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miércoles, 2 de septiembre de 2026

AL FIN GANÉ MI PRIMER CONCURSO LITERARIO

Con ustedes, la viva imagen de la honestidad: Ana Rosa (AR)

 

Tras un más que inmerecido descanso, vuelvo a la actividad. Y lo hago anunciando algo que llevaba años anhelando poder gritar a los cuatro vientos: ¡al fin he ganado mi primer concurso literario!

Pero, antes de proseguir, me vais a permitir un inciso.

En mis comienzos como aspirante a escritor me presenté a varios concursos literarios. Pero nunca gané nada. Ni tan siquiera logré un segundo premio, ni una mención especial o un accésit. Nada.

Así que un día, hastiado y decepcionado, me dije a mí mismo que no merecía la pena presentarse a ningún concurso más. Sobre todo a aquellos en los que el ganador ya estaba decidido de antemano, antes incluso de convocarse. Era una absoluta pérdida de tiempo, energía y dinero, y no andaba yo muy sobrado de ninguna de las tres cosas. Ni entonces ni ahora.

Así que durante más de una década me olvidé de los concursos, y concentré todos mis esfuerzos en escribir y publicar en mi blog, y en revistas literarias como Moon Magazine. También aproveché el tiempo para lanzar varios libros al mercado. Pero, por más empeño que ponía en ello, la cosa no acababa de funcionar como ambicionaba, ni como íntimamente creía merecer —todos los que escribimos creemos merecer mejor suerte con lo que hacemos. Y quien diga lo contrario, miente. O se miente a sí mismo, que no sé qué es peor—.

Ya me había olvidado de los concursos literarios, hasta que hace apenas unas semanas me llegó a mi correo el siguiente mail:


«¡Enhorabuena!

Nos complace comunicarle que nuestro jurado, compuesto por diversas personalidades del mundo de la cultura y las artes, además de un tío que no tiene ni puta idea de cultura ni de arte pero es el que pone la pasta, ha decidido por unanimidad, siguiendo el sabio consejo del que pone la pasta aunque no sepa un carajo de cultura ni de arte, que su novela haya resultado ganadora de nuestro prestigioso concurso literario Satélite en la edición de este año.

Las razones para su elección han sido muchas y muy variadas. A continuación le ampliamos algunas de ellas:

—Usted luce bien en las fotos. No es ni feo ni guapo, sino una extraña mezcla de ambas cosas, como el Carlos Sobera.

—Usted tiene una edad intermedia, ni demasiado joven ni demasiado mayor. Y eso mola cantidubi.

—En una de las fotos que ha subido a las redes sociales se le ve sosteniendo una pluma estilográfica, y eso quiere decir que usted sabe escribir. Ni se imagina la de libros que hemos premiado en el pasado de tipos que no sabían escribir. Lo bueno es que los libros de esos zoquetes que no saben escribir los acaban comprando gente que tampoco sabe leer, así que... la cuadratura del círculo.

—Ha publicado varios libros, aunque no haya vendido un carajo. No obstante, el mero hecho de haberlos escrito y publicado ya indica que usted tiene cosas que decir, y eso, unido a la foto con la estilográfica que mencionábamos en el punto anterior, refuerza nuestra opinión de que en su caso no se trata de un advenedizo tipo Mar Flores o la Preysler, y que no será necesario contratar los servicios de un negro literario para que escriba los libros por usted, aunque sea su nombre y su careto el que se muestre en la portada. Eso que nos ahorramos.

—Y ya no hay más razones. Ni falta que hace. Si el tipo que pone la pasta dice que p'alante, pues p'alante vamos. El dinero manda, amigo.

Para ser totalmente sinceros con usted, le confesamos que no hemos leído su manuscrito. No tenemos tiempo. Hoy día casi nadie tiene tiempo para leer. Ni siquiera wasaps. Por algo inventó Dios los mensajes de voz. Así que ya sabe: hoy casi nadie lee. Ni siquiera el tío que pone la pasta. Precisamente ese tío menos que nadie. Bastante tiene con pasarse la mayor parte del día ideando maneras de ganar más pasta de la que ya tiene, y que no podrá gastar ni en cien vidas que viviese. ¿Acaso existe alguna ley que ponga límites a la avaricia? Debería haberla, pues eso haría de éste un mundo mucho mejor, con menos desigualdades. Pero como no la hay: ajo y agua.

Leyendo lo anterior bien podría llegar a preguntarse, ¿y porqué se empeña esta gente en crear y fomentar un premio literario si nadie lee ni compra libros? Muy sencillo: porque da prestigio. Es una forma de ganarnos el respeto y la admiración de las masas. La gente es así de simple. Y lo es precisamente porque no leen. Y gracias a eso nos ganamos muy bien la vida, no se crea. De hecho, nos va mucho mejor así, que la peña no lee, a que si la gente le diese por leer. Eso se lo aseguro.


Por cierto, ya le hemos concertado siete entrevistas con diferentes medios de nuestro grupo mediático: el Grupo Pausa.

Pero antes, ponemos en su conocimiento que nuestro equipo de marketing ya está trabajando en encontrarle una imagen distintiva. Tiene que ser algo exclusivo, único e indistinguible, a fin de destacar entre el mar de mediocridad que nos rodea a diario. Para ello, nos vemos en la obligación de advertirle de los estereotipos que no podremos utilizar para fabricar su “imagen de marca”, porque ya están cogidos. A saber:


—La boina de rústico y el espíritu guerracivilista son marca registrada de David Uclés. Así que nada de boinas ni de sacar a colación en cada entrevista que le hagan lo malos malísimos que fueron los unos y lo buenos buenísimos que fueron los otros durante la Guerra Civil Española.

—El peinado imposible y el bronceado exagerado pertenecen a Sonsoles Ónega.

—La larga melena entrecana, sombra de ojos tipo oso panda y el hacer apología de la ignorancia supina son propiedad exclusiva de Mario Vaquerizo.

—La barba de tres días y la pose de cuñado engreído y petulante que opina de todo sin saber de nada (tipo Gonzalo Miró) son exclusivas de Juan Del Val. Y de Gonzalo Miró. Entre nosotros, deseando estamos que Gonzalito escriba un libro (o que se lo escriban, lo mismo da), para premiarlo como se merece.

—El hacerse pasar por una autora femenina cuando, en realidad, detrás se ocultan tres tíos con barba y bigote es exclusivo de Carmen Mola que, dicho sea de paso, no mola nada. Apesta a estafa.

—La cara de oler constantemente a mierda alrededor y la soberbia de quien se cree por encima del Bien y del Mal por ser hija y nieta de quien es son marca registrada de Alejandra Rubio (que aquí, entre nosotros, ya le podemos adelantar que será la futura Premio Planeta de un año de éstos. Aún nos falta por decidir si se lo damos a la madre o a la hija. Total, ninguna de las dos sabe escribir. Pero eso al tío que pone la pasta le da igual. Tampoco él sabe leer. Ni falta que le hace. Mientras tenga pasta para parar un tren, todo se la suda).

—La cara de cemento armado tras haber sido denunciada por firmar un libro que no había escrito, donde, para más inri se incluían plagios a otros autores, y esgrimir en su defensa excusas tan peregrinas como que “los plagios se debían a un error informático”, obligando a que la editorial retirase más de 50.000 ejemplares de las librerías y, a pesar de ello, seguir pontificando en tu programa de televisión sobre honestidad, verdad, sinceridad, honradez, probidad, veracidad, rectitud moral e integridad, pertenecen a Ana Rosa Quintana. Menuda jeta.

En fin, Sr. Curbelo, le damos nuestra más sincera enhorabuena por su premio y le invitamos a que se ponga en contacto con nosotros para recoger su premio y su cheque.


Al leer el último párrafo lo vi todo claro. Se habían equivocado de persona. No me habían premiado a mí, sino a un tal Curbelo. Alguien debió escribir mal el nombre del ganador y se dirigieron a mí por error. Así que les escribí para advertirles del error y, tras aclararlo con la organización, quedé descartado y me volvieron a ignorar como hasta ahora. Vuelta a la normalidad.

Ya me extrañaba a mí. ¿Cómo iba a ganar yo un concurso literario al que ni siquiera me había presentado?

Eso no es posible.

¿Verdad que no?

¿O sí?

 

jueves, 11 de diciembre de 2025

LA PASIÓN DE ESCRIBIR

Imagen de rawpixel tomada de Pixabay

 

La mejor manera de aprender el oficio de escritor consiste en leer a otros autores; autores consagrados, autores olvidados, autores malditos, autores ensalzados por la crítica o vilipendiados por ella, autores mediocres, autores excelsos, autores infravalorados y sobrevalorados, autores gigantes y autores minúsculos. En definitiva: leer mucho y de todo, aunque se aparte de tu estilo o tu género favorito.

Se aprende mucho leyendo a otros. Se aprende a ser crítico —todos llevamos un crítico dentro pugnando por vomitar su opinión sobre todas las cosas—, y decidimos si algo nos gusta o nos aburre. También aprendemos a apreciar o despreciar los textos, propios y ajenos, a ver sus fallos, y también sus aciertos, según nuestro bagaje como lectores y nuestros gustos.

También aprendemos fundamentos básicos: vocabulario, uso de metáforas y comparaciones, ritmo, precisión en el lenguaje, economía —ya se sabe: lo bueno, si breve, dos veces bueno—, evitar la adjetivación excesiva, el abuso de adverbios, la acumulación sistemática de frases subordinadas, las repeticiones, el uso del lenguaje espeso y enmarañado, las descripciones demasiado pesadas y soporíferas, los tópicos —“el cielo era azul”, “la noche era oscura”, “el frío calaba en los huesos”, “el sol cegaba”, etc—.

Cuando escribes sólo estáis tú y el folio o la pantalla en blanco. Y todo se reduce a una batalla entre esos dos contrincantes naturales por ver quién derrota a quién. Si ganas tú, lograrás llenar el espacio en blanco con tus ideas; si gana él, el espacio en blanco será el símbolo inequívoco de tu derrota.

Resulta curioso comprobar cómo las ideas resuenan maravillosas en tu cabeza, mucho antes de ser escritas. Todo encaja, todo te suena bien. Tus personajes respiran, tu historia se muestra diáfana y sin fisuras.

Pero, ay, cuando empiezas a poner negro sobre blanco, las ideas ya no suenan tan maravillosas; no todo encaja ni suena tan bien como sonaba en tu cabeza, tus personajes no sólo no respiran sino que se asfixian y se atragantan, tu historia no se muestra tan sólida ni tan compacta como creías. Y, como un operario de la sala de máquinas del Titanic en los instantes posteriores al choque con el iceberg, empiezas a ver grietas por todas partes.

Durante el proceso de escritura pasas por un millón de fases diferentes. De la euforia inicial pasas a la frustración y el desencanto; de la energía desbordante del principio pasas al embajonamiento y la procrastinación. Te ves incapaz de seguir, y dudas sobre si seguir adelante o abandonar.

Si decides seguir, entonces remontas. La cosa parece funcionar de nuevo, como al principio, hasta que aparece el siguiente obstáculo, que te frena y te dificulta el camino. Entonces te enfrentas al obstáculo, lo superas, y de nuevo aparece otra piedra en el camino. Y como un Sísifo moderno te vuelves a enfrentar a una nueva piedra en el camino una y otra vez, una y otra vez, una y otra vez.

En algún momento del proceso asomará el feo rostro de la duda. Al igual que la Declaración de la Renta, siempre aparece. Tarde o temprano se deja ver y sentir, para tu consternación. El miedo mina tu confianza, te paraliza, surgen inevitables el Síndrome del Impostor, el Síndrome del Farsante, el Síndrome del Incapaz de Terminar Cualquier Cosa Que Emprendes.

Entras en pánico. Temes estar perdiendo el tiempo con algo que no tiene la calidad suficiente para ser publicado. Y eso que sólo tú has podido leer lo que has escrito. Lo peor aún está por llegar. Oh, sí. Ya lo creo. Lo peor vendrá desde el momento en que le pasas tu manuscrito, ya acabado, a alguien para que lo lea y te dé su opinión. Ahí empieza lo bueno. O lo malo. Ya se verá.

Pasado el tiempo te llega la tan temida —y por otra parte deseada— opinión. La persona a la que has confiado tu criatura emite su juicio. Con un poco de suerte no todo será malo. Habrá cosas buenas que te animarán, y cosas malas que te descorazonará que te hagan ver. Nadie quiere que le digan algo malo de su bebé. Todos desean, ansían, confían en escuchar maravillas de su obra, esa que tantas y tantas horas de duro trabajo y dedicación te ha llevado.

Vale, ya tienes la primera opinión externa. Y, en líneas generales, es positiva. Así que, adelante. Seguimos para bingo.

¿Crees que ya ha acabado todo? Pues no. Aún quedan un par de pasos más. Aún debes convencer a un editor, y que éste apueste por ti, que apueste de verdad, promocionando tu libro y defendiéndolo en todos los lugares a los que lleguen sus tentáculos, y que los libreros confíen en tu capacidad de atraer a lectores de todo tipo a sus negocios. Porque esto es un negocio, no lo olvides. Jamás olvides eso. Si escribes para ti, es diversión. Si escribes para vivir de ello, es una profesión. Si escribes para ganar mucho dinero, es un negocio. Y en los negocios, los números son lo primero. Los números no mienten. Los números son tu amigo y tu enemigo. Tu altar o tu tumba. O te eleva al cielo o te hunde en el fango.

Y lo mismo sucede cuando, por las circunstancias que sean, no has logrado que ningún editor o editorial se interese por tu obra, y te ves empujado a apostar por la autoedición. Ahí también entran los números. A menor escala, obviamente, ya que tus costes no son los mismos que los de una editorial grande, mediana o pequeña. Todo dependerá de los servicios que contrates (corrector, diseñador de portada, marketing, publicidad en redes —sí, amigos, para que tus publicaciones lleguen a tus contactos de Facebook, Instagram o X debes aflojar la mosca, o de lo contrario no llegará ni al 5% de tu audiencia. Es su negocio y así está montado, ¿o de verdad creías que todo el rollo de las redes sociales era gratis? No sólo has de pagar para evitar anuncios, sino que has de pagar para que otros accedan a tu contenido. Paganinis forever and ever). Aunque también puedes montártelo en plan Juan Palomo, yo me lo guiso yo me lo como, aunque para ello tengas que multiplicarte, como los sueldos de los ediles y concejales cada vez que acceden a una alcaldía.

Y al fin un día, el Sísifo moderno se alza con el triunfo. Ha logrado sortear todas las malditas piedras en el camino, y, por fin, ve su libro publicado y a disposición del público. Y en ese final del camino esperas, con excitación y nerviosismo, la sentencia final a tu trabajo: el veredicto de los lectores.

Como decía mi admirado Faemino en una de sus más célebres entradas: “Para que luego digan que esto es fácil. ¡Y una mierda así de alta!”.


 

jueves, 27 de noviembre de 2025

POBRECITA LITERATURA

Foto de churros con chocolate tomada de Internet

 

Mi amiga, con la que voy a caminar una vez por semana, va y me dice:

—¿Sabías que Mar Flores acaba de publicar un libro con sus memorias?

—Sí lo sabía —le digo yo—. Lo que no sabía es que Mar Flores supiese leer y escribir.

Seguimos andando, y sufriendo por ello. Sobre todo cada vez que nos vemos obligados a afrontar una pronunciada cuesta que nos trae a ambos por el camino de la amargura, nunca mejor dicho.

—¿Y sabías que Isabel Preysler también ha publicado un libro de memorias? —prosigue mi amiga.

—Sí que lo sabía. Aunque más que unas memorias yo pensé que se trataba de un manual sobre Cómo casarse con un millonario y vivir de ello sin dar un palo al agua.

—Ella ha trabajado —me corrige—. Ha sido la imagen de Porcelanosa y los bombones Ferrero Rocher.

—Sí que debe ser duro, sí, que te vistan, te maquillen y te peinen para salir en un spot una vez al año. Y encima, lo que se habrá ahorrado la tipa en alicatar los baños de Villa Meona. Trece baños tenía la mansión, ¿no?

—Sí, trece.

—Pues alicatar eso tiene que salir una pasta gansa.

—Ya te digo.

—Ya ves, no sólo no da un palo al agua sino que encima se ahorra un pastón en alicatado y fontanería en una casa que tiene más cuartos de baño que habitaciones. Tonta no es, no. ¡Qué suertuda la tía!

Para suerte la nuestra, que gracias a mi arraigada costumbre de ir mirando al suelo mientras caminamos logramos sortear una aparatosa cagada de perro. ¡Qué guarra es la gente, carajo! No le echo la culpa al animal, que caga donde puede. Se la echo a su propietario o propietaria, por incívico o incívica.

—¿Y sabías que el emérito también ha publicado un libro? —reanuda mi amiga.

—Cómo vivir a cuerpo de rey, ¿no?

—No, hombre. Es un libro de memorias.

—¿Ves?, eso sí que me jode un poco.

—¿Y eso?

—Porque estoy a punto de publicar mi nueva novela, y lo último que necesito es más competencia en la categoría de “ficción”.

Mi amiga y yo pasamos cerca de una residencia de ancianos que hay por la zona. Un cuidador, bastante fornido, empuja una silla de ruedas ocupada por un anciano. Junto a ellos pasea una mujer de mediana edad. Intuyo que debe ser familiar del anciano, una hija o la nieta mayor.

De repente, el anciano me ve y, clavando fijamente su mirada en mí, grita a pleno pulmón sin venir a cuento: “¡Hijo puta!”.

A mí personalmente la salida de banco del anciano me hace mucha gracia. Lejos de enfadarme o tomármelo a mal, me echo a reír. El anciano, mientras tanto, vuelve a la carga: “¡Hijo puta!”, grita con enojo. Y yo no puedo dejar de reír. Mi amiga también ríe.

La mujer que va al lado del anciano, me dice:

—Disculpen. Demencia.

—No se preocupe, señora —le digo yo—. Buenas tardes.

—Buenas tardes —responde la mujer, quien, a tenor de su manera de reaccionar intuyo que está más que acostumbrada a este tipo de incidentes.

Mi amiga y yo seguimos nuestro paseo, mientras a nuestras espaldas volvemos a escuchar un sonoro: “¡Hijo puta!”.

—¿Te enteraste de lo del Premio Planeta a Juan Del Val? —me dice mi amiga.

—¡Cómo para no hacerlo! Menuda tabarra han dado con el temita. He leído no sé cuántos comentarios en redes, la mayoría echando pestes del tipo ése. Y entre la crítica especializada tampoco ha sido muy bien recibido el fallo. Más bien al contrario. Le han dado palos por todos los lados. La palabra “fraude” ha sido la más repetida. Claro que al tal Juan Del Val todo eso se la trae al pairo. Casi diría que hasta le pone. Es lo que tienen los polemistas, que se retroalimentan del odio que ellos mismos generan.

—¿Y qué me dices del libro de Bárbara Rey?

—Memorias de una geisha en versión cañí, ¿no?

—Algo así. La verdad, esa mujer no tiene vergüenza.

—Pues no. No la tiene.

Mientras caminamos por las inmediaciones de una cafetería muy popular en la zona, con su terracita exterior hasta los topes de clientes, nos llega el intenso olor a churros recién hechos. Hacemos de tripas corazón para no caer en la tentación (¡coño, si hasta me ha salido un bonito pareado!).

Todos sabemos que el diablo adopta diferentes formas para confundirnos y hacernos caer en el pecado. ¿Sería capaz de adoptar la forma de un delicioso y crujiente churro? ¡Qué malo es el jodío!

Salimos disparados, por si acaso.

—Parece que se ha puesto de moda el que los famosetes de medio pelo se dediquen a escribir libros. Me refiero a gente tipo Belén Esteban, Mario Vaquerizo, Paz Padilla, Terelu Campos... —dice mi amiga.

—Lo peor no es eso —respondo yo, con rabia—. Lo peor es que se los publican. Y peor aún, hay gente que los compra. ¡Y hasta los lee!

—Tú te leíste el de Mario Vaquerizo, ¿no?

—Sí. Por eso hablo con conocimiento de causa.

—¿Por qué lo hiciste, si puedo preguntarlo?

—Quería saber por qué la gente compra esa clase de libros, qué misterio esconden, por qué fascinan tanto.

—¿Y lo descubriste?

—Sí. Creo que esa clase de libros están destinados a gente a la que no les gusta leer y les da vergüenza admitirlo, así que se compran esos bodrios, se los leen y se hacen la ilusión de que han cumplido.

—Ah.

—Una pérdida de tiempo, por cierto. Por si te lo estás preguntando.

—Te aburrió.

—A mí y a su corrector. El libro tenía tantos fallos de ortografía y sintaxis que di por hecho que el corrector llegó a un punto de su trabajo en que se dijo: “¡A la mierda, lo dejo! A mí no me pagan tanto como para perder el tiempo en esta gilipollez”, y lo dejó estar tal y cual.

Mi amiga y yo pasamos por las inmediaciones de un colegio. Es la hora del recreo. El patio está lleno de niños, pero no se oye ni un alma. Todos los infantes, de entre cinco a doce años, permanecen sentados de cualquier manera, en cualquier sitio del patio, con la mirada clavada en sus teléfonos móviles. Esta vez el Diablo, disfrazado de pantallita, ha logrado robarles la infancia y la imaginación a los niños. Sí que es malo, el jodío.

—¿Y te acuerdas del fraude aquel del libro de Ana Rosa Quintana?

—Lo recuerdo, sí. Sabor a hiel, se titulaba. No sólo no lo escribió ella, sino que lo escribió su ex cuñado, quien, a su vez, tomó “prestados” fragmentos de libros de Danielle Steel, Angeles Mastretta, Collen McCullough y hasta de Antonio Gala. Curiosamente la editorial era Planeta, la cual, ante el escándalo generado por el plagio, se vio obligada a retirar los ejemplares de las tiendas. Menudo pifostio se armó. Y la tía, ahí sigue, tan ancha, dando lecciones de moral cada dos por tres.

—¡De todo tiene que haber en la viña del Señor! —dice mi amiga con ironía—. Pobre literatura. No se merece semejante castigo.

—Entre todos la mataron y ella sola se murió —sentencio.



miércoles, 21 de mayo de 2025

CINE Y LITERATURA (3) "SMOKE"

Harvey Keitel en una imagen de la película "Smoke"


 

Continuando con mi repaso a películas que están basadas en libros o escritores, hoy le toca el turno a una de mis películas favoritas de todos los tiempos: Smoke.

Smoke (humo, en español), fue dirigida por Wayne Wang en 1995, con guión de Paul Auster, el celebrado escritor neoyorquino. De hecho, la génesis de la película se encuentra en un cuento corto que Paul Auster escribió cumpliendo un encargo que le había hecho a finales de 1990 Mike Levitas, director por entonces del prestigioso diario New York Times.

Auster, que encontró interesante y hasta cierto punto subversivo el hecho de escribir una obra de ficción para el suplemento especial de un diario, decidió escribir un cuento de Navidad bajo el título Cuento de Navidad de Auggie Wren. Cuando el cuento fue publicado, el día de Navidad de 1990, el joven director de origen chino Wayne Wang, que entonces residía en San Francisco, quedó tan fascinado por la historia de Auster que, según sus palabras: “Me vi rápidamente sumergido en un complejo mundo de realidad y ficción, verdades y mentiras, toma y daca. Pasaba de conmoverme hasta las lágrimas a reír descontroladamente. Al final sentí que alguien muy próximo a mí me había hecho un maravilloso regalo de Navidad. En cuanto terminé el cuento le pregunté a mi mujer, ¿quién es Paul Auster?”.

 

Paul Auster, Harvey Keitel y Wayne Wang durante una pausa del rodaje de "Smoke"

Cinco meses más tarde, en mayo de 1991, Wang viajó hasta Brooklyn para conocer a Paul Auster y proponerle hacer una película basada en su cuento de Navidad. Para entonces, Wang ya había leído algunos de los libros de Auster, por lo que ya conocía de primera mano la habilidad de aquel para crear historias adictivas y mostrar un amor incondicional hacia la ciudad de Nueva York y sus personajes.

Paul, en palabras de Wang, se mostró muy amable y generoso con su tiempo, además de muy receptivo ante la propuesta del director. Pasaron el día juntos, visitaron algunos de los lugares que Auster describió en su cuento de Navidad, y al final del día acordaron trabajar en un guión a partir del cuento con intención de hacer una película. Cuatro años más tarde, tras lograr sortear un montón de obstáculos y contratiempos, el proyecto, al fin, vio la luz.

Uno de los grandes aciertos de la película, al margen de la historia y los maravillosos diálogos de Auster, es el reparto, encabezado por tres monstruos de la interpretación como son William Hurt, Harvey Keitel y Forest Whitaker. Junto a ellos completan el elenco grandes actores como Stockard Channing —la inolvidable Rizzo de Grease—, Ashley Judd, Giancarlo Esposito —inolvidable en su papel del implacable Gustavo Fring en Breaking bad y su spin off Better call Saul—, o Jared Harris —aclamado actor británico, de amplia y exitosa trayectoria profesional, hijo del gran Richard Harris—.

 

William Hurt en el papel del escritor Paul Benjamin

La película gira en torno a un estanco en el que, entre otras cosas, se vende tabaco y todo lo relacionado con la actividad de fumar —de ahí el título de Smoke (humo)—. El estanco es el lugar de encuentro de una serie de personajes recurrentes, cuyas vidas y experiencias van tejiendo una historia común de lo más fascinante.

En el epicentro está Auggie Wren (Harvey Keitel), que es el encargado de la tienda. A su alrededor orbitan Paul Benjamin (William Hurt), un escritor que apenas puede escribir nada desde la trágica muerte de su esposa por culpa de una bala perdida en un atraco, Rashid Cole (Harold Perrineau), un joven raterillo que trata de encontrar a su padre, que los abandonó, a él y a su madre, cuando apenas era un niño, o Jimmy Rose (Jared Harris), un joven con pocas luces que ayuda en tareas menores a Auggie en el estanco, y que por su carácter ingenuo y generoso se gana el aprecio de todos.

La película es uno de esos pequeños milagros que a veces ocurren en el cine comercial, ya que, a pesar de lo intimista de su propuesta, cautiva y fascina por igual a todo aquel amante de las buenas historias contadas con pasión y buen hacer.

 

Keitel y Hurt en una de las escenas más emotivas de la película

Cabe señalar que tal fue el entusiasmo y el buen ambiente durante el rodaje que la productora, Miramax, concedió seis días más de rodaje al equipo para un proyecto paralelo que tenía a algunos de los personajes de Smoke como protagonistas. En esa cinta, titulada Blue in the face, repiten Harvey Keitel, Esposito y Harris, a los que se unen en pequeños papeles satélite grandes estrellas como Michael J. Fox, Jim Jarmusch, Lou Reed, Mira Sorvino o Lily Tomlin, entre otros.

Esta segunda película, para mi gusto aún no siendo tan brillante como Smoke sí que la considero una buena película, contiene algunos momentos realmente brillantes, como la escena de Jarmusch y Keitel en la que el primero le cuenta al segundo la manera tan peculiar que tienen los nazis de sostener los cigarillos en las pelis de la Segunda Guerra Mundial, o las bizarras intervenciones de Lou Reed haciendo de Lou Reed.

Como magnífico epílogo, hacia el final de Smoke se muestra en imágenes el famoso cuento de Navidad de Auggie Wren, origen del proyecto. El cuento es maravilloso, por cierto. Señalar que, mientras Auggie va narrando su cuento, de fondo se escucha la hipnótica Innocent when you dream de Tom Waits, un artista del que pronto hablaré en el blog.

Si no has visto nunca Smoke, te recomiendo que la busques y le eches un vistazo. Y si cuando la veas te quedan ganas de más, busca y disfruta de Blue in the face. En ellas no encontrarás escenas de acción trepidante o efectos especiales a tutiplén. Ni falta que hace.


 

jueves, 3 de abril de 2025

DE CÓMO ME REENGANCHÉ A MURAKAMI

Retrato del escritor japonés Haruki Murakami (foto tomada de la red)


  

Hace poco tuve un encuentro casual con un buen amigo al que hacía tiempo que no veía. Hubo un tiempo en que prácticamente nos veíamos a diario, pues vivíamos relativamente cerca el uno del otro y quedábamos a menudo para ir a caminar o intercambiar música. Luego, por cuestiones laborales y familiares, dejamos de vernos, y nuestros caminos se separaron. La vida es así, repleta de llegadas y despedidas, y no siempre depende de nosotros el que alguien llegue a ella o salga.

La cuestión es que mi amigo y yo nos reencontramos y, aprovechando que teníamos tiempo por delante, nos pusimos al día de nuestras respectivas vidas. Entre las muchas cosas que hablamos hubo una que me dejó a cuadros. De un tiempo acá, mi amigo ya no veía cine ni escuchaba música. Decía que ya no disfrutaba ni de lo uno ni de lo otro, que vagaba en una especie de apatía permanente y que sólo vivía para el trabajo y su familia.

Eso me entristeció, pues a mi edad aún me resulta inconcebible renunciar a leer, ver cine o escuchar música. Es más, cada año que pasa, mayor es mi pasión, rayana en la obsesión, por disfrutar tanto de lo que tengo como de lo que aún me queda por conseguir.

Total, que en un momento dado de la conversación, mi amigo me confesó que una de las cosas que siempre admiró de mí era mi curiosidad.

—Siempre, desde que te conozco, has mostrado una tremenda curiosidad por aquellas cosas que despiertan tu interés. Si algo te gusta o llama tu atención, harás lo que sea por satisfacer tu curiosidad.

Esto me viene al pelo para ilustrar el cómo y el porqué hace unos meses llegué a reconectar con la literatura de Haruki Murakami.

Resulta que hará cosa de seis meses o así, llegó a mis manos una bella película japonesa que llevaba por título Drive my car. Dirigida por Ryüsuke Hamaguchi y protagonizada por Hidetoshi Mishijima, Toko Miura y Reika Kirishima, la película trata sobre un actor de mediana edad, aquejado de una enfermedad ocular degenerativa que le impide conducir, que se ve obligado a recurrir a los servicios de un chófer particular que lleve su coche a diario desde el hotel donde se hospeda hasta el teatro donde en pocos meses llevará a escena una versión moderna del Tío Vania de Chéjov. Por recomendación de su mecánico, que conoce lo quisquilloso que se pone el actor en relación a su viejo Saab 900 de color rojo, éste acaba contratando los servicios de una joven conductora, de aspecto anodino y parca en palabras. Aunque reticente al principio, el actor poco a poco se queda prendado de la manera de conducir de la joven, tan sobria y hábil que se sorprende a sí mismo admitiendo lo cómodo que se siente como pasajero en su propio vehículo. De ahí el título de la peli: Drive my car (Conduce mi coche).

 

Fotograma de la película "Drive my car"

No desvelaré más de la trama, por otra parte sumamente original y cautivadora. Lo que sí diré es que la película me llevó a un estado tal de fascinación que las casi tres horas que duró me parecieron cortas. ¡Qué maravilla de película! De ella me gustó todo: los actores, su interpretación, la bella fotografía, la banda sonora. Vamos, que me encantó.

Y ahora viene la parte que tiene que ver con satisfacer mi curiosidad (¿veis cómo la paciencia al final tiene su recompensa?).

Al acabar la película noté que en los créditos se informaba que el guión estaba basado en una obra de Haruki Murakami. Así que, con el buen sabor de boca que me había dejado la peli, decidí buscar información acerca del libro en el que estaba basado. Busqué la bibliografía de Murakami, y entre los títulos no encontré ningún Drive my car. Entonces busqué información sobre la peli, y gracias a eso supe que la base del guión no había sido sacada de una novela sino de un cuento corto incluido en un libro de relatos de Murakami que lleva por título Hombres sin mujeres.

Busqué entre los libros que ya tenía de Murakami, y como vi que no lo tenía me hice con un ejemplar. Lo empecé a leer. Y, de repente, me vi absorbido por el rico mundo de este autor japonés. El libro se compone de ocho relatos largos, entre los que se encuentra Drive my car (creo que es el segundo o tercer relato de la lista). Todos los cuentos me parecieron fascinantes, algunos con claras referencias a otros libros y autores (por ejemplo, hay uno titulado Sherezade, vagamente inspirado en su trama y desarrollo en Las mil y una noches, y otro que lleva por título Samsa enamorado, ligeramente inspirado en La Metamorfosis de Franz Kafka).

Una de las facetas más conocidas de Murakami, al margen de la literatura, es su amor por la música, sobre todo el pop, el rock y el jazz. Fan incondicional de The Beatles, suele usar títulos de canciones de los de Liverpool para titular algunas de sus obras, como la citada Drive my car, Yesterday (otro de los cuentos incluidos en Hombres sin mujeres), o Norwegian wood (una de sus más celebradas novelas).

Dejando a un lado su amor por los libros y la música, su otro gran amor son las carreras de larga distancia. Es más, en otro de los libros suyos que leí, que lleva por título De qué hablo cuando hablo de correr, Murakami da rienda suelta a su afición por este deporte. Según narra en el libro, cada mañana sale a correr unos cuantos kilómetros se encuentre donde se encuentre (por ejemplo, estando de promoción en Estados Unidos, salía a correr cada mañana antes de sentarse a escribir o atender a los medios). Esa afición por las carreras le ha llevado a completar más de veinte maratones a lo largo de su vida. Bien por él. Yo ni siquiera disfruto viendo cómo otros corren. Hasta para ver carreras por televisión soy vago de narices. En fin, corramos un tupido velo (pero sin sudar mucho, que me canso).

Otro de los libros de Murakami que he leído en estos últimos meses ha sido La biblioteca secreta, un cuento juvenil de apenas cincuenta páginas. La historia trata de un adolescente que acude a su biblioteca habitual para devolver un par de libros en préstamo. Una vez allí se interesa por algún libro o manuscrito que tenga que ver con la recaudación de impuestos en el Imperio Otomano. La mujer que lo atiende le deriva entonces al sótano, a los dominios de un extraño y misterioso bibliotecario que embarcará al joven en una sobrenatural aventura con tintes kafkianos. Si lo que has leído hasta ahora ha conseguido despertar tu curiosidad, a continuación te dejo un adelanto gratuito de unas pocas páginas que he encontrado en la red. Pincha aquí.


Al margen de estos tres libros, hace un par de años me leí suyo De qué hablo cuando hablo de escribir, un magnífico libro sobre el oficio de escritor. En él, Murakami habla de autores a los que admira (Hemingway, Kafka, Chandler o Dostoievski —entre otros—), de sus experiencias como empresario hostelero cuando regentaba un bar donde ponía música jazz de fondo, y del momento en que decidió abandonarlo todo para dedicarse a la literatura. En cierto sentido, la lectura de ese libro me hizo recordar otro de los grandes libros sobre el oficio de escritor, el magnífico Mientras escribo de Stephen King.

En definitiva, en Murakami he encontrado un interesante autor del que espero seguir leyendo algunos de sus otros libros, además de releer los que ya poseo y que forman parte de mi colección privada.

 

 

 

jueves, 15 de junio de 2023

MIS IMPRESIONES SOBRE HEMINGWAY

 

 

Lo bueno de las campañas electorales es que, gracias a la ingente cantidad de propaganda que me llega a casa vía correo, dispongo de un montón de papel gratis para escribir mis tonterías.

Perdón. Rectifico. De gratis, nada; pues a mí, como a todos, todo este derroche nos cuesta una pasta de nuestros impuestos.

Por lo tanto, aprovechando el papel disponible que me ha llegado a casa sin yo pedirlo, voy a emborronarlo con algunas reflexiones en torno a mis impresiones tras haber leído una nutrida compilación de relatos de Ernest Hemingway.

El volumen que leí, y que acabé hará cosa de tres semanas o así, se compone de una amplia selección de unos cincuenta cuentos escogidos personalmente por el mismo autor de entre su ingente producción.

Antes de acometer la lectura de esta colección, de Hemingway sólo había leído un libro suyo compuesto por dos relatos: El viejo y el mar y Las nieves del Kilimanjaro. De esto hará cosa de veinticinco o treinta años —¡cómo pasa el tiempo, maldita sea!—, y recordaba lo mucho que me había gustado el segundo relato —Kilimanjaro— y lo tedioso y pesado que se me había hecho el primero —El viejo y el mar—, ya que consideraba que el bueno de Hem había estirado en demasía una historia que fácilmente podría haberse quedado en veintinco o treinta páginas, y no en las casi cien que conforman la edición que poseo.

Imagen de mi ejemplar de "El viejo y el mar" y "Las nieves del Kilimanjaro"

Según parece, y a juzgar por lo leído en este último libro, era algo habitual en Hemingway estirar sus historias hasta el infinito, dejando al lector completamente exhausto ante semejante avalancha de palabras.

Con este libro he llegado a tres conclusiones con respecto a este aclamado autor. La primera es que, bajo mi particular punto de vista, Hemingway es un autor carente de imaginación. No es un escritor de una gran inventiva, sino más bien un escritor descriptivo, muy observador, rasgo sin duda derivado de su profesión de periodista. Esa particularidad hace que se empeñe una y otra vez en escribir sobre hechos o sucesos que o bien ha vivido en primera persona o bien le han sido confiados por gente que ha tratado personalmente. De esa faceta periodística se desprende su arraigada costumbre de explayarse en esas tediosas descripciones de los lugares donde transcurre la acción, así como en los rasgos físicos de los personajes que intervienen en aquello que quiere contar.

Como ejemplo de esto último me viene a la mente un cuento específico, incluido en el volumen que finiquité hace unas semanas, en el que Hem, para subrayar la soledad y el aislamiento de los habitantes de un minúsculo pueblecido perdido en algún apartado rincón de la América profunda, se dedica a nombrar casa por casa, detallando tamaño, material en que ha sido construida, quién habita en cada casa con nombre y apellidos. También describe la geografía del lugar con una meticulosidad que raya en lo obsesivo. Y porque no le dio tiempo ya que, de haber podido hacerlo, hasta habría bautizado de la primera a la última piedra que bordea los caminos que confluyen en el pueblo.

En otros relatos se explaya con la flora y fauna del lugar, lo que hace que parezca que más que un cuento esté leyendo un artículo del National Geographic.

Y eso por no hablar de su pasión por la Fiesta Nacional —Hem vivió largas temporadas en España y era un apasionado de las corridas de toros—, ya que sus cuentos sobre toreros, tardes de gloria y miseria en tendidos, o la vida en pensiones de mala muerte repletas de toreros o banderilleros fracasados tomando vino para ahogar su amargura por lo que pudo haber sido y nunca fue, o lo que fue y nunca más volverá a ser, salpican el libro aquí y allá. A mí, que no me gustan los toros, esos relatos me resultaron tediosos, e incluso confieso que me salté más de uno donde Hemingway se explayaba en los sentimientos y sensaciones de torero y toro en el transcurso de una corrida. Y es que la mayoría de los relatos incluidos en el libro tratan de caza, pesca, boxeo, la guerra, el alcohol, el triunfo y la derrota.


   

La segunda conclusión a la que llegué fue que Hemingway no es un gran escritor. Es visceral y apasionado, y disfruta dejando su impronta de macho alfa en cada cosa que escribe, pero confunde sensibilidad con debilidad y prudencia con cobardía. Para él, los hombres tienen que comportarse como tales en todo momento, y no hay lugar para las dudas o la inoperancia. Por otro lado, su técnica narrativa deja bastante que desear, pues comete muchos fallos de los que deslucen los textos, como, por ejemplo, la de acabar cada línea de diálogo con un “dijo él”, “dijo ella” o “dijo tal o cual personaje”, aún cuando no resulta necesario por sobreentenderse del propio texto quién dice qué. Ignoro si este tipo de “manías” o “costumbres” es algo promovido por el propio autor o es cosa del traductor, pero lo que es a mí me resultó en exceso molesto.

La tercera y última conclusión a la que llegué es que Hemingway carece de sentido del humor. No hallé ni una gota de humor en las casi cuatrocientas páginas que componen este volumen. Tal vez haya gente a las que este detalle les parezca carente de importancia. Y puede que tengan razón. Pero, personalmente, opino que un poquito de sentido del humor en la obra de Hemingway le habría venido de perlas, aunque sólo fuese para no tomarse demasiado en serio a sí mismo.

De todo lo dicho anteriormente podría deducirse que en modo alguno recomendaría leer a Hemingway. Para nada. Es más, invitaría a hacerlo, ya que, como suele suceder, tal vez alguno de ustedes encuentre en su literatura aquello que yo no pude o no supe encontrar, y no sería justo que mi opinión, personal e intransferible, le privase de ello.

Aún me falta leer al Hemingway novelista —ya tengo un par de títulos suyos cargados en mi lector—. Si bien, teniendo en cuenta que los entendidos suelen decir que el Hemingway cuentista supera con creces al Hemingway novelista, de momento pospondré la lectura de esos títulos para más adelante.