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miércoles, 24 de junio de 2020

(ALGUNOS) LIBROS QUE ME HAN MARCADO Parte 2


La semana pasada, asumiendo el reto planteado por una amiga en Facebook, inicié este repaso a algunos de los libros que más me han marcado en mi trayectoria como lector y autor. A la foto del libro en cuestión le adjuntaba unas breves líneas donde desgranaba el motivo de su importancia en mi vida, además de alguna que otra anécdota relacionada o bien con su adquisición o bien con su lectura.
Aquí os dejo la segunda tanda de cinco libros.

06 “LA CONJURA DE LOS NECIOS” de John Kennedy Toole
Recuerdo perfectamente el momento exacto en el que me hablaron por primera vez de La conjura de los necios. Ocurrió en una fiesta en una discoteca, en la presentación de un grupo musical al que por entonces la empresa para la que trabajaba le llevaba la distribución de sus discos.
A mí nunca me gustaron las discotecas; las odiaba, de hecho. Así que, como era de esperar, en aquella fiesta me aburría como una ostra. Entonces vi en la barra a un tipo que conocía, y al que quise tantear para que leyese el manuscrito de mi primera colección de relatos. Yo tenía entonces veinticuatro o veinticinco años, y desde hacía unas pocas semanas había completado un manuscrito de apenas cien folios en el que reunía algunos de mis primeros escritos —aún guardo ese manuscrito, con una sobrecubierta de plástico con fastener—.
El tipo en cuestión no se mostró interesado en leer mis cosas, aunque sí hizo algo por mí: recomendarme la lectura de La conjura de los necios, de John Kennedy Toole. Me habló maravillas del libro, si bien mostró sus reservas en cuanto a lo que se cuenta en el prólogo. Aún así, lo poco que me contó de la trama me resultó tan fascinante que me puso los dientes largos.
Al día siguiente, con los oídos aún pitándome por el volumen excesivo empleado en la dichosa discoteca del demonio, me acerqué a la sección de libros de El Corte Inglés y me compré la famosa edición de bolsillo de La conjura de la editorial Anagrama (la que ilustra la foto).
Al igual que Walker Percy, el autor del prólogo y uno de los artífices de que esa magnífica novela viese finalmente la luz, «empecé a leer. Primero, con la lúgubre sensación de que no era tan mala como para dejarlo; luego, con un prurito de interés; después, con una emoción creciente y, por último, con incredulidad: no era posible que fuera tan buena».
Y sí, lo confirmo, La conjura de los necios es tan buena como me había dicho aquel tipo al que abordé en la barra de aquella discoteca, donde aquella música tan ruidosa me estaba taladrando los oídos y el alma. Para que luego digan que la música rock es ruido. Lo que hay que «oír».
Con Ignatius Reilly, el seboso, hilarante, desagradable y anacrónico protagonista de La conjura, Toole logró algo al alcance de muy pocos escritores: crear un personaje memorable, capaz de trascender y conquistar a generaciones de lectores de todo el mundo. Claro que no está solo. La galería de personajes que lo acompañan en esta delirante novela, empezando por el patrullero Mancuso, no le están a la zaga. Personalmente me divierte mucho el personaje de la entrañable señorita Trixie, la senil secretaria en Levy Pants, que no ve el día de su jubilación, empeñada en llamar Gloria al exasperante de Ignatius.
Decir que La conjura es una «comedia bufa» sería simplificarla demasiado, y no hacerle justicia. ¿Es comedia? Sí. Lo es. Pero es más que eso. Sólo tienes que zambullirte entre sus adictivas páginas para averiguarlo. Si lo haces, descubrirás que el sentido del humor no está reñido con la alta literatura.

07 “LA ISLA DEL TESORO” de Robert Louis Stevenson
Ojalá alguien me hubiese abierto los ojos de niño para que leyese este libro. Si tardé en descubrir el placer de la lectura fue por las pésimas referencias que me obligaron a leer de niño, empezando por el Quijote —que, ojo, no digo que sea un mal libro, pero considero que no es la mejor lectura para un niño de diez u once años; sobre todo si te topas con una de esas ediciones escritas en castellano antiguo en el que no pillas ni jota—.
Entre El Quijote, El cantar del Mío Cid, con su interminable retahíla de versos, las Coplas a la muerte de mi padre de Jorge Manrique, y aprenderme de memoria la vida y obra de gente tan dispar como Garcilaso de la Vega, el Arcipreste de Hita, Alfonso X el Sabio, Gaspar de Jovellanos y un largo etcétera, normal que se me quitasen las ganas de leer hasta muchos años más tarde.
Si a esa edad alguien me hubiese facilitado un ejemplar de La isla del tesoro, otro gallo habría cantado.
—¿Otro gallo? ¿De qué otro gallo hablas?
—Del gallo lector y cantarín con cresta a lo Johnny Rotten.
—Ah.
Confieso que antes de leer la novela ya había visto un par de versiones cinematográficas de La isla del tesoro. Es decir, que la historia no me era desconocida. Sin embargo, eso no le quitó gracia al asunto. Al contrario. Si algo tiene este libro es que engancha desde la primera página, pues a la fascinante historia de piratas pendencieros y tesoros escondidos —¿a qué niño no le gustan los piratas pendencieros y los tesoros escondidos, por el amor de Dios?—, hay que sumar una prosa estilizada y repleta de descripciones que no aburren, sino que ayudan a que tu imaginación se alimente de palabras para componer certeras imágenes en tu cabeza.
Una de las bazas con las que cuenta el libro es que da igual la edad que tengas, ya seas un niño o andes cerca de la edad de Jordi Hurtado, sea cual sea su edad —sin duda, todo un misterio digno de un programa de Iker Jiménez, ya sabéis, el flipado ese de los fenómenos rarunos; aunque para fenómenos rarunos la peña que suele convocar en sus programas. ¡Madre del amor hermoso, Frikilandia se habrá quedado vacía!—.
Por cierto, como anécdota curiosa relacionada con este libro diré que hace unos días pude ver por fin la tercera y última temporada de El cuento de la criada, esa magnífica serie producida por Netflix. Me emocionó ver en uno de los capítulos cómo el comandante Lawrence, uno de los líderes de la inquietante Gilead, entretenía a un grupo de niños que acogía en su casa leyéndoles pasajes de La isla del tesoro. ¡Si hasta gusta en Gilead, que Dios permita que el fruto madure!
08 “Historia de la filosofía griega” de Luciano de Crescenzo
Durante un tiempo de los años 90, en plena fiebre lectora, fui un asiduo de los cajones de libros de saldo que El Corte Inglés tenía dispuestos en su sección de librería. Allí podías encontrarte toneladas de libros a precios asequibles —entre dos y tres euros por libro—.
Aquello era siempre un batiburrillo de títulos y autores de lo más variado. Tan pronto podías encontrarte libros de autores más o menos conocidos, como autores que no conocía ni el Tato; ya sabéis, el famoso Tato que parece que no conoce a nadie. Menudo capullo el Tato de las narices. ¡Anda y que te den, Tato!
—No te conozco, tío. Así que deja de darme el coñazo.
—Vale, Tato.
De aquellos cajones pillé un montón de libros. Algunos buenos —y que aún conservo—, otros no tan buenos —que leí una vez y ya olvidé—, y otros francamente malos —para mi gusto—, que regalé en cuanto vi que mi paciencia no me permitía ir más allá de dos o tres capítulos. Entre los que leí y ya olvidé se encuentra, por ejemplo, Amerika, de Franz Kafka —la edición que compré en su día llevaba escrita en la cubierta Amerika con k, es decir, en alemán—.
La lectura de aquel libro me produjo una sensación de angustia tal que estuve deprimido como una semana. Al final se lo regalé a un compañero del curro. Y eso que el tipo me caía bien. Debí haberlo quemado en una hoguera en plan Fahrenheit 451. Hablo del libro, claro, no de mi compañero—.
Entre los muchos libros de saldo que compré en su día hubo uno de Luciano de Crescenzo, un autor italiano del que nada sabía pero cuyo título me llamó la atención al instante: Vida de Luciano de Crescenzo contada por él mismo. Se trataba de una suerte de autobiografía salpicada de anécdotas y vivencias de un personaje cuanto menos curioso, que dejó una prometedora carrera como directivo en la IBM italiana para, como él mismo confiesa: «sumergirme en el corrupto mundo de la literatura y el espectáculo».
Me gustó el tono ligero y desenfadado empleado por el autor, así que en una nueva visita a los cajones de saldos acabé pillándome otros dos títulos de De Crescenzo.
En la solapa de todos ellos se referían al autor como un fenómeno de ventas con su famosa Historia de la filosofía griega. Precisamente este último lo pillé años más tarde en una librería de la que era asiduo. Me costó 1.250 pesetas de la época —es decir, más caro que los otros tres juntos—, pero mereció la pena. En este libro el autor emplea el humor y el desenfado para ir desgranando la vida y logros de los grandes filósofos de la Grecia Clásica. Gracias a este libro he podido acercarme, aunque sea tangencialmente, al complejo mundo de la filosofía. Y encima lo hice con una sonrisa en los labios. Así que: miel sobre hojuelas.
09 “El padrino” de Mario Puzo.
Como norma general, y desde que empecé en esto de la lectura, no suelo leer libros cuyas adaptaciones cinematográficas haya visionado con anterioridad. La razón es muy simple: me coarta la imaginación, pues a medida que voy leyendo proyecto en mi mente las imágenes de la película en cuestión y me cuesta disociar la película del libro.
Pero como en toda norma, también aquí hay excepciones. Y entre las excepciones a esta manía mía se encuentra El padrino, de Mario Puzo. Hay más, por supuesto. Hace unos meses leí El planeta de los simios de Pierre Boulle, y más recientemente El expreso de medianoche, de William Hayes. Por cierto, ambas novelas muy recomendables, aunque contengan diferencias notables con sus respectivas adaptaciones cinematográficas.
Dicho esto, adoro las dos primeras partes cinematográficas de El Padrino de Francis Ford Coppola. Las considero obras maestras absolutas. Me parecen fascinantes. Teniendo eso muy presente, cuando me vi con el libro en la mano —en uno de los famosos cajones de saldos de ECI— no lo dudé ni un segundo: lo quería.
Salvo por un par de hilos argumentales y dos o tres personajes que no salen en la peli, la novela es un fiel reflejo de las películas de Coppola. El ritmo es ágil. Eso, unido al estilo empleado por Puzo —no deteniéndose en exceso en descripciones superfluas— hacen de su lectura una experiencia sumamente placentera.
¿Y porqué me marcó este libro? Por el uso del ritmo, principalmente. Me pareció un ejercicio brillante el ir introduciendo al lector en un submundo que se mueve bajo sus propias normas, bajo sus propios códigos, al margen de la ley, y además haciendo que empatices con gente, en esencia, malvada y perversa.
10 “Groucho y yo” de Groucho Marx
¿Hace falta decir porqué considero a Groucho un referente? Quien haya leído alguno de mis libros o algunas de las muchas historias que he subido al blog lo sabrá. Junto con Woody Allen y Frank Zappa, los tres forman parte de la piedra angular sobre la que gira buena parte de mi obra.
Dicho esto, no fue este el primer libro que compré de Groucho, aunque sí ha sido el que más me ha gustado.
Contado a modo de biografía —eso sí, al estilo Groucho, con lo que las risas están más que aseguradas—, el protagonista nos va contando su vida, desde las estrecheces económicas de una familia numerosa de judíos alemanes emigrados de Europa que llegaron a las costas de Estados Unidos en busca de una nueva vida, pasando por sus difíciles comienzos en el vodevil junto a sus hermanos y su madre, que actuaba con ellos, hasta su meteórico ascenso a la meca del cine, en Hollywood, y su posterior ocaso.
Con una prosa muy cuidada —no en vano, Groucho era un gran lector que podía presumir de mantener amistad con grandes escritores e intelectuales de la época—, su estilo pronto se revela sumamente adictivo, pues a poco que te sumerjas en su universo te sientes con ganas de seguir leyendo sin descanso.
Aunque procura quitarle trascendencia, haciendo uso de un humor constante, Groucho no ahorra detalles especialmente dolorosos, como su bancarrota a raíz del crack de la Bolsa de 1929 —lo perdió todo y eso le acarreó un problema de insomnio que le acompañó hasta el fin de sus días—, o sus sucesivos fracasos matrimoniales.
A mí, personalmente, este libro me encanta, y cada vez que me sumerjo en él consigue hacerme disfrutar como un enano —por cierto, algún día alguien me tendrá que explicar de dónde sale esta expresión. ¿De verdad los enanos se lo pasan tan bien? ¿Será por eso que yo, al ser un tío alto, soy un amargado?—.
En cuanto a Groucho, el primer libro suyo que compré —y leí— lleva por título Memorias de un amante sarnoso. Dejando a un lado el título —extraño donde los haya—, lo que más llama la atención es la portada de mi edición, protagonizada por una ilustración que hoy día sería considerada políticamente incorrectísima (adjunto foto). Ya veo las hordas de talibanes de la corrección salibando como dobermans en los instantes previos a un ataque.

Y hasta aquí la segunda tanda de libros que más me han marcado. La próxima semana cerraré este repaso con los cinco últimos libros de mi lista.


miércoles, 12 de febrero de 2020

EL HUMOR Y LA PALABRA

Mi ejemplar de "La conjura de los necios" junto a otros libros de mi colección. De fondo, mis libros de Woody Allen, Paul Auster, Bukowski e Italo Calvino.
 
La semana pasada publiqué un artículo en el que confesaba mi odio eterno hacia el ejercicio físico.
Lo primero que he de decir es que nunca debéis tomar demasiado en serio las palabras de un escritor. No es que mintamos, pero lo que escribimos no siempre se ajusta a lo que pensamos o lo que sentimos realmente. Todo vale cuando de lo que se trata es de entretener y, en ocasiones, provocar unas risas.
A propósito de esto último, una de las mejores herramientas para el humor consiste en la exageración. Deformar la realidad, estirarla como un chicle o manipularla como una masa panadera antes de darle forma e introducirla en el horno es la base del arte. Del mismo modo en que un escultor moldea el material hasta dar forma a su pieza artística, nosotros moldeamos el lenguaje para dar forma a nuestros escritos. Y, como ocurre con los escultores o los pintores, el fruto de nuestro arte no siempre se ajusta a algo real o reconocible.
El arte no consiste en hacer una copia exacta de la realidad. El artista debe tomar la realidad y moldearla a su gusto, y fruto de esa manipulación ofrecer una obra que transmita algo al receptor.
Aristóteles, que era un hombre muy sabio que siempre iba en sandalias, sostenía que el arte imita a la vida. Imitar no es copiar con exactitud. ¿Qué sentido tendría copiar exactamente algo que no me gusta? Para eso, mejor me quedo con el original antes que con la copia, ¿no?
La realidad, como tal, está llena de imperfecciones. En el mundo real los perdedores nunca ganan, ni sus vidas son tan interesantes ni motivadoras como lo pudieran ser las de los triunfadores. Sin embargo, en el arte sí que puedes lograr transformar en héroe a alguien nacido en el lado equivocado de la historia. Incluso, si dispones del talento suficiente y lo trabajas, puedes hacer que un perdedor sirva de inspiración a gente que vive ahogada en la marea de lo cotidiano.
Tomemos como ejemplo a Ignatius Reilly, el protagonista de esa maravillosa novela que es La conjura de los necios, de John Kennedy Toole. Si lo vemos por el tamiz de lo real, Ignatius no deja de ser un gordo friki, haragán, con aires de suficiencia y desprecio por el género humano, además de masturbador compulsivo. Con semejantes credenciales uno podría pensar que se trata de un personaje poco interesante para protagonizar una novela. Sus costumbres y sus constantes salidas de tono invitan al rechazo. Sin embargo, gracias al enorme talento mostrado por su creador y a su maestría a la hora de dibujar al personaje y su entorno, acabamos aceptando a Ignatius como un antihéroe, un pobre diablo caprichoso y enfebrecido por sus delirios de grandeza que nos regala impagables momentos de hilaridad cómica y que, en una vuelta de tuerca digna de un contorsionista, hasta consigue mover a la compasión.
El humor es un arte complejo. Lo es, entre otras cosas, porque no todos tenemos el mismo sentido del humor. Otro de los rasgos que inciden en su complejidad es que, según de qué tipo de humor se trate, se exigirá un cierto bagaje cultural por parte del receptor, a fin de que pille la broma.
Hace tiempo, durante el primer año de vida del blog, publicaba cuentos y piezas de humor absurdo de mi autoría. Todas inéditas. Algunas acabaron formando parte de mis tres libros de relatos publicados hasta el momento —Bep. Bep. Beep. Momento para la publicidad encubierta. Ejem. Tengo tres libros autoeditados en Amazon: ABSURDAMENTE Antología del absurdo Vol. 1, 2 y 3. Están a muy buen precio, oiga. Y son la mar de divertidos. A la gente que los compra le gustan tanto que hasta se hacen fotos con ellos y me las envían. ¿No me creéis? ¡Qué desconfiados sois, por el amor de Dios! Pinchad en este enlace, incrédulos. PINCHA AQUÍ y AQUÍ. Ah, y si quieres comprarlos, PINCHA AQUÍ, AQUÍ y AQUÍ. Gracias por preferirnos. Fin del Momento para la publicidad encubierta. Bep. Bep. Beep—.
¿Y porqué decía esto de mis primeros escritos en el blog? Pues porque en aquellos primeros tiempos de mis inicios también recibía comentarios de los lectores. El 99,99% de esos comentarios eran positivos. Y en el 0,01% restante, se hallaba uno que decía algo así como: «No lo entiendo».
Recuerdo haber leído en algún sitio una frase atribuida a Frank Zappa —ya sabéis que adoro a este tío—, a propósito de alguien que decía no pillar el concepto de su música. En su respuesta, Zappa decía: «Si no lo pillas, es porque no tenías que pillarlo».
Vaya por delante que soy de los que opinan que los chistes jamás deben ser explicados. Eso les quitaría magia, y convertirían en algo carente de sentido los esfuerzos del artista por hacer algo original y divertido violentando las reglas de lo convencional.
Así que, si en algún momento lees algo mío y no le pillas el rollo, no te preocupes. Igual es que no tenías que pillarlo.
Y para que veáis que no siempre digo lo que pienso, la próxima semana hablaré de los aspectos positivos de ir a caminar (que los tiene).