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| Foto con un muestrario de apuntes y borradores de mi autoría |
La vida me ha enseñado que por mucho que planees algo, y que orientes todos tus esfuerzos en aras a lograr tu objetivo, nada de eso prevalecerá cuando el destino decida entrar en escena. Esto viene a cuento por lo que me ha ocurrido con el último proyecto que tengo entre manos.
A finales de marzo de 2025, tras dos años de ausencia y sin escribir nada en todo ese tiempo, regresé a mi actividad bloguera. Al mismo tiempo comencé a garabatear en una libreta mis primeras ideas para una nueva novela.
Todo marchaba a buen ritmo; tenía la historia más o menos definida en mi cabeza, disponía de bastante material acumulado de un borrador anterior y las nuevas ideas fluían con relativa facilidad. En resumen, todo me hacía suponer que cumpliría sin problemas el plazo que me había marcado al inicio del proyecto.
Sin embargo, uno nunca debe dar nada por hecho. Eso es algo que aprendes a medida que vas cumpliendo años. Cuando creía que hacia finales de septiembre tendría mi libro totalmente acabado, vino el azar y jugó sus cartas a mis espaldas.
Sobre la segunda semana de septiembre me vi obligado a acometer la compra de un par de muebles para mis libros. Los que tenía se me habían quedado pequeños y obsoletos, pues las baldas donde reposaban los libros se habían ido doblando debido al sobrepeso que se habían visto obligadas a soportar durante años, hasta el punto de que una de ellas llegó a venirse abajo, literalmente, al arrancar de cuajo los enganches situados a ambos lados del mueble.
Aquel incidente me hizo ver algo que resultaba evidente: tras tantos años acumulando libros, libretas y cuadernos y viejas agendas con toda clase de apuntes y anotaciones, aquello amenazaba con echarme a mí de mi propia casa, y acabar yo durmiendo en el rellano de la escalera. Debía hacer una criba y desembarazarme de algunas cosas. Así que me puse a ello. Conseguí llenar un par de bolsas de plástico con libros que ya no quería y los regalé.
Hecho esto, urgía hacer lo mismo con todo el material acumulado en cuadernos, libretas y cualquier trozo de papel que tuviese a mano en el momento de venirme alguna idea o concepto. Como ya he confesado en alguna que otra ocasión, desde que empecé a escribir en serio tengo por costumbre anotar cualquier chorrada que juzgue interesante en el primer trozo de papel que tenga a mano, a fin de no olvidarla y trabajarla más adelante. Esta costumbre la adquirí a raíz del consejo que una antigua profesora de lengua que tuve me brindó siendo un imberbe: “Más vale un lápiz corto que una memoria larga”.
Teniendo en cuenta que llevo escribiendo y discurriendo tonterías desde los quince años más o menos, imaginad la cantidad de hojas que habré emborronado a lo largo de mi vida. Y encima, como soy muy poco dado a tirar nada, al menos hasta que no lo veo publicado o pasado a limpio en algún archivo de texto, la cosa ha ido creciendo de manera alarmante. Así que me puse manos a la obra. Fui leyendo una a una todas aquellas anotaciones y las iba pasando a limpio en diferentes archivos de texto, según su naturaleza.
Todo iba bien, hasta que en una de estas me topé con una historia que escribí hace la friolera de catorce años y que, desde entonces, había permanecido guardada en un estante. Dicha obra, que tiene una historia bastante curiosa detrás y que algún día desvelaré, apenas llegaba a los cuarenta y cinco folios. Aún así, la historia estaba completa, es decir, que tenía un principio, un desarrollo y un final.
Al principio la leí con curiosidad, luego, con renovado interés, y, al final, me quedé totalmente enamorado de la historia y los personajes. La cosa es que, según iban pasando los días, una nueva idea o giro argumental venía a mí, como un banco de peces acude de manera instintiva hacia el plancton. Eso me hizo disponer de una libreta en exclusiva para esta historia, donde iba anotando cada idea o línea de diálogo que se me iba ocurriendo, hasta acabar recomponiendo la historia por completo y ampliándola hasta casi el doble del borrador original.
Hacia finales de diciembre del año pasado ya tenía la historia prácticamente acabada, y albergaba la intención de tenerla lista para mediados de enero. Pero, una vez más, el destino volvió a jugar sus cartas, y todos mis planes se vinieron abajo por culpa de un inoportuno, a la par que doloroso, ataque de gota, que me ha mantenido prácticamente inmovilizado durante todo el mes de enero, sin acceso al ordenador.
Desde hace unos días he reanudado las tareas de corrección, a fin de tener esta nueva novela lista para su publicación más pronto que tarde... siempre y cuando el destino no vuelva a conspirar en mi contra.
Crucemos los dedos.
