miércoles, 9 de septiembre de 2026

EL MOSQUITO MARIQUITA (Parte 1)

 

Imagen de Tweazel bajada de Pixabay bajo licencia Creative Commons


Hace tiempo hablé en este mismo blog de las accidentadas circunstancias que rodearon mi primera incursión en el mundo del cine, durante el rodaje de un cortometraje en forma de falso documental cuyo guión escribí.

Además de este guión, en los meses previos había estado trabajando con mi amigo Boris en la escritura de otro guión para un proyecto mucho más ambicioso. Lo que había empezado como un pequeño boceto para un corto acabó transformándose en un guión para un  mediometraje. La historia iba de un olvidado científico alemán afincado en Gran Canaria que había protagonizado frecuentes y exitosos encuentros con seres de otros planetas allá por los años 50 del siglo pasado.

Preso de la excitación —me suele ocurrir siempre que un proyecto me entusiasma—, mi mente no paraba de parir ideas, a cual más absurda. La mayor parte eran imposibles de llevar a la práctica, habida cuenta de nuestra escasez de medios y recursos económicos. Sin embargo, ello no era óbice para que mi mente siguiese pariendo chorradas de lo más locas y descabelladas, como la de una joven campesina semianalfabeta, paciente de un psiquiátrico un tanto siniestro, a la que de repente le da por empezar a hablar en perfecto alemán, que es el idioma empleado por los extraterrestres para comunicarse con los habitantes de la Tierra.

En plena fiebre creativa, Boris me sugirió que subiese a su casa a seguir escribiendo el guión. Su casa, un remanso de paz y tranquilidad ubicada en mitad de la naturaleza y rodeada de una vasta extensión de terreno, se mostraba ideal para escribir sin molestas interrupciones. O eso pensaba yo.

Al poco de estar allí, pronto se hizo evidente que no estábamos solos. A pesar de vivir en mitad de la nada, un inesperado okupa vino a colarse entre nosotros sin ser invitado. Se trataba de un molesto mosquito que, vete tú a saber porqué, se había encaprichado conmigo.

Por aquellos días, poseído por una poderosa fuerza creativa que me empujaba a sacar de dentro el torrente de ideas que pugnaban por salir a la superficie, incluso llegué a escribir un pequeño diario, donde iba detallando aquellas cosas que, al margen del guión, merecían ser recordadas.

Hoy, en un ejercicio de nostalgia, he desempolvado parte de aquellas breves notas y las muestro aquí por primera vez.


DIARIO DE MIS SESIONES DE ESCRITURA PROYECTO DOCTOR WAISMANN


Hace unos días volví a pasar la noche en casa del director del proyecto. Y, como la vez anterior, un maldito mosquito volvió a estropearme el sueño en mitad de la madrugada. Y eso que allí hacía un frío del carajo. Tenía entendido que la mayoría de los mosquitos reducen su actividad cuando la temperatura cae de los 15 °C, e incluso dejan de volar y dar por saco por debajo de los 10 °C. De ahí mi extrañeza ante aquella molesta presencia.

Así que, una vez desvelado, me pasé un buen rato hablando conmigo mismo, como un loco desquiciado.

«¿Será posible que me pase esto a mí? Otra vez un dichoso mosquito. ¿Y si resulta que es el mismo de la otra noche? ¿Es que este bichejo no tiene frío? ¿Qué verá en mi sangre que le atrae tanto? Espera un momento. ¿Y si no es mi sangre realmente lo que le atrae de mí? ¿Y si resulta que en realidad se trata de un mosquito mariquita? Eso sería aún peor. Prefiero mil veces que ese mamón me chupe la sangre a que me chupe otra cosa».

Como se puede deducir, no pude pegar ojo en toda la noche. Una cosa está clara: definitivamente estoy reñido con la naturaleza. Ahí tienes otra razón más por la que jamás podría irme a vivir al campo. Seguro que si lo hiciese acabaría mis días devorado por una feroz manada de jabalíes. O peor aún: devorado por una feroz manada de jabalíes mariquitas.


Tras darle varias vueltas, al final no tuve más remedio que dormir con la almohada estratégicamente colocada entre las piernas, a fin de preservar en lo posible mi integridad sexual. Temía que aquel mosquito del demonio acabase colándose subrepticiamente por entre las sábanas y consumase su pérfido plan.

Llamadme homófobo si queréis. Honestamente, me da igual. Pero lo cierto es que no me sentía nada cómodo poniéndole el culo a tiro de piedra a un mosquito mariquita.

Al final, entre que no dormí y me mostré ojo y oído avizor, y que me pasé buena parte de la noche con el cuerpo completamente cubierto bajo las sábanas, logré repeler el ataque de aquel merodeador nocturno.

Eso ocurrió el martes. El miércoles, es decir, a la mañana siguiente, teníamos bastante trabajo por hacer. Aún andábamos dándole vueltas al argumento de aquel proyecto que iba creciendo y creciendo sin parar. Mi problema es que, como no había podido pegar ojo en toda la noche, por culpa del mosquito mariquita, me sentía como un zombie: medio dormido y torpón.

A pesar de mi estado semicatatónico —o quizás gracias a él, pues en esto de la inspiración nunca se sabe—, conseguí escribir algunos chistes buenísimos y un nuevo giro argumental. Cuando le leí a Boris lo que había escrito se partió de la risa. De hecho, nos pasamos un buen rato partiéndonos de la risa, imaginando cómo quedaría la escena una vez filmada.

Esta es, quizás, la mejor parte de escribir, cuando al fin lo compartes con alguien y ves que lo que has escrito funciona. No siempre es así, por lo que cuando ocurre que los astros se alinean y todo funciona como un reloj te sientes pleno, satisfecho, feliz y orgulloso de tu trabajo.

Aprovechando un receso, en el que Boris salió de la casa a ocuparse de los perros, intenté echarme una cabezadita. Prácticamente me había pasado toda la noche en vela, por lo que mi cuerpo y mi cerebro, agotados ambos, me reclamaban descanso.

Echado en el sofá cuan largo soy, con la cabeza cómodamente reposada sobre uno de los apoyabrazos, cerré los ojos y me dejé ir. No llevaba ni treinta segundos con los ojos cerrados cuando escuché un molesto y familiar zumbido transitando de oreja a oreja en dolby surround.

Exactamente lo que estáis pensando: se trataba del mosquito mariquita. Pero esta vez, lejos de asustarme, decidí razonar con él.

Oye tío, ya empiezo a mosquearme contigo —le solté de entrada.

¿Y eso? —dijo él.

Cada vez que vengo a esta casa no haces sino acosarme.

¿Acosarte?

Sí. Acosarme. Dime la verdad, tú eres un mosquito mariquita, ¿no es cierto?

No. No lo soy.

Sí. Sí que lo eres.

Bueno, sí. Lo soy. Pero sólo un poquito.

¿Cómo que un poquito? O se es gay o no se es gay. Nadie puede ser un poquito gay.

No creas. Hay mucho gay al que le gusta nadar en la indefinición. La mayoría suelen trabajar en puestos directivos de grandes corporaciones de imagen ultraconservadora o en el mundo eclesiástico.

Pero tú ni trabajas de directivo en una gran corporación ni eres cura. ¿O me equivoco?

Vale. Me has pillado. En realidad, yo soy un little gay.

¿Un little gay? ¿Qué diablos es un little gay?

Lo que vosotros soléis llamar un mariquita, sólo que dicho en inglés, que queda más guay.

Vaya por Dios. Y para colmo nos ha salido un pelín redicho, el puto bicho este. Si encima me suelta que le mola la cultura kitsch y que le encantan grupos de La Movida tipo Alaska y los Pegamoides y el cine de Almodóvar, le suelto una hostia con la palma de la mano abierta que lo dejo estampado en la pared.

¿A ti no te gustará el cine de Almodóvar, no?

¿Acaso me tomas por un hortera? No. No me gusta Almodóvar. ¿Has visto la mierda de peluca que le encasquetaron a Toni Cantó en Todo sobre mi madre? Ridícula es poco. Yo soy más de Woody Allen y Stanley Kubrick, y de clásicos del cine en blanco y negro: John Ford, Billy Wilder, John Houston, Mervin LeRoy, Cecil B. DeMille, Nicholas Ray, George Stevens, William Wyler. En fin, la crema.

Vale. De la que te has librado, colega.

Oye, quisiera pedirte un favor —le dije al mosquito.

Dispara.

Anoche, por tu culpa, no pude pegar ojo. Me pasé la noche en vela, temiendo un ataque por tu parte. Estoy deshecho.

Vaya. Lo siento.

Así que te propongo lo siguiente: ¿puedes darme una tregua para que yo pueda echarme una cabezadita? Con una hora me será suficiente. Ya sabes, para recargar pilas. Lo único que te pido es que en el tiempo que duerma te largues a dar una vuelta por ahí; no sé, ve a ver si pillas algo por ahí fuera, y así yo podré desconectar, sabiendo que no me atacarás mientras duermo.

Me parece razonable. Te doy mi palabra de mosquito que no te molestaré en una hora.

Gracias.

De nada.

Y diciendo esto, el mosquito mariquita se fue zumbando al exterior de la casa.

Sin embargo, ésta no sería la última vez que sabría de él...


(continuará)


Hasta el próximo miércoles.





miércoles, 2 de septiembre de 2026

AL FIN GANÉ MI PRIMER CONCURSO LITERARIO

Con ustedes, la viva imagen de la honestidad: Ana Rosa (AR)

 

Tras un más que inmerecido descanso, vuelvo a la actividad. Y lo hago anunciando algo que llevaba años anhelando poder gritar a los cuatro vientos: ¡al fin he ganado mi primer concurso literario!

Pero, antes de proseguir, me vais a permitir un inciso.

En mis comienzos como aspirante a escritor me presenté a varios concursos literarios. Pero nunca gané nada. Ni tan siquiera logré un segundo premio, ni una mención especial o un accésit. Nada.

Así que un día, hastiado y decepcionado, me dije a mí mismo que no merecía la pena presentarse a ningún concurso más. Sobre todo a aquellos en los que el ganador ya estaba decidido de antemano, antes incluso de convocarse. Era una absoluta pérdida de tiempo, energía y dinero, y no andaba yo muy sobrado de ninguna de las tres cosas. Ni entonces ni ahora.

Así que durante más de una década me olvidé de los concursos, y concentré todos mis esfuerzos en escribir y publicar en mi blog, y en revistas literarias como Moon Magazine. También aproveché el tiempo para lanzar varios libros al mercado. Pero, por más empeño que ponía en ello, la cosa no acababa de funcionar como ambicionaba, ni como íntimamente creía merecer —todos los que escribimos creemos merecer mejor suerte con lo que hacemos. Y quien diga lo contrario, miente. O se miente a sí mismo, que no sé qué es peor—.

Ya me había olvidado de los concursos literarios, hasta que hace apenas unas semanas me llegó a mi correo el siguiente mail:


«¡Enhorabuena!

Nos complace comunicarle que nuestro jurado, compuesto por diversas personalidades del mundo de la cultura y las artes, además de un tío que no tiene ni puta idea de cultura ni de arte pero es el que pone la pasta, ha decidido por unanimidad, siguiendo el sabio consejo del que pone la pasta aunque no sepa un carajo de cultura ni de arte, que su novela haya resultado ganadora de nuestro prestigioso concurso literario Satélite en la edición de este año.

Las razones para su elección han sido muchas y muy variadas. A continuación le ampliamos algunas de ellas:

Usted luce bien en las fotos. No es ni feo ni guapo, sino una extraña mezcla de ambas cosas, como el Carlos Sobera.

Usted tiene una edad intermedia, ni demasiado joven ni demasiado mayor. Y eso mola cantidubi.

En una de las fotos que ha subido a las redes sociales se le ve sosteniendo una pluma estilográfica, y eso quiere decir que usted sabe escribir. Ni se imagina la de libros que hemos premiado en el pasado de tipos que no sabían escribir. Lo bueno es que los libros de esos zoquetes que no saben escribir los acaban comprando gente que tampoco sabe leer, así que... la cuadratura del círculo.

Ha publicado varios libros, aunque no haya vendido un carajo. No obstante, el mero hecho de haberlos escrito y publicado ya indica que usted tiene cosas que decir, y eso, unido a la foto con la estilográfica que mencionábamos en el punto anterior, refuerza nuestra opinión de que en su caso no se trata de un advenedizo tipo Mar Flores o la Preysler, y que no será necesario contratar los servicios de un negro literario para que escriba los libros por usted, aunque sea su nombre y su careto el que se muestre en la portada. Eso que nos ahorramos.

Y ya no hay más razones. Ni falta que hace. Si el tipo que pone la pasta dice que p'alante, pues p'alante vamos. El dinero manda, amigo.

Para ser totalmente sinceros con usted, le confesamos que no hemos leído su manuscrito. No tenemos tiempo. Hoy día casi nadie tiene tiempo para leer. Ni siquiera wasaps. Por algo inventó Dios los mensajes de voz. Así que ya sabe: hoy casi nadie lee. Ni siquiera el tío que pone la pasta. Precisamente ese tío menos que nadie. Bastante tiene con pasarse la mayor parte del día ideando maneras de ganar más pasta de la que ya tiene, y que no podrá gastar ni en cien vidas que viviese. ¿Acaso existe alguna ley que ponga límites a la avaricia? Debería haberla, pues eso haría de éste un mundo mucho mejor, con menos desigualdades. Pero como no la hay: ajo y agua.

Leyendo lo anterior bien podría llegar a preguntarse, ¿y porqué se empeña esta gente en crear y fomentar un premio literario si nadie lee ni compra libros? Muy sencillo: porque da prestigio. Es una forma de ganarnos el respeto y la admiración de las masas. La gente es así de simple. Y lo es precisamente porque no leen. Y gracias a eso nos ganamos muy bien la vida, no se crea. De hecho, nos va mucho mejor así, que la peña no lee, a que si la gente le diese por leer. Eso se lo aseguro.


Por cierto, ya le hemos concertado siete entrevistas con diferentes medios de nuestro grupo mediático: el Grupo Pausa.

Pero antes, ponemos en su conocimiento que nuestro equipo de marketing ya está trabajando en encontrarle una imagen distintiva. Tiene que ser algo exclusivo, único e indistinguible, a fin de destacar entre el mar de mediocridad que nos rodea a diario. Para ello, nos vemos en la obligación de advertirle de los estereotipos que no podremos utilizar para fabricar su “imagen de marca”, porque ya están cogidos. A saber:


La boina de rústico y el espíritu guerracivilista son marca registrada de David Uclés. Así que nada de boinas ni de sacar a colación en cada entrevista que le hagan lo malos malísimos que fueron los unos y lo buenos buenísimos que fueron los otros durante la Guerra Civil Española.

El peinado imposible y el bronceado exagerado pertenecen a Sonsoles Ónega.

La larga melena entrecana, sombra de ojos tipo oso panda y el hacer apología de la ignorancia supina son propiedad exclusiva de Mario Vaquerizo.

La barba de tres días y la pose de cuñado engreído y petulante que opina de todo sin saber de nada (tipo Gonzalo Miró) son exclusivas de Juan Del Val. Y de Gonzalo Miró. Entre nosotros, deseando estamos que Gonzalito escriba un libro (o que se lo escriban, lo mismo da), para premiarlo como se merece.

El hacerse pasar por una autora femenina cuando, en realidad, detrás se ocultan tres tíos con barba y bigote es exclusivo de Carmen Mola que, dicho sea de paso, no mola nada. Apesta a estafa.

La cara de oler constantemente a mierda alrededor y la soberbia de quien se cree por encima del Bien y del Mal por ser hija y nieta de quien es son marca registrada de Alejandra Rubio (que aquí, entre nosotros, ya le podemos adelantar que será la futura Premio Planeta de un año de éstos. Aún nos falta por decidir si se lo damos a la madre o a la hija. Total, ninguna de las dos sabe escribir. Pero eso al tío que pone la pasta le da igual. Tampoco él sabe leer. Ni falta que le hace. Mientras tenga pasta para parar un tren, todo se la suda).

La cara de cemento armado tras haber sido denunciada por firmar un libro que no había escrito, donde, para más inri se incluían plagios a otros autores, y esgrimir en su defensa excusas tan peregrinas como que “los plagios se debían a un error informático”, obligando a que la editorial retirase más de 50.000 ejemplares de las librerías y, a pesar de ello, seguir pontificando en tu programa de televisión sobre honestidad, verdad, sinceridad, honradez, probidad, veracidad, rectitud moral e integridad, pertenecen a Ana Rosa Quintana. Menuda jeta.

En fin, Sr. Curbelo, le damos nuestra más sincera enhorabuena por su premio y le invitamos a que se ponga en contacto con nosotros para recoger su premio y su cheque.


Al leer el último párrafo lo vi todo claro. Se habían equivocado de persona. No me habían premiado a mí, sino a un tal Curbelo. Alguien debió escribir mal el nombre del ganador y se dirigieron a mí por error. Así que les escribí para advertirles del error y, tras aclararlo con la organización, quedé descartado y me volvieron a ignorar como hasta ahora. Vuelta a la normalidad.

Ya me extrañaba a mí. ¿Cómo iba a ganar yo un concurso literario al que ni siquiera me había presentado?

Eso no es posible.

¿Verdad que no?

¿O sí?

 

miércoles, 3 de junio de 2026

ADELANTO GRATUITO DE "DOS CHIFLADOS AL CUADRADO"

Ejemplares físicos de mi nueva novela

Lo primero: he cambiado la cabecera del blog. Aprovechando la inclusión de mi nuevo libro a mi producción literaria, he aprovechado para modificar tanto el collage como la tipografía.

Lo segundo: ayer me llegaron a casa los ejemplares físicos que pedí de mi último libro, mi nueva novela Dos chiflados al cuadrado.

A propósito de este envío, he de advertir a todos mis lectores que, por desgracia, ya no podré satisfacer la demanda de libros físicos dedicados y autografiados de mi puño y letra, debido a que Amazon ha cambiado la política con respecto a los ejemplares de autor.

Por lo que sé, la nueva política de envíos sólo afecta a los autores residentes en Canarias.

Os explico.

Hasta ahora, cada vez que un autor autoeditaba en formato físico a través de la plataforma de autopublicación de Amazon, se le brindaba la oportunidad de adquirir ejemplares físicos a precio de coste, a fin de que el autor pudiese revenderlos sin que eso le generase pérdidas. Esto ya no es posible. Al menos para los autores residentes en Canarias. Si deseas adquirir ejemplares físicos de tu libro, has de pagarlos al precio que hayas puesto de venta al público. Es decir, que yo he tenido que pagar mis libros al mismo precio que un comprador cualquiera, más gastos de envío, a fin de tener un ejemplar físico de mi propio libro. ¿Qué os parece?

La causas para esta nueva política de envíos se hallan en el incremento de los costes de transporte por culpa de la guerra. Es decir, que en este mundo globalizado en el que vivimos de un tiempo a esta parte, la guerra “la pagamos entre todos”; menos las grandes fortunas, claro, que no sólo no pagan sino que se benefician de ella. En fin, lo de siempre. Los ricos cada vez más ricos y los pobres... a joderse.

Imagen: interior del libro en la versión en papel.

Como podéis comprobar, he vuelto a utilizar la misma tipografía, tamaño de letra e interlineado que en mi anterior novela.


Lo tercero: el otro motivo de este post es anunciar la disponibilidad de un adelanto gratuito de algunas páginas de mi nuevo libro. Así podréis haceros una idea aproximada del estilo, la tipografía, el interlineado, etc.

Podéis acceder al mismo haciendo click aquí.

También dispondréis de un enlace permanente en la sección MIS LIBROS del blog, en la barra habilitada justo debajo de la cabecera.


Por mi parte, nada más. Bueno, sí. Viendo cómo va el mundo, y estando en manos de quienes estamos, hoy el arte se hace más necesario. Desde este humilde rincón, hoy más que nunca reivindico el arte como el último bastión frente a la barbarie. Amén.

 



miércoles, 27 de mayo de 2026

YA ESTÁ AQUí: ¡MI NUEVO LIBRO!

 

Damas y caballeros, señoras y señores, niños y niñas, seres humanos en general... y políticos. Tengo a bien anunciaros, en rigurosa primicia, el lanzamiento nacional, mundial e intergaláctico de mi nuevo libro, el cual lleva por título DOS CHIFLADOS AL CUADRADO.

La portada es ésta:



Cronológicamente se trata de mi quinto libro (¡Quién me lo iba a decir a mí! Yo no, desde luego. Aunque igual Jaime, el carnicero de mi barrio, sí que lo podría haber dicho. Y es que el bueno de Jaime siempre creyó en mí y en mis posibilidades. Más que yo mismo, incluso. ¡Y qué buenos filetes despacha!, el bueno de Jaime. Buen tipo, sí señor).

Dicho lo cual, como soy un egocéntrico de tomo y lomo, en plan Francisco Umbral, yo he venido aquí a hablar de mi libro.

Se trata de una novela en tono de comedia, en la misma línea de humor desplegada en mi anterior trabajo, Un rockero de andar por casa (2022).

Para que os hagáis una idea del argumento, os avanzo el texto incluido en la contraportada del libro en su edición en papel.


Eduardo Feliz era un hombre aparentemente normal con una vida aparentemente normal. Hasta que un día su voz interior tomó cuerpo y conciencia ante sus ojos. Desde ese día, Eduardo puede ver e interactuar con su “otro yo”, una especie de alter ego con el que casi nunca está de acuerdo. Por suerte, nadie más, aparte de Eduardo, puede verlo ni oírlo. Desde su aparición, la vida de Eduardo nunca volvió a ser la misma.


Mi nuevo libro está disponible en la web de Amazon en los dos formatos más habituales: papel y digital.

Los precios son los siguientes:


Papel 7,00 €

Digital 2,00 €


Como podéis comprobar, he ajustado los precios al mínimo.

El libro está suscrito al plan Kindle Unlimited, por lo que si tienes contratada esta opción en Amazon puedes descargar mi libro totalmente gratis y leerlo en cualquier dispositivo electrónico.

A continuación os dejo los enlaces directos donde podréis adquirir un ejemplar, o dos, o los que os apetezcan (si compráis más de cincuenta ejemplares me comprometo a llevarlos yo mismo a vuestro docimilio en moto. Y eso que no tengo moto. Pero estoy dispuesto a alquilar una moto y cargar con el paquete de libros. ¿Por cincuenta ejemplares? ¡Vaya que sí! Y hasta os recitaré un poema muy bonito de Johan Sebastian Mastropiero. Y sin coste adicional).


Para adquirir un ejemplar en papel de Dos chiflados al cuadrado pincha aquí.

Para adquirir un ejemplar en formato digital de Dos chiflados al cuadrado pincha aquí.


Al mismo tiempo os informo, a todos los que compréis un ejemplar de mi libro en cualquiera de las dos versiones disponibles, que podéis solicitarme una dedicatoria personalizada de mi puño y letra que, gustosamente, os haré llegar vía correo electrónico.

En fin, ¿qué más puedo decir? Gracias por vuestra atención. Y por vuestra pasta. No es para hacerme rico, por cierto —para eso tendría que meterme en política y, francamente, no es lo mío—, sino para seguir autofinanciando futuros proyectos.

Un abrazo. Y gracias por seguir pasándoos por aquí, aunque no compréis nada. Se agradece de igual modo vuestra visita. Por cierto, saludos de Jaime, mi carnicero. 


 

miércoles, 13 de mayo de 2026

¡HABEMUS PORTADA!

  

¡Atención!

¡Paren las rotativas!

¡Tengo algo importante que anunciar!

¡Algo vital!

¡Algo esencial!

¡Algo genial!

¡Algo pequeñito, ououooo, algo chiquitito, ououooo! (gracias, Daniel Diges, por pasarte por aquí a saludar. Hacía tiempo que no sabía nada de ti).

¡Por fin!, tras ocho largos meses de duro trabajo en la sombra —aquí la solaja pega mucho y para paliar sus efectos he tenido que trabajar al amparo de una sombrilla tamaño industrial—, tengo a bien presentar, en rigurosa primicia, el título y la portada de mi nuevo artefacto literario.

El título es DOS CHIFLADOS AL CUADRADO.


Y esta es la portada:


Se trata de mi quinto libro. Mi segunda novela tras Un rockero de andar por casa (2022).

La próxima semana ampliaré detalles relativos al inminente lanzamiento (sinopsis, disponibilidad, enlaces, precios, etc...).

También colgaré un pequeño adelanto gratuito para su lectura.


Gracias por vuestra atención.



miércoles, 6 de mayo de 2026

REBELDE CON CAUSA (VIEJUNA)

  

A mi hermana se la llevan los demonios cada vez que me ve salir a la calle vestido de cualquier manera.

Hace poco vino a mi casa. Quería que la acompañase a un centro comercial a comprar unas latas de pintura para unas reformas que quiere hacer en su piso. Cuando me vio listo para salir de casa se le cayó el alma a los pies.

¿En serio vas a ir así vestido?

Así vestido” consistía en: una camiseta de un azul desgastado con un descolorido estampado promocionando el mundial de basket de 2014 que se celebró en nuestro país; un pantalón de chándal gris oscuro cubierto de bolitas debido a sus múltiples pasos por la lavadora; mis zapatillas de deporte de uso diario con las suelas tan lisas por el desgaste que hace como mes y medio provocó que, en una lluviosa mañana, resbalase y me diese un leñazo de la hostia contra el suelo mojado del patio de mi edificio —el moretón en el muslo me duró tres semanas. Aquel cardenal era tan ostentoso que yo creo que era hasta papable—; y, por último, cubriendo mi cabezota, una gorra de color azul de propaganda.

¿No pensarás salir así, verdad? —me dijo, poniéndose en lo peor.

¿Qué tiene de malo? —respondí.

Coño, Pedro. Te pareces a tu abuelo.

No, si te parece me voy a parecer al tuyo —me defendí.

El chiste está en que mi abuelo y el suyo son el mismo. No obstante, al igual que cuando en un matrimonio el hijo de ambos hace algo malo y uno de los cónyugues le suelta al otro en plan reproche: “Mira lo que ha hecho TU HIJO” en vez de NUESTRO HIJO, cada vez que yo hago algo reprobable —generalmente relativo a mi forma de vestir o ciertas costumbres digamos “viejunas”—, mi hermana no duda en echarme a la cara lo de mi ancestro por vía materna, dicho así, a medio camino entre la acusación y el reproche.

Y es que nuestro abuelo no se distinguía precisamente por su buen gusto al vestir. Y yo, al igual que él en su día, nunca me he llevado demasiado bien con las modas.

Tengo alma de viejo, lo reconozco. O de rebelde con causa. Y la tengo desde que era pibe.

Cuando iba al cole, allá por los 80 del siglo pasado, los chavales de mi edad usaban gomina para el pelo, que se aplicaban para hacerse toda suerte de peinados molones de los que se llevaban entonces —con la raya en medio, peinado hacia atrás, con marcado tupé, de punta, con una medio cresta, etc—.

Yo, Tauro como yo solo, no usaba gomina ni aunque me matasen. Es más, ni siquiera me peinaba. Dejaba que mi pelo creciese rebelde y sin una dirección fija alrededor de mi cabeza. Luego, con dieciséis o diecisiete años, en plena adolescencia, me lo dejé largo, en plan melena rockera que me llegaba hasta los hombros. ¡Qué tiempos aquellos! Aún hoy, al ver algunas fotos de aquella época, no puedo evitar sentirme invadido por un ataque de nostalgia, de un tiempo que fue y que nunca más volverá a ser. Mecachis.

Hoy día, pasados los cincuenta, tengo más pelo en el interior de la nariz que en la cabeza. Me cabrea tanto esta situación que, en ocasiones, me sorprendo a mí mismo gritándoles: “¡Eh, tíos!, ¿por qué no subís hasta la cocotera y dejáis de hacerme cosquillas en la narizota, jodidos capullos?”.

El maldito paso del tiempo. Cagonlaleche.

Mi rebeldía no sólo ha tenido que ver con mi aspecto físico y mi dudoso gusto a la hora de vestir. Ya desde muy jovencito he sido como un verso suelto en determinadas áreas dentro de los diversos grupos a los que he pertenecido. Nunca me he sentido cómodo siguiendo las modas. De hecho, me he sentido siempre mucho más cómodo yendo a la contra.

Ejemplos de esto tengo muchos. Por ejemplo, el cine o la televisión. Cuando tenía dieciocho o diecinueve años, mientras a la peña le iban las comedias juveniles del momento, las pelis de acción o de terror, o el cine de Almodóvar (que detesto profundamente), a mí me iban más los clásicos en blanco y negro, el cine de Woody Allen o los Monty Python, o series como Las chicas de oro o Matrimonio con hijos.

Cuando en la primera mitad de los 80 la gente de mi edad cayó rendida a la música y la moda de La Movida y el pop de la época, yo flipaba con la música rock de los 70 y el heavy de los 80.

En los 90 hubo otra moda que arrasó en el mundo entero: el grunge. No sólo fue un movimiento musical que hizo temblar los cimientos de la industria de la música (todas las majors buscando como locas a los nuevos Nirvana), sino que también dejó su huella en el cine y la moda. De repente, a toda la peña les dio por ir vestidos con camisas de franela tipo leñador, vaqueros rotos, prendas superpuestas y de segunda mano, y botas militares. Completaban el look una barba de tres días —para los tíos—, y pelo desmañado y multicolor —para las tías—. Grupos como Nirvana, Pearl Jam o Soundgarden, arrasaron en ventas y, de paso, arramblaron con todo lo que había antes de ellos: el hard rock, el rock clásico, el glam rock o hair metal, el heavy.

Supongo que sobra decirlo, pero yo no sucumbí a esa moda. De hecho, me aparté de todo eso lo más que pude y dirigí mi atención hacia el jazz, el blues, cierta clase de pop y la música clásica.

Pero ya sabéis cómo va esto de las modas: en uno o dos años ya hay una nueva moda que sustituye a la anterior, y que acaba jubilando a la que le precede. Así de volátiles somos los seres humanos. O, al menos, lo son la mayoría. Y el grunge, y todo lo que lo rodeaba, de repente desapareció tras la muerte de Kurt Cobain, líder de Nirvana.

Paradójicamente, treinta años más tarde, ahora que peino canas donde el pelo aún no ha decidido darse el piro, me hallo descubriendo todo aquello que me perdí en su día por pura cabezonería, y disfrutando como un enano con grupos y discos de gente como Nirvana, Soundgarden, Alice in Chains, Pearl Jam, Red Hot Chili Peppers, Stone Temple Pilots o Jane's Addiction. ¡Quién me lo iba a decir a mí! Supongo que ahora que ya está pasado de moda, es como si mi subconsciente me susurrase al oído: “Ahora es el momento, chaval” (si se dirige a mí en esos términos, a pesar de mi edad, es porque mi subconsciente me adora. Normal. Llevamos juntos la tira de años).


En cualquier caso, nunca me he llevado demasiado bien con los gustos mayoritarios. Algo de rebeldía hay en ello, lo reconozco. Y de placer atávico por llevar la contraria, también. Pero no es pose, ni ganas de joder la marrana o hacerme el interesante. Para nada. Simplemente me sale así. Sin pensar. De manera natural.

Yo creo que es algo genético, pues mi abuelo también era muy parecido a mí en ese sentido. O yo muy parecido a él. A mi querido abuelo siempre se la sopló la opinión de los demás. Le importaba un carajo lo que pensaran de él. Él iba a lo suyo, hacía y decía lo que quería, y si te gustaba, bien, y si no te gustaba, pues también.

Lo que no soportó nunca fueron las injusticias. Ni las mamonadas. Siempre se mostró bastante beligerante con eso. Y yo, de algún modo, he heredado eso de él.

Así que, cada vez que mi hermana me suelta eso de “te pareces a tu abuelo”, en vez de tomármelo a mal, simplemente sonrío y, mirando al cielo, le lanzo un guiño al hombre que más admiración y respeto ha despertado en mí desde que era un crío.