jueves, 27 de marzo de 2025

YA ESTAMOS TODOS

Imagen de Sophie Janotta bajada de Pixabay
Imagen de Sophie Janotta bajada de Pixabay

 

 

Vaya, vaya, vaya. Pero mira a quién tenemos por aquí de nuevo...

Hola, blog.

Así que dos años sin asomar el hocico, ¿eh?

Exactamente.

Dos años sin saber nada de ti...

Así es.

...dos años sin un “hasta luego”, o un “ya nos veremos”, o, al menos, un “oye, tío, ¿sabes qué?, he pensado tomarme uno o dos años sabáticos, para mí, ya sabes, para poner en orden mi cabeza y desconectar. Para que lo sepas y no te preocupes”.

¿Preocuparte?, ¿tú?, ¿por mí?

¿Qué tiene de raro o excepcional el que me preocupe por ti, a ver?

Pues tiene de raro y excepcional el hecho de que tú nunca te has preocupado por nadie excepto por ti mismo. Seamos honestos, si yo decidiese dejarlo definitivamente tu preocupación giraría única y exclusivamente en torno a lo que mi decisión pudiese afectarte a ti y a tu futuro.

¿Y porqué habría de preocuparme a mí el hecho de que un día te dé la ventolera y decidas dejar de publicar en el blog?

Pues porque sin mi concurso tú no existirías. Así de simple. Así de crudo. Admítelo, yo soy como Jim Henson y tú no eres más que una de mis marionetas.

¡Por el amor de Steve Jobs!, ¡qué imagen más desagradable!

¿Desagradable? No lo pillo.

¿Sabes por dónde metía Jim Henson la mano a sus marionetas para darles vida?

Hablaba en sentido figurado. No debes tomártelo todo de manera literal.

Así que dos años, ¿eh?

Sí. Dos años.

Eso es mucho tiempo.

Lo sé.

Y oye, no es por nada, pero dos años sin publicar ni dar señales de vida en redes sociales es un verdadero suicidio social. Y más en estos tiempos de lo efímero.

Supongo que sí.

¿Supones? Mira, tío, el mundo de los blogs no es lo que era. Muchos están desapareciendo, ya sea por falta de visibilidad o por agotamiento de sus administradores. Y la peña no está muy por la labor de leer las chorradas que un mindundi como tú decide escribir y publicar.

Esa es una visión excesivamente pesimista, si me lo permites.

¿No estás de acuerdo conmigo? ¿No crees que la gente cada vez lee menos?

Mira, llevo escuchando la misma cantinela desde los años 90. Que si la literatura está herida de muerte, que si los índices de lectura entre la gente joven son cada vez peores, que si las cifras de venta de las editoriales cada año son más bajas, que si la muerte de la novela, bla, bla, bla. ¿Y sabes qué?, pues que han pasado treinta y tantos años y aún se siguen publicando libros. Miles de títulos cada año. Y la gente los sigue comprando. Y quiero pensar que no lo hacen como elemento decorativo, ni para fardar ante sus ligues o amistades de ser más cultos o profundos de lo que realmente son. Si compran libros es porque los leen.

¿Tú crees?

Sí. Lo creo. ¿Y sabes por qué? Porque a las personas aún les sigue apasionando que les cuenten historias, que les toquen la fibra con las vidas de otros, distintas a las suyas, bien sea de manera real o ficticia. Y mientras haya lectores dispuestos a leer seguirá habiendo escritores dispuestos a satisfacer esa necesidad.

Me conmueve tu fe en el género humano.

Soy uno de ellos. Y me gusta leer. Me encanta leer. Es más, no hay un solo día en que no tenga una lectura entre manos.

¿Y con quién estás ahora?

Con Murakami.

¿Mura...qué?

Haruki Murakami. Es un escritor japonés.

¿Y qué has leído suyo?

Tres libros en los últimos meses.

¿Tanto te ha gustado?

A ver, he alternado otras lecturas en medio. Por norma general nunca suelo leer dos libros seguidos de un mismo autor. Aunque ha habido excepciones, claro, como me pasó con Christopher Morley, que me gustó tanto un libro suyo que, al acabarlo, me leí su continuación (si bien, por error, los leí en orden inverso, eso no afectó en absoluto ni a la comprensión ni al disfrute de ambas lecturas). Pero estábamos con Murakami...

Tú estabas con Murakami. Yo estaba intentando establecer contacto con otros blogs femeninos.

¡Pero serás...!

Es broma. Vamos, sigue con Murakami. ¿Qué libros suyos has leído?

No sé, blog, pero tengo la impresión de que esto se está alargando demasiado. Creo que lo mejor será que hable de cómo llegué de nuevo a Murakami en un futuro post. Fue algo casual, a la par que interesante.

Pues nada, amo. Tú mandas. Ya sabes que yo sólo soy un recipiente donde tú puedes verter todos tus deseos y obsesiones.

¡Serás repipi!

Es que hace poco vi la peli El ladrón de Bagdad, protagonizada por Sabu, y me pareció fascinante.

Celebro que cultives tu mente y tu espítiru con buen cine clásico.

Aunque de vez en cuando también hay que cultivar otras zonas del cerebro, tú ya me entiendes.

Tú nunca vas a cambiar, ¿no es cierto?

¿Qué quieres que te diga? Soy un blog heterosexual, con deseos y apetencias, y que pasa olímpicamente de la dictadura woke de lo políticamente correcto, al que le gusta lo que le gusta y no lo esconde ni lo disimula por el qué dirán o por evitar escandalizar a alguien; y si a ti no te gusta o incluso te ofende mi modo de pensar o actuar lo tienes muy fácil: ignórame, pero no me impongas tu forma de ser o de pensar, porque a mí no me impone nada ni Di...

Vale, vale. Lo pillo. Creo que lo hemos pillado todos.

Pues eso.

Pues muy bien.

¿Estás conmigo o no estás conmigo?

Lo estoy. Aunque no comulgue con todo lo que haces o dices, siempre defenderé tu derecho a hacer o decir lo que piensas y deseas.

Así me gusta. Buen chico.

Por cierto, tal vez va siendo hora de que pidas hora con el oftalmólogo. Llamar “chico” a un tiarrón de cincuenta y tantos es como para hacérselo mirar.

¿Acaso quieres que te llame viejuno? Mira que por mí no hay problema.

¿Sabes qué? Mejor déjalo en chico. Hay mentiras piadosas que, por más mentira que sepas que son, siempre hacen más bien que mal.

Ahí le has dao, jefe.

 

 

 

jueves, 20 de marzo de 2025

UN LARGO (Y NECESARIO) PARÉNTESIS

                                                             Imagen de Edar tomada de Pixabay

 

Buenas.

Si le echáis un vistazo a mi última publicación en el blog veréis que la misma está fechada el 15 de junio de 2023.

Sí, sí, has leído bien. Mi última publicación es de casi dos años atrás. Sabiendo eso, fácilmente podrías preguntarme: “¿Qué pasó, chaval, para que te hayas tirado casi dos años sin publicar nada en el blog?”.

De entrada te diría: gracias. ¿Por qué? Por llamarme chaval. A mis años, que ni siquiera peino canas sino que ya “peino calva”, me resulta conmovedor que alguien se siga dirigiendo a mí como “chaval”. Yo lo hago, claro, pero eso no cuenta. De hecho, creo que si llegase a la provecta edad a la que llegó mi abuelo (94 años), aún seguiría sintiéndome como un chaval.

Supongo que los seres humanos debemos tener un gen instalado en alguna parte de nuestro complejo cerebro que hace que, tengas la edad que tengas, aún te sigas considerando “un chaval”, a pesar de necesitar bastón para caminar o que te resulte imposible dormir ocho horas de un tirón sin tener que levantarte un par de veces en la madrugada a descargar la vejiga. Instinto de supervivencia, supongo. Me refiero a lo de sentirse joven, no a lo de mear de noche, ya que la alternativa sería hacérselo encima, y, honestamente, no me hace mucha gracia dormir sobre un charco de pis.

Lo de sentirse joven a pesar de tener una edad no tiene nada que ver con el complejo Peter Pan, por cierto. Es más, para confirmarlo, diré que a mis cincuenta y tantos, jamás me teñí el pelo, no me he hecho ningún tatuaje ni me he perforado ninguna parte del cuerpo para atravesarlo con uno o varios piercings; tampoco me he comprado un deportivo o un descapotable para fardar ante las féminas, ni, de momento, entra en mis planes darme un garbeo por Turquía para ponerme la melena del Rey León (aunque, eso sí, admito que cuando veo fotos de mi juventud, con aquella larga melena de rockero que me llegaba a los hombros, no puedo evitar sentir cierta nostalgia).

No me teñí porque jamás temí mostrar mis canas; no me he tatuado porque los tatuajes nunca me han llamado la atención —no me disgustan, aunque hay auténticas aberraciones por esos mundos de Dios, pero no son para mí—; tampoco me he comprado un deportivo molón porque antes que gastar un pastizal en un cochazo prefiero gastarlo en un buen equipo de música y en aumentar mi colección de discos, libros y pelis. Cuestión de prioridades.

En fin, dicho esto, volvamos al quid de la cuestión, que no es otro sino responder a la pregunta de porqué he estado casi dos años sin actualizar el blog (ni asomar el hocico en redes, por cierto).

Para ello, os voy a pedir que retrocedamos en el tiempo. Concretamente a junio de 2023, a la época de mi último post publicado.

Estoy sentado ante mi escritorio. Entre los dedos sostengo un boli. Sobre la mesa reposa una hoja de papel en blanco que aguarda pacientemente a que la emborrone con el boceto de lo que, tras posteriores correcciones, acabará transformándose en mi siguiente post en el blog.

Pero el boli no se mueve. Mis dedos no se mueven. Y no lo hacen porque nada los impulsa. Ninguna idea brota de mi mente. Al menos ninguna idea que merezca la pena traspasar los límites de mi pensamiento y acabar sobre el papel en forma de lenguaje escrito.

¿Qué me pasa? ¿Porqué no escribo nada? ¿Falta de ideas, quizás? Es posible. Desde luego, nada descartable. Publicar en un blog durante más de diez años desgasta mucho. Tarde o temprano llega un momento en que crees haberlo dicho todo, y que lo único que te queda es repetirte, como el ajo, las reposiciones de Los Simpson en Antena 3, las crisis económicas o las malditas guerras, que parecen no acabarse nunca (maldigo a todos los que se benefician política, económica, ideológica o religiosamente del dolor y el sufrimiento ajeno. Ojalá exista un infierno y paséis allí el resto de la eternidad, sufriendo de hemorroides o de un intenso ataque de gota; o peor aún, de un concierto a perpetuidad de la pesada de Shakira con sus insufribles gorgoritos. Por los siglos de los siglos, amén).

A ver, algo de falta de ideas sobre lo que escribir sí que había. Pero no era lo único. También notaba algo de cansancio, de fatiga mental.

Me saturé. Esa es la pura verdad. De algún modo, me vi tan superado por todo que decidí darme un tiempo para mí, replantearme mi situación y decidir si merecía la pena continuar con el blog o dejarlo en ese punto.

De entrada, opté por no imponerme plazos. Quería, necesitaba, desconectar, así que el mero hecho de marcarme plazos no haría sino añadir más presión sobre mis hombros.

Una de las cosas que me decía para convencerme de haber tomado la decisión correcta fue que todo principio tiene su final. Es así. Así ha sido desde que el mundo es mundo y así seguirá hasta que todo esto explote en mil pedazos y nos vayamos todos a hacer puñetas (lo cual, viendo cómo está el panorama, no tardará mucho en suceder. Es lo que tiene no haber aprendido nada de la Historia).

En este tiempo de ausencia me he preguntado en más de una ocasión si este desánimo podría ser el síntoma del fin del blog. Igual había llegado el momento de dejarlo correr. Para mí no tiene sentido prolongar algo que no me divierte, que no me seduce, que no me emociona. Y pensé en dejarlo. Muchas veces.

Me dediqué entonces a otras cosas: trabajar, caminar, leer, escuchar música, ver cine y series, quejarme de todas las cosas que me resultan irritantes y molestas, etc. Y un día, sin pensar, comencé a escribir de nuevo. Retomé una idea que tenía en una de mis viejas libretas, y comencé a trabajar en ella. Poco a poco, fui añadiéndole anotaciones. Y, como suele pasarme siempre que una historia me entusiasma, las ideas me iban surgiendo en los momentos más inesperados (ni sé la de veces que me he despertado en mitad de la noche, he encendido la luz de la mesilla y me he puesto a anotar tonterías en mi bloc de notas. Esto de ser creativo es como ser médico de guardia, nunca sabes cuando se va a presentar la próxima urgencia, así que lo mejor es que te coja siempre lo más preparado posible).

Y por fin llegó el día en que me senté ante mi escritorio, abrí mi procesador de textos y comencé a teclear estas líneas que, si has llegado hasta aquí, estás leyendo justo en este instante.

¿Significa esto que he vuelto a mi actividad bloguera? Bueno, si algo he aprendido de haber leído el año pasado la magnífica novela Las uvas de la ira de John Steinbeck (¡qué gran novela, por Dios bendito!), es aquello que decía el personaje de Tom Joad, el hijo mayor de la familia protagonista, que ante cualquier reto o adversidad a la que debía hacer frente solía repetirse a sí mismo: “Pasito a pasito”.

Pues eso. Pasito a pasito.



jueves, 15 de junio de 2023

MIS IMPRESIONES SOBRE HEMINGWAY

 

 

Lo bueno de las campañas electorales es que, gracias a la ingente cantidad de propaganda que me llega a casa vía correo, dispongo de un montón de papel gratis para escribir mis tonterías.

Perdón. Rectifico. De gratis, nada; pues a mí, como a todos, todo este derroche nos cuesta una pasta de nuestros impuestos.

Por lo tanto, aprovechando el papel disponible que me ha llegado a casa sin yo pedirlo, voy a emborronarlo con algunas reflexiones en torno a mis impresiones tras haber leído una nutrida compilación de relatos de Ernest Hemingway.

El volumen que leí, y que acabé hará cosa de tres semanas o así, se compone de una amplia selección de unos cincuenta cuentos escogidos personalmente por el mismo autor de entre su ingente producción.

Antes de acometer la lectura de esta colección, de Hemingway sólo había leído un libro suyo compuesto por dos relatos: El viejo y el mar y Las nieves del Kilimanjaro. De esto hará cosa de veinticinco o treinta años —¡cómo pasa el tiempo, maldita sea!—, y recordaba lo mucho que me había gustado el segundo relato —Kilimanjaro— y lo tedioso y pesado que se me había hecho el primero —El viejo y el mar—, ya que consideraba que el bueno de Hem había estirado en demasía una historia que fácilmente podría haberse quedado en veintinco o treinta páginas, y no en las casi cien que conforman la edición que poseo.

Imagen de mi ejemplar de "El viejo y el mar" y "Las nieves del Kilimanjaro"

Según parece, y a juzgar por lo leído en este último libro, era algo habitual en Hemingway estirar sus historias hasta el infinito, dejando al lector completamente exhausto ante semejante avalancha de palabras.

Con este libro he llegado a tres conclusiones con respecto a este aclamado autor. La primera es que, bajo mi particular punto de vista, Hemingway es un autor carente de imaginación. No es un escritor de una gran inventiva, sino más bien un escritor descriptivo, muy observador, rasgo sin duda derivado de su profesión de periodista. Esa particularidad hace que se empeñe una y otra vez en escribir sobre hechos o sucesos que o bien ha vivido en primera persona o bien le han sido confiados por gente que ha tratado personalmente. De esa faceta periodística se desprende su arraigada costumbre de explayarse en esas tediosas descripciones de los lugares donde transcurre la acción, así como en los rasgos físicos de los personajes que intervienen en aquello que quiere contar.

Como ejemplo de esto último me viene a la mente un cuento específico, incluido en el volumen que finiquité hace unas semanas, en el que Hem, para subrayar la soledad y el aislamiento de los habitantes de un minúsculo pueblecido perdido en algún apartado rincón de la América profunda, se dedica a nombrar casa por casa, detallando tamaño, material en que ha sido construida, quién habita en cada casa con nombre y apellidos. También describe la geografía del lugar con una meticulosidad que raya en lo obsesivo. Y porque no le dio tiempo ya que, de haber podido hacerlo, hasta habría bautizado de la primera a la última piedra que bordea los caminos que confluyen en el pueblo.

En otros relatos se explaya con la flora y fauna del lugar, lo que hace que parezca que más que un cuento esté leyendo un artículo del National Geographic.

Y eso por no hablar de su pasión por la Fiesta Nacional —Hem vivió largas temporadas en España y era un apasionado de las corridas de toros—, ya que sus cuentos sobre toreros, tardes de gloria y miseria en tendidos, o la vida en pensiones de mala muerte repletas de toreros o banderilleros fracasados tomando vino para ahogar su amargura por lo que pudo haber sido y nunca fue, o lo que fue y nunca más volverá a ser, salpican el libro aquí y allá. A mí, que no me gustan los toros, esos relatos me resultaron tediosos, e incluso confieso que me salté más de uno donde Hemingway se explayaba en los sentimientos y sensaciones de torero y toro en el transcurso de una corrida. Y es que la mayoría de los relatos incluidos en el libro tratan de caza, pesca, boxeo, la guerra, el alcohol, el triunfo y la derrota.


   

La segunda conclusión a la que llegué fue que Hemingway no es un gran escritor. Es visceral y apasionado, y disfruta dejando su impronta de macho alfa en cada cosa que escribe, pero confunde sensibilidad con debilidad y prudencia con cobardía. Para él, los hombres tienen que comportarse como tales en todo momento, y no hay lugar para las dudas o la inoperancia. Por otro lado, su técnica narrativa deja bastante que desear, pues comete muchos fallos de los que deslucen los textos, como, por ejemplo, la de acabar cada línea de diálogo con un “dijo él”, “dijo ella” o “dijo tal o cual personaje”, aún cuando no resulta necesario por sobreentenderse del propio texto quién dice qué. Ignoro si este tipo de “manías” o “costumbres” es algo promovido por el propio autor o es cosa del traductor, pero lo que es a mí me resultó en exceso molesto.

La tercera y última conclusión a la que llegué es que Hemingway carece de sentido del humor. No hallé ni una gota de humor en las casi cuatrocientas páginas que componen este volumen. Tal vez haya gente a las que este detalle les parezca carente de importancia. Y puede que tengan razón. Pero, personalmente, opino que un poquito de sentido del humor en la obra de Hemingway le habría venido de perlas, aunque sólo fuese para no tomarse demasiado en serio a sí mismo.

De todo lo dicho anteriormente podría deducirse que en modo alguno recomendaría leer a Hemingway. Para nada. Es más, invitaría a hacerlo, ya que, como suele suceder, tal vez alguno de ustedes encuentre en su literatura aquello que yo no pude o no supe encontrar, y no sería justo que mi opinión, personal e intransferible, le privase de ello.

Aún me falta leer al Hemingway novelista —ya tengo un par de títulos suyos cargados en mi lector—. Si bien, teniendo en cuenta que los entendidos suelen decir que el Hemingway cuentista supera con creces al Hemingway novelista, de momento pospondré la lectura de esos títulos para más adelante.