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| Imagen de MabelAmber bajada de Pixabay |
Tengo una amiga con la que suelo quedar con relativa frecuencia para ir a caminar. Es más joven que yo. Nada raro, por otra parte, ya que, desde que pasé la inquietante barrera de los cincuenta, tengo la incómoda y persistente sensación de que casi todo el mundo es mucho más joven que yo. Ojo, no digo “más joven”, sino “mucho más joven”.
Esta circunstancia no deja de resultarme de lo más irónica, debido a que, cuando yo era un chaval, hace un porrón de años, yo solía ser el más joven del grupo de amigos con el que me relacionaba. Hay que ver las vueltas que da la vida, ¿no os parece?
En fin, a lo que iba. De vez en cuando suelo quedar con esta amiga, por varias razones. Una de ellas es porque nos caemos muy bien; por algo somos amigos. Aunque hay amigos, me consta, que se caen mal, tirando a fatal, lo cual es algo que jamás entenderé. Igual se relacionan siguiendo esa máxima entre mafiosos que reza que “a los enemigos, mejor tenerlos cerca”.
Otra de las razones por las que mi amiga y yo solemos disfrutar de nuestros largos paseos es porque nos conocemos desde hace tantos años que entre nosotros podemos hablar sin tapujos ni fingimientos, y sin temor a que alguno de nosotros pueda decir algo inconveniente u ofensivo. Cuando eso ocurre nos basta con hacérselo saber al otro, pedirnos disculpas y seguir andando como si nada hubiese ocurrido.
Por lo general, solemos estar bastante de acuerdo en casi todo —a pesar de ser de sexos opuestos—, por lo que rara vez solemos discutir. De hecho, no recuerdo ninguna discusión importante entre nosotros. Tal vez el motivo de que apenas discutamos es que ni ella ni yo somos unos talibanes de nuestros respectivos sexos. Así que cuando yo digo o hago algo “típico de tíos”, o ella dice o hace algo “típico de tías”, en vez de enconarnos y poner verde al sexo opuesto optamos por reírnos y hacer burla de nuestras respectivas idiosincrasias. No hay mejor desengrasante que el humor. Si la gente se riese más de sus gilipolleces sin duda habría menos mal rollo en el mundo.
Otra de las razones por las que nos llevamos tan bien es que ambos somos unos vagos de la leche, y cada vez que nos ponemos en contacto para quedar es una risa. Resulta que a ninguno de los dos nos gusta hacer ejercicio, así que competimos entre nosotros por ver quién de los dos pone la excusa más ridícula para evitar hacer lo que debemos hacer, que es levantar el culo del sofá y hacer algo por la vida.
Una vez recuerdo que me llamó diciéndome que no podía quedar conmigo para caminar porque le dolía el meñique.
—¿De qué pie? —dije yo.
—De ninguno —dijo ella—. Lo que me duele es el meñique de la mano izquierda.
—¿Y eso en qué te afecta para ir a caminar?
—En nada, supongo. Pero es un fastidio.
En otra ocasión resulta que el día anterior a quedar habían caído cuatro gotas mal contadas de lluvia. Obviamente, la llamé alarmado.
—Uff, ¿y si nos cae un chaparrón y enfermamos? —dejé caer, procurando exagerar mi tono dramático lleno de angustia interior. En serio os lo digo, de no haber sido tan tímido podría haber sido un actor cojonudo. Desde luego, mucho mejor actor que una nulidad como Mario Casas.
—¿Tú crees que lloverá? —dijo ella, contagiándose al instante de mi miedo totalmente fingido—. La chica del tiempo no ha dicho nada de lluvias fuertes para hoy.
—Tú fíate de los metereólogos que ya verás, ya. La de veces que han dicho que no iba a llover y luego ha caído la de Dios.
—En eso llevas razón.
Al final no llovió un carajo, y yo me salí con la mía. Lo pospusimos para la siguiente semana y me libré de caminar aquel día. Recuerdo que me pasé la tarde dando rienda suelta a mi extrema vagancia, e, intuyo, que ella también hizo lo propio con la suya. En otras palabras, que ninguno de los dos salió perdiendo con el trato. Tal para cual. Dos vagos por el precio de uno.
Con el tiempo, las excusas se fueron haciendo cada vez más ingeniosas. A continuación, listaré algunas de las que recuerdo.
—Tengo un mal presentimiento. Creo que si salimos a caminar hoy nos va a pasar algo horrible. Mejor lo posponemos.
—Me duelen las cejas.
—Ayer me dio un tirón en la oreja izquierda.
—No encuentro mis zapatillas de hacer deporte.
—Acabo de fregar el piso desde la entrada hacia el interior de la casa y me da rabia pisar sobre mojado.
—Tengo el horario de Oslo y me cuesta adaptarme al horario canario.
—Me ha salido un grano en el cogote.
—Le estoy cuidando el periquito a un amigo.
—Hay una araña en la entrada de mi casa y me da miedo cruzármela, no vaya a ser que se me encare.
—Ayer murió un joven deportista en la Avenida Marítima haciendo jogging y tengo miedo de que su espíritu me invada si voy a caminar hoy.
—Mi reloj de pulsera se quedó sin pilas hace una semana y no sé ni en qué día vivo.
—Me ha salido una cana.
—Una gitana me leyó la mano y me dijo que moriría víctima de una caminata.
—Las autoridades sanitarias advierten que caminar provoca agujetas.
Lo que está claro es que la vagancia agudiza el ingenio. Lo cual me lleva a preguntarme, ¿el vago nace o se hace?
Si habéis leído hasta aquí, bien podríais censurar nuestro comportamiento. Y estaríais en vuestro derecho. No seré yo quien os lo discuta. Entre otras cosas porque no me apetece levantar mi gordo culo del sofá para discutir con nadie. No obstante, si sois objetivos, convendréis conmigo en que el mero hecho de pensar en tretas para evitar el esfuerzo físico es ya un esfuerzo en sí mismo. O sea, que incluso para no hacer nada hay que hacer algo. Paradójico, cuanto menos.
No os preocupéis si no lo entendéis. O si consideráis que todo es muy confuso. Si lo piensas, la vida está repleta de contradicciones. Y como ejemplo ahí tenéis al ser humano, que anhela desde tiempos inmemoriales acceder a su propia inmortalidad, llevando su ingenio y su intelecto al máximo de sus capacidades, sin que hasta el momento haya podido alcanzar su objetivo, mientras que los animales se consideran inmortales sencillamente porque ni uno solo de ellos es consciente de su mortalidad. Es decir, que son inmortales porque en ningún momento piensan en la muerte. Pensad en ello.
Para concluir, sólo me resta deciros que tanto mi amiga como yo somos felices siendo como somos: unos vagos irredentos.
Palabra de vago.
