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Woody Allen: un genio. |
Hacía tiempo que quería escribir un artículo como este; una especie de tributo a uno de mis maestros.
Lo he confesado en más de una ocasión; incluso lo dejé escrito en
una de las piezas incluidas en mi segundo libro de relatos: mi vida
cambió el día en que descubrí a Woody Allen.
La
primera película suya que vi fue Sueños de un seductor (Play
it again, Sam. 1972). Yo tenía entonces diecisiete años.
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Portada de "Sueños de un seductor" en su edición española en VHS |
Ver
aquella película fue para mí toda una revelación. Nunca antes
había visto nada ni remotamente parecido. Por fin veía en la
pantalla a un personaje con el que me podía identificar al cien por
cien: un tipo feo y bajito («Soy casi tan feo y bajito como
Humphrey Bogart»), con gruesas gafas de pasta, piel blanca como
la nieve («Cuando voy a la playa no me bronceo: me fulmino»)
neurótico incorregible («Llevo quince años yendo a sesiones de
psicoanálisis. Le daré un año más y luego me iré a Lourdes»),
torpe, inseguro, pesimista («Me gustaría tener algún tipo de
mensaje positivo que dejarles. Pero no lo tengo. ¿Aceptarían dos
mensajes negativos?»), y sarcástico, tremendamente sarcástico
(«El mundo del espectáculo es «perro come perro». Es aún peor
que «perro come perro». Es «perro no contesta las llamadas
telefónicas del otro perro»).
Enseguida
conecté con su humor. Tanto, que hice todo cuanto estuvo en mi mano
por hacerme con todas sus películas.
Tuve
la gran suerte de vivir una época en que por la televisión ponían
buen cine sin apenas cortes publicitarios —entonces sólo había
dos canales de televisión en España—, por lo que podías hacerte
con una videoteca bastante decente sin tener que gastarte una
fortuna.
Por
aquellos años había un programa que me encantaba. Se llamaba Cine Club. Aún recuerdo su cabecera, con pequeños cortes de películas
en blanco y negro y una música sugerente de fondo.
Gracias
a este milagro que llamamos Internet he podido rescatar esa cabecera.
Es ésta:
El
único problema de Cine Club era que programaban las películas de
madrugada; y claro, yo tenía que levantarme temprano para ir al
instituto por lo que no podía quedarme hasta las tantas viendo cine, así que programaba el vídeo y grababa las pelis que me interesaban (que eran muchas).
De
este modo fue como en unos pocos meses me hice con mi pequeña
colección de películas de Woody.
Empecé
con Bananas
(Bananas,
1971),
continué con Todo
lo que siempre quiso saber sobre el sexo y nunca se atrevió a
preguntar (Everything
you always wanted to know about sex (but you were afraid to ask),
1972), El
dormilón
(Sleeper, 1973) y Toma
el dinero y corre (Take
the money and run, 1969), por este orden.
Veía
aquellas películas una y otra vez, y cada vez que lo hacía caía en
nuevos detalles, en nuevos matices, en golpes o chistes que se me habían pasado totalmente
inadvertidos las primeras veces.
Obviamente, a medida que iba creciendo mi nivel cultural iba aumentando también, por lo
que cada vez que volvía a visionar alguna de aquellas joyas entendía
cosas que antes sencillamente no pillaba.
Y un
día ocurrió que vi la que considero una de sus grandes obras maestras: Manhattan (Manhattan, 1979).
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Una de las imágenes más emblemáticas de la historia del cine: Woody Allen y Diane Keaton en MANHATTAN. |
El comienzo de esa cinta es sencillamente soberbio, con el hipnótico Rhapsody in
blue de Gershwin de fondo y la voz en off de Allen relatando lo
que sería el inicio de una novela, todo ello sobre bellas imágenes
en blanco y negro de la ciudad de Manhattan. Te dan ganas de quedarte
a vivir ahí eternamente, encerrado en esas preciosas imágenes para siempre.
Como
dato curioso acerca de esta película me gustaría destacar que el
propio Allen quedó tan decepcionado con el resultado final que
incluso pidió a la productora destruir el metraje original y
ofrecerles a cambio una nueva película totalmente gratis.
Afortunadamente los productores no aceptaron el trato y la película
pudo llegar a las salas de todo el mundo a pesar de los ruegos de su
creador. Increíble pero cierto.
Como
hice constar anteriormente, desde mi óptica personal considero
Manhattan una obra maestra absoluta. En ella hay una escena en
concreto a la que le tengo un especial afecto. En esa escena, un
Woody derrotado por un desengaño amoroso recita a una grabadora su
propia lista de «Cosas por las que merece la pena vivir».
Sin
duda esa escena es una de las más inspiradoras de la historia del
cine. Al menos para mí, pues no pocas veces me he planteado esa
misma pregunta. Y, dependiendo de mi estado de ánimo o mi momento
vital a la hora de plantearme el cuestionario, habría añadido o
eliminado cosas de esa lista.
Sin
embargo, desde que cumplí los veintidós años y comencé a escribir
mis propios textos, hay una actividad que jamás eliminaría de esa lista:
escribir.
Escribir
es, sin duda, una de las mejores cosas a las que uno se puede dedicar
en la vida; a pesar de los sinsabores, de las frustraciones, de la lucha constante por
sacar lo mejor de ti en cada nueva cosa que escribes, de tener que
defender con uñas y dientes cada palmo de terreno conquistado, de
tener que enfrentarte al peor de los enemigos posibles: tu propia
inseguridad como autor, y de tener que ganarte a pulso cada nuevo
lector que sumar a tu causa. A pesar de todo eso, sigo considerando la profesión de escritor el mejor oficio del mundo.
Esto me lleva a hablaros del Allen literario, sin duda una faceta mucho menos conocida del genio de Brooklyn.
Mi
primer contacto con el Allen escritor me vino a través de un libro
editado por Linda Sunshine y titulado Woody Allen en imágenes
y palabras.
En
ese libro, Linda Sunshine recopila una serie de extractos de la vasta
obra del autor neoyorquino, desde fragmentos de sus guiones
cinematográficos hasta monólogos nunca antes presentados en letra
impresa. De entre los monólogos digamos «inéditos» yo destacaría
Tienen que saber esto de mí (primer monólogo de Allen
grabado en marzo de 1964 y editado como «Private life» en disco de
vinilo) y su famoso Una vez cacé un alce, de abril de 1965. De
este último existe una grabación en Internet extraído de una
aparición de Allen en TV. Les recomiendo que, si no lo conocen, lo
busquen y lo disfruten. Es hilarante.
El
segundo libro de Allen que compré fue Cuentos sin plumas.
En este tomo se reúnen en un mismo volumen sus tres libros de
relatos Cómo acabar de una vez por todas con la cultura
(Getting even, 1971), Sin
plumas (Without
feathers, 1975) y Perfiles
(Side effects, 1980).
Con
este segundo libro descubrí la esencia del humor absurdo. Todo lo
que sé acerca de escribir humor literario lo aprendí leyendo este
libro.
Si
me preguntan no sabría responder cuántas veces habré leído ese
libro. Pero os aseguro que han sido muchas. Y al igual que me ocurrió
en su día con las películas, a cada nueva lectura he ido
descubriendo nuevos matices en la manera de escribir de Woody.
Si
antes recomendé al cien por cien el anterior libro, éste lo
recomiendo al doscientos por cien. Sin dudarlo un segundo.
Afortunadamente
de Woody Allen hay bastante material disponible en el terreno
exclusivamente literario: biografías más o menos extensas, libros
de entrevistas, análisis exhaustivos de sus películas, sus obras de
teatro y hasta algunos de sus guiones de cine.
Obviamente
yo, como fan, he ido añadiendo algunos de esos libros a mi colección
privada. Son libros que releo con relativa frecuencia, ya que me
sirven no sólo de inspiración
en lo creativo sino también a la hora de plantear mi carrera.
Admito
mi incapacidad para mostrar objetividad a la hora de hablar de las
personas u obras que admiro. Ser objetivo implica desapasionamiento,
y a mí me cuesta horrores restar pasión a lo que me gusta, me
divierte o provoca admiración en mí. Así que me van a perdonar que
no sea objetivo al hablar de alguien a quien le debo tanto.
He
crecido en todos los sentidos viendo el cine de Woody Allen y leyendo
su vasta obra, tengo casi todas sus películas —me faltan las
últimas—, poseo casi una docena de libros relacionados con él,
además de sus obras literarias y hasta dos de sus obras de teatro.
De
Allen me gusta «casi» todo. El «casi» tiene que ver con cierta
película rodada en España «de cuyo nombre no quiero acordarme».
Por
supuesto, de entre la extensa filmografía de un autor tan prolífico
como él tengo mis favoritas, que no necesariamente tienen que ser
comedias. De hecho, le tengo un cariño especial a September,
a pesar de que no hay en ella ni un solo chiste. Eso sí, a cambio se
incluye una de las mejores reflexiones que he escuchado en mi vida.
En un momento determinado de la película el personaje de la madre,
magistralmente interpretado por la actriz Elaine Stritch, declama
mientras contempla su rostro en el espejo de su dormitorio:
«Envejecer es un infierno. Sobre todo cuando en tu interior te
sientes como si tuvieses veintiún años. Todos los hilos que te han
sostenido durante toda la vida se van desvaneciendo, uno a uno.
Estudias tu rostro en el espejo y te das cuenta de que falta algo.
Entonces caes en que lo que falta es tu futuro». Impresionante.
Para
finalizar, me gustaría decir que tengo muchos momentos y situaciones
de mi vida asociados a ciertas secuencias y películas de Allen,
ejemplo perfecto de la influencia que el autor neoyorquino ha
ejercido sobre mí.
En
definitiva, para mí Woody Allen es como un viejo amigo y mentor que
lleva a mi lado desde la adolescencia —la mía, no la suya,
aclaro—; un viejo camarada al que recurro de vez en cuando para
recordarme, por si alguna vez lo olvido, que alguna vez fui feliz,
inmensamente feliz, sentado frente a una pantalla como el personaje
que él mismo interpretaba en Sueños de un seductor.
Por
todo ello, sólo me resta decir: «Gracias, Woody. Gracias, maestro».
Gran post, don Pedro. Yo tuve el libro Cuentos sin plumas, pero cometí 'el error': prestarlo y no recordar a quién. De todas sus películas, si tengo que elegir una escena, sería la del desfile de la banda de música, él con el violonchelo ¡y la silla!, en Toma el dinero y corre. Genial. La última que vi, Misterioso asesinato en Manhattan, me (nos) hizo reír como hacía tiempo que no reía. Me apunto la de Manhattan y ya aprovecho para desearles (incluyo a ese que usted sabe) una Feliz Navidad y un inmejorable 2017, pleno de inspiración y éxitos.
ResponderEliminarUn abrazo.
Saludos, José Florentino. Mala cosa esa de prestar libros (y discos, revistas, cómics, DVD's; en fin, cualquier cosa susceptible de ser coleccionable). Para mi desgracia, yo lo aprendí hace tiempo. Prefiero comprarle a alguien un libro y regalárselo que prestarle alguno de mi colección. Yo también llegué a perder cosas por fiarme demasiado de los demás. Al final, ni recuperé lo que era mío ni seguí con la amistad, por lo que perdí doblemente. Desde entonces ni pido ni presto, aún a riesgo de caer antipático.
EliminarLa escena que comentas es una de las más hilarantes de su filmografía. Yo adoro todas las etapas de Allen, desde la primera, claramente orientada hacia el humor absurdo y el chiste visual, hasta la más dramática e intimista ("September", "Annie Hall", "Interiores", "Delitos y faltas", "Días de radio", etc.). Su cine abarca un espectro tan amplio de estilos (a pesar de que haya quien opine que siempre hace la misma película) que me resulta muy difícil decantarme por una u otra etapa. De sus películas me gustan todas las que he visto (excepto esa "de cuyo nombre no quiero acordarme").
Si te gustó "Misterioso asesinato en Manhattan" (una joya), te encantará "Balas sobre Broadway", "Todos dicen I love you", "Acordes y desacuerdos" o "Granujas de medio pelo", por citar unas pocas posteriores a la que mencionas. Pero claro, ¡qué voy a decir yo si soy un fan! Es como si a ti te preguntasen: "y de Mozart, ¿qué me recomiendas?" :P
"Manhattan" tiene una fotografía increíble, y como buen melómano que eres seguro que disfrutarás con la banda sonora de Gershwin. Como digo en el post, el principio de esa película es impresionante. Si puedes, échale un vistazo. Ya me contarás qué tal. ; )
Por cierto, mi blog (al que no le ha sentado nada bien que se haya dirigido a él como "ése"; pero ya lo conoce usted, y sabe cómo se las gasta), también le desea a usted y los suyos una feliz Navidad y un próspero 2017; deseo al que, por supuesto, yo también me sumo.
Un abrazo, D. José. Y gracias por la visita y el comentario.
Amigo Pedro, Con respecto a Woody Allen, tenemos en común que es uno de mis cineastas favoritos, he visto todas sus películas y tengo toda la colección en DVD, y que Sueños de un seductor también me vi reflejado, por feo, bajito y, sobre todo, tremendamente patoso con las mujeres.
ResponderEliminarDe todos los puntos que dices coincidir con él, por lo menos hay uno que (al menos intuyo) que no tenéis en común: él es judío. Lo que ya no me atrevería a afirmar en si eres tan hipocondríaco como él parece ser.
En fin, creo que has tenido una muy buena influencia en el terreno creativo. Quién sabe si el hijo superará algún día a su padre.
Y gracias por mencionar su faceta de escritor, que desconocía. Ya he tomado nota de su libro de relatos "cuentos sin plumas", que intentaré adquirir si todavía no ha sido descatalogado.
Un abrazo.
Amigo Josep, me vas a permitir que te diga que tienes un gusto exquisito para el cine. Allen forma parte, junto a Stanley Kubrick y Billy Wilder, de mi santísima trinidad de cineastas favoritos. Lo tengo (casi) todo de ellos, y cada cierto tiempo vuelvo a ver alguna de sus genialidades (que no son pocas, afortunadamente).
EliminarYo de joven también era feo, miope y bastante patoso con las mujeres. En lo único que me diferenciaba de mi admirado Woody era en que yo era bastante alto para mi edad (y no por méritos propios, sino heredado de mi padre).
Tampoco soy judío. Nací y me educaron en la fe católica; hace muchos, muchos años, en una galaxia muy, muy lejana.
Tampoco soy hipocondríaco. En eso sí que me considero muy parecido al Allen real. En realidad él no se considera hipocondríaco, sino alarmista. Es decir, si tiene alguna dolencia o siente algún síntoma concreto enseguida se pone en lo peor. Yo, aunque en una escala más moderada, soy parecido.
El volumen con sus tres libros fue editado por Tusquets Editores en su colección Andanzas. Mi edición es de noviembre de 1995. Sé, porque los he visto, que existen unas ediciones posteriores de los tres libros por separado, también por Tusquets, en su colección Fábula. Son geniales. Si puedes, hazte con ellos. Estoy absolutamente convencido de que los vas a disfrutar. Ya me contarás.
Un abrazo, amigo Josep. Y gracias.
Pues tanto un servidor como Amazon hemos sido tan raudos y eficientes, que justo acabo de recibir la edición de Tusquets que incluye sus tres libros. Seguro que disfrutaré de su lectura. Y todo gracias a ti.
EliminarUn abrazo.
¡Qué bien, Josep! Estoy absolutamente convencido de que vas a disfrutar de unos relatos excepcionales desde el punto de vista del humor absurdo y la parodia (uno de mis favoritos es "Las memorias de Schmeed"; absolutamente genial).
EliminarComo digo en el post, ese libro me enseñó todo lo que sé acerca de escribir humor literario. De ahí que considere a Woody mi "maestro" en todos los sentidos.
Un abrazo, amigo.
Pues coincidimos una vez más en cuanto al maestro.qué voy a decir que tú con tu buen hacer de escritor no hayas dicho ya.
ResponderEliminarUn brindis por Woody y por ti.
Hola, Clara. Como digo en el post no concibo la vida sin pasión, y a mí tanto el cine como la prosa de Woody me apasionan. Además, como valor añadido, es un autor que sabe retratar muy bien la psique femenina. Los personajes femeninos de Woody no son meros floreros al servicio del protagonista de turno; al contrario, en muchas de sus películas son ellas las auténticas protagonistas sobre las que pivotan el resto de personajes. Los personajes femeninos de Woody son un auténtico regalo para las actrices, ya que suelen desplegar un amplio abanico de registros.
EliminarYo sí que brindo por ti y por tu talento como artista. ¡Qué voz, Dios mío, qué voz! ; )
Un abrazo, Clara.