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miércoles, 24 de junio de 2020

(ALGUNOS) LIBROS QUE ME HAN MARCADO Parte 2


La semana pasada, asumiendo el reto planteado por una amiga en Facebook, inicié este repaso a algunos de los libros que más me han marcado en mi trayectoria como lector y autor. A la foto del libro en cuestión le adjuntaba unas breves líneas donde desgranaba el motivo de su importancia en mi vida, además de alguna que otra anécdota relacionada o bien con su adquisición o bien con su lectura.
Aquí os dejo la segunda tanda de cinco libros.

06 “LA CONJURA DE LOS NECIOS” de John Kennedy Toole
Recuerdo perfectamente el momento exacto en el que me hablaron por primera vez de La conjura de los necios. Ocurrió en una fiesta en una discoteca, en la presentación de un grupo musical al que por entonces la empresa para la que trabajaba le llevaba la distribución de sus discos.
A mí nunca me gustaron las discotecas; las odiaba, de hecho. Así que, como era de esperar, en aquella fiesta me aburría como una ostra. Entonces vi en la barra a un tipo que conocía, y al que quise tantear para que leyese el manuscrito de mi primera colección de relatos. Yo tenía entonces veinticuatro o veinticinco años, y desde hacía unas pocas semanas había completado un manuscrito de apenas cien folios en el que reunía algunos de mis primeros escritos —aún guardo ese manuscrito, con una sobrecubierta de plástico con fastener—.
El tipo en cuestión no se mostró interesado en leer mis cosas, aunque sí hizo algo por mí: recomendarme la lectura de La conjura de los necios, de John Kennedy Toole. Me habló maravillas del libro, si bien mostró sus reservas en cuanto a lo que se cuenta en el prólogo. Aún así, lo poco que me contó de la trama me resultó tan fascinante que me puso los dientes largos.
Al día siguiente, con los oídos aún pitándome por el volumen excesivo empleado en la dichosa discoteca del demonio, me acerqué a la sección de libros de El Corte Inglés y me compré la famosa edición de bolsillo de La conjura de la editorial Anagrama (la que ilustra la foto).
Al igual que Walker Percy, el autor del prólogo y uno de los artífices de que esa magnífica novela viese finalmente la luz, «empecé a leer. Primero, con la lúgubre sensación de que no era tan mala como para dejarlo; luego, con un prurito de interés; después, con una emoción creciente y, por último, con incredulidad: no era posible que fuera tan buena».
Y sí, lo confirmo, La conjura de los necios es tan buena como me había dicho aquel tipo al que abordé en la barra de aquella discoteca, donde aquella música tan ruidosa me estaba taladrando los oídos y el alma. Para que luego digan que la música rock es ruido. Lo que hay que «oír».
Con Ignatius Reilly, el seboso, hilarante, desagradable y anacrónico protagonista de La conjura, Toole logró algo al alcance de muy pocos escritores: crear un personaje memorable, capaz de trascender y conquistar a generaciones de lectores de todo el mundo. Claro que no está solo. La galería de personajes que lo acompañan en esta delirante novela, empezando por el patrullero Mancuso, no le están a la zaga. Personalmente me divierte mucho el personaje de la entrañable señorita Trixie, la senil secretaria en Levy Pants, que no ve el día de su jubilación, empeñada en llamar Gloria al exasperante de Ignatius.
Decir que La conjura es una «comedia bufa» sería simplificarla demasiado, y no hacerle justicia. ¿Es comedia? Sí. Lo es. Pero es más que eso. Sólo tienes que zambullirte entre sus adictivas páginas para averiguarlo. Si lo haces, descubrirás que el sentido del humor no está reñido con la alta literatura.

07 “LA ISLA DEL TESORO” de Robert Louis Stevenson
Ojalá alguien me hubiese abierto los ojos de niño para que leyese este libro. Si tardé en descubrir el placer de la lectura fue por las pésimas referencias que me obligaron a leer de niño, empezando por el Quijote —que, ojo, no digo que sea un mal libro, pero considero que no es la mejor lectura para un niño de diez u once años; sobre todo si te topas con una de esas ediciones escritas en castellano antiguo en el que no pillas ni jota—.
Entre El Quijote, El cantar del Mío Cid, con su interminable retahíla de versos, las Coplas a la muerte de mi padre de Jorge Manrique, y aprenderme de memoria la vida y obra de gente tan dispar como Garcilaso de la Vega, el Arcipreste de Hita, Alfonso X el Sabio, Gaspar de Jovellanos y un largo etcétera, normal que se me quitasen las ganas de leer hasta muchos años más tarde.
Si a esa edad alguien me hubiese facilitado un ejemplar de La isla del tesoro, otro gallo habría cantado.
—¿Otro gallo? ¿De qué otro gallo hablas?
—Del gallo lector y cantarín con cresta a lo Johnny Rotten.
—Ah.
Confieso que antes de leer la novela ya había visto un par de versiones cinematográficas de La isla del tesoro. Es decir, que la historia no me era desconocida. Sin embargo, eso no le quitó gracia al asunto. Al contrario. Si algo tiene este libro es que engancha desde la primera página, pues a la fascinante historia de piratas pendencieros y tesoros escondidos —¿a qué niño no le gustan los piratas pendencieros y los tesoros escondidos, por el amor de Dios?—, hay que sumar una prosa estilizada y repleta de descripciones que no aburren, sino que ayudan a que tu imaginación se alimente de palabras para componer certeras imágenes en tu cabeza.
Una de las bazas con las que cuenta el libro es que da igual la edad que tengas, ya seas un niño o andes cerca de la edad de Jordi Hurtado, sea cual sea su edad —sin duda, todo un misterio digno de un programa de Iker Jiménez, ya sabéis, el flipado ese de los fenómenos rarunos; aunque para fenómenos rarunos la peña que suele convocar en sus programas. ¡Madre del amor hermoso, Frikilandia se habrá quedado vacía!—.
Por cierto, como anécdota curiosa relacionada con este libro diré que hace unos días pude ver por fin la tercera y última temporada de El cuento de la criada, esa magnífica serie producida por Netflix. Me emocionó ver en uno de los capítulos cómo el comandante Lawrence, uno de los líderes de la inquietante Gilead, entretenía a un grupo de niños que acogía en su casa leyéndoles pasajes de La isla del tesoro. ¡Si hasta gusta en Gilead, que Dios permita que el fruto madure!
08 “Historia de la filosofía griega” de Luciano de Crescenzo
Durante un tiempo de los años 90, en plena fiebre lectora, fui un asiduo de los cajones de libros de saldo que El Corte Inglés tenía dispuestos en su sección de librería. Allí podías encontrarte toneladas de libros a precios asequibles —entre dos y tres euros por libro—.
Aquello era siempre un batiburrillo de títulos y autores de lo más variado. Tan pronto podías encontrarte libros de autores más o menos conocidos, como autores que no conocía ni el Tato; ya sabéis, el famoso Tato que parece que no conoce a nadie. Menudo capullo el Tato de las narices. ¡Anda y que te den, Tato!
—No te conozco, tío. Así que deja de darme el coñazo.
—Vale, Tato.
De aquellos cajones pillé un montón de libros. Algunos buenos —y que aún conservo—, otros no tan buenos —que leí una vez y ya olvidé—, y otros francamente malos —para mi gusto—, que regalé en cuanto vi que mi paciencia no me permitía ir más allá de dos o tres capítulos. Entre los que leí y ya olvidé se encuentra, por ejemplo, Amerika, de Franz Kafka —la edición que compré en su día llevaba escrita en la cubierta Amerika con k, es decir, en alemán—.
La lectura de aquel libro me produjo una sensación de angustia tal que estuve deprimido como una semana. Al final se lo regalé a un compañero del curro. Y eso que el tipo me caía bien. Debí haberlo quemado en una hoguera en plan Fahrenheit 451. Hablo del libro, claro, no de mi compañero—.
Entre los muchos libros de saldo que compré en su día hubo uno de Luciano de Crescenzo, un autor italiano del que nada sabía pero cuyo título me llamó la atención al instante: Vida de Luciano de Crescenzo contada por él mismo. Se trataba de una suerte de autobiografía salpicada de anécdotas y vivencias de un personaje cuanto menos curioso, que dejó una prometedora carrera como directivo en la IBM italiana para, como él mismo confiesa: «sumergirme en el corrupto mundo de la literatura y el espectáculo».
Me gustó el tono ligero y desenfadado empleado por el autor, así que en una nueva visita a los cajones de saldos acabé pillándome otros dos títulos de De Crescenzo.
En la solapa de todos ellos se referían al autor como un fenómeno de ventas con su famosa Historia de la filosofía griega. Precisamente este último lo pillé años más tarde en una librería de la que era asiduo. Me costó 1.250 pesetas de la época —es decir, más caro que los otros tres juntos—, pero mereció la pena. En este libro el autor emplea el humor y el desenfado para ir desgranando la vida y logros de los grandes filósofos de la Grecia Clásica. Gracias a este libro he podido acercarme, aunque sea tangencialmente, al complejo mundo de la filosofía. Y encima lo hice con una sonrisa en los labios. Así que: miel sobre hojuelas.
09 “El padrino” de Mario Puzo.
Como norma general, y desde que empecé en esto de la lectura, no suelo leer libros cuyas adaptaciones cinematográficas haya visionado con anterioridad. La razón es muy simple: me coarta la imaginación, pues a medida que voy leyendo proyecto en mi mente las imágenes de la película en cuestión y me cuesta disociar la película del libro.
Pero como en toda norma, también aquí hay excepciones. Y entre las excepciones a esta manía mía se encuentra El padrino, de Mario Puzo. Hay más, por supuesto. Hace unos meses leí El planeta de los simios de Pierre Boulle, y más recientemente El expreso de medianoche, de William Hayes. Por cierto, ambas novelas muy recomendables, aunque contengan diferencias notables con sus respectivas adaptaciones cinematográficas.
Dicho esto, adoro las dos primeras partes cinematográficas de El Padrino de Francis Ford Coppola. Las considero obras maestras absolutas. Me parecen fascinantes. Teniendo eso muy presente, cuando me vi con el libro en la mano —en uno de los famosos cajones de saldos de ECI— no lo dudé ni un segundo: lo quería.
Salvo por un par de hilos argumentales y dos o tres personajes que no salen en la peli, la novela es un fiel reflejo de las películas de Coppola. El ritmo es ágil. Eso, unido al estilo empleado por Puzo —no deteniéndose en exceso en descripciones superfluas— hacen de su lectura una experiencia sumamente placentera.
¿Y porqué me marcó este libro? Por el uso del ritmo, principalmente. Me pareció un ejercicio brillante el ir introduciendo al lector en un submundo que se mueve bajo sus propias normas, bajo sus propios códigos, al margen de la ley, y además haciendo que empatices con gente, en esencia, malvada y perversa.
10 “Groucho y yo” de Groucho Marx
¿Hace falta decir porqué considero a Groucho un referente? Quien haya leído alguno de mis libros o algunas de las muchas historias que he subido al blog lo sabrá. Junto con Woody Allen y Frank Zappa, los tres forman parte de la piedra angular sobre la que gira buena parte de mi obra.
Dicho esto, no fue este el primer libro que compré de Groucho, aunque sí ha sido el que más me ha gustado.
Contado a modo de biografía —eso sí, al estilo Groucho, con lo que las risas están más que aseguradas—, el protagonista nos va contando su vida, desde las estrecheces económicas de una familia numerosa de judíos alemanes emigrados de Europa que llegaron a las costas de Estados Unidos en busca de una nueva vida, pasando por sus difíciles comienzos en el vodevil junto a sus hermanos y su madre, que actuaba con ellos, hasta su meteórico ascenso a la meca del cine, en Hollywood, y su posterior ocaso.
Con una prosa muy cuidada —no en vano, Groucho era un gran lector que podía presumir de mantener amistad con grandes escritores e intelectuales de la época—, su estilo pronto se revela sumamente adictivo, pues a poco que te sumerjas en su universo te sientes con ganas de seguir leyendo sin descanso.
Aunque procura quitarle trascendencia, haciendo uso de un humor constante, Groucho no ahorra detalles especialmente dolorosos, como su bancarrota a raíz del crack de la Bolsa de 1929 —lo perdió todo y eso le acarreó un problema de insomnio que le acompañó hasta el fin de sus días—, o sus sucesivos fracasos matrimoniales.
A mí, personalmente, este libro me encanta, y cada vez que me sumerjo en él consigue hacerme disfrutar como un enano —por cierto, algún día alguien me tendrá que explicar de dónde sale esta expresión. ¿De verdad los enanos se lo pasan tan bien? ¿Será por eso que yo, al ser un tío alto, soy un amargado?—.
En cuanto a Groucho, el primer libro suyo que compré —y leí— lleva por título Memorias de un amante sarnoso. Dejando a un lado el título —extraño donde los haya—, lo que más llama la atención es la portada de mi edición, protagonizada por una ilustración que hoy día sería considerada políticamente incorrectísima (adjunto foto). Ya veo las hordas de talibanes de la corrección salibando como dobermans en los instantes previos a un ataque.

Y hasta aquí la segunda tanda de libros que más me han marcado. La próxima semana cerraré este repaso con los cinco últimos libros de mi lista.


miércoles, 13 de noviembre de 2019

ALGUNAS LECTURAS

Portadas de algunas de mis últimas lecturas
Como avancé el miércoles pasado, este año ha sido prolífico en lecturas. Echando la vista atrás, la mayoría de esas lecturas se corresponden con biografías de artistas o grupos de rock, que es mi género musical favorito; sobre todo el rock clásico, de los 60 y 70.
Al margen de las biografías —de las que en el presente artículo sólo incluiré un par de ellas, para no saturar—, he leído muchos otros libros de autores y temáticas muy diferentes entre sí.
Lo que sí quisiera dejar bien claro es que lo que vas a leer a continuación es la opinión de un lector que, además, da la casualidad que también escribe. Con esto quiero decir que mi opinión es sólo eso, una opinión, y que en modo alguno me define como autor. Tampoco el hecho de escribir me otorga una autoridad especial a la hora de valorar una obra. A la hora de leer, soy uno más. Y si algo me gusta, lo alabo, y si algo me disgusta, lo digo y no pasa nada.
Dicho esto, ahí van algunas de mis lecturas.


CÓMO SER MUJER (***)
Autora: Caitlin Moran.

Animado por el buen sabor de boca que me había dejado su anterior novela, Cómo se hace una chica, me animé a leer el segundo libro de esta autora británica.
En esta nueva novela Moran trata el tema de ser mujer y madre en los tiempos actuales, haciendo múltiples y variadas comparaciones a cómo era ser mujer y madre en el siglo pasado.
A pesar de tratar temas bastante peliagudos, la autora no ha perdido su sentido del humor. De hecho, incluso en determinados pasajes del libro su humor puede resultar hiriente y no recomendable para según qué paladares. Yo, que estoy bastante curtido en estas lides, no me sentí especialmente incómodo en ningún momento, pero entendería que hubiese personas a las que este tipo de humor les pueda resultar hasta ofensivo.
Moran se define a sí misma como feminista, pero no se identifica con ese feminismo recalcitrante y castrador que parece llevar la voz cantante en según qué ámbitos. Ella defiende un feminismo muy particular; tan particular que no excluye necesariamente al hombre de la ecuación, ni lo culpa de todos los males que aquejan a la mujer (menos mal). Denuncia tanto nuestra inutilidad —la de los hombres—, como la de ellas —la de las mujeres—, y eso hace que sus opiniones y su forma de ver y entender el complejo mundo de las relaciones interpersonales me resulte interesante, aun a pesar de no compartirlas en su totalidad.
Admito que este segundo libro me gustó menos que el anterior. Bajo mi punto de vista carece de un hilo conductor bien definido y, en determinados tramos, se extiende demasiado en el mismo tema. Creo —y es una opinión personal—, que una buena poda le hubiese venido genial.
Le doy un tres en una escala de cinco.

 

DE QUÉ HABLAMOS CUANDO HABLAMOS DE AMOR ( )
Autor: Raymond Carver

Había leído muchas opiniones favorables de este autor norteamericano, al que comparaban, por su prosa cruda y directa, con autores de la talla de Burroughs o Bukowski.
Una de las frases más repetidas en referencia a este autor es: «Carver es uno de los mejores y más célebres escritores de historias cortas que ha dado la literatura norteamericana». Llevo años leyendo esa misma frase en referencia a otros autores como Norman Mailer, Philip Roth, Truman Capote, Ernest Hemingway, y un largo etcétera, hasta el punto de resultarme hasta indigesta.
Para empezar, ¿quién es el que otorga esa categoría de “mejor”?, ¿la crítica especializada?, ¿el gremio de editores?, ¿el gremio de escritores?, ¿quién? Y siendo así, ¿qué pasa con nosotros, los lectores de a pie? ¿es que nuestra opinión no importa un carajo?
Dejando a un lado esta gilipollez, había leído algunos artículos que hablaban de la decisiva “influencia” ejercida por Gordon Lish, editor de Carver, en la obra del citado autor. Y es que, tras la muerte de Raymond Carver víctima de un cáncer fulminante de pulmón, Lish se encargó de propagar a los cuatro vientos que él y sólo él es el verdadero artífice del éxito de Carver, al que incluso no duda en tachar de escritor mediocre.
Yo, ¿qué queréis que os diga? He leído a Carver, o a Lish según se mire, y ambos me parecen igual de mediocres. La mayoría de sus cuentos me parecieron una soberana estupidez, sin pies ni cabeza; una sucesión de párrafos y líneas de diálogo que no llevan a ningún sitio, y sin un fin concreto.
Y hablando de finales: algunos de los finales de los cuentos incluidos en esta colección de relatos son de los más abruptos y estúpidos que he leído en toda mi vida.
Le doy un suspenso mayúsculo; al libro, al autor y a los mendas lerendas que adjudican esas etiquetas de «mejor escritor de su generación».

EL MUNDO SEGÚN GROUCHO MARX (***)
Autor: David Bown.
Adoro a los hermanos Marx: a Groucho, Chico y Harpo. Crecí viendo sus películas, que veía con mi padre, mi abuelo y mis hermanos. Al principio, cuando era niño, sólo era capaz de disfrutar de sus gags visuales, pues no tenía capacidad intelectual suficiente como para entender los diálogos en toda su dimensión, de ahí que de niño mi personaje favorito fuese Harpo. Luego, a medida que iba creciendo, fui dándome cuenta de lo absurdamente maravillosos y brillantes que eran sus diálogos, capaces de desmontar cualquier situación, por muy seria o comprometida que fuese. Con la llegada del vídeo doméstico, empecé a coleccionar todas sus películas —llegué incluso a trabajar en la distribuidora de la MGM—, y mi fascinación por ellos creció hasta convertirse en pasión. Desde entonces, siempre que llega a mis manos algún libro relacionado con ellos, no dudo en pillármelo.
De Groucho ya tenía varios libros: sus tres libros autobiográficos Groucho y yo, Memorias de un amante sarnoso y Camas, además de Las cartas de Groucho, donde se da cuenta de una nutrida selección de su correspondencia privada —memorable su carta a la Warner Brothers a propósito de su polémica prohibición, con abogados de por medio, de usar la palabra Casablanca en el título de la película de los Hnos. Marx Una noche en Casablanca—, y una selección de los guiones radiofónicos del programa que protagonizó junto a su hermano Chico, bajo el título de Groucho y Chico, abogados.
Así pues, con estos antecedentes, cuando tuve la oportunidad de leer este libro dedicado a la figura de Groucho Marx, no lo dudé y me embarqué en su lectura.
Lo primero que he de decir, a modo de advertencia, es que este libro no es un libro de humor, aunque en él haya pequeños destellos del humor que siempre caracterizó a Groucho. Se trata más bien de un recorrido vital por la vida y obra de Groucho visto a través del prisma del periodista e investigador David Brown, autor del libro.
El señor Brown empieza el libro narrando las dificultades económicas que atravesó la familia Marx durante los duros años de finales del siglo XIX. Unos pocos años antes, sus padres y abuelos, inmigrantes judíos de ascendencia alemana, llegaron a los Estados Unidos en busca de una vida mejor.
A través de las páginas de este interesante libro —escrito de manera amena y estructurada— conoceremos cómo fueron los primeros pasos de los hermanos en el vodevil, de la mano de su enérgica madre, Minnie, que incluso llegó a actuar con sus hijos como parte del elenco primigenio.
Veremos el ascenso al éxito y la caída en el olvido una vez dejaron de protagonizar películas juntos. También se narran, de manera fría y distante, los sucesivos fracasos matrimoniales de Groucho, además de sus continuos fracasos como padre ausente y distante para con sus hijos.
La parte más dura, al menos para mí, es aquella en la que se abordan las respectivas muertes de Chico y Harpo. Recuerdo que, cuando llegué a esos pasajes concretos, pensé mucho en una frase que una admiradora de cierta edad le dedicó al propio Groucho en una ocasión en que se lo cruzó por la calle. Aquella buena mujer, sin duda agradecida por los gratos momentos que Groucho le había proporcionado a lo largo de su vida, le dijo: «Por favor, señor Marx, no se muera usted nunca». Precioso, ¿verdad?
Una vez acabado, le di un tres de cinco en mi valoración.

LENNON (*****)
Autor: David Foenkinos

Estamos ante un libro extraño. Y maravilloso. Y original. Su autor, David Foenkinos, se declara un fan incondicional de John Lennon, de su música y de su persona. Y es en este punto en el que nos regala una visión realmente original de su fanatismo, haciéndose pasar por el mismísimo Lennon en unas supuestas sesiones de psicoanálisis en las que va desgranando episodios de su vida de todos conocidos por entrevistas, biografías y artículos publicados a lo largo de los años. Y es ahí justamente donde radica su originalidad: leyendo estas supuestas «confesiones», el lector consigue meterse en la psique de un Lennon desnudo, más humano que nunca, que no duda en hablar abiertamente de su relación con las drogas, sus infidelidades matrimoniales, sus peleas y desencuentros con sus ex compañeros en los Beatles, su relación amor-odio con la industria y el periodismo musical, etc.
Bellamente escrito, con una prosa cuidada y evocadora —como muestra, esta frase: «Los años tienen la perfidia de embellecer lo que era negro»—, Foenkinos hace un retrato minimalista y cautivador de un personaje cuya fama trasciende lo puramente musical.
Disfruté mucho de esta lectura, hasta el punto de concederle la máxima puntuación posible: un cinco de cinco.

ARDEN LAS REDES (***)
Autor: Juan Soto Ivars.

En este interesante libro el autor nos advierte de los peligros que acechan en la sombra en todo lo relativo a Internet. Excelentemente documentado, Soto Ivars va desgranando distintos casos de personas que, por distintos motivos, cayeron víctimas de eso que se ha dado en llamar “la masa crítica”.
En palabras del autor: «Hasta la llegada de Internet a nuestros hogares, nunca habíamos disfrutado de unos medios tan accesibles para comunicarnos, ni de una libertad de expresión tan extendida. Pero, de repente, todo eso empezó a molestarnos».
A lo largo del libro, el autor va desgranando distintos casos —desde famosos a auténticos desconocidos— de gente que ha vivido en primera persona la furia y el odio de cientos o miles de desconocidos que, con sus comentarios o actitudes un tanto gangsteriles —amenazas incluidas—, no han dudado en mostrar su desacuerdo ante una determinada opinión, una idea o una simple foto. A este fenómeno Soto Ivars lo califica de «poscensura». Dice el autor: «La diferencia entre censura a secas y poscensura es que en el segundo caso no se necesita el concurso del poder».
Entre los distintos casos tratados en el libro, me he permitido exponer uno cualquiera escogido al azar. En una conferencia sobre nuevas tecnologías, Hank y Alex, dos chavales hasta entonces anónimos, cuchichearon entre ellos y en voz baja una broma sexual estúpida, algo sobre «insertar un paquete de datos». Para su desgracia, Adria Richards, una chica sentada en la fila de delante, oyó el chiste, se giró, les hizo una foto y, sin mediar palabra, los denunció en Twitter acusándolos de machistas. A los pocos minutos la conferencia se interrumpió. Los organizadores del evento habían visto el tuit de la chica, por lo que pidieron a los dos amigos que abandonaran la conferencia. Sin embargo, el linchamiento en las redes continuó, y al día siguiente el jefe de Hank lo llamó a su despacho y lo despidió. Sí, por un chiste susurrado a su amigo en una conferencia.
Uno de los razonamientos que aporta el autor sobre la actual situación de las redes es el siguiente: «Normalmente, en los colectivos de Internet la identificación se produce por oposición. Para ser feminista en la red sólo hay que demostrar que se odia a ciertos hombres; para ser comunista, que se odia a determinados políticos y periodistas; para ser animalista habrá que celebrar las cogidas a los toreros». Más adelante añade: «Cualquier titubeo ante el colectivo online podrá significar su expulsión y su linchamiento por parte del grupo. Se habrá convertido en un traidor».
A lo largo del libro, el autor hace referencia a ciertos casos que en su día crearon cierto revuelo mediático. También denuncia la estrecha relación entre el poder político y los medios de comunicación afines, y señala ciertos casos de venganzas y castigos a determinados periodistas —con nombre y apellidos— o ciertos medios que, saltándose las reglas, decidieron hacer frente a las muchas presiones a las que son sometidos a diario por sus «amos». Nada nuevo bajo el sol. Desde que el mundo es mundo siempre ha habido una estrecha relación entre los distintos poderes: religioso, político, económico, informativo, legislativo. La información es poder, el poder es dinero, el dinero es poder; y en este círculo vicioso llevamos instalados desde el albor de los tiempos.
El libro está excelentemente documentado, y esa es una de sus principales bazas. También está muy bien escrito, con un lenguaje accesible y sin demasiados adornos, lo cual no sólo facilita su lectura y su entendimiento, sino que incita al lector a devorarlo con interés.
En mi particular valoración le doy un tres de cinco.

 

ÉRAMOS UNOS NIÑOS (*****)
Autora: Patti Smith

Admito que lo desconocía casi todo de Patti Smith al momento de abrir su libro por primera vez y sumergirme entre sus adictivas páginas. Lo poco que sabía de ella es que había sido novia del teclista de Blue Oÿster Cult, banda de rock que sigo desde hace años, y que había contribuido con su voz rasgada y algunas letras en el que considero uno de los mejores discos de la banda neoyorkina, el imprescindible Agents of fortune, de 1976. También sabía que Patti está considerada una de las musas y abanderadas del movimiento punk-rock de mediados de los 70, cuando gente como los Ramones, Blondie, Television o Talking Heads empezaban sus respectivas carreras.
Viéndolo en retrospectiva, creo que el hecho de no conocer casi nada de la vida y obra de Patti jugó a mi favor, ya que fui descubriéndola a través de sus textos.
Patti hace un minucioso recorrido por su vida, desde su nacimiento e infancia en los suburbios de Chicago, en el seno de una familia religiosa de escasos recursos económicos, hasta su desembarco en soledad en el Nueva York de finales de la década de los 60. Allí va dando tumbos, incluso duerme en la calle y en bancos de parque, hasta que un día, mientras trabaja de dependienta en una joyería, conoce a Robert Mapplethorpe, un espigado muchacho de aire bohemio y soñador que acude allí a comprar una pieza. Aquel encuentro sería crucial en su vida, pues ella y Mapplethorpe prácticamente no volvieron a separar sus caminos hasta la trágica muerte de él en 1989.
Tal y como ella misma cuenta hacia el final: «Este es el diario de una amistad, de dos personas que sólo se tenían la una a la otra».
La prosa de Patti es hermosamente sencilla, sin grandes aditamentos, pues no los necesita, y la evocadora fragancia que impregnan sus letras hace que viajes atrás en el tiempo y camines junto a ella por las calles de aquel Nueva York decadente y cautivador de los 60 y 70.
El libro me gustó tanto que, antes de acabarlo, me compré un CD doble recopilatorio con algunas de las mejores piezas de Patti Smith. Desde entonces lo he escuchado unas cuantas veces, y me encanta. Su música es tan evocadora como su forma de narrar.
Mi valoración es de un cinco sobre cinco.


En fin, esta ha sido una pequeña muestra de mis últimas lecturas. Como veis, no sólo de humor vive el hombre; o sea, yo. Me gusta leer de todo un poco, excepto terror y poesía. Hace años estuve saliendo con una chica que amaba la poesía, y si ella no consiguió engancharme —me refiero a la poesía, aclaro—, no creo que a estas alturas de mi vida vaya a vivir una epifanía poética. Aunque cosas más raras se han visto, oye.
Lo importante, lo verdaderamente importante, es poder disfrutar del placer de una buena lectura, ya sea rascándose los sobacos o no —eso lo dejo a la elección de cada uno—.
Gracias por vuestra atención. Buenas noches. Y hasta la semana que viene.