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La mejor manera de aprender el oficio de escritor consiste en leer a otros autores; autores consagrados, autores olvidados, autores malditos, autores ensalzados por la crítica o vilipendiados por ella, autores mediocres, autores excelsos, autores infravalorados y sobrevalorados, autores gigantes y autores minúsculos. En definitiva: leer mucho y de todo, aunque se aparte de tu estilo o tu género favorito.
Se aprende mucho leyendo a otros. Se aprende a ser crítico —todos llevamos un crítico dentro pugnando por vomitar su opinión sobre todas las cosas—, y decidimos si algo nos gusta o nos aburre. También aprendemos a apreciar o despreciar los textos, propios y ajenos, a ver sus fallos, y también sus aciertos, según nuestro bagaje como lectores y nuestros gustos.
También aprendemos fundamentos básicos: vocabulario, uso de metáforas y comparaciones, ritmo, precisión en el lenguaje, economía —ya se sabe: lo bueno, si breve, dos veces bueno—, evitar la adjetivación excesiva, el abuso de adverbios, la acumulación sistemática de frases subordinadas, las repeticiones, el uso del lenguaje espeso y enmarañado, las descripciones demasiado pesadas y soporíferas, los tópicos —“el cielo era azul”, “la noche era oscura”, “el frío calaba en los huesos”, “el sol cegaba”, etc—.
Cuando escribes sólo estáis tú y el folio o la pantalla en blanco. Y todo se reduce a una batalla entre esos dos contrincantes naturales por ver quién derrota a quién. Si ganas tú, lograrás llenar el espacio en blanco con tus ideas; si gana él, el espacio en blanco será el símbolo inequívoco de tu derrota.
Resulta curioso comprobar cómo las ideas resuenan maravillosas en tu cabeza, mucho antes de ser escritas. Todo encaja, todo te suena bien. Tus personajes respiran, tu historia se muestra diáfana y sin fisuras.
Pero, ay, cuando empiezas a poner negro sobre blanco, las ideas ya no suenan tan maravillosas; no todo encaja ni suena tan bien como sonaba en tu cabeza, tus personajes no sólo no respiran sino que se asfixian y se atragantan, tu historia no se muestra tan sólida ni tan compacta como creías. Y, como un operario de la sala de máquinas del Titanic en los instantes posteriores al choque con el iceberg, empiezas a ver grietas por todas partes.
Durante el proceso de escritura pasas por un millón de fases diferentes. De la euforia inicial pasas a la frustración y el desencanto; de la energía desbordante del principio pasas al embajonamiento y la procrastinación. Te ves incapaz de seguir, y dudas sobre si seguir adelante o abandonar.
Si decides seguir, entonces remontas. La cosa parece funcionar de nuevo, como al principio, hasta que aparece el siguiente obstáculo, que te frena y te dificulta el camino. Entonces te enfrentas al obstáculo, lo superas, y de nuevo aparece otra piedra en el camino. Y como un Sísifo moderno te vuelves a enfrentar a una nueva piedra en el camino una y otra vez, una y otra vez, una y otra vez.
En algún momento del proceso asomará el feo rostro de la duda. Al igual que la Declaración de la Renta, siempre aparece. Tarde o temprano se deja ver y sentir, para tu consternación. El miedo mina tu confianza, te paraliza, surgen inevitables el Síndrome del Impostor, el Síndrome del Farsante, el Síndrome del Incapaz de Terminar Cualquier Cosa Que Emprendes.
Entras en pánico. Temes estar perdiendo el tiempo con algo que no tiene la calidad suficiente para ser publicado. Y eso que sólo tú has podido leer lo que has escrito. Lo peor aún está por llegar. Oh, sí. Ya lo creo. Lo peor vendrá desde el momento en que le pasas tu manuscrito, ya acabado, a alguien para que lo lea y te dé su opinión. Ahí empieza lo bueno. O lo malo. Ya se verá.
Pasado el tiempo te llega la tan temida —y por otra parte deseada— opinión. La persona a la que has confiado tu criatura emite su juicio. Con un poco de suerte no todo será malo. Habrá cosas buenas que te animarán, y cosas malas que te descorazonará que te hagan ver. Nadie quiere que le digan algo malo de su bebé. Todos desean, ansían, confían en escuchar maravillas de su obra, esa que tantas y tantas horas de duro trabajo y dedicación te ha llevado.
Vale, ya tienes la primera opinión externa. Y, en líneas generales, es positiva. Así que, adelante. Seguimos para bingo.
¿Crees que ya ha acabado todo? Pues no. Aún quedan un par de pasos más. Aún debes convencer a un editor, y que éste apueste por ti, que apueste de verdad, promocionando tu libro y defendiéndolo en todos los lugares a los que lleguen sus tentáculos, y que los libreros confíen en tu capacidad de atraer a lectores de todo tipo a sus negocios. Porque esto es un negocio, no lo olvides. Jamás olvides eso. Si escribes para ti, es diversión. Si escribes para vivir de ello, es una profesión. Si escribes para ganar mucho dinero, es un negocio. Y en los negocios, los números son lo primero. Los números no mienten. Los números son tu amigo y tu enemigo. Tu altar o tu tumba. O te eleva al cielo o te hunde en el fango.
Y lo mismo sucede cuando, por las circunstancias que sean, no has logrado que ningún editor o editorial se interese por tu obra, y te ves empujado a apostar por la autoedición. Ahí también entran los números. A menor escala, obviamente, ya que tus costes no son los mismos que los de una editorial grande, mediana o pequeña. Todo dependerá de los servicios que contrates (corrector, diseñador de portada, marketing, publicidad en redes —sí, amigos, para que tus publicaciones lleguen a tus contactos de Facebook, Instagram o X debes aflojar la mosca, o de lo contrario no llegará ni al 5% de tu audiencia. Es su negocio y así está montado, ¿o de verdad creías que todo el rollo de las redes sociales era gratis? No sólo has de pagar para evitar anuncios, sino que has de pagar para que otros accedan a tu contenido. Paganinis forever and ever). Aunque también puedes montártelo en plan Juan Palomo, yo me lo guiso yo me lo como, aunque para ello tengas que multiplicarte, como los sueldos de los ediles y concejales cada vez que acceden a una alcaldía.
Y al fin un día, el Sísifo moderno se alza con el triunfo. Ha logrado sortear todas las malditas piedras en el camino, y, por fin, ve su libro publicado y a disposición del público. Y en ese final del camino esperas, con excitación y nerviosismo, la sentencia final a tu trabajo: el veredicto de los lectores.
Como decía mi admirado Faemino en una de sus más célebres entradas: “Para que luego digan que esto es fácil. ¡Y una mierda así de alta!”.
No, desde luego fácil no debe de ser porque luego habrá que esperar que el libro despegue, que los lectores se interesen por él y se venda y tenga buenas críticas. No envidio nada vuestra labor. Salvo que por las causas que sean (porque el libro realmente es bueno y gusta a los lectores, cosa que no siempre coincide; porque cae en gracia y hace furor independientemente de su calidad; porque el autor es famoso por otras cuestiones) el bebé nazca con padrinos y buena prensa, tiene que ser terrible el esperar el resultado en la calle. Desde aquí hago lo que se puede por los amigos autores cuyas obras me gustan, pero me temo que la incidencia es mínima.
ResponderEliminarUn beso.
No es fácil, pero cuando consigues coronar la cima, es algo maravilloso. A veces hablo con colegas, incluido nuestro común amigo Josep, y coincidimos en lo duro que resulta en ocasiones dedicar tanto tiempo y esfuerzo a algo que nunca sabes qué acogida tendrá una vez se haga público. En no pocas ocasiones nos hemos preguntado unos a otros si realmente merece la pena. Y sí, a pesar de los sinsabores, de los obstáculos y dificultades que encierra escribir y publicar, merece la pena, porque las otras opciones que te quedan son guardar todo ese material en un cajón o en un archivo de texto, hasta que decidas borrarlo o romperlo, o eliminarlo directamente. ¿Y sabes qué?, antes que eso prefiero seguir publicando algunas de las cosas que escribo, ya que continúo disfrutando haciéndolo.
EliminarTu labor es encomiable, y de una gran generosidad, pues dedicas tu tiempo y tu dinero en promover y difundir la obra de autores de todo tipo y condición. En lo que a mí concierne, nunca te podré agradecer suficiente el hecho de haber hablado de mis libros en tu blog. Independientemente de la incidencia que eso pueda tener en las ventas (en mi caso ya te lo comenté en su momento en privado), el mero hecho de que te hayas tomado la molestia de adquirir un ejemplar de cada uno de mis libros, leerlo y comentarlo, merece que te haga llegar un GRACIAS, ROSA, así, en mayúsculas. Y no porque esté enfadado (ya sabes que el uso de mayúsculas indica enfado), sino para remarcar mi agradecimiento, como autor autoeditado tipo Juan Palomo, "yo me lo guiso yo me lo como". Gracias, Rosa.
Un beso. : )
Gracias a ti, Pedro. Por escribir sin esperar ganar mucho con ello, por darnos esas obras con las que nos reímos, reflexionamos y disfrutamos; por, en definitiva, dedicarte a este negocio de la escritura que tan poco negocio supone, pero que entiendo que tiene que dar muchas satisfacciones y algún que otro cabreo.
EliminarOtro beso.
De momento, las satisfacciones van ganando a los cabreos y la frustración. Y cuando el cabreo y la frustración parece que van a tomar la delantera, lees cosas como las que tú escribes en tu blog, o como las que algunos lectores me hacen llegar en privado, y la satisfacción pega un subidón que pa qué. La alegría me llena de tal manera que me digo a mí mismo: ¡Vamos, Pedro, a por el siguiente! Y ahí seguimos. ; )
EliminarBesos y abrazos, Rosa.
Hola, Pedro. Respaldo punto por punto todo lo expuesto aquí, de la A a la Z, porque, además, me siento totalmente identificado.
ResponderEliminarUn escritor que no lea no podrá, a mi jucio, escribir nada mínimamente aceptable. Leyendo se aprende muchísimo y cuando has adquirido los conocimientos suficientes eres incluso capaz de detectar los vicios y errores tanto propios como ajenos. Otra cosa muy distinta es que, a la hora de enjuiciar tu propia obra, seas lo suficientemente ecuánime y veas y reconozcas tus limitaciones. Hay quien publica verdaderos bodrios y se siente muy satisfecho (léase el premio Planeta de este año). Por otro lado, en cambio, a veces somos tan exigentes con nosotros mismos que nos entra la duda de si lo que hemos escrito vale la pena de ser publicado.
Por otra parte, también puede suceder que el lector a quien confías la primera lectura de tu escrito no sea muy justo a la hora de valorarlo. Hay quien ve la paja en el ojo ajeno...
¡Cuántos críticos se han cargado una obra que a tí te ha encantado, y al revés!
Y hablando de las editoriales, en mi caso solo una se interesó por mi primera recopilación de relatos y era un auténtico timo. La autoedición es una salida digna a tanto despropósito, pero, como bien dices, requiere de un gran esfuerzo, especialmente en el apartado de la publicidad.
Como yo ya soy muy viejo para volver a lidiar con todos esos obstáculos, ya ni me planteo repetir la experiencia de publicar nada excepto en mi blog, je, je.
Un abrazo, amigo.
Yo, una vez, en un curso que hice, conocí a un "escritor" de novela juvenil que me dijo que no leía a otros autores porque le aburría leer, que lo que realmente le gustaba era escribir. Intrigado, decidí buscar algo suyo y leerlo, a ver qué tal se le daba. Con semejante filosofía, ya te puedes imaginar lo que me encontré. Era como leer a un chiquillo de 15 años hablando con sus colegas en el parque. Un lenguaje más pobre que Carpanta, el personaje de Escobar. Me leí tres páginas y ya. No hacía falta más. Y es que, incluso para escribir de manera coloquial debes conocer en profundidad ciertos fundamentos básicos del lenguaje, estructura de frases, riqueza lingüística, cierta habilidad para las descripciones y la construcción de los personajes, etc. Aquel tipo se limitaba a contar una historia como un chaval de quince años se la contaría a un colega, y eso no es literatura. Pero claro, ¿cómo le explicas eso a un tipo que "no le gusta leer porque los libros le aburren"? Es como un tipo que quiere sacar un disco pero no le gusta escuchar música. Un despropósito. : (
EliminarComo le decía a Rosa en mi comentario anterior, y como tú y yo hemos hablado alguna que otra vez, si escribimos es porque nos gusta, y si publicamos es porque la alternativa que nos queda es guardar todo ese material o tirarlo a la basura o eliminarlo, y eso da mucha pena, sobre todo cuando crees que lo que has escrito merece la pena ser difundido. Por eso, a pesar de los sinsabores y las decepciones, seguimos adelante. Y cada vez que recibimos algún elogio o comentario positivo en relación a nuestro trabajo, lo celebramos como si hubiésemos ganado el mayor de los premios. Por eso sigo. Y por eso, algún día, tal vez vuelvas a intentarlo. ; )
Un abrazo, Josep.