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| Imagen de Iffany bajada de Pixabay |
Tras pasarme varios años escribiendo y publicando en mi blog y en redes, al fin, un venturoso día, mis continuados esfuerzos dieron su fruto: una editorial se había interesado en mí y en mi trabajo.
—Estamos realmente entusiasmados con publicarte —dijo uno de los editores.
—¿Cuánto de entusiasmados? —dije yo.
—Mucho. ¿No ves cómo nos sale el entusiasmo por las orejas? Fíjate cómo nos rebosa el entusiasmo y nos cae por ambos lados del rostro, como los bucles de un rabino ortodoxo.
—Vaya. Eso es mucho entusiasmo —admití.
—Ya lo creo.
—¿Y cuánto pensáis pagarme?
—Absolutamente nada —dijeron ellos con pasmosa tranquilidad.
—¿Cómo que nada? ¿Ni siquiera recibiré royalties por ejemplar vendido?
—Ni.
—Una cosa. ¿Vosotros sois conscientes de que los escritores, por muy noveles que seamos, también somos personas, y que, como tales, también tenemos nuestras necesidades, como comer, vestirnos, dormir bajo techo, pagar agua, luz, teléfono, etcétera?
—Tal vez no lo sepas, pero hoy día, en pleno siglo XXI, vivimos instalados en la cultura de lo gratuito. Hoy día, casi nadie paga por nada.
Llegados a este punto, no pude evitar torcer el gesto. Me salió de forma natural, como cuando un pedo ajeno invade traicioneramente tus desprevenidas pituitarias en el interior de un ascensor.
—¿Cultura de lo gratuito? Perdona, pero, ¿serías tan amable de explicarle ese concepto de “cultura de lo gratuito” a mi carnicero? Temo que el pobre hombre, ocupado como está en sacar adelante su negocio, no esté tan puesto en la implantación de ese nuevo sistema económico y social que, según parece, rige nuestro modo de vida. Hasta donde yo sé, cada vez que le pido carne he de pagar dinero por ello. Y sin dinero no hay carne. Así de simple. Y llamadme tonto ignorante si queréis, pero si le digo al pobre hombre que no tengo intención de pagarle ni un céntimo por su producto y su trabajo haciendo alusión a esa “cultura de lo gratuito” de la que me habláis, mucho me temo que la hostia que me voy a llevar resonará en el barrio durante semanas.
—Lo siento, pero no podemos pagarte. Entiéndelo. Somos una editorial joven, con mucho entusiasmo, eso sí, pero sin un duro, y aún carecemos de capital suficiente como para poder acometer ciertas operaciones de índole comercial. Ten en cuenta que para sacar tu libro adelante tendremos que pagar a un corrector, un maquetador, un ilustrador o diseñador para la portada y contraportada, pagar a la imprenta, pagar por la distribución, a fin de que tu libro pueda llegar a las librerías, así como atender los pedidos directos que nos lleguen a través de nuestra web, y, por supuesto, también nosotros necesitamos ganar dinero para generar recursos y sobrevivir.
—O sea, que con mi obra ganará dinero todo el mundo menos yo.
—Básicamente.
—Y digo yo, ¿porqué vosotros no sufrís los efectos perniciosos de esa “cultura de lo gratuito”? Ni tampoco el corrector, el maquetador, el diseñador, el distribuidor o las librerías. Tal y como me lo planteas, me da la sensación de que el creador de la obra es el único que pierde en esta ecuación.
—Pues sí.
—¿Y me lo dices tan tranquilo?
—A ver, también te lo puedo decir nervioso, pero no creo que eso cambie mucho la cosa, la verdad.
—Hay que joderse. Tanto progreso y tanto adelanto tecnológico y resulta que hemos retrocedido atrás en el tiempo, a los tiempos de la esclavitud. De nuevo volvemos a trabajar a cambio de nada.
—Es lo que hay.
Aquella frase, proclamada a modo de sentencia, me supo a cuerno quemado. Y yo no sé vosotros, pero a mí una dieta a base de cuerno quemado me apetece tan poco como una dieta a base de pescado hervido y ensaladas sin aliñar.
—¿Sabes qué? Que le den al progreso.
—Doy por hecho entonces que no te interesa nuestra oferta.
—No. No me interesa. Y creo que a mi carnicero tampoco.
—En cualquier caso, aquí tienes —dijo el tipo de la editorial al tiempo que me hacía entrega de un documento en papel.
—¿Qué diablos es esto?
—La factura.
—¿Qué factura?
—Por el servicio de lectura de nuestro asesor. Ten en cuenta que ha dedicado unas horas a leer tu manuscrito, valorarlo y redactar un informe en aras a una posible publicación.
—Claro. Lo entiendo. Esperad un momento.
Tomé mi bloc de notas, cogí un boli y escribí en una de las hojas de papel. Luego arranqué la hoja del bloc y se la entregué al tipo de la editorial.
—Vale por cero euros con cero céntimos —leyó en voz alta el joven editor—. Pero esto, ¡no vale nada!
—¿Y qué esperabas? Cultura de lo gratuito, ¿no? Gracias por vuestra atención. Y explicadle todo eso de la “cultura de lo gratuito” a vuestro asesor de lectura, vuestro corrector, vuestro maquetador, vuestro diseñador, vuestro distribuidor y a todas las librerías con las que colaboráis. Igual tenéis suerte y ninguno de ellos se muestra tan “poco comprensivo” como yo.

Muy bueno, sí señor. Hay quien pretende hacerse de oro a expensas del sacrificio ajeno y quien te cobra hasta por respirar. Y es que en cualquier ámbito fuera del editorial, hay mucho espabilado. Solo por poner un ejemplo, me remito a la compra-venta de un automóvil. Cuando lo compras, estás comprando lo mejor, estás haciendo el negocio del siglo, porque el día que lo quieras vender es de las marcas más cotizadas. Pero cuando llega el momento de venderlo todo son trabas y encuetran mil y una excusa para desprestigiarte la marca y el modelo que se suponía era oro en paño. Y hablo por experiencia propia.
ResponderEliminarAsí como el zahorí busca agua donde nadie la encuentra, deberíamos hallar a un buscador de editoriales honradas e interesadas en hacer lo que muchas proclaman: descubrir nuevos talentos. Una utopía.
Un abrazo.
Aunque lo he revestido con una capa de humor absurdo y mucha ironía, esta pieza pretende ser una denuncia de esas editoriales que, en realidad, son imprentas disfrazadas, las cuales se aprovechan de la buena fe y la ilusión de muchos escritores noveles para hacer negocio con ellos. Les venden la idea romántica de publicar su obra cuando, en realidad, lo que están es vendiéndoles un lote de libros.
EliminarÚltimamente recibo muchas ofertas de editoriales a través de Facebook, y llámame quisquilloso o extremadamente suspicaz, pero la mayoría no me dan buena espina. No digo que no haya gente honrada y que de verdad esté dispuesta a arriesgar por nuevos talentos, pero, ¿quién? ¿dónde?
De momento, y si nada me hace cambiar de opinión, yo seguiré apostando por el sistema de autoedición.
Un abrazo, Josep.
Magnífico, Pedro. Es alucinante cómo la gente siente el derecho de apropiarse de obras ajenas sin la menor intención de pagar nada a cambio. Pero, como bien narras en este relato, ellos, que no están dispuestos a pagar por el producto jamás estarían dispuestos dejar gratuito ese producto en manos del usuario que lo demande (en este caso un lector). Incluso las grandes editoriales venden libros digitales a unos precios que creo que no se corresponden con lo invertido en su producción. Aunque de eso sabréis más los que os dedicáis a la autopublicación. Espero ver pronto tu nuevo libro a disposición del público.
ResponderEliminarUn beso.
Saludos, Rosa.
EliminarLo de los precios de los libros habría que reconsiderarlo, la verdad. Yo, que he sido de siempre de los que miraba entre los cajones de ofertas, comprando libros a 2 y 3 euros, o comprando ediciones de bolsillo de los autores que me gustan a 7 u 8 euros (Bukowski, Woodehouse, Sharpe, Auster, Orwell, Kennedy Toole, etc), alucino con los precios desorbitados de algunas novedades (17 euros, 20 euros). Y las ediciones digitales a 7 y 8 euros me parece excesivo. Así lo único que fomentan es la piratería, o peor, que la gente huya de los libros. Yo ajusto al máximo el precio de mis libros en función del coste de producción (Amazon te da un coste en función del tipo de edición que deseas: el tamaño, el formato, la extensión, el tipo de papel, acabado, etc), y tú luego ajustas el precio de venta en función de ese coste. Yo no he ganado dinero con ninguno de mis libros, pues lo invertido en ellos supera con creces lo obtenido. Pero aún así, con todo, me siento muy orgulloso de tener cuatro libros (pronto cinco), publicados. Me alegra el corazón verlos expuestos en mis estanterías junto a los autores que tanto admiro y disfruto.
Mi nuevo libro, aprovechando que preguntas por él, ha vivido un inesperado revés en las últimas semanas. Lo tenía todo prácticamente hecho, pero a última hora surgió un imprevisto que lo cambió todo. Pronto ampliaré detalles. Eso sí, te adelanto que el cambio ha sido para bien. ; )
Un beso, Rosa.