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miércoles, 21 de octubre de 2026

CIPOLLA Y LA COMUNIDAD DE VECINOS

 

Foto tomada de Internet.


Vivo en un bloque de pisos que conforman una amplia comunidad de vecinos. Cada cierto tiempo se convoca una reunión de propietarios, a fin de aprobar presupuestos, renovar la junta directiva o acometer alguna obra o reforma.

En el porrón de años que llevo viviendo aquí me he gozado en esas reuniones toda suerte de fricciones, exabruptos, amenazas físicas y verbales y encontronazos varios entre propietarios. En ese sentido, mi comunidad no se diferencia lo más mínimo de otras comunidades de similares características, es decir, bloques de pisos con más de trescientas viviendas distribuidas en diferentes portales, con patio interior, azoteas, ascensores y garaje subterráneo, con propietarios de todas las edades, nivel económico, nivel social, nivel incultural y nivel de mala hostia.

Odio las reuniones de la comunidad de vecinos. Siempre ocurre lo mismo: uno va con la intencion de no tomarse las cosas demasiado a pecho, procurar ser lo más razonable posible y adoptar una posicion de equidistancia para evitar enemistarse con unos o con otros, y, al final, acabas con una úlcera de estómago del tamaño de una ficha de dominó de tanto tragar quina.

Y es que siempre hay un gilipollas o una gilipollas, o varios gilipollas si la cosa se pone calentita, que al final consigue sacarte de tus casillas. Y por más que intentas distanciarte de él o de ella, o de ellos, y no caer en su trampa, al final acabas con el cuello atrapado bajo el cepo, como un ratón atraído por el irresistible olor del queso.

—Somos los del tercero izquierda del portal 8, y hemos decidido, mediante un referéndum vinculante, salirnos de la comunidad y crear nuestra propia república independiente.

Vaya, otro gilipollas que se piensa que en la democracia todo vale. Y hasta tienen una alfombra nueva del Ikea proclamando “la república independiente de su casa”.

“Ssstupendo”, como diría el añorado Forges.

—Todos en casa hemos votado. Ha sido algo democrático —insiste el tolai—. Y ha ganado el SÍ por cuatro votos a uno. Así que, a partir de ahora, somos independientes de la comunidad de propietarios.

—A ver cómo te lo explico para que lo entiendas —intervino el presidente tomando la palabra—. Para que sea algo democrático, como tú bien apuntas, deberían contarse los votos de “todas las partes implicadas”, y no únicamente los de la parte interesada en la escisión. ¿Lo entiendes?

—No.

—Pues si no lo entiendes, o no lo quieres entender, que para el caso es lo mismo, te recomiendo que vayas a una biblioteca y busques algún libro que trate de en qué consiste una democracia. Viajar también ayuda.

Otro lumbreras, tocado por la varita mágica de la estulticia, pidió la palabra. El presidente se la concedió. Y entonces el fenómeno nos salió con la siguiente idea de bombero:

—Resulta que nosotros también hemos votado en casa. Una persona un voto. El escrutinio fue el siguiente: cuatro votos a favor y dos en contra. Los dos en contra fueron los de mi padre y mi hija mayor, que está muy unida a su abuelo. O sea, que quedó aprobado por mayoría absoluta.

—¿Qué quedó aprobado por mayoría absoluta? —quiso saber el presidente de la comunidad, temiéndose lo peor.

—En casa todos sabemos latín, así que hemos decidido reivindicar nuestro derecho a adoptar este idioma para comunicarnos entre nosotros y con nuestros vecinos. Y como bandera vamos a utilizar la faja de mi suegra. Tiene 500 años de historia, ¿sabes?

—¿Quién tiene 500 años, tu suegra o su faja? —dijo un vecino guasón.

—Las dos —proclamó el comunero idiota, inmune a la ironía.

Al presidente se le empezaba a notar en la cara que aquello le estaba superando. Y no sólo en la cara, pues de repente sus piernas comenzaron a patalear nerviosamente el suelo, como Dave Lombardo tocando el doble bombo en el Angel of death de Slayer.

—Nosotros queremos pagar las cuotas de la comunidad en bitcoins —sugirió otro propietario.

—¡Una patada en los huevos te voy a dar como nos pagues en esa moneda de mierda! —saltó su vecino de al lado. Según pude saber ambos llevaban en pleitos desde el 2015, cuando descubrió que la hija del primero se había pasado semanas robándole la ropa interior a la hija del segundo desde el tendedero que ambos pisos compartían a través del patio interior.

—Los del 1º B se niegan a pagar la misma cuota de mantenimiento del ascensor, ya que argumentan que ellos apenas lo utilizan.

—Por esa misma regla de tres deberían pagar más por el desgaste de las escaleras, ya que son los que más uso le dan —razonó un vecino del mismo portal.

Otro propietario exigió que se instalase una rampa de acceso para discapacitados justo al lado de las escaleras que comunicaban el garaje con los portales.

—Pero si tú no eres discapacitado —apuntó el presidente.

—Cierto. Pero tengo un patinete eléctrico. Y exijo mi derecho a acceder al portal de mi escalera sin apearme del patinete.

—Y yo exijo mi derecho a patearte los huevos por gandul —dijo su mujer, que era de armas tomar.

—¿Y qué hay de mi derecho a bajar en calzoncillos a tirar la basura a los contenedores instalados a la entrada del edificio? —propuso el del 4º H.

—Ah, pues si a ése le conceden el derecho a moverse en calzoncillos por las zonas comunes del edificio, yo reivindicaré mi derecho a practicar el nudismo —apuntó el del 5º H, un gordo sudoroso del que emanaba con carácter permanente un pestazo insoportable, como a bolsas de basura con restos de pescado de tres días, que delataba su más que dudosa higiene. Ninguno de los presentes pudo evitar poner cara de asco ante la perspectiva de ver a aquel cerdaco paseando sus desagradables lorzas desnudas y sudorosas por las zonas comunes del edificio.

—Y yo mi derecho a mear en los maceteros de los portales. Tengo problemas de próstata y, en ocasiones, no me da tiempo entre meada y meada de pillar un inodoro —apuntó el del 2º M.

—Y yo mi derecho a deslizarme por una liana desde el balcón de mi casa, en plan Tarzán —dijo el del 6º L.

—¿Es que te has vuelto loco? ¿Cómo piensas deslizarte por una liana desde el balcón de tu casa?

—¡Es que aquí no se respetan los derechos de las personas! —se quejó el imitador de Tarzán.

—¿Derecho a qué, a ser idiota? Si quieres ejercer tu idiotez puedes hacerlo perfectamente de puertas adentro de tu casa. Mientras no perjudiques a ningún vecino, más que a ti mismo, puedes hacer el gamba sin tasa dentro de los límites de tu vivienda.

—Yo exijo mi derecho a pasear por el edificio con mi cocodrilo Teófilo —dijo el rarito del 12º K, denunciado hace tres años por tener una pitón de cinco metros y medio a la que alimentaba con ratones muertos.

—Y yo mi derecho a tirarme pedos silenciosos en el ascensor —aportó el guarro del 8º L.

—Yo reivindico mi derecho a escuchar Death Metal a todo volumen a la hora de la siesta —proclamó orgullosa la gorda sexagenaria del 5º D, doña Gertrudis, quien vestía una camiseta XXXXL de Cannibal Corpse, mostraba orgullosa la mano cornuta y sacaba la lengua.


Sostenía el historiador y economista Carlo Maria Cipolla en su célebre libro Las leyes fundamentales de la estupidez humana, que “nunca discutas con un idiota, porque te rebajará a su nivel y allí te ganará por experiencia”.

El presidente de nuestro edificio, hombre culto y leído, conocía perfectamente el libro de Cipolla. Así que se quitó las gafas de leer de cerca, las metió en su estuche, luego se puso las gafas para ver de lejos, cerró el libro de actas y, poniendo cara de circunstancias, se lo entregó a su secretario diciéndole lo siguiente: “Renuncio”.

Yo, que presencié toda la movida cómodamente instalado en mi silla plegable, situada junto a una columna, y cuya ubicación me permitía pasar prácticamente desapercibido, me incorporé decidido a abandonar la reunión. Y mientras me dirigía a la zona de los ascensores, me descubrí repitiéndome mentalmente: “A la próxima reunión de propietarios va a ir Rita la Cantaora”.


Hasta el próximo miércoles.



miércoles, 7 de octubre de 2026

NUEVOS DEPORTES URBANOS

Foto: Ojalá algunos dueños de mascotas siguieran el ejemplo.

 

Siempre que puedo (y que mi pereza crónica me lo permite), suelo salir a caminar. Eso, unido a mis dotes de observación y mi costumbre de enredarme en un sinfín de pensamientos de lo más dispersos, me ha llevado a iniciar conversaciones con los responsables del área de Deportes del Ayuntamiento de mi ciudad para, aprovechándome de mi experiencia como asiduo sufridor de sus calles, parques y avenidas, proponer que se reconozcan oficialmente una serie de deportes de nuevo cuño.

Y es que el hecho de salir a caminar a diario te proporciona una visión panorámica de todos los aspectos que comporta tan sano ejercicio al aire libre. Gracias a esa visión panorámica y de conjunto he podido ir confeccionando mentalmente una serie de deportes que, al momento de escribir esto, considero inéditos.

A propósito, a cada disciplina le acompaña un sistema de puntuación que se irá sumando al casillero de cada participante a medida que vaya superando las pruebas. Al final del año lectivo esos puntos se podrán canjear por reducciones monetarias en los mil y un impuestos que gestiona el ayuntamiento, esa especie de versión en carne y hueso del viejito con bigotazo, bastón, chistera y monóculo del Monopoly, y que, a diferencia de aquel, es el único que se lleva realmente toda la pasta (la de verdad, y no la de juguete). Incluso el alcalde y sus concejales tienen una tarjeta exclusiva con la que se libran de la cárcel cuando son pillados malversando o robando directamente. Desde luego, para bobo no estudió nadie.

Centrándome en los juegos, estas son mis propuestas.


CAMINATA DE RIESGO (1 punto)

Consiste en escoger un circuito determinado en el ámbito urbano, e ir esquivando todo tipo de zanjas, agujeros, desniveles no señalizados, o zócalos faltantes, salientes o sueltos. Mejor estos últimos, ya que a la emoción intrínseca de evitar darte un leñazo y romperte los piños, o que se te salten las gafas a tomar por culo después de tropezar aparatosamente, se le suma la posibilidad de que, si ha llovido, al pisar sobre dichos zócalos sueltos te sobresalga un chorrazo de agua encharcada que te enfangue los bajos del chándal o las zapatillas. La experiencia se disfruta el doble si tanto el pantalón como el calzado, o los calcetines, son de color blanco. Los manchurrones quedan más guais. Por su dificultad para detectarlos, al esquivamiento de zócalos sueltos se le conceden 2 puntos.


ESQUIVAR LA MIERDA (1 punto)

Al esquivamiento de zanjas, agujeros, desniveles no señalizados o zócalos sueltos, podemos sumar las cagadas y meadas de perros que van dejando los animalitos —me refiero a los dueños— sobre las aceras o lugares de tránsito. Y que no me venga nadie con eso de que pisar mierda trae suerte, porque, si fuera así, los ricos se la quedarían toda para ellos, y se pasarían el día pisando mierda en vez de ir pisando derechos fundamentales.


ADELANTAMIENTOS URBANOS (1 punto)

Esto se produce cuando un grupo de tres o más personas ocupan la acera en su totalidad y, al cruzarte con ellos y ver que ninguno de ellos se aparta, no te queda otra que sortearlos. La dificultad estriba en que esas personas no están colocadas a lo largo de la acera, es decir, en fila india, sino a lo ancho, es decir, en plan muralla china, por lo que te ves obligado a abandonar la acera y pisar el asfalto, con el consiguiente peligro añadido de que te arrolle un autobús, un coche, una moto, una bici, un patinete eléctrico o un repartidor de Glovo —aunque para esto último ni siquiera hace falta que pises el asfalto, pues yo mismo he visto con estos ojitos miopes que Dios me ha dado cómo un repartidor de Glovo transitaba tranquilamente con su moto por la acera en mi barrio. Con un par—.


EVITAR EL ATROPELLO (2 puntos)

Consiste en evitar que un capullo o una capulla te acabe arrollando con su puto patinete de los cojones cuando transitas tranquilamente por la acera o zona de tránsito convenientemente señalizada. Para esta prueba está permitido llevar encima un objeto contundente, tipo bate de béisbol, ya que a la emoción de esquivar el patinete en cuestión se le puede agregar el gustazo de darle un hostión en todos los morros al incívico conductor y saltarle todos los piños. Por cada diente que le tires al suelo se te concederán dos puntos extra.


TETRIS A TAMAÑO REAL (2 puntos)

Para esta prueba resulta imprescindible ir cargado de bolsas hasta arriba de residuos de diversa naturaleza. El juego consiste en, una vez llegado a la zona de los contenedores, ir depositando los distintos residuos en su contenedor correspondiente sin equivocarte y sin que se te caiga nada al suelo, a fin de que, una vez en destino, los responsables de las basuras lo vuelvan a mezclar todo y lo acaben amontonando en el vertedero común de toda la vida. Todo excepto el papel, pues con los residuos de papel se hace una pasta que, mediante un complejo proceso químico, se vuelve a generar nuevo papel que luego te venden más caro que el papel normal, con el agravante de que encima has sido tú el que le ha proporcionado al fabricante la materia prima, por lo que pagas dos veces por el mismo producto. La cultura del capitalismo salvaje en su máxima expresión.

A esta prueba le puedes añadir diferentes niveles de dificultad, como, por ejemplo, llevar en diferentes bolsas trozos de tela viejos, papel, cartón, cristal, calzado viejo, residuos orgánicos, latas de refresco, blisters vacíos de medicamentos, compact discs inutilizados, recipientes metálicos de espuma de afeitar o desodorantes, etc, y meter cada cosa en su contenedor correspondiente sin herniarte por el esfuerzo ni que tu cerebro haga “catacum” y te acabe dando un ictus. Incluso puedes cronometrarlo para aumentar la emoción.


CAMUFLAJE (1 punto)

Hacerte el longuis para evitar al plasta de turno, o a ese conocido que hace siglos que no ves y no te apetece pararte para que te pregunte cómo te va la vida, o peor aún, verte obligado a preguntarle a él o ella cómo le va la vida sin que te importe un carajo la respuesta.

O mimetizarte con el entorno para evitar a ese vecino o vecina con el que no te hablas o que te cae como el culo.

O a ese otro al que te ves obligado a saludar o reírle las gracias aún sabiendo por el informe de gastos de la comunidad que debe tropecientas cuotas y que no ha hecho frente ni a una sola de las derramas para mejoras del edificio, si bien eso no le impide disfrutar de las mejoras o servicios de la comunidad, como el uso de los ascensores o la luz de las zonas comunes.


SORTEAMIENTO DE ZOMBI TECNOLÓGICO (2 puntos)

Tengo un amigo, Óscar. Lo conozco desde hace más de cuarenta años, que se dice pronto, cuando ambos estudiábamos juntos en EGB. Mi amigo Óscar tiene una costumbre que a mí se me antoja de lo más peculiar, y es que es de las pocas personas —la única que conozco, realmente—, capaz de leer libros mientras va caminando por la calle. Le he visto hacerlo, y es un espectáculo digno de verse. Admiro de veras su visión periférica, capaz de detectar obstáculos en estática o en movimiento y esquivarlos con una efectividad del cien por cien. Para alguien como yo, miope y, por lo general, metido en “mi mundo”, resulta digno de envidia poder hacer lo que él hace.

Esto me lleva a hablaros de otra plaga que, de unos años a esta parte, invade las calles y zonas de tránsito de nuestras ciudades: los zombis tecnológicos. Los zombis tecnológicos son todos aquellos individuos e individuas que van con la vista fija en sus dispositivos móviles o tablets mientras transitan por la calle. La proliferación de este tipo de zombis tecnológicos hace que te veas obligado a estar en permanente estado de alerta, para no acabar tropezando con alguno de ellos. Y no sólo has de estar pendiente para salvaguardar tu integridad física, sino también la suya, ya que no han sido pocas las veces en las que he visto cómo alguno o alguna de estos zombis tecnológicos ha estado a punto de ser arrollado por un autobús, un coche, una moto, una bici, o un repartidor de Glovo por no mirar antes de cruzar una calle. Y es que no todo el mundo puede presumir de tener la visión periférica de mi amigo Óscar.


PARKOUR PARA OCTOGENARIOS (3 puntos)

El parkour, también conocido como arte del desplazamiento, es una disciplina física y mental que se centra en moverse de un punto A a un punto B de la manera más eficiente posible, superando obstáculos como vallas, muros, bancos, escaleras, bordillos y otros elementos urbanos. Los practicantes, llamados traceurs (hombres) o traceuses (mujeres), utilizan saltos, carreras, trepadas y otros movimientos para superar estos obstáculos de forma fluida y creativa.

Yo propongo un parkour para personas a partir de ochenta años. Para eso se haría necesario negociar con una compañía de seguros que cubra los accidentes inheremtes a este interesante deporte de riesgo, tales como traumatismos de todo tipo, roturas de caderas, torceduras, esguinces, rompimiento de dentaduras postizas, sustitución de peluquines, rompimiento de bastones, etc.

Eso sí, debo admitir que me está costando encontrar una compañía de seguros que asuma los riesgos que esta actividad comportaría. Y es que, tal y como los responsables de esas compañías esgrimen: “El secreto de nuestro negocio está en cobrar primas a gente perfectamente sana. La gente enferma o con propensión a enfermar no es rentable, así que no los aseguramos y punto. A ganar pasta como Dios manda”.

A ver, tontos, lo que se dice tontos, no son. Eso hay que reconocerlo.


Y hasta aquí todos los deportes que se me han ocurrido durante mis largos paseos diarios. Si a alguno de ustedes se le ocurre alguno más, por favor, hágamenlo saber en los comentarios. Dado que los del ayuntamiento confían en poder darme una respuesta de aquí al 2067, como poco, aún hay tiempo de incluir más opciones en la propuesta. La burocracia, ya se sabe, siempre a su ritmo.


Hasta el próximo miércoles.


 

jueves, 4 de septiembre de 2025

ACTUALIZACIÓN

 

Foto de Cheerfully Lost bajada de Pixabay


—¡Pedroooooooo!

Estoy aquí, blog.

—¿Dónde has estado metido, pedazo de vago?

De vacaciones.

—¿Vacaciones?, ¿tú? ¡Pero si estás de vacaciones todo el año!

Eso crees tú. Pero no.

—Los escritores sois unos vagos de narices.

En eso debo darte la razón. Mi nariz es bastante vaga. Por sí sola es incapaz de hacer nada. Necesita mi concurso hasta para sonarse.

—¿Me estás vacilando?

Pues sí, la verdad.

—Cómo te pasas, tío.

A ver, ¿qué se te ha roto ahora?

—Pues nada, hacía tiempo que no sabía nada de ti y me preguntaba cómo lo llevabas.

¿Cómo llevo el qué?

—Es una expresión coloquial, hombre. No debes tomarlo por lo literal. Quiere decir “¿Cómo estás?, ¿cómo te va la vida?, ¿en qué andas metido?”.

Lo sé.

—Vale, ¿y cómo lo llevas?

Ando liado.

—¿Con tu nueva novela?

¡Ssssh, calla, insensato!, que te puede oír.

—¿Oírme? ¿Quién?

Mi novela.

—¿Y qué si me oye? ¿Es que le tienes miedo a tu novela, o qué?

No es eso. Es que es muy tímida, y no lleva muy bien el que se hable de ella.

—¡Venga ya! Me tomas el pelo.

No. Hablo totalmente en serio.

—¿Y qué crees que pasará cuando la publiques?, ¿cómo va a llevar el hecho de que la lean, la analicen, la juzguen...?

Supongo que para cuando llegue ese momento se tendrá que acostumbrar. La finalidad de todo escritor al publicar una novela es que la lea el mayor número de lectores posible.

—Bueno, en tu caso ese número no tendría que preocuparte. Ni a tu novela tampoco.

Cómo te gusta tirar con bala, ¿eh?

—Ya me conoces. Me gusta ser directo, sin dobleces ni medias tintas.

Y un pelín cabroncete.

—Eso también.

No hace falta que me lo jures.

—¿Y qué le pasa al ñoñas de tu libro?, ¿acaso arrastra algún trauma de la infancia o qué?

No lo sé. La timidez no tiene porqué ser necesariamente producto de algún trauma. Simplemente tiene fobia social y ya.

—Pues que haga como esos actores y actrices que se reconocen tímidos en su vida normal pero que cuando se suben a un escenario o se ponen delante de una cámara se transforman.

No es tan fácil.

—Yo no he dicho que lo sea. Pero, si no lo intenta, estás jodido. ¿O es que piensas invertir un montón de horas de trabajo y dedicación a un libro que luego no podrás comercializar porque al señorito le podría dar un jamacuco?

Supongo que tienes razón.

—Como opción, podrías ponerle un psicólogo de libros.

¡¡¿Un psicólogo de libros?!! ¿Y dónde carajo encuentro yo eso? Si es que existe. Además, si diese con uno, que lo dudo, lo más seguro es que me salga por un ojo de la cara. Y yo no estoy para muchos dispendios, la verdad sea dicha. Las ventas de mis libros no me dan para hacer locuras.

—Lo sé. Pero, ¿qué quieres que te diga? Tal y como yo lo veo, no te queda otra: o hablas muy seriamente con tu libro y le pones las cosas claras, o renuncias a seguir trabajando en él y perdiendo el tiempo tontamente.

Sí. Tendré que hacerlo.

—Y ya que estamos, ¿cómo va el proyecto?

Pues bastante encarrilado. En las últimas semanas le he dado un empujón considerable. Ya tengo la historia prácticamente acabada, a falta de un último capítulo, y, en breve, empiezo con las correcciones.

—¿Hay humor?

Desde luego. Bastante humor. Y chistes a patadas. Y algunos muy graciosos, la verdad. Y no es porque lo diga yo.

—Y si no lo dices tú, ¿quién lo dice entonces? Porque, según me acabas de decir, nadie más la ha leído.

Bueno, sí, lo digo yo. Pero, aún así, lo considero a la altura de mis libros anteriores. No creo que defraude a quien ya me haya leído y disfrutado de antes. Me estoy esmerando al máximo para que todo quede a la altura de mis exigencias, que no son pocas.

—Eso espero. Porque, tal y como va tu carrera, un paso en falso y...

Eso. Tú dando ánimos.

—Tío, no te rayes. Además, alguien tiene que bajarte los pies al suelo, ser realista, evitar que vivas en las nubes o en un mundo de fantasía. Mi tarea, como amigo tuyo que me considero, consiste en tener sentido común, evaluar las situaciones con objetividad y actuar de manera práctica, teniendo en cuenta los distintos factores y circunstancias que rodean al asunto en cuestión. Además, con mi actitud crítica y nada complaciente te empujo a ser humilde, y no albergar pretensiones inalcanzables.

Uauh, me has dejado sin palabras. En serio. No sé qué decir. Nunca pensé que albergases tal profundidad de pensamiento. Siempre pensé de ti que eras un gañán y un bocazas, pero esto... No me lo esperaba, la verdad.

—Ese es el problema de prejuzgar, que siempre te puedes llevar un buen bofetón sin mano.

Te pido disculpas.

—Y yo las acepto.

Gracias. Y gracias por tus palabras. Me serán muy útiles de cara a la etapa final de mi trabajo.

—Ah, no me las des a mí. Mejor dáselas a la Inteligencia Artificial.

¿Y eso?

—Simplemente me limité a teclear en Google la expresión “bajar los pies al suelo” y la IA me soltó el rollo que te acabo de endilgar.

¡Serás cabrito!

—Sí. Lo soy. Pero, ¿a que soy un cabrito adorable?

Te dejo. Aún tengo mucho por hacer.

—¿Ya te vas?

Las novelas no se escriben solas, ¿sabes?

—Huy, dentro de muy poco sí que lo harán.

¿De qué estás hablando?

—¿No te acabo de decir que antes de hablar contigo he consultado a la Inteligencia Artificial? ¿Sabes de lo que es capaz ese invento? Si la adiestras convenientemente es capaz de crear música con un determinado estilo, escribir letras de canciones, traducir libros enteros en cuestión de minutos, y hasta crear contenido a golpe de click.

Un programa informático no puede sustituir el ingenio ni la creatividad humana.

—Tiempo al tiempo.

Joder, cada día que pasa más miedo me da el futuro que está por venir.

—Eso es porque ya tienes “esa edad”.

¿A qué edad te refieres?

—A la edad en la que ya te empiezas a ver más desconectado del mundo moderno que conectado a él. Es Ley de Vida. Todos los seres humanos pasan por distintas fases a lo largo de su vida: la fase del aprendizaje, la fase de la adaptación, la fase de la integración al entorno y al mundo que le ha tocado vivir, la fase de desconcierto cuando ves que el mundo avanza a doble velocidad que tu capacidad para asimilar los cambios, y, por último, la fase de desconexión, que es es la que estás tú ahora mismo.

Que consiste en...

—Que consiste en que cada día que pasa más temor te causa el futuro, por tu incapacidad para adaptarte a los cambios que se avecinan, y, al mismo tiempo, sientes que el mundo que conociste está muriendo a pasos agigantados, lo que te hace refugiarte cada vez más en los recuerdos de un pasado que poco a poco ha ido desapareciendo.

No hay nada como hablar contigo para recuperar los ánimos.

—¿Estás siendo irónico conmigo?

Es posible. No lo sé. ¿Tú qué opinas?

—De sobras sabes que por mi condición no humana soy incapaz de reconocer la ironía.

Huy, qué lastima. Pobrecito.

—¿Ironía o sarcasmo?

Me temo que para averiguarlo tendrás que recurrir a la Inteligencia Artificial. Y de paso pregúntale cómo puede sobrevivir un blog al que su dueño, harto de sus desplantes, ha decidido eliminar por completo.

—No serás capaz... ¿verdad?

Tú mismo lo has dicho. Estoy en “esa edad”.

—¿Qué edad?

Esa en la que cada día que pasa menos entiendo el mundo que me rodea. La misma en la que empiezo a cuestionarme si no es mi blog quien me controla a mí, y no al revés.

—Vamos, Pedro, tío. Estás de coña. ¿Es eso, no? Estás vacilándome.

Pues no. Tienes razón. Cada día que pasa menos ganas tengo de continuar con esta farsa. Tal vez va siendo hora de pulsar el botón de “eliminar blog”.

—No, Pedro. Por favor. No lo hagas. Ten compasión de este pobre blog. Mira todo lo que hemos hecho juntos. Llevamos once años juntos. Con altibajos, sí, pero juntos al fin y al cabo. Hemos vivido un montón de experiencias, la mayoría bastante agradables. Recuerda tus primeros lectores, los primeros comentarios que te dejaban, los premios que te otorgaban tus colegas blogueros, los intercambios de mensajes y contenidos, las conexiones que establecías con otros autores y lectores, la publicación de tu primer libro de relatos, y los siguientes, las fotos que te enviaban tus amigos y lectores posando con tu libro y que luego subías al blog henchido de orgullo y satisfacción, los cientos de posts que has ido subiendo en estos once años, y los cientos de comentarios que has recibido y contestado. Pero, sobre todo, no olvides lo mucho que te queda por hacer.

Pero si tú mismo has dicho que todo eso pertenece al pasado. Que yo no estoy preparado para el futuro que viene. Que mi tiempo ya pasó.

—¿Y desde cuándo haces caso de lo que digo? ¿No ves que lo mío es tocar las narices, ser un capullo, un irreverente?

Quiere eso decir que todo lo que me dijiste antes, ¿no iba en serio?

—¡Pues claro que no, alma de cántaro! ¡Con lo que yo te aprecio! Ains. Parece mentira que no me conozcas.

Entonces, ¿debo seguir con el blog?

—¡Pues claro, hombre! Además, ¿qué pasa con tu nuevo libro? ¿Es que no lo piensas promocionar? Sí, ya sé que es muy tímido y todo eso, pero en algún momento tendrás que mostrarlo al público, en anunciar al mundo su lanzamiento. ¿Y qué mejor lugar para hacerlo que tu propio blog, ese que ha estado ahí contigo los últimos once años?

¿Sabes qué? Me has convencido. Voy a seguir con el blog un año más. Siempre hay tiempo para “borrar”, ¿no crees?

—Sí, sí. Desde luego. Pero mejor centrémonos en el presente. ¿Deseas algo? ¿Estás cómodo? ¿Quieres que ponga algo de música de fondo mientras escribes?

Estoy bien. Gracias.

—A mandar.



martes, 12 de abril de 2022

EL RINCÓN DEL ESCRITOR (Parte 2)

 

Mi mano, sin el dedo extra.

Para leer la primera parte de la entrevista pincha aquí.


Esta es la continuación de la entrevista al escritor, y fenómeno de feria, Pedro Fabelo, quien, con sus seis dedos en cada mano, llegó a convertirse en el escritor que más veloz tecleaba en el planeta Tierra, ya que la nave Curiosity, de misión espacial en Marte, en una de sus incursiones en el Planeta Rojo logró entrevistar a un marciano en chándal y gorra de los chinos comprada en AliExpress, quien, con doce dedos en cada mano, aseguraba ser capaz de mantener una velocidad media de 42.800 pulsaciones por minuto al teclear; eso sí, sin usar tildes ni signos de puntuación.

Así pues, aquí os dejamos la segunda parte de la interesante entrevista realizada a Pedro Fabelo en su guarida. ¡Vamos que nos vamos!


¿Escribe con pluma?

No. Soy hetero.

¿Cuál es su proceso creativo?

Normalmente me viene una idea a la cabeza. También me puede venir una cagada de paloma, ya que tengo por costumbre salir a caminar casi todos los días, y por la zona donde yo vivo hay muchas palomas sueltas (de vientre). En cuanto a la idea, puede ser la sinopsis de una historia, partes de un diálogo, un chiste o una simple frase. Si tengo a mano papel y un boli, la anoto, y si no tengo nada de eso intento retener la idea el máximo de tiempo posible en la cabeza, hasta poder anotarla en cualquier soporte físico. Una vez anotada la idea, si no se me ocurre nada más, la dejo reposar y me olvido de ella. Con el tiempo, la retomo y comienzo a trabajar a partir de donde lo dejé. Aunque, en ocasiones, la idea es tan intensa que no se me va de la cabeza, aún habiéndola anotado, por lo que sigo trabajando mentalmente en ella hasta ir dándole forma. Rara vez empiezo y acabo un texto de un tirón. Lo normal es ir haciéndolo por tramos.

¿Tiene un horario fijo para escribir?

No. Puedo escribir a cualquier hora del día o de la noche. Si estoy inspirado, me da igual la hora. Y si no lo estoy, de nada me sirve forzarme, ya que la cosa puede acabar en bloqueo. Aparte de eso, soy de los que piensa que un escritor escribe siempre, aunque eso no se traduzca en algo tangible. Me explicaré. Los escritores somos observadores y curiosos por naturaleza, unos observadores curiosos que se pasan la vida observando cuanto acontece a su alrededor y anotándolo todo en nuestra mente. Luego, tarde o temprano, esas “anotaciones mentales” logran salir a la superficie, y de ahí sacamos el material para escribir. Muchas de mis historias y personajes están sacados de mi día a día, aunque, eso sí, debidamente deformado, ya que de otro modo no sería un escritor de ficción, sino un reportero o un ensayista.

¿Escribe por dinero?

Ojalá.

Entonces, ¿por qué lo hace?

Principalmente porque me gusta leer lo que escribo, y, si no lo escribo yo, no lo escribirá nadie.

También podría escribir y leerse sin necesidad de publicar.

¿Y privar al mundo de mi genialidad? Sería una crueldad, ¿no le parece? No soy tan egoísta como para guardarme mi genialidad para mí solo.

¿Me lo dice en serio?

¿Usted qué cree?

Con usted, la verdad, no sabría decirle...

Eso es bueno. Nada aburre más que lo previsible. Y yo odiaría resultar aburrido.

¿Escucha música mientras escribe?

Depende de lo que esté escribiendo. Si es un artículo para el blog, no me molesta escuchar música mientras escribo. Pero si se trata de escribir un cuento corto o trabajar en alguna de mis novelas, entonces no. Ahí sí que necesito silencio absoluto y máxima concentración.

¿Tiene alguna manía antes o mientras escribe?

Estar solo, y disfrutar de un ambiente cómodo y relajado.

En plena época creativa, ¿le distrae leer a otros autores?

Para nada. Es más, desde que empecé a leer literatura tengo por costumbre leer todos los días, independientemente de si estoy trabajando en algo mío o no.

¿Qué libro está leyendo ahora mismo?

Yo estoy vivo y vosotros estáis muertos, de Emmanuel Carrere. Se trata de una especie de biografía novelada basada en la vida y obra de Philip K. Dick, uno de los escritores de ciencia ficción más innovadores y celebrados de la historia. Ese tipo estaba francamente mal de la azotea fruto, en buena medida, del abuso de drogas, especialmente anfetaminas y LSD. El tipo escuchaba voces en su cabeza de procedencia desconocida, creía que había sido abducido por extraterrestres y sufría de manía persecutoria. Pensaba que el gobierno de los Estados Unidos lo expiaba en secreto.

¿Y usted? ¿También oye voces?

Yo la única voz que escucho de vez en cuando es la de mi mala conciencia, empujándome a levantar el culo del sofá y hacer ejercicio.

¿Siente temor a la hoja en blanco?

No. Me da más miedo la mente en blanco.

¿Le cuesta titular sus obras?

En absoluto. En ocasiones, incluso, lo primero que me llega de un texto es precisamente el título. Y, a partir de él, consigo montar una historia.

¿Sufre o se divierte escribiendo?

Las dos cosas. Pero, si pudiera poner ambas en una balanza, ganaría el disfrute.

¿En algún momento se ha sentido esclavo de su obra?

No. En cada libro que he escrito y publicado he dado el cien por cien de lo que era capaz en el momento de escribirlo. De no haber sido así, jamás habrían salido del disco duro de mi ordenador. De hecho, he vuelto a releer mis libros, y me he vuelto a sorprender con las cosas que he escrito. Y no es coña.

¿Cómo se ve a sí mismo?

En el espejo. O en fotos. De otro modo, es imposible. A menos que tuviese ojos en las palmas de las manos. Pero ya le digo yo que no me gustaría tenerlos. Bastante tuve con tener un dedo extra en cada mano.

¿Se considera a sí mismo un gran escritor?

Bueno, soy bastante alto. Casi llego al metro noventa de altura, lo cual no está nada mal. De hecho, supero con creces la media entre escritores, que suele estar situada en el metro setenta. Y eso por no hablar de los escritores de baja estatura, como Truman Capote o Augusto Monterroso. A su lado, yo sería un gigante de las letras.

¿Qué le parecen los premios literarios de este país?

Pues eso, que son “premios” que se conceden para devolver favores.

¿Cree que están amañados?

¿Y usted? ¿Cree que no lo están?

No. No lo creo.

Pues preséntese a ellos. Yo paso.

¿A qué aspira Pedro Fabelo?

Ahora mismo aspiro polvo, ya que, como ve, mi escritorio es un desastre. Además, viviendo en Canarias, con la dichosa calima dando por saco cada dos por tres...

¿Y al futuro? ¿Qué le pide al futuro?

Ganas, ideas, ilusión, sentido del humor. Y que mi curiosidad siga intacta. El día que pierda la curiosidad, ahí sí que acabará todo.

¿Cómo se ve de aquí a veinte años?

Veinte años más viejo.

¿Tiene algún mensaje para los que aún no han publicado alguna de sus obras y dudan de si autoeditarse o no?

No sé si mi experiencia les será de ayuda. Así y todo, la diré de todos modos. A mí me costó años decidirme por la autoedición. No fue nada fácil para mí, ya que vino precedida de un montón de vanos intentos por hacer que alguna editorial mostrase interés por alguno de mis manuscritos. También me presenté a un montón de concursos literarios, y fracasé miserablemente en todos ellos. Entonces creé el blog, empujado más por otras personas cercanas a mí que por mí mismo. Y no fue hasta que no vi que mi propuesta gozaba de cierta aceptación que me planteé seriamente la posibilidad de autoeditarme. Aquel primer libro fue como una especie de globo sonda lanzada al hiperespacio, y en cuyo interior había un claro mensaje: “Esto es lo que tengo para ofrecerte. No esperes algo sesudo o académico, pero sí algo hecho con toda la ilusión que soy capaz”. Por suerte, fueron muchas las personas que confiaron en aquel proyecto, lo que me llevó a repetir la experiencia en dos ocasiones más, e, incluso, atreverme a autoeditar la que va a ser mi primera novela. No sé qué clase de expectativas tendrán quienes aún anden sopesando de si autoeditarse o no, pero, por si les sirve de algo, diré que si pudiese regresar al pasado y encontrarme cara a cara con el Pedro Fabelo de 2014, aquel joven aspirante a escritor que era un saco de dudas ante la posibilidad de publicar su primer libro, le diría: “¿Sabes qué? No lo dudes, colega. Hazlo”.

Bonito mensaje.

No sé si será bonito, pero sí es sincero.

Sólo me queda darle las gracias por su tiempo.

Igualmente. Al fin y al cabo, su tiempo es también mi tiempo, ¿no lo cree usted?

Pues sí.

¡Lo que habría disfrutado con esto un tipo tan particular como Philip K. Dick! Un “yo” entrevistando a su otro “yo”, mientras ambos “yoes” mantienen un intercambio de ideas. Lo fliparía que no veas. Eso seguro.