jueves, 18 de diciembre de 2025

CULTURA DE LO GRATUITO

 

Imagen de Iffany bajada de Pixabay

 

Tras pasarme varios años escribiendo y publicando en mi blog y en redes, al fin, un venturoso día, mis continuados esfuerzos dieron su fruto: una editorial se había interesado en mí y en mi trabajo.

Estamos realmente entusiasmados con publicarte —dijo uno de los editores.

¿Cuánto de entusiasmados? —dije yo.

Mucho. ¿No ves cómo nos sale el entusiasmo por las orejas? Fíjate cómo nos rebosa el entusiasmo y nos cae por ambos lados del rostro, como los bucles de un rabino ortodoxo.

Vaya. Eso es mucho entusiasmo —admití.

Ya lo creo.

¿Y cuánto pensáis pagarme?

Absolutamente nada —dijeron ellos con pasmosa tranquilidad.

¿Cómo que nada? ¿Ni siquiera recibiré royalties por ejemplar vendido?

Ni.

Una cosa. ¿Vosotros sois conscientes de que los escritores, por muy noveles que seamos, también somos personas, y que, como tales, también tenemos nuestras necesidades, como comer, vestirnos, dormir bajo techo, pagar agua, luz, teléfono, etcétera?

Tal vez no lo sepas, pero hoy día, en pleno siglo XXI, vivimos instalados en la cultura de lo gratuito. Hoy día, casi nadie paga por nada.

Llegados a este punto, no pude evitar torcer el gesto. Me salió de forma natural, como cuando un pedo ajeno invade traicioneramente tus desprevenidas pituitarias en el interior de un ascensor.

¿Cultura de lo gratuito? Perdona, pero, ¿serías tan amable de explicarle ese concepto de “cultura de lo gratuito” a mi carnicero? Temo que el pobre hombre, ocupado como está en sacar adelante su negocio, no esté tan puesto en la implantación de ese nuevo sistema económico y social que, según parece, rige nuestro modo de vida. Hasta donde yo sé, cada vez que le pido carne he de pagar dinero por ello. Y sin dinero no hay carne. Así de simple. Y llamadme tonto ignorante si queréis, pero si le digo al pobre hombre que no tengo intención de pagarle ni un céntimo por su producto y su trabajo haciendo alusión a esa “cultura de lo gratuito” de la que me habláis, mucho me temo que la hostia que me voy a llevar resonará en el barrio durante semanas.

Lo siento, pero no podemos pagarte. Entiéndelo. Somos una editorial joven, con mucho entusiasmo, eso sí, pero sin un duro, y aún carecemos de capital suficiente como para poder acometer ciertas operaciones de índole comercial. Ten en cuenta que para sacar tu libro adelante tendremos que pagar a un corrector, un maquetador, un ilustrador o diseñador para la portada y contraportada, pagar a la imprenta, pagar por la distribución, a fin de que tu libro pueda llegar a las librerías, así como atender los pedidos directos que nos lleguen a través de nuestra web, y, por supuesto, también nosotros necesitamos ganar dinero para generar recursos y sobrevivir.

O sea, que con mi obra ganará dinero todo el mundo menos yo.

Básicamente.

Y digo yo, ¿porqué vosotros no sufrís los efectos perniciosos de esa “cultura de lo gratuito”? Ni tampoco el corrector, el maquetador, el diseñador, el distribuidor o las librerías. Tal y como me lo planteas, me da la sensación de que el creador de la obra es el único que pierde en esta ecuación.

Pues sí.

¿Y me lo dices tan tranquilo?

A ver, también te lo puedo decir nervioso, pero no creo que eso cambie mucho la cosa, la verdad.

Hay que joderse. Tanto progreso y tanto adelanto tecnológico y resulta que hemos retrocedido atrás en el tiempo, a los tiempos de la esclavitud. De nuevo volvemos a trabajar a cambio de nada.

Es lo que hay.

Aquella frase, proclamada a modo de sentencia, me supo a cuerno quemado. Y yo no sé vosotros, pero a mí una dieta a base de cuerno quemado me apetece tan poco como una dieta a base de pescado hervido y ensaladas sin aliñar.

¿Sabes qué? Que le den al progreso.

Doy por hecho entonces que no te interesa nuestra oferta.

No. No me interesa. Y creo que a mi carnicero tampoco.

En cualquier caso, aquí tienes —dijo el tipo de la editorial al tiempo que me hacía entrega de un documento en papel.

¿Qué diablos es esto?

La factura.

¿Qué factura?

Por el servicio de lectura de nuestro asesor. Ten en cuenta que ha dedicado unas horas a leer tu manuscrito, valorarlo y redactar un informe en aras a una posible publicación.

Claro. Lo entiendo. Esperad un momento.

Tomé mi bloc de notas, cogí un boli y escribí en una de las hojas de papel. Luego arranqué la hoja del bloc y se la entregué al tipo de la editorial.

Vale por cero euros con cero céntimos —leyó en voz alta el joven editor—. Pero esto, ¡no vale nada!

¿Y qué esperabas? Cultura de lo gratuito, ¿no? Gracias por vuestra atención. Y explicadle todo eso de la “cultura de lo gratuito” a vuestro asesor de lectura, vuestro corrector, vuestro maquetador, vuestro diseñador, vuestro distribuidor y a todas las librerías con las que colaboráis. Igual tenéis suerte y ninguno de ellos se muestra tan “poco comprensivo” como yo.



jueves, 11 de diciembre de 2025

LA PASIÓN DE ESCRIBIR

Imagen de rawpixel tomada de Pixabay

 

La mejor manera de aprender el oficio de escritor consiste en leer a otros autores; autores consagrados, autores olvidados, autores malditos, autores ensalzados por la crítica o vilipendiados por ella, autores mediocres, autores excelsos, autores infravalorados y sobrevalorados, autores gigantes y autores minúsculos. En definitiva: leer mucho y de todo, aunque se aparte de tu estilo o tu género favorito.

Se aprende mucho leyendo a otros. Se aprende a ser crítico —todos llevamos un crítico dentro pugnando por vomitar su opinión sobre todas las cosas—, y decidimos si algo nos gusta o nos aburre. También aprendemos a apreciar o despreciar los textos, propios y ajenos, a ver sus fallos, y también sus aciertos, según nuestro bagaje como lectores y nuestros gustos.

También aprendemos fundamentos básicos: vocabulario, uso de metáforas y comparaciones, ritmo, precisión en el lenguaje, economía —ya se sabe: lo bueno, si breve, dos veces bueno—, evitar la adjetivación excesiva, el abuso de adverbios, la acumulación sistemática de frases subordinadas, las repeticiones, el uso del lenguaje espeso y enmarañado, las descripciones demasiado pesadas y soporíferas, los tópicos —“el cielo era azul”, “la noche era oscura”, “el frío calaba en los huesos”, “el sol cegaba”, etc—.

Cuando escribes sólo estáis tú y el folio o la pantalla en blanco. Y todo se reduce a una batalla entre esos dos contrincantes naturales por ver quién derrota a quién. Si ganas tú, lograrás llenar el espacio en blanco con tus ideas; si gana él, el espacio en blanco será el símbolo inequívoco de tu derrota.

Resulta curioso comprobar cómo las ideas resuenan maravillosas en tu cabeza, mucho antes de ser escritas. Todo encaja, todo te suena bien. Tus personajes respiran, tu historia se muestra diáfana y sin fisuras.

Pero, ay, cuando empiezas a poner negro sobre blanco, las ideas ya no suenan tan maravillosas; no todo encaja ni suena tan bien como sonaba en tu cabeza, tus personajes no sólo no respiran sino que se asfixian y se atragantan, tu historia no se muestra tan sólida ni tan compacta como creías. Y, como un operario de la sala de máquinas del Titanic en los instantes posteriores al choque con el iceberg, empiezas a ver grietas por todas partes.

Durante el proceso de escritura pasas por un millón de fases diferentes. De la euforia inicial pasas a la frustración y el desencanto; de la energía desbordante del principio pasas al embajonamiento y la procrastinación. Te ves incapaz de seguir, y dudas sobre si seguir adelante o abandonar.

Si decides seguir, entonces remontas. La cosa parece funcionar de nuevo, como al principio, hasta que aparece el siguiente obstáculo, que te frena y te dificulta el camino. Entonces te enfrentas al obstáculo, lo superas, y de nuevo aparece otra piedra en el camino. Y como un Sísifo moderno te vuelves a enfrentar a una nueva piedra en el camino una y otra vez, una y otra vez, una y otra vez.

En algún momento del proceso asomará el feo rostro de la duda. Al igual que la Declaración de la Renta, siempre aparece. Tarde o temprano se deja ver y sentir, para tu consternación. El miedo mina tu confianza, te paraliza, surgen inevitables el Síndrome del Impostor, el Síndrome del Farsante, el Síndrome del Incapaz de Terminar Cualquier Cosa Que Emprendes.

Entras en pánico. Temes estar perdiendo el tiempo con algo que no tiene la calidad suficiente para ser publicado. Y eso que sólo tú has podido leer lo que has escrito. Lo peor aún está por llegar. Oh, sí. Ya lo creo. Lo peor vendrá desde el momento en que le pasas tu manuscrito, ya acabado, a alguien para que lo lea y te dé su opinión. Ahí empieza lo bueno. O lo malo. Ya se verá.

Pasado el tiempo te llega la tan temida —y por otra parte deseada— opinión. La persona a la que has confiado tu criatura emite su juicio. Con un poco de suerte no todo será malo. Habrá cosas buenas que te animarán, y cosas malas que te descorazonará que te hagan ver. Nadie quiere que le digan algo malo de su bebé. Todos desean, ansían, confían en escuchar maravillas de su obra, esa que tantas y tantas horas de duro trabajo y dedicación te ha llevado.

Vale, ya tienes la primera opinión externa. Y, en líneas generales, es positiva. Así que, adelante. Seguimos para bingo.

¿Crees que ya ha acabado todo? Pues no. Aún quedan un par de pasos más. Aún debes convencer a un editor, y que éste apueste por ti, que apueste de verdad, promocionando tu libro y defendiéndolo en todos los lugares a los que lleguen sus tentáculos, y que los libreros confíen en tu capacidad de atraer a lectores de todo tipo a sus negocios. Porque esto es un negocio, no lo olvides. Jamás olvides eso. Si escribes para ti, es diversión. Si escribes para vivir de ello, es una profesión. Si escribes para ganar mucho dinero, es un negocio. Y en los negocios, los números son lo primero. Los números no mienten. Los números son tu amigo y tu enemigo. Tu altar o tu tumba. O te eleva al cielo o te hunde en el fango.

Y lo mismo sucede cuando, por las circunstancias que sean, no has logrado que ningún editor o editorial se interese por tu obra, y te ves empujado a apostar por la autoedición. Ahí también entran los números. A menor escala, obviamente, ya que tus costes no son los mismos que los de una editorial grande, mediana o pequeña. Todo dependerá de los servicios que contrates (corrector, diseñador de portada, marketing, publicidad en redes —sí, amigos, para que tus publicaciones lleguen a tus contactos de Facebook, Instagram o X debes aflojar la mosca, o de lo contrario no llegará ni al 5% de tu audiencia. Es su negocio y así está montado, ¿o de verdad creías que todo el rollo de las redes sociales era gratis? No sólo has de pagar para evitar anuncios, sino que has de pagar para que otros accedan a tu contenido. Paganinis forever and ever). Aunque también puedes montártelo en plan Juan Palomo, yo me lo guiso yo me lo como, aunque para ello tengas que multiplicarte, como los sueldos de los ediles y concejales cada vez que acceden a una alcaldía.

Y al fin un día, el Sísifo moderno se alza con el triunfo. Ha logrado sortear todas las malditas piedras en el camino, y, por fin, ve su libro publicado y a disposición del público. Y en ese final del camino esperas, con excitación y nerviosismo, la sentencia final a tu trabajo: el veredicto de los lectores.

Como decía mi admirado Faemino en una de sus más célebres entradas: “Para que luego digan que esto es fácil. ¡Y una mierda así de alta!”.


 

jueves, 27 de noviembre de 2025

POBRECITA LITERATURA

Foto de churros con chocolate tomada de Internet

 

Mi amiga, con la que voy a caminar una vez por semana, va y me dice:

¿Sabías que Mar Flores acaba de publicar un libro con sus memorias?

Sí lo sabía —le digo yo—. Lo que no sabía es que Mar Flores supiese leer y escribir.

Seguimos andando, y sufriendo por ello. Sobre todo cada vez que nos vemos obligados a afrontar una pronunciada cuesta que nos trae a ambos por el camino de la amargura, nunca mejor dicho.

¿Y sabías que Isabel Preysler también ha publicado un libro de memorias? —prosigue mi amiga.

Sí que lo sabía. Aunque más que unas memorias yo pensé que se trataba de un manual sobre Cómo casarse con un millonario y vivir de ello sin dar un palo al agua.

Ella ha trabajado —me corrige—. Ha sido la imagen de Porcelanosa y los bombones Ferrero Rocher.

Sí que debe ser duro, sí, que te vistan, te maquillen y te peinen para salir en un spot una vez al año. Y encima, lo que se habrá ahorrado la tipa en alicatar los baños de Villa Meona. Trece baños tenía la mansión, ¿no?

Sí, trece.

Pues alicatar eso tiene que salir una pasta gansa.

Ya te digo.

Ya ves, no sólo no da un palo al agua sino que encima se ahorra un pastón en alicatado y fontanería en una casa que tiene más cuartos de baño que habitaciones. Tonta no es, no. ¡Qué suertuda la tía!

Para suerte la nuestra, que gracias a mi arraigada costumbre de ir mirando al suelo mientras caminamos logramos sortear una aparatosa cagada de perro. ¡Qué guarra es la gente, carajo! No le echo la culpa al animal, que caga donde puede. Se la echo a su propietario o propietaria, por incívico o incívica.

¿Y sabías que el emérito también ha publicado un libro? —reanuda mi amiga.

Cómo vivir a cuerpo de rey, ¿no?

No, hombre. Es un libro de memorias.

¿Ves?, eso sí que me jode un poco.

¿Y eso?

Porque estoy a punto de publicar mi nueva novela, y lo último que necesito es más competencia en la categoría de “ficción”.

Mi amiga y yo pasamos cerca de una residencia de ancianos que hay por la zona. Un cuidador, bastante fornido, empuja una silla de ruedas ocupada por un anciano. Junto a ellos pasea una mujer de mediana edad. Intuyo que debe ser familiar del anciano, una hija o la nieta mayor.

De repente, el anciano me ve y, clavando fijamente su mirada en mí, grita a pleno pulmón sin venir a cuento: “¡Hijo puta!”.

A mí personalmente la salida de banco del anciano me hace mucha gracia. Lejos de enfadarme o tomármelo a mal, me echo a reír. El anciano, mientras tanto, vuelve a la carga: “¡Hijo puta!”, grita con enojo. Y yo no puedo dejar de reír. Mi amiga también ríe.

La mujer que va al lado del anciano, me dice:

Disculpen. Demencia.

No se preocupe, señora —le digo yo—. Buenas tardes.

Buenas tardes —responde la mujer, quien, a tenor de su manera de reaccionar intuyo que está más que acostumbrada a este tipo de incidentes.

Mi amiga y yo seguimos nuestro paseo, mientras a nuestras espaldas volvemos a escuchar un sonoro: “¡Hijo puta!”.

¿Te enteraste de lo del Premio Planeta a Juan Del Val? —me dice mi amiga.

¡Cómo para no hacerlo! Menuda tabarra han dado con el temita. He leído no sé cuántos comentarios en redes, la mayoría echando pestes del tipo ése. Y entre la crítica especializada tampoco ha sido muy bien recibido el fallo. Más bien al contrario. Le han dado palos por todos los lados. La palabra “fraude” ha sido la más repetida. Claro que al tal Juan Del Val todo eso se la trae al pairo. Casi diría que hasta le pone. Es lo que tienen los polemistas, que se retroalimentan del odio que ellos mismos generan.

¿Y qué me dices del libro de Bárbara Rey?

Memorias de una geisha en versión cañí, ¿no?

Algo así. La verdad, esa mujer no tiene vergüenza.

Pues no. No la tiene.

Mientras caminamos por las inmediaciones de una cafetería muy popular en la zona, con su terracita exterior hasta los topes de clientes, nos llega el intenso olor a churros recién hechos. Hacemos de tripas corazón para no caer en la tentación (¡coño, si hasta me ha salido un bonito pareado!).

Todos sabemos que el diablo adopta diferentes formas para confundirnos y hacernos caer en el pecado. ¿Sería capaz de adoptar la forma de un delicioso y crujiente churro? ¡Qué malo es el jodío!

Salimos disparados, por si acaso.

Parece que se ha puesto de moda el que los famosetes de medio pelo se dediquen a escribir libros. Me refiero a gente tipo Belén Esteban, Mario Vaquerizo, Paz Padilla, Terelu Campos... —dice mi amiga.

Lo peor no es eso —respondo yo, con rabia—. Lo peor es que se los publican. Y peor aún, hay gente que los compra. ¡Y hasta los lee!

Tú te leíste el de Mario Vaquerizo, ¿no?

Sí. Por eso hablo con conocimiento de causa.

¿Por qué lo hiciste, si puedo preguntarlo?

Quería saber por qué la gente compra esa clase de libros, qué misterio esconden, por qué fascinan tanto.

¿Y lo descubriste?

Sí. Creo que esa clase de libros están destinados a gente a la que no les gusta leer y les da vergüenza admitirlo, así que se compran esos bodrios, se los leen y se hacen la ilusión de que han cumplido.

Ah.

Una pérdida de tiempo, por cierto. Por si te lo estás preguntando.

Te aburrió.

A mí y a su corrector. El libro tenía tantos fallos de ortografía y sintaxis que di por hecho que el corrector llegó a un punto de su trabajo en que se dijo: “¡A la mierda, lo dejo! A mí no me pagan tanto como para perder el tiempo en esta gilipollez”, y lo dejó estar tal y cual.

Mi amiga y yo pasamos por las inmediaciones de un colegio. Es la hora del recreo. El patio está lleno de niños, pero no se oye ni un alma. Todos los infantes, de entre cinco a doce años, permanecen sentados de cualquier manera, en cualquier sitio del patio, con la mirada clavada en sus teléfonos móviles. Esta vez el Diablo, disfrazado de pantallita, ha logrado robarles la infancia y la imaginación a los niños. Sí que es malo, el jodío.

¿Y te acuerdas del fraude aquel del libro de Ana Rosa Quintana?

Lo recuerdo, sí. Sabor a hiel, se titulaba. No sólo no lo escribió ella, sino que lo escribió su ex cuñado, quien, a su vez, tomó “prestados” fragmentos de libros de Danielle Steel, Angeles Mastretta, Collen McCullough y hasta de Antonio Gala. Curiosamente la editorial era Planeta, la cual, ante el escándalo generado por el plagio, se vio obligada a retirar los ejemplares de las tiendas. Menudo pifostio se armó. Y la tía, ahí sigue, tan ancha, dando lecciones de moral cada dos por tres.

¡De todo tiene que haber en la viña del Señor! —dice mi amiga con ironía—. Pobre literatura. No se merece semejante castigo.

Entre todos la mataron y ella sola se murió —sentencio.



jueves, 20 de noviembre de 2025

UNAS LECTURAS FRANCAMENTE DELICIOSAS

 

Detalle de la portada de "La librería ambulante"

De vez en cuando uno se topa con lecturas que consiguen alentarle el espíritu. Eso mismo me ocurrió hace un tiempo cuando, de manera harto sorpresiva, me topé con dos libros de un autor del que no sabía absolutamente nada hasta entonces.

El autor del que os hablo es Christopher Morley (1890-1957), un escritor y poeta estadounidense que, tras su muerte, dejó tras de sí un vasto legado de más de cien obras, entre novelas, ensayos, poesías y obras de teatro.

Las dos obras suyas que leí, una detrás de otra, fueron La librería ambulante, publicada en 1917, y La librería encantada, publicada en 1919, es decir, dos años más tarde que la primera.


Cabe señalar que, dado que no conocía de nada al autor, ni sabía de la existencia de una segunda novela que seguía la historia del encantador matrimonio Mifflin, yo me las leí en orden inverso, es decir, primero me leí la segunda parte (La librería encantada), y posteriormente me leí la primera (La librería ambulante). Afortunadamente para mí, este hecho no me impidió disfrutar de la apasionante historia protagonizada por tan singular pareja.

A través de estas dos novelas conoceremos a Roger Mifflin, apasionado librero que se dedica a recorrer los Estados Unidos de lado a lado a bordo de su carromato repleto de libros, a fin de llevar la literatura a los lugares más recónditos de la vasta geografía norteamericana. El señor Mifflin disfruta tanto de su trabajo que consigue trasmitir esa pasión que siente por los libros a todos aquellos a quienes se va encontrando por el camino.

En una de éstas, el señor Mifflin, cansado de deambular de un lado para otro, decide vender su librería ambulante y con el dinero que obtenga adquirir un local en su amada Brooklyn, hogar de su infancia, y establecerse allí definitivamente abriendo una librería. Pero como Roger Mifflin ama tanto los libros, no está dispuesto a venderle su librería ambulante a cualquiera. Decidido a entregarle aquello que tanto ama a alguien que lo ame tanto como él, pone rumbo a la granja de un joven escritor cuyos libros ha devorado y disfrutado, creyendo ver en aquel a un alma afín. Pero resulta que al llegar a la granja, se encuentra con que aquel a quien busca ha emprendido un largo viaje que lo mantendrá lejos por un tiempo. En su lugar, en la granja encuentra a la hermana mayor del joven escritor, la señorita Helen McGill, una mujerona soltera de edad madura que vive por y para su hermano, haciéndole de granjera, agricultora, cocinera y ama de llaves.

Cuando Roger Mifflin le traslada a la señorita McGill su intención de traspasar el negocio a su hermano Andrew, Helen McGill ve en ello una excelente oportunidad para dejar atrás su hogar, su rutinaria vida y subirse al carro y recorrer el país de lado a lado como propietaria de una librería ambulante. Así que reune todo el dinero que posee y le compra el negocio al señor Mifflin.

Como condición indispensable, además del precio estipulado, Roger Mifflin le pide a la señorita McGill que lo lleve en el carro hasta donde pueda tomar un tren con destino a Brooklyn y, en contrapartida, durante el trayecto se ofrece a ir instruyendo a la señorita McGill en los entresijos del negocio. Ella acepta, deja una nota a su hermano Andrew avisándole de sus intenciones, cierra con llave la granja y se sube al carro dispuesta a emprender una nueva vida repleta de algo que no había tenido hasta entonces: emoción y aventuras.


Honestamente, la lectura de estas dos novelas son de esas maravillosas experiencias que un amante de los libros no puede perderse por nada del mundo. A través de una escritura aparentemente sencilla, Morley nos presenta unos personajes a los que, a medida que vamos conociendo, más nos van ganando. Además de las muchas peripecias que van sorteando en su particular odisea, gracias a los largos parlamentos de Roger Mifflin iremos descubriendo su amor por la literatura, enumerando aquellos libros que, a su juicio, merecen ser leídos antes de irnos de este mundo.

Resulta innegable que Christopher Morlay ama los libros, y con su hermosa prosa y sus entrañables personajes consigue contagiarnos ese amor. La lectura de estos libros ha supuesto para mí una más que enriquecedora experiencia, un banquete exquisito para mente y espíritu. Son de esas lecturas que deseas que no acaben nunca, del placer que proporcionan.

Pero como todo llega, al final los acabé. Y la lectura me dejó un poso de felicidad y plenitud tal que me dije a mí mismo: “¡Qué gran aventura, llena de pasión y emoción! Algún día regresaré a estos libros para volver a perderme en ellos y olvidar, o aparcar momentáneamente, los problemas y vicisitudes del día a día”. Cualquier libro que consiga eso, merece mi admiración y agradecimiento.

Si no has leído ninguno de estos dos libros, te recomiendo que te hagas con un ejemplar y disfrutes de las deliciosas aventuras de esa singular pareja formada por el señor Mifflin y la señorita McGill.



jueves, 6 de noviembre de 2025

FALTA DE CONCENTRACION

 

Hace bien poquito, hará cosa de un mes o así, en el programa Salvados de LaSexta, hicieron un programa-coloquio. El programa, además del presentador, contó con la presencia estelar de dos directores de cine españoles: Juan Antonio Bayona y Carla Simón.

Como dije, se trataba de un programa-coloquio, en el que, además de los tres citados, había una amplia representación de jóvenes estudiantes de un instituto de Barcelona. A los jóvenes les calculé una edad entre los quince y los dieciséis años.

Todos ellos debatían, entre otras cuestiones relacionadas con la cultura, sobre sus hábitos de consumo del cine. Una chica dijo entonces que ella veía las pelis en el móvil.

¿En el móvil?”, pensé yo. “Vaya, pues que Dios le conserve la vista”.

La misma chica dijo entonces que no sólo veía las pelis en el móvil, sino que, además, lo hacía a doble velocidad, para verlo todo más rápido.

¿En el móvil y a doble velocidad?”, pensé yo. “Vaya, pues que Dios le conserve la vista y la capacidad de retentiva”.

La chica, la misma de antes, agregó que, además de ver las pelis en el móvil y a doble velocidad, realizaba dicha actividad mientras pintaba.

¿Ve cine en el móvil, a doble velocidad, y encima mientras pinta?”, repensé. “Pues una de dos: o esta chica ha visto la peli y no se ha enterado de nada, y además pinta como el Barceló o el Tápies, o sea, como el culo, o es una genio venida de otro planeta, con una vista de lince, una capacidad de retentiva superlativa y encima poseedora de un talento descomunal para las bellas artes que le permite pintar sin exigirse concentración en lo que está pintando”.

Honestamente, no creo que la chica aquella fuese una genio. A ver, no la conozco personalmente, y tampoco es que crea que a los genios se les note su genialidad con sólo verles la cara. Ahí tienen a Stanley Kubrick, que a pesar de ser un genio tenía cara de gerente de una funeraria.

Dejando a un lado a la chica, el resto de adolescentes confirmaron en su mayoría que compartían con su compañera sus hábitos de consumo cinéfilo. Es decir, que también ellos veían pelis en el móvil, a doble velocidad y mientras realizaban otras actividades.

Esto venía a demostrar la poca capacidad de concentración que buena parte de las nuevas generaciones aplican a determinadas actividades que, precisamente, exigen un alto nivel de concentración. ¿Cómo vas a poder apreciar los matices de una determinada actuación, de un director de fotografía o los aciertos de un buen guión, si no pones toda tu atención en ello? ¿Cómo vas a “meterte” en una peli si estás a otras cosas?

Si así es como ven cine, sin paciencia ni dedicación para disfrutar la experiencia y empaparse bien de la obra que están visionando, no quiero ni pensar en los hábitos de lectura que tendrá esa misma clase de gente. Igual leen como un antiguo jefe que tuve hace años, que me confesó en una ocasión que él leía “en diagonal”, una técnica que le permitía saltarse buena parte del texto a fin de ahorrar tiempo y esfuerzo. Claro que, con esos mimbres, no era extraño su nivel de escritura, similar a la de un niño de cinco años que escribe una carta a los Reyes Magos, con una sintáxis penosa y más faltas ortográficas que las de Belén Esteban haciendo la lista de la compra.

Cualquier obra de arte, sea del tipo que sea, merece un mínimo de atención para apreciarla en toda su dimensión. O, al menos, para poder juzgarla con cierto criterio. Hasta para poder decir abiertamente que una determinada obra de arte es una mierda —que las hay, y muchas. Pasaos por la Tate Modern Gallery de Londres y veréis—, debemos poner todo de nuestra parte antes de emitir un juicio a la ligera, a fin de poder argumentar con fundamento nuestra opinión.

Todo esto me recuerda un sketch genial de mis idolatrados Faemino y Cansado. Ambos están dialogando acerca del arte de la pintura, y va Cansado y suelta: “¿A ti te parece justo que un pintor clásico se pase años pintando un cuadro para que luego llegues tú y lo veas en veinte segundos?”. A partir de aquí ambos comienzan a disertar sobre la ardua tarea de los pintores en la antigüedad, poniendo como ejemplo a Velázquez y Murillo, hasta que, en un momento dado, Faemino replica: “Claro, ahora los pintores modernos se han dado cuenta del rollo y en veinte segundos te han hecho un cuadro. Luego vas tú y lo ves en veinticinco segundos, por lo que al final le han sobrado cinco segundos al cabrón”.

Es un chiste. Lo sé. Pero algo de razón tienen. Porque en cuestión de arte moderno he visto cada “cosa” que flipo.

Aunque, eso sí, para poder emitir un juicio con fundamento le he dedicado toda mi atención. Les puedo asegurar por mi honor que durante los veinticinco segundos que he invertido en observar esas mierdas, no me he permitido ni un bostezo.




miércoles, 29 de octubre de 2025

POLÉMICO PREMIO PLANETA

 

 

Menudo revuelo se ha armado en estos días con el fallo del Premio Planeta de este año (2025).

Precisamente el “fallo” está en considerar el Planeta un “premio literario”. Porque no lo es. Lo que sí es, para quién aún no lo sepa, es una hábil maniobra empresarial montada para hacer negocio.

El premio Planeta no premia la literatura, sea ésta buena o mala —eso ya lo dejo al criterio de cada cual—. De lo que se trata con este premio es de rentabilizar al máximo una inversión y potenciar una marca.

Lo primero que hay que apuntar es que el grupo empresarial desembolsa nada más y nada menos que un millón doscientos mil euros entre los premiados (un millón para el ganador y 200.000 euros para el finalista), además de lo que se gasta en organizar la gala en sí, el sueldo de los jurados, vuelos, estancias de hotel, etc.

Ningún libro hoy en día es tan rentable en España como para merecer semejante inversión de pasta. ¿Entonces?, ¿dónde está el truco? Pues está en la publicidad y la repercusión mediática que la noticia del premio en sí genera. Ya saben aquel dicho de Oscar Wilde: “Sólo hay en el mundo una cosa peor que el que hablen de uno, y es que no hablen”. Es decir, que es preferible que hablen mal de nosotros a pasar desapercibido o ignorado por completo.

En este sentido, con la concesión del premio Planeta a Juan Del Val, objetivo conseguido. Tanto es así que, como diría Juan Soto Ivars, desde que se conoció la noticia “arden las redes”.

Los responsables del Grupo Planeta no son tontos. ¿Creéis que no lo tienen todo perfectamente estudiado antes de dar el paso de “premiar” a tal o cual personaje?

Hagamos un breve resumen del personaje. Famosete, sale en la tele, está casado con otra famoseta, que también sale en la tele; el tipo, además de bocachancla profesional, tiene fama de polemista, es decir, que suelta por esa boquita cualquier mierda que se le pase por la sesera sin medir las consecuencias. Además, lo hace con esa chulería propia del que sabe que lo que dice va a levantar ampollas en aquellos que no piensan como él —incluso entre quienes sí que piensan como él—. Pero todo eso se la trae al pairo. Es más, hasta parece disfrutar con ello, como un cochino revolcándose entre charcos de mierda. 

Es, en esencia, lo que hoy en día se denomina “un polemista profesional”. Lo creas o no, hay gente que vive de eso. Y muy bien, además. Y claro, como eso da audiencia, ahí tenemos la parrilla televisiva repleta de polemistas de todos los signos a cascoporro, parasitando como hongos de un extremo al otro de la TDT.

Según he podido leer por Internet, Juan Del Val es autor de otras tres novelas, Candela (2019), Del paraíso (2021) y Bocabesada (2023), además de la reciente ganadora del Planeta, Vera. Una historia de amor (2025). Yo no he leído ningún libro de este pavo. Ni pienso hacerlo. No me interesan lo más mínimo, ni él ni lo que escribe. Eso sí, coincido al cien por cien con la opinión que tiene el escritor y columnista Ramón de España del personaje: “No sé cómo escribe, pero titula sus libros como el culo”.


Hace poco, hablando con un amigo de mi poca fe en los concursos literarios de este país —pienso que la mayoría son un fraude—, le conté que muchos de ellos están amañados. Recordé entonces una entrevista en la revista literaria Qué Leer de octubre de 1998 —que aún conservo (ver foto)—, en la que el escritor Alberto Vázquez Figueroa contaba las veces en que le habían ofrecido el Premio Planeta y que él había rechazado. Es decir, que le daban el premio antes de ser convocado por una novela que aún no había escrito. O sea.

Eso sí que me parece una falta de respeto hacia los cientos o miles de escritores o aspirantes a serlo que invierten horas y horas de su vida en escribir un libro, se gastan una pasta en imprimirlo y encuadernarlo, y luego enviarlo por correo —que barato no es, oigan—, cargados de ilusión y esperanza, para que luego los organizadores del premio, atendiendo a unos intereses bastardos, se pasen todas esas ilusiones por el forro y otorguen ese premio a dedo. Para semejante viaje no hacen falta alforjas, ¿no creen?

Si después de todo lo que se sabe, y de lo que se sospecha, aún hay gente que cree en estos premios, igual ya va siendo hora que sepan, de una vez por todas, que los Reyes Magos, en realidad, son los padres.




miércoles, 15 de octubre de 2025

LA ETERNA SONRISA DE DIANE KEATON

 



El domingo me desayunaba con la triste noticia del inesperado fallecimiento de mi querida y admirada Diane Keaton. Cuando leí el titular el corazón me dio un vuelco. Era como si hubiese muerto una entrañable amiga de la que hacía tiempo que no sabía nada.

Me acordé entonces de la primera peli suya que vi. Yo tenía entonces quince o dieciséis años. Por aquellos años, mediados de los ochenta, mi padre era propietario de un videoclub. Yo, cinéfilo empedernido desde temprana edad, aprovechaba esta circunstancia para llevarme a casa cuantas pelis cupiesen en mi mochila de estudiante. Los fines se semana me veía hasta cinco pelis, entre el sábado por la noche y el domingo.

En uno de esos aprovisionamientos cinéfilos de fin de semana, llevé a casa una peli de un tal Woody Allen con un curioso título en español, Sueños de un seductor (Play it again, Sam en su versión original).

Aquella peli me voló la cabeza. Conecté de inmediato con el humor absurdo y la fina ironía de aquel tipo menudo y desgarbado, y con una melena pelirroja casi tan larga como la que yo llevaba entonces —snif, ¡qué tiempos aquellos en los que lucía mi melena de joven rockero!—.

En aquella película, además de Allen, salía junto a él una joven preciosa y divertidísima que hacía el papel de mejor amiga del protagonista, y de la que al final Allen se acaba enamorando. Aún me sigo partiendo de risa con la descacharrante escena en la que Linda (Diane Keaton) y Dick (Tony Roberts), se presentan con una chica en el apartamento de Allen con intención de emparejarlos. Allen, nerviosísimo, no para de decir y hacer tonterías, hasta que en un momento dado hace un gesto casual, el disco de vinilo que tiene entre las manos sale disparado de su funda y se estrella contra una repisa destrozando lo que había en los estantes, él se apoya entonces en el respaldo de una mecedora, la mecedora cede y le mete un leñazo en la barbilla, y Allen, en un intento de normalizar aquel desastre, no para de pasarse la mano por el mechón de pelo rebelde que le tapa la frente. Dejando a un lado el efecto cómico de la escena en sí —digna de todo un maestro del slapstick del cine mudo—, lo que más gracia me hace es el vano intento de Diane y Roberts por aguantar la risa ante lo que acaban de presenciar.

A partir de aquella maravillosa película, fueron cayendo, una tras otra, cuantas pelis de Woody Allen se me pusieron a tiro. Al hacerlo, caí en la cuenta de una presencia, la de aquella actriz tan guapa, desenfadada y divertida, que parecía iluminar todas las escenas en las que salía.

La citada Sueños de un seductor, El dormilón, La última noche de Boris Grushenko, Annie Hall, Manhattan y Misterioso asesinato en Manhattan, son pelis que nunca me canso de ver. Incluso me gustó en Interiores, el primer intento de Allen por incursionar en el terreno del drama.

Volví a redescubrirla en El Padrino, de Francis Ford Coppola, en un papel a la altura de su inmenso talento. A partir de aquí la seguí en un montón de pelis haciendo todo tipo de papeles, desde intensos dramas a comedias ligeras, y todas ellas con una solvencia digna de una actriz de raza, de esas que, hagan lo que hagan, sabes que lo va a dar todo.

Un día, a principios de este milenio, alquilé en el videoclub una comedia de la que no sabía absolutamente nada. Diane Keaton compartía protagonismo con otro grande: Jack Nicholson. Completaban el reparto Amanda Peet, Frances McDormand y Keanu Reeves. Con un reparto así, plagado de estrellas, la cosa prometía. Y no me defraudó. Al contrario. Nada más verla, se convirtió en una de mis comedias románticas favoritas de todos los tiempos. La química que se establece entre Keaton y Nicholson es sencillamente maravillosa. Casualmente hace un par de meses la volví a ver por quinta o sexta vez, y volví a emocionarme con ella como el primer día.

Cuando hace unos años saltó a la primera plana de los tabloides el feo asunto del movimiento MeToo contra Woody Allen, instigado en buena medida por Mia Farrow y Ronan Farrow, el único hijo biológico de Allen y Mia, medio Hollywood le dio la espalda al director neoyorquino Incluso algunos actores y actrices que habían trabajado en el pasado con Allen renegaron de él, asegurando que no volverían a trabajar bajo sus órdenes si se lo pidiesen. Entre esos actores se encontraban nombres tan conocidos como Thimotée Chalamet, Greta Gerwig o Selena Gómez. Woody Allen sufrió los devastadores efectos de lo que se ha dado en llamar “cultura de la cancelación”, que consiste en una nueva inquisición cultural e ideológica donde al cancelado se le aplica un linchamiento público sin posibilidad de réplica. Entre las pocas voces que salieron en defensa del otrora aclamado y respetado cineasta se encontraba Diane Keaton, quien no dudó en mostrar públicamente su apoyo hacia su amigo con un contundente “sigo creyendo él”, demostrando así una lealtad sin fisuras.

Hace unas pocas horas he podido leer unas sentidas palabras que Woody Allen ha querido dedicar a su amiga en su despedida. “Hace unos días, el mundo era un lugar que incluía a Diane Keaton. Ahora es un mundo que no la incluye y, por lo tanto, es un mundo más deprimente. Aún así, su risa estruendosa aún resuena en mi cabeza. Sus películas permanecen. Su risa, también. Y eso basta para que el mundo siga siendo un lugar menos triste”.

El domingo fue un día triste para mí, pues me sentía como si hubiese perdido a una buena amiga de toda la vida, leal, inteligente y entrañable. Hoy me siento un poco mejor, pues sé que, mientras tenga tus películas, tu eterna sonrisa volverá a iluminar la pantalla de mi televisor.

Buen viaje, querida Annie.

 

Preciosa foto que he encontrado en la red.