—Me lo pensaré.

—No me vale. Necesito un compromiso por tu parte. Sólo así te dejaré en paz.

¡Qué pesado! El dichoso mosquito me estaba cargando de veras. No sabía cómo quitármelo de encima. Yo estaba reventado. Recordad que apenas había dormido una hora en las últimas veinticuatro y me había pasado buena parte del día trabajando en el guión, por lo que el desgaste mental incidía de forma determinante en mi cansancio físico y psíquico. Obviamente, lo último que deseaba era enfrascarme en una discusión interminable con un insecto.

Viendo que el mosquito no me iba a dejar en paz, decidí contraatacar.

—¿Sabes qué? Tienes razón. Creo que debería probar cosas nuevas.

—Pues claro, hombre. Abajo los conceptos arcaicos y restrictivos. Viva la experimentación. Liberemos nuestros cuerpos y espíritus de los corsés mentales y los prejuicios pasados de moda. Ya verás lo bien que nos lo vamos a pasar tú y yo.

—He decidido probar a comer insectos —anuncié.

—¿Qué?

—He leído que tostados están muy ricos. Empezaré por los saltamontes. Y, ¿quién sabe? Tal vez un día de estos me coma un buen plato de mosquitos a la plancha rociados con especies.

—Vale. Lo pillo. Me voy zumbando.

Y lo hizo. Se fue. Por fin.

Entonces apagué la luz de mi mesita de noche y, por si acaso, conecté el antimosquitos a la corriente eléctrica. A mi edad no debes fiarte de nadie. Y mucho menos de un mosquito gay.



miércoles, 9 de septiembre de 2026

EL MOSQUITO MARIQUITA (Parte 1)

 

Imagen de Tweazel bajada de Pixabay bajo licencia Creative Commons


Hace tiempo hablé en este mismo blog de las accidentadas circunstancias que rodearon mi primera incursión en el mundo del cine, durante el rodaje de un cortometraje en forma de falso documental cuyo guión escribí.

Además de este guión, en los meses previos había estado trabajando con mi amigo Boris en la escritura de otro guión para un proyecto mucho más ambicioso. Lo que había empezado como un pequeño boceto para un corto acabó transformándose en un guión para un  mediometraje. La historia iba de un olvidado científico alemán afincado en Gran Canaria que había protagonizado frecuentes y exitosos encuentros con seres de otros planetas allá por los años 50 del siglo pasado.

Preso de la excitación —me suele ocurrir siempre que un proyecto me entusiasma—, mi mente no paraba de parir ideas, a cual más absurda. La mayor parte eran imposibles de llevar a la práctica, habida cuenta de nuestra escasez de medios y recursos económicos. Sin embargo, ello no era óbice para que mi mente siguiese pariendo chorradas de lo más locas y descabelladas, como la de una joven campesina semianalfabeta, paciente de un psiquiátrico un tanto siniestro, a la que de repente le da por empezar a hablar en perfecto alemán, que es el idioma empleado por los extraterrestres para comunicarse con los habitantes de la Tierra.

En plena fiebre creativa, Boris me sugirió que subiese a su casa a seguir escribiendo el guión. Su casa, un remanso de paz y tranquilidad ubicada en mitad de la naturaleza y rodeada de una vasta extensión de terreno, se mostraba ideal para escribir sin molestas interrupciones. O eso pensaba yo.

Al poco de estar allí, pronto se hizo evidente que no estábamos solos. A pesar de vivir en mitad de la nada, un inesperado okupa vino a colarse entre nosotros sin ser invitado. Se trataba de un molesto mosquito que, vete tú a saber porqué, se había encaprichado conmigo.

Por aquellos días, poseído por una poderosa fuerza creativa que me empujaba a sacar de dentro el torrente de ideas que pugnaban por salir a la superficie, incluso llegué a escribir un pequeño diario, donde iba detallando aquellas cosas que, al margen del guión, merecían ser recordadas.

Hoy, en un ejercicio de nostalgia, he desempolvado parte de aquellas breves notas y las muestro aquí por primera vez.


DIARIO DE MIS SESIONES DE ESCRITURA PROYECTO DOCTOR WAISMANN


Hace unos días volví a pasar la noche en casa del director del proyecto. Y, como la vez anterior, un maldito mosquito volvió a estropearme el sueño en mitad de la madrugada. Y eso que allí hacía un frío del carajo. Tenía entendido que la mayoría de los mosquitos reducen su actividad cuando la temperatura cae de los 15 °C, e incluso dejan de volar y dar por saco por debajo de los 10 °C. De ahí mi extrañeza ante aquella molesta presencia.

Así que, una vez desvelado, me pasé un buen rato hablando conmigo mismo, como un loco desquiciado.

«¿Será posible que me pase esto a mí? Otra vez un dichoso mosquito. ¿Y si resulta que es el mismo de la otra noche? ¿Es que este bichejo no tiene frío? ¿Qué verá en mi sangre que le atrae tanto? Espera un momento. ¿Y si no es mi sangre realmente lo que le atrae de mí? ¿Y si resulta que en realidad se trata de un mosquito mariquita? Eso sería aún peor. Prefiero mil veces que ese mamón me chupe la sangre a que me chupe otra cosa».

Como se puede deducir, no pude pegar ojo en toda la noche. Una cosa está clara: definitivamente estoy reñido con la naturaleza. Ahí tienes otra razón más por la que jamás podría irme a vivir al campo. Seguro que si lo hiciese acabaría mis días devorado por una feroz manada de jabalíes. O peor aún: devorado por una feroz manada de jabalíes mariquitas.


Tras darle varias vueltas, al final no tuve más remedio que dormir con la almohada estratégicamente colocada entre las piernas, a fin de preservar en lo posible mi integridad sexual. Temía que aquel mosquito del demonio acabase colándose subrepticiamente por entre las sábanas y consumase su pérfido plan.

Llamadme homófobo si queréis. Honestamente, me da igual. Pero lo cierto es que no me sentía nada cómodo poniéndole el culo a tiro de piedra a un mosquito mariquita.

Al final, entre que no dormí y me mostré ojo y oído avizor, y que me pasé buena parte de la noche con el cuerpo completamente cubierto bajo las sábanas, logré repeler el ataque de aquel merodeador nocturno.

Eso ocurrió el martes. El miércoles, es decir, a la mañana siguiente, teníamos bastante trabajo por hacer. Aún andábamos dándole vueltas al argumento de aquel proyecto que iba creciendo y creciendo sin parar. Mi problema es que, como no había podido pegar ojo en toda la noche, por culpa del mosquito mariquita, me sentía como un zombie: medio dormido y torpón.

A pesar de mi estado semicatatónico —o quizás gracias a él, pues en esto de la inspiración nunca se sabe—, conseguí escribir algunos chistes buenísimos y un nuevo giro argumental. Cuando le leí a Boris lo que había escrito se partió de la risa. De hecho, nos pasamos un buen rato partiéndonos de la risa, imaginando cómo quedaría la escena una vez filmada.

Esta es, quizás, la mejor parte de escribir, cuando al fin lo compartes con alguien y ves que lo que has escrito funciona. No siempre es así, por lo que cuando ocurre que los astros se alinean y todo funciona como un reloj te sientes pleno, satisfecho, feliz y orgulloso de tu trabajo.

Aprovechando un receso, en el que Boris salió de la casa a ocuparse de los perros, intenté echarme una cabezadita. Prácticamente me había pasado toda la noche en vela, por lo que mi cuerpo y mi cerebro, agotados ambos, me reclamaban descanso.

Echado en el sofá cuan largo soy, con la cabeza cómodamente reposada sobre uno de los apoyabrazos, cerré los ojos y me dejé ir. No llevaba ni treinta segundos con los ojos cerrados cuando escuché un molesto y familiar zumbido transitando de oreja a oreja en dolby surround.

Exactamente lo que estáis pensando: se trataba del mosquito mariquita. Pero esta vez, lejos de asustarme, decidí razonar con él.

—Oye tío, ya empiezo a mosquearme contigo —le solté de entrada.

—¿Y eso? —dijo él.

—Cada vez que vengo a esta casa no haces sino acosarme.

—¿Acosarte?

—Sí. Acosarme. Dime la verdad, tú eres un mosquito mariquita, ¿no es cierto?

—No. No lo soy.

—Sí. Sí que lo eres.

—Bueno, sí. Lo soy. Pero sólo un poquito.

—¿Cómo que un poquito? O se es gay o no se es gay. Nadie puede ser un poquito gay.

—No creas. Hay mucho gay al que le gusta nadar en la indefinición. La mayoría suelen trabajar en puestos directivos de grandes corporaciones de imagen ultraconservadora o en el mundo eclesiástico.

—Pero tú ni trabajas de directivo en una gran corporación ni eres cura. ¿O me equivoco?

—Vale. Me has pillado. En realidad, yo soy un little gay.

—¿Un little gay? ¿Qué diablos es un little gay?

—Lo que vosotros soléis llamar un mariquita, sólo que dicho en inglés, que queda más guay.

Vaya por Dios. Y para colmo nos ha salido un pelín redicho, el puto bicho este. Si encima me suelta que le mola la cultura kitsch y que le encantan grupos de La Movida tipo Alaska y los Pegamoides y el cine de Almodóvar, le suelto una hostia con la palma de la mano abierta que lo dejo estampado en la pared.

—¿A ti no te gustará el cine de Almodóvar, no?

—¿Acaso me tomas por un hortera? No. No me gusta Almodóvar. ¿Has visto la mierda de peluca que le encasquetaron a Toni Cantó en Todo sobre mi madre? Ridícula es poco. Yo soy más de Woody Allen y Stanley Kubrick, y de clásicos del cine en blanco y negro: John Ford, Billy Wilder, John Houston, Mervin LeRoy, Cecil B. DeMille, Nicholas Ray, George Stevens, William Wyler. En fin, la crema.

Vale. De la que te has librado, colega.

—Oye, quisiera pedirte un favor —le dije al mosquito.

—Dispara.

—Anoche, por tu culpa, no pude pegar ojo. Me pasé la noche en vela, temiendo un ataque por tu parte. Estoy deshecho.

—Vaya. Lo siento.

—Así que te propongo lo siguiente: ¿puedes darme una tregua para que yo pueda echarme una cabezadita? Con una hora me será suficiente. Ya sabes, para recargar pilas. Lo único que te pido es que en el tiempo que duerma te largues a dar una vuelta por ahí; no sé, ve a ver si pillas algo por ahí fuera, y así yo podré desconectar, sabiendo que no me atacarás mientras duermo.

—Me parece razonable. Te doy mi palabra de mosquito que no te molestaré en una hora.

—Gracias.

—De nada.

Y diciendo esto, el mosquito mariquita se fue zumbando al exterior de la casa.

Sin embargo, ésta no sería la última vez que sabría de él...


(continuará)


Hasta el próximo miércoles.





miércoles, 13 de mayo de 2026

¡HABEMUS PORTADA!

  

¡Atención!

¡Paren las rotativas!

¡Tengo algo importante que anunciar!

¡Algo vital!

¡Algo esencial!

¡Algo genial!

¡Algo pequeñito, ououooo, algo chiquitito, ououooo! (gracias, Daniel Diges, por pasarte por aquí a saludar. Hacía tiempo que no sabía nada de ti).

¡Por fin!, tras ocho largos meses de duro trabajo en la sombra —aquí la solaja pega mucho y para paliar sus efectos he tenido que trabajar al amparo de una sombrilla tamaño industrial—, tengo a bien presentar, en rigurosa primicia, el título y la portada de mi nuevo artefacto literario.

El título es DOS CHIFLADOS AL CUADRADO.


Y esta es la portada:


Se trata de mi quinto libro. Mi segunda novela tras Un rockero de andar por casa (2022).

La próxima semana ampliaré detalles relativos al inminente lanzamiento (sinopsis, disponibilidad, enlaces, precios, etc...).

También colgaré un pequeño adelanto gratuito para su lectura.


Gracias por vuestra atención.



jueves, 2 de octubre de 2025

SUPERAR LA TIMIDEZ

Imagen de Gisela Merkuur tomada de Pixabay

 

 

Hace unas semanas, paseando con mi amiga Merche, surgió el tema de la timidez.

—¿Sabes esos actores o actrices, o presentadores de televisión que aseguran ser súper tímidos en su vida normal? —me soltó así, a bocajarro.

—Sí. ¿Qué pasa con ellos? —dije yo.

—Pues que mienten.

—¿Tú crees?

—Seguro.

—¿Porqué estás tan segura de eso?

—A ver, según ellos mismos dicen, cada vez que se suben a un escenario o se ponen delante de una cámara, en el caso de los actores o presentadores, aseguran que sufren una especie de transformación, y que son capaces de dejar atrás la timidez y crecerse. ¿Tú te lo crees?

El razonamiento de mi amiga me hizo retrotraerme a unos años atrás. Yo entonces tenía dieciséis o diecisiete años, y había enviado un dibujo a un concurso promovido por un popular programa radiofónico de ámbito insular en el que pedían un logo para el programa. El programa se llamaba Espontáneos, y básicamente consistía en recibir llamadas de oyentes para hablar de cualquier cosa, para hacer peticiones de canciones o dedicar canciones, para denunciar algo de carácter público, o simplemente para saludar. En fin, que el programa estaba para hablar de cualquier cosa de manera “espontánea”.

Yo envié un bonito dibujo de una niña enredada con el cable del teléfono mientras hacía una llamada telefónica, y lo adorné con un logo del programa de diseño propio. Lo coloreé con lápices de colores de una caja Alpine que tenía entonces, y lo envié por correo a la dirección que anunciaban en el programa. A las pocas semanas, mientras todos escuchábamos el programa en casa, oímos al presentador anunciar que ya tenían ganador para el concurso, y que iban a proceder a contactar con él o ella vía teléfono en riguroso directo. Y va y justo suena el teléfono en casa. Lo cogió mi padre.

Cuando escuché a mi padre contestar a través del transistor que mis hermanos y yo teníamos en la habitación que compartíamos, a mí casi me da algo. Entonces escuché a mi padre gritar mi nombre desde el pasillo de casa.

—¡Pedro, es para ti!

Yo me quería morir. Mis hermanos no paraban de reír. Entre la burla y la emoción. Casi estaban más emocionados que yo.

Cogí el auricular.

—¿Sí?

—Buenas noches. ¿Hablo con Pedro Fabelo?

—Sí.

—¡Enhorabuena! Has ganado el concurso de dibujo del programa Espontáneos.

—Vale.

—Dinos Pedro, ¿cómo se te ocurrió ese dibujo tan bonito de la niña?

—No sé.

El presentador, curtido en mil batallas, supo intuir al instante que estaba ante un tímido de manual, y que tendría que sudar tinta para sacarme aunque fueran un par de palabras. Profesional como era, intentó rellenar con su proverbial labia los huecos que mi timidez dejaban en la conversación.

—Para todos los que nos escuchan, hemos de decir que el jurado del programa fue unánime a la hora de elegir el dibujo ganador. Su ejecución y finalización nos llamó la atención a todos.

—Vale.

—¿Quieres decir algo a todos los que nos están escuchando ahora mismo, Pedro?

—No.

—Vale. Gracias, Pedro.

—A ti.

—Por favor, no cuelgues, que uno de nuestros colaboradores te tomará los datos y te dirá dónde y en qué horario puedes venir a recoger tu regalo, cortesía del programa y de nuestros patrocinadores.

—Bien.

¡Qué facilidad de palabra!

¡Qué dominio de la escena!

¡Qué gilipollas!

Recuerdo que aquel día estaba tan acojonado por hablar a través de la radio que casi no me salían las palabras. Creo que ni siquiera me llegaba oxígeno al cerebro. Me temblaban hasta los pensamientos, de los nervios que tenía encima.

Durante años viví sometido a la dictadura de una timidez enfermiza. La timidez puede ser un enemigo muy poderoso, capaz de anularte como persona y hacer de ti un guiñapo.

Con el paso de los años he logrado vencer a la timidez. De hecho, más de una vez me he sorprendido a mí mismo haciendo cosas que años atrás hubiesen sido impensables.

Una de esas cosas impensables fue crear un blog, por ejemplo. Y no sólo eso, sino que, años más tarde, me atreví a editar y publicar mis propios libros. Si alguien me hubiese dicho veinte años atrás que llegaría a hacer todo eso, le habría dicho que estaba loco de remate.

Con esto quiero decir que la timidez se cura. Eso sí, requiere de trabajo, y afán de superación. Ayuda, y mucho, el hecho de relativizar las cosas, de no darle más importancia de la que realmente tienen. Y si en algún momento metes la patas —yo aún sigo metiéndola de vez en cuando, pues nadie está exento—, conviene tomárselo con humor, y no hacer un drama de ello.

Como suele repetir Ricky Gervais cada vez que cuenta un chiste “políticamente incorrecto”, de esos que suelen levantar ampollas entre los ofendiditos del mundo y el wokismo más reaccionario: “Total, ¿qué más da?, si al final todos vamos a morir”. Pues eso.


 

jueves, 18 de septiembre de 2025

NO SOY INFLUENCER (NI FALTA QUE ME HACE)

Imagen de Geralt bajada de Pixabay

 

En mi último post, como respuesta a un comentario de mi amiga Rosa Berros Canuria, comentábamos el tema de los influencers, eso tan de moda hoy día y que yo no sigo en absoluto.

El concepto en sí me espanta, lo confieso. El mero hecho de que un desconocido cualquiera pueda influir en alguien para hacer algo, o condicionar su forma de pensar o hacerle replantearse sus gustos y preferencias, me llena de espanto y horror. Desde luego, el bueno de George Orwell se quedó corto cuando imaginó su distopía futurista en su aclamada novela 1984.

Esto de llegar a “influir” en alguien me ha hecho acordarme de aquellas leyendas urbanas que hablaban de mensajes ocultos en ciertos discos de vinilo de grupos de rock, que se revelaban al incauto oyente al reproducir los citados vinilos en sentido inverso. Había quien aseguraba escuchar un “mátalos a todos” en tal o cual disco, o “saluda a Satán”, o cualquier chorrada por el estilo. Hasta tal punto llegó la paranoia en ciertos sectores de la sociedad, enemigos acérrimos de la música rock, que llegaron a llevar a juicio a importantes bandas de rock como Judas Priest o el recientemente fallecido Ozzy Osbourne, por incitar a sus fans a cometer suicidio, mediante mensajes subliminales incluidos en los surcos de sus discos. Ante tamaña acusación, recuerdo una jocosa entrevista con Ozzy en la que decía: “Hay que ser muy tonto para pensar que yo quiero incitar a mis fans a que se quiten la vida. Si tuviese que incluir un mensaje subliminal en mis discos desde luego no diría “quítate la vida”, sino más bien “compra mis discos”.

Yo no influyo en nadie. Ni siquiera en mi blog. No tenéis más que echar un vistazo a las entradas que nos tienen a ambos de protagonistas para ver el poco o nulo caso que me hace el muy cabrito.

Otro de los temas que surgió en el intercambio de mensajes entre Rosa y yo tenía que ver con las nuevas plataformas a través de las cuales muchos creadores se sirven hoy en día para conectar con sus seguidores, plataformas tales como Instagram o a través de podcasts (archivos de voz subidos a la red).

Vaya por delante que yo no controlo nada de eso. Bastante tuve en su momento con aprender cómo se creaba un blog y cómo carajo se podía subir a él aquello que escribías a fin de ser publicado. Luego tuve que aprender a usar redes sociales como Google Plus, Facebook o Twitter, algo que no logré dominar del todo ya que, como suele ocurrir con casi todo hoy en día, cada cuarto de hora cambiaban las reglas de funcionamiento, se añadían nuevas funcionalidades y se eliminaban otras, o modificaban los algoritmos y cuando antes llegabas a cien personas de repente sólo te podían visualizar cinco. Eso sí, siempre se te brindaba la opción de recuperar la visibilidad ante esas cien personas previo pago de una cantidad. O sea, que para que te lean has de pagar. Vamos, una versión moderna del timo de la estampita. ¡Viva la modernidad, carajo!

Lo reconozco: me confieso un viejuno en toda regla. Y no es que niegue el progreso y las supuestas ventajas que éste trae consigo. Lo que me asusta, lo que me asusta de verdad, es el precio que pagamos por esa aceptación de lo moderno.

De entrada diría que, si bien hemos ganado en conectividad y en acercar el mundo a nuestro entorno más cercano a golpe de click, lo hemos hecho a costa de renunciar a nuestra intimidad. Hoy en día, gracias a las cookies que invaden nuestros ordenadores o dispositivos electrónicos cada vez que nos conectamos a la red o visitamos alguna web, cientos de empresas o grandes corporaciones lo saben todo o casi todo de nosotros: edad, sexo, hábitos de consumo, intereses, preferencias políticas o religiosas, nivel económico o cultural, formación, etc.

¿A que da miedo? A mí, desde luego, sí que me lo da. Sobre todo sabiendo en manos de quienes estamos.

Por lo tanto, soy viejuno y me siento orgulloso de serlo.

Doy por hecho que en determinada etapa de nuestra existencia pasa a ser “ley de vida” la desconexión con el mundo moderno. Cuando eres joven y estás en plena etapa de aprendizaje todo te resulta fascinante y sugerente. Luego, cuando empiezas a entender cómo funcionan las cosas, te sientes alineado con el entorno, y notas que el mundo se adapta a ti y no al revés. Pero eso no dura para siempre. En algún momento de tu vida, antes o después, notas que el mundo avanza mucho más deprisa de lo que tu cerebro o tus capacidades pueden asimilar, y empiezas a notarte rezagado con respecto a los que vienen por detrás. Y eso es sólo el principio.

Sin embargo, aunque puedas pensar lo contrario, este no es un fenómeno nuevo. De hecho, esto mismo lleva ocurriendo desde que el mundo es mundo. Al neandertal, hace 65.000 años —año arriba o año abajo—, seguro que le pillaría por sorpresa la invención de la rueda, o el descubrimiento del fuego.

Imaginemos a un neandertal de unos veinte años de la época. Veinte años en aquella era vendría a ser algo así como un señor de sesenta o sesenta y cinco años de hoy en día. Así que tenemos a este neandertal de veinte años manteniendo la siguiente conversación con un coetáneo de su misma edad.

—¿Te has enterado? El viejo Urg ha pasado un trozo de carne de mamut a través de ese nuevo invento.

—¿Te refieres a la rueda?

—No, hombre. Me refiero al fuego.

—¿Y qué ha ocurrido?

—Pues que la carne ha tomado un aspecto muy diferente, algo más oscura y más dura. Incluso la sangre ya no chorreaba como antes.

—¿Y la probaste?

—¿Estás loco? ¡Ni de coña voy a probar esa cosa!

—¿Y Urg?

—Él sí que la comió.

—¿Y qué dijo?

—Que sabía incluso mejor que cuando estaba cruda.

—¡Venga ya!, ¿en serio?

—Totalmente. Dijo que tenía un mejor sabor, más apetitoso.

—No me lo creo.

—Ni yo.

—Entonces, ¿no piensas probarla?

—Ni de coña. Las moderneces no van conmigo. Yo prefiero seguir con mi carne cruda de toda la vida. Además, creo que la carne muy hecha provoca cáncer.

—Encima. Vamos, no me jodas.

—Ya ves.


Lo confieso: a veces me siento como ese pobre neandertal que se niega a aceptar que el mundo hace tiempo que lo dejó atrás.