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miércoles, 21 de octubre de 2026

CIPOLLA Y LA COMUNIDAD DE VECINOS

 

Foto tomada de Internet.


Vivo en un bloque de pisos que conforman una amplia comunidad de vecinos. Cada cierto tiempo se convoca una reunión de propietarios, a fin de aprobar presupuestos, renovar la junta directiva o acometer alguna obra o reforma.

En el porrón de años que llevo viviendo aquí me he gozado en esas reuniones toda suerte de fricciones, exabruptos, amenazas físicas y verbales y encontronazos varios entre propietarios. En ese sentido, mi comunidad no se diferencia lo más mínimo de otras comunidades de similares características, es decir, bloques de pisos con más de trescientas viviendas distribuidas en diferentes portales, con patio interior, azoteas, ascensores y garaje subterráneo, con propietarios de todas las edades, nivel económico, nivel social, nivel incultural y nivel de mala hostia.

Odio las reuniones de la comunidad de vecinos. Siempre ocurre lo mismo: uno va con la intencion de no tomarse las cosas demasiado a pecho, procurar ser lo más razonable posible y adoptar una posicion de equidistancia para evitar enemistarse con unos o con otros, y, al final, acabas con una úlcera de estómago del tamaño de una ficha de dominó de tanto tragar quina.

Y es que siempre hay un gilipollas o una gilipollas, o varios gilipollas si la cosa se pone calentita, que al final consigue sacarte de tus casillas. Y por más que intentas distanciarte de él o de ella, o de ellos, y no caer en su trampa, al final acabas con el cuello atrapado bajo el cepo, como un ratón atraído por el irresistible olor del queso.

—Somos los del tercero izquierda del portal 8, y hemos decidido, mediante un referéndum vinculante, salirnos de la comunidad y crear nuestra propia república independiente.

Vaya, otro gilipollas que se piensa que en la democracia todo vale. Y hasta tienen una alfombra nueva del Ikea proclamando “la república independiente de su casa”.

“Ssstupendo”, como diría el añorado Forges.

—Todos en casa hemos votado. Ha sido algo democrático —insiste el tolai—. Y ha ganado el SÍ por cuatro votos a uno. Así que, a partir de ahora, somos independientes de la comunidad de propietarios.

—A ver cómo te lo explico para que lo entiendas —intervino el presidente tomando la palabra—. Para que sea algo democrático, como tú bien apuntas, deberían contarse los votos de “todas las partes implicadas”, y no únicamente los de la parte interesada en la escisión. ¿Lo entiendes?

—No.

—Pues si no lo entiendes, o no lo quieres entender, que para el caso es lo mismo, te recomiendo que vayas a una biblioteca y busques algún libro que trate de en qué consiste una democracia. Viajar también ayuda.

Otro lumbreras, tocado por la varita mágica de la estulticia, pidió la palabra. El presidente se la concedió. Y entonces el fenómeno nos salió con la siguiente idea de bombero:

—Resulta que nosotros también hemos votado en casa. Una persona un voto. El escrutinio fue el siguiente: cuatro votos a favor y dos en contra. Los dos en contra fueron los de mi padre y mi hija mayor, que está muy unida a su abuelo. O sea, que quedó aprobado por mayoría absoluta.

—¿Qué quedó aprobado por mayoría absoluta? —quiso saber el presidente de la comunidad, temiéndose lo peor.

—En casa todos sabemos latín, así que hemos decidido reivindicar nuestro derecho a adoptar este idioma para comunicarnos entre nosotros y con nuestros vecinos. Y como bandera vamos a utilizar la faja de mi suegra. Tiene 500 años de historia, ¿sabes?

—¿Quién tiene 500 años, tu suegra o su faja? —dijo un vecino guasón.

—Las dos —proclamó el comunero idiota, inmune a la ironía.

Al presidente se le empezaba a notar en la cara que aquello le estaba superando. Y no sólo en la cara, pues de repente sus piernas comenzaron a patalear nerviosamente el suelo, como Dave Lombardo tocando el doble bombo en el Angel of death de Slayer.

—Nosotros queremos pagar las cuotas de la comunidad en bitcoins —sugirió otro propietario.

—¡Una patada en los huevos te voy a dar como nos pagues en esa moneda de mierda! —saltó su vecino de al lado. Según pude saber ambos llevaban en pleitos desde el 2015, cuando descubrió que la hija del primero se había pasado semanas robándole la ropa interior a la hija del segundo desde el tendedero que ambos pisos compartían a través del patio interior.

—Los del 1º B se niegan a pagar la misma cuota de mantenimiento del ascensor, ya que argumentan que ellos apenas lo utilizan.

—Por esa misma regla de tres deberían pagar más por el desgaste de las escaleras, ya que son los que más uso le dan —razonó un vecino del mismo portal.

Otro propietario exigió que se instalase una rampa de acceso para discapacitados justo al lado de las escaleras que comunicaban el garaje con los portales.

—Pero si tú no eres discapacitado —apuntó el presidente.

—Cierto. Pero tengo un patinete eléctrico. Y exijo mi derecho a acceder al portal de mi escalera sin apearme del patinete.

—Y yo exijo mi derecho a patearte los huevos por gandul —dijo su mujer, que era de armas tomar.

—¿Y qué hay de mi derecho a bajar en calzoncillos a tirar la basura a los contenedores instalados a la entrada del edificio? —propuso el del 4º H.

—Ah, pues si a ése le conceden el derecho a moverse en calzoncillos por las zonas comunes del edificio, yo reivindicaré mi derecho a practicar el nudismo —apuntó el del 5º H, un gordo sudoroso del que emanaba con carácter permanente un pestazo insoportable, como a bolsas de basura con restos de pescado de tres días, que delataba su más que dudosa higiene. Ninguno de los presentes pudo evitar poner cara de asco ante la perspectiva de ver a aquel cerdaco paseando sus desagradables lorzas desnudas y sudorosas por las zonas comunes del edificio.

—Y yo mi derecho a mear en los maceteros de los portales. Tengo problemas de próstata y, en ocasiones, no me da tiempo entre meada y meada de pillar un inodoro —apuntó el del 2º M.

—Y yo mi derecho a deslizarme por una liana desde el balcón de mi casa, en plan Tarzán —dijo el del 6º L.

—¿Es que te has vuelto loco? ¿Cómo piensas deslizarte por una liana desde el balcón de tu casa?

—¡Es que aquí no se respetan los derechos de las personas! —se quejó el imitador de Tarzán.

—¿Derecho a qué, a ser idiota? Si quieres ejercer tu idiotez puedes hacerlo perfectamente de puertas adentro de tu casa. Mientras no perjudiques a ningún vecino, más que a ti mismo, puedes hacer el gamba sin tasa dentro de los límites de tu vivienda.

—Yo exijo mi derecho a pasear por el edificio con mi cocodrilo Teófilo —dijo el rarito del 12º K, denunciado hace tres años por tener una pitón de cinco metros y medio a la que alimentaba con ratones muertos.

—Y yo mi derecho a tirarme pedos silenciosos en el ascensor —aportó el guarro del 8º L.

—Yo reivindico mi derecho a escuchar Death Metal a todo volumen a la hora de la siesta —proclamó orgullosa la gorda sexagenaria del 5º D, doña Gertrudis, quien vestía una camiseta XXXXL de Cannibal Corpse, mostraba orgullosa la mano cornuta y sacaba la lengua.


Sostenía el historiador y economista Carlo Maria Cipolla en su célebre libro Las leyes fundamentales de la estupidez humana, que “nunca discutas con un idiota, porque te rebajará a su nivel y allí te ganará por experiencia”.

El presidente de nuestro edificio, hombre culto y leído, conocía perfectamente el libro de Cipolla. Así que se quitó las gafas de leer de cerca, las metió en su estuche, luego se puso las gafas para ver de lejos, cerró el libro de actas y, poniendo cara de circunstancias, se lo entregó a su secretario diciéndole lo siguiente: “Renuncio”.

Yo, que presencié toda la movida cómodamente instalado en mi silla plegable, situada junto a una columna, y cuya ubicación me permitía pasar prácticamente desapercibido, me incorporé decidido a abandonar la reunión. Y mientras me dirigía a la zona de los ascensores, me descubrí repitiéndome mentalmente: “A la próxima reunión de propietarios va a ir Rita la Cantaora”.


Hasta el próximo miércoles.



miércoles, 13 de julio de 2022

LA NOTICIA DEL MOMENTO

 


Ayer, 12 de julio de 2022, la noticia del día, la que ha ocupado las portadas de los principales periódicos del mundo, la que ha abierto los noticiarios de televisión y los programas radiofónicos más importantes del uno al otro confín del planeta, ha sido el importantísimo descubrimiento de nuevas y múltiples galaxias hasta ahora desconocidas.

En el mundo entero no se habla de otra cosa. Bueno, en todo el mundo a excepción de Rusia y China. En Rusia la noticia más importante, la que copa las portadas de todos los periódicos y las cabeceras de los noticiarios de televisión, es que van ganando la guerra que irónicamente ellos mismos niegan que exista, mientras que en China la noticia que copa el interés mediático es saber, de una vez por todas, si el arroz frito con gambas sabe mejor con tenedor o con palillos. En fin, cada gobiernillo tiene su librillo.

Así pues, a excepción de esos dos países, la noticia más importante en el resto del globo terráqueo es el descubrimiento de esas nuevas galaxias, situadas a millones de años luz de distancia de nuestro cada vez más minúsculo e insignificante planeta.

Según se desprende del cuerpo de la noticia el telescopio James Webb ha hecho historia, al presentarnos sus primeros retratos del cosmos. Gracias a esas instantáneas, tomadas en alta resolución, los científicos han descubierto la existencia de nuevas y hasta ahora desconocidas galaxias.

Ahora bien, ¿qué significa eso exactamente para nosotros? Pues depende. Para el ciudadano medio, es decir, gente como tú o como yo, el citado descubrimiento justifica los más de 10.000 millones de euros que ha costado fabricar el maldito telescopio de las narices. Me pregunto a cuánta gente de este planeta tan minúsculo e insignificante, y, sin embargo, excesivamente superpoblado, se la podría salvar de morir de hambre o de morir a consecuencia de una enfermedad cualquiera, de las muchas que ciertos hospitales del mundo mundial se niegan a tratar porque el enfermo o enferma en cuestión carece de seguro médico, o de dinero suficiente como para hacer frente a la factura.

Y ya que estamos con despilfarros, al igual que la humorista norteamericana Sarah Silverman, yo también me pregunto a cuánta de esa misma gente se la podría salvar de morir de hambre o de una enfermedad con los billones que posee la Iglesia Católica entre propiedades inmobiliarias, obras de arte, lujosas sedes, bancos y personal a su cargo. Y todo ello sin aportar un mísero euro en impuestos, porque, por si no lo sabéis, las iglesias, sean del culto que sea, NO PAGAN IMPUESTOS.

¡Demagogia barata!, dirán algunos. ¡Blasfemo!, dirán otros. A lo que yo no tendré problemas en responder: ¿Demagogo yo?, ¿blasfemo? Es posible. Pero si yo soy un demagogo y un blasfemo, ¿qué serán quienes viven de decir a los demás cómo tienen que vivir sus vidas mientras ellos hacen justo lo contrario de lo que predican? Yo os lo diré: unos hipócritas de tomo y lomo, y con una cara de hormigón armado capaz de aguantar las hostias como panes que les deberían de dar por mentir tan descaradamente y sin mostrar el más mínimo signo de vergüenza o arrepentimiento por sus deleznables acciones.

A todo esto, y ya que estamos con la Iglesia, aunque aún no han manifestado opinión alguna con respecto al citado descubrimiento de esas nuevas galaxias y, por ende, la existencia de nuevos planetas —ya sabemos la alergia que le provoca a la Iglesia y sus adláteres cualquier adelanto científico, pues anida en ellos el temor constante de que un día de estos esa Ciencia que tanto desprecian acabe hallando pruebas irrefutables que les desmonten el chiringuito—, imagino que los más sueltos de lengua no tardarán en asegurar que, de existir vida en esos nuevos planetas, de manera clara e inequívoca esas otras clases de vida serán católicas, apostólicas y romanas —vamos, como Dios manda—, y que habrá que ir pensando en preparar a algunos astronautas con formación eclesiástica, a fin de que, llegado el caso, se dediquen a viajar por el espacio exterior difundiendo “la Palabra del Señor”, y, de paso, ir sumando adeptos a la causa.

Esto en lo que respecta al ciudadano medio y a la Iglesia Católica. Pero, obviamente, en el mundo hay más gente, más estratos sociales y más intereses.

Los ricos, por ejemplo, ya estarán pensando en nuevas formas de negocio teniendo en cuenta la existencia de esas nuevas galaxias. No os extrañe que de aquí a poco tiempo ya empiecen a circular escrituras de propiedad sobre ciertas parcelas de terreno ubicadas a millones de años luz de distancia del planeta Tierra. Y eso por no hablar de hallar en esos nuevos planetas mano de obra barata. De hallarla, no tardarán ni cero coma en descentralizar servicios y abaratar costes. No sé si llegaremos a verlo, pero un día de éstos recibirás una llamada telefónica de un operador ubicado en la Galaxia de Andrómeda ofreciéndote una tarifa reducida de un operador telefónico cualquiera. Tiempo al tiempo.

Las petroleras se estarán frotando las manos pensando en la posibilidad de practicar futuras prospecciones con la esperanza de hallar caudales inagotables de su preciado oro negro allende nuestro planeta. Su avaricia no conoce límites, ni aunque esos límites se hallen a millones de años luz de distancia.

¿Y los políticos? Bueno, ya se preocuparán de buscar el voto extraterrestre que les permita seguir manteniéndose en el poder por los siglos de los siglos, prometiendo arreglar lo que ellos mismos se encargan de estropear.

En definitiva, con nuevo descubrimiento o sin él, el mundo seguirá girando como ha venido haciendo hasta ahora, movido por esa fuerza centrífuga de egoísmo, hipocresía, ignorancia y estupidez que hace que, como cantaba el bueno de Julio Iglesias “la vida siga igual”. Amen.




miércoles, 8 de abril de 2020

NOTAS DESDE EL CONFINAMIENTO 1


"¿Así que atesoráis rollos de papel por el coronavirus, eh? Mirad lo que hago yo con el papel higiénico, pardillos".

 
Como muchos de vosotros, estoy desconcertado ante el fenómeno mundial del coronavirus. Me ha pillado a contrapié.
A la estupefacción inicial le ha seguido una montaña rusa de emociones y sentimientos encontrados. Cada día, desde que comenzó el confinamiento, he ido oscilando emocionalmente desde la tranquilidad y la calma más absolutas hasta la impotencia y las ganas de salir al balcón y pegar cuatro gritos en plan Tom Araya de Slayer desgañitándome con mi propia versión del Angel of death.
También he experimentado indignación ante determinadas actitudes estúpidas e incívicas —si no son sinónimos, creo que los de la RAE ya están tardando en tomar cartas en el asunto y ponerse a currar, que ya es hora—.
En estas semanas he visto por la tele cómo la policía ha tenido que emplearse a fondo para poner coto a capullos y capullas que se creen más listos que el resto, y que se piensan que las normas y las leyes no van con ellos. También he sido testigo directo, y sufridor en primera persona, de acciones y actitudes deleznables por parte de vecinos, de ésos que no dudan en salir cada tarde a las 7:00 pm al balcón o a la ventana de sus casas a aplaudir a los sanitarios para luego ir montando fiestorras o pegar gritos hasta las tantas de la madrugada jodiendo a todo hijo o hija de vecino o vecina.
Decía mi admirado Zappa que la estupidez es el bloque básico sobre el que el Universo está construido y no el hidrógeno, como argumentan los científicos. Sostenía que «hay más estupidez que hidrógeno en el Universo». Razón no le faltaba a Zappa. Sólo hay que echar un vistazo a lo que ha sucedido y sucede a diario en el mundo para darse cuenta de cuán estúpidos somos los seres humanos.
Mientras unos luchan por salvar la vida —la propia y la ajena—, otros siguen a lo suyo: los políticos con sus mierdas de siempre —¿qué se puede esperar de esta gente, a los que la vida de los demás les importan un carajo?—, los de la des-Unión Europea dando la razón al Reino Unido en su comentadísimo Toccata y Fuga en Hostia Mayor ahí-os-quedáis-que-yo-me-las-piro-vampiro, los de la OMS limitando sus acciones a leer comunicados diarios de datos recabados aquí y allí pero sin aportar soluciones ni mover un dedo que justifiquen sus sueldazos, o los periodistas sensacionalistas frotándose las manos ante tanta desgracia ajena —acabo de ver una indignante fotografía en exclusiva de una morgue improvisada repleta de ataúdes publicada en portada por uno de los periódicos que suelo consultar a diario—, y programas de televisión repletos de «entendidos que no entienden una mierda y se dan el lujo de opinar de todo aún cuando no tienen ni puta idea de lo que hablan», etc.
Eso sí, en honor a la verdad, he de decir que en esto de la estupidez la igualdad de género tonto sí que ha alcanzado su cénit: a día de hoy son igual de tontos ellos que ellas. Algo es algo.
Todo esto me ha hecho preguntarme: ¿Es malo ser estúpido? Depende de cómo se mire. La estupidez puede ser un cálido regazo en el que refugiarse, donde nada te afecta ni te inquieta, pues todo lo que acontece más allá de tu propio ser —o no ser, ésa es la cuestión— escapa a tu comprensión.
Lo ideal siendo estúpido es no darte cuenta de que lo eres. No existe peor condena que ser lo suficientemente inteligente como para ser consciente de tu propia estupidez, lo cual te sumirá en una permanente sensación de dolor y amargura.
Para disfrutar de tu estupidez has de ser lo suficientemente estúpido como para no darte cuenta de que lo eres, como los participantes de Mujeres y Hombres y Viceversa. Por eso muchos de los que salen en la tele se muestran felices y encantados de conocerse, porque son tan estúpidos que ni siquiera sospechan que lo son.
Esta misma regla hace que las personas inteligentes vivan en un sempiterno estado de cabreo, pues asisten atónitos e impotentes al triste panorama de ver cómo los estúpidos no sólo son mayoría, sino que, precisamente por serlo se hacen con el control de la sociedad, y claro, al ser mayoría son los estúpidos los que deciden el rumbo que debemos tomar todos en conjunto. ¿Es o no es para estar todo el puto día cabreado?
Vivimos una era especialmente fértil para la estupidez. Con la llegada de Internet, en el que muchos veíamos una luz de esperanza al final del oscuro túnel de la ignorancia, creímos que la cultura y el conocimiento se expandirían por el mundo como el efecto invernadero. Pero nos equivocamos. No con el efecto invernadero; eso sí que se ha expandido y sigue expandiéndose, y me temo que seguirá del mismo modo hasta que acabemos cargándonos el planeta y jodiéndole la existencia a las generaciones venideras. Me refiero a expandir la cultura y el conocimiento. En vez de eso, lo que ha corrido y se ha expandido hasta el último rincón del planeta es la estupidez. Cada vez hay más estúpidos por metro cuadrado en el mundo, y, francamente, empieza a ser agotador.
Menos mal que aún podemos aislarnos en nuestras bolas de hormigón para evitar el contagio: del coronavirus y del virus de la estupidez, no sabiendo cuál de los dos es peor.