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jueves, 20 de marzo de 2025

UN LARGO (Y NECESARIO) PARÉNTESIS

                                                             Imagen de Edar tomada de Pixabay

 

Buenas.

Si le echáis un vistazo a mi última publicación en el blog veréis que la misma está fechada el 15 de junio de 2023.

Sí, sí, has leído bien. Mi última publicación es de casi dos años atrás. Sabiendo eso, fácilmente podrías preguntarme: “¿Qué pasó, chaval, para que te hayas tirado casi dos años sin publicar nada en el blog?”.

De entrada te diría: gracias. ¿Por qué? Por llamarme chaval. A mis años, que ni siquiera peino canas sino que ya “peino calva”, me resulta conmovedor que alguien se siga dirigiendo a mí como “chaval”. Yo lo hago, claro, pero eso no cuenta. De hecho, creo que si llegase a la provecta edad a la que llegó mi abuelo (94 años), aún seguiría sintiéndome como un chaval.

Supongo que los seres humanos debemos tener un gen instalado en alguna parte de nuestro complejo cerebro que hace que, tengas la edad que tengas, aún te sigas considerando “un chaval”, a pesar de necesitar bastón para caminar o que te resulte imposible dormir ocho horas de un tirón sin tener que levantarte un par de veces en la madrugada a descargar la vejiga. Instinto de supervivencia, supongo. Me refiero a lo de sentirse joven, no a lo de mear de noche, ya que la alternativa sería hacérselo encima, y, honestamente, no me hace mucha gracia dormir sobre un charco de pis.

Lo de sentirse joven a pesar de tener una edad no tiene nada que ver con el complejo Peter Pan, por cierto. Es más, para confirmarlo, diré que a mis cincuenta y tantos, jamás me teñí el pelo, no me he hecho ningún tatuaje ni me he perforado ninguna parte del cuerpo para atravesarlo con uno o varios piercings; tampoco me he comprado un deportivo o un descapotable para fardar ante las féminas, ni, de momento, entra en mis planes darme un garbeo por Turquía para ponerme la melena del Rey León (aunque, eso sí, admito que cuando veo fotos de mi juventud, con aquella larga melena de rockero que me llegaba a los hombros, no puedo evitar sentir cierta nostalgia).

No me teñí porque jamás temí mostrar mis canas; no me he tatuado porque los tatuajes nunca me han llamado la atención —no me disgustan, aunque hay auténticas aberraciones por esos mundos de Dios, pero no son para mí—; tampoco me he comprado un deportivo molón porque antes que gastar un pastizal en un cochazo prefiero gastarlo en un buen equipo de música y en aumentar mi colección de discos, libros y pelis. Cuestión de prioridades.

En fin, dicho esto, volvamos al quid de la cuestión, que no es otro sino responder a la pregunta de porqué he estado casi dos años sin actualizar el blog (ni asomar el hocico en redes, por cierto).

Para ello, os voy a pedir que retrocedamos en el tiempo. Concretamente a junio de 2023, a la época de mi último post publicado.

Estoy sentado ante mi escritorio. Entre los dedos sostengo un boli. Sobre la mesa reposa una hoja de papel en blanco que aguarda pacientemente a que la emborrone con el boceto de lo que, tras posteriores correcciones, acabará transformándose en mi siguiente post en el blog.

Pero el boli no se mueve. Mis dedos no se mueven. Y no lo hacen porque nada los impulsa. Ninguna idea brota de mi mente. Al menos ninguna idea que merezca la pena traspasar los límites de mi pensamiento y acabar sobre el papel en forma de lenguaje escrito.

¿Qué me pasa? ¿Porqué no escribo nada? ¿Falta de ideas, quizás? Es posible. Desde luego, nada descartable. Publicar en un blog durante más de diez años desgasta mucho. Tarde o temprano llega un momento en que crees haberlo dicho todo, y que lo único que te queda es repetirte, como el ajo, las reposiciones de Los Simpson en Antena 3, las crisis económicas o las malditas guerras, que parecen no acabarse nunca (maldigo a todos los que se benefician política, económica, ideológica o religiosamente del dolor y el sufrimiento ajeno. Ojalá exista un infierno y paséis allí el resto de la eternidad, sufriendo de hemorroides o de un intenso ataque de gota; o peor aún, de un concierto a perpetuidad de la pesada de Shakira con sus insufribles gorgoritos. Por los siglos de los siglos, amén).

A ver, algo de falta de ideas sobre lo que escribir sí que había. Pero no era lo único. También notaba algo de cansancio, de fatiga mental.

Me saturé. Esa es la pura verdad. De algún modo, me vi tan superado por todo que decidí darme un tiempo para mí, replantearme mi situación y decidir si merecía la pena continuar con el blog o dejarlo en ese punto.

De entrada, opté por no imponerme plazos. Quería, necesitaba, desconectar, así que el mero hecho de marcarme plazos no haría sino añadir más presión sobre mis hombros.

Una de las cosas que me decía para convencerme de haber tomado la decisión correcta fue que todo principio tiene su final. Es así. Así ha sido desde que el mundo es mundo y así seguirá hasta que todo esto explote en mil pedazos y nos vayamos todos a hacer puñetas (lo cual, viendo cómo está el panorama, no tardará mucho en suceder. Es lo que tiene no haber aprendido nada de la Historia).

En este tiempo de ausencia me he preguntado en más de una ocasión si este desánimo podría ser el síntoma del fin del blog. Igual había llegado el momento de dejarlo correr. Para mí no tiene sentido prolongar algo que no me divierte, que no me seduce, que no me emociona. Y pensé en dejarlo. Muchas veces.

Me dediqué entonces a otras cosas: trabajar, caminar, leer, escuchar música, ver cine y series, quejarme de todas las cosas que me resultan irritantes y molestas, etc. Y un día, sin pensar, comencé a escribir de nuevo. Retomé una idea que tenía en una de mis viejas libretas, y comencé a trabajar en ella. Poco a poco, fui añadiéndole anotaciones. Y, como suele pasarme siempre que una historia me entusiasma, las ideas me iban surgiendo en los momentos más inesperados (ni sé la de veces que me he despertado en mitad de la noche, he encendido la luz de la mesilla y me he puesto a anotar tonterías en mi bloc de notas. Esto de ser creativo es como ser médico de guardia, nunca sabes cuando se va a presentar la próxima urgencia, así que lo mejor es que te coja siempre lo más preparado posible).

Y por fin llegó el día en que me senté ante mi escritorio, abrí mi procesador de textos y comencé a teclear estas líneas que, si has llegado hasta aquí, estás leyendo justo en este instante.

¿Significa esto que he vuelto a mi actividad bloguera? Bueno, si algo he aprendido de haber leído el año pasado la magnífica novela Las uvas de la ira de John Steinbeck (¡qué gran novela, por Dios bendito!), es aquello que decía el personaje de Tom Joad, el hijo mayor de la familia protagonista, que ante cualquier reto o adversidad a la que debía hacer frente solía repetirse a sí mismo: “Pasito a pasito”.

Pues eso. Pasito a pasito.