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jueves, 30 de marzo de 2023

EVASIÓN Y VICTORIA

 


Como cada mañana, leo distintos periódicos de prensa online. Y como cada mañana, también, veo que el mundo va de mal en peor. Crisis económica mundial —siempre estuvo ahí—, crisis energética —otra vez—, crisis de valores —nada nuevo bajo el sol—, crisis de empleo —los que más tienen se resisten a compartir y siguen sin ver nada malo en querer ganar mucho más de lo que ya ganan y que no podrán gastar ni en tres vidas que viviesen—, crisis humanitaria fruto de la inmigración ilegal, crisis sanitaria porque los ricos y poderosos llevan décadas intentando desmontar la Seguridad Social para hacerse ellos con el negocio de la salud, crisis de las jubilaciones porque a la gente mayor ya se le ha sacado todo el jugo que se les podía sacar, ya no producen y el Sistema considera que son una carga de la que nadie se quiere hacer cargo; crisis, crisis, crisis y más crisis.

Como un anexo a uno de los enunciados de la famosa Ley de Murphy, “todo en esta vida es susceptible de ir a peor”. Y, como un chiste malo contado por un maestro de ceremonias perverso, esa ley se lleva cumpliendo a rajatabla desde que el mundo es mundo. No salimos de una para meternos en otra. Si no es una guerra es una revolución, y si no una amenaza nuclear, o un virus mortal como el VIH o cualquier tipo de cáncer. Y cuando ya creíamos haberlo visto todo, va y llega la pandemia global, el Covid19, salido de no se sabe muy bien dónde ni cómo, aunque intuyo el porqué.

Ante un panorama tan deprimente, surge inevitable una pregunta: ¿qué hacer para que todo eso nos afecte lo menos posible?

En mi caso concreto lo tengo meridianamente claro: recurro al arte.

A mi edad, tengo la gran fortuna de poseer una vasta colección de cine, música y literatura. Ojo, que mi pasta me ha costado, ¿eh?, pues llevo gastando mi dinerito en todas esas cosas desde aquellos lejanos días en que cobraba una exigua paga semanal de mi padre siendo un preadolescente —me refiero a mí, obviamente, no a mi padre—.

En aquellos días, con doce o trece años, me gastaba todo lo que me daban en ir al pequeño cine de mi barrio y comprar cómics, discos de vinilo y cintas vírgenes de casete, donde grababa la música que me gustaba, bien de la radio —rezando para que el locutor bocazas de turno no “jodiese” la canción antes de tiempo—, o bien de discos que me prestaban mis amigos de entonces, y a los que yo prestaba los míos.

Con los años, y gracias a mi trabajo en el videoclub de mi padre, compraba cintas de VHS a buen precio y en ellas grababa de todo: pelis y series de la tele, documentales, conciertos, videoclips.

Aún me recuerdo encerrado en mi cuarto, esperando hasta las tantas de la noche para grabar en el extinto Cine Club de La2 de Televisión Española mis primeras pelis de Woody Allen. Me parece estar viéndome a mí mismo, con quince o dieciséis años, grabando Bananas, El dormilón y Todo lo que usted quería saber sobre el sexo, pero temía preguntar, en aquel vídeo VHS de la marca Sharp que tenía instalado en el cuarto de la tele, y que nos duró un porrón de años porque aún no se había implantado ese perverso invento de los fabricantes de electrodomésticos llamado “obsolescencia programada”.

A esa época también pertenece mi pasión por el cine clásico en blanco y negro. Recuerdo grabar películas como la maravillosa El mundo de George Apley, una cinta poco conocida dirigida por Joseph Mankiewicz, protagonizada por Ronald Colman y Vanessa Brown, que disfruté mucho en mi juventud y que volví a ver hace unos pocos meses y me sigue pareciendo entrañablemente maravillosa. ¡Qué alegría me llevé al verla de nuevo! Era como si no hubiesen pasado los años por ella. Ni por mí. Al verla de nuevo, sentí algo parecido a lo que se siente cuando ves a alguien de tu pasado que hace siglos que no ves y cuyo encuentro celebras con gozo. No siempre ocurre. Hay películas que envejecen muy mal, y amistades a las que les ocurre lo mismo. Son hijas de un tiempo y un momento de tu vida muy concretos, y, como les ocurre a los productos perecederos, más allá de su fecha de caducidad resultan perjudiciales para tu salud física (y mental).

Durante años mantuve en mi colección decenas de cintas de vídeo con episodios de series míticas como Las chicas de oro, Frasier, Matrimonio con hijos, Dame un respiro, Friends, Seinfeld, Hale & Pace y un montón de series que pillaba en la tele. También grababa cientos de películas.

Y, mientras tanto, mi colección de discos había aumentado tanto que le pedí a mi abuelo que contactase con un carpintero amigo suyo para fabricarme un mueble personalizado para mis discos, que, en cuestión de meses, volvió a hacerse pequeño.

Los libros también fueron acumulándose en mis estanterías. Adquiría cualquier colección que sacase buenos títulos en formato bolsillo, como la de "Grandes Autores" de RBA o la de "El Egipto de los Faraones" de Planeta DeAgostini. Aún conservo bastantes de aquellos libros.

Cada cierto tiempo me pasaba por la sección de libros de El Corte Inglés, y rebuscaba entre los cajones de libros en oferta por 200 ó 300 pesetas de entonces, además de pillar libros en edición de bolsillo de aquellos autores que me llamaban la atención. Así fue como me hice con libros de Woody Allen, Groucho Marx, Charles Bukowski, Tom Sharpe, Paul Auster, Luciano De Crescenzo, Mario Puzo, P.G. Wodehouse, Enrique Jardiel Poncela, John Kennedy Toole, etc.

Y con todo ese “tesoro”, acumulado a lo largo de una vida, he ido campeando el temporal de las malas noticias.

Titulaba este post basándome en el título de una magnífica película de John Huston dedicada al fútbol. El título de aquella película era Evasión o victoria, y hacía alusión a la disyuntiva que se le presentaba a una selección de fútbol compuesta por prisioneros de guerra que, en plena Segunda Guerra Mundial, son invitados a jugar un partido contra una selección de jugadores de la Alemania nazi. El partido, disputado en suelo francés, es aprovechado por los mandos aliados para facilitar la fuga de los jugadores al descanso. Sin embargo, a pesar de ir perdiendo el partido a la finalización del primer tiempo, la mayoría de los jugadores cree aún en la remontada, de ahí que se les plantee la posibilidad de renunciar a su propia libertad en pos de la victoria. En mi caso, tal disyuntiva no existe, pues considero la evasión, a través del disfrute de cualquier obra de arte, una victoria en sí misma sobre el aburrimiento, el hastío y la gravedad de la vida.

Así pues, para mí, el poder evadirme de la realidad es siempre sinónimo de victoria.




martes, 1 de noviembre de 2022

TODO SOBRE MI NOVELA

 

Imagen de mi nuevo libro (portada y contraportada con sinopsis y biografía del autor; o sea, yo)


Hace un par de semanas anunciaba a bombo y platillo —de hecho, aún me pitan los oídos del follón que armé. Yo, que he asistido a conciertos de rock desde que era pibe, ahora me siento incapaz de soportar una mísera batucada casera. ¡Qué triste resulta hacerse mayor! Mecachis—.

Pues eso, que un par de semanas atrás anunciaba en este mismo blog y en mis redes sociales la salida al mercado de mi nuevo artefacto literario: mi primera incursión en el terreno de la novela.

Así pues, ampliaré detalles en torno a este nuevo proyecto del que me siento muy ilusionado. Empezaré por los precios:

El libro en formato físico tiene un precio de 11,00 euros. Puedes comprarlo aquí.

El libro en formato digital tiene un precio de 3,15 euros. Puedes comprarlo aquí.

Como podréis observar, existe un pequeño incremento en el precio con respecto a mis libros anteriores. Esto se debe a dos factores principalmente; y ninguno de ellos tiene que ver con hacerme asquerosamente rico, os lo aseguro.

El primer factor tiene que ver con la calidad del papel. Para esta ocasión he optado por decantarme por un papel en tono crema, algo más caro que el papel blanco. Y el segundo factor viene motivado por la extensión del libro en sí. Si bien mis tres libros anteriores tenían una extensión de entre 150 y 160 páginas, esta vez la cosa se me ha ido hasta las 222 páginas.

Y ahora, como diría el inefable Francisco Umbral, “hablemos de mi libro”.

Tras un tortuoso periplo de cuatro largos años, crisis económica, crisis del Covid-19, crisis energética, y crisis what crisis de Supertramp mediante, he de confesar que éste ha sido, de todos mis libros publicados hasta el momento, el que más me ha costado sacar adelante. Sin duda.

Las razones del complicado proceso de gestación que hay detrás han sido muchas y muy variadas, las cuales intentaré explicar en las líneas que siguen.

Para empezar diré, aunque suene a perogrullo, que no es lo mismo escribir un cuento corto o un relato que una novela. Quien haya transitado por ambos géneros en calidad de autor lo sabe.

No es lo mismo contar una historia o desarrollar una trama o unos personajes ciñéndonos a unas pocas cuartillas que alargar esa misma historia y desarrollo a lo largo de cien o más páginas. Cuanto más alargues la historia mucho más difícil resultará mantener el interés del lector en aquello que quieres contar. Para ello debes emplear técnicas diferentes.

En un relato, con un par de pinceladas es más que suficiente para crear una determinada atmósfera y que la historia se sostenga. Eso mismo aplicado a una novela es algo más complejo, pues debes profundizar más en la trama, definir mejor a los personajes, llenar los huecos que, en un relato, puedes dejar vacíos sin que eso desvirtúe el relato. En definitiva, debes trabajar más la historia y los personajes en todos sus aspectos.

Por suerte para mí esta experiencia ha sido menos traumática de lo que cabría esperar, pues el grueso de la historia la escribí hace algunos años, y desde entonces permaneció metida en un cajón en un estado embrionario. Así que, una vez tomada la decisión de embarcarme en este proyecto, sólo tuve que revisar mis apuntes, efectuar diversos ajustes en la trama, crear algunos personajes nuevos y completar lo que hasta entonces permanecía inconcluso. Eso me llevó algunos meses de intenso trabajo, al que me sometí con espartana disciplina.

 

 

Una vez acabado el primer borrador decidí contar, por primera vez en mi carrera, con la ayuda de una lectora cero y correctora. Esa labor recayó en mi buena amiga Soledad Gutiérrez, a la que muchos conoceréis por su blog Pampiroladas.

Soledad y yo mantenemos una relación de amistad desde hace algunos años, y cuando me informó que se había hecho un curso de correctora de textos decidí contar con su experiencia para sacar adelante este proyecto.

Gracias a sus consejos, la trama y los personajes sufrieron algunos cambios sustanciales con respecto a la idea original. Su guía me empujó a ensanchar mis límites, a ir un paso más allá y mejorar la historia que quería contar. Al final, de las 150 páginas iniciales la novela “engordó” hasta las 250, a lo que siguió una poda, y luego otra y otra más. Porque escribir una novela se convierte en un avance y retroceso constante, en un proceso de expansión y contricción. En cierto sentido me recuerda a la letra de la famosa canción de Ricky Martin: “un pasito p'alante María, un pasito p'atrás”.

Es fascinante, y agotador. Sobre todo si no quieres decepcionar a nadie, empezando por ti mismo. Para eso debes ser el crítico más despiadado con tu propio trabajo, pues sólo así lograrás editar algo de lo que te sientas verdaderamente orgulloso.

No os negaré que el hecho de verte obligado a eliminar partes de lo que tanto esfuerzo te ha costado crear es casi tan doloroso como darte un leñazo en el dedo meñique del pie con algún mueble al caminar a oscuras de madrugada. Y esto lo sé porque este último año he batido mi propio récord de leñazos en el dedo meñique del pie con muebles por andar a oscuras de madrugada. O sea, que no sólo me hago viejo, sino que, encima, me hago más torpe. Como diría el entrañable personaje del genial Forges: ¡Sssstupendo!

En el aspecto visual, este libro también presenta algunas diferencias notables con respecto a mis libros anteriores. Para empezar, por primera vez la portada no se corresponde a un dibujo de mi autoría, sino a una fotografía de Oltre Creative Agency bajada de Pixabay bajo licencia Creative Commons.

Me costó mucho encontrar una fotografía que ilustrase el espíritu de la novela. Me llevó meses rastrear la red en busca de algo que cubriese mis exigencias. No podéis haceros una idea de las opciones que deseché. Sin exagerar, llegué a acumular en una carpeta hasta sesenta fotografías de símbolos, calles, urbanizaciones, monumentos y lugares emblemáticos londinenses, pues mi novela transcurre en Londres. Hasta que un día, a punto de tirar la toalla, encontré al fin lo que buscaba. Luego sólo tuve que aplicar algunos ajustes —recortar la foto, aplicar un filtro de blanco y negro, ajustar los niveles de exposición—, y ¡voilá!, ya tenía la foto de mi portada.

En cuanto al interior, también he efectuado algunos cambios significativos con respecto a la trilogía Absurdamente. Por ejemplo, la tipografía. Por primera vez, he sustituido la tipografía Times New Roman por la Class Garamond. Y no es porque la Times tuviese nada de malo, sino que, simplemente, me apetecía cambiar. De paso, también me ha servido para remarcar la sutil diferencia entre mis libros de relatos y mi primera incursión en el terreno de la novela. El resultado, francamente, ha superado mis expectativas. Cuando recibí en casa el ejemplar de prueba que pedí, quedé gratamente sorprendido con el resultado.

Foto del interior del libro

Algo que tuve bastante claro desde el principio fue el hecho de adjudicar a cada capítulo de mi novela el título de una canción de rock determinada. Para ello, sólo tenía una condición: que la letra de la canción escogida guardase relación con el contenido del capítulo en cuestión. Eso supuso todo un reto para mí, ya que tuve que escoger entre cientos de canciones de mi colección de discos aquella que se adecuase a lo que quería contar. En total barajé en torno a las cien canciones, hasta acabar reduciendo la lista a las treinta y cinco que finalmente conforman la novela.

Supongo que muchos de los que hayan leído alguno de mis libros anteriores, o los relatos que en su día solía subir al blog, se preguntarán por el estilo desplegado en este nuevo proyecto. Recientemente, una lectora habitual de mi blog, y compradora de mis tres libros publicados hasta el momento, me preguntaba en redes si había humor en este nuevo libro. Pues sí, lo hay, aunque se trata de un humor distinto, menos absurdo y caótico, y más crítico, irónico y sarcástico. Ya sabéis quienes me leéis de hace tiempo de mi pasión por el humor típicamente británico. Autores como Tom Sharpe, P.G. Wodehouse, Nick Hornby, David Lodge o Alan Bennett forman parte de mi universo lector. A ellos hay que añadir autores estadounidenses de la talla de Woody Allen, Groucho Marx o John Kennedy Toole. A todos ellos le debo parte de mi estilo como autor.

Pero, además de un humor típicamente británico, ¿qué otras cosas podremos encontrar en tu novela? Para empezar, una historia. O la historia de varios personajes que acaban encontrándose en un momento determinado de sus vidas y que, al hacerlo, se cambian la vida los unos a los otros de una manera que jamás pensaron que podría cambiar.

Para que os hagáis una idea del punto de partida de la novela, a continuación os amplío la reseña incluida en la contraportada del libro:


Henry Stockleigh es un rockero británico cincuentón de la vieja escuela. Enamorado de la década de los setenta, y totalmente decidido a retener la esencia de esos años hasta el fin de sus días, el 31 de diciembre de 1979 tomó la firme decisión de encerrarse en su casa y no volver a salir de ella nunca más. Han pasado treinta años desde entones y Henry aún sigue sin pisar la calle. Pero una inesperada e inquietante visita amenaza con dinamitarlo todo y echar por tierra su plan.

Una divertida novela donde tienen un especial protagonismo el humor, el amor, la amistad y la pasión por la música rock de los 60 y 70. Y Coñazoman, por supuesto.



Y hasta aquí puedo leer —como en las viejas tarjetitas del Un, Dos, Tres—, no vaya a ser que destripe la novela y me haga spoiler a mí mismo. Ya he dejado claro que con los años me he hecho viejo y torpe, pero no gilipollas. O eso creo.

Como avanzaba en mi post de la semana pasada, a continuación os dejo un enlace a un adelanto gratuito que podéis leer tantas veces como queráis, y decidir si os merece la pena adquirir un ejemplar de esta nueva aventura literaria o pasar de él del mismo modo en que los premios literarios pasan de mí: con absoluta indiferencia.

Para leer un adelanto gratuito PINCHA AQUÍ.


Por último, sólo me queda daros las gracias por vuestra atención, independientemente de si habéis comprado alguno de mis libros o no, o de si tenéis intención de comprar o no.

Nadie puede tener la certeza de que este libro se vaya a vender más o se vaya a vender menos. En el éxito de un libro intervienen muchos factores, y no todos dependen de mí. Por supuesto que me gustaría vender un montón de copias, y poder ganarme la vida con ello. Pero, viendo lo difícil que resulta que algo así acabe ocurriendo, me conformo con que quien decida leer alguno de mis libros se lo pase bien y disfrute haciéndolo, y que eso me empuje a seguir escribiendo historias que me hagan disfrutar como escritor y como lector, pues no debéis olvidar nunca que yo también soy lector, y si lo que escribo no me gusta seré el primero en darle al botón de “borrar”.

En cualquier caso, gracias por estar ahí. Os lo agradezco.

Y, como ya es tradición, si me haces llegar una foto con alguno de mis libros, la colgaré gustoso en la Galería de Amigos y Lectores del blog, que ya lleva tiempo sin recibir nuevos huéspedes.

Un abrazo.

 

 

miércoles, 17 de junio de 2020

(ALGUNOS) LIBROS QUE ME HAN MARCADO Parte 1

Algunos títulos al azar de mi colección


Hace unos días, a través de Facebook, mi buena amiga Séfora me planteó un reto literario. Dicho reto consistía en subir durante diez días seguidos otras tantas portadas de libros que me hubiesen causado impacto a lo largo de mi vida.
Como quiera que llegase tarde al reto —cosas de Facebook y su política de avisos por correo electrónico—, y habiendo considerado interesante el reto planteado por mi amiga, opté por fotografiar de mi colección personal las portadas de 15 libros de entre los muchos que, de un modo u otro, han marcado mi trayectoria como lector y autor de mis propias historias.
Su inclusión no indica necesariamente que hayan sido los que más me hayan gustado. A lo largo de mi vida he leído tantos libros que me han proporcionado horas y horas de infinito placer que, de agruparlos en una lista, casi sería tan larga como una comparecencia televisiva de Pedro Sánchez durante el periodo de confinamiento.
En cada uno de los libros escogidos he resuelto incluir un breve comentario o descripción del porqué de su importancia o trascendencia en mi vida. Confío en que os resulte ameno saber de mis influencias.

01 “EL SOMBRERO DE TRES PICOS” de Pedro Antonio De Alarcón
Con este libro empezó todo. Tenía dieciocho años, y desde hacía un año trabajaba como auxiliar administrativo en una oficina. En la misma calle había un estanco regentado por un entrañable viejecito al que todos los meses le compraba mis revistas favoritas.
Un día, por esos azares del destino, mis ojos se fijaron en un libro que el quiosquero tenía expuesto en una esquina de su local. He de apuntar que hasta ese día mi experiencia con la literatura había sido más bien residual. A excepción de una enorme enciclopedia azul que mi padre tenía en casa y que me leía con frecuencia de niño, en parte por los dibujos que contenía, y una pequeña biografía de Napoleón Bonaparte, mis lecturas se reducían a montones y montones de cómics de la época —Cimoc, El Víbora, Metal Hurlant— y cuanta revista musical de rock que cayese en mis manos —Heavy Rock, Popular 1, Metal Hammer, EGM, etc—, las cuales devoraba con auténtica gula lectora.
Aquel libro que llamó mi atención llevaba por título El sombrero de tres picos. Lleno de curiosidad, le pregunté al quiosquero por el precio.
—Cuatrocientas pesetas —dijo él. Entonces aún se pagaba en pesetas.
—Me lo llevo —dije yo. Pagué y me lo llevé.
Aquella misma noche, después de cenar, abrí el libro y comencé a leer. Creo que tardé dos noches en acabar de leérmelo. Disfruté tanto de aquel libro que consiguió despertar en mí una pasión hasta entonces desconocida: mis ansias de lectura.
Por cierto, el de la foto es el mismo ejemplar que compré hace treinta y dos años a aquel entrañable quiosquero. Lleva conmigo desde entonces. El libro, no el quiosquero, aclaro.
 

02 “CUENTOS SIN PLUMAS” de Woody Allen
En otro post que subí hace tiempo a este mismo blog conté mi especial relación con este libro. Nuestros caminos se encontraron en un momento bastante jodido de mi vida. Lo vi expuesto en una tienda de libros y discos que frecuentaba asiduamente desde mi adolescencia. Y aunque por entonces ya conocía y admiraba al Woody Allen actor y director de cine, desconocía su faceta como escritor. Así que cogí el libro, lo abrí y lo hojeé con curiosidad. Me bastaron un par de páginas para enamorarme al instante. Así que lo compré, lo leí, me sacó de mi bajona y, con los años, me animó a intentarlo con mis propias historias.
Mi escritura le debe mucho a ese libro.

03 “¡ADELANTE, JEEVES!” de P.G. Wodehouse
Corría el año 1994. Mi familia y yo habíamos planeado unas vacaciones a la isla de Fuerteventura. Nos lo pasamos genial aquel verano, tomando el sol en aquellas kilométricas y solitarias playas de arena blanca y agua color turquesa de Corralejos y El Cotillo, y haciendo el gamba con mis hermanos por las dunas de arena fina y rubia como la cebada.
De aquel mágico periodo conservo un montón de bonitos recuerdos, varias horas en vídeo y mi gusto por los libros de P.G. Wodehouse.
A Wodehouse lo descubrí de casualidad. Resulta que el primer día en la isla decidí entrar en una librería de Puerto del Rosario, dispuesto a pillarme un par de libros para leer durante el verano. Al preguntar a la joven librera por algo ligero y de corte divertido, ella no dudó en recomendarme unos libros que apenas hacía unos días le acababan de llegar al establecimiento. Se trataba de una colección de cuatro títulos de un autor inglés del que nada sabía entonces, publicados en formato bolsillo por la editorial Plaza & Janés.
Los cuatro títulos de la colección eran Dieciocho hoyos, Fiebre primaveral, Un par de solteros y ¡Adelante, Jeeves!
Recuerdo perfectamente que el primer libro que leí fue Un par de solteros. Me lo ventilé en dos tardes, alternando el sofá del apartamento y las hamacas junto a la piscina. Tan enfrascado estaba en la lectura que ni me molestaba el griterío circundante, que no era poco.
Lo cierto es que disfruté tanto de la prosa de aquel nuevo descubrimiento que, al acabar el primer libro, no dudé en seguir con los otros. Y entonces lo conocí a él, a Jeeves, posiblemente el mayordomo más memorable e ingenioso de la literatura inglesa, y a su patrón, el metepatas y pusilánime de Bertie Wooster.
Al volver de Fuerteventura me fui a una de mis librerías de confianza y pedí por catálogo todos los títulos disponibles de la colección de la editorial Anagrama dedicada a P.G. Wodehouse, y que entonces sumaban 18 títulos. Aún forman parte de mi colección.
De vez en cuando releo alguno al azar, y, a día de hoy, me siguen pareciendo la mar de divertidos. Mis favoritos son todos aquellos en los que sale Lord Emsworth (el aristócrata bonachón y despistado obsesionado por la cría de cerdos) y el bueno de Jeeves, por supuesto.

04 “EL CONDE DE MONTESCRISTO” de Alejandro Dumas
Entre los años 80 y 90 estuve afiliado a la revista Discoplay, hasta su triste desaparición a finales de la década de los noventa. En aquella revista se vendía de todo: discos, libros, cómics, camisetas y sudaderas de grupos de rock y heavy metal, pósters, películas; en fin, de todo.
La revista me llegaba a casa todos los meses —el famoso BID (Boletín Informativo Discoplay)—, junto con un formulario para hacer mi pedido por correo. Gracias a aquel boletín me hice con buena parte de mi colección de discos de Frank Zappa, un montón de discos de rock y heavy y otro montón de libros. Entre los muchos libros que compré a través de ellos, cuento con una pequeña colección de cinco clásicos de la literatura en tapa dura con los caracteres dorados en portada. Uno de esos títulos es El conde de Montecristo.
¡Qué bien me lo pasé leyendo las aventuras de Edmundo Dantés y su largo y tortuoso camino hacia la venganza!
A pesar de que mi edición es un tocho de setecientas y pico páginas —y encima con unos caracteres minúsculos que para los que somos miopes son toda una prueba de fuego—, le tengo mucho cariño a ese libro, pues durante el tiempo que me enfrasqué en su lectura me tuvo con el alma en vilo.

05 “DANDO LA NOTA” de José Luis Campuzano “Sherpa” y Carolina Cortés.
Cuando vi aquel libro anunciado en las páginas del BID y leí su descripción, no lo dudé ni un segundo: quería tenerlo.
Aquel libro, escrito a cuatro manos entre el bajista y cantante de la formación de heavy nacional Barón Rojo y su mujer y ocasional letrista del grupo Carolina Cortés, reunía todos los elementos para tenerme enganchado a su lectura: por fin un músico al que seguía y admiraba contaba en primera persona hechos y sucesos relacionados con su carrera de músico. Y además lo hacía con humor. Humor y música rock en el mismo libro. Cóctel irresistible, al menos para mí.
Campuzano comienza narrando su infancia en la periferia de un barrio humilde en el Madrid de los cincuenta. Con una prosa ingeniosa y la mar de divertida, cuenta cómo le apodaban “Molina” de pequeño, pues a la tierna edad de cuatro añitos se sabía de memoria el repertorio de Antonio Molina, Juanito Valderrama, Manolo el Malagueño y Marchena, y para demostrarlo no dudaba en subirse a un taburete y cantar a pleno pulmón las canciones de los citados, ganándose con ello la admiración del respetable, además de unas perrillas que le venían de lujo a la paupérrima economía familiar.
Salpicado de anécdotas y sucesos, y dotado de una prosa cuidada y bien estructurada, Campuzano nos lleva de la mano por su vida, desde su infancia en el barrio hasta la ascensión y el éxito de masas con el grupo Barón Rojo, del que formó parte hasta que, fruto del desgaste y su mala relación con los hermanos De Castro, decidió abandonar a principios de la década de los 90.
Creo que este libro lo habré leído como unas diez veces desde que lo compré, y siempre, siempre, siempre, consigue arrancarme algunas risas. No en vano, Campuzano hace gala de un sentido del humor punzante y, por momentos, hilarante.
Impagable la anécdota en Ostende (Bélgica) con el inefable Mariscal Romero, sus rizos a lo Gadaffi y su particular “romance” con una pequeña jarrita de porcelana: «Nada, esta jarrita que se me ha metido en el dedo y ahora, me cuesta trabajo... quitármela... ».
Casi consigues escuchar a Sherpa contándote al oído esas anécdotas con su propia voz.

La próxima semana abordaré la segunda tanda de cinco libros que, de un modo u otro, más me han marcado.